Las Ciudades Libres: Norvos - El Mundo de Hielo y Fuego
By George R. R. Martin, Elio M. García Jr., Linda Antonsson
La Ciudad Libre de Norvos se alza en la orilla oriental del río Noyne, uno de los afluentes más grandes del Rhoyne. La ciudad alta, rodeada por poderosas murallas, se cierne por encima de grandes acantilados rocosos.
Trescientos pies más abajo, la ciudad baja se extiende a lo largo de la fangosa rivera, defendida por fosos, zanjas, y una empalizada de madera cubierta por el musgo de mucho tiempo atrás. La antigua nobleza de Norvos vive en la ciudad alta, dominada por el gran templo-fortaleza de los sacerdotes barbudos; los pobres se apiñan debajo entre los muelles, burdeles y cervecerías que se alinean a la orilla del río. Las dos partes de la ciudad están unidas únicamente por una enorme escalera de piedra maciza, conocida como los Pasos del Pecador.
La Gran Norvos, como los norvoshis llaman a su ciudad, está rodeada por escarpadas y densas colinas de piedra caliza, oscuros bosques de roble, pino y haya, guarida para osos, jabalíes y lobos, y caza de todo tipo.
Los dominios de la ciudad se extienden desde la orilla occidental del Torrentenegro en el este hasta el Alto Rhoyne en el oeste. Las galeras fluviales norvoshis gobiernan el Noyne tan al sur como las ruinas de Ny Sar, donde se une al Rhoyne. Gran Norvos incluso reclama el dominio de El Hacha en el Mar de los Escalofríos, aunque esta afirmación es disputada, a menudo sangrientamente, por los ibbeneses.
Cerca de las murallas de la ciudad, los norvoshis trabajan el cultivo de la tierra en terrazas. Más lejos, los hombres se reúnen detrás de gruesas empalizadas de madera en pueblos firmes y amurallados. Aquí los arroyos corren rápidos y pedregosos, y las cavernas tienen forma de panal en las interminables colinas.
Muchas de las cuevas son el hogar de los osos marrones comunes en estas tierras del norte, otras a manadas de lobos rojos o grises. En algunas se pueden encontrar los restos de enormes muros pintados que nos hablan acerca los hombres que vivieron ahí en épocas pasadas. Un sistema de cavernas, unas cien leguas al noroeste de Norvos, es tan vasto y profundo que la leyenda dice que es la entrada al inframundo; Lomas Pasolargo la visitó en una ocasión y fue contado como una de las siete maravillas naturales del mundo en su libro Maravillas.
Algunos estudiosos han sugerido que los señores dragón consideraban todas las religiones como igualmente falsas, creyendo ser más poderosos que cualquier dios o diosa. Miraban a los sacerdotes y templos como reliquias de una época más primitiva, aunque útil para aplacar a "los esclavos, los salvajes y los pobres" con promesas de una vida mejor en el futuro. Por otra parte, la gran cantidad de dioses ayudaba a mantener a sus súbditos divididos y disminuía las posibilidades de que su unieran bajo el estandarte de una sola fe para derrocarlos. Para ellos la tolerancia religiosa era un medio de mantener la paz en las Tierras del Largo Verano.
Aunque Gran Norvos domina el nacimiento del Rhoyne hoy en día, los norvoshis no descienden de los rhoynar quienes alguna vez gobernaron ese poderoso río. Al igual que las otras Ciudades Libres, Norvos es una de las hijas de Valyria. Sin embargo, antes de los valyrios otro pueblo habitó a lo largo del Noyne donde Norvos se extiende el día de hoy, levantando sus toscos pueblos.
¿Quiénes eran estos predecesores? Algunos creen que fueron parientes de los hacedores de laberintos de Lorath, pero esto parece poco probable, ya que ellos construyeron en madera, no en piedra, y no dejaron laberintos que nos confundieran. Otros sugieren que eran primos de los hombres de Ib. La mayoría, sin embargo, creen que han sido ándalos.
Quienes fueran estos primeros norvoshis, sus pueblos no sobrevivieron. La leyenda nos dice que ellos fueron expulsados del Noyne por una invasión de hombres peludos venidos del este, seguramente algunos parientes cercanos de los ibbeneses. Estos invasores fueron expulsados a su vez por el fabuloso príncipe de Ny Sar, Garris el Gris, pero los rhoynar no perduraron, ellos prefirieron los climas más templados de la parte baja del río a los cielos oscuros y los vientos fríos de las colinas.
Al igual que sus ciudades hermanas Lorath y Qohor, la Ciudad Libre de Norvos tal como la conocemos hoy en día fue fundada originalmente por disidentes religiosos de Valyria. En el apogeo de su poder, el Feudo Franco fue el hogar de un centenar de cultos; algunos tenían decenas de miles de fieles, otros valían poca cosa, pero ninguna fe estaba prohibida en Valyria, ni se exaltaba por encima de las demás.
Muchos valyrios adoraban a más de un dios, volteando hacia diferentes deidades de acuerdo a sus necesidades; más, se dice, no adoraba a ninguno. La mayoría consideraba la libertad de culto como un sello distintivo de cualquier civilización verdaderamente avanzada. Sin embargo, para algunos, esta plétora de Dioses era una fuente de queja continua. "El hombre que le rinde honores a todos los dioses, no honra a ninguno en absoluto", declaró alguna vez un famoso profeta del Señor de la Luz, R'hllor el Rojo. E incluso en el apogeo de su gloria, el Feudo Franco fue el hogar de muchos que creían fuertemente en su propio dios o diosa particular y consideraban a todos los demás como ídolos falsos, fraudes, o demonios, empeñados en engañar a la humanidad.
Decenas de esas sectas que florecieron en Valyria, algunas veces peleaban violentamente entre sí.
Inevitablemente, algunos encontraron la tolerancia del Feudo Franco intolerable y partían hacia lo desconocido para fundar sus propias ciudades, ciudades santas donde sólo se practicara la "verdadera fe". Ya hemos hablado de los seguidores de Boash, el Dios Ciego, que fundaron Lorath y lo que les ocurrió allí. Qohor fue colonizada por los fieles de esa sombría deidad conocida únicamente como la Cabra Negra, como será relatado en breve. Pero la secta que se asentó en Norvos es más extraña, e incluso desconocida, que cualquiera de ellas, y mucho más reservada. Incluso el nombre mismo de su dios se revela sólo a los iniciados.
El hecho de que es una deidad severa no se puede dudar, pues sus sacerdotes usan cilios, pieles sin curtir y practican la flagelación ritual como parte de su adoración. Una vez iniciados, se les prohíbe afeitarse o cortarse el pelo.
Desde su fundación hasta la actualidad, Gran Norvos ha sido una teocracia, gobernada por sus sacerdotes barbudos, siendo ellos mismos gobernados por su dios, quien les dicta sus órdenes desde las profundidades de su templo-fortaleza, a donde sólo los verdaderos creyentes pueden entrar y vivir. Aunque la ciudad cuenta con un consejo de magísteres, sus miembros son elegidos por el dios, hablando a través de sus sacerdotes. Para conservar su obediencia y mantener la paz, los sacerdotes barbudos mantienen una guardia santa de soldados esclavos, luchadores feroces que llevan la marca de un hacha de doble hoja sobre sus pechos y ritualmente se casan con las alabardas con las que luchan.

Solamente los sacerdotes norvoshis tienen permitido usar barba; los libertos norvoshis de alta y de baja cuna se dejan crecer largos bigotes, mientras que los esclavos y las mujeres se rapan totalmente. Las mujeres norvoshis, de hecho, se afeitan todo el pelo del cuerpo, a pesar eso, las damas de la nobleza usan pelucas, especialmente cuando están en compañía de hombres de otras tierras y ciudades.
Los viajeros pintan la parte alta de Norvos como un lugar gris sombrío de veranos sofocantes, amargos inviernos, fuertes vientos, y la oración incesante. La ciudad baja, con sus lugares preferidos por marineros, burdeles y tabernas, se dice que es mucho más animada. Allí, sin la vigilancia de sacerdotes y nobles por igual, los plebeyos norvoshis celebran banquetes con carne roja y lucio río, regados con una fuerte cerveza negra y leche fermentada de cabra, mientras que los osos bailan para su diversión y (se susurra) las esclavas se aparean con lobos en bodegas iluminadas con antorchas.
El Archimaestre Perestan toma nota de la importancia que los norvoshis dan al hacha como un símbolo de poder y fuerza, y propone que ésta es una prueba de que los ándalos fueron los primeros en asentarse en Norvos, sugiere que los sacerdotes barbudos tomaron el emblema de las ruinas que encontraron cuando se establecieron en la Gran Norvos. Él argumenta que junto con los relieves de las estrellas de siete puntas, los relieves de un hacha de doble hoja parecen haber sido el segundo símbolo preferido por los santos guerreros que conquistaron los antiguos Siete Reinos.
Grabados en Piedra por el Archimaestre Harmune contiene un catálogo de tales relieves, que se encuentran por todo el Valle. Estrellas y hachas se encuentran en Los Dedos, en las Montañas de la Luna, e incluso tan lejos dentro del Valle de Arryn como lo es la base de la Lanza del Gigante. Harmune supone que, con el tiempo, los ándalos se volvieron más devotos del símbolo de la estrella de siete puntas, por lo que el hacha cayó en el olvido como un emblema de la Fe.
Hay que decir, sin embargo, que no todos están de acuerdo en que estas esculturas representan hachas. En su refutación, el maestre Evlyn sostiene que lo que Harmune llama hachas en realidad son martillos, el signo del Herrero. Él explica la irregularidad de las representaciones de estos martillos como el resultado de que los ándalos fueran guerreros y no artesanos.
Una procesión en honor al dios sagrado del Norvos.
Ningún relato de Gran Norvos está completo sin una mención de las tres campanas de la ciudad, cuyos repiques gobiernan todos los aspectos de la vida en la ciudad, diciéndole a los norvoshis cuándo levantarse, cuándo dormir, cuándo trabajar, cuándo descansar, cuándo tomar las armas, cuando orar (a menudo), y aun cuando se les permite tener relaciones carnales (que prefieren con menor frecuencia, si los cuentos son 279
verdad). Cada una de las campanas tiene su propia "voz", distintiva, cuyo sonido es distinguido por todos los verdaderos norvoshis. Las campanas llevan los nombres Noom, Narrah, y Nyel; Lomas Pasolargo quedó tan asombrado por ellas que las nombró una de sus nueve Maravillas creadas por el hombre.