Más Allá de las Ciudades Libres: Sothoryos - El Mundo de Hielo y Fuego
By George R. R. Martin, Elio M. García Jr., Linda Antonsson
Los hombres saben acerca de la existencia del inmenso y salvaje continente en el sur desde que los primeros de ellos se lanzaron al mar en barcos, pues sólo la anchura del Mar del Verano separa Sothoryos de las civilizaciones y grandes ciudades de Essos y Poniente. Los ghiscari establecieron puestos de avanzada en sus costas del norte en los días del Antiguo Imperio. Levantaron la ciudad amurallada de Zamettar en la desembocadura del río Zamoyos, y construyeron la sombría colonia penal de Gorosh en Punta Wyvern. Los aventureros qarthienses hambrientos de las ganancias que dan el oro, las piedras preciosas y el marfil recorren las costas orientales de Sothoryos. Los isleños del verano hacen lo mismo en las occidentales. El Feudo Franco de Valyria estableció tres veces colonias en Punta del Basilisco: la primera fue destruida por los Hombres Rayados, la segunda se perdió por una plaga, y la tercera fue abandonada cuando los señores dragón capturaron Zamettar en la Cuarta Guerra Ghiscari.
Sin embargo, no podemos decir que conocemos bien Sothoryos. Su interior sigue siendo un misterio para nosotros, cubierto por la selva impenetrable, donde antiguas ciudades llenas de fantasmas están en ruinas al lado de grandes y lentos ríos. Sólo unos pocos días de navegación al sur de Punta del Basilisco, incluso la forma de sus costas se desconoce (puede ser que los isleños de verano hayan explorado y cartografiado estas costas, pero custodian celosamente sus cartas y no comparten este conocimiento).
Las colonias plantadas aquí se marchitan y mueren; sólo Zamettar aguantó durante más de una generación, y hoy en día incluso la otrora gran ciudad es una ruina encantada, siendo lentamente reclamada por la selva.
Esclavistas, comerciantes y cazadores de tesoros han visitado Sothoryos a lo largo de los siglos, pero sólo los más audaces alguna vez se aventuran lejos de sus guarniciones costeras y enclaves para explorar los misterios del vasto interior del continente. Aquellos que se atreven, más que a menudo se adentran en el verde para no ser vistos de nuevo.
Ni siquiera sabemos el verdadero tamaño de Sothoryos. Mapas qarthienses alguna vez lo mostraron como una isla, dos veces el tamaño de Gran Moraq, pero sus barcos mercantes, aventurándose lejos y más lejos en sus costas orientales, nunca fueron capaces de encontrar la parte meridional del mismo. Los ghiscari que se asentaron en Zamettar y Gorosh creían que Sothoryos era tan grande como Poniente. Jaenara Belaerys voló en su dragón, Terrax, más al sur de lo que cualquier hombre o mujer nunca había ido antes, en busca de los mares hirvientes y los ríos humeantes de las leyendas, pero sólo encontró una selva sin fin, desiertos y montañas. Ella regresó al Feudo Franco después de tres años para declarar que Sothoryos era tan grande como Essos, "una tierra sin fin."
Sea cual sea su verdadero alcance, el continente sureño es un lugar poco saludable, su propio aire está lleno de humores malsanos y miasmas. Ya hemos visto como le fue a Nymeria en sus orillas, cuando ella trató de asentar a su gente allí. Sangre hirviente, fiebre verde, putrefacción dulce, mollera de bronce, la Muerte Roja, psoriagrís, pierna parda, huesos agusanados, perdición del marinero, ojo purulento y encíamarilla son sólo algunas de las enfermedades que se encuentran aquí, muchas tan virulentas que se han dado a conocer por acabar con asentamientos enteros. El estudio de siglos de relatos de viajeros del Archimaestre Ebrose sugiere que nueve de cada diez hombres de Poniente que han visitado Sothoryos sufrió una o más de estas aflicciones, y que casi la mitad murió.
Tampoco son las enfermedades el único peligro que deben enfrentar aquellos que buscan conocer esta húmeda tierra verde. Enormes cocodrilos acechan bajo la superficie del Zamoyos y se ha conocido que saben volcar barcos, nadando desde abajo para que puedan devorar a sus ocupantes cuando caen al agua. Otros arroyos están infestados por enjambres de peces carnívoros capaces de pelar la carne de los huesos de un hombre en cuestión de minutos. Hay moscas que pican, serpientes venenosas, avispas y gusanos que ponen sus huevos debajo de la piel de los caballos, cerdos y hombres por igual. Basiliscos tanto grandes como pequeños se encuentran en gran número en la Punta del Basilisco, algunos con dos veces el tamaño de los leones. En los bosques al sur de Yeen, se nos dice que los monos empequeñecen los gigantes más grandes, tan poderosos que pueden matar elefantes de un solo golpe.
Más al sur se encuentran las regiones conocidas como el Infierno Verde, donde se dice que moran las bestias más temibles. Allí, si los cuentos son de fiar, existen cavernas llenas de pálidos murciélagos-vampiro blancos que pueden drenar la sangre de un hombre en cuestión de minutos. Lagartos tatuados acechan las selvas, corriendo por su presa y descuartizándolas con las largas garras curvadas que tienen sobre sus poderosas patas traseras. Serpientes cincuenta pies de largo se deslizan a través de la maleza, y arañas moteadas tejen sus telas entre los grandes árboles.
Los más terribles de todos son los guivernos, esos tiranos de los cielos del sur, con sus grandes alas de cuero, picos crueles y hambre insaciable. Parientes cercanos de los dragones, los guivernos no pueden respirar fuego, pero superan a sus primos en ferocidad y son rivalizan con ellos en todos los demás aspectos salvo en su tamaño.
Los guivernos rayados, con sus distintivas escamas jade-y-blanco, crecen hasta treinta pies de largo. De los guivernos de pantano se sabe que llegan a alcanzar un mayor tamaño, aunque son lentos por naturaleza y rara vez vuelan lejos de sus guaridas. Los panzacafé, no más grandes que monos, son incluso más peligrosos que sus parientes más grandes, puesto que cazan en grupos de cien o más. Pero el más temido de todos es el ala-sombría, un monstruo nocturno cuyas escamas y alas negras lo hacen casi invisible... hasta que desciende en la oscuridad para desgarrar a su presa.
Como era de esperar, Sothoryos está pobremente habitado en comparación con Poniente o Essos. Una veintena de pequeños pueblos comerciales se aferran a la costa norte de la costa– pueblos de barro y sangre, como algunos dicen: mojados, húmedos y llenos de miseria, donde aventureros, pícaros, exiliados y putas de las Ciudades Libres y los Siete Reinos vienen a hacer sus fortunas.
El Septón Barth en Dragones, anfípteros y guivernos, especuló que los magos de sangre de Valyria utilizaban a los guivernos existentes para crear dragones. Aunque se supone que los magos de sangre experimentaban poderosamente con sus artes antinaturales, esta afirmación es considerada descabellada por la mayoría de los maestres, entre los que destaca el Maestre Vanyon quien en Contra lo Antinatural aporta ciertas pruebas acerca de la existencia de dragones en Poniente, incluso en los primeros días, antes de que Valyria se elevara como una potencia.
Hay riquezas escondidas entre las selvas, los pantanos y los hoscos ríos abrasados por el sol en el sur, eso sin lugar a dudas, pero por cada hombre que encuentra oro, perlas o preciosas especias, hay cien que encuentran sólo la muerte. Los corsarios de las Islas del Basilisco se aprovechan de estos asentamientos, llevándose cautivos a las colonias de Garra y la Isla de las Lágrimas antes de venderlos a los mercados de carne de la Bahía de los Esclavos, o las casas de almohadas y jardines de recreo de Lys. Las razas nativas crecen cada vez más salvajes y primitivas mientras más se viaja lejos de las costas.
Los sothoryis son criaturas de huesos grandes, con una gran musculatura, de brazos largos, frentes inclinadas, enormes dientes cuadrados, mandíbulas fuertes, y grueso pelo negro. Sus amplias narices chatas, sugieren hocicos, y sus gruesas pieles rayadas con patrones de color café y blanco les dan un aspecto más porcino que humano. Las mujeres sothoryis no pueden reproducirse con cualquiera, solamente con sus propios hombres; cuando se aparean con hombres de Essos o Poniente, únicamente dan a luz a niños nacidos muertos, muchos horriblemente malformados.
Los sothoryis que moran más cerca del mar han aprendido a hablar la lengua del comercio. Los ghiscari los consideran demasiado lentos de ingenio para ser buenos esclavos, pero son luchadores feroces. Más al sur, todo vestigio de civilización se pierde, y los hombres rayados se vuelven cada vez más salvajes y bárbaros.
Estos sothoryis adoran dioses oscuros con ritos obscenos. Muchos de ellos son caníbales, y más son necrófagos; cuando no pueden deleitarse en la carne de los enemigos y extraños, se comen a sus propios muertos.
Algunos dicen que aquí existieron otras razas alguna vez– pueblos olvidados, destruidos, devorados o expulsados por los hombres rayados. Cuentos de hombres lagarto, ciudades perdidas, y cavernícolas sin ojos son comunes. No existe ninguna prueba de cualquiera de ellos.
Los maestres y otros eruditos por igual están desconcertados acerca del mayor de los enigmas de Sothoryos, la antigua ciudad de Yeen. Una ruina más vieja que el tiempo, construida con grasosa piedra negra, en grandes bloques tan pesados que se requeriría una docena de elefantes para moverlos, Yeen se ha mantenido desolada durante muchos miles de años, sin embargo, la selva que la rodea por todas partes escasamente la 308

ha tocado. ("Una ciudad tan maligna que incluso la selva no entra,…" se supone que dijo Nymeria cuando puso sus ojos en ella, si los cuentos son verdaderos). Cada intento de reconstruir o reasentar Yeen ha terminado con horror.