Capítulo 1 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Esta saga está dedicada con todo mi cariño a mis lectores incondicionales. Un millón de gracias por todo el apoyo.
* * *
Nahia levantó la mirada y descubrió con horror un enorme dragón rojo que surcaba el matinal cielo de verano. Ahogó un grito y lo observó descender desde su reino entre las nubes y planear sobre su aldea en la distancia consciente de que la muerte venía a buscarla.
El dragón rugió con fuerza. El aterrador sonido que todas las razas de Kraido temían se propagó sobre tierra y aire. A Nahia se le cayó de entre las manos la bolsa de cuero con plantas medicinales que había estado recogiendo. El amo y señor de la comarca venía en busca de siervos humanos de edad el Día de la Servitud, un día fatídico en el que sería elegida para servir a los todopoderosos dragones.
Recogió los dientes de león que se habían desparramado y los metió con rapidez en la bolsa. Debía regresar a casa y despedirse de Aoma, su querida abuela. No conseguía sacudirse de encima aquel sentimiento de condena a muerte que la torturaba, como si el filo de una espada apuntase a su nuca. Lo sentía así desde que las escamas habían aparecido en su piel hacía cinco años, nada más cumplir los diez. Además, se trataba de escamas doradas, las más inusuales. Estaba acabada. Hoy los dragones las descubrirían en la ceremonia y sería su final.
Se colocó bien la capucha para cubrir la parte superior de su frente y las sienes, donde las escamas eran visibles. Solo cubrían dos dedos de piel desde la línea de su cabello rubio, pero a ella le parecía que llenaban su rostro. Eran la manifestación de una maldición que corría en su sangre y contaminaba su alma.
Corrió por el campo de hierba alta hasta llegar al bosque de robles y se internó en él. Entre las copas vio llegar a dos dragones más. Estos eran de menor tamaño, uno azul y otro blanco. Hoy habría dragones de todas las comarcas que sobrevolarían aldeas y ciudades. No para destruirlas, algo que podrían hacer con facilidad, sino para recordar a todos que eran los amos y señores de aquel mundo y que aquellos que vivían en él eran sus esclavos. Rugieron como si una tormenta invernal estallara y se separaron para seguir atemorizando a sus indefensos súbditos.
Nahia sentía su corazón palpitar con fuerza. Parecía querer salir de su pecho y huir de los grandes monstruos alados, pero escapar de su poder era imposible. Los dragones reinaban sobre las ocho razas que poblaban el gran mundo dividido que era Kraido. Todo aquel que intentaba escapar, desobedecer u osaba mirar a los ojos a un dragón, moría sin discusión ni dilación. Era así de simple, así de cruel.
Acrecentó el paso y llegó a la cabaña de madera de su abuela al pie de Zurme la gran montaña blanca desde cuya cima se podía ver toda la comarca.
—¡Aoma, ya están aquí! —avisó entrando a la carrera.
Su abuela dejó de remover el gran caldero que tenía al fuego. Un humo espeso subía por la chimenea de piedra y un aroma poco agradable inundaba la estancia. La anciana se volvió hacia Nahia y la miró con ojos llenos de pesar en un rostro que un día había sido muy bello y ahora estaba marcado por surcos que hacían justicia a las más de sesenta primaveras que tenía a sus espaldas.
—Lo sé, mi pequeña. Los he oído rugir.
—No quiero ir, no quiero separarme de ti. Moriré… lo sé —rogó Nahia a su abuela, aunque sabía que era en vano. Ella no podía ayudarla. Nadie podía salvarla del destino que la aguardaba.
—Yo tampoco quiero que te vayas, mi niña querida —suspiró hondo su abuela—. Este día iba a llegar, lo sabíamos las dos, era inevitable. Pero no pienses que es el final, todavía no se ha decidido cuál será tu servitud. ¡Quizá haya suerte! Mantén la esperanza, aférrate a ella —el tono de Aoma intentaba levantar el ánimo a su nieta.
—Sé que me elegirán para servir arriba, en su reino. Y allí moriré.
—No digas eso. Debemos esperar que no sea así.
—Todavía puedo escapar —Nahia miró a todos lados frenéticamente mientras el pánico se apoderaba de su mente. Comenzó a inspirar y expirar de forma rápida y entrecortada.
—Mi niña, tienes que tranquilizarte. Sabes que con tu condición es muy peligroso.
—Quizá sea lo mejor, que me mate mi condición. Así no les dará la satisfacción a los dragones.
—No digas esas cosas —su abuela se acercó hasta ella y le puso la mano en la frente—. Estas ardiendo, debes tranquilizarte o sufrirás uno de tus ataques.
—Así no podré ir a la ceremonia.
Aoma negó con la cabeza.
—Esa no es la solución. Eres ya de la edad y es el Día de la Servitud. Si no te presentas vendrán a buscarte los Drakónidos. Te capturarán y morirás para que sirvas como ejemplo a los demás. Ya ha sucedido antes —explicó Aoma con tono serio y mirada de resignación.
—Puedo esconderme en las cuevas altas, allí no me encontrarán. Son grandes y profundas. Un laberinto de roca que yo conozco bien y ellos no.
—No te encontrarán por un tiempo, cierto, pero al final lo harán y te obligarán a salir, a entregarte… —Aoma bajó la mirada.
Nahia lo entendió. Irían a por su abuela. Si ella no se entregaba, la matarían. Había oído historias de familias que escondían a sus hijos al cumplir los quince años y todas terminaban muy mal. Dejó su bolsa sobre una silla, resignada.
—Son unos cobardes sin entrañas.
—Los Drakónidos cumplen los deseos de sus señores. Ellos lo ven como un honor.
Nahia arrugó la frente y sus ojos se encendieron de rabia.
—Son la única raza que sirve de forma voluntaria. Son despreciables…
—Porque fueron creados a semejanza de sus amos y señores.
—Que tengan cabeza de dragón y escamas sobre todo su cuerpo no los convierte en dragones. Andan sobre dos patas, tienen dos brazos y no pueden volar, como el resto de las razas. Ni son ni nunca serán dragones, solo sus siervos aquí abajo.
—Recuerda que los Fatum sí pueden volar, pero lo tienen prohibido.
—Les tullen las alas para que no vuelen, es algo terrible y despreciable —Nahia no había visto nunca a uno, pero había oído a los mayores lo que les hacían. A decir verdad, tampoco había visto a nadie de otra etnia, ya que tenían prohibido salir de su región.
Aoma asintió.
—Solo los dragones tienen derecho a volar según su ley. Sus siervos lo tienen prohibido.
—Y el castigo es la muerte —dijo con desprecio saliendo de su boca.
—Así es, por desgracia.
—El castigo siempre es la muerte. Los dragones son monstruos sin alma, los seres más terribles y horrorosos que existen —Nahia no podía dejar de gesticular de la furia que sentía.
—También son las criaturas más poderosas en este y otros mundos.
—¿De verdad existen otros mundos o es solo una historia inventada para darnos esperanzas a los esclavos?
—Existen, yo lo creo. De la misma forma que creo en la Profecía de la Salvación.
Nahia sacudió la cabeza.
—Ningún humano nos librará nunca de ser esclavos de los dragones. Son demasiado poderosos. Ni las ocho razas lo consiguieron cuando se unieron en la Gran Insurrección, donde murieron… cuando… mataron… a madre y padre…
—Mataron a miles y aplastaron toda resistencia sí, entre ellos a tus padres —los ojos de Aoma se apagaron y una profunda tristeza los llenó. No pudo continuar hablando y bajó la mirada.
Nahia intentó recordar a sus padres. Habían muerto cuando ella tenía solo cuatro años. Un recuerdo borroso y muy lejano de dos rostros era todo lo que tenía. Sintió una gran añoranza y la tristeza la envolvió.
—¿Me parezco a mi madre o me parezco más a mi padre?
Aoma levantó la cabeza para mirarla y sonrió con dulzura.
—Tienes el cabello dorado y rostro de belleza delicada de tu madre, Amara. La nariz respingona creo que es mía —dijo ampliando la sonrisa y tocándose la suya con el dedo índice—. Los ojos azules como el mar con su brillo intenso son de tu padre, Jon. Tu madre y yo somos de ojos pardos.
—Y tengo la mente afilada de mi madre y el carácter decidido de mi padre —terminó Nahia, que había hecho esa pregunta cientos de veces a su abuela y conocía la respuesta de memoria. Aun así, siempre le calmaba oírla, la invadía un sentimiento de pertenencia que le sosegaba el alma y la añoranza y tristeza se iban desvaneciendo de su corazón.
—Eso es —su abuela hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¡Cómo me gustaría que todo fuera diferente! Que no viviéramos bajo las garras de esos monstruos sin alma —Nahia levantó los brazos y caminó por la estancia. No podía estarse quieta.
—No pierdas la esperanza, mi niña querida. Un día dejaremos de ser esclavos. La profecía se hará realidad. Es un vaticinio que tenemos los humanos y también las otras razas. Son un poco diferentes, pero todas coinciden en lo importante: un día, un esclavo se alzará contra los todopoderosos dragones y vencerá, liberando a los pueblos de su tiranía.
Nahia miró al exterior por la pequeña ventana del comedor.
—Eso es porque no quieren perder la esperanza. No es más que un cuento para niños, un sueño que nunca se hará realidad —negó con la cabeza con fuerza.
—Todos los pueblos han sufrido mucho, perdieron mucho en la insurrección y antes, en los levantamientos que cada raza intentó en solitario. Los dragones nos han subyugado con su tremendo poder físico y su magia, pero la esperanza perdura en nuestros corazones. —Aoma suspiró y fue hacia la mesa de la cocina.
—¿Crees que podré evitar que me elijan para ir arriba? ¿Que me dejarán quedarme como tu aprendiz? Ya sabes… por esto —Nahia descubrió su cabeza y señaló las escamas doradas.
Aoma suspiró con fuerza.
—Aquellos que son de sangre de dragón deben servir a sus amos en su reino —dijo Aoma y señaló hacia el techo con el dedo índice—. Esa es la ley de los dragones.
—Pero a ti no te eligieron —replicó Nahia abriendo los brazos.
—Mi poder es pequeño y cuando cumplí las quince primaveras no se había manifestado todavía, como es tu caso. Pasé la prueba un día como hoy hace muchos, muchos años y me dejaron servir como curandera de la aldea. En tu caso, mi querida nieta, esas escamas significan que tu poder es grande. Si las descubren, los dragones querrán tenerte. Solo a aquellos que no son útiles para la guerra se les permite ejercer una profesión. Al resto se los llevan, sobre todo a los de sangre de dragón. Siempre es así.
—Pues estoy acabada… —Nahia echó la cabeza atrás y la sacudió. Llevaba mucho tiempo temiendo aquello. Cada día sufría pesadillas.
—Lo siento mucho, pequeña mía —Aoma le acarició donde las escamas doradas cubrían su rostro.
—Quizá no lo noten si las disimulo con tu ungüento, llevo capucha, bajo la cabeza y miro siempre al suelo… —planeó intentando animarse, aunque lo ánimos eran pocos.
—Ojalá sea así, pero tienes que estar preparada por si te seleccionan. Debes ser fuerte. No puedes venirte abajo. Si no te eligen para servir por tu sangre, puede que lo hagan para servir en el ejército regular, como lo hicieron tus padres. En ellos no se manifestó la sangre de dragón como en ti.
—Yo no soy fuerte ni alta y tengo mi condición…
—Cierto, eso podría salvarte. Si te ven enferma y débil no te querrán y puede que te dejen servir como mi aprendiz.
Nahia resopló.
—Tengo que evitar que descubran mis escamas y aparentar ser débil. Como no sé luchar ni tengo el físico de un guerrero moriré muy rápido si no me quedo como curandera —Nahia intentó alentarse y cerró los puños para darse coraje.
Un nuevo rugido descendió de los cielos y sacudió la cabaña como si se estuviera produciendo un terremoto. Nahia y Aoma se acercaron a las ventanas y vieron un dragón marrón sobrevolando la zona. Era enorme. Contemplando su poderío a Nahia le volvió la sensación de que iba a morir antes de que acabara el día.
—Tengo un muy mal presentimiento, abuela…
—Es natural. Es un día aciago para todos los de tu edad. Sobrevive como sea, eso es todo lo que importa.
—Lo intentaré… —a Nahia se le hundieron los hombros como si sus brazos fueran de hierro macizo.
—Sobrevivirás, hay más dentro de ti de lo que crees. —aseguró Aoma cogiéndola de los brazos y apretándolos para devolverle el ánimo.
Nahia inspiró con fuerza y soltó un largo soplido. Luego abrazó a su abuela. Mientras lo hacía se dio cuenta de que le había preparado un macuto y varios contenedores con pócimas y ungüentos. También un cinturón con múltiples bolsas para plantas y componentes.
—Oh, gracias, abuela —se volvió hacia la mesa y rodeó su cintura con cariño apoyando la cabeza en el hombro de quien la había criado como a su propia hija.
—Es para que te ayude allá a dónde vayas.
—Veo que has puesto los tónicos para mi condición y el ungüento para las escamas.
—Por supuesto. En cuanto empieces a sentirte mal tienes que tomar el tónico, no esperes.
—Sí, abuela.
—Ponte el ungüento, cúbretelas. No les demos ninguna facilidad a esos dragones.
—Ninguna facilidad —replicó Nahia, asintiendo.
Se acercó hasta la mesa y cogió el bote con el ungüento que había estado utilizando para disimular las escamas. Fue hasta el viejo espejo que colgaba de la pared y lo aplicó sobre la frente. Recordó que al principio había pensado que tenía un rasponazo de andar por el bosque recogiendo hongos y plantas y no le había dado ninguna importancia.
Una mañana se había levantado tras sufrir pesadillas horribles toda la noche y al mirarse en aquel mismo viejo espejo descubrió tres destellos dorados. Al mirar la frente de cerca las vio: tres escamas doradas. Escamas de sangre de dragón. Del susto se había caído al suelo de espaldas. Las escamas manifestaban que tenía sangre de dragón en sus venas y eso significaba que tenía magia drakoniana en su interior. Para todos los que la tenían era una maldición. Ya sospechaba que poseía magia en su interior, aunque siempre había enviado al fondo de su ser esa sensación. No porque la temiera u odiara, sino porque aquellos que tenían magia eran de interés para los dragones y eso era lo último que quería. Por desgracia, ahora no había forma de esconderlo, solo de disimularlo. Había intentado incluso arrancárselas con un cuchillo afilado, fruto de la desesperación, pero su abuela la había detenido. Se destrozaría la cara y no serviría de nada, pues volverían a salir.
—¿Cómo me queda? —preguntó a su abuela tras aplicarse el ungüento por todas las escamas. Era fácil hacerlo, pues las sentía como si estuvieran sobre su piel.
—Un poco más aquí —dijo Aoma y le tocó con el dedo índice bajo la sien derecha.
Nahia cogió más ungüento y lo aplicó creando una capa. Su abuela había conseguido que fuera de un color muy similar al de su piel y que aguantara todo el día sin resecarse y caerse. Le había costado casi una estación entera lograrlo, pero lo había hecho. Desde entonces Nahia nunca salía de casa sin ponérselo cuando iba a Heria, la aldea. Cuando estaba entre la gente se preguntaba si habría más como ella allí, ocultando sus escamas. La magia drakoniana corría con fuerza por las venas no solo de humanos sino de todas las razas de Kraido.
—Ya está, no se te nota nada —Aoma asintió y le movió la cabeza de lado a lado para asegurarse, como hacia siempre.
—Ay, abuela, voy a echar tanto de menos estos pequeños rituales nuestros.
—Lo que seguro no vas a echar de menos es la preparación de tónicos contra las fiebres.
—Es que huelen fatal y saben aún peor —Nahia arrugó la nariz y puso cara de asco.
—Por eso curan tan bien —respondió su abuela como había hecho miles de veces.
Las dos rieron y se abrazaron.
—Ten mucho cuidado. Resiste, sobrevive. Que la madre naturaleza te proteja —dijo Aoma entonando como si fuera un conjuro de protección y poniéndole un collar alrededor del cuello.
Nahia cogió la piedra del colgante en su mano y la estudió. Era una piedra plana y blanca de la montaña.
—¿La has encantado con tu magia de protección?
—Para algo soy una bruja. Te ayudará.
—Eres una curandera experta en plantas medicinales con una pizca de magia y yo tu aprendiz. No somos brujas.
—Cierto, pero no me digas que no suena mejor así —sonrió su abuela.
—Eso no te lo voy a negar.
—Somos un poco brujas, por carácter y por la sangre que corre por nuestras venas —sonrió Aoma.
Nahia rio y el buen humor hizo que se sintiera bien por un momento.
De pronto sonaron cuernos de llamada que imitaban el rugido de los dragones.
—Drakónidos, llaman a la ceremonia —Aoma dejó de sonreír.
Nahia suspiró hondo.
—Ha llegado el momento.
—Ven, da a tu abuelita un gran abrazo de hasta luego.
Nahia rodeó con sus brazos el delgado cuerpo de su querida abuela y la abrazó como si fuera la última vez que fuera a verla.
Se quedaron abrazadas un momento, compartiendo el amor que sentían la una por la otra.
—Ve, mi niña querida.
Nahia se apresuró a meter unas prendas en un macuto y luego cogió todo lo que su abuela había preparado. Cuando ya estaba en la puerta, se volvió.
—Gracias por todo. No pierdo la esperanza. Intentaré sobrevivir y regresar un día.
—Aquí te espero —sonrió Aoma con cariño abriendo los brazos y señalando a la casa.
Nahia salió de la cabaña. Debía enfrentarse a su destino, a los dragones, y no morir. Al menos, no aquel día.