Capítulo 25 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Los días y semanas pasaban rapidísimos en la academia. Una vez que se habían acostumbrado a los horarios de inicio del día, al desayuno, las clases, las cenas y el reloj de sol que los marcaba, todo fluía. La disciplina que les obligaba a mantener su líder de escuadrón y el miedo a cometer un error o falta hacían que todo se hiciese sin dilación, favoreciendo el sentimiento de que el tiempo volaba. Por las noches estaban tan cansados de las clases y de la tensión en la que vivían en todo momento, que caían agotados y dormían como lirones.
Nahia intentaba por todos los medios no quedarse atrás en las clases, o al menos que no se notara demasiado. Las de magia no se le estaban dando del todo mal. Además, se aplicaba en el estudio de los tomos en la biblioteca. Tenía que reconocer que aquel lugar le gustaba. Lo que los tomos de magia explicaban y enseñaban tenía sentido para ella y empezaba a entender cómo debía interactuar y hacer uso del dragón que tenía en su interior. Ahora sabía que, para invocar su magia, el dragón debía pasarle su poder primero.
Sin embargo, las de formación marcial eran un auténtico suplicio. Por mucho que se esforzaba, le resultaba durísimo seguir los ejercicios e instrucciones y siempre acababa molida. No solo por lo duras que eran las clases que se impartían sin piedad ni miramientos, también porque no tenía la resistencia física de los demás y no podía con los ejercicios que se les exigían a lo largo de todo un día de formación. Tras medio día, Nahia se quedaba sin fuerzas y el agotamiento empezaba a apoderase de su cuerpo.
Aquel día, las tres escuadras del Escuadrón Rojo formaban y atendían a las explicaciones de Mai-Beltz-Gaiz. Frente a él estaban los formadores que le ayudaban: el león Felidae, el Escarlatum y el Drakónido. Vestían sus armaduras pesadas y sólidas. Bajo su atenta mirada, las escuadras llevaban semanas trabajando los movimientos de ataque y defensa usando solo sus cuerpos, sin armas. Al principio Nahia no entendía el sentido de realizar movimientos de ataque y defensa al aire, golpeando y defendiéndose con brazos y piernas mientras tenían que mantener el cuerpo en perfecto equilibrio. A ella le parecía que estaban entrenando una especie de baile marcial. Los instructores les mostraban cómo realizar los movimientos y ellos les seguían.
«Un Brujo Dragón debe ser capaz de defenderse y matar sin armas. El combate sin herramientas es la base sobre la que construiréis vuestro dominio de las armas. Es lo que marca la Senda y nosotros la Senda seguimos» enviaba Mai-Beltz-Gaiz como un recordatorio en cada clase.
El problema para Nahia era que ejercitaban aquellos movimientos durante todo el día. Y para hacerlo todavía más difícil para ella, los últimos días los habían puesto a practicar movimientos de ataque y defensa por parejas. Nahia había practicado ya con Dafne, Lily y Taika. Hoy le tocaba con Ivo y tenía miedo. De no controlarse podría arrancarle la cabeza de una patada o partirle el esternón con un golpe seco del puño.
Ivo le guiñó un ojo dejándole saber que tendría cuidado, era algo que ya habían hablado en el dormitorio cuando charlaban por las noches sobre las clases antes de caer rendidos. Realizaron los ejercicios e Ivo, que era el más lento, pero el más poderoso con los golpes, los hizo igual de lentos, pero mucho menos poderosos para no dañar a Nahia, algo que ella le agradeció en el alma.
Al terminar la ronda de ejercicios Mai-Beltz-Gaiz se dirigió a sus alumnos.
«Habéis realizado todas las combinaciones de ejercicios con bastante competencia. El avance que aprecio es significativo. Eso me complace».
El mensaje llegó con un sentimiento de logro. A Nahia le extrañó que el gran dragón negro les enviara un mensaje positivo. No era su estilo. Si por algo se caracterizaba era por su mano dura y carácter hosco.
«Sin embargo, todavía no habéis alcanzado el dominio de la técnica que espero de vosotros. Por ello, para mejorar vuestro avance, cambiaréis de pareja y realizaréis los ejercicios con alguien de otra escuadra. Así será más competitivo y la mejora de la técnica más rápida».
Nahia miró a Ivo con ojos de horror. Hasta ese momento siempre habían practicado con los de su escuadra y todos se habían comportado, incluso Aiden, que tampoco se había ensañado con Dafne y Lily. Esto lo complicaba todo.
«Instructores, seleccionad parejas».
Los tres instructores comenzaron a emparejar a los integrantes de las diferentes escuadras. De pronto Nahia se encontró con que tenía que realizar el ejercicio con una Felidae con forma de pantera negra, una hembra llamada Lara de la Escuadra Ardiente. Suspiró y el estómago le dio un vuelco. Lara tenía un aspecto letal. Era un felino de tamaño considerable y mirada fiera con cara de pocos amigos. Se consoló pensando que al menos no le había tocado el Tauruk-Kapro de esa escuadra, que se llamaba Cordelius y era un carnero enorme con una cornamenta enroscada terrorífica.
—Soy Nahia —se presentó en un susurro mientras se ponían en posición la una frente a la otra. Le extendió la mano a su rival en el ejercicio con la esperanza de que no se aplicara del todo.
—Lara —saludó la pantera con una breve inclinación de cabeza sin tomar la mano que Nahia le extendía.
—Yo no soy muy fuerte… —dijo con intención de que la pantera no golpeara con todas sus fuerzas.
—Lo veo —fue su respuesta y por la mirada en sus ojos felinos entendió que no tenía intención de aflojar.
Una vez emparejados, los instructores dieron la orden de comenzar con los ejercicios. Era una combinación de diez ataques de puño y patada que un contrincante realizaba y diez defensas que el otro debía ejecutar. A Nahia le tocó atacar primero. Lanzó el puño derecho adelante avanzando el pie izquierdo y manteniendo el cuerpo flexionado y en equilibrio. Lo hizo con la potencia y velocidad con la que lo hacía con su escuadra. La pantera bloqueó el ataque con su antebrazo con gran rapidez y fuerza. Nahia tuvo que aguantar un quejido del dolor que sintió cuando se produjo el bloqueo. Por lo general, quien defendía lo hacía para no ser alcanzado y no empleaba excesiva fuerza, pero aquella pantera había bloqueado con fuerza y rapidez. Nahia se fijó en ella y supo que no es que se estuviera excediendo, es que ese movimiento para la pantera era probablemente un bloqueo comedido.
Nahia se concentró y continuó con los ataques tal y como debía hacer. Los tres instructores se iban moviendo entre las parejas, vigilando y comentando mejoras y correcciones. Lara bloqueó o desvió sin la más mínima dificultad todos los ataques tanto de puño como de pierna. Era rapidísima y tenía unos reflejos increíbles. Lo peor de todo era que cada bloqueo o desvío de brazo o pierna dejaba a Nahia un dolor agudo y un moratón.
Le tocó el turno de atacar a Lara y Nahia supo que estaba en graves aprietos. La pantera iba a hacerlo con gran rapidez y ella no iba a poder defenderse de todos los ataques, pues no era lo suficientemente rápida ni fuerte. De todas formas, no tenía opción. Los tres instructores se paseaban y observaban a los alumnos con toda su atención. El dragón negro tampoco perdía detalle de lo que sucedía. Tendría que aguantar y sufrir. Lara comenzó con los ataques. Nahia fue capaz de bloquear el primer puño al torso y desviar el segundo a la cara. La patada lateral a su estómago no la pudo desviar del todo y el talón de Lara le golpeó en la cintura. Se dobló de dolor y cayó de rodillas.
El instructor Escarlatum se acercó.
—Levanta, humana. Esa patada debes desviarla así —dijo y le mostró la llave con un movimiento que realizó con una fuerza y rapidez asombrosas.
Nahia asintió y se puso en pie. Le dolía mucho el golpe.
—Continuad —dijo el instructor.
Lara atacó de nuevo. Nahia consiguió esquivar más o menos los dos primeros ataques de la pantera, pero no así el tercero. Tras un golpe de puño directo a su esternón cayó al suelo y se quedó sin poder respirar.
—Ese bloqueo ha sido muy lento y muy poco contundente —regañó el instructor Escarlatum.
Nahia tardó un momento en recuperarse. Continuaron con los ejercicios y cuando llegó la patada giratoria de revés, el golpe que más temía Nahia, se agachó con la rapidez de una gacela. El talón de Lara pasó rozando su cabeza, pero no la alcanzó. Estaba tan contenta de haberla esquivado que no llegó a tiempo de evitar el último ataque: un barrido con la otra pierna. Sintió el golpe en sus dos piernas y cómo salían hacia delante mientras ella caía hacia atrás. El golpetazo que se dio de espaldas, coscorrón incluido, fue tan brutal que se quedó en el suelo con la cabeza dándole vueltas.
—No has saltado a tiempo para evitar el barrido. Muy mal —recriminó el instructor.
Nahia tardó un momento en levantarse y para cuando lo hizo ya le habían asignado a su siguiente contrincante. Cuando la vio supo que iba a ser todavía peor que su enfrentamiento con Lara. Se puso en pie y ahogó un par de quejidos del dolor que sentía. Ya en posición le esperaba su siguiente compañera, nada menos que Lita, la Drakónida de la Escuadra Candente.
—¿Preparada? —preguntó Lita mirándola con aquellos ojos de reptil en un rostro de dragón femenino. Su cuerpo, si bien femenino, era grande y fuerte, casi tanto como Aiden. Solo de mirarla ya sabía que le iba a doler, y mucho.
—No soy muy fuerte y esto no se me da muy bien… —reconoció intentando apelar a su corazón.
La Drakónida la miró con desprecio.
—Eres débil, no deberías estar aquí.
Como suponía, la Drakónida no tenía corazón.
—No hace falta que me castigues mucho… me vencerás con facilidad.
—Por supuesto que hace falta. Siempre hemos de esforzarnos al máximo y mostrar a nuestros señores de lo que somos capaces.
Nahia suspiró profundamente. Aquella Drakónida le iba a hacer sufrir con cada golpe.
Los instructores dieron orden de comenzar con los ejercicios. De nuevo a Nahia le tocó atacar primero. Si Lara se había defendido con fuerza, Lita lo hacía como si fuera ella la que atacaba y golpeaba con dureza en cada bloqueo o desvío. Nahia sintió los golpes en brazos y piernas. La Drakónida la machacó sin piedad aprovechando cada oportunidad para castigarla. Al terminar su turno de ataque, Nahia estaba tan dolorida que apenas podía pensar.
Ahora le tocaba atacar a Lita y defenderse a Nahia. Los instructores dieron la señal y Lita avanzó con el pie izquierdo soltando un seco golpe de su puño derecho hacia el esternón de Nahia. Ella sabía qué golpe era, solo tenía que bloquearlo. Lo intentó con su antebrazo izquierdo, pero fue como golpear un tablón. El brazo se desvió, pero no del todo y el puño la alcanzó en el hombro izquierdo. Nahia sintió el dolor del bloqueo más el del impacto del puño.
El ejercicio continuó y con cada ataque de Lita, Nahia recibía doble castigo: el de intentar defenderse y el de la fallida defensa. Le dolía tanto todo el cuerpo que cuando comenzaron los ataques con piernas consideró la posibilidad de salir corriendo, pero sabía que no podía hacerlo. Tenía que quedarse y aguantar el sufrimiento. Huir significaba morir. No consiguió parar la siguiente patada a la cabeza y recibió el golpe en la mano derecha, con la que se protegía. Se fue al suelo como un árbol talado y se quedó tumbada y algo mareada.
El instructor se acercó y se agachó a su lado.
—Defensa muy débil. Esa mano debe soportar la patada. ¡Arriba!
Nahia asintió como pudo y se puso de pie todavía algo aturdida. Pensó que Lita retomaría el ejercicio y la destrozaría, pero para su sorpresa la Drakónida aguardó un momento mirándola a los ojos sin atacar.
—No hay honor en vencer al vencido —susurró—. Avísame cuando puedas continuar.
Aquello la sorprendió. Los Drakónidos tenían un sentido del honor un tanto extraño. Respiró tres veces dejando escapar el aire en una larga exhalación hasta que se le pasó el mareo. Al recuperarse del aturdimiento, todo el dolor que sentía en el cuerpo le volvió de golpe. Lo peor era que todavía vendría más, pero se preparó para recibirlo.
—Adelante —dijo a Lita.
La Drakónida atacó con una patada recta a la cara. Nahia bloqueó hacia arriba y la garra le pasó por encima. Se había librado por poco y había podido aguantar el dolor del bloqueo. Se preparó para la siguiente embestida cuando sintió algo que conocía y que temía. No algo exterior, sino por dentro, y una llama se encendió en su interior, una que residía en el centro de su torso. Pensó que quizá era el dragón de poder brillante, pero de inmediato supo que no lo era. La temperatura de su cuerpo comenzó a elevarse de forma muy rápida. Abrió mucho los ojos.
Le estaba dando uno de sus ataques.
Lita se percató y la miró con ojos de extrañeza, pero no podían parar y ejecutó el siguiente ataque de patada a las costillas de Nahia. El desvío debía realizarse con ambos antebrazos. Nahia consiguió ejecutarlo y desviar la patada, aunque de nuevo sufrió un dolor tremendo al contacto con la extremidad de Lita. Sin embargo, eso no fue lo que le preocupó. La temperatura de su cuerpo se elevó mucho y sintió su piel arder por todo él. Notó que una llama se generaba en su interior y la hacía arder, como si un incendio la estuviera consumiendo del interior hacia el exterior, pero su cuerpo no lo manifestaba y para Lita a ella no le sucedía nada.
—Espera… —dijo levantando una mano para que se detuviera.
Lita la miró y detuvo la patada que iba a lanzar. Nahia notaba ya un gran incendio. El calor era insoportable en sus entrañas y piel. Se le aceleró tanto el pulso que las palpitaciones parecía que le iban a reventar las venas. Su corazón latía como una manada de caballos salvajes.
Se mareó por completo. Intentó mantener el equilibrio, pero no lo consiguió y se fue al suelo. Cayó de frente y Lita tuvo que dar un paso atrás para evitar que le cayese encima. Comenzó a sacudirse de forma compulsiva mientras calambres terribles le recorrían piernas y brazos. Gritó de dolor sin poder dejar de convulsionar. El ataque era uno de los malos.