Capítulo 27 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Nahia se presentó ante la puerta de las mazmorras tras la formación a cumplir con su castigo. Estaba nerviosa. El edificio le transmitía muy malas sensaciones, no solo porque fuera una cárcel que intuía que estaría llena de calabozos, sino porque en sí era un edificio oscuro y de aspecto retorcido. Lo estudió un momento. Era una fortaleza negra rodeada de altas murallas con cuatro torres circulares con una espiral a su alrededor y terminadas en punta. El edificio principal era también circular y con una espiral que lo recorría desde la base hasta su alta punta. Estaba situado al final de la academia, junto a la muralla norte. Solo llegar hasta allí le había llevado un buen rato.
Observó que había un dragón vigilando en cada una de las cuatro esquinas que formaban las murallas alrededor de la fortaleza. No eran muy grandes, por lo que supuso que serían jóvenes. Los colores de los dragones vigía eran los más comunes: rojo, azul, blanco y marrón, los colores de los elementos principales. Le pareció inteligente que hubiera un dragón elemental de cada tipo, por si quien intentaba escapar era inmune a uno de esos elementos, como lo era ella al fuego. El rojo no podría quemarla de intentar escapar, pero el resto la destruirían con sus alientos elementales en un abrir y cerrar de ojos. No sabía por qué había pensado tal cosa. Ella no quería estar prisionera allí dentro y mucho menos intentar huir. Mejor no pensar en situaciones tan complicadas y negativas. Bastante tenía ya.
Lo que más le sorprendía del lugar eran las espirales. No sabía qué representaban o qué función tenían, pero le recordaban a enormes víboras enroscadas en la roca del edificio. Volvió a sentir un escalofrío. Ya era el tercero. El primero lo había sentido al ver el edificio en la distancia, otro al llegar y ahora al verlas con más detalle. Aquel lugar tenía algo, y era malo.
Dos dragones negros guardaban la entrada. También eran jóvenes, de unas quince varas de largo cada uno. Estaban apostados uno a cada lado de las grandes puertas del edificio de roca oscura. A diferencia de la mayoría de las puertas en los edificios de la academia, aquellas estaban cerradas. Los dos dragones la miraron un instante con sus ojos negros y a Nahia se le congeló la sangre. Los dragones negros parecían enviados por la misma muerte a recolectar almas.
Se quedó quieta delante de la puerta con la cabeza baja. Ninguno de los dos dragones se dirigió a ella, así que se quedó a la espera. No podía dirigirse a un dragón, así que decidió aguardar y ver qué sucedía. El problema era que esperar entre aquellos dos la ponía muy nerviosa. Su imaginación se disparó y comenzó a pensar cosas horribles, como que uno de ellos la aplastaba con una garra contra el suelo y con la otra le sacaba el alma para entregársela a la muerte. El corazón le latía cada vez más rápido y con más fuerza.
Decidió que lo mejor que podía hacer era tranquilizarse. Comenzó a respirar profundamente y exhalar. Estaba consiguiendo relajarse un poco cuando oyó un “clac” metálico en la puerta. Según se abría Nahia se fue poniendo más nerviosa y sus esfuerzos por mantenerse en calma resultaron infructuosos.
Nahia esperaba que saliera algún dragón terrible, pero no fue el caso. Le sorprendió muchísimo ver a un pequeño Tergnomus. Intuía que allí no habría Exarbor de servicio, por el tipo de lugar que era, pero quizá también estaba equivocada en aquello. Bien pensado, tenía sentido que un Tergnomus sirviera en aquel lugar. Eran pequeños, pero duros y resistentes, y con fama de ser muy trabajadores. Además, en aquel sitio oscuro se las arreglarían bien ya que ellos vivían en cuevas y en el subsuelo en su nación. Al menos eso tenía entendido.
—Soy Tarcel, Tergnomus Principal de los calabozos. ¿Qué haces aquí, alumno?
—Soy Nahia… Debido a algunos problemillas con el entrenamiento me han castigado a limpiar calabozos por un mes…
—Vaya, ¡qué buenas nuevas! —el Tergnomus sonrió y mostró unos dientes muy cuadrados.
—¿Buenas?
—No para ti, pero sí para nosotros. Andamos bastantes escasos de manos que limpien. Que nos envíen ayuda es siempre de agradecer, aunque sean alumnos inexpertos y poco profesionales en el mundo de la limpieza.
—Oh, entiendo. Haré cuanto pueda…
—Harás más que eso, o tu líder será informado.
—Sí, haré todo lo que se me requiera y mucho más —respondió Nahia, que lo último que quería era defraudar más a su líder. Más que nada porque era capaz de arrancarle la cabeza de un bocado si lo hacía.
—Bien, entremos, sígueme.
Nahia asintió y siguió a Tarcel al interior de la prisión. Nada más entrar las puertas se cerraron a sus espaldas y Nahia se sintió prisionera en aquel lugar. Había poca luz natural ya que las ventanas del edificio eran pequeñas y estaban reforzadas con rejas de acero, como correspondía a una prisión. Las antorchas que colgaban de las paredes eran las que emitían algo de luz, suficiente para ver el interior, pero sin crear demasiada claridad.
—Espera aquí un momento. he de gestionar tu llegada. No te muevas, en este lugar está prohibido ir a ningún sitio si no es acompañado por uno de nosotros.
—No me moveré.
Tarcel asintió y se marchó caminando de aquella forma tan curiosa con la que caminaban los Tergnomus, que parecía que pisaban charcos de agua con cada pie al andar.
Mientras esperaba miró alrededor. Aquella fortaleza era enorme por dentro, con amplios y despejados pasillos por los que podían pasar varios dragones. La altura de los techos era de más de veinticinco varas. De hecho, la estancia en la que estaba tenía por lo menos la misma cantidad de varas en todas las direcciones. Era enorme, al menos para una humana, y no digamos para un Tergnomus. Para un dragón, en cambio, era justita.
Tarcel regresó tras un momento.
—Vayamos a inscribirte —dijo y con un gesto de la mano indicó que debía seguirle.
Fueron hasta la estancia adyacente y allí Nahia descubrió que había Exarbor en aquel lugar. Vio a tres sentados en sendos escritorios con grandes tomos abiertos sobre ellos en los que parecían estar trabajando. Contra las paredes de aquella estancia había estanterías con tomos similares a los que tenían abiertos. Nahia dedujo que serían registros del lugar.
Tarcel se acercó a uno de ellos y se detuvo frente a su escritorio.
—Tenemos nuevo miembro temporal del equipo de limpieza.
El Exarbor levantó la mirada del tomo en el que estaba trabajando y observó a Nahia.
—Humana… primer año… —dedujo con mirarla—. ¿Nombre? —preguntó con aquella voz quebradiza de los de su especie.
—Soy Nahia Aske.
—¿Tiempo… de castigo?
—Un mes, todas las tardes—noches —respondió Nahia con un suspiro.
—Registrando… —dijo y con enorme parsimonia cerró el tomo en que estaba trabajando, se levantó, fue hasta una de las estanterías y cogió otro. Los demás Exarbor no se inmutaron y continuaron con sus labores.
—Llevan el control de todo aquel que entra y sale de este edificio —explicó Tarcel a Nahia—. Sean prisioneros o personal de limpieza u otras funciones ellos toman nota.
—¿Otras funciones? —se interesó Nahia.
—Alimentación. Debemos dar de comer y beber a los prisioneros a diario. Es complicado con algunos que tenemos en la zona más profunda de las mazmorras.
—Oh, entendido.
El Exarbor llegó a su mesa de trabajo tras un rato y abrió el tomo tras sentarse en su sillón. Solo la operación de sentarse le llevó un rato tiempo. Aguardaron a que terminara de apuntar en el registro.
—Todo en orden… puede comenzar… permiso de un mes… en labores… de limpieza.
—Muy bien, acompáñame, te llevaré con el supervisor de limpieza —dijo Tarcel a Nahia.
El Tergnomus la condujo por un largo y amplio pasillo hasta unas escaleras que descendían.
—Las mazmorras están abajo —indicó Tarcel—. Hay tres subniveles. Te asignaré al primero. Cuanto más abajo, peor está la cosa y más peligrosos son los prisioneros. Nunca vayas a los niveles inferiores, mantente siempre en el primero.
—Entendido —asintió Nahia, que no tenía ninguna intención de bajar a los otros niveles.
Descendieron por la escalera de piedra negra y Nahia sintió que se dirigía a un mundo lúgubre y oscuro. No solo paredes y suelo eran de roca negra, sino que allí no había ventanas y las antorchas no parecían alumbrar lo suficiente. Era como si al golpear las paredes la luz que desprendía el fuego perdiera intensidad, iluminando muy poco.
Llegaron a una estancia en el primer subnivel, donde encontraron cuatro Tergnomus ocupados con diferentes tareas. Los observaron llegar de reojo, pero no dijeron nada y continuaron trabajando.
—Ahora traigo al supervisor de limpieza —dijo Tarcel y le indicó con un gesto que permaneciera allí.
—De acuerdo —Nahia asintió y miró a su alrededor.
En la estancia había grandes armarios y varias mesas con sillas. Por lo que pudo apreciar, en los armarios había herramientas y utensilios de diferentes tipos. Los Tergnomus se sentaban en las mesas y parecían arreglar cosas. Uno de ellos estaba lijando unas llaves gruesas y Nahia se preguntó si serían de una mazmorra o quizá de argollas.
Tarcel regresó acompañado de otro Tergnomus algo más joven, aunque ambos parecían haber vivido largas vidas. Nahia no sabía poner edad a los de su raza, le parecían todos bastante mayores, aunque estaba segura de que no lo eran tanto.
—Soy Framus y estoy a cargo de labores de limpieza de los calabozos —se presentó el recién llegado.
—Yo Nahia, de primer año.
—Sí, se te nota —asintió Framus y la miró de arriba abajo—. No estás muy curtida.
—Lo tomaré como un cumplido.
—No lo es. Los novatos que no se curten rápido perecen.
—Lo recordaré…
—Mejor, los muertos recuerdan poco.
Nahia hizo un gesto afirmativo.
—Lo haré.
—Os dejo. Haz cuanto Framus te indique y como él te ordene —dijo Tarcel a Nahia y se marchó hacia las escaleras.
—Bien. Viendo que tampoco tienes cuerpo para grandes esfuerzos te asignaré la limpieza del bloque sur del subnivel primero, este en el que estamos. Es de los más limpios y menos peligrosos —explicó Framus.
—Vaya, gracias.
—No me las des. Una humana tan poco curtida no puede meterse en grandes limpiezas. Me estorbarías más que ayudar y ya tenemos suficiente trabajo.
—¿Tanto?
—Y más. No te puedes imaginar la cantidad de excrementos y suciedad que producen los prisioneros que hay aquí.
—¿Tantos hay?
—Bastantes, sí, y generan mucha inmundicia.
—¿De qué raza son? —Nahia preguntó por intentar entender quién generaba tanto que limpiar más que por curiosidad.
—Pues déjame pensar… —Framus miró hacia el alto techo y se quedó pensativo. Tenemos prisioneros de todas las razas y también dragones.
—¿Dragones… prisioneros? —Nahia no podía creerlo. Echó la cabeza hacia atrás y abrió muchos los ojos.
Framus asintió.
—Sí, varios y de los peligrosos.
—Pero son dragones…
—Los dragones también cometen crímenes contra otros dragones. ¿O acaso pensabas que no?
—Pues la verdad es que supongo que creía que no…
—Entonces también pensarás que todos los dragones son malos, ¿no?
Nahia miró a todos lados y luego a al Tergnomus.
—¿No deberías tener cuidado al hablar así? ¿Y si te oyen? —susurró preocupada.
Framus sonrió.
—No pierden el tiempo escuchando conversaciones de los Tergnomus. Podríamos estar organizando la mayor de las rebeliones a gritos y no nos harían ni caso. Se creen tan superiores y nos infravaloran tanto, sobre todo por nuestro tamaño reducido, que no nos prestan la más mínima atención.
—Vaya, no lo sabía.
—Estás muy verde, hay mil cosas que no sabes. Irás aprendiendo, aunque en tu caso vas a necesitar de grandes cantidades de suerte con lo poca cosa que eres. En cuanto a los dragones, te diré que tienen conflictos entre ellos, la mayoría derivados de guerras y rencillas entre clanes, pero también los hay de índole personal. Hay dragones que matan dragones por motivos tan normales como avaricia, celos, ansias de poder, codicia desmedida y similares. Son sentenciados a prisión, destierro o muerte. Aquí hay varios sentenciados a prisión.
—¿Por qué aquí? Quiero decir, esto es un centro de formación militar.
—Los que están aquí han sido condenados por crímenes ocurridos en la academia o contra la institución.
—Oh, ya veo…
—Y para que lo sepas, joven humana inexperta, hay dragones buenos y malos.
—¿Los hay? —Nahia no dijo más, pero Framus entendió que su cara de total sorpresa era por la existencia de dragones buenos.
—Sí, escasean, pero los hay.
—Espero encontrarme uno un día —comentó Nahia con incredulidad.
—Quién sabe, igual tienes esa suerte.
Nahia sonrió, aunque dudaba muchísimo de que algún día fuera a conocer un dragón bueno. Eso le parecía imposible.
—Sígueme, te indicaré dónde tienes que limpiar.
—De acuerdo, gracias.
—No tienes que darme las gracias. Estar aquí es un castigo y como tal tienes que tomártelo. Aunque agradezco que seas educada. Cuando me envían Drakónidos o Tauruk-Kapro suelo tener problemas con su actitud.
—No estarán muy contentos de limpiar mazmorras…
—Se creen superiores a nosotros por ser más grandes y fuertes —Framus hizo un gesto con la mano de que desechaba esa opinión—. No saben que la verdadera fortaleza no está en los músculos, está aquí y aquí —dijo señalando primero a su cabeza y luego a su corazón.
A Nahia lo que le decía el Tergnomus le encajó.
—Creo que tienes mucha razón.
—¡Por supuesto que la tengo! Bien lo sé yo. Se creen que por ser de tamaño grande son mejores que los demás y eso es un error. Ni los dragones en toda su enormidad serían poderosos sin mente y alma luchadora. Nosotros tenemos de los dos en abundancia, aunque seamos pequeños en comparación con las otras razas. Eso nos hace sobrevivir. ¿Por qué crees que los dragones nos usan para sus labores domésticas y menos agradecidas? Por esa misma razón, porque nosotros ponemos el alma en toda tarea que realizamos, no como el resto de las razas.
Nahia se quedó pensativa, intentando asimilar todo aquello.
—Tus palabras son sabias.
—Gracias, harás bien en recordarlas —Framus inclinó la cabeza como reconocimiento—. Sígueme, te llevaré con los demás.
—¿Los demás?
—Sí, no eres la única a la que han castigado a limpiar los calabozos. Es un castigo habitual. Tenemos alumnos de primer, segundo y tercer curso. Yo lo considero un pequeño honor.
—¿Porque los dragones lo consideran un castigo?
Framus miró a Nahia a los ojos.
—Así es. Lo que es trabajo para nosotros, es castigo para otros. Eso significa que nuestro trabajo es duro y así se reconoce como tal por nuestros señores, si bien nos siguen despreciando igual.
—Eso he pensado.
—Porque eres una chica lista. Espero que tu corazón sea fuerte también —deseó Framus y le volvió a hacer el gesto de llevarse la mano a la cabeza y luego al corazón.
Nahia sonrió.
—Yo también lo espero.
Framus asintió y la guio por un largo pasillo de una anchura enorme hasta llegar a una puerta de acero que abrió con unas llaves.
—Aquí comienza la sección sur.
—De acuerdo…
—Tranquila, es donde tienen a prisioneros interesantes. No corres mucho peligro.
—Bueno, algo es algo —se tranquilizó Nahia. Suspiró y luego se quedó pensando qué habría querido decir.
—Hay secciones mucho peores en este lugar, créeme. La de los dragones es la peor con diferencia. La cantidad de excrementos que sueltan es enorme. Además, tienen tendencia a comerse a los limpiadores en cuanto se despistan un instante.
—Vaya, eso no es nada bueno…
—Por eso solo envío a Tergnomus expertos allí. Aunque algunas veces me llegan órdenes de enviar a alguno de vosotros a esa sección.
—¿A la de dragones?
—Sí, algunos de los líderes de escuadra tienen muy mal humor y castigan de verdad.
—Oh, entonces mi castigo no es tan malo…
—No lo es. Pero si vuelves a ser castigada puedes terminar en la sección norte del tercer subsuelo, y déjame decirte que no quieres ir allí.
Nahia puso ojos de horror.
—Lo recordaré: sección norte del tercer subsuelo.
Framus dio una dentellada al aire y luego hizo como que masticaba. Nahia tuvo claro a lo que se refería y el estómago se le revolvió.