Capítulo 30 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Las primeras semanas de formación pasaron volando y el verano partió antes de que se dieran cuenta dando paso al otoño. Nahia estaba muy preocupada por no hacerlo mal en las clases. Tenía que evitar a toda costa que su líder de escuadrón la castigara por deshonrarlo de nuevo, ya que podría decidir matarla esta vez. Con tanta tensión, los días se le pasaban como una exhalación. El hecho de que terminara tan cansada de las clases y de tener que limpiar las mazmorras provocaba que cayera desfallecida en el catre cada noche. Todo esto hacía que pareciera que los días de su vida se le escapaban entre los dedos.
Acababa de terminar el período de castigo y ahora trataba de recuperar algo del sueño atrasado. Tenía una pequeña espina clavada en el costado porque no se había atrevido a volver a hablar con el prisionero de la máscara. Todas las noches pasaba por delante de su celda, deteniéndose un momento, pero sin descorrer la mirilla. El prisionero le había hablado cada noche, lo que quería decir que la esperaba, pero ella no le entendía. Había seguido el consejo de sus compañeros de escuadra para evitar meterse en líos, pero algo en su interior le decía que no había hecho lo correcto. En cualquier caso, seguía con vida y eso para ella era un triunfo.
Otra cosa que la preocupaba cada vez más, porque era muy notorio, era su tremenda debilidad física. Se había hecho evidente en la formación, algo terrible considerando que solo estaban recibiendo la básica de magia y de armas. Solo de pensar en qué sucedería cuando la formación fuera más avanzada provocaba que le temblaran las rodillas. Este problema le robaba el sueño. Sabía que inevitablemente su debilidad la iba a condenar a morir y si algo habían dejado claro los dragones era que los débiles no sobrevivían la Senda. Lo repetían casi a diario y lo tenía grabado a fuego.
Aquella mañana, antes de la clase de magia, decidió compartir su temor con su escuadra. Estaba segura de que ellos ya se habían dado cuenta y que no tenían por qué ayudarla, allí cada uno tenía que mirar por sí mismo y salir adelante. Aun así, prefería arriesgar su orgullo a morir por no reconocerlo ante sus compañeros.
—Si sigo así… no lo voy a conseguir —afirmó mientras desayunaban en su mesa del comedor.
Sus compañeros dejaron de masticar y la miraron perplejos por la confesión.
—¿Lo dices por tus problemas físicos? —preguntó Taika con su tono rasposo y suave y mirada de zorro.
Nahia asintió.
—Vamos a comenzar con el manejo de armas y yo ni siquiera soy capaz de hacer todas las tablas de movimientos desarmados sin agotarme.
—Si yo las puedo hacer, tú también puedes —dijo Dafne asintiendo en su dirección.
—Tú eres más fuerte que yo.
Dafne resopló.
—Un pelín más fuerte, nada más.
—Yo también creo que, si Dafne y yo podemos, tú también puedes —dijo Lily intentando darle ánimos.
—Lily, tú eres el doble de fuerte que yo —aseguró Nahia.
—Quizá en lo físico, pero no en lo mental. Y en magia tú lo eres mucho más que yo. —Lily le lanzó una mirada de confianza.
—La humana tiene razón, no sobrevivirá al otoño si sigue así —afirmó Aiden con la tranquilidad del verdugo que pasa sentencia a un condenado a muerte.
—¡No le digas eso, cabeza de granito! —regañó Dafne.
—¡No seas desalmado! —se unió Lily.
Aiden se encogió de hombros.
—Solo digo la verdad y vosotras lo sabéis. Siempre queda mal en los ejercicios físicos. Y lo que vemos nosotros, lo ven nuestros señores.
—Me dan ganas de atizarte con una silla en esa cabeza cornuda que tienes —dijo Dafne e hizo el gesto de coger la silla y pegarle.
Aiden no se inmutó.
—En lugar de eso quizá debieras aplicarte. Ella no sobrevivirá al otoño, pero tú tampoco. Y en cuanto a la Escarlatum… no sobrevivirá al invierno. Sois débiles y no sobreviviréis al año.
Dafne y Lily se pusieron de pie en la mesa y estuvieron a punto de lanzarse sobre Aiden, que siguió comiendo sin importarle.
—Tranquilidad, por favor —pidió Taika—. Nos vigilan… —dijo y miró hacia los dragones en medio del comedor.
Dafne y Lily lanzaron miradas furibundas a Aiden y se sentaron a regañadientes.
—Nuestro compañero Drakónido es poco agraciado en el arte de la comunicación, pero tiene razón —se pronunció Ivo—. Es innegable que nuestra humana tiene problemas serios en lo físico, y también en lo mágico, derivados de su poco cuerpo. También es evidente que nuestra Fatum no va muy detrás y sus carencias son cada vez más manifiestas. Las de nuestra Escarlatum se harán notorias en la última parte del año.
Dafne y Lily fueron a protestar, pero Taika intervino.
—En lo que debemos centrarnos es en solucionar los problemas que tenemos, no en discutir entre nosotros. Eso solo nos conducirá a la derrota y a la muerte. Lo primero que debemos hacer es ayudar a Nahia a mejorar. Solo así sobrevivirá.
—¿Podemos hacerlo? —preguntó Aiden y miró a Taika con incredulidad en sus ojos.
—Yo creo que podemos —aseguró Taika.
—¿Tú lo crees? —insistió Aiden también a Ivo.
El gran Tauruk miró a Nahia, como evaluándola.
—Me gustaría pensar que sí, aunque tengo mis dudas, no lo voy a negar. Su cuerpo es demasiado frágil, como una rama de un árbol joven.
—Aiden tiene el tacto de un tiburón, pero tú podías tener algo más, que Nahia está sentada ahí —reprochó Dafne a Ivo.
—Soy de la opinión que la verdad, aunque duela, resulta siempre mil veces mejor que una mentira piadosa.
—Cuando te pones filosófico no hay nada que hacer contigo —dijo Lily y le hizo un gesto con la mano.
—No me importa oír verdades, aunque sean duras… Es cierto todo lo que se ha dicho aquí… —expresó Nahia cabizbaja.
—No vamos a dejar que muera —aseguró Dafne, que negaba con el brazo extendido y moviendo el dedo índice.
—¿Por qué no? No es problema nuestro, sino suyo —opinó Aiden.
—¡Eres monstruoso! —gritó Lily.
—Deberíamos hacerlo por el bien de la escuadra y ya está —sentenció Taika.
—No estoy de acuerdo. Muchas escuadras pierden miembros durante el año, es natural. Si la nuestra lo hace continuaremos adelante igual.
—¡Es para matarlo! —Dafne estaba furiosa y sus ojos centelleaban de rabia.
—Creo que te equivocas en esa apreciación —dijo Taika manteniendo la calma—. Es mejor una escuadra de seis que una de cinco, aunque el sexto integrante no sea muy fuerte. Algo podrá aportar. El que no está es el que no aporta nada.
Aiden lo sopesó mirando a Nahia.
—Puede que tengas algo de razón, pero también será un lastre.
—Un lastre que puede ayudar —puntualizó Taika.
—Bueno… tal vez sea así.
—Tiene razón. Los lobos no abandonan a sus mayores, los dejan liderar y se amoldan a su paso. La manada es más importante que el individuo —explicó Ivo como si contará una fábula.
Aiden se encogió de hombros.
—Supongo que lo veremos.
—Muy bien. ¿Cómo la ayudamos? —preguntó Lily.
—Hay que fortalecer su cuerpo —afirmó Taika.
—¿Y cómo lo fortalezco? —preguntó Nahia.
—Solo hay una forma: mucho trabajo, sufrimiento y sacrificio —afirmó Taika.
Nahia bajó la cabeza y asintió.
—Imaginaba que sería algo así.
—Es eso, o morir —aseguró Taika—. Tienes que elegir.
—Elijo trabajo, sufrimiento y sacrificio —afirmó Nahia.
Taika asintió.
—Así se habla —Lily le dio a Nahia una palmada en la espalda.
—Lo conseguirás. Y no escuches al cabeza de mármol y al filósofo del bosque —animó Dafne.
Nahia asintió.
—Esta tarde al finalizar las clases iremos al gimnasio y trabajaremos ese cuerpo tuyo —dijo Taika.
—Te lo agradezco, de verdad.
—No es nada.
Nahia se animó un poco. Había esperanza y su escuadra la iba a ayudar.
Aquella tarde, al finalizar la formación de magia, Nahia fue al gimnasio con Taika. Le agradecía en el alma que fuera con ella porque él no lo necesitaba, pues los Felidae tenían una fisionomía extraordinaria. Por lo que tenía entendido, al gimnasio iban sobre todo humanos, Fatum y Escarlatum, los más débiles en el apartado físico. A Ivo y Aiden tampoco les hacía falta y Taika hasta ahora tampoco.
Llegaron al edifico, que tenía aspecto solemne. Nahia contó más de cincuenta columnas circulares sosteniendo un soportal de mármol blanco con incrustaciones de brillantes. Tuvo que reconocer que los dragones tenían gustos muy particulares. El edificio formaba un gran cuadrado y estaba cubierto por un techo plano.
Al entrar se percató de que estaba lleno de gente, lo que la sorprendió mucho. No esperaba que tantos usaran el gimnasio. Lo primero que pudo constatar era que allí casi todos eran humanos, Fatum y Escarlatum. Apenas había algún que otro Drakónido o Felidae y solo vio a un par de Tauruk-Kapro. Otra cosa que le llamó la atención fue que allí había gente de los tres cursos. No eran solo los de primero, que eran los más necesitados, sino que también había de segundo y tercero. Los identificó con facilidad porque estaban claramente separados: los de tercero a la entrada, los de segundo en medio y los de primero al fondo del edificio.
Se dirigieron con los de su curso y según pasaban por las zonas pudo ver que había áreas donde se ejercitaban solos, otras donde luchaban sobre esterillas y otras en las que hacían ejercicios de fuerza levantando lo que parecían pesadas rocas talladas con formas rectangulares. Al ver que levantaban aquellas pesadas piedras con un brazo y con las piernas, se desanimó por completo. Ella nunca iba a poder algo así.
Taika pareció darse cuenta de su desánimo.
—No te preocupes por esas pesas de piedra, no es en lo que vas a trabajar tú.
—¿No? Menos mal… —resopló Nahia, que miraba a todos lados como si hubiera entrado en un mundo nuevo poblado por gente con una fuerza impresionante.
Taika sonrió.
—Para construir una casa hay que empezar por colocar un bloque en el suelo.
—Mi bloque es más bien una piedrilla.
—Pronto será un bloque de granito sólido y podrás construir sobre él.
Nahia no dijo nada, pero no tenía la confianza que Taika enfocaba en ella.
Llegaron a la zona de los de primer año. Nahia reconoció a los dos chicos humanos de su escuadrón: Brendan y Morgan. Los dos la saludaron con respeto y eso la animó. Ella saludó de vuelta de la misma manera.
Aunque estaba cansada del largo día de formación, se sentía bien por estar allí. Aguardó a que Taika le indicara qué debía hacer, pues ella estaba perdida en aquel lugar. Miró a su alrededor y vio chicos y chicas trabajando la fuerza y la flexibilidad en las esquinas contra las paredes, mientras que en el centro, en las diferentes esteras, combatían por parejas. Todos daban la impresión de saber lo que hacían y se esforzaban al máximo. La intensidad con la que se empleaban era evidente.
—Tendría que haber empezado a venir aquí desde el primer día —expresó Nahia al verse tan perdida y atrasada en comparación con los que allí estaban.
—No te tortures por el pasado, ese ya no se puede cambiar. Céntrate en el futuro que está sin escribir y trabaja en lograr tus metas.
—Sí, tienes razón… pero es que he perdido una estación…
—No la has perdido. En tu caso no era posible que empezaras antes. Llegaste muy rota y débil. Solo con la formación te quedabas sin fuerza alguna. Y luego, cuando empezaste a recuperarte, fuiste castigada.
—Sí, eso es verdad…
—Pues no le des más vueltas al asunto. Ahora puedes y estás bastante entera. Aprovechemos.
—Tienes toda la razón.
Taika sonrió y sus ojos llenos de inteligencia se entrecerraron.
—Lo lograrás.
—¿Con qué elemento de peso comienzo a trabajar? —preguntó Nahia convencida.
—Con uno que siempre llevas contigo —dijo Taika.
—¿Encima? —Nahia se miró a sí misma. Solo llevaba la ropa de la academia, que no era nada pesada.
—Realizarás una serie de ejercicios usando el peso de tu propio cuerpo para trabajar y desarrollar esos músculos, que están un tanto atrofiados.
—Y son raquíticos.
—Bueno, yo no diría tanto. Te sorprenderá cómo reaccionan.
—Cuando dices el peso de mi propio cuerpo, ¿a qué te refieres?
—Te lo mostraré. Quiero que te agaches con la espalda vertical y flexionando las piernas así —Taika le mostró cómo hacer el ejercicio.
—Oh, de acuerdo.
Nahia realizó el ejercicio y no le pareció nada difícil.
—Muy bien, haz el mismo movimiento treinta veces, despacio, manteniendo la forma y el equilibrio.
Hizo las treinta sentadillas y cuando terminó se masajeó los muslos.
—¿Qué tal? —preguntó Taika.
—Al principio muy bien, pero los últimos me han costado y ahora me tiran los muslos.
—Es natural, tranquila. Has estado sosteniendo el peso de tu cuerpo sobre ellos.
—Oh… ya veo a qué te refieres con usar el peso de mi cuerpo.
—Ahora quiero que te coloques en el suelo de esta manera —Taika se puso en el suelo realizando una plancha.
—De acuerdo —se puso a su lado en la misma posición.
—Espalda recta, apóyate en la punta de los dedos de los pies.
—Vale. ¿Cuánto tiempo?
—Cuenta hasta treinta, despacio.
Nahia hizo como le decía y pronto sintió los brazos cargados.
—Vaya, cuesta más de lo que parece —afirmó al terminar.
—Los ejercicios que te voy a enseñar parecen sencillos y no necesitan de levantar peso, solo el tuyo corporal. Los harás todos en el orden que te explico —Taika se puso en pie.
—¿Cuántos ejercicios son? —preguntó Nahia y también se puso en pie. Ya le dolía el cuerpo.
—Veinte. Todos sencillos.
—¿Veinte? ¿Y cuántas veces tengo que hacer cada uno?
—Treinta.
—Pero si con solo dos que llevamos ya me duelen los brazos y muslos. ¿Cómo voy a hacer treinta?
—Con esfuerzo y sufrimiento. No hay otra forma —se encogió de hombros Taika.
—¿Seguro que estos ejercicios me ayudarán a ganar músculo?
—A ganar músculo y resistencia. Créeme.
Nahia resopló.
—Está bien… ¿Cuál es el siguiente?
—La zancada flexionada —dijo Taika y le mostró cómo hacerlo extendiendo una pierna hacia delante y bajando el cuerpo en equilibrio.
Nahia hizo el ejercicio y al terminar miró a Taika.
—Ahora sí que me queman las piernas.
—Es buena señal, sigamos.
Taika le mostró los veinte ejercicios que debía realizar. Desde flexiones y abdominales de diferentes tipos a saltos en el sitio y otros ejercicios. Los últimos cinco eran de flexibilidad.
Para cuando terminaron un ciclo, a Nahia le dolía todo el cuerpo una barbaridad.
—Te veo bien. Quiero que descanses un buen rato y luego hagas un ciclo más. Descansa de nuevo un largo rato y haz un tercer ciclo. Con eso será suficiente por hoy.
—¿Tres ciclos? —Nahia abrió mucho los ojos.
—Recuerda, trabajo y sacrificio, no hay otro camino. Si no puedes con ello, haz lo que te sea posible.
Nahia asintió y se puso a trabajar. Taika la observaba y le corregía la postura en cada ejercicio para que lo hiciera bien. El tercer ciclo fue un suplicio para ella, que apretó los dientes y luchó por realizar todas las series, aunque no pudo con las flexiones y los abdominales. Cuando llegaron los cinco últimos ejercicios de flexibilidad no hacía más que resoplar aliviada. Terminó derrotada sobre una de las esterillas.
—No ha estado nada mal para ser la primera vez —dijo Taika y en su voz rasposa se apreció que quería animarla.
—Pero si no he podido con los ejercicios… —se lamentó Nahia que tirada en el suelo boca arriba respiraba con dificultad por el esfuerzo realizado. Sudaba mucho, más de lo que recordaba haberlo hecho nunca con su abuela.
—Lo has hecho bien —dijo otra voz que Nahia reconoció al instante.
Intentó incorporarse para verlo, pero sus músculos abdominales estallaron de dolor y se quedó tirada de espaldas donde estaba. La cabeza de Logan apareció sobre la suya.
—De verdad que no lo has hecho mal —dijo el moreno y la miró con sus ojos azules tan claros como el cielo de verano.
—¿Me has visto? —preguntó ella intentando disimular lo avergonzada que estaba. Se puso muy colorada y se le notaba a una legua de distancia.
—Sí, justo he llegado a ejercitarme y te he visto.
—No lo he hecho nada bien…
—Has puesto esfuerzo, que es lo que al final cuenta. Los resultados ya llegarán.
—Eso le digo yo —intervino Taika.
—Hola, soy Logan, Escuadra Torbellino, Escuadrón Blanco —se presentó y se inclinó ligeramente mostrando respeto ante Taika.
—Taika, Escuadra Ígnea, Escuadrón Rojo —el Felidae se inclinó a su vez devolviendo el saludo.
—Un placer —dijo Logan cortésmente.
—Creo que por hoy es suficiente. Te veré en el barracón, Nahia —dijo Taika y despidiéndose con un gesto de la cabeza se marchó.
—¿Te está entrenando? —preguntó Logan.
—Sí. Necesito mejorar mucho y rápido.
Logan asintió y se puso de cuclillas.
—Lo lograrás, tienes mucho espíritu.
—¿Tú crees?
—Estoy convencido.
—Pero si no puedo ni ponerme de pie.
—Eso es buena señal. Significa que los ejercicios han trabajado tu cuerpo, que es lo que hay que conseguir.
—Me siento un poco ridícula…
Logan la miró e inclinó la cabeza.
—No lo hagas. Siéntete orgullosa, estás un pasito más cerca de sobrevivir a este lugar.
—¿Sobreviviremos? ¿De verdad lo crees?
Logan la miró a los ojos.
—Lo haremos —aseguró.