Capítulo 32 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Aquel día, en formación de armas, después de media mañana de entrenamiento, los instructores dieron el alto. Las tres escuadras rojas habían estado realizando todos los movimientos de ataque y defensa por parejas por enésima vez.
—Formad y escuchad —ordenaron.
Mai-Beltz-Gaiz se irguió. Nahia ahora cada vez que intuía que se iba a dirigir a ellos se ponía nerviosa. Si le volvía a dar un ataque en aquella clase, estaba segura de que no iba salir con vida de allí. Se había corrido el rumor de que eran ya cinco los alumnos de primer año que habían muerto en la formación. Se decía que dos por no haber conseguido despertar al dragón interior, otro por no haberse comportado adecuadamente ante un dragón y dos en formación de armas. Ella había tenido suerte, pero estaba segura de que aquel dragón no volvería a perdonarle la vida, así que no podía tener otro ataque o hacerlo mal en su clase, cosa que por otro lado era un riesgo muy real. Ella era la peor de su escuadrón con diferencia.
«Con esta última remesa de ejercicios de combate desarmado habéis completado la formación marcial básica inicial. Ahora podéis comenzar con la formación de armas» anunció.
Los integrantes de las tres escuadras del Escuadrón Rojo se miraron los unos a los otros con alegría contenida. Formaban firmes y nadie hizo alarde excesivo de felicidad, pues los tres instructores observaban en pose estoica y con expresión hosca.
—No puedo creer que haya sobrevivido —susurró muy bajito Nahia, que estaba como en shock por haber logrado aquella pequeña victoria.
—Sabía que podrías, no pierdas la confianza —animó Taika en un susurro.
—Yo también estoy contenta, tampoco las tenía conmigo —afirmó Dafne en un murmullo.
—Quien se esfuerza al final recibe el fruto del árbol de la vida —murmuró Ivo.
—Y moratones también —se quejó Lily, que llevaba varios en brazos y piernas que según ella le hacían parecer un monstruito.
—Esto es solo el comienzo. No hay nada de lo que enorgullecerse todavía —dijo Aiden.
—Este siempre tan ameno —replicó Dafne.
«Los brujos que trabajan con sangre de dragón utilizan solo tres armas y un elemento de defensa, que tendréis que dominar. Comenzaréis este año con un arma y el elemento de defensa. En los dos siguientes aprenderéis el uso de las otras armas. Así podréis graduaros de esta academia marcial con honores» anunció Mai-Beltz-Gaiz.
—¿Alguien sabe qué armas son? —preguntó Nahia.
—Imagino que una es la espada, los tres instructores la llevan —dedujo Taika.
—¿Y las otras dos? —preguntó Lily.
—Seguro que el cabeza de granito lo sabe —dijo Dafne.
—Lo sé, por supuesto.
—¿Y? —preguntó Lily.
—Prefiero que lo anuncie nuestro maestro y señor —respondió Aiden.
—Para matarlo… —susurró Dafne.
«Os estáis preguntando cuáles son esas armas. Vuestros instructores os las presentarán».
Los tres instructores se agacharon. Frente a cada uno de ellos había dos grandes mantas. Nahia las había visto al comenzar la clase y le intrigaba para qué las iban a utilizar. Como tenían prohibido preguntar, ni a dragones ni a instructores, nadie lo había hecho. Casi prefería que fuera así, de esa forma no se metían en líos por preguntar lo que no debían.
El Felidae con forma de león desdobló la manta y cogió el arma que guardaba en ella. Se puso en pie y la mostró a la clase.
«La primera arma, digna de ser empuñada por un Brujo de Sangre de Dragón, es la daga» proclamó Mai-Beltz-Gaiz.
Todos la observaron. Nahia resopló por lo bajo aliviada. Ella sabía usar cuchillos pues había aprendido con su abuela. Los usaban para infinidad de labores en sus tareas de curanderas, desde cortar plantas y raíces a despellejar liebres. Aquella daga, aunque más larga que un cuchillo, no debía pesar mucho.
«La daga es un arma noble. Con ella podéis atravesar el corazón de vuestro enemigo y luego sacárselo».
A Nahia aquel comentario no le gustó lo más mínimo, pero tendría que hacer como que estaba del todo de acuerdo.
El instructor Escarlatum descubrió lo que ocultaba su manta y se levantó. Mostró el arma a todos.
«La segunda arma, digna de ser empuñada por un Brujo de Sangre de Dragón es la espada» proclamó Mai-Beltz-Gaiz.
Era de acero y larga y parecía pesada. Nahia ya no estaba tan animada, era una espada larga y de doble filo con una empuñadura con una cruceta. No se veía manejándola.
«La espada es no solo un arma noble, sino la más letal de las armas en manos de alguien que haya estudiado su uso y manejo. Con ella podréis cortar el cuello de vuestro oponente de un rápido y seco golpe. Hasta el más alto y fuerte de los enemigos morirá si se le corta el pescuezo».
De nuevo Nahia sintió que aquello no era para ella. No tenía ninguna intención de cortar el cuello a nadie, fuera de la raza que fuera y por muy enemigo que le dijeran que era.
Le tocó el turno al instructor Drakónido. De su manta sacó un arma que era inconfundible y que hasta una curandera como Nahia conocía. La mostró sujetándola con las dos manos.
«La tercera arma digna de ser empuñada por un Brujo de Sangre de Dragón es la lanza. Es la más segura y eficaz de las armas pues puede acabar con un enemigo antes de que éste pueda siquiera acercarse. Con la lanza podréis perforar el corazón o el cuello de vuestros oponentes a distancia» proclamó Mai-Beltz-Gaiz.
De nuevo a Nahia la imagen que se le formó en la cabeza no le gustó lo más mínimo. Tampoco la largura del arma y que fuera de acero, porque si la espada pesaba, aquella lanza todavía más.
«Y finalmente el elemento defensivo, que no es otro que un escudo» anunció Mai-Beltz-Gaiz.
Los tres instructores se agacharon y de la otra manta sacaron un escudo cada uno. Lo sujetaron en la mano izquierda mientras en la derecha llevaban el arma que cada uno había mostrado.
«El escudo os protegerá de armas enemigas y puede usarse como arma si es necesario. Un barrido o un golpe de revés con un escudo puede lanzar al enemigo de espaldas y hasta dejarlo sin sentido y usarse para aplastar la cabeza del contrincante».
Nahia no se veía aplastando la cabeza de nadie con un escudo. Al ver a los tres instructores con él en un brazo y el arma en el otro sus ánimos se evaporaron. ¿Cómo iba ella a manejar aquellas armas pesadas y encima un escudo? Lo veía imposible. Eso era para Ivo, Aiden y Taika, pero para ella no. Miró a Lily y Dafne y por sus expresiones debían estar pensando algo parecido. ¿Cómo iban a luchar con tanto peso?
«Comenzaréis a entrenar con la más sencilla de todas, pero que puede quitar la vida de forma tan efectiva como las otras si se usa bien, la daga. Este primer año aprenderéis el manejo de la daga y del escudo por separado y en combinación. La espada la aprenderéis a usar el segundo año, ya que es un arma de difícil manejo, y la lanza el tercero. Todos aprenderéis a usarla. Además, la lanza es el arma principal en un tipo de combate avanzado al que solo los mejores de entre vosotros podrán optar, pero eso no ocurrirá hasta que hayáis dominado primero las otras armas».
Nahia intentaba asimilar aquella información. Por lo que había entendido comenzarían con la daga, lo cual era un gran alivio para ella. Tanto la espada como la lanza le parecían demasiado pesadas. Lo que no le gustaba era que tendría que aprender a usar también el escudo el primer año. Aprender el manejo de la espada en segundo ya le preocupaba menos, quizá para entonces tendría algo de músculo y aguante. La lanza en tercero le pareció estupendo, para entonces sería fuerte o eso esperaba. Lo del combate avanzado no le interesaba lo más mínimo. No sabía a qué se refería, pero ella no pensaba estar entre los mejores con las armas, así que lo descartó. También se dio cuenta de que daba por hecho que iba a sobrevivir en la academia por tres años. Solo de pensarlo se le puso la piel de gallina.
«Ahora vuestros instructores os entregarán una daga a cada uno. Adelante, instructores».
El Drakónido se acercó hasta la Escuadra Ígnea y entregó una daga plateada y larga a cada uno. Lo hizo con cierta parsimonia, como quien entrega algo valioso. Según lo hacía, saludaba inclinando la cabeza. Nahia y sus compañeros respondieron al saludo con uno igual. Una vez entregó las armas se retiró.
Nahia cogió la daga que el instructor le acababa de entregar y la sostuvo entre las manos. Era bastante más larga de lo que ella había calculado, casi era media espada. Siempre había pensado que una daga era similar en tamaño a un cuchillo. Estaba claro que no era el caso, pues aquellas eran largas. No solo eso, tenían dos filos y una punta muy afilados. Nahia sopesó el arma y resopló aliviada. Era más pesada de lo que había intuido, pero no creía que le fuera a traer problemas. Eso la tranquilizó un poco. Luego se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo usarla, más allá de hacerlo como un cuchillo de cocina, y se volvió a poner nerviosa. De súbito se dio cuenta de que tendría que matar a alguien y sintió una angustia terrible. Ella no quería matar a nadie y menos con un arma como aquella, que haría sangrar a quien fuera. Le pareció una auténtica barbaridad.
—La daga se utiliza para cortar con sus dos filos —mostró el instructor—. Se pueden ejecutar golpes de corte con ambos, tanto en una dirección como en la contraria—. El instructor ejecutó varios golpes el aire cortando a derecha e izquierda y luego del revés.
«Esta daga que se os ha entregado la cuidaréis con vuestra vida. Quien la pierda o maltrate será castigado».
El instructor Drakónido se dirigió a la escuadra.
—La daga se lleva en el cinturón, en el costado contrario de la mano con la que se usa —explicó—. Esto es así para permitir sacarla con rapidez en caso de combate inesperado.
Hizo una demostración sacando la daga de su cinturón a gran velocidad y lanzando una estocada al frente con ella.
Todos entendieron al momento a lo que se refería.
—Ahora realizaremos ejercicios similares a los que hemos estado haciendo en el combate desarmado, solo que específicos para ataques y defensa con daga. Situaos en posición defensiva, con las piernas flexionadas, el cuerpo en equilibrio, el brazo sin arma delante y el brazo con la daga recogido junto al cuerpo —dijo y les mostró cómo debían hacerlo.
Todos se situaron como indicaba el instructor. Se fijaron en que los otros dos instructores estaban haciendo lo mismo con las escuadras Ardiente y Candente.
—Comenzaremos con unos movimientos sencillos. Realizadlos como yo los hago. Uno: tajo de interior a exterior buscando el cuello del oponente —comandó y realizó el ataque—. Dos: posición defensiva y estamos atentos a un posible contrataque —adoptó una posición de defensa—. Tres: avanzamos y lanzamos una estocada directa al corazón. Cuatro: Posición defensiva de nuevo.
Nahia y sus compañeros realizaban los movimientos siguiendo las explicaciones e imitando a su instructor en cada detalle. Los tuvo realizando movimientos de ataque y defensa todo el día. Cuando por fin dio por finalizada la sesión, ordenó formar y volvió junto al dragón negro. Los otros dos instructores también lo hicieron.
«Habéis comenzado la senda de la daga. Debéis recorrerla y convertiros en expertos en su manejo. Lo que aprendéis aquí es un arte, y como tal debéis verlo. Os convertiréis en maestros en el manejo de esta arma. Con ella podréis matar al enemigo y traer gloria a nuestro reino. Ahora marchad y recordad que el camino de la victoria se labra con sangre».
A Nahia aquellas últimas palabras no le habían gustado lo más mínimo. Ella no deseaba matar a nadie ni derramar sangre para mayor gloria de los dragones. Estaba contenta por finalizar el día de entrenamiento y no estaba tan agotada como pensaba que iba a estar ya que la daga no era tan pesada y ejercitarse con ella no era mucho más cansado que el entrenamiento de combate desarmado.
Después de cenar se retiraron a descansar. Nahia se sentó en su camastro y se quitó las botas. Se quedó contemplando su daga plateada.
—Si no fuera porque sirve para herir y matar hasta sería bonita —comentó más para sí misma que para los demás.
Dafne la oyó y se volvió hacia ella.
—También sirve para lisiar de por vida.
Nahia se sorprendió de aquel comentario.
—Sí… supongo que también…
—No supongas, te lo puedo asegurar. La han usado en mí —dijo mientras se quitaba la capa.
—¿Te han lisiado con una daga como esta?
—Una muy parecida, sí.
—Te refieres a tus alas, ¿verdad?
Dafne asintió.
—Los dragones no nos permiten volar y la única forma de que un Fatum no vuele es que le corten las alas.
Nahia asintió.
—Me parece una atrocidad.
—Lo es —convino Dafne.
—Perdona que te lo pregunte… ¿no puedes usarlas en absoluto? —inquirió Nahia señalando las alas que Dafne llevaba plegadas a la espalda.
—No me molesta que me lo preguntes porque eres tú, de otro me molestaría. Puedo usarlas, o más bien moverlas, pero no volar —explicó y desplegó sus cuatro alas.
Luego las movió.
—Vaya, son preciosas —dijo Nahia—. Quería verlas desde que nos conocimos, pero como siempre las llevas recogidas no quería importunarte.
—Eso es porque eres una chica con muy buenos modales y buen corazón. Por eso te las muestro ahora.
—Gracias, de verdad.
—No hay de qué. ¿Ves los cortes?
Nahia se acercó a la espalda de Dafne y estudió las alas. Eran preciosas, parecían tejidas con seda trasparente y tenían trazados que se asemejaban a elaborados bordados. Entonces vio los cuatro cortes, uno en cada ala. Comenzaban en la parte interior y recorrían casi toda ella. No partían el ala, sino que dividían el interior, como si a la vela de un barco se le hiciera un largo desgarro.
—Los veo. Te impiden volar.
—Así es. Para volar las alas tienen que estar completas.
—¿No podéis curar esos cortes?
—Podríamos, pero el que se atreve es condenado a muerte si lo descubren.
—Entiendo, el riesgo es demasiado grande —Nahia se sentía fatal por la pobre Dafne. Solo unos seres tan desalmados como los dragones harían algo así, los tullían de por vida.
—Lo es.
—¿Te dolió mucho? —Nahia tocaba con las yemas de sus dedos una de las alas, era de un material que no había visto nunca, como seda humana.
—Nos lo hacen de pequeños para que no tengamos la tentación de volar. Luego cada cierto tiempo se vuelven a realizar los cortes. A mí me queda uno más, cuando cumpla los veinticinco. Duele, pero más en el alma.
—Es atroz lo que os hacen.
—Sí que lo es —se unió Lily, que salía del baño.
Dafne se giró hacia ella y le mostró las alas.
—Me encantan. Te dan un aire… no sé, como etéreo —dijo Lily con una gran sonrisa.
—Me gusta, aire etéreo.
—Yo también tengo algo que seguro que os despierta curiosidad —dijo Lily y señaló su cabeza.
—Tu mente prodigiosa no es —dijo Dafne con guasa.
Lily rio.
—Mis cuernos —dijo y se los tocó.
—Ah, cierto —asintió Dafne disimulando.
—¿Puedo tocarlos? —Nahia quería saber cómo eran, le intrigaban.
—Por supuesto, no seas tonta, ¡adelante! —Lily agachó la cabeza.
Nahia y Dafne le tocaron los cuernos, estudiándolos.
—No lo parece, pero son duros y afilados —se dio cuenta Dafne.
—Por supuesto, son un arma defensiva. ¿No creerás que son solo para hacerme más irresistible? —rio.
—Yo pensaba que sí… —confesó Nahia.
—Para nada. Con estos cuernecitos tan coquetos puedo sacarle un ojo a alguien, o cortarle o agujerearle el cuello si me pone de muy mal humor.
—Por eso los Escarlatum tenéis tan buena reputación —dijo Dafne con una mueca.
—Por eso y por muchas más cosas de índole retorcido —rio Lily, que se lo tomó como un cumplido.
Dafne y Nahia se miraron y negaron con la cabeza. Luego se echaron a reír con ella.