Capítulo 4 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
El gigantesco dragón rojo descendió de los cielos y soltó un tremendo rugido anunciando su llegada antes de posarse en el centro de la plaza del pueblo. Todos los que estaban presenciando la ceremonia salieron corriendo y no se detuvieron hasta salir de la aldea por las calles traseras. El terror que la gran bestia infundía en los corazones de los aldeanos hizo que huyeran despavoridos, como si la encarnación del mal se precipitara desde los cielos sobre ellos. En un abrir y cerrar de ojos en la plaza solo quedaron los desdichados que participaban en la ceremonia y los soldados Drakónidos, que se habían retirado detrás de su oficial.
El gran monstruo alado se instaló en medio de la plaza y levantó un vendaval de aire, tierra y polvo en todas direcciones. Sus potentes patas, terminadas en garras aciagas, pisaron el suelo con fuerza mientras erguía la cabeza y mostraba las fauces. La parte final de la cola cayó sobre la casa del herrero y partió el tejado en dos con un crujido seco. El herrero se lanzó a la calle por una ventana trasera para no ser aplastado. El tamaño de aquel ser era tan masivo que los aldeanos habían hecho bien en huir para no morir aplastados.
—¡De rodillas ante vuestro señor! —ordenó el oficial vociferando.
Los soldados que sujetaban a Nahia la dejaron caer al suelo y se arrodillaron. Nahia también intentó hacerlo, pero no pudo y se quedó tendida en el suelo. Miró alrededor. Los que permanecían en la plaza se habían arrodillado: la docena de desdichados y los Drakónidos. Todos mostraban el respeto que debían a su amo y señor. De reojo y con el corazón encogido, Nahia observó al imponente y aterrador monstruo. Debía medir veinticinco varas de largo de la cabeza hasta la punta de la cola, que sacudió provocando que parte de otro tejado se desmoronara. Luego golpeó el costado de la casa del carnicero agrietándola de arriba abajo y sacudió las alas enviando una potente ventolera hacia ellos. Nahia cerró los ojos e intentó recuperase mientras sentía la fuerza del aire como si un torbellino se hubiera desatado.
La gran bestia rugió de nuevo con gran potencia, helando los corazones de los presentes. Dejó de sacudir las alas y las recogió a los costados. Por lo que había visto, Nahia calculó que debían alcanzar más de veinte varas de envergadura total. Suspiró angustiada. Aquel monstruo reptiliano y alado era tan impresionante que el alma humana perdía toda esperanza en su presencia. Era como si el espíritu de los hombres supiera que nada se podía contra semejante ser mitológico. Nahia luchó consigo misma para no dejarse llevar por el miedo y la desesperanza.
—Nuestro señor nos honra con su presencia —el escriba realizó una reverencia sin dejar de arrodillarse.
«Bajad la cabeza ante Gorri-Buru-Koma, del Clan Gondra, señor de esta comarca humana» se anunció enviando un mensaje mental a todos en la plaza. A Nahia le golpeó la mente con tal fuerza que quedó con la cabeza pegada al suelo, como si la hubiera pisado con una de sus garras. Nunca había recibido un mensaje mental de un dragón. Sabía que se comunicaban así, que ellos no usaban la palabra. Aoma le había contado que los dragones consideraban la comunicación verbal algo de seres incivilizados y sin poder. Ahora que había sentido un mensaje mental por primera vez podía asegurar que no era una experiencia nada agradable. Era como si a uno le golpearan en el interior de la cabeza al tiempo que le hablaban. Aquello solo podía lograrse con poder, no era algo natural.
—La comarca y todos cuantos en ella viven os servimos —respondió el oficial Drakónido.
«Así es. Todo ser en esta región me debe lealtad total. Como señor de esta comarca es mi responsabilidad para con mi clan gobernarla con absoluta firmeza».
—Los Drakónidos sirven con humildad a su señor en todo lo que requiera —dijo el escriba.
«Todos aquí me sirven o mueren» envió el dragón y el mensaje mental fue tan potente y amenazante que hizo que los humanos se llevaran las manos a la cabeza y algunos se fueran de lado contra el suelo. Nahia aguantó el golpe mental apretando la mandíbula con fuerza. Lo sintió como si le dieran con un martillo en la parte posterior de la cabeza, sobre la nuca.
Los Drakónidos bajaron la cabeza, pero parecieron aguantar el golpe. Nahia pensó que, o estaban acostumbrados, o su raza les permitía asimilar mejor aquel tipo de comunicación mental. Por la reacción de sus compañeros de ceremonia, los humanos no lo estaban ni asimilaban bien aquello.
«He visto el indicador de que hay uno de la sangre en esta aldea».
—Sí, mi señor. Hemos descubierto una humana con poder —informó el brujo.
«¿La humana que está a tus pies?».
—Así es, mi señor. Hay algo más…
«Levántate y habla. Tienes el permiso de tu amo y señor».
El brujo se puso en pie y el resto permanecieron de rodillas. Habló en dirección al dragón, pero con sus ojos hacia el suelo.
—Es una Nacida de la Llama, mi señor.
El temible rostro del dragón mostró un pequeño gesto de sorpresa.
«Eso es muy poco probable. Son una anomalía y apenas se dan».
—Sí, mi señor. Lo más probable es que esté equivocado. Pero las escamas coinciden… quizá las he percibido de forma errónea.
«Los errores no se toleran. Espero por tu bien que no hayas cometido uno, porque si me haces perder el tiempo comprobándolo y resulta que lo que dices es falso, lo lamentarás».
—Siempre al servicio de mi señor —el brujo realizó un saludo de respeto bajando la cabeza.
«Humana, acércate».
Nahia recibió el mensaje mental y se quedó aturdida. La potencia del envío y saber que aquel ser monstruoso se estaba dirigiendo a ella la marearon. Levantó ligerísimamente la vista y lo vio mirándola con sus grandes ojos reptilianos de un rojo intenso. Tenía un aspecto maligno, de ser predispuesto a la perversidad. Las escamas que cubrían todo su cuerpo eran rojas, con varias venas negras que le corrían por los costados. Dos cuernos gruesos salían de su cabeza curvados hacia atrás. Una amplia cresta le bajaba desde la nuca pasando por toda su inmensa espalda hasta la punta de la cola con diferente grosor según la zona del cuerpo. Las garras en las que se apoyaba eran del tamaño de espadones, solo que de aspecto mucho más mortífero. Nahia intentó levantarse, pero cuanto más lo observaba más paralizada estaba por el miedo.
«¿A qué esperas, humana? Un dragón no repite una orden» envió y esta vez el mensaje transmitió un sentimiento de enfado que golpeó todavía con más fuerza la mente de Nahia. Para hacer la situación todavía peor, el dragón había abierto su boca al mostrar su enfado y sus terribles fauces quedaron a la vista. Nahia miraba con ojos enormes. Intentó levantarse y obedecer, pero las rodillas le temblaron y no pudo.
«Lamentable, humana. Incapaz de seguir una sencilla orden. Me obligas a comprobar si realmente eres una Nacida de la Llama de una forma que podía haberse evitado. Si no lo eres vas a sufrir, aunque será un sufrimiento intenso y corto. Morirás en un instante».
Nahia se quedó petrificada.
El brujo hizo señas con urgencia a los demás para que se apartaran.
El dragón abrió la boca.
Era el momento que Nahia había estado temiendo: la muerte aguardaba por ella.
De la boca del dragón salió una llamarada enorme directa hacia Nahia, que seguía tendida en el suelo, indefensa e impotente. Vio el fuego llegar hasta ella y cerró los ojos. Experimentó un calor abrasador que le engullía. En ese momento final de su existencia sintió una rabia furiosa. Aquel monstruo asesino la abrasaba con fuego. Era una forma horrible de morir. Sin motivo, sin necesidad, solo porque le apetecía. Aquello no era justo, no estaba bien. La furia que sentía se desató y sintió que despertaba algo en su interior, en medio de su torso. Era como si algo estallara dentro de su cuerpo, proyectándose hacia el exterior. Una gran cantidad de energía pareció emanar de ella. Pensó que era el fuego que le hacía sentir aquella insólita experiencia antes de morir consumida por las llamas. Fue a gritar de dolor y rabia.
Para su mayúscula sorpresa, el dolor no llegó, solo sentía rabia. De repente, ya no sintió más calor. Sorprendida, abrió los ojos y lo que vio la dejó sin habla. El dragón seguía enviando su aliento de fuego sobre ella. Estaba rodeada de llamas intensísimas, pero no ardía. Vio un destello dorado sobre sus ojos y se dio cuenta de que sus escamas brillaban con mucha intensidad.
No eran solo sus escamas, todo su cuerpo refulgía. Un brillo dorado de gran intensidad salía de ella. Al alcanzar el destello, las llamas se detenían y no llegaban hasta ella. Lo que estaba presenciando no tenía ningún sentido. ¿Estaba delirando de sufrimiento y ni siquiera lo sabía? ¿Era tan grande el dolor que su mente le hacía ver cosas imposibles para protegerla? ¿Acaso que ya había muerto y se estaba viendo arder sin comprenderlo?
El dragón detuvo su aliento y la miró inclinando la cabeza. Entonces su boca se ladeó como en una sonrisa. Parecía estar divirtiéndose.
«Esto sí que es una sorpresa. Una que dará de qué hablar en el clan».
—¿Era mi suposición acertada, mi señor? —preguntó el brujo con tono de gran respeto y algo de temor.
«Lo era y eso te salva de que repita la prueba contigo. La humana es inmune al fuego. Es una Nacida de la Llama».
Nahia se miraba brazos y piernas buscando las quemaduras sin poder entender cómo era posible que no estuviera muerta. Se palpó la cara, el torso, la cabeza tendida en el suelo… todo parecía estar bien. No sentía dolor, ni siquiera se había chamuscado su cabellera rubia. No pudo tocarse las piernas, pero no las sentía doloridas.
«No busques heridas en tu cuerpo, humana. El fuego no puede dañarte» envió el dragón.
—Eso… no puede ser… —balbuceó, no podía creer lo que acababa de suceder.
«No vuelvas a dudar de mi palabra, ni de la palabra o deseo de ningún dragón, o morirás como el pequeño e insignificante ser que eres. El fuego no puede matarte, pero mi mente, mis fauces y mis garras lo harán en un abrir y cerrar de ojos».
El mensaje mental llegó con tal fuerza que de nuevo se le fue la cabeza contra el suelo. La intensidad y el enojo que el mensaje portaban no los podía soportar.
—No lo haré… —respondió intentando rebajar el enfado del dragón. Ella no había tratado nunca con uno, pero Aoma ya le había advertido de que eran unos monstruos ególatras desmedidos y sin la más mínima empatía o piedad. Era su palabra o la muerte y no tenían paciencia alguna. Estaba empezando a comprobar que en efecto era así.
«¿Hay alguno más de la sangre en esta aldea?».
—No, mi señor. Los demás son humanos corrientes —explicó el Drakónido escriba.
«Lástima. Tampoco se puede esperar mucho más de este lugar. Llevad a esta humana a la ciudad de Gorja y que la preparen para ascender. Tú que eres de la sangre la acompañarás y te asegurarás de que no hay ninguna complicación».
—Sí, mi señor. Por supuesto —asintió el brujo y realizó una reverencia de respeto.
«Todos los que sean de la sangre y lo manifiesten deben ascender y comenzar la Senda de los Dragones» envió Gorri-Buru-Koma como si fuera un dogma.
—La Senda seguimos, por ella nos guiamos. Llegado el momento, por ella morimos —recitó el brujo y con la mano derecha hizo un extraño gesto, como trazando algo en el aire.
«Humana, agradece que la fortuna te sonríe. Pocos son de la sangre y ser un Nacido de la Llama es una rareza y un privilegio. Tu destino es servirnos usando tu poder contra el enemigo. Un destino reservado a los que son especiales, pues nuestra sangre corre fuerte por tus venas. Es tiempo de que aprendas a usar ese poder que intenta salir de tu interior y que no sabes controlar. Agradece que se te haya encontrado. De lo contrario tu magia te hubiera vuelto loca o matado. Nos debes la vida y tu vida nos cobraremos».
Nahia comprendía lo que significaba aquello pero se negaba a aceptarlo. El dragón la estaba condenando a batallar en su nombre hasta morir en alguna lucha sin sentido. Y no contento con eso, debía agradecérselo porque la magia que ella tenía podía lastimarla. Con mucho gusto hubiera preferido no ser descubierta y arriesgarse a manipular su propia magia ella misma. Seguro que con la ayuda de Aoma lo habría conseguido. A su abuela la magia no la había vuelto loca ni matado. Cierto era que en ella el poder era muy pequeño, quizá por eso no le había sucedido nada. O tal vez el dragón estaba mintiendo para que se sintiera agradecida.
«Te he dicho que agradezcas. No querrás que lo repita, ¿verdad, humana?».
A Nahia la cabeza se le fue de nuevo contra la tierra. Sintió la advertencia como si le pasaran un filo helado por toda la espalda desnuda.
—Agradezco la fortuna que tengo —expresó con rapidez.
«Y el honor que supone servirme y luchar por mí y el clan Gondra» envió Gorri-Buru-Koma con un sentimiento de advertencia de muerte.
—Sí, por supuesto. Es un honor enorme —expresó Nahia asegurándose de que el dragón creía sus palabras. Aquel monstruo no se andaba con tonterías. Al pensarlo Nahia se estremeció. ¿Y si podía leerle la mente? ¿Se la habría leído? El estómago le empezó a dar vueltas. No, no podía o ya estaría muerta, le habría arrancado la cabeza de un zarpazo o aplastado viva con el tremendo peso de una de sus patas.
«Pronto aprenderás cuál es tu lugar y cómo debes comportarte ante tus señores dragones».
El mensaje sonó a clara amenaza. Tuvo la nítida sensación de que iba a aprender por las malas y que, si se descuidaba lo más mínimo, lo pagaría con su vida.
—Sí, mi señor, aprenderé —se apresuró a decir imitando el tono que utilizaba el brujo, que la miró de reojo.
«Veo que eres inteligente. Eso es bueno, hará que vivas algo más. Me acordaré de ti, humana, y de esas escamas doradas en tu frente».
Nahia no supo qué pensar. Que se acordara de ella no era bueno. Ella quería pasar desapercibida y regresar con su abuela a vivir una vida tranquila y en paz. Todo había salido mal, muy mal.
El dragón miró hacia los cielos, extendió las alas y las sacudió con fuerza. Dio un brinco potente y se elevó en medio de una ventisca de polvo y tierra en dirección norte buscando unas lejanas nubes. Nahia pudo discernir al menos otros cinco dragones en los distantes cielos volando en diferentes direcciones. Hoy se dejarían ver por todas las comarcas humanas. Hoy no sería ella la única desafortunada que descubrirían con poder en sus venas.
Suspiró. Así era vivir en un mundo esclavizado donde los dragones reinaban a sus anchas. La rabia nació de nuevo en su vientre. Daría cualquier cosa por liberarse de aquellos monstruos de corazón malvado. Por desgracia, sabía que nadie vendría a liberarles. Estaban a su suerte en aquel mundo y el único camino para ella era el de la Senda de los Dragones.
Se quedó tendida en el suelo exhausta y con la mente muy dolorida. No podía moverse y el aturdimiento no terminaba de irse. Al marchar el dragón, los aldeanos volvieron a aparecer de entre las casas y se acercaron a la plaza con rostros de pesar por los que partían y nunca más verían.
—Suerte —deseó Max a Nahia cuando los separaban.
A los elegidos para ser soldados los montaron en carros del ejército. Los trasladaban a Gudaein, fuerte militar de humanos donde les enseñarían a luchar y los convertirían en soldados forzosos.
—Suerte —correspondió ella sin levantarse.
Sabía que lo más probable era que nunca volviera a verle, solo en medio de una guerra en la que ambos participaran. A los que elegían para el ejército los formaban durante año y medio en el manejo de armas y armadura, y los convertían en soldados preparados para la batalla. A partir de ahí, los enviaban a alguna guerra o se quedaban en los fuertes hasta la siguiente acción bélica. Lo que no hacían nunca era volver a sus aldeas, o al menos nadie había regresado hasta el momento. La idea de un soldado retirado era una utopía.
Los vio marchar custodiados por los soldados y se le encogió el corazón. Estuvo a punto de ponerse a llorar, pero se mantuvo firme, no quería que los Drakónidos la vieran así. Arrugó nariz y frente. Era muy injusto, eran simples aldeanos, buenas personas inocentes que no se merecían que se les arrancara de sus familias así. No se merecían aquello. Nadie lo merecía.
El oficial Drakónido terminó de discutir con el escriba y el brujo. Acordaron algo, ya que los tres asintieron, y a continuación se dio la vuelta y marchó con paso firme hasta su montura, que estaba atada a la entrada del pueblo. Luego cabalgó hacia sus soldados. El escriba se despidió del brujo y también marchó a por su montura.
Las buenas gentes de la aldea despidieron a los que marchaban entre cánticos y arroparon a los tres que habían tenido la suerte de no ser elegidos para el ejército. Nahia se preguntó qué pasaría ahora con ella. El brujo le hizo un gesto para que permaneciera donde estaba. Lo agradeció, así al menos se recuperaría un poco. Pronto llegaron cuatro soldados a caballo y un quinto con una carreta.
—¿Puedes levantarte? —preguntó el brujo.
Nahia pensó en mentir y decir que no. No deseaba que se la llevaran, quería permanecer allí. Hizo como que no podía, aunque la verdad era que se sentía un poco mejor.
—No creo...
—No importa, te llevarán al carro. ¡Soldados, portadla y acomodadla para el camino!
Nahia suspiró. No había escapatoria.
La levantaron con bastante cuidado entre dos soldados y la metieron en la carreta. Era sencilla, militar, para transporte de soldados o armas. Se acomodó entre unas mantas. Estaba tan cansada y dolorida que ya ni podía pensar.
—Nos ponemos en camino —ordenó el brujo.
Isa salió de entre la gente.
—¡Cuídate mucho, Nahia! ¡Suerte! —deseó.
—Gracias. Que la aldea cuide de mi abuela, se queda sola —rogó Nahia desde la carreta estirando el cuello.
—La aldea la cuidará —llegó de varias personas al unísono.
Con aquella despedida y un sentimiento en su corazón de que jamás regresaría, partió hacia una nueva vida, a servir de forma forzosa a sus señores dragones. Todo había salido mal, pero seguía con vida.
Al menos su premonición de muerte no se había cumplido, no todavía.