Capítulo 45 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
De la carreta que esperaba en el camino con los líderes de los escuadrones sacaron a un prisionero. Nahia lo reconoció de inmediato y se llevó una sorpresa manifiesta. Era el prisionero de la máscara de dragón de oro. Tenía las manos y los pies encadenados. Los dos Tergnomus lo llevaron del brazo hasta la entrada sur. Allí se les dejó pasar y condujeron al prisionero al interior del edificio, a la gran reunión.
Los dos Tergnomus dejaron al prisionero ante los cinco reyes y salieron del templo. Nahia estaba sin habla. El prisionero que ella había visto era del que habían estado hablando.
«Gran Oráculo, adelante, interroga al prisionero» pidió el dragón rojo.
El gran dragón plateado miró al prisionero con sus ojos de plata y oro.
«Puedes quitarte la máscara» dijo y con su poder soltó el cierre posterior de la máscara.
El prisionero se llevó las manos encadenadas al cierre y abrió la máscara. Se la quitó y la dejó en el suelo. Respiró y se tocó la cara y luego el cabello. Lo hacía como para asegurarse de que seguían allí. Sus gestos eran de alguien que no lo había hecho en mucho tiempo.
El Gran Oráculo cerró los ojos y creó una esfera de energía alrededor del prisionero. La energía parecía hecha de una sustancia gaseosa plateada con puntos dorados que flotaba a su alrededor. Parecía tener vida propia y subía y bajaba llenando la esfera. Comenzó a destellar.
El prisionero parecía tranquilo. Miraba al Gran Oráculo y no se movía, se mantenía de pie donde estaba.
«La energía que te rodea es para ayudarnos a entenderte. No todos aquí hablan el idioma de tu tierra. También me ayudará a saber si me mientes, te recomiendo que no lo hagas pues lo sabré y eso generará una situación de conflicto que es preferible evitar. Mentir no te conducirá a nada en mi presencia. Dime, ¿cómo te llamas?».
El prisionero asintió, miró al Gran Oráculo y respondió.
—Me llamo Egil Olafstone.
La sustancia que lo rodeaba no modificó su comportamiento.
«¿Eres del mundo al que llamáis Tremia?».
—Lo soy.
«¿Cómo llegaste hasta este mundo?».
«Llegué por un portal que un dragón creó en mi mundo».
Nahia escuchaba todo con máxima atención. No podía creer que aquel fuera el prisionero de la máscara de oro que había conocido en las mazmorras. Se sintió muy mal por no haber hablado con él, por no haberlo ayudado. Luego pensó en lo que le habrían hecho si la hubieran pillado y se le pasaron las ganas, aunque no del todo.
«Los cinco reyes están interesados en saber si hay Áureos en tu tierra».
—No sé lo que son Áureos.
«Aquellos que expulsaron a los dragones de tu mundo hace cinco mil años».
—No tengo constancia de que quede ningún Áureo en Tremia. Por lo que he podido deducir, hace tres mil años desaparecieron sin dejar rastro.
La energía que rodeaba a Egil parecía medir si lo que decía era verdad o mentira y se mantenía constante.
«¿Quién reina en Tremia si no son ni los dragones ni los Áureos?».
—En Tremia reinan los humanos. Hay numerosos reinos y naciones de humanos.
El Gran Oráculo miró a los reyes.
«No miente. ¿Requerís más información, majestades?».
«Dices que un dragón abrió el portal desde tu continente al nuestro. ¿Cómo es eso posible si no quedan dragones en tu mundo?» quiso saber el dragón blanco.
—El espíritu del dragón Dergha-Sho-Blaska permaneció congelado en un orbe. El dragón se reencarnó en el cuerpo de un dragón fosilizado y con su nuevo cuerpo abrió el portal —explicó Egil con tranquilidad en su tono y resumiendo mucho lo sucedido.
«Dergha-Sho-Blaska era un dragón de mi clan» dijo el rey rojo.
«De ahí que abriera un portal a tu reino» expresó el dragón marrón.
«¿Dónde está Dergha-Sho-Blaska ahora? ¿No cruzó?» quiso saber el negro.
—Creo que murió antes de cruzar —dijo Egil.
La sustancia que lo rodeaba comenzó a destellar en oro y plata.
«Esa respuesta no es del todo sincera» advirtió el Gran Oráculo.
Egil asintió.
—El dragón murió, no pudo cruzar.
La sustancia volvió a su estado neutro.
«¿Quién lo mató?» quiso saber el dragón azul.
—Lo matamos entre un grupo de humanos —respondió Egil.
«Eso no puede ser. Los humanos no pueden matar a un dragón milenario» dijo el marrón.
«¿Dice la verdad, Gran Oráculo?» preguntó el blanco.
«La dice».
«Estaría débil de crear el portal o enfermo, o su cuerpo adquirido le fallaría» razonó el dragón rojo.
«¿Por qué cruzaste si lo matasteis?» preguntó el dragón negro.
—No fue por voluntad propia. En el combate fui lanzado al interior del portal —explicó Egil.
«Eso tiene más sentido» dijo el dragón rojo.
«¿Todo cuanto ha dicho es verdad?» quiso asegurarse el marrón.
«No ha mentido» confirmó el Gran Oráculo.
«Por mí es suficiente. Ya tengo cuanto necesito saber» se pronunció el rojo.
El resto de los reyes dieron también su conformidad uno tras otro asintiendo con un gesto de la cabeza.
«Como veis, poco hay que temer y mucho que ganar. Un mundo en el que reinan intranscendentes humanos con armas y magia humana, no podrán detenernos» aseguró el dragón rojo.
«Estoy de acuerdo. Debemos recuperar nuestra tierra. Destruiremos a esos humanos y sus reinos insignificantes y conquistaremos ese continente para nosotros» expresó el dragón azul.
«Los débiles humanos no podrán hacer nada contra nosotros y nuestros ejércitos. Debemos recuperar lo que fue nuestro. Debe volver a serlo» dijo el dragón marrón.
«Os recuerdo a todos que tenemos otras guerras que estamos librando. Entrar en una nueva puede ser costoso en cuanto a recursos» dijo el blanco.
«Un poco de cautela es obligatorio. No debemos dar por hecho que será una campaña fácil y que arrasaremos a los humanos de ese mundo» expresó el dragón negro.
«La Senda de los Dragones marca el camino. Debemos conquistar ese mundo y aumentar la grandeza de nuestro poder y dominio. Nuestro debe ser y arrasaremos a quien se oponga» dijo el dragón azul.
«Antes de tomar una decisión definitiva debemos consultar con el Gran Oráculo. Que nos dé su visión para esta campaña de conquista» dijo el dragón blanco.
«Sí, ¿tiene alguna premonición el Gran Oráculo sobre esta guerra que vamos a comenzar?» quiso saber el negro.
«Como sus majestades deseen».
El Gran Oráculo asintió y cerró los ojos. La esfera que rodeaba a Egil desapareció y otra mucho mayor surgió rodeando el cuerpo del gran dragón plateado. La esfera estaba llena de energía que emanaba del cuerpo del dragón. La energía estaba constituida por miles y miles de puntos plateados que brillaban ligeramente. Entre ellos había otros dorados en menor cantidad. La esfera destelló en plata tres veces.
Todos observaban al Gran Oráculo que, con los ojos cerrados, echó la cabeza hacia atrás y pareció quedar sumido en un trance. Por un largo momento nada sucedió. Luego los miles de puntos plateados del interior de la esfera que lo rodeaba comenzaron a emitir destellos. Un momento después lo comenzaron a hacer los puntos dorados. Toda la estancia quedó iluminada por los miles de destellos de plata y oro que se producían.
El Gran Oráculo echó la cabeza todavía más atrás y casi se tocó la espalda con ella.
«La visión se presenta» confirmó. Todos prestaban toda su atención al gran dragón plateado. Los mensajes llegaban hasta Nahia, que no quería perderse nada de lo que sucedía.
El Gran Oráculo recitó entonces en medio de su ensoñación:
«Cuando el fuego… Encuentre la flecha… Y las cinco coronas perdidas… Se abrirá la puerta… Despertará un poder ancestral… Que derrotará a los señores de los cielos… Se cumplirá la profecía… El esclavo liberará a las ocho razas… El salvador de mundos será».
Se produjeron otros tres destellos muy brillantes en plata y el Gran Oráculo abrió los ojos. Levantó la cabeza y deshizo la esfera de poder que lo rodeaba.
«No puede ser que hayas visto eso. ¿Qué significa?» protestó el dragón azul.
«¿De nuevo con la profecía del esclavo que liberará a las ocho razas?» preguntó el rojo molesto.
«Explícalo con claridad y no con frases místicas» pidió el dragón marrón.
El Gran Oráculo hizo un gesto afirmativo.
«Si se emprende esta guerra se cumplirá la profecía de que un esclavo liberará a todas las razas y se convertirá en salvador de mundos» explicó con calma.
«Esa premonición ya la hiciste durante la Gran Insurrección y no se cumplió» dijo el dragón rojo.
«Nos encargamos de que no se produjera» dijo el azul.
«Y no se produjo» afirmó el marrón.
«Cierto, pero quizá fuera un preludio de esta premonición» explicó el Gran Oráculo.
«¿Quizá?» el dragón rojo no estaba convencido.
«Esa premonición es demasiado ambigua y si se une a la del esclavo liberador todavía más» dijo el dragón azul.
«¿Cuánta certeza tienes de que esa premonición se cumplirá?» preguntó el dragón blanco.
«No hay certeza alguna en una premonición, pues el destino es caprichoso y puede cambiar en cualquier momento» explicó el Gran Oráculo.
«Entonces no nos sirve» sentenció el dragón rojo.
«El Gran Oráculo ha hecho predicciones bastante acertadas en el pasado» defendió el dragón blanco.
«Sí, por eso estamos aquí y por eso le consultamos» justificó el marrón.
«En ese mundo solo hay humanos y otras razas y bestias menores. No hay nada que nos pueda detener. Su magia y ejércitos no son rivales para los nuestros. Tenemos la oportunidad de recuperar uno de los tres mundos primarios. Debemos hacerlo, es nuestro deber como dragones. Conquista o muerte» expresó el dragón rojo.
«Lo que quieres es que aceptemos esa invasión a toda costa» dijo el blanco.
«Os he dado motivos de peso. La Senda del Dragón nos obliga a tomar ese mundo, por conquista y porque es nuestro por derecho» afirmó el rojo.
«Eso es cierto. Ese mundo nos pertenece y debemos tomarlo. Debemos ser los más poderosos de todo este universo» se unió el dragón azul.
«Opino igual. Poder y gloria, nada más importa» se unió el marrón.
Los otros dos dragones se quedaron pensativos.
«Hemos interrogado al prisionero y consultado con el Gran Oráculo. Es momento de tomar una decisión. ¿Quién está conmigo en invadir y conquistar ese mundo? Votemos» planteó el dragón rojo.
Hubo otro momento de silencio mientras los reyes pensaban su decisión.
«Yo digo sí a la invasión» afirmó el dragón marrón.
«Yo creo que no es el momento y menos con esa premonición que acaba de hacer el Gran Oráculo» se negó el blanco.
«Yo también opino que no es el mejor momento» dijo el negro después de pensárselo bien.
Solo quedaba el dragón azul. Su voto era decisivo. Todos lo miraban.
«La premonición no me ha gustado, pero es una que ya conocemos y hemos evitado. Voto sí a la invasión».
«¡Decidido queda! Tres contra dos. Invadiremos ese continente y reinaremos sobre él» sentenció el dragón rojo.
«Si los cinco reyes así lo deciden, así será» proclamó el Gran Oráculo.
Cada uno de los reyes reiteró su posición antes de abandonar uno por uno el templo para regresar a sus reinos. Los tres reyes a favor hablaron de conquista, gloria, poder y honor. Los dos dragones en contra de precaución, aunque no podían oponerse a la invasión porque eran minoría. Marcharon con el acuerdo de que se organizarían para llevar a cabo una gran invasión para reconquistar Drameia, que sería épica y llenaría las páginas de los tomos de historia. Una en la que los dragones arrasarían el continente y luego reinarían sobre las cenizas.
Una vez los reyes hubieron partido, los dos Tergnomus fueron a por el prisionero, le volvieron a poner la máscara de oro y lo condujeron hasta el carro.
El último en abandonar el templo fue el Gran Oráculo. Una vez lo hizo, la comitiva de los escuadrones de honor se formó de nuevo. Lo escoltaron hasta su hogar y luego retornaron a la academia.
Durante el camino, Nahia iba pensando en lo que había escuchado. Intentaba razonarlo. Lo que no conseguía entender era cómo era posible que ella hubiera escuchado aquellas conversaciones. Estaba segura de que no debía haberlo hecho, y también que se debía al extraño fenómeno de energías que se había producido. Otro pensamiento también le rondaba la cabeza. ¿Debía confiarles a sus compañeros lo que había pasado? No estaba segura. No solo porque no sabía cómo se lo iban a tomar y si podía confiar del todo en ellos, también porque aquel conocimiento podía ser peligroso para todos. Los dragones no hacían distinciones ni excepciones. Si descubrían que tenían aquella información los matarían, eso era seguro. Nada los salvaría. Decidió guardársela de momento, pues no quería poner en riesgo sus vidas.