Capítulo 7 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Un terrible dolor de cabeza y estómago la despertaron. Estaba tendida en un suelo frío y duro de roca. Nahia entreabrió los ojos y la luz la golpeó con una claridad hiriente. Se sintió muy mareada. Por un momento pensó que estaba sufriendo las fiebres del bosque rojo. Sentía la cabeza muy embotada y no podía salir de un aturdimiento que apenas la dejaba pensar. El estómago lo tenía del revés. Consiguió abrir los ojos y vio que había vomitado a un lado. Levantó la cabeza y consiguió mirar alrededor aguantándose el estómago con una mano mientras se apoyaba en la otra para medio incorporarse de costado. Descubrió al resto del grupo de elegidos desparramados por el suelo. Una parte seguían inconscientes y los otros intentaban recuperarse. Logan estaba ya de pie y ayudaba a un chico rubio.
A Nahia la cabeza comenzó a dolerle algo menos y con un esfuerzo que le pareció titánico se levantó. Estuvo a punto de perder el equilibrio e irse de nuevo al suelo, pero de alguna manera consiguió permanecer de pie. Miró al frente para intentar centrarse y ver dónde estaban y lo que vio le hizo dar un paso atrás. A unos quince pasos un dragón azul de escamas brillantes con vetas de color plata los observaba. Permanecía inmóvil, erguido, mostrando su poderosa estampa. Debía medir veinte varas de largo y sus ojos brillaban con un destello que Nahia interpretó como muy poco amistoso. Una neblina blanca se levantaba a la espalda del dragón y no había forma de ver qué había más allá.
En un intento por huir de aquel ser, Nahia miró a su espalda y descubrió que tenían la gran perla blanca a unos pasos. Era idéntica a la que habían cruzado, pero sobre esta no había un portal abierto. La neblina también la rodeaba y no dejaba ver qué había tras el objeto de poder. En medio de la confusión y del aturdimiento que sentía, se preguntó si aquella no sería la misma perla y seguían en el mismo lugar.
Enfocó la mirada y entre la niebla entrevió unas estructuras de piedra que se elevaban a derecha e izquierda. Aquel lugar no era la ciudad de Gorja. Ya no estaban allí y, por lo tanto, aquella no era la misma perla. Se aseguró de que tenía su macuto a la espalda con sus cosas y varios viales en el cinturón por si su condición volvía a salir a la luz. Todo estaba en su sitio. Eso la tranquilizó un poco, aunque no demasiado.
«¡Despertad, débiles humanos!» llegó la orden en forma de mensaje mental del dragón con un sentimiento de enfado.
La cabeza de Nahia dio un bandazo y se mareó. Estuvo a punto de volver a vomitar, pero consiguió no hacerlo y mantenerse de pie. Las dos acciones le parecieron verdaderas proezas de lo mal que se sentía. A su alrededor los gemidos y gárgaras eran más que ostensibles.
«¡En pie todos! ¡Sois una desgracia!» envió el dragón azul con desdén y rabia.
Nahia aguantó la fuerza del mensaje apretando la mandíbula y cerrando los ojos con fuerza. Luego ayudó a levantarse a una chica pelirroja que tenía a su lado y que estaba todavía más mareada que ella. Los mensajes mentales del dragón empeoraban el estado de aturdimiento y mareo de todos. ¿Por qué los enviaba si estaban todos tan mal? Lo más probable era que lo estuviera haciendo adrede. Los que estaban en el suelo se fueron poniendo en pie como pudieron, algunos por sí mismos y otros con la ayuda de los que tenían a su lado. Quedaron tres que no parecían poder levantarse, aunque quizá no quisieran hacerlo y enfrentarse al nuevo mundo al que habían llegado y al guardián que les esperaba.
El dragón azul avanzó hacia el grupo con pesados pasos. Su presencia emanaba poder, tanto físico como mágico. Se detuvo frente a ellos y paseó su vista barriendo al conjunto con ojos reptilianos de color azulado que brillaban de odio y rabia. A Nahia aquella mirada no le gustaba lo más mínimo. Presentía que algo malo iba a suceder. Puede que solo fuera el miedo que sentía al estar frente a un imponente dragón, aunque estaba segura de estar ante un ser despiadado y monstruoso.
«Primera regla de la Senda de los Dragones que debéis aprender: los dragones no repiten las órdenes» envió y con su cola soltó un terrible golpe a los dos chicos que no habían conseguido levantarse. Ambos salieron despedidos por el aire y cayeron sobre el duro suelo. Se dieron un golpe tremendo. Nahia temió que se hubieran roto algún hueso.
«¡En pie, he dicho!» ordenó con furia el dragón azul.
—Pobres… —oyó decir a una chica de pelo castaño a su lado.
Nahia hizo ademán de ir a ayudar.
«Que nadie ayude. La Senda la debe recorrer cada uno por sí mismo. Solo los débiles y los no dignos requieren de ayuda» envió el dragón.
El mensaje llegó a Nahia con tanta fuerza que echó la cabeza atrás y no pudo moverse.
Uno de los dos chicos consiguió levantarse y avanzó dando tumbos de un lado al otro. Se sujetaba el brazo izquierdo, en el que había recibido un buen golpe. Por fortuna para él, el dolor que sentía le había hecho levantarse. El otro chico lo intentó un par de veces, pero no consiguió ponerse en pie. Su rostro mostraba que le dolía mucho. Se quedó a cuatro patas y miraba al dragón mientras sollozaba, parecía vencido. Lo intentó una tercera vez, gritó de dolor y se quedó como estaba.
«Tú no eres digno de caminar la Senda de los Dragones» envió el dragón y acto seguido abrió la boca. De ella surgió un vaho helado al que siguió un potente chorro con una mezcla de agua y aliento gélido que alcanzó al pobre chico de pleno. Nahia pensó que saldría disparado de la potencia del chorro, pero algo extraño y a la vez terrible sucedió. El potente caudal helado congeló por completo al infeliz donde estaba y el chico murió congelado en un instante.
Nahia se llevó las manos a la boca para tapar un chillido. La escena la horrorizó. Los dragones eran realmente monstruosos y despiadados. Observó el rostro del muchacho muerto, no parecía haberse dado cuenta de lo que sucedía. Su expresión congelada era de incomprensión, no de sufrimiento. Era poco consuelo, pero al menos no había sentido dolor.
«Primera baja de la cosecha de elegidos de este año. Espero que los demás hayáis aprendido la lección porque no la repetiré» envió con un sentimiento de diversión. El dragón reía su propia gracia.
A Nahia le pareció algo despreciable. Entrecerró los ojos y miró al monstruo azul. Un día pagarían por todas las muertes que habían causado, un día les llegaría su castigo por matar y torturar a personas inocentes y tratarlas como si no fueran nada. ¡Un día los humanos se liberarían de los dragones! Esa esperanza comenzó a formarse en su corazón. Pasara lo que pasase, fuera cual fuese el destino que le aguardaba, se aferraría a la esperanza de un mundo libre de dragones.
«Soy Sarre-Urdin-Olto, Guardia de la Puerta. Es mi deber velar la entrada y salida de este lugar. Recibo y despido a quienes llegan y parten usando el portal. Para vosotros soy vuestro señor y me respetareis no solo como vuestro superior, sino como guardia de esta puerta. Recordadlo siempre. No tolero errores ni faltas de cortesía. ¡Bajad la mirada de inmediato!».
Envió el mensaje mental con tal hostilidad que todos sintieron una sacudida en sus mentes. Al instante bajaron las cabezas, nadie se atrevía a desafiar al dragón muy conscientes de que hacerlo significaba la muerte. Ningún humano podía enfrentarse a un dragón y salir victorioso. Muchos lo habían intentado a lo largo de los siglos de esclavitud y todos habían fracasado. Los dragones eran seres enormes y poderosos de fauces y garras temibles, y estaban recubiertos de escamas impenetrables que el acero no podía cortar ni agujerear. Y por si eso no fuera suficiente, su magia elemental y mental era poderosísima. Nahia sabía bien que quien desafiaba a un dragón perecía al instante, sus padres lo habían hecho y habían pagado el precio. No había otro resultado posible. Suspiró y ahogó el dolor que le nacía en el alma al recordarlos.
«Nunca nos miraréis a los ojos. Siempre mantendréis la cabeza baja y la mirada en el suelo. No sois dignos de estar en nuestra presencia. Somos seres superiores y vuestros amos y como tales nos trataréis. Nunca hablareis sin ser preguntados y siempre obedeceréis sin vacilación. Quien no cumpla estas sencillas reglas, morirá».
Nahia tragó saliva. Ya intuía que aquel lugar iba a ser terrible, y lo estaba comenzando a constatar. Escuchó algún sollozo a sus espaldas y se volvió despacio sin levantar la mirada para no encontrarse con la del dragón. Una chica lloraba. Tenía escamas marrones que bajaban desde la frente hasta el comienzo de la nariz. Era morena, de cabello largo y liso. Sus húmedos ojos verdes mostraban angustia, pero eso no le iba a gustar al dragón. Con disimulo Nahia se retrasó hasta situarse junto a ella y la agarró de la mano.
—Tranquila, no llores. Hay que sobrevivir —susurró intentando imbuirle algo de ánimo para que se calmara.
—Lo… intento… —respondió ella entre sollozos que se esforzaba por contener.
—Soy Nahia. Mantente fuerte —murmuró y le apretó la mano.
—Ana… — respondió y se secó las lágrimas con la manga.
Otra chica, la morena de pelo corto que había llegado al mismo tiempo que Nahia a Gorja, se les acercó con disimulo.
—Yo soy Maika. Nada de lloros o ese nos convertirá en un trozo de hielo —susurró inclinándose hacia delante.
Ana dejó de sollozar y agradeció a Nahia con la mirada que la consolara.
Nahia la miró sin levantar la cabeza y le guiñó un ojo.
—Mantente fuerte.
«Ahora que habéis sido recibidos y he cumplido con mi deber, formad en cinco hileras. Manteneos erguidos, como si tuvierais algo de honor, y mirad al frente. No a mí, por supuesto» ordenó el dragón.
Mirándose los unos a los otros se organizaron en función de dónde estaban y formaron las cinco filas. Las expresiones de todos eran una mezcla de tensión y miedo. A Nahia le tocó en la segunda fila y a Ana y Maika a su lado. Estaban algo a la izquierda del dragón. Una vez consiguieron formar las filas, se quedaron quietos y firmes con la vista al frente, como les habían ordenado.
Nahia intentaba ver dónde estaban, pero con aquella neblina blanca y densa que les rodeaba solo se apreciaban la perla y algunas estructuras de roca que no podía definir. El suelo que pisaban era de piedra y tenía algunos símbolos extraños tallados alrededor de la perla formando un gran círculo que la rodeaba. Serían símbolos del lenguaje de los dragones, o quizá fueran runas grabadas con su magia. Aoma le había explicado que se podía imbuir magia a la piedra creando runas. Era una práctica muy antigua, generalmente para proteger una casa o pertenencia. Pensarlo puso a Nahia nerviosa. Quería ver cómo era aquel lugar, pero no podía. La niebla lo impedía y creaba un ambiente húmedo, frío y lóbrego que no ayudaba en nada dada la situación en la que se encontraban.
Aguardaron en formación. De súbito, de entre la niebla, un nuevo dragón descendió para posarse frente a ellos. Había aparecido de repente de la nada dándoles un susto de muerte. Más de uno había soltado un grito y varios habían dado pasos atrás. Era de color rojo y algo más grande que el azul, de unas veinte varas de longitud. Nahia empezaba a ver que había dragones de diferentes colores y tamaños, tendría su razón de ser, aunque ahora la desconocía y casi prefería no saberla.
«Atención. Este es el Sargento Mayor Irakas-Gorri-Gaizt de la insigne Drakoros, Academia de los Sangre de Dragón» presentó Sarre-Urdin-Olto.
Todos se quedaron callados y muy quietos, con la mirada baja hacia el suelo como había ordenado el dragón azul.
«¿Es la cosecha de humanos de este año?» preguntó el dragón rojo al azul.
«Sí, acaban de despertar. No parecen gran cosa, los veo débiles. No son aptos, en mi opinión. Si quieres puedo rechazarlos y deshacerme de ellos».
El dragón rojo los miró con ojos entrecerrados de color rubí.
«Entiendo. Tendremos que conformarnos con frutos marchitos este año, aunque tienes razón, son lamentables».
Nahia no sabía cómo era posible que estuvieran oyendo la conversación mental entre los dos dragones. A menos que les estuvieran enviando los mensajes a propósito para intimidar.
El dragón rojo los volvió a estudiar.
«Estáis en el reino de Cael-Utrum. Este es el sexto reino de los Dragones. Es un reino neutral y no está regido por ninguno de los cinco clanes. Aquí es donde esta Drakoros, la academia militar, a donde iréis. Sé que ahora no entendéis todo lo que os transmito, pero recordadlo, es importante» envió el dragón con enorme autoridad y firmeza.
Nahia suspiró. Aquello confirmaba sus temores. Había deseado no haber terminado en ese lugar, pero tendría que hacerse a la idea de que iba a pasar allí los tres próximos años de su vida, no quedaba otro remedio. Bueno, si no moría antes, que era una posibilidad muy real. No deseaba estar allí y mucho menos morir. Un escalofrío le bajó por la espalda y se dio cuenta de que ese era ahora su destino.
«Imagino que son los últimos en despertar de entre todos, ¿verdad?» preguntó Irakas-Gorri-Gaizt a Sarre-Urdin-Olto.
«Lo son. Los humanos son siempre los últimos en llegar y recuperarse» respondió con un tono de desprecio extremadamente claro.
«Lo imaginaba. No perdamos tiempo, ya vamos retrasados. Yo me encargo de ellos».
Los dos dragones se saludaron inclinando la cabeza.
Irakas-Gorri-Gaizt se volvió hacia ellos mientras Sarre-Urdin-Olto desaparecía entre la niebla.
«Como es tradición entre todos los que llegan a este insigne lugar para ingresar en la academia marcial, realizaréis la Escalada, es un bonito ejercicio de aclimatación y os sentará bien. Entenderéis ciertas cosas y me ahorraré tener que explicároslas» anunció y sus ojos rojos brillaron.
A Nahia aquello no le sonó nada bien. ¿Qué era la Escalada y qué pretendía el dragón con aquello? Miró de reojo a sus compañeros. Todos estaban pensando lo mismo que ella.
«Seguidme, humanos. Hacedlo sin romper la formación y manteniendo el mismo paso. Demostradme que no sois los más ineptos de todas las razas como muchos aseguran». El mensaje no trasladaba ironía sino una mínima esperanza. Lo decía en serio.
Siguieron al dragón rojo, que se movía con bastante agilidad para el gran tamaño que tenía. Les costó un momento adecuar los pasos que tenían que dar por cada zancada de la criatura, que desplazaba su enorme cuerpo apoyándose sobre las cuatro fuertes patas terminadas en tremendas garras.
Pasaron entre la espesa niebla y Nahia sintió que se le empapaba el rostro, cabello y manos, que llevaba al descubierto. Tembló de frío. Siguieron al dragón, cuya larga cola se movía de un lado a otro, sin romper la formación, con la cabeza baja y, a juzgar por las expresiones en sus rostros, con el ánimo todavía más bajo. Nahia tuvo la impresión de que eran unos pollitos que seguían a la madre equivocada. En cualquier momento se daría la vuelta, abriría su boca y con sus enormes fauces los devoraría a todos.
Irakas-Gorri-Gaizt los condujo hasta una torre de piedra. La neblina la rodeaba pero al acercarse discernieron que era cuadrada y alta, de aspecto militar. Debía tener unas veinte varas de altura. El dragón se detuvo frente a ella, abrió las fauces y sin previo aviso envió una tremenda llamarada que barrió la base de la torre. La niebla desapareció al contacto con el fuego y pudieron ver algo más de la estructura. Luego envió otra enorme cascada de fuego hacía las alturas de la torre.
Ahora que podían ver la estructura, Nahia se dio cuenta de que la torre era algo extraña. Tenía unas cinco varas de amplitud en cada dirección, no tenía ventanas y en su parte superior se apreciaba una plataforma más ancha que la propia torre, como si fuera un techo plano. Situadas a derecha e izquierda, había dos largas rampas que ascendían desde el suelo unas cinco varas y morían en los costados de la torre.
«Es el momento de comenzar la Escalada. No me defraudéis, humanos».
Nahia sintió en el estómago que algo malo iba a suceder. Algo que podía acabar en muerte.