Capítulo 1 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
Advertencia: este libro incluye escenas con contenido de abuso sexual y violencia.
Dedico este libro a todos los escritores que no saben ya qué hacer con el inmenso universo que habita en sus mentes

Mapa de Caelum
Al privarse de llorar, las heridas del alma...
Para acabar con un ser inmortal solo hacía falta una mezcla definitiva: demasiado tiempo en un dolor constante.

ACTO I: Riveria
✦ ✦ ✦
1
Los acantilados de Riveria lucían aún más profundos cuando los contemplé mientras caía.
—¡Gyuri! —gritó mi hermano menor desde el borde del risco nevado. Su voz se desvaneció mientras me precipitaba al vacío.
Un dolor me azotó incluso antes de impactar contra el suelo. Al estrellarme, mi conciencia se evaporó. Por experiencia sabía que mi cabeza estaba repleta de venas; siempre sangraba sin cesar una vez que se abría. Teñí el hielo de rojo, los ojos se me fueron al blanco y, en ese instante, me morí.
Sin embargo, incluso en el umbral de la muerte, mi historia estaba lejos de terminar.
Recuperé la conciencia después de unos minutos. Lo esperaba.
Me quejé, malherida, y creí escuchar unas pisadas alejarse. Cuando por fin abrí los ojos, mi visión estaba tan borrosa que no pude distinguir si eran huellas las que estaban marcadas en la nieve. Pronto descarté la idea de descubrirlo, pues concluí que había sido una alucinación causada por el golpe en la cabeza. No habría sido la primera vez. En Riveria no había más personas, solo éramos mis padres, Nym y yo. No podía tratarse de nadie más.
Me levanté adolorida y eché un vistazo a la techumbre de la ciudadela, adornada con enormes carámbanos puntiagudos y diamantes incrustados. La voz de Nym llamándome resonó desde la cumbre. Él no podría bajar hasta donde estaba sin lastimarse, así que decidí escalar de vuelta.
Antes de hacerlo miré a un costado las herramientas de pesca que cayeron conmigo y se habían desparramado por el suelo. Ya no habría cena. Me agaché para recoger los pedazos de la caña, pero una ráfaga cargada de nieve e impetuoso hielo empezó a arrastrar los fragmentos. No podía perderlos. Corrí tras ellos en dirección opuesta a la cumbre hasta que la nevada fue tan densa que ya no pude localizarlos. Pese a que ver a través del velo blanco, azul y gris que cubría la ciudadela era difícil, el lomo de un libro rojo resaltaba entre todo lo demás. Arrastrado por el viento, el tomo se acercó hasta que pude detenerlo con mi mano.
«¡Un libro! ¡Un libro! ¡Oh, por Nylena y los cuatro serafines! ¡Es un libro!»
Mantuve la boca abierta mientras sacudía la nieve y el granizo del lomo. De pronto, la preocupación por la cena y la sangre seca en mi frente se desvaneció. ¿Cómo había llegado un libro a ese lugar? ¿Provendría de la superficie? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí enterrado?
—¡Gyuri! —volvió a gritar mi hermano, ahogado en llanto.
Miré una vez más hacia la cumbre, luego fijé mis ojos en el libro y después observé la nieve, hasta que di con la soga de la caña de pescar. Amarré el libro a mi torso, y cuando estuvo asegurado escalé para reunirme con Nym en la cima.
Al verme llegar gritó desesperado, cogió mi brazo y tiró de él como si yo estuviera agonizando. Me arrodillé a su altura y sequé sus lágrimas, intentando entender qué decía entre balbuceos.
—Cálmate, Nym. Estoy bien, ¿no lo ves?
—¡Sangre, sangre, tienes sangre! —me gritó en la cara. Por supuesto, no había podido ocultarla. Mi cabello era demasiado opaco y claro como para que una mancha de sangre pasara inadvertida.
—Sí, pero estoy bien —insistí—. Recuerda lo que dijo mamá: No me puedo morir.
—¡Pero... la... ris... el... risco...! —gimoteó. No entendí lo que dijo, pero asentí de todas formas—. ¡Te caíste por mi culpa! ¡No debí haberme acercado tanto a la orilla!
Su llanto estalló de nuevo y yo tomé su rostro entre mis manos para que me mirara a los ojos. Ver sus pupilas encharcadas me estrujaba el corazón; él siempre estaba riendo.
—¡Ya, Nym! Mira, lo encontré en la nieve, ¿no es emocionante? —dije desatando el libro de mi cintura para entregárselo.
El pequeño se limpió las lágrimas con las manos y abrió el volumen para escudriñarlo. Después de pasar un par de páginas, arrugó la nariz y dijo:
—Bah... ni siquiera tiene dibujos de dragonartos. ¡Aburrido!
Me devolvió el libro y empezó a caminar de regreso a casa. Dejé escapar una risa y fijé mis ojos en la cubierta, pensando una vez más en su misteriosa procedencia. Sabía que no perdería de vista a mi hermano, pues, al igual que el objeto que tenía entre mis manos, su cabello rojo destacaba a la distancia.
✦ ✦ ✦
El camino a casa parecía interminable, y los fulgurantes árboles que destellaban en la oscuridad no se acababan nunca. Cuando sentí que mis pies se habían molido divisé mi casa triangular a lo lejos, erguida en las sombras. Respiré aliviada al ver las fogatas encendidas en su interior y un vaho de aliento caliente se formó frente a mí.
Nym saltó en el jardín resplandeciente de mamá y algunos bichos, al sentir la vibración, salieron de sus escondites desplegando sus alitas holográficas.
Tocamos la puerta y nos recibieron mis padres. Al ver el rojo carmín que teñía mi cabello rubio blanquecino, saltaron del horror. Su edad era tan avanzada que siempre temía asustarlos más de la cuenta con mis accidentes. En el pasado, muchas veces me había desangrado, herido o dañado (y, por tanto, sanado), pero aun así jamás habían dejado de asustarse.
—No hay nada, no veo heridas en ninguna parte. Todas se te han curado —comentó mi madre cuando más tarde hurgó entre mis rizos. Permanecí encogida y con los ojos cerrados con fuerza. Sus dedos rebuscaban entre mi cabello y yo inicié una cuenta regresiva mental: «Tranquila, ya va a terminar: diez, nueve, ocho, siete...»—. Oh, Gyuri, ¿por qué tiemblas tanto? ¿Crees que te voy a hacer daño?
Erguí mi espalda. Pese a su pregunta, no necesitaba explicárselo; mamá lo sabía muy bien. Odiaba que me tocaran la cabeza. Odiaba que mi cabello se enganchara en lugares y por eso lo llevaba tan corto. No odiaba muchas cosas, pero también odiaba reflejarme en el espejo de cristal que había en mi casa, ese que me examinaba en ese preciso momento. Ahí se encontraba un monstruo, un ser odioso: yo. Mis cuernos curvos, atavíos de los que mi familia carecía, se burlaban de mí cuando los apreciaba en el reflejo.
—¿Quién puso ese espejo allí? —rezongué malhumorada, quitando la vista.
—Eso no es lo importante. Tesoro, mírate, por Nylena. ¿Cómo fue que te caíste del barranco? —preguntó mi padre, que hasta entonces me había estado observando en silencio.
—¡Casi me caí! —se adelantó Nym—. Estaba fingiendo ser un dragonarto y... cuando me acerqué demasiado al borde, ¡adivinen qué pasó! ¡Sí, Gyuri me empujó adentro y luego se cayó ella! —Nym lo contaba como si fuera una historia divertida, pero ninguno de nuestros padres se rio, por lo que decidí no mencionar la parte en la que él había llorado como si fuera una tragedia—. Lo bueno es que Gyu encontró un libro rojo.
Mis orejas, largas y puntiagudas, se levantaron sin querer, captando la atención de mi madre. Aunque las suyas eran redondeadas, pequeñas y con una audición menos aguda que la mía, ella lo escuchaba todo.
—¿Un libro? ¿Cuál libro, hija? —preguntó ella, pero antes de que pudiese ocultarlo, Nym ya se lo había entregado.
Lo ojeó y pasó las páginas con desdén. Sabía lo que me iba a decir.
—Esto no tiene valor alguno. ¿Dónde están las fábulas? ¿Los relatos de Melcior? Es una blasfemia. ¿Por qué no dice nada de la diosa Nylena?
—Los libros no siempre deben ser sobre la diosa Nylena —opiné, consciente de que me arriesgaba al decirlo.
Mi madre cerró el libro y me observó. Su cabello rojizo lucía como el fuego, como si intentara reflejar su furia.
—No es bueno para ti —dijo y se levantó.
Mi mirada se desvió hacia la fogata encendida, cuyas llamas crepitaban en una danza terrorífica. Tragué.
—Mamá, para.
Ella se detuvo y en su rostro vi aflicción.
—¿Te has tomado el tiempo para comprender por qué hago lo que hago?
—Mamá, tengo casi veinte años. ¿Podrías dejarme elegir qué leer?
Mis padres habían rescatado un par de libros de las aldeas caídas de la superficie, y todos hablaban de lo mismo: dioses, serafines y criaturas de Melcior. A pesar de ello, amaba aquellos textos con todo mi corazón. En los libros existía un mundo inalcanzable para mí; aun así, mis padres se empeñaban en limitarlo. No tenía contacto con otros seres humanos, mi hermano era todavía un niño y mis padres ancianos... necesitaba algo más.
Le arrebaté el libro de las manos.
—Gyuri —vociferó mi madre con voz contundente.
Lo sostuve con más fuerza.
—Dámelo. No puedes tenerlo —insistió mi madre, extendiendo la mano.
—¿Por qué no? —pregunté con el pulso temblando.
—Porque no habla de la altísima diosa Nylena.
—¿Y eso qué importa? Nylena fue qui...
—La diosa Nylena —me interrumpió.
Suspiré con fuerza y la miré con determinación.
—La diosa Nylena fue quien congeló el mar de Nalini en el que me ahogué cuando niña. También congeló los barrancos en los que me caí. Ni siquiera pude pescar para la cena... ¿te das cuenta? Moriremos de hambre. Ella hizo desaparecer a los humanos de Riveria y somos los siguientes. Por ella estamos aquí, ni siquiera viviendo, sino sobreviviendo. ¿Por qué querría leer sobre una...?
Mi mamá dio un golpe seco sobre la mesa con el paño con el que me había estado limpiando la sangre del cabello. Me encogí al escuchar el estruendo.
—¡Suficiente! ¡No quiero escuchar ni una palabra más! ¡Vas a arrepentirte de cada estupidez que escupes por la boca! ¡Dame ese libro ahora mismo! —exclamó con una expresión severa.
Lo quemará otra vez. Quemará mi pequeño mundo, pensé y me puse de pie.
Mi madre avanzó hacia lo que yo guardaba con recelo entre mis brazos. Intentó arrebatarme el libro y, en respuesta, luché contra ella. Como si una fuerza sobrenatural me poseyera, aparté sus manos y la empujé. Se desplomó en el suelo, sorprendida.
Monstruo.
Retrocedí con un nudo en la garganta.
Fuerza, resistencia, un aspecto extraño.
Mi madre me miró con el mismo desprecio que yo me tenía, con el mismo miedo. Le susurré una disculpa, viendo cómo mi papá la ayudaba a levantarse. Seguí caminando de espaldas hacia mi habitación, intentando controlar el dolor de ese trago amargo.
Una vez más me encontraba en esa situación, forzada a enterrar mi cabeza entre las suaves capas de la almohada. El fuego bailaba en la penumbra, arrojando sombras inquietantes por nuestro cuarto compartido. A pesar del dolor que se acumulaba en mis sienes por las ganas de llorar, no conseguí que brotara de mis ojos ni una sola lágrima. Había sido así toda mi vida: no podía llorar.
Anhelaba que mi madre comprendiera que mi realidad no era tan fácil de asumir. Quería que me consolara, que besara mi coronilla y me acurrucara para dormir. Así actuaban las madres en las pocas novelas que había leído.
Mis novelas, mi refugio, reposaban en el librero de madera junto a mi cama, el cual había sido construido por mi padre cuando yo tenía la edad de Nym. Me relajé apenas tomé un volumen de tapa dura y antigua entre mis manos. Fuera de salir a cazar, la única entretención con la que contaba era sumirme en paisajes ficticios que jamás había visto. En ellos se describía Melcior como un paraíso, un mundo completamente diferente del que mi madre describía como un enjambre de belicismo y violencia.
—¿Habrá más humanos en la superficie? ¿Será que existe un par de ellos que luzca como yo? —me susurré apenada. Aquellas preguntas me las había hecho más de cien veces en mi vida.
Analicé la cubierta del libro que sostenía, en la que aparecía ilustrada Nylena: una mujer de rizos oscuros cuya belleza parecía tan irreal como su existencia. Detrás de ella se distinguían cuatro siluetas, cuatro serafines varones a quienes les había sido concedido el poder de crear el mundo y controlar la naturaleza: Caelum, Cortex, Hilaris y Aestus.
Mi madre me había contado que Melcior, gobernado por los cuatro serafines, había sido un paraíso. El mundo que describían mis libros era rico en vegetación y estaba bañado por la luz de una estrella exuberante llamada Sol, que se encontraba en lo que antes llamaban cielo. Pero los humanos arruinamos ese paraíso con nuestra maldad. Cuando alcanzamos el pináculo de la violencia, los serafines no tuvieron más opción que acabar con toda la próspera naturaleza que alguna vez existió. Ellos tomaron las lanzas del Empíreo —las únicas armas capaces de asesinar a seres inmortales— para matar a la diosa Nylena, como debía ser, para acabar con el mundo e iniciar uno nuevo. Uno mejor que Melcior.
Pero el juicio final jamás llegó y Melcior siguió existiendo, porque los serafines decidieron acabar con sus propias vidas usando las lanzas del Empíreo. Eso era lo que la mayoría de los seres humanos sobrevivientes creía, aunque algunos aún mantenían la esperanza de que esos seres simplemente hubiesen regresado al gran Empíreo y siguieran vivos en algún rincón más allá de nuestra conciencia. Mi madre era uno de ellos, y nos obligaba a rezar todos los días, implorando que los serafines regresaran a Melcior.
Desde entonces, la humanidad ha estado abandonada. Mis padres recordaban con dolor el Gran Diluvio que mató a su familia y gran parte de sus amigos, muchos otros desaparecieron y unos pocos escaparon a la superficie. Si habían sobrevivido, no lo sabían con certeza, pero lo consideraban imposible. La historia era realmente devastadora. Quizá mi madre tenía razón y el mundo en que vivíamos era el infierno.
Estaba harta de leer sobre un pasado que ya no existía.
Devolví el libro a su lugar en la estantería y me estiré en la cama. Contemplé la cubierta roja y maltrecha del nuevo ejemplar y pensé: Mi madre se disgustará por esto, pero sonreí. Alcé la cubierta con la esperanza de encontrar eso que había asustado a mi madre, sin embargo, no imaginé que el aire se me cortaría de aquella manera al escrutar las páginas desgastadas. La tinta parecía todavía fresca y no tenía la caligrafía tradicional de los escribas. Algunas páginas habían sido arrancadas, otras tenían garabatos y varias frases que parecían estar conectadas, pero que eran independientes entre sí.
Nunca había visto algo parecido. Mi corazón galopaba en mi pecho buscando liberarse. Afortunadamente, entendía el idioma en el que estaba escrito. Incliné mi cabeza a un lado y me mordí el labio inferior mientras iniciaba mi lectura.
Con la pluma temblando en mi mano, anhelo y temo que me leas. No sabes quién soy, tal vez ni siquiera yo lo sepa. Pero nuestra historia se resume en lo siguiente... Me impedí amarte por siglos, y al momento de tenerte decidí decirte adiós, como prueba de todo el amor que te tuve.
Cerré el libro de golpe, aturdida. El calor subió a mis mejillas. Miré la tapa lisa, sin información, e imaginé el rostro de un hombre en la cubierta. Luego recogí mis piernas y me hice un ovillo.
Fueron dos cosas las que me llevaron a reaccionar de esa manera.
Primero: era un libro de amor romántico, aquello inalcanzable para mí y que solo había conocido a través de un par de leyendas que aparecían en mis otras novelas y enciclopedias.
Segundo: ese no parecía ser un libro antiguo, perteneciente a personas que perecieron en las cavernas de Riveria. No, esas letras eran recientes, habían sido escritas hacía muy poco tiempo, lo que podía significar una sola —aterradora, emocionante— cosa: había un ciudadano más en Riveria, allí en la inhóspita ciudadela de mi infancia. Había alguien merodeando cerca. Otro ser humano.