Capítulo 10 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
10
Al poco tiempo de salir de Dendroría el calor fue incrementando y las plantas mutaron de forma y colores. También los animales se tornaron más grandes y bestiales que en las zonas limítrofes.
—¡Señorita Gyuri! ¡Dele con el rayo! —me gritó Flye desde la copa de un árbol, observando cómo un enorme binton nos acorralaba.
—¡Que ni siquiera sé cuál es mi posición de poder! —le grité de vuelta, intentando despertar a Rydel, que se había quedado inconsciente por el miedo—. Ry, despierta. ¡Cyrone!
El serafín rechazó otra vez usar sus poderes, lo cual todavía me provocaba frustración.
—¡Maldición, Cyrone! ¡Tienes poderes celestiales! —le grité con más fuerza, presa del estrés.
—También tengo una daga, Gyuri —me aseguró el serafín.
—Increíble —susurré, rodando los ojos.
El binton, cuadrúpedo desprovisto de pelaje, grandes colmillos, ojos saltones y patas cortas, rugió y sonó similar a un grito humano, lo que lo hizo todavía más tenebroso.
El serafín se abalanzó sobre el animal y me cubrí los ojos del miedo. Tan solo oí el barullo del binton herido y luego el fuerte estruendo de su derrumbe. Me quité las manos de la cara y vi que Cyrone levantaba el cuerpo inerte de la criatura con una mano, mientras que con la otra usaba la fuerza bruta para desencajar la daga del cuello del animal.
Con delicadeza, dejó caer el cuerpo de la bestia y se arrodilló frente a él con una quietud reverente. Un silencio profundo envolvió el aire. Curiosa, me asomé por encima de su hombro intentando descifrar lo que hacía. Escuché apenas un susurro escapar de sus labios. Entonces, ante mis ojos maravillados, el cuerpo del binton se deshizo transformándose en un pequeño campo de flores.
Flye bajó volando del árbol y le aconsejó a su amo:
—Debemos conseguir un arma mejor para defendernos. Podríamos encontrarnos con una bestia el doble de grande más adelante.
Agradecí que Rydel estuviera desmayado y que no pudiera oír esa noticia.
Recorrimos el sendero y no tardamos en encontrar ciertos tenderetes ambulantes aislados, atendidos por familias numerosas de humanos que al parecer preferían segregarse de las aldeas. La que visitamos era una construcción de madera, similar a la que había forjado mi padre en Riveria. Sin embargo, la casa contaba con grandes ventanales, desafiando sin miedo el clima exterior, que a esas alturas de la caminata ya se volvía templado.
Entré junto a Rydel, encaramado en mí, un tanto temeroso por ver a los humanos que atendían la tienda. Lo oculté debajo de mi capa y me detuve en la mampara, observando mi entorno y examinando las armas que se vendían en ese lugar. Todas estaban forjadas en hierro o algún metal similar, duro y filoso. Cada una brillaba reflejando los faroles de fuego con los que se decoraba la pared.
Detrás del mostrador, una mujer de ojos rasgados y nariz puntiaguda nos saludó. Me incliné agradecida por la bienvenida y seguí a Cyrone, que ya se encontraba contemplando un arma alargada de punta bastante fina.
Cyrone apoyó su dedo pulgar contra el filo y cercenó la yema. Su sangre goteó un poco y luego su piel cicatrizó al instante.
—¿Qué se supone que haces? —murmuré nerviosa—. La señora se va a dar cuenta de lo que estás haciendo y no va a ser tan fácil convencerla de que somos un par de seres humanos normales.
—Ella se dará cuenta de eso si me sigues mirando como si fuera a matar a alguien, tranquilízate —me respondió, y luego se volteó hacia la mujer—. ¿Existe la posibilidad de afilar esta lanza aún más?
—El forjador está en descanso ahora mismo. Pero no tendrá problema en afilarla aún más si vuelve más tarde, jovencito —aseguró la mujer.
Cyrone asintió y, con Flye en uno de sus hombros, siguió revisando el resto de las armas menos convencido, como si la lanza fuera su única opción. Como si no hubiese cortado su dedo con el solo contacto.
—¿Aún más filosa? ¿Quieres que la lanza te corte sin que te toque? —le pregunté en voz baja.
—La piel de un ser humano es muy delicada. Si queremos defendernos de grandes bestias como, por ejemplo, las arcarias, necesitamos algo filoso que atraviese pieles resistentes —me explicó.
—¡¿Nos encontraremos con arcarias en el camino?! —preguntó Rydel a la vez que asomó su cabeza por debajo de mi capa.
—¿Arcarias? Ni siquiera sé qué son, pero si son animales podemos comunicarnos con ellas —razoné yo. Seguí a Cyrone por la tienda—. ¿Para qué quieres atacarlas?
El serafín me miró de reojo.
—Tal y como ese binton, no te harán caso. Esos animales son carnívoros y las presas en Melcior no abundan. No creas que las arcarias nos perdonarán por ser serafines. Tenemos carne humana deliciosa para ellos. Puedes intentar negociar, pero no escucharán lo que sale de tu boca, sino lo que te late en el pecho. Verán con voracidad la carne en tus labios al moverse y...
—¡Waah! —gritó Flye para simular un rugido, que no sonó como nada parecido.
Me ericé al escuchar el relato, pero Rydel casi se cayó hacia atrás del susto, por lo que tuve que sostenerlo de los hombros.
—Oye, Cyrone, a propósito del binton —le volví a consultar—. ¿Por qué dragonartos no haces uso de tus poderes para defendernos? Aplacarlas con un terremoto o apresarlas en raíces sería más fácil. ¿No crees?
—Gyuri, nuestro poder es para abastecer y no para atacar a los seres de Melcior. ¿Quieres que esta se convierta en una dictadura celestial?
—Hasta el ser más bondadoso, con todo el poder que tienen ustedes, podría corromperse —asintió Flye.
Me costó entenderlo, pero guardé silencio.
Como el forjador no estaba presente en ese momento, rodeamos el bazar y reposamos un rato en el bosque que le seguía al sendero. Cyrone encendió uno de esos apestosos cigarrillos y se alejó un poco de nosotros. Me senté junto a Rydel en un tronco hueco y observé que tiritaba como cascabel, así que decidí calmarlo un poco.
—Oye, tranquilo. No hay arcarias cerca, Ry —afirmé, sin estar muy segura de eso.
—Mientras más nos acerquemos a Catarbella, más bestias peligrosas nos amenazarán. —El pequeño querubín gimió—. Gyuri, todavía no es demasiado tarde para regresar a Dendroría... allí era seguro. Volvamos.
Puse una mano en su espalda, mirándolo compasiva, y negué con la cabeza.
—Ry, tú sabes que quiero encontrar a mi familia. Para eso debemos acercarnos a Catarbella, porque está muy cerca de Riorense. En Riorense está la reliquia celestial que me ayudará a buscarlos —le expliqué, aunque ya se lo habíamos contado antes.
—Pero ¿qué pasará si no podemos encontrarlos? —me preguntó y luego me miró con sus pupilas ahogadas en lágrimas—. ¿Qué pasa si no podemos encontrarlos jamás?
Aunque su pregunta era inocente, sin querer escarbaba profundo en mis sentimientos. No había querido pensar siquiera en esa posibilidad. Estaba convencida de que me encontraría con mi familia más temprano que tarde. Si no era así, ni siquiera tenía sentido seguir avanzando, seguir poniéndonos en riesgo. La preocupación de Rydel era justificada, desde luego, pero quise ignorarlo y hablar más fuerte.
—No digas eso, te aseguro que los encontraremos y, además, conocerás a Nym. ¡Es un niño de tu misma edad! ¡Se llevarán muy bien! —le respondí, aunque pareció que mis palabras intentaban consolarme a mí misma.
—Quiero... quiero a mi madre —susurró tembloroso.
—¿Hablas de Neblina? —le pregunté, pero al estar experimentando un terror insostenible no parecía ser un querubín ni cualquier otra criatura celestial. Era un niño, un niño humano cualquiera que sufría en el interior de Rydel.
Probablemente se refería, sin darse cuenta, a su madre humana.
Sostuve mi bolsa de viaje un poco más fuerte, presintiendo que los temblores esporádicos del niño comenzarían a contagiarme. Quiero a mi madre, repetí en mi mente sin querer. Yo también quería llorar y decir lo mismo en voz alta, anhelar el cobijo de mi mamá, desear despertarme en mi cama y desayunar en Riveria junto a ellos. Reír con las ocurrencias de mi padre, regañar a mi hermano por incordiar a mis padres en una discusión.
—¿Señorita Gyuri? ¿Está usted bien? —Escuché la voz aguda y lejana de Flye, que intentaba alcanzarme como una mano.
Pero me ensimismé aún más.
Era cierto. No lo había considerado hasta ese punto, pero existía una gran probabilidad de no verlos nunca más. Aquella idea me revolvió el estómago y me hizo querer devolverlo todo; los pescados, los bocadillos, los alimentos nuevos que había probado. Quería devolverlos al suelo, y así quizá volver a ser lo que era antes de haberlos probado; volver a casa y no haber salido de ella jamás.
De pronto me arrepentí de haber querido, por un segundo, salir a la superficie. Tal vez esa barrera invisible que me impedía salir me protegía. Tal vez nunca debimos haberla quebrado. Tal vez Lummina me encerró en ese lugar porque no deseaba que saliera.
—Gyuri. —Cyrone irrumpió en mi trance y consiguió despertarme. Como yo jadeaba de angustia, me obligué a calmarme.
—Perdonen, chicos —murmuré y carraspeé, luchando por sacar la voz—. Necesito un tiempo a solas.
Me paré y comencé a caminar, cabizbaja y sin saber hacia dónde me dirigía. No me alejaría demasiado, no tenía la intención de preocuparlos. Solo necesitaba tomar un poco de aire.
Caminaba viendo mis pies, apartando algunas ramas que me impedían el paso y que a veces me clavaban sus espinas. Me infligían heridas menudas que pronto desaparecían sin dejar ningún rastro.
Me apoyé sobre un tronco, sosteniendo el peso de mi cuerpo sobre él. Miré hacia arriba y las luces filtradas por las hojas permitían iluminar una tela en la que un insecto se resbalaba, incapaz de encontrar la forma de despegarse y huir. Otro insecto más grande recorrió la tela y, con una tenaza prominente, partió al insecto atrapado en dos.
Solté un suspiro ahogado al oír cómo el insecto masticaba al otro, partiendo la solidez de sus patas y convirtiéndolas en pequeños, minúsculos, inertes fragmentos.
—La superficie es hostil —dije sin poder contener las palabras—. Mis padres no hubieran sobrevivido aquí. Ellos... ellos no sobrevivieron.
Presioné mis dientes y me obligué a reprimir mis miedos y malos augurios.
—Mi familia está bien. Los encontraré. Cyrone me lo prometió. Tengo que confiar en él —repetí susurrando y me dispuse a caminar de vuelta.
¿Por qué sentía como si la vida que había tenido bajo tierra nunca hubiera sido real?
Avancé hasta que me tropecé con algo. Caí embarrándome en la tierra y miré con resentimiento lo que se me cruzó. Era una caja repleta de velas. Alcé las cejas al verla, porque no parecía provenir de la naturaleza. El golpe, al menos, aplacó la ansiedad.
Observé que detrás de mí se erguía una estructura. No, era mucho más pequeña que una casa y ningún ser humano podría morar allí dado su tamaño; sin embargo, sabía que había sido construida por uno de ellos. La arquitectura y la forma cuadrada, pulida y perfecta, lo evidenciaban.
Era una vieja construcción de madera, que ya estaba maltrecha, oscura y aislada. Por suerte se iluminaba de hileras de flores plateadas que brotaban desde la base del lote.
—¡Señorita! ¡No se aleje de nosotros, esta es una zona de bestias! —gritó Flye desde lejos, acompañado de mis otros dos compañeros.
Ellos venían siguiéndome, pero cuando comprobaron que estaba bien —ignorando lo sucia que había quedado por la caída— fijaron su atención en la ermita que había tras de mí.
—¿Qué es eso? —le pregunté a Cyrone al captar su expresión de sorpresa y preocupación.
En la casita había un buzón con pergaminos junto a unos palitos quemados, cuya combustión impregnó su alrededor con un suave aroma a lavanda.
El serafín me ignoró y caminó hacia los pergaminos, los desenredó y estiró para leer el interior. Me puse de pie y pasé por su lado para entrar a la ermita, que carecía de una puerta que bloqueara la entrada.
Allí dentro, las cuatro paredes se apreciaban un tanto raspadas, pintadas de un color desvaído. En el centro de la construcción se encontraba un altar decorado con flores luminosas, pero marchitas. Arriba se posaba una figura bañada en oro, de una mujer con cabello ondulado y extenso.
Miré la estatua durante unos segundos que parecieron distenderse en el espacio. Mi corazón comenzó a latir tan fuerte al verla que no pude evitar agachar la cabeza. Luego, sin alzar mi mentón, pero dirigiendo mis ojos hacia ella, contemplé la belleza de aquella mujer. No se parecía en nada a las imágenes que teníamos en casa. Allí pude reconocer su figura. No podía ser una mujer común y corriente, debía de ser una diosa. La diosa Nylena.
Permanecí mirándola, recorriendo sus facciones, su cuello, sus hombros. ¿Por qué tan solo mirarla me hacía retorcerme de nerviosismo?
Retrocedí y dejé de contemplar la figura. Busqué a Cyrone otra vez, chocando el hombro de Rydel que iba con Flye recién entrando a la ermita. El serafín, en cambio, no se había acercado al altar. Al parecer solo le importaba leer los pergaminos de la entrada. Me acerqué curiosa y asomé la mirada por debajo de su brazo, para poder leer lo que decían esas escrituras.
Diosa Nylena, por vuestra altísima gracia, os rogamos que nos otorguéis un poco de vuestra gloria. Haced florecer nuestros campos de trigo, secados a causa de la insoportable sequía. Niños, adultos mayores, todos pereceremos si no nos brindáis vuestra ayuda.
Piedad, grandísima diosa Nylena. Sé que podéis escucharnos.
No hagáis oídos sordos ante nuestro sufrimiento.
El pergamino lucía estropeado, viejo, y tenía un espeso olor a humedad.
Al terminar de leer, Cyrone lo bajó con delicadeza y se quedó inmóvil apreciando la nada. Lo miré preocupada porque, aunque lucía serio, estaba desesperado. Pude notarlo en sus ojos.
—¿Qué es esto? ¿Lo escribieron los humanos? —pregunté.
—Es difícil abastecer a todos los humanos que se dispersan por ahí —contestó el serafín mientras sostenía con fuerza el pergamino envuelto, arrugando el papel—. Me es difícil verlos si no estoy en el observatorio de Catarbella. Aquí, en tierra firme, solo puedo ver lo que alcanzan mis brazos.
Se apartó de mí y se subió a un árbol que luego hizo crecer. El osterón se agrandó lo suficiente como para permitirle ver por encima de las copas del bosque, más allá de la espesura. Cyrone anunció a los demás que la siguiente parada se trataba de una aldea humana desconocida que, según el pergamino, se llamaba Riurian, ubicada entre las altas montañas de Melcior.
Me costaba entender ese cambio de rumbo, de hecho, me oponía a ello, pues era seguro que íbamos a tomar un camino más largo si nos dirigíamos hacia allá.
—No, Cyrone, espera, nuestro camino debe ser recto para llegar más rápido a Riorense. Cada segundo es valioso, quiero decir... ¡Nym está solo! ¡¿Qué hay de mis padres?!
El serafín saltó del árbol, aterrizando sobre sus pies. Después caminó hacia mí.
—No me tomará demasiado tiempo, lo prometo.
—¿Qué pasa si en ese tiempo pierdo la oportunidad de volver a verlos con vida? —insistí con un notorio temblor en la voz.
—Aún no he abandonado mi promesa. Estoy seguro de que los encontraremos, Gyuri. —Cyrone colocó ambas manos sobre mis hombros y plasmó sus ojos en los míos. Pude percibir, nuevamente, cómo se reflejaba a sí mismo en mis pupilas—. Ahora, necesito que tú me entiendas. Los humanos son vulnerables y, aunque luchen por sobrevivir, no pueden hacerlo por sus propios medios. Ellos dependen de la tierra, del cielo, del mar, del aire. Dependen de nosotros.
Flye intervino en la discusión, dando saltitos hasta quedar entre los pies de ambos.
—No solo los humanos, señorita Gyuri. Mi familia también pereció por falta de alimento. Si podemos salvar a alguien, sea humano o animal, deberíamos hacerlo.
—No volveré a pasar por aquí, al menos por un largo tiempo —insistió Cyrone—. Y, para entonces, todos estos humanos estarán muertos.
Quise negarme, aunque fuera una vez más, pero era demasiado difícil. Recordé los estragos de Neblina. Miré hacia arriba y me encontré con la ausencia del cielo y toda la luz que yo debía proveerles, pero que no estaba haciendo, y luego miré al serafín de la tierra; ¿cuánto había abandonado, a cuántos había hecho a un lado para cuidarme y llevarme hasta mi familia?
—Abastecemos los campos de trigo y luego nos vamos, ¿verdad?
—Le juro, señorita, que jalaré a sir Cyrone de una oreja si algo tan simple como eso le toma demasiado tiempo —me respondió Flye, escalando el cuerpo del serafín para posarse en su hombro.
Llamé la atención de Ry, quien aún se encontraba dentro de la ermita observando la figura de Nylena, para que se marchara con nosotros. Me quedé un rato en el umbral de la entrada al ver que el niño se resistía a abandonarla. Luego, se volteó para mirarme.
—Gyuri, ¿sabías que la diosa Nylena es una de mis antecesoras? Mi altísima madre fue una querubina de ella.
Me quedé boquiabierta con esa revelación.
—¿Es eso verdad? ¡Eso quiere decir que tu naturaleza es muy poderosa!
—La diosa Nylena encontró a mi altísima madre en un diente de león. Mi alma, al morir, no se concentró en un lugar así, creo que mi alteza me encontró en una maleza. —El pequeño rio recordando su origen, un tanto avergonzado.
—Tal vez a mí, cuando era un alma perdida en la naturaleza, la serafina del cielo me encontró en una piña, o en una banana.
—¡Eso hubiera sido muy gracioso! ¿Qué hubiera pasado si te hubiese comido un mono fijú?
—Tal vez ahora no sería más que la deposición de un mono.
Rydel rio con fuerza y yo desordené su cabello.
Me reconfortó observar cómo el pequeño finalmente conseguía calmar sus pensamientos intrusivos. Sentí gratitud por haber logrado lo mismo, aunque fuera solo un poco.
✦ ✦ ✦
Al poner un pie en Riurian me cubrí la boca, pero un leve quejido que no pude reprimir se escapó de entre mis labios. Di unos pasos hacia atrás. Fue horrible, inexplicable. No podía creer lo que mis ojos veían. Debía estar recreando una terrible pesadilla.
A diferencia de Hugaría o Dendroría, aldeas llenas de vida, júbilo y habitantes, aquella era una aldea triste, opaca y despoblada. Las construcciones pobres que se habían erigido estaban derrumbándose. Habían sufrido tanto deterioro que ninguna de ellas podría resistir siquiera la brisa más suave. El camino estaba descuidado y árido. No se oía la voz de nadie, ni el más mínimo movimiento de algún ser.
Avanzábamos en grupo en un silencio sepulcral, hundidos en un hielo inquebrantable. Lo único que interrumpió aquel silencio fue el chillido agudo de Rydel al avistar un cuerpo en descomposición; era un cadáver que estaba junto a una puerta, intentando ingresar a una de las casas cerradas. Tomé el brazo de Rydel y escondí su rostro en mi ropa para que dejara de verlo, aunque yo fui incapaz de apartar la mirada del cuerpo.
Era la primera vez que me enfrentaba a los efectos de una muerte humana. Tragué nerviosa, intentando contener las ganas de vomitar.
—Llegamos muy tarde —se lamentó Flye mientras se dirigía a Cyrone.
Me volteé hacia el serafín, pero no logré ver su expresión porque Rydel llamó mi atención al gritar.
—¡¿Eso es sangre?! —preguntó el querubín al señalar con su dedo la ventana de otra de las casas.
No podía negarlo, pues en cada esquina de la aldea había una gota de sangre, acompañada de un putrefacto olor.
—Cyrone —balbuceé—. ¿Qué se supone que ha sucedido aquí?
Finalmente, el serafín se giró hacia nosotros, luciendo una aparente calma. Negó con la cabeza antes de empezar a explicar:
—He visto esto antes. Seguramente todo empezó con la escasez de alimentos. Después vinieron los conflictos entre ellos por eso. La inanición debió haber conducido a muchos de ellos a la locura.
Callamos frente a la fatídica explicación, y todos encontramos con la mirada al menos una señal distinta de que muchos de esos humanos no murieron de hambre, sino a causa de golpes y ataques. El escenario emanaba un ruido caótico sin que ningún alma se manifestara. Hablaba por sí mismo, con el horror de las paredes descuidadas y manchadas de sangre, y el de las calles salpicadas de cadáveres.
—Bueno, vamos por la reliquia —dijo Cyrone, y se encaminó en sentido contrario.
Quería responderle, pero me hallé congelada por el miedo. Me esforcé otra vez y logré emitir un susurro entrecortado:
—¿Ya está? ¿No podemos hacer nada?
Sostuve los pequeños hombros de Rydel, a quien se suponía que debía reconfortar. En su lugar, me apoyaba en él, frente a la inminente posibilidad de desmayarme.
—Gyuri, nosotros no... —respondió Cyrone, pero un débil sonido proveniente de una de las casas nos hizo callar.
—¿Qué pasó? —preguntó Flye, cuya audición era más débil que la nuestra—. ¿Qué pasa?
—Shhh —lo silenció el serafín, quien se acercó con sigilo hacia una entrada.
Fui testigo de cómo Cyrone pateó la puerta rechinante de esa casa, que al abrirse desprendió todo el polvo del techo sobre él. Lo seguí, pidiéndole a Flye que vigilara a Rydel.
El serafín se bajó la capa para oír con más claridad y se despolvoreó.
Lo que encontramos adentro fue aún más espeluznante: una mujer de avanzada edad en descomposición yacía junto a lo que parecía ser una cocina ya oxidada. Los gusanillos entraban y salían de sus heridas, y el hedor nos obligó a cubrirnos las narices.
Al otro lado de la habitación una joven se hallaba tendida en el suelo, miraba hacia el techo con la respiración agitada. Estaba viva.
—Ya estás aquí... mamá —susurró la débil muchacha.
Solté un pequeño sonido de la impresión. Me acerqué corriendo hacia ella y me arrodillé a su lado.
—¡Está viva, está viva! —grité en dirección a Cyrone con una amplia sonrisa, pero mi entusiasmo se aminoró al ver que él no lucía tan optimista como yo.
El serafín se acercó también y sostuvo la muñeca de la muchacha. Quedé boquiabierta al ver que Cyrone, con sus dedos, podía rodear la muñeca al menos dos veces sin problemas. Luego lo comprendí al observar su piel pálida y escuchar el silbido que emitía al respirar.
—Apenas vive. Morirá muy pronto —alertó Cyrone.
—¿Qué? Pero, espera... no puede morir, ella es... es muy joven para que se muera —dije nerviosa, riendo no por gracia, sino por lo imposible que era de creer—. ¡No debe tener más de dieciséis años! ¡Es muy pequeña y...! ¡Haz algo, Cyrone!—Lo sacudí del brazo—. ¿No puedes salvarla con tus poderes angelicales?
El serafín negó y reposó la muñeca de la adolescente de vuelta en el suelo.
—Un solo serafín no puede desafiar la ley de la vida ni enfrentar el poder de Nylena. Quizá los cuatro podríamos, pero yo solo... es imposible —afirmó él.
—Bueno, somos dos serafines. Dime cómo puedo ayudarla. Yo... yo puedo intentarlo.
Mi desesperación consiguió convencerlo. El serafín me indicó que tomáramos nuestras manos con fuerza. Obedecí y Cyrone comenzó a recitar:
—Mediante esta unión, apelamos al poder de Nylena para curar un alma que no merece la muerte. No es tiempo, Nylena, hazla volver.
Observé a Cyrone cerrar los ojos con fuerza y lo imité. Nuestros cuerpos comenzaron a brillar, como decían los relatos: «Los serafines son ángeles y, como tales, sus pieles resplandecen en la oscuridad como chispas de fuego».
Recordé mis antiguas novelas; si yo era una de esas criaturas poderosas... ¡si yo realmente era una serafina de la naturaleza, debía ser capaz de ayudar a esa muchacha!
—No es tiempo, Nylena —repitió Cyrone.
—¡No es tiempo, Nylena, hazla volver! —Lo imité—. Nylena, ¡es solo una niña! ¡Oh, por favor!
Agarré con más fuerza las manos de Cyrone al ver que nuestras pieles se tornaban opacas. Él me soltó y suspiró, masajeando su frente.
Me negué a resignarme.
—¿Hice...? ¿Hi... hice algo mal? —tartamudeé—. ¡¿Por qué no se sana?!
—Lo hiciste bien, Gyuri. Te lo dije —respondió él en voz baja—. No podemos evitar su muerte.
—Pero entonces renacerá como una querubina. Ella aún no es adulta. Renacerá si yo la hago renacer. Tengo que salir a buscarla en la naturaleza, como me dijiste, las almas de los niños se guardan en...
—Gyuri, ella no es una adulta, pero tampoco es una niña. No renacerá como una querubina.
—Tal vez si Rydel viene. Él es un querubín, ¿verdad? Tiene poderes celestiales. —Me volteé hacia la puerta, donde se encontraban nuestros compañeros. Hice un ademán para que se acercaran—. Ven aquí, Rydel.
Pero el niño estaba temblando en una esquina de la casa, justo al lado de la entrada.
—No, Gyuri, tienen que ser cuatro serafines. Solo somos dos.
—Me duele —susurró la muchacha moribunda, interrumpiendo al serafín.
No pude soportarlo, perdí lo que me quedaba de aliento, pero me obligué a ponerme de pie. Salí de la casa, mirando la niebla eterna que se extendía hacia arriba y se perdía en el infinito. Junté mis manos y las acerqué a mi boca para hacer resonar mi voz en el aire.
—¡Neblina! ¡Neblina, tú que me escuchas por las ondas del viento! ¡Neblina!
—Señorita Gyuri, Neblina no la escuchará así de fácil —intervino Flye, saltando hacia mí.
—Pues, tendrá que escucharme. ¡Neblina! —grité hasta que mi garganta ardía.
Rendida, después de varios intentos, ingresé a la casa otra vez. Vi a Cyrone mirando a la muchacha, que respiraba cada vez más rápido. Caí desvanecida de rodillas a un lado de ella. Odié haber decidido rendirme, me odiaba por eso.
—Ma... má... —susurró ella, en tono agonizante.
No pude apartar la mirada de su cuerpo tembloroso, tan delicado y pálido, como esculpido en porcelana blanca. No había rastro de frío en el aire y, sin embargo, temblaba tanto que solo podía deberse al dolor que la invadía. Tomé su mano con ternura, sintiendo su calor frágil bajo mi piel, y la apreté con fuerza. Quería que sintiera mi presencia, mi firmeza, mi compromiso inquebrantable a su lado hasta su último respiro.
—Mamá..., ¿eres tú, mamá? —murmuró arrastrando las palabras. Mis labios se curvaron, sin el deseo de sonreír, pero si no podía llorar debía encontrar una forma de expresar mi desesperación.
—Así es, soy yo, mi niña —susurré. El mentón me temblaba, pero me las arreglé para hablar con firmeza.
—Mamá, lo siento mucho, ojalá un día puedas perdonarme —volvió a decir. Acaricié su cabello húmedo por el sudor y la sangre—. Perdonarme.
—Por supuesto que te perdono, cariño mío —le respondí con la voz más dulce que pude—. Todo ha sido perdonado, no tienes que sufrir por nada de eso.
—¿De... verdad? —preguntó con dificultad—. ¿De... ver...?
—Soy tu madre. Eres mi niña. Te adoro. Claro que te perdono. —Me agaché para recostar mi mejilla en su cabeza. Miré de reojo el cadáver de su madre; esperaba poder acompañar a su hija como a ella le hubiera gustado hacerlo. Recordé la canción que me susurraba mi progenitora antes de dormir, así que se la canté muy bajito—: Menudo sol hecho amor, manitas calurosas, cielito de infinito color, descansa en mí...
La chica dejó de respirar con agitación, calmó el ritmo de su corazón, se tranquilizó.
—Por ti, Melcior, conquistaré...
Mis ojos se encontraron con los de Cyrone por un fugaz instante y detuve mi canto; me sorprendió ver su semblante descompuesto, una expresión tan enigmática que resultaba imposible de descifrar. Me miraba con tanta intensidad que parecía hurgar en lo más profundo de mi ser. Sin embargo, algo no estaba bien; su presencia parecía estar en otro lugar, más allá de este mundo.
—Cyrone —dije con la voz desgastada.
Cyrone despertó del trance con un leve meneo de cabeza. Luego de relamer sus labios, posó la mano sobre el corazón de la muchacha y una suave luz se impregnó sobre ella.
Cayó dormida y comenzó a sonreír en el sueño. Luego de unos segundos, la muchacha dejó de respirar. El serafín cesó el contacto y la miró por un instante antes de volver a ponerse de pie.
Vi al serafín de reojo, caminando por mi lado y en dirección a la salida. Abandonó la casa, pero yo no pude moverme de mi lugar. Observé la fragilidad de un ser humano frente a mí, desvaneciéndose como si no fuera nada.
—Descansa, por favor. El próximo mundo será más gentil con tu vida, pequeña, te lo prometo —susurré.
Me perdí en el rostro blanquecino de la muchacha fallecida, quien parecía estar en paz en aquel eterno descanso, a pesar del calvario vivido. A diferencia de los otros cadáveres de la aldea, su cuerpo no lucía macabro; por el contrario, emanaba normalidad, juventud y vitalidad, con ansias de aprender y de seguir adelante.
¿Qué habría sucedido si yo, como serafina del cielo, hubiera estado presente? ¿Acaso habría podido evitar la muerte de toda esa gente?
Encontré las fuerzas necesarias para ponerme de pie y correr en busca de Cyrone, aunque para entonces ya no sabía a dónde se había dirigido. Necesitaba escucharlo, pues mis pensamientos eran demasiado ruidosos y dolorosos.
Había visto demasiada gente marchitarse, sangrando sin cesar. Aves masticaban su interior. Injusticia. Ni siquiera tuvieron la oportunidad de cerrar los ojos antes de abandonar este mundo.
Como si el camino hilara la dirección, lo encontré en la orilla de un barranco, en la cima de una colina que acogía ala aldea. Estuve a punto de llamarlo, pero la reacción del serafín me hizo abandonar la intención.
Sin saber que lo contemplaba a lo lejos, Cyrone cubrió su rostro y dejó escapar un grito ahogado. El sonido se asfixió con el contacto de sus manos. Nadie más pudo escuchar aquel grito, solo yo. El serafín cayó sobre la tierra y apoyó su cabeza en el suelo.
De pronto, a su alrededor crecieron flores de tonalidades azules que al momento de madurar se tiñeron de negro. Se marchitaban al segundo de haber crecido. Flores marchitas y opacas emergían, crecían y morían.
No me acerqué a Cyrone, tan solo aprecié cómo lo que me rodeaba se llenaba de negro al cubrirse de pétalos enlutados. El serafín volvió a quejarse, como si generar aquellas plantas le produjera un severo dolor físico.
Pronto entendí que esa era la manera en la que el serafín de la tierra lloraba.