Capítulo 19 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Debía dormir, y no podía.
Aún recostada, me embargaban pensamientos sobre todo lo que había pasado, las emociones y sensaciones que aún me mantenían inquieta. Estaba furiosa, frustrada y mi cuerpo ardía.
Traté de conservar la calma enredándome entre las sábanas en un intento por conciliar el sueño, pero la imagen de él encima de mí persistía en mi mente: su respiración agitada, su cuerpo tembloroso, su rostro de necesidad. Mis dedos trazaron su propio camino, descendiendo por mi vientre y más allá, hasta que por fin encontraron el punto exacto que me torturaba. Sin comprender del todo lo que hacía, invoqué a mi mente su mirada, su voz susurrando mi nombre contra mi piel, sus manos moldeándome y tocándome a su antojo. Me encontraba sensitiva y vulnerable. Me mordí el labio para sofocar mi voz, consciente de que más tarde me avergonzaría de mis acciones, aunque en ese momento me resultaba irrelevante. El cosquilleo y placer eran adictivos y parecían interminables. Así lo creía, hasta que me estremecí por completo y la sensación me recorrió en múltiples oleadas hasta que se detuvo.
Permanecí recostada, sintiéndome maravillosa, pero pronto la culpa, la confusión y la vergüenza se apoderaron de mí. Me incorporé sobre el colchón y cubrí mi rostro, sin entender qué había hecho ni por qué lo había hecho.
✦ ✦ ✦
A la mañana siguiente Aeris llegó por mí tan temprano que resultaba absurdo. No me atrevía a abrirle la puerta todavía, no después de haber hecho algo tan extraño e indebido. Hundí mi rostro en la almohada para evitar que su voz llamándome me alcanzara. Sabía que ella no sabría lo que había hecho con solo verme la cara, por lo tanto, tras el tercer llamado de la jovencita, me resigné.
La acompañé, porque lucía muy entusiasmada por algo. Mientras yo me enjugaba los ojos con el puño, ella tiraba de mi manga. Me permitió entrar a su habitación que, por cierto, era considerablemente más grande que las demás. Me explicó que solía pertenecer a Delfina, pero como a la anciana le costaba trabajo subir las escaleras, decidieron dejar la del segundo nivel para Aeris.
—¡Te probaré uno de mis vestidos! ¡Desde que te vi te imaginé con él y...! ¡Ah! ¿Dónde se supone que está? —gritó la joven, mientras removía sus propias prendas en un baúl. Las lanzaba por la espalda como si hubiera alguien que las atajara. Traté de recibir alguna de ellas, pero como eran tantas dejé caer al suelo la mayoría.
—No es necesario, puedo lavar mi ropa —le dije yo, pero ella no dejó de buscar.
—¡Por eso, Gyuri! ¡¿Qué usarás mientras tu ropa se esté lavando?!
Fruncí mis labios porque no había pensado en eso, durante todo el trayecto nunca había quedado sin prendas, pues cada vez que llegábamos a una nueva población Cyrone se encargaba de comprarme un nuevo conjunto y me pedía que me deshiciera del anterior. Bostecé con fuerza. Cuando ella encontró lo que tanto buscaba, me plantó el vestido en el cuerpo para medirlo. Yo me quedé quieta como si fuera una muñeca.
—Este... este te quedará esplendoroso —afirmó Aeris tocando su mentón con el pulgar.
Me entregó el vestido y luego se fue corriendo hacia la puerta. Yo me quedé pensando en lo graciosa que había sonado esa última palabra. «Esplendoroso.» Luego miré el vestido y mis ojos brillaron. Era bellísimo. De color perla, largo y brillante, ajustado al cuerpo.
—Te daré diez minutos para que te cambies. Ya verás que te quedará precioso —me dijo antes de marcharse—. Mientras tanto, iré a encender las fogatas de la casona.
Antes de que pudiera agradecerle dio un portazo y se fue canturreando, dejando ecos en el aire.
Sostuve el vestido entre las manos y lo estiré. Luego me quité la capucha y dejé mi cabello respirar, ¡por fin! Me saqué la ropa sucia y evité mirarme en el enorme espejo de Aeris que ocupaba un rincón.
Dejé caer el vestido, cuyos pliegues se derramaron por mis piernas y el torso se pegó a mi figura. Di vueltas para que los vuelos de la falda danzaran. Con timidez, me di la vuelta y me atreví a contemplar mi reflejo, pero verme fue embarazoso. Mi busto parecía demasiado prominente para mi pequeña estatura, y el escote solo servía para resaltarlo aún más. No estaba acostumbrada a verme de esa forma. Sin embargo, de manera contradictoria, me gustaba. Era un atributo al que nunca antes le había prestado atención y, si mis especulaciones no fallaban, podría ser algo realmente atractivo.
Me aproximé al espejo y vi que mi piel estaba maltratada, roja, reseca. Quise peinar mis cabellos, pero estos eran rebeldes y los rizos se curvaban y mezclaban los unos con los otros. Mis ojos no resaltaban, ya que eran de pupilas tan negras que ni siquiera podía diferenciarlas de mi iris.
Tampoco lucía mal. No creía que fuera fea realmente. Pero era diferente cuando me comparaba con Aeris. Sacudí micabeza y decidí centrarme en lo bonito que me lucía el vestido. Caminé grácil y modelé por la habitación.
—Hola, bella —dije en voz baja cuando volví a encontrar mi mirada en el espejo. Pero el rechinar de la puerta de madera me hizo saltar del susto.
Corrí hacia la cama de Aeris y cubrí mi cabeza con el edredón. Solté una respiración, molesta. ¿Quién era? ¿Quién entraba a la habitación de Aeris a esa hora?
Miré por un pequeño orificio a través de la frazada y no vislumbré rastro alguno de que el intruso fuera un humano. Era una criatura peluda y de orejas puntiagudas, como las mías, pero que se encontraban sobre el casco y no a los lados de su cabeza. Caminaba con cierta elegancia y temple. En cuanto me vio se sentó en sus cuatro patas, en una posición ilustre. Esa criatura permaneció mirándome por unos segundos.
—¿Qué tanto me miras, cosa fea? —me preguntó la criatura, antes de lamerse las patas.
¡¿Cómo me había dicho?! Le lancé el edredón encima por la indignación. Sabía que no le haría daño con eso, ¡pero debía aprender a respetarme!
—¡Oye! ¡¿Qué te pasa en la cabeza?! —se quejó la criatura, moviéndose por debajo del edredón hasta salir a la superficie.
Solté un fuerte suspiro, aunque no respondí nada. Me levanté de la cama y pasé por su lado. No se suponía que los humanos les respondieran a los animales. Cerré la puerta que el peludo había dejado entreabierta y caminé hacia el tocador de Aeris para buscar algún peine entre sus utensilios.
—Apuesto que esos cuernos te perforan el cerebro, por eso no piensas —se mofó la criatura cuadrúpeda, esta vez subiéndose al mostrador para obstaculizar mi vista.
Gruñí y seguí sin responderle. Era verdad que esa cosa veía mis cuernos en todo su esplendor, pero me relajaba saber que no podría comunicárselo a los humanos del orfanato.
—Nadie te creerá que tengo cuernos —susurré en voz baja.
Moví suavemente a la criatura a un lado para poder mirarme a mí misma en un espejo pequeño que había en el tocador.
Parezco un espantapájaros, me dije a mí misma, y la molesta imagen pulida y espléndida de Aeris me acosó otra vez. Iré con ella hoy a la ciudad y todos me mirarán a su lado. Me verán como un monstruo.
—Lávate la cara, quítate esas ojeras; haz algo al respecto, no sé.
Miré a la criatura peluda y entrecerré mis ojos por la molestia.
—Bueno. ¿Qué tienes en contra de mí?
—¿En contra de ti? Nada. Solo tengo la virtud de ser muy honesto.
Espera... ¿me respondió?
Me volteé boquiabierta hacia la criatura, mirándola directamente a sus grandes ojos redondos de color celeste, adornados con pupilas afiladas.
—Un momento, ¿sabes que puedo escucharte? —le pregunté—. ¿Cómo?
—A leguas se nota que no eres una humana. Cualquier animal podría notarlo con solo verte —respondió—. Excepto los humanos, claramente. Ellos son unos estúpidos.
—¡Bah! Pues esos estúpidos te dan de comer —le espeté yo.
—Son las ventajas de haber nacido adorable.
Analicé de nuevo a la criatura y lo cierto es que sí tenía rasgos adorables, solo que no me había dado cuenta dada su terrible personalidad.
—¿Qué eres? —le pregunté.
—Veo que no has visto a nadie igual que yo. Es esperable —afirmó el animal, orgulloso—. Soy un gato doméstico. Casi todos nos extinguimos con el diluvio, pero aquí en Dregonia somos famosos. ¡Nosotros controlamos las plagas de ratas! y, por tanto, las enfermedades.
—Un gato. —Analicé sus bigotes largos y sus patitas peludas. Me dieron ganas de agarrarlas, pero apenas acerqué mi mano a él, su lomo se erizó.
—¡Hey! ¡No tienes permitido tocarme! ¡Respétame! ¡Debes conocer tu lugar! —gritó el gato.
—¿Sabes que soy una serafina de la naturaleza? ¿Sabes el lugar en que eso me pone? —Inflé el pecho.
—¡¿Serafina?! ¡Entonces los perros son inteligentes! —El gato rio y se giró con desdén—. Esos cuernos de verdad te perforan el cerebro y no te permiten pensar.
—¡Oye! ¡Deja de insultarme! ¡Yo no te he insultado!
De pronto, la puerta fue golpeada en tres ocasiones del otro lado. Me alarmé y corrí tras mi capa antes de que la persona que había detrás pudiese entrar.
—¿Gyuri? ¿Ya terminaste? ¿Puedo pasar? —La voz femenina del otro lado se hizo reconocer: Aeris. Luego de unos segundos de espera abrió la puerta y se asomó—. ¡Hola! —Observó que yo estaba acompañada de un gato y nada más.
Pensará que estoy loca, me dije ante un silencio incómodo.
—¡Oh, por la diosa Nylena! ¡Te ves bellísima! ¡Yo sabía que tenía talento para escoger vestidos! —gritó ella con una amplia sonrisa mientras recibía al gato en sus brazos y lo levantaba—. ¿No crees que se ve preciosa, señor Chuckles?
Solté un resoplido, sin ser capaz de contener la risotada explosiva que me había brotado al escuchar su nombre.
—Es lo que hay —respondió la bola de pelos, y eso me hizo dejar de sonreír.
—Ahora que estás lista te he venido a buscar. Las mujeres tenemos que despertarnos más temprano para hacerles la comida a los muchachos —sonrió Aeris, como si lo que había dicho no me hubiera horrorizado por completo.
Aeris abandonó la habitación con el gato en sus brazos y yo pregunté al aire:
—¿No comeremos nosotras también?
✦ ✦ ✦
Entre las tareas que más odiaba estaba cocinar, limpiar y hacer cualquier tipo de arreglo; sabía que cualquier tarea similar resultaría en un desastre, tal vez incluso en un incendio. Sin embargo ahí me encontraba, esforzándome por tostar un simple cuadrado de trigo sobre la cocinilla. Aunque intentaba concentrarme al máximo, veía cómo los bordes se iban quemando y el resultado ya no lucía apetitoso. Me di cuenta de que no era culpa mía, sino una falla del orfanato. ¿No podrían haberme asignado algo en lo que fuera útil? ¡Cualquier cosa! ¿Qué tal ir a pescar? Incluso con una simple lanza lo habría hecho mejor.
Después de largos minutos los chicos de la casona hicieron su aparición en fila. Ellos, a diferencia de nosotras, las mujeres, podían acomodarse en las sillas y descansar después del... ¿descanso?
—Gyuri, se te está quemando la tostada —me susurró Aeris al verme distraída frente al fogón.
Cuando ya todos los hombres estaban comiendo, quise preguntar: «¿Por qué las chicas no podemos comer lo que cocinamos? ¿A qué esperamos?». Las niñas del orfanato estaban ahí, mirando cómo sus hermanos se disponían a deleitarse con sus platos. Era injusto, una aberración, pero ninguna de ellas protestaba.
Me paré en línea junto al resto de las chicas y miré, quizá con evidente molestia, cómo los hombres devoraban el desayuno mientras aumentaba mi fatiga.
Cuando los chicos estaban a punto de partir y mi estómago estaría finalmente liberado del sufrimiento, Rydel llegó y tiró de mi falda como si quisiera esconderse debajo de ella. Las otras niñas lo miraron extrañadas, así que evité que lo lograra. Debía proteger la reputación del inocente Rydel a toda costa. Me arrodillé frente a él y lo miré directo a los ojos.
—Rydel, ¿qué pasa? ¿De quién te escondes? —susurré mientras tanteaba el cabello desordenado del querubín.
El lado izquierdo de su cabello estaba erizado y el otro estaba aplastado, modelado por la almohada en la que había dormido.
—No quiero ir con los chicos. Tengo miedo —me contestó—. Por favor, ayúdame a esconderme. Yo no quiero usar lanzas, no quiero enfrentarme a ellos. ¡No soy capaz de hacer eso!
—Rydel —traté de decirle, pero el querubín plantó su rostro en mi regazo—. ¡Rydel! ¡Espera! Tienes que ir. Eres un niño, solo las niñas nos tenemos que quedar aquí.
—¡Pues eso no es justo! ¡Yo no quiero! —gritó, sofocado con la tela de mi falda.
Asentí con expresión melancólica, pues sabía cómo se sentía ser obligada a hacer algo por el mísero motivo de haber nacido chico o chica.
Mientras consolaba al pequeño alguien ocupó el ventanal por el que entraba la luz del exterior, proyectando una sombra sobre nosotros. Al levantar la cabeza, me encontré a Cyrone frente a mí. Aunque él reducía la intensidad de la luz, sentí como si me hubiera cegado solo con verlo, debido al torrente de emociones que despertaba en mí. Mi corazón dio un vuelco y latió con fuerza, como las alas de un dragonarto desesperado por entrar a Dregonia. Me puse de pie y noté cómo el pequeño niño se acercaba más a mi cuerpo. Acaricié el cabello de Rydel y juraría que Cyrone notó mi gesto y esbozó una pequeña sonrisa.
—Rydel, tenemos que irnos —le dijo el serafín al pequeño, para luego dirigirse a mí—: No le des falsas esperanzas, él no puede quedarse aquí.
Parecía que no tenía intenciones de mencionar lo que había sucedido la noche anterior entre nosotros, y como tampoco quería entrar en detalles sobre lo que yo había hecho después, decidí seguirle la corriente.
—¿Por qué no? Nosotros no somos dregonenses. Podemos oponernos a las reglas de aquí. ¿No lo ves? ¡Está temblando! —le espeté, levantando la muñeca del querubín para enseñársela.
Cyrone me tomó con delicadeza del brazo para apartarme del grupo y se me acercó al oído, tanto, que cuando comenzó a hablar me tensó el cuerpo de pies a cabeza.
—Gyuri, es verdad que no todas sus costumbres tienen sentido para nosotros, pero ha sido así desde hace muchos años. Antes incluso del Gran Diluvio, un hombre alegó entre los dregonenses tener una nueva revelación del rol de Nylena y los serafines, a quienes muchos, como antes lo hacías tú, consideran varones. Nylena es conocida en Dregonia como la Suma Servidora y los serafines son sus protectores. Suena bonito, pero en la práctica algunos lo han distorsionado, es por eso que se dan segregaciones como esta.
—¿Tan mal concepto tienen?
—Es lo que sucede cuando no nos conocen. Pero ahora no queremos llamar la atención, ¿verdad?
Me aparté un poco de él y le sonreí a Delfina, que iba pasando por nuestro lado.
—Solo... no te despegues de Ry, ¿sí? —le pedí con resignación, mientras separaba a Rydel de mí y le daba un empujoncito en dirección al serafín. El niño no tuvo más opción que aceptar y acompañarlo.
—A veces se te olvida que Rydel no es cualquier niño —me reprendió—. Él es un querubín de aire. No necesitará a nadie encima que le proteja, tenlo por seguro.
Y como si aquellas palabras hubieran animado a Ry, el pequeño se irguió en su lugar y salió corriendo hacia el resto de niños.
—A veces se te olvida que tengo una enfermedad que se llama «haber sido hermana mayor toda la vida» —le susurré a Cyrone cuando el querubín se separó de nosotros. El serafín soltó un poco de aire por los labios, señal que me hizo suponer que le había causado gracia.
—No se me olvida. Lo tienes tatuado en la frente —me dijo luego de unos segundos, y plantó su dedo entre mis cejas, empujándome con una fuerza que solo tumbaría una menuda flor, pero a mí se me hizo suficiente para tambalearme.
—Ustedes parecen los padres de Rydel —escuché en una risita a mis espaldas, junto con aquella afirmación que no tardó en abarrotar mis mejillas de calor. Aeris nos vio callar y se quedó helada—. Un momento, entonces ¿es verdad lo que rumorean los comerciantes? ¿Que ustedes son los padres de Rydel?
Me di la vuelta hacia Aeris, y antes de que pudiera negarme ante aquel comentario, Cyrone se adelantó:
—Por supuesto que no —dijo Cyrone.
Aeris suspiró de alivio.
—Ya decía yo. Gyuri es muy pequeña para haber estado embarazada, ¿cuántos años tienes?
—Veinte —le respondí.
—Dos menos que yo. Sí, eres muy pequeña para ser madre. Deberías esperar por lo menos cinco años —afirmó Aeris alzando un dedo.
—Yo... —me adelanté con las mejillas calientes—. No creo que quiera tener hijos. —Me encogí de hombros—. Si perdiera a uno, no sé qué sería de mí.
—Tienes razón, no sabes cuántas personas sufrieron la pérdida de sus niños con el Gran Diluvio, ni tampoco cuántos niños perdieron a sus padres. Quizá te hagas una idea al contar a los chicos del orfa...
—Cierren la boca de una vez —vociferó Cyrone, interrumpiéndola bruscamente.
Ambas nos quedamos pasmadas, mirándonos sin entender por qué estaba tan irritado. Al observar al serafín, intenté comprender la razón de su severidad. Reparé en su piel pálida y su entrecejo fruncido, en el temblor de sus manos vendadas y en cómo las usó para tronarse el cuello. Al hacerlo, casi perdió el equilibrio.
—Capitán, ¿se siente mal? —preguntó Aeris. Cuando intentó tocarlo, él retrocedió, visiblemente nervioso.
—Disculpen —susurró.
Aún con la mirada perdida y la angustia escrita en su rostro, se marchó, dejándonos solas. Le dirigí a Aeris una mirada interrogante, preguntándole silenciosamente si debía seguirlo. Ella me asintió en respuesta.
Fui tras él y me detuve al ver como el serafín salía al pasillo y se detenía junto a una ventana. Al abrirla, escuché el sonido de su vómito arrojado hacia el exterior. Antes de que pudiera correr a ayudarlo, Delfina se aproximó a él y comenzó a masajearle la espalda con ternura. Observé con dolor cómo él se deslizaba frente a la ventana y caía de rodillas. En mi pecho se formó un vacío, tan oscuro y opresivo que no pude evitar soltar un suspiro de doloroso pesar.
—Yron, ¿qué sucede? —preguntó ella con un aire maternal.
—Estoy agotado... no sé cuánto más puedo soportar.
La anciana no cesaba de frotar la espalda del serafín, quien lucía visiblemente enfermo y desmejorado. Aunque me partía el corazón ver esa escena, opté por dar la vuelta y dejarlos a solas.
Más tarde le preguntaría qué había pasado.