Capítulo 20 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Cuando quise volver a encontrar a Cyrone, ya se había marchado junto al resto de muchachos del orfanato. Estaba perdida, tratando de pensar en otra cosa mientras esperaba por su regreso. Acepté sin chistar las labores del hogar, pese a que me sentía estropeada por la preocupación. ¿Qué le había ocurrido? ¿Por qué se veía tan mal? Repasé la conversación que tuve con Aeris frente a él. ¿Le molestaba la idea de hablar sobre tener hijos? ¿Le enfermaba mi temor a tenerlos? ¿Era tan importante para él?
—Señor Chuckles, ¿puedes quitarte de encima? —le pedí al gato que se había acurrucado sobre la pila de ropa sucia que ahora debía llevar a la lavandería.
—Dime Chuck —exigió el gato con los ojos bien cerrados, sin siquiera brindarme una mirada.
—Chuckles. Quítate —le grité más fuerte—. No voy a respetar tu nombre ni tu sueño si no respetas que no quiero verme inútil en este orfanato. Tengo una sola tarea, porque ya quemé el total de las tostadas y limpié el suelo tan mal que quedó más sucio que antes. Una tarea: mover la ropa sucia a la lavandería.
Pero el gato ignoró mi monólogo malhumorado. Suspiré pesadamente y masajeé mi entrecejo.
—¡Gyuri! Créeme que no se puede razonar con un gato. Si quieres que se quite, mejor lo tomas, así. —Aeris entró en la habitación y me apartó a un lado con decisión, antes de agarrar al animal exhausto y sacarlo de su escondite.
Luego me ofreció el gato, levantándolo por los codillos y tratando de hacer que lo mirara. O quizá su intención era que lo tomara en brazos. Me negué asqueada, pero Aeris me lo lanzó encima.
Chuckles, que claramente no estaba feliz de caer en mis brazos, soltó un grito angustiado, como si lo hubiéramos sumergido en agua helada. Además, aprovechó para arañarme los brazos.
Lo solté y el gato cayó al suelo de pie, marchándose con orgullo por el pasillo. Aeris se asustó por la reacción del minino, aunque yo no tanto, pues la esperaba. La joven tomó mi antebrazo para examinar mis heridas sangrantes.
—¡Por la diosa Nylena! ¡Ese gato me las va a pagar! ¡Espérame aquí, Gyuri, traeré algo para curarte!
Se fue corriendo por el pasillo y volvió en un dos por tres, como si de demorarse fuera a desangrarme. Estiró mi brazo frente a ella y se quedó boquiabierta al ver que los rasguños habían desaparecido. Me miró confundida.
—Pero... ¿qué pasó? Tú estabas herida, estabas sangrando por...
—Gracias, Aeris. En realidad no fue nada —murmuré y recogí las prendas sucias para marcharme por los pasillos.
Más tarde recorrí el orfanato en busca de una nueva tarea. Todas las niñas parecían muy seguras y habituadas al trabajo. Cada una destacaba en lo que hacía, probablemente porque lo habían hecho desde que eran pequeñas. Apoyada sobre el umbral de la sala, crucé los brazos y observé a cada una. Una niña de rizos oscuros usaba una mopa para fregar, otra llevaba ingredientes dentro de una caja hacia la cocina, y una más, con cabello corto y piel morena, se subía a un cajón para alcanzar una pieza de vajilla.
Otra me observaba muy de cerca, así que me volteé para verla.
Pero me llevé una gran sorpresa al encontrarme a un niño.
—Polett, ¿por qué estás aquí? ¿Por qué no te marchaste con los demás niños?
El pequeño estaba con una escoba entre las manos. Presionó el mango con más fuerza al oír mi pregunta.
—Es lo mismo que me pregunto todos los días —contestó—. Pero está bien, yo nací de una clase diferente, con una vida que me impone dificultades más grandes, porque soy un hombre más fuerte, más valeroso que todo el resto.
Lo observé con un rostro impasible, aunque en mi interior sentía admiración. Todavía no comprendía por qué no le habían permitido unirse al resto. Mientras reflexionaba sobre qué responder, para no parecer que carecía de tanta labia como él, un palo atravesó el aire que respiraba y la punta de la maldita escoba rozó mi nariz.
—¡¿Siempre vas a hacer eso?! ¡Un día le quitarás la cabeza a alguien! —Grité tan fuerte, que Delfina apareció desde la cocina.
Polett bajó la escoba para disimular lo que había hecho, y se fue a la sala de estar para seguir barriendo. La anciana se me acercó curiosa.
Después de ajustar sus anteojos miró a Polett alejándose.
—Polett es un niño un poco intenso. Está muy aferrado a demostrar su hombría, aun cuando todavía es muy pequeño. —Se volteó hacia mí y me quiso explicar un poco más—: Polett nació siendo Polette, ya ves, en el cuerpo de una niña, y es por esa razón que es rechazado por los otros niños. Incluso por el temible comandante Xylo, quien no quiere admitirlo en sus líneas de la Guardia.
Todo cobró sentido, y entendí un poco más su manera de ser explosiva y exagerada. Era tan joven, tanto que me dolía saber que pese a eso había vivido mucho más que yo.
—Él está seguro de que un día entrará a la Guardia, cuando Cyrone se haga comandante —aseveró Delfina—. Para entonces Xylo ya habrá muerto, y el siguiente en la línea será, por supuesto, Yron. Por eso ensaya todo lo que puede con «lanzas» poco convencionales.
—Estoy segura de que podrá hacerlo, tiene mucho talento con el movimiento de esas cosas punzantes. De lo contrario, yo ya no tendría nariz.
Delfina se partió de la risa, pero yo lo decía en serio.
—Rydel ha sido un buen amigo para Polett, porque él jamás ha dudado de que es un varoncito como él. Creo que gracias a su llegada el pequeño Polett ha recuperado un poco la confianza que había perdido todos estos años.
—Es gracioso, Rydel quisiera quedarse aquí y tomar el lugar de Polett. Sería genial que pudiesen intercambiar lugares.
—Tal vez algún día eso sea posible, y cada uno podrá dedicar su vida a lo que le plazca. Ya no habría divisiones entre nosotros los humanos.
Se alejó por mi lado para volver a echar un vistazo a lo que se preparaba en la cocina. Bajé las orejas, porque era la primera vez que otro ser humano me aseguraba que yo también era uno de ellos, solo utilizando el término «nosotros».
Se sentía... lindo.
Después de unas horas, Aeris me tomó del brazo y me arrastró hacia el bote para dar un paseo. Era emocionante para ella tener a alguien de una edad similar y del mismo género en el orfanato. Estaba muy entusiasmada por ser mi amiga, por contarme muchas cosas, incluso cuando la mayor parte de ellas no las podía entender.
El pretexto que utilizó para sacarme de la casona fue que le ayudara a recolectar ingredientes que cultivaban otros vecinos en los islotes cercanos. Necesitábamos más comida para los niños, así que era una tarea que no podía esperar. Recorrimos varios islotes, algunos más pequeños que otros, pero en todos encontramos mujeres amables que tenían preparados los sacos de verduras.
La mayoría de los islotes tenían un gato, y Aeris los acariciaba a todos. Ellos, en cambio, me miraban, y al darse cuenta de que yo era diferente se alejaban apenas intentaba socializar. Por suerte, las mujeres humanas me habían halagado bastante, elogiando mis ojos negros y diciéndome que el vestido me quedaba de maravilla. Algunas agricultoras y jardineras incluso me pidieron que me quitara la capucha para «mostrar mi belleza», pero tuve que mentirles de nuevo: «No puedo. Eso va contra las reglas de mi culto».
Mientras nos dirigíamos a la siguiente parada comencé a reflexionar sobre algo que ya había notado antes y discutido con Cyrone.
Los humanos rogaban a la diosa.
Exclamaban: «¡Por Nylena y los cuatro serafines de la naturaleza!».
Es decir, a diferencia de lo que creía mi madre, los humanos de la superficie estaban convencidos de que ella seguía viva, al igual que los cuatro serafines. «¿Cómo esperas que los humanos expliquen que en el este de Melcior existe vegetación y vida?», obvió el serafín en ese momento.
Y si la religión predominante de la superficie se basaba en rogar a Nylena, ¿en qué creían entonces los encapuchados de mi culto? ¿Creían en la teoría de que los serafines se habían dado muerte a sí mismos?
Decidí preguntarle a Aeris al respecto. Sin embargo, ella no pudo darme una respuesta clara; en su lugar, nos condujo a una parada diferente en nuestra ruta, remando hasta arribar en un islote mucho más grande.
Me bajé del bote y observé cómo varias mujeres, todas cubiertas con capuchas, ingresaban a un enorme templo con techos puntiagudos. Aeris me llevó hacia la entrada y eché un vistazo al interior. No había mucho que ver, solo personas reunidas, todas con la cabeza gacha. Al final del pasillo interminable, una frase grande rezaba: «¿Por qué me has abandonado?».
—Me indigna saber que Cyrone somete a la gente a su culto sin explicarles de qué se trata —dijo Aeris cruzándose de brazos—. El culto del nuevo mundo es una creencia muy triste. Tan trágica que prefiero no escucharlos manifestar lo que piensan.
—¿Qué es lo que piensan? —susurré cuando entramos al templo, en el que reinaba un silencio sepulcral.
—Que la diosa Nylena ha muerto —me explicó Aeris—. Verás, existe el mito de que cada mundo tiene un dios distinto, y la nuestra hace mucho tiempo que no nos ha protegido de las tempestades, del hambre y la sequía. Nos ha abandonado. El Gran Diluvio fue su última manifestación. Cuenta la leyenda que lo que provocó el Gran Diluvio fue la maldad del hombre.
—¿Del hombre? ¿Qué hombre?
—La humanidad, Gyuri. Los hombres de ese entonces torturaron, abusaron y violaron a una joven. Ella era parapléjica y muda. No podía pedir ayuda. Entre todos se compartían ese secreto, e incluso las mujeres lo sabían y no hicieron nada para evitarlo. Algunos aseguraban que como todos ellos desahogaban toda su profunda maldad con aquella «muñeca», no existía violencia en nuestra sociedad. Pero eso era cruel. Era ruin. La diosa Nylena se enojó con la humanidad y nos arrebató el cielo, para que muriéramos lenta y dolorosamente.
Observé que debajo de aquella desalentadora frase se alzaba una figura tallada en piedra. Una chica demasiado joven y muchos desgraciados alrededor de ella, profanando su cuerpo.
—Yo todavía no nacía cuando todo esto ocurrió —continuó Aeris—. Muchos humanos y animales se ahogaron bajo un diluvio inmenso que un día cesó y se llevó el cielo consigo. Desde entonces no ha vuelto a llover y fuertes huracanes nos han azotado. Mi familia llegó a Dregonia en busca de refugio. Es casi el único sitio en donde la gente no muere producto de esas violentas tormentas de viento.
Tragué saliva.
—¿E... esa niña murió? —pregunté, sin despegar mis ojos de la figura, con un dolor extraño apresando mi pecho.
—Esa niña jamás murió. Se dice que podían hacer lo que fuera con ella, solo porque era incapaz de morir —terminó por decir Aeris—. Quizá había sido enviada por Nylena para probar nuestros límites. Lo interesante es que los sobrepasamos todos.
Fruncí el ceño y me tensé por completo. Por supuesto, la masacre de aquella chica activó las lanzas del Empíreo, y con ellas Lummina se quitó la vida. ¿Por qué Caelum, la antigua serafina del cielo, decidió suicidarse? ¿Acaso conocía a esa niña y le dolió su pérdida? ¿Ella tuvo la culpa de la masacre de esa chica? ¿Es que ella lo orquestó y se suicidó por la culpabilidad? No podía ser. ¿Por qué haría algo tan ruin? Pero si la muerte de esa pequeña provocó que Lummina quisiera quitarse la vida... entonces...
Abrí la boca de la impresión al pensar en lo inimaginable.
¿Esa niña había sido una de sus tronos? ¿Esa niña habría sido su hija original? ¿Era posible que yo fuera un reemplazo y por eso me hubiera ocultado bajo tierra?
—Por eso el culto exige un nuevo mundo al Gran Empíreo —terminó de explicarme Aeris, sacándome de mis hipótesis.
Aeris se dio la vuelta con los brazos cruzados, pero yo decidí adentrarme en el templo y observar al grupo de personas que se había sentado junto a los demás, todos con la cabeza gacha y cubiertos con sus capuchas, sin pronunciar palabra alguna. Parecía como si estuvieran rindiendo homenaje a la figura esculpida que se alzaba ante ellos. Culpa, remordimiento, dolor.
Mi mamá... ella era una de ellos. Creía lo mismo, que la diosa Nylena había fallecido, que el mundo era un caos. No me cabía duda alguna de que mi madre profesaba esas creencias. Una nueva interrogante me surgió. Según Cyrone, Lummina había elegido esa familia para mí antes de morir, es decir, quería inculcarme la idea de que Nylena había muerto. ¿Por qué?
Cuando me adelanté tanto que la oscuridad se volvió insoportable, uno de los encapuchados en el centro de la circunferencia levantó una vela hacia el techo. Las personas que estaban a su alrededor inclinaron aún más la cabeza hasta que la chocaron con el suelo. Aquellos que estaban más lejos de la luz central mostraron su respeto arrodillándose. Para evitar destacar entre los demás, retrocedí para salir del templo, apresurándome y agachándome como si temiera que me notaran. Sin embargo, debido a mi prisa por salir choqué de frente con otro encapuchado.
Aquel hombre estaba bastante más apartado que los demás, y se había quedado de pie, casi al final de la capilla. Me miró desde su posición y yo reconocí sus facciones con tanta claridad que tuve miedo.
Es el torinero que nos trajo aquí, pensé. Por suerte, el hombre ni siquiera pareció notar cuando choqué con él. En cambio, se concentró en rendir homenaje a la luz de la vela, la cual pronto fue acompañada por un coro de voces que resonaban desde la base hasta la cúspide redondeada del templo.
Aquella melodía me tomó por sorpresa, porque me transportó a un recuerdo que guardaba en el fondo de mi mente. Era la misma canción que solía tararear en mi casa en Riveria. Aquel cántico estaba desprovisto de palabras, y se deslizaba en el ambiente como una línea incesante de notas musicales. Mi rostro de fascinación debió haber sido extraordinario, ya que aquel torinero, sin reconocerme aún, me susurró:
—Es la melodía de bienvenida de los serafines.
—¿De los serafines? —repetí con nerviosismo.
—Sí, cada vez que se funda un nuevo mundo, el coro de serafines da la bienvenida a las vidas que murieron en el mundo anterior. Estamos pidiéndoles que reinicien nuestras vidas.
—¿Por qué pedirían eso?
—Porque somos desdichados, ¿acaso no eres de esta religión? El mundo actual está repleto de muerte y sufrimiento. Eso nos pasa por depender de una deidad que nos ha abandonado. Hace unos días mi torina murió, y ahora no tengo cómo trabajar. Me he quedado en la nada y mi hija está enferma.
Noté su enfado e impotencia mientras me lo explicaba. Me dio miedo seguir preguntándole, así que me mordí la lengua.
—Comandante Xylo —dijo el torinero. Alcé la cabeza otra vez. La figura enorme e implacable, envuelta en una capucha y seguida por un par de individuos con capa, avanzó por el pasillo del templo hacia la salida. Aunque el torinero y varios ciudadanos más lo saludaron, aquel hombre, que aparentaba estar en la cúspide de la jerarquía social de los dregonenses, los ignoró a todos.
No se giró hacia nadie, ni siquiera para brindarles una mísera mirada. Aun así, todos le rindieron respeto. Vi su enorme silueta desaparecer por la entrada y miré otra vez al torinero, el cual rechinaba sus dientes de la ira.
—Maldito, maldito comandante —mascullaba entre susurros.
—¿Es el comandante de la Guardia? —le pregunté con curiosidad, pese a que ya sospechaba cuál era la respuesta.
—Ese es el maldito que absorbe todos los recursos de la ciudad para destinarlos a una institución que nos es prescindible. ¡Que ellos nos protegen! Eso es lo que ellos quieren hacernos creer, pero este domo de madera puede impedir que los predadores entren. ¡No los necesitamos! Ese hombre es el culpable de todo, especialmente de que la gente se muera en la pobreza. Ni siquiera la mitad de los recursos de Dregonia se destinan a la salud, ¿puedes creerlo? Mi hija... Sin que yo tenga trabajo, mi hija va a morir.
Él se giró hacia mí, y me sobresalté al encontrarme con su mirada directa por primera vez. Al instante sospeché que me reconocería, que recordaría. Probablemente él me vio herida y sabía que bajo la capa yo escondía un par de cuernos de cabra. Aunque me mantuvo la mirada sorprendida por unos segundos, luego apartó la vista otra vez, con una indiferencia que por mi paranoia creí que fingía.
—Señorita —dijo él, antes de marcharse.
Al nombrarme de esa forma y abandonarme en aquel lugar, supuse que era su forma de despedirse. De pronto, la inseguridad que me recorría también me dejó atrás. No se acordaba de mí. Suspiré de alivio.
La sensación se desvaneció en un instante cuando, al volver la mirada hacia el comandante Xylo, el imponente líder de los guardianes, descubrí que me clavaba sus ojos felinos. Bajo la caperuza me era imposible discernir claramente su expresión, pero habría jurado que detecté un dejo de desprecio en su mirada. Pronto, se volvió hacia el lado contrario y siguió caminando.
No fue hasta que sus ojos me dejaron en paz que pude soltar el aliento que sin darme cuenta había vuelto a contener.
¿Qué había sido eso?