Capítulo 23 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
23
—¿Será que te vas a levantar? —Oí el susurro del gato sentado a dos pasos de la cama, observándome fijo mientras yo apoyaba el rostro en la almohada. Al escucharlo, me volteé hacia la pared—. Bah. Los humanos me parecen patéticos, de verdad.
—No te he pedido tu opinión sobre los humanos. Además, ni siquiera soy uno —le respondí.
El gato comenzó a rascar sus garritas en el costado de mi lecho, lo que aturdió todos mis sentidos.
—¡¿Puedes parar de hacer eso, Chuckles?! ¡Me molesta ese sonido y lo sabes! —Me llevé las manos a las orejas, envolviéndolas.
—A ver, cosa, si te molesta que rasque, vete de aquí. Ya se fueron los chicos del orfanato y tienes que levantarte a barrer. Anda, levántate, cosita. ¡A barrer! —canturreó usando su voz deshumanizada y hartante.
Me levanté de la cama de mala gana.
—Te detesto —bufé mientras me borraba parte del rostro con la mano.
Alguien tocó la puertecilla del ático, por lo que el suelo tiritó con el llamado.
—¿Gyuri? ¿Estás enferma? ¿Por qué no te has levantado?
Suspiré al escuchar a Aeris. No estaba enferma; de hecho, dudaba poder enfermarme con esa resistencia y, aunque la pena no había disminuido ni un poco, sabía que dos manos menos para las labores del hogar harían la diferencia, y Delfina no merecía tener que alimentar a otra boca que no contribuía al orfanato.
—Voy enseguida, Aeris —le anuncié.
Cuando regresé a las estancias de la casona, cargué kilos de ropa hacia la lavandería, anoté las instrucciones que Delfina me había dado y las seguí al pie de la letra. Mientras enjabonaba las prendas hasta que las manchas de tierra finalmente desaparecían, Aeris se acercó y me trajo más vestidos que eran diferentes a los que siempre había visto en las niñas. Continué con mi tarea, enjabonando la tela y sumergiéndola en el agua.
—Es una fortuna tener estanques de agua con estos ríos naturales. ¿Sabes lo que deben hacer los de otras ciudadelas para conseguir agua? —Negué con la cabeza, sumida en mis pensamientos—. Tienen que extraer el agua de los pozos subterráneos. ¿Te das cuenta de lo asqueroso que es eso? —Aeris me miró, chasqueando la lengua del asco—. Bueno, no todos tienen que hacer eso. Los de las aldeas de la costa pueden obtener agua del mar y convertirla en dulce, condensándola con fuego. Es bueno que haya regresado la lluvia, aunque varios aldeanos de esos lugares perderán su trabajo.
Después de un rato, me dirigí a Aeris para preguntarle sobre el nuevo vestuario.
—¿Estos vestidos? Son para la víspera de Cornelius. Es una fecha importante porque es el cambio de siglo, pero este año será un ruego a la diosa Nylena. Será una festividad en la que rendiremos tributo a la diosa, con velas, para que nos devuelva el sol, la lluvia, las nubes, las estrellas... «El ruego por el fin de la noche eterna». Para que nos devuelva la luz, pues.
Asentí con comprensión y continué lavando un par de prendas más. Eran brillantes, de tonos azules y oscuros. Tenían una enagua voluminosa debajo, tan amplia que parecía que uno podría perderse dentro de ellas si se adentraba.
—Es mi primer cambio de siglo —celebró Aeris, con los ojos brillantes.
—Naturalmente. —Sonreí con pocas ganas.
No estaba demasiado interesada en ese rito, tampoco pretendía quedarme mucho más tiempo. Lo único que me había mantenido atada a aquel sitio era Cyrone, pero ya me había quedado claro que yo era prescindible para él. Debía buscar a mi familia, aunque tuviera que hacerlo sola. El asunto era ¿cómo?
—Es una época romántica.
Mi corazón resintió esa palabra. La miré confundida, sin comprender por qué un cambio de siglo necesariamente tenía que ser romántico, y justo en mi contexto.
—Escucha, en la víspera del cambio de siglo las parejas de Dregonia se comprometen. No sé si sabes que los bebés son una ofrenda a la diosa Nylena. Queremos repoblar Melcior de humanos antes de que regrese el cielo.
—Ah, ¿sí? —Menudo ritual ridículo, quise decir—. ¿Cómo se comprometen las parejas en la víspera de Cornelius?
—¡Habrá un baile con velas! —me explicó Aeris, entornando los ojos—. La tradición dicta que si alguien se acerca y apaga la vela que tienes entre las manos, es una confesión de amor —añadió con emoción en su voz—. Si le permites encenderla de nuevo, con el fuego de su propia vela, estarás correspondiendo a sus sentimientos. ¿Te das cuenta? La luz significa vida. Cuando permites que alguien encienda tu vela, es una propuesta para crear vida juntos.
Mientras Aeris me contaba la tradición y yo luchaba con la imagen de Cyrone sosteniendo una vela, Glorie se acercó con más ropa sucia.
—Gyuri, ¿puedes lavar estos? —Le sonreí, «por supuesto».
—¡Glorie! ¡Ven conmigo! ¡Tengo que mostrarte un dibujo que hice! —le dijo Aeris, llevándose a la pequeña de la mano.
Una vez sola, me arrepentí de haber aceptado lavar más ropa cuando encontré una de las camisas de Cyrone entre ellas. La tomé en mis manos e hice todo lo posible para no acercarla a mi rostro. Fallé, el aroma a tierra mojada no hizo más que acongojarme todavía más. ¿De dónde habían nacido esos sentimientos? ¿Por qué era como si mi cuerpo viniera con ellos por defecto?
Había tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre lo que me había contado. Si alguna vez había tenido un hijo, si había sufrido además la pérdida de la humana que se lo había dado, seguramente la idea de enamorarse de nuevo lo aterraba. Empatizaba con él, y aún lo quería..., pero no podía forzarlo a quererme de vuelta.
Cuando terminé de extender la última prenda subí al ático en busca de mi libro rojo. Me sentí avergonzada de haber abandonado al hombre de esas páginas por concentrarme en uno que no me correspondía. Quizá verlo de nuevo me daría ánimos. Agarré el tomo y bajé para leerlo. Si me quedaba encerrada en mi habitación, seguramente volvería a hacer llover.
Quizá no lo haré, pero es desesperante sentir que te amaré por el resto de mi vida.
Me tembló la boca y reposé el rostro en mi puño.
—Gyuri, ¿te sientes mejor de tu resfrío? —preguntó Delfina al verme sentada en el comedor. No poder derramar lágrimas era conveniente para mí. Asentí y le di las gracias por la preocupación—. Me alegro de que estés de pie, para que veas este milagro. —Delfina apartó las cortinas de la ventana, permitiéndome ver el exterior—. ¿Sabías que no ha parado de llover? Digo, a veces se detiene, pero vuelve sin falta. ¿Crees que esta sea una bendición de la diosa Nylena?
—Por supuesto que sí. —Le ofrecí una sonrisa amarga.
Cuando ella volvió a sus labores, volví a leer.
Mis deseos y sueños superfluos se encogen al oír tu risa, y dan un paso atrás.
Suspiré y llamé la atención de Polett, quien llevaba una mopa en la mano. Pensé que me apuntaría con ella como si fuera una lanza, pero simplemente se acercó, curioso, y se sentó frente a mí en la mesa.
—¿Qué es eso?
—Un libro —le contesté con pocas ganas.
El niño subió la mitad de su cuerpo en el madero de la mesa, con tal de ver bien lo que tenía en mis manos.
—¿Qué son esas cosas? —Apuntó hacia las letras—. ¿Qué tienen de divertido o por qué las miras tanto?
Recordé que Evren me había dicho que en Dregonia estaba prohibido que los niños aprendieran a leer.
—Estas son palabras. Si unes las letras, producen un sonido —le expliqué—. Por ejemplo, la F con la A hacen un FA. —Giré el libro en su dirección y le apunté la sílaba con el dedo. El niño se acarició el mentón mientras la analizaba.
—¡Claro! ¡Esos son los garabatos del capitán Cyrone!
Escuchar su nombre me hizo aflojar el cuerpo, como un ataque eléctrico. Fruncí el entrecejo hacia el niño, sin comprender qué había querido decir.
—¿Garabatos de Cyro... ne?
—Siempre, pero siempre —enfatizó—, espío lo que hacen los altos cargos de la Guardia. Lo hago porque quiero aprender a imitarlos y un día ser ellos. Es mi misión en la vida. Bueno, el capitán solía encerrarse hoooras en su habitación a dibujar garabatos en ese... ¿libro? Es bueno saber ahora cómo se llama. —Polett se cruzó de brazos con orgullo.
—Fu... furzacabrón —espeté.
—Interesante palabra, pero ¿qué quiere decir? ¿Es que acaso es un dialecto, o tal vez...?
El niño continuó hablando, pero sus palabras se desvanecieron en un torbellino de confusión en mi mente. Sin embargo, la revelación me golpeó con la fuerza de un rayo, aunque en retrospectiva debería haber sido evidente para cualquiera. ¡Cyrone estaba en Riveria el día en que nos conocimos! Cyrone, el enigmático hombre, había estado en mi propia ciudad todo ese tiempo. Una oleada de asombro me inundó y no pude evitar cubrirme la boca ante la sorpresa. Un impulso visceral me invadió, instándome a salir corriendo tras él, a exigirle explicaciones. Pero la razón rápidamente me recordó que él estaba ahora a una distancia inalcanzable del orfanato, en el islote más distante y apartado de la ciudad.
—¡Gyuri! —Polett chasqueó su dedo frente a mi rostro, despertándome—. He tenido una iluminación. Aquí, en este libro rojo, deben estar los secretos del capitán. Aquí debe decir con exactitud todo lo que hizo para ser tan hábil con la lanza. ¡Enséñame a leer!
Permanecí mirándolo durante un largo rato y enseguida supe cómo ocupar el tiempo hasta que Cyrone regresara.
✦ ✦ ✦
En una sola tarde, todas las niñas se habían reunido alrededor de mí para leer lo que tenía entre manos: un libro que Aeris le había pedido a Crod.
Les expliqué de la forma más simple que ciertas líneas juntas podían formar ideas. Les resultaba difícil creerlo, debido a que iba en contra de todo lo que conocían; sin embargo, se esforzaban e identificaban qué símbolos eran diferentes de otros. Una vez que pudieron distinguirlos, comprendieron cómo leer una palabra.
—Flo-reh —leyó en voz alta Jaci, una niña de seis años que tenía ricitos parecidos a los míos, pero castaños.
—¡No! ¡Floressss! —exageró Polett para corregirla.
—¡Floressss! —imitó Jaci.
Sonreí orgullosa.
—Gato —leyó Glorie cuando fue su turno de leer una de las palabras, y las niñas la miraron como si hubiera hecho magia con su voz.
—¿Cómo hiciste eso? —le preguntó una de ellas.
—¿Cómo hice qué? —respondió.
—¿Cómo descifraste que ahí dice «gato»? —insistió la niña.
—¡Literalmente, Gyuri nos acaba de enseñar cómo! —obvió ella.
Marguet le arrancó el libro de las manos a Glorie y buscó el «gato» escondido en aquella «lista de garabatos».
—Esto es magia pura —intervino Polett—, pero yo dije que quería aprender a leer para descifrar la bitácora del capitán Cyrone.
Negué con la cabeza.
—No vas a entender la letra de Cyrone si no aprendes a leer de libros escritos con letra legible, como este. —Le mostré la novela que me había devuelto Marguet—. Además, este libro es para adultos, es decir, para jóvenes mayores de dieciocho años.
—¡Pero yo ya tengo once! —gritó Jaci.
—¡Y yo seis! —gritó Glorie.
—No me están entendiendo, ¿verdad? —susurré mientras masajeaba mi entrecejo.
—¿La bitácora de Cyrone habla de obscenidades? —Polett preguntó, lo que provocó que las niñas se escandalizaran y yo soltara una risotada.
—Podrías decirlo así, sí.
—Puede ser relevante para combatir. Anda, léelo para nosotros —dijo Polett—. O le diré a Delfina que nos quieres leer un libro para adultos.
—¿Eso tiene sentido siquiera? —le pregunté.
En el instante en que no tenía más ideas para escabullirme, la puerta del orfanato se abrió de golpe y los varones bulliciosos entraron dándose empujones. Todos estaban secos. Suspiré, feliz de haber podido detener la tormenta, y reparé en lo alegre que había sido la tarde enseñándoles a las niñas.
Brodt se acercó curioso y vio a las niñas con la novela en las manos.
—¿Qué hacen?
Busqué a Cyrone con la mirada, sin embargo, no había rastro de él.
—Gyuri nos estaba enseñando a leer.
—¡Tremendo! —gritó el niño—. ¡Yo también quiero aprender a leer! Le escuché algo a un adulto de la Guardia el otro día. ¿Sabían que hay una realidad encerrada en cada libro?
Glorie se lo tomó literal, así que cogió la novela y la miró con desolación.
—Es un lugar muy apretado para vivir, pobrecillos los personajes...
—Chicos, Cyrone ¿dónde está? —los interrumpí y Brodt me prestó atención.
—Ah, el capitán dijo que iba a irse en el bote a algún lugar. Supongo... al islote prohibido —me explicó el niño, susurrando la última parte y cubriéndose la boca.
Le agradecí rápidamente y me puse de pie con el libro rojo en las manos. Salí corriendo de la casona y, al llegar afuera, noté que un bote estaba zarpando en ese preciso instante.
—¡Cyrone! ¡Espera! —grité, pero él ya se había marchado en la nave.
Corrí, tropezando en mi prisa, y me lancé hacia el lago, aferrándome al borde del bote. Cyrone por fin notó mi presencia y se sobresaltó ante mi acción impulsiva. Yo misma no entendía del todo qué estaba haciendo ni por qué, pero la desesperación me impulsaba, tenía que saber la verdad.
Empujé el libro rojo dentro del bote para que, a diferencia de mí, no se empapara.
—¡Gyuri! ¿Qué se supone que haces? —me preguntó el serafín cuando vio que el barco siguió navegando por el impulso involuntario que le di.
Mis pies perdieron contacto con el fondo y me sumergí en el agua hasta llegar a la clavícula, lo que me llevó a patalear desesperadamente. Maldita sea, no sabía nadar. Nunca había querido aprender, mucho menos después de haberme ahogado cuando niña en Riveria.
Cyrone agarró mi mano y me levantó con suavidad para subirme al bote junto a él. Una vez arriba, tosí como una loca producto del sabor amargo que tenía el agua que me había entrado.
Pronto la comezón empezó a intensificarse, y mi piel picaba tanto que perdí completamente la noción del tiempo.
—¡Estás loca por haber hecho eso! Quítate la ropa —me exigió. Yo lo miré horrorizada—. No es... El agua de Dregonia, sin hervir, es tóxica para los humanos. ¿O cómo crees que está el agua después de veinte años con gente tirando basura en ella?
—Pica, oh, cómo pica —me quejé, rascándome el cuerpo. Con la vaga iluminación aprecié que mis poros se abrían y enrojecían.
—Quítate lo que llevas. —El serafín suspiró—. Si no te bañas no va a parar, volvamos al orfanato —dijo Cyrone mientras tomaba los remos. Sin embargo, lo detuve al instante.
—No. Tú y yo tenemos que hablar. Antes de que te niegues, no tiene que ver con mis sentimientos, que tanto te molestan. Se trata de otra cosa —le dije, acercándome tanto que mi proximidad pareció intimidarlo, y mi determinación fue tan evidente que lo hizo encogerse un poco.
—Bien, como digas —afirmó y yo sonreí victoriosa.
—Y date la vuelta, quítate la capa y dámela. Me tengo que vestir con algo seco.
Cyrone se quitó la caperuza y se dio la vuelta para evitar verme mientras me desvestía.
—Eres una rara, por decir lo menos. ¿Quién te dio la autorización de darme órdenes de esa forma tan grosera?
—Yo misma me la he dado. Ayer me hiciste llorar, ¿se te olvidó?
Cyrone permaneció en silencio durante el resto del trayecto. Finalmente, llegamos al desolado islote de entrenamiento donde él podría mostrar su verdadera naturaleza sin preocuparse de que alguien nos descubriera.
—¿Este es el islote prohibido? —le pregunté, cubierta del todo por su capa. El cuerpo seguía picándome de una forma exagerada.
—¿Islote prohibido? —preguntó él.
—Brodt dijo que ibas a ir al islote prohibido.
—Niños —respondió encogiéndose de hombros con las manos guardadas en los bolsillos—. ¿De qué querías hablar, Gyuri?
Agarré el libro del bote y se lo lancé. Él no lo sostuvo, solo chocó con su cuerpo y rebotó en el suelo.
—Tu bitácora, ¿eh? Polett me dijo que tiene tu letra.
Él negó mirando el libro rojo desparramado en el suelo.
—¿Por qué me ocultaste que ese libro era tuyo? ¿Qué se supone que hacías en Riveria cuando lo perdiste allí? ¿Desde cuándo me habías estado espiando?
Cyrone suspiró y extrajo del bolsillo una cajetilla de cigarrillos, la cual le arrebaté furiosa.
—¡Responde!
—Necesito eso —me dijo apuntando la cajetilla—. Esta será una conversación difícil, como varias que he tenido contigo y que parecen nunca terminar.
Lancé la cajetilla contra el libro, y susurré: «levántalo, entonces, no dejes tu bitácora en el suelo tampoco».
—Te sigue picando el cuerpo, ¿verdad? —me preguntó Cyrone, tomando la cajetilla y el libro.
—Cada maldito rincón de mi cuerpo pica. Estoy hinchada en todas partes —reconocí.
—Por eso estás tan insoportable.
Asentí y él sonrió.
—Tienes suerte de que haya llovido tanto la última noche, acompáñame —me dijo, encendiendo el cigarrillo y caminando hacia el lado contrario.
—Eres un desalmado, maldito. ¡Cómo te odio! —grité siguiéndole el paso.
Un enorme bote abandonado, ahora repleto de agua debido a la tormenta, se alzaba ante nosotros. A diferencia de los tradicionales de madera, este era de metal. Cyrone encendió una fogata a su alrededor y el agua comenzó a calentarse. Lo miré con desconfianza, pero cuando finalmente decidí quitarme la capucha y sumergirme en la bañera improvisada, mi piel encontró alivio por fin. Suspiré de satisfacción mientras el agua alcanzaba mis hombros. Cyrone permaneció de espaldas todo el tiempo y cuando por fin comprendí el porqué, me ruboricé. Estaba desnuda.
—Me... me voy a cocinar en este bote, ¿no crees?
—Apagaré las llamas antes de que el agua comience a hervir, no te preocupes.
Me sumergí aún más, hasta que el agua alcanzó mi nariz. El vapor comenzó a elevarse, empañando mi visión. Me sentía tranquila, a gusto; podía expresarme sin ser un verdadero dolor de cabeza.
—Lo siento, no quería maltratarte. Fueron la picazón y la rabia. ¿Puedes contarme qué hacías en Riveria? ¿De qué se trata ese libro?
Cyrone dejó salir el humo de su boca y me miró por el rabillo del ojo. Me hundí un poco más en el agua.
—Tengo que recorrer todo Melcior, Gyuri, cada cierto tiempo. Soy el serafín de la tierra, y seguí hasta caer en Riveria. Era una ciudad preciosa, la única que había sobrevivido a las gélidas, por supuesto que me iba a quedar ahí unos días.
—Entonces... fuiste tú... cuando caí del barranco...
—Me sorprendió encontrarte, Gyuri. Cuando falleció Lummina no sabíamos que ella había dejado una querubina escondida, ni que su poder había sido heredado tras su muerte. Encontrarte fue un respiro. —Cyrone dejó escapar el humo por sus labios—. Pensaba dejarte vivir tu vida allí, no te iba a arrancar para imponerte ser una serafina. No te voy a mentir, sentía curiosidad por ti y te espié un par de días, hasta que Neblina te encontró. Supongo que te habrá encontrado por seguirme el rastro. Lo siento mucho por eso.
—Ese libro... ¿a quién le hablabas?
Cyrone esbozó una sonrisa melancólica dirigida al suelo antes de explicarme.
—La madre de mi hijo. La perdí, y cuando me siento realmente mal solo puedo escribir. Así que todo lo que leíste era mi desahogo. Lamento haberte llenado de todas esas cursilerías. Es solo que... me costó dejar de sufrir su pérdida.
Una pizca de celos brotó en mi pecho mientras mi mirada se perdía en el agua burbujeante.
—¿Todavía la amas? —pregunté, esta vez con un poco más de empatía y menos egoísmo. Cyrone era un hombre de mucha vida pasada, debía respetarlo. ¿A cuántas habría amado en su pasado? Lummina, la humana madre de su hijo, ¿alguien más después de ellas o incluso antes?
Él asintió y se acercó al bote, sentándose en el borde, todavía de espaldas.
—Cuando a quien amas fallece, tu amor se vuelve inmortal, eterno, inagotable.
—Eso suena como algo que hubieras escrito en el libro. —Sonreí.
—Lo leíste mucho, ¿no es así?
—Me lo sé de memoria, Cyrone. De hecho, hay un pasaje que no comprendo. ¿Qué es eso de: Mi divina princesa de cornamenta plateada. De ricitos blancos como la nieve?
Cyrone abrió los ojos de par en par y se cubrió la boca.
—Eso... eso no era sobre... Bueno, Gyuri, es obvio, ¿no? Eres una mujer muy atractiva. Eso lo escribí mientras estaba en Riveria mirándote de lejos.
—¡¿Qué?! —Chapoteé en el agua de la impresión. El calor abarrotó todo mi rostro, y no exactamente por el agua caliente—. ¿O sea que eso sí iba hacia mí?
—Solo soy un joven de... siete siglos, y aún me dejo llevar por los caprichos. Eso no lo he perdido. Bueno, Gyuri, eso sí que es ridículo, ¿no crees?
—Creo que es adorable —murmuré y sonreí.
Él me miró por primera vez y, de repente, lo salpiqué de agua.
—Lo siento, lo siento, lo siento —dijo, cubriéndose el rostro.
Exhalé el aire, conteniendo la vergüenza, y decidí contrarrestar lo que acababa de hacer, venciendo mi baja autoestima.
—No. Está bien, puedes mirarme. Quiero que lo hagas.
—¿No te he dicho ya que no está bien que cualquiera vea tu cuerpo, Gyuri? —me reprendió con tono serio.
—Lo sé —respondí en un susurro dulce—. Sí lo sé.
Cyrone se volteó con reticencia, pero al verme me observó con detención. En ese instante me di cuenta de que su mirada me recorría por completo. Podría haberle exigido que cesara, que no siguiera trazando mis contornos difuminados bajo el agua, pero encontraba placer en ver cómo sus pupilas brillaban al intentar enfocar mis curvas y captar el matiz de mi piel. ¿Qué pasaba por su mente en ese momento? ¿Estaría pensando en mí de la misma manera en que mis impulsos humanos lo hacían sobre él?
—Viste varias veces tu libro en mis manos, ¿por qué nunca me dijiste nada? —pregunté.
—Porque estabas enamorada de ese libro, ¿qué querías? ¿Que hiciera que te enamorases de mí como una idiota?
—Cierto, solo una grandísima idiota se enamoraría de ti.
Me callé y traté de aguantarlo lo que más pude. Suspiré profundo y, como si estuviese sollozando, arrastré mis palabras:
—Soy una grandísima idiota.
Él asintió y esbozó una sonrisa que apenas se curvó en la comisura de su labio.
—Yo también lo soy, aún más idiota que tú.
La llovizna nos acarició las cabezas.
—Ya no llores, por favor —me rogó con una congoja que parecía genuina.
Pero me hundí más en el agua y la llovizna se intensificó.
—Te lo he explicado. Sabes por qué los serafines no deben enamorarse, ¿verdad? —Él intentó razonar conmigo, con tacto y dulzura. Negué con la cabeza, mordiéndome el labio para contener mis emociones.
Cyrone se me acercó con su capa extendida y me la ofreció para envolverme apenas me puse de pie. Acepté su gesto, permitiendo que me arropara con ella, evocando el recuerdo de cuando nos conocimos por primera vez. Me preguntaba qué podría haber hecho de manera diferente para que cambiase de opinión. Él me envolvió en un abrazo, y aunque al principio me sentí tensa entre sus brazos, luego me volteé hacia él y se lo devolví.
—Lo siento mucho, nono —le escuché decirme.