Capítulo 25 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
25
En el momento en que me observé las marcas talladas en el cuello ante el espejo, y recorrí hasta el último hematoma con el tacto, recién caí en cuenta de que habían transcurrido dos horas desde que el comandante me las había hecho. Todavía no se borraban; era la primera vez que una herida me perduraba por más de diez minutos, lo que me hacía suponer que había algo extraño en aquel hombre. ¿O era yo? ¿De nuevo me faltaba iridia? No, nada de eso, me sentía bien. Entonces ¿qué había pasado? Aquel encuentro indeseado, a pesar de la curiosidad que albergaba, me convenció por completo de que debía alejarme de él. El terror me carcomió las entrañas de tal forma que en ese momento deseé huir de la ciudad para no volver a cruzarme con Xylo nunca más.
En el orfanato tuve que cubrirme más de lo normal y evadir la presencia de los niños. Los varoncitos ya habían llegado y se habían congregado con las niñas en el centro de la sala, pero yo ya no podría volver a leerles. Delfina me llevó hacia su habitación y, una vez dentro, me despojó de la capucha.
Su aire maternal me obligó a hacerme pequeña, y el frígido contacto del hielo en mis heridas hizo que me encogiera como un ovillo sobre su cama. Su lecho era mucho más suave y blando que los del resto. Su habitación estaba repleta de retratos, la gran mayoría hechos por los mismos niños. El tono beige de las paredes demostraba la edad avanzada de la casona, dado que parecía que alguna vez habían sido blancas. El farol de fuego que colgaba desnudo del techo propinaba una luz amarillenta.
Volví a tocar la piel entumecida y noté la zona aún hinchada. A pesar de tratar de esconder el horror en su mirada con una sonrisa, las manos temblorosas de Delfina la delataban. Me acurruqué en su mano, porque era inevitable imaginar a mi madre y extrañarla. Si cerraba los ojos la sentía más cerca, pero el fuerte aroma que desprendía Delfina me traía de vuelta a la realidad. Su fragancia evocaba notas de leche y panqué, un olor dulce pero robusto, lejos de la delicadeza de una flor.
Una vez más abrí los ojos y pude apreciar su expresión de dolor. Los tonos morados en mi cuello probablemente la hacían fruncir el ceño más de lo que deseaba. De repente, sentí compasión por mí misma.
—Yo no entiendo por qué... —traté de decir, pero Delfina me detuvo chisteando con sosiego.
—No, pequeña torinilla, no te recomiendo que intentes comprender la maldad de los humanos. Te aseguro que pasarás décadas preguntándotelo sin encontrar una respuesta.
Suspiré, porque en el interior pensé que viviría por lo menos —mucho más— un par de décadas. Tal vez milenios. Y temía que ni aun así encontraría una respuesta.
—Xylo me prohibió seguir leyéndoles a los niños —me lamenté—. Era lo único en que podía aportar aquí realmente.
—Te equivocas, dulcecita. —La anciana volvió a poner el hielo en mi cuello y su frigidez se me transmitió de golpe, provocando que me estremeciera—. No sabes cuánto has iluminado el orfanato con tu sola presencia. ¿Has visto a Cyrone? Él no solía ser tan alegre, de hecho, era extraño verlo sonreír antes de que regresara contigo en brazos. Los mellizos Scratiria también han cambiado, a Evren se le ve canturreando como un corista de la capilla del nuevo mundo. Aeris se esfuerza mucho por agradarte, lo que le ha dado una nueva meta en este lugar. ¿Y los niños? Los niños siempre preguntan por ti, Gyuri. Les enseñaste lo que es imaginar un mundo más allá del que pueden ver y ese regalo es imborrable, por más que ese general de pacotilla te prohíba volver a leerles.
Sus palabras fueron la calidez que necesitaba para dejar de temblar. Le sonreí aun cuando sabía que ello no bastaba para agradecerle, o para dejarle ver lo mucho que me había curado con solo cuidarme como una madre.
Pensé en Aeris y en cómo le agradecería por haber intentado defenderme. Había actuado con prisa al llevarme en el bote, como si mi vida estuviera en peligro inminente. La vi secarse las lágrimas de sus mejillas, repletas de rabia y frustración. Aeris estaba tan preocupada por mí que apenas podía articular palabras sobre lo sucedido. Sin embargo, también se veía afectada, abrumada por la impotencia que nos había hecho sentir ese maldito comandante en la tienda. De repente, temí por el señor Crod y su hija, por la librería y su futuro. Si aquel vil hombre ya había puesto su mirada en ellos, solo era cuestión de tiempo antes de que descargara su ira sobre esa familia.
—Torinilla, ¿por qué no dejas crecer tu cabello? Esos rizos esparcidos en una voluminosa melena rubia se verían preciosos. ¿No lo crees?
Pero negué en silencio. Mientras más me crecía el cabello, más indefensa me sentía; tal vez porque cuando pequeña mi cabello largo había sido el causante de muchos accidentes en Riveria que me arrastraron al borde de la muerte. Ese trauma no había hecho más que expandirse. Aunque hasta el momento no me había afectado realmente, ahora sentía la urgencia de cubrir las marcas en mi cuello con algo. Consideré la idea de envolverme en una bufanda, pero cuando empecé a pensar en cómo conseguirla me di cuenta de que ya era demasiado tarde.
La puerta de Delfina rechinó al abrirse tan solo un ápice, pues la anciana ordenó que nadie entrara. Yo, mucho más que proteger mis heridas temí por mis cuernos, por lo que me cubrí con la almohada flácida que descansaba en mi regazo.
—¡Qué digo yo! ¡Cuando cierro la puerta es para que ningún cabrito entre! —gritó la anciana, pero se detuvo cuando reconoció al visitante.
Debí haber sospechado que ese calor ascendente por mi cuerpo, como una corriente eléctrica, era una señal de su presencia. Aún estaba molesta con él por su falta de disposición para luchar por lo que sentía. Aunque creía que no tenía deseos de verlo, me incliné ligeramente para poder apreciar su figura a través de la mampara, ansiosa por captar su expresión, sus ojos y escuchar su voz.
—Delfina, ¿qué está pasando?
—Cyrone, vete por favor... —le pidió Delfina, volviendo a cerrarle la puerta en la cara. El serafín resistió con un poco de fuerza, consiguiendo dejarla entreabierta.
—Delfina, por favor, no me hagas esto —rogó con una voz que yo desconocía hasta ese momento.
El serafín debió haber adoptado una expresión de muerte, lo suficientemente adolorida como para convencer a la anciana de apartarse y permitirle entrar.
—¡Delfina! —grité molesta, pero cuando vi a Cyrone otra vez las palabras se me atoraron en la garganta, en forma de un nudo insoportable.
—Aquí estás. Todos están actuando raro aquí, y Aeris no quiere decirme nada. Los niños están esperando que aparezcas y me extraña que no... —Comenzó a hablar con una ansiedad palpable, mas se detuvo en cuanto halló las marcas de mi cuello, reparando en ellas con un horror comparable a como si me hubiera encontrado muerta en el lecho de Delfina. Vi el brillo de sus ojos disipándose, su cuerpo tensándose—. Gyuri. Qué es eso.
Me volteé para que no me viera, pero me arrebató la almohada que sostenía sobre mi cabeza, revelando así toda mi nuca marcada por dedos rodeados de una espesa tinta morada que se extendía bajo mi piel.
—¡No es nada! —aseguré, volviendo a encapucharme.
Su respiración era pesada, tal vez demasiado.
—Todavía no he perdido la cordura del todo, Gyuri, sé que vi algo —espetó con seriedad. Por el rabillo del ojo noté su ensimismamiento. Luego se giró hacia Delfina, no con ira, sino con desesperación, como quien no quiere creer las conclusiones que se había hecho.
—Por supuesto que no fue Delfina —le susurré, tratando de devolverle la vista al frente con mis manos. Mis dedos ardieron al rozar su piel.
Él se mantuvo viendo mis marcas otra vez, con una expresión tan acongojada que parecía que le lastimaran más que a mí.
—Me lo imaginé. Entonces ¿cómo es que las tienes todavía marcadas? Tiene que ser alguien dentro de esta casona; se ven demasiado recientes.
—No fue nadie de la casona, ni de cerca.
Cyrone se arrodilló frente a mí.
—No es cierto, no me mientas... Dime quién fue —su voz se engrosó.
—No te estoy mintiendo.
Cyrone se levantó otra vez, viéndome desde su altura. Su vulnerabilidad había sido enterrada por un segundo, pues lucía como un verdadero dios lleno de ira. Por un momento creí que ninguna mentira mía se le escaparía y sentí un terror vigorizante. Tan contradictorio como las emociones que me provocaba mirarlo.
—Entonces me vas a decir quién fue, y más te vale que no te equivoques al reconocerlo o va a morir un inocente.
Me quedé boquiabierta unos segundos, apreciando su mirada fría, con la certeza de que podía aniquilar el nombre de quien fuera si yo tan solo lo pronunciaba.
—Yo iré... Yo iré afuera a ver a los niños —murmuró Delfina, abandonando la habitación un poco atemorizada. La ancianita sabía quién había sido, y me sentía mal por hacérselo ocultar a Cyrone.
Pero no iba a decírselo. Aunque comprendía que no tenía nada que ganar protegiendo a Xylo, en lo más profundo de mi ser sabía que acabar con la vida de un ciudadano tan influyente en Dregonia tendría repercusiones negativas para Cyrone. Además, él me había advertido sobre su agresividad, y aun así había decidido enfrentarlo. El hecho de que sus dedos todavía se me marcaban era evidencia de su poderío. Temía por lo que él podría hacernos.
—No, Cyrone, no te lo voy a decir.
—Por favor. —Suspiró con su aliento cargado de pesar—. Si no quieres que le haga daño a quien sea que te hizo esto, pondré toda mi voluntad para evitar hacérselo —me prometió, volviendo a hincarse frente a mí—. Solo... solo quiero saberlo.
—¡Que no! —Alcé la voz.
—Me corrijo, Gyuri. Necesito saberlo.
Apreté los dientes de la indignación.
—Ya basta, Cyrone. Soy una serafina, me curaré pronto. Me voy a sanar y ya esto no será nada.
—Pero yo no voy a sanar de esto y jamás se volverá nada. ¿Lo entiendes?
Sus palabras nublaron mi pensamiento y olvidé de inmediato lo que iba a decir. Tras un par de segundos me recompuse y dije:
—Se supone que no alimentarías nuestros sentimientos. Tenemos que alejarnos, ¿qué pasó con eso?
—Es lo mismo que me pregunto. No puedo quedarme más tiempo aquí. Pero ¿cómo se supone que sea un serafín y actúe como uno si tengo que...? —murmuró y fue incapaz de acabar con su oración cuando me volvió a ver y sus pupilas se le escaparon hasta mi cuello una vez más.
—Si tienes que qué, Cyrone —espeté, porque yo sí entendía lo que el serafín escondía tras sus palabras. Completé lo que quería decir—: cuidarme, ¿no? ¿Cómo vas a ser un serafín y actuar como uno si tienes que cuidarme? ¿Acaso me he vuelto una carga para ti?
—Si fueras una carga me sería mucho más fácil deshacerme de ti —se quejó masajeando su entrecejo.
Me puse de pie y pasé por su lado, con la vergüenza rebosándome por los poros.
—¡Pues eso no me hace sentir nada mejor! —Desconocí mi propia voz cuando grité, deshecha por la humillación—. ¿Por qué no te largas ya y dejas de preocuparte por este par de marquitas? ¿Por qué no me lo haces más fácil y te alejas de mí? Ya no necesito que seas mi perro faldero.
Al instante en que lo dije quise retractarme y pedirle perdón, pero corté el impulso mordiéndome el labio. No pude verlo a los ojos, de modo que no supe cuál había sido su reacción en ese momento. Lo triste es que lo imaginé al oír su suspiro.
—Como digas, Gyuri. Puedo cumplir la mitad de lo que me pides. Dejaré de seguirte como un perro faldero, pero no puedes pedirme que deje de preocuparme por ti, porque no dejaré de hacerlo.
Cyrone se alejó pasando por mi lado y el hilo de fragancia que dejó a su paso me pilló desprevenida. La ira se hizo cada vez más difusa y difícil de sentir. Respiré profundo y me giré para ver lo que hacía.
La maceta de flores campanillas de Delfina se extendió a los lados, generando nuevos capullos luminosos, ahogando la penumbra que nos rodeaba. Cyrone arrancó una de ellas de raíz, justo en aquel punto en que la flor brotaba y luego se teñía del color del oro, áureo hasta el último borde, y recordé las reliquias de Catarbella.
El serafín se volvió a acercar, a paso lento, como si estuviera seguro de que yo estallaría si me tocaba y yo estaba segura de que lo haría, pero quizá no de la misma manera en la que él podía estar imaginando. La pasión estaba a punto de desbordarse por todos mis poros, solo hacía falta que me tocara una vez.
Dejé que me sostuviera la muñeca, y con el tallo enredándose en ella como una pulsera, él la dejó caer.
—Escucha, Gyuri, me iré. No puedo seguir estando... —Se detuvo y cambió el rumbo de sus palabras—. Esta es como cualquier otra flor, basta con que la rompas para que se muera. Puedes quitártela con cuidado si no quieres matarla. Mientras yo esté en el sur, encarnaré esta flor por si tienes algún problema. Te pido, por favor, que la uses si te sientes amenazada.
Observé la flor, cuyo brote seguía latiendo como un pequeño corazón, mezclándose con mi pulso. Mi orgullo cayó derrotado sobre mis pies, rogándome que le brindara una mano antes de que no pudiera volver a levantarse jamás.
—¿Te volveré a ver?
—Flye sabe dónde queda Riorense, con él podrás llegar donde Faraine y...
—Entonces ¿no te volveré a ver?
Se negó a responder.
Él debió haber notado el vacío y el hueco asqueroso que me absorbió el corazón en ese instante.
—Escucha, mira. Óyeme. Cyrone. Dejaré de sentir esto que siento y entonces podremos seguir este camino juntos. —Al ver como su mirada se apagaba, me desesperé—. No, no, no... Te lo juro que puedo, te lo puedo jurar por Nylena que yo dejaré...
Él detuvo mis labios en cuanto los acarició con sus dedos.
—No jures por Nylena algo que no podrás cumplir.
—No es justo. ¿Acaso tú sí puedes cumplirlo? ¿Puedes marcharte y dejarme atrás? ¿Puedes dejar de quererme?
—No lo sé, pero lo intentaré con todas mis fuerzas.
—Te lo haré muy difícil.
Me acaricié a mí misma con su mano. El tensó su quijada como si le doliera en demasía verme de esa manera. Pronto di un paso adelante que me dejó a la altura de su cuello. No avancé más, por miedo a que él retrocediera del miedo. Con una distancia ínfima separándonos, pude oír los latidos de su corazón. Alcé mis orejas para oírlo mejor. Con los ojos cerrados bloqueé el resto de los sonidos, y los gritos de los niños del orfanato se esfumaron de mi mente. Solo existía el exquisito batir de sus latidos expresándome lo nervioso que estaba de tenerme cerca. La ternura y el goce que me provocó ver al serafín eran imposibles de medir. De pronto sentía el control en mis manos, pero cuando quise dar otro paso y posar mi oído en su pecho, él se marchó tocándome levemente el hombro con su cuerpo.
El sueño había durado tan poco que por un segundo pensé que había sido un espejismo. Cuando miré atrás creí que su imagen se desvanecería, probando mi demencia; sin embargo, ahí se encontraba de pie, dándome la espalda. Sus hombros subían y bajaban ligeramente, como si quisiera controlar el desenfreno que yo aún podía oír. Cyrone lo sabía a la perfección: los serafines lo escuchamos todo.
Él abrió la puerta de par en par y se oyó el griterío de los niños al fondo del pasillo, enmudeciendo sus latidos. Todo había terminado.
—Adiós, Cyrone —susurré en un tono casi inaudible, pero supe que él lo escucharía en cuanto alcé la muñeca frente a mí y rocé mis labios con los pétalos de la florecita.
El serafín se tensó y con un hambre animal se volteó en mi dirección otra vez, dejando un portazo detrás de él.
Retrocedí un paso cuando vi que ya lo tenía demasiado cerca como para huir. Él tomó mi rostro con sus manos y el aire que expulsé de la impresión se fundió con su aliento. La calidez de su cuerpo me cubrió completamente. Pese a que demoré en cerrar los ojos en un principio, porque no podía creer lo que estaba sucediendo, dejé caer mis párpados y mi cuerpo en sus brazos. Rodeé su cuello y, en una lucha por obtener más de él, besé su labio inferior, para luego morderlo descargando mis ansias. No fue un beso tierno ni amoroso, fue desesperado, anhelante, salvaje. Abrí mi boca para luchar contra él, intentando arrebatarle todo lo que pudiera.
—Lo intenté, te juro que lo intenté —susurró él contra mi boca con un tono aireado, antes de que yo volviera a ahogarme en sus labios.
Solté una pequeña risa en medio del beso, lo cual hizo que él me abrazara con aún más fuerzas, recorriendo mi cintura. La capucha se deslizó por sus hombros, permitiéndome acariciar su cabello en toda su inmensidad. Su sabor era exquisito. Cyrone me empujó sin querer contra la encimera de Delfina, sobre la que reposaba la única vela que iluminaba la habitación además de las campanillas. Me recosté y busqué su rostro en medio de la penumbra. Cuando lo hallé, abrí mis piernas y las enredé en sus caderas para acercarlo. Él me sostuvo la cabeza para intensificar el beso y condujo mis manos a los botones de su camisa.
Cuando el fuego se extinguió, la oscuridad se hizo penetrante por un par de segundos, pero las campanillas comenzaron a florecer a un ritmo inquietante. Los sarmientos crecieron de la pequeña maceta con tanta insistencia que el recipiente cayó y se rompió apenas tocó el suelo. Las raíces se extendieron enredándose en nuestras piernas, y un par de ellas se coló por debajo de mi vestido. La sensación era comparable a la vez en que deslicé mis manos por mi cuerpo tras la partida de Cyrone, de modo que cuando liberé un suave gemido brotaron unas luces enceguecedoras a nuestro alrededor, danzando como pequeños faroles con vida propia.
Lo que solo podía apagarse con nuestra muerte o separación se convirtió en lo que algunos hubieran podido definir como el sol mismo, dado que la luz que se expandió a nuestro alrededor era tan exuberante que solo nos quedaba cerrar los ojos para protegernos de ella.
De pronto, la puerta se abrió inesperadamente con un leve rechinar, obligándonos a dejar de besarnos de golpe.
Cuando nos volteamos hacia la entrada, una tierna Aeris que entrecerraba los ojos dada la fatigosa luz que había en la habitación, nos vio encaramados uno sobre el otro. Tan rápido como quien ve un indecible en carne propia, volvió a cerrar la puerta y se alejó con pasos estrepitosos.
Mis luces se esfumaron en el aire, dejando un leve hálito de vapor recorriendo la sala. La realidad nos cayó de lleno.