Capítulo 28 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
28
Delfina trató de sacarme de aquel vacío de sonidos en el que me había sumido. Me sacudió levemente por los hombros. Observé el rostro desdibujado de la mujer, que me hablaba asustada de cosas que no llegaban a mis oídos. Respirando agitada, sentí que mi cuerpo se inclinaba hacia un lado y supe que, a pesar de mi inmortalidad, moriría. Moriría.
Corrí hacia el pasillo con la bufanda en mis manos. En el camino me encontré con varios niños que, aterrorizados por la expresión de mi rostro, se apartaron para abrirme paso. Subí al ático y me desplomé en el suelo. Al levantar la prenda, mis manos temblaban como si no fuera liviana en lo absoluto. Me sostuve la cabeza para contener las emociones e intenté recapitular: no era solo un instinto, ni una excusa para quedarme; Xylo sí tenía a Nym en algún lugar. Lo había visto, al menos; buscaba amenazarme con él, eso era seguro.
El impulso me dominó cuando me puse de pie, decidida a enfrentar a ese hombre y destrozarlo con mis poderes. Sin embargo, me detuve antes de abrir la compuerta. El recuerdo de sus dedos asfixiándome aún se sentía fresco en mi piel, las yemas ásperas empujando contra mi garganta y hundiéndose en ella. Me sostuve el cuello y retrocedí tambaleante hasta la cama, donde me dejé caer. El gato que dormía maulló en un sobresalto.
Su voz deshumanizada resonó en mis oídos, distorsionada y enfadada. No procesé las palabras de Chuckles; simplemente me giré lento para mirarlo. Al verme, su semblante cambió, y su espalda y cola se erizaron.
—Y a ti ¿qué te pasa? ¿Acaso te extraña que duerma todo el día? ¿En qué te afecta?
Subí ambas piernas a la cama y me abracé. Acerqué mi muñeca, rodeada de la florecita palpitante, a mi rostro y comencé a susurrar con voz entrecortada:
—Cyrone, vuelve, por favor. No sé qué hacer... tengo tanto miedo. No puedo ir con Xylo, pero él... él me ha enviado la bufanda de Nym. Él sabe dónde está, lo tiene. Por el Empíreo, Cyrone, aplastaré todos mis sentimientos por ti y no dejaré ninguno. Vuelve, te necesito, vuelve, por favor. Te lo ruego. Ya no te querré, te lo juro... Solo vuelve a mí.
—Rogándole a una flor que Cyrone vuelva. Las hembras de la especie humana son las más ilusas, y eso que tú ni siquiera eres una —dijo Chuckles, pero lo ignoré—. No sé quién sea Nym, pero puede tratarse de cualquier bufanda, y si fuera de él, pudo simplemente haberla perdido. Usa la cabeza.
Oír a Chuckles me arrancó de aquella burbuja de ansiedad.
—No lo sé, Chuckles. Algo me dice que es de él.
—Pues, entonces ve a buscarlo y deja de temblar.
Suspiré y me encogí aún más en la posición en la que me abrazaba. Lo que decía Chuckles tenía sentido. Una serafina era capaz de controlar a las personas con el poder de su palabra; no obstante, no podría hacer mucho si se le cubría la boca o se le cerraba la garganta. Mis habilidades de defensa eran escasas, y mi cuerpo seguía siendo débil y torpe.
—Tengo miedo de Xylo —admití.
El gato se estiró y caminó con solemnidad hasta invadir mi espacio personal subiéndose a mi falda y rompiendo el abrazo que me daba a mí misma.
—Si eres una serafina, enfrentarte a un hombre común debería ser tan sencillo como para mí lo es escalar un árbol.
Lo miré directo a los ojos dilatados.
—¿Y qué me pasará si todo sale mal? ¿Qué sería capaz de hacerle ese hombre a Nym?
Nos quedamos en silencio por unos segundos.
—Si yo me caigo de un árbol, siempre caigo de pie. Soy un gato doméstico, fui diseñado para sobrevivir. ¿Qué hay de ti?
Me enderecé un poco, dejando que la ira ocupara el espacio del terror.
—Estoy seguro de que también caerás de pie —dijo Chuckles.
Con la resolución de ignorar mis miedos e ir en busca de pistas, saqué mi traje limpio del cajón, aquel con el que había llegado a Dregonia, y me vestí con él.
Cuando las luces y fogones se extinguieron por completo, descendí las escaleras y me deslicé por el pasillo camuflada en el silencio de la noche. Antes de poder escapar, una figura oscura me sorprendió. Sobresaltada, apenas alcancé a vislumbrarla por el rabillo del ojo. Cubrí mi boca para sofocar cualquier grito involuntario.
—Polett —suspiré cuando lo reconocí en la salida de la casona, vestido e impecable como si me hubiera estado esperando.
—Vas a por el comandante. Déjame que te acompañe. No hay nadie en Melcior que conozca las estancias de la Guardia de Dregonia tan bien como yo.
—No voy a ir. ¿Quién te dijo eso?
—Delfina me contó que te llegó un mensaje del comandante, o más bien lo escuché cuando se lo mencionaba a Aeris. Tu reacción era previsible. Déjame que te acompañe.
—¿Es que acaso has estado ahí, siquiera? —pregunté, aun sabiendo la respuesta.
—He preguntado por todos los detalles a mis compañeros. Además, desde que aprendí a leer me he memorizado los instructivos, las guías, los documentos...
—Por esto es que Xylo prohíbe a los niños leer. Escucha, Pol, no te llevaré conmigo. No insistas, porque te cansarás. Es peligroso y tú eres pequeño. Tengo más que prisa, esto no es un juego de espionaje, adiós.
No creí que necesitara más razones, así que lo pasé por alto al salir, no había tiempo que perder. Sin embargo, logró detenerme aferrándose al borde de mi capa. Me giré, aunque no del todo.
—¿Qué encontraste en el mensaje del comandante? —preguntó.
—Eso no necesitas saberlo —respondí, dispuesta a que se enfadara y se rindiera.
—¿De verdad crees que podrás enfrentarte a él sola? —susurró, siguiéndome cuando decidí seguir caminando—. Si quieres lograr algo, necesitarás llevar a alguien que te proteja. ¡Yo puedo hacerlo!
Me detuve y lo observé hasta convencerme de que realmente hablaba en serio; para evitarle desilusiones, decidí forzar una sonrisa. Sin embargo, al darme cuenta de que él no tenía la intención de devolver el gesto, negué con la cabeza. Volví a caminar.
—Me duele rechazarte, Polett, pero esto es demasiado.
—¡Me necesitas! ¡Solo yo sé sobre los pasadizos del castillo! ¡Sé llegar a la oficina de Xylo! —insistió con un berrinche, lanzándose al suelo mientras jalaba de mi capa. Me hizo tambalear—. Por favor, Gyuri, he practicado toda mi vida para esto.
—Nueve años de práctica no son tantos, Polett, practica un poco más.
El niño cayó cuando sacudí la tela y se soltó de ella. Me giré preocupada, temiendo haberle lastimado sin querer, pero en un instante fugaz él ya estaba de pie.
—No me estás entendiendo. Esto es lo que me hace seguir adelante. Es la razón por la que sigo vivo. Quiero entrar a la Guardia, que el comandante me apruebe, saber todo sobre él. Te prometo que no molestaré, pero si existe una sola cosa que podría descubrir sobre los secretos que esconde, quiero saberla.
Las llamaradas que vi en los ojos verdes del pequeño me pusieron la piel de gallina. No pude evitar recordar la mirada de Nym. El remordimiento me invadió y, aunque creí tener la fuerza suficiente para rechazarlo otra vez, solté algo que pareció un suspiro para tranquilizarme. El niño interpretó ese gesto como una aceptación, así que sonrió y corrió hacia la puerta.
Nos subimos al bote y dejé que Polett me ayudara a remar. Trazamos nuestro camino hacia las zonas limítrofes de la ciudad, donde en el horizonte se levantaban los castillos de piedra en los que se reunían los guardianes de Dregonia.
El castillo lucía majestuoso al fondo de la ciudad, con sus techos puntiagudos alcanzando el límite del domo como un roble formidable e indestructible. Me quedé boquiabierta por la impresión, pero al llegar a la orilla volví en mí y miré a mi lado. Vi las constelaciones brillantes reflejadas en los ojos de Polett, quien contemplaba el castillo como si fuera el verdadero cielo perdido.
—Toda mi vida soñé con este momento —afirmó solemne, tras un suspiro novelesco.
Me guardé las ganas de recordarle que solo había vivido nueve años, porque de seguro había sido un tiempo demasiado largo para él.
Entramos al castillo a través de un pasadizo secreto señalado por Polett, y avanzamos siguiendo las indicaciones que el niño conocía al dedillo. Incluso me relató la historia detrás de la construcción del castillo, y cada vez que le preguntaba cómo sabía tanto, a pesar de ser la primera vez que entraba allí, él sonreía travieso.
No me sorprendió tanto la escalinata infinita que tuvimos que subir, tampoco que en cada espacio de la pared se colgara una lanza, un mazo, un bate o cualquier otra arma. Lo que realmente me causaba curiosidad eran las enormes puertas que, con una altura equivalente a tres personas apiladas una sobre otra, se alzaban ante nosotros. ¿Para qué eran tan altas? ¿Por qué el fuerte carecía de ventanas? ¿Y por qué no había velas que iluminaran el lugar?
—Esta de aquí es la oficina del comandante —susurró Polett cuando llegamos a una puerta tan alta como ancha, absurdamente adornada con cabezas de piedra talladas como dragonartos.
Acerqué la lámpara a la puerta para descubrir que, como ya podíamos imaginar, estaba cerrada con llave.
—Oh, maldita sea. Y ahora ¿qué? —me ataqué tratando de forzar el pomo. La cerradura fortificada de hierro se burló de mí, resistiendo con su solidez la escasa fuerza que yo tenía.
—Esperaremos a que llegue y abra la oficina, ahí nos podremos escabullir en el interior —respondió el niño.
—Tengo una tendencia a atraer a niños con ansias de buscar problemas.
Me senté en el suelo, apoyada contra la puerta y consciente de que Xylo y sus soldados no llegarían hasta dentro de unas horas, cuando despertaran los dragonartos. Polett se deslizó a mi lado, observándome con atención, como si esperara que yo tomara alguna acción.
—Gyuri. ¿Por qué no los usas?
—¿A qué te refieres?
—A tus poderes mágicos. Con ellos podrías abrir esta puerta con facilidad.
—¿Qué quieres decir con eso? —Me desentendí.
—Tú también tienes magia, como Rydel, ¿no es así?
—¿Magia? No tengo idea de lo que estás diciendo.
—Oh, no. Ustedes no pueden engañar al futuro comandante de la Guardia de Dregonia —exclamó Polett—. Lo mismo trató de decirme Rydel, que el hecho de que un viento sobrenatural me hubiera elevado antes de que me cayera al agua, era una casualidad más. ¡Obra de la diosa Nylena! ¡Patrañas! ¡Es magia! ¡Tal vez magia negra!
Decidí respirar con calma. Si reaccionaba más de lo debido, podía delatarme. Era mejor que creyera que el control del viento fuera magia y no un poder celestial. Pensé en la forma en la que regañaría a Rydel por ponerse en riesgo de ser descubierto.
No me tomé muy en serio lo que me decía, al fin y al cabo, era un niño con vasta imaginación. Recosté mi frente sobre las rodillas, pues el cansancio comenzaba a acabarme poco a poco. Al ver que yo ignoraba su consejo, él decidió hacer algo que por poco me deja sin aliento.
Polett tiró de mi capucha hacia abajo, dejando al descubierto mi cabeza. Cuando intenté cubrirme para ocultar mis características, ya era demasiado tarde; el niño ya había visto mis cuernos y orejas en todo su esplendor. Me apresuré a apagar la lámpara, sumiendo todo en la oscuridad. Mi visión se agudizó, permitiéndome ver a pesar de la penumbra. Observé cómo Polett se tapaba ambas orejas, con la cabeza gacha.
—Si empiezas a darme órdenes, voy a gritar —me amenazó con la mirada perdida en la oscuridad—, y no seré capaz de escucharte. En cambio, alguien allá afuera sí me escuchará. Le gritaré al resto lo que eres.
Si bien Polett siempre había destacado por su valentía, ahora me sorprendía por ser un verdadero temerario. Me estaba enfrentando aun cuando probablemente, y por la posición en la que se cubría los oídos, sabía que yo era un indecible.
—Polett, no hay personas cerca. Si gritas, nadie te va a escuchar.
Por la forma en que comenzó a gritar para no escuchar mis palabras, comprendí que no podría razonar con él a menos que le prometiera que no le ordenaría perder sus recuerdos. Con ese pensamiento en mente, volví a encender la lámpara y asentí ante él.
No comprendía del todo por qué, pero Pol se quitó las manos de los oídos, confiando totalmente en mi palabra, como si aquella me hubiera condenado. Tal vez no era tan profundo, tan enrevesado; quizá tan solo confiaba en mí. Le sonreí tras la luz de las velas.
—¿No me tienes miedo? —le pregunté y mis orejas se bajaron.
—Rydel jamás me hubiera hablado tan lindo de alguien vil —confesó, y al segundo se cubrió la boca con ambas manos.
—Oh, vale. —Me puse la mano en la frente, al imaginar hacia dónde iba aquello—. Ahora me confirmas que Rydel te contó sobre mí, sobre mis cuernos y demás cosillas. Porque no me cabe en la cabeza que un niño no grite de terror al ver una criatura como yo.
—¿Terror? Vaya, Gyuri, no eres consciente de ti misma —murmuró—. Yo creo que poder mostrar esa cornamenta, como una corona, es un privilegio. No entiendo bien lo que eres, ni lo que es Rydel, pero estoy seguro de que ustedes son muy poderosos.
Me volví a sentar en el suelo, tratando de reprimir la sonrisa que se me había formado. Tal vez él tenía razón, pero me era insólito estar recibiendo consejos de un pequeño; probablemente los niños eran la verdadera voz de la razón, y hasta ahora tan solo había sido una estúpida adulta de oídos sordos.
—Y no debes enojarte con Rydel, él y yo nos hemos vuelto mejores amigos, y los mejores amigos no se guardan secretos, es una regla.
Lo vi caer a mi lado una vez más. Conversamos mientras la tenue luz de la vela se extinguía lentamente. Le conté sobre los cuatro serafines y, aunque no parecía creerme del todo, me observaba con una tremenda admiración.
No me importaba que pensara que era solo otra novela, una historia que había surgido de mi mente y que había dejado salir para él. Sentía alivio al no tener que mentirle, al poder decirle quién era sin reservas, sin una capucha que me hiciera sudar.
—Crecí con humanos, con mis padres y un hermano menor —murmuré, habiendo decidido revelar un poco más.
—¿Dónde están ellos?
—No lo sé, Pol. Mis padres desaparecieron de mi casa un día, como si fueran espejismos. Mi hermano, por su parte, abandonó la ciudad y se fue solo. Todo alrededor de ellos es un misterio para mí. Ahora tengo una pista sobre su paradero; Xylo me envió los restos de su bufanda.
—¿Qué tiene que ver el comandante con tu hermano menor? —me preguntó, levantando una ceja.
—Eres tú quien sabe inventarse las teorías, pequeño. —Le sonreí—. Eso es lo que quiero descubrir viniendo aquí.
Pol se quedó en silencio por un momento, como si sus pensamientos lo absorbieran. No podía ocultar nada de su rostro, ni una sola emoción, y eso era lo que más me gustaba de él.
—Entonces sí que tienes poderes, ¿verdad? ¡Eso quiere decir que puedes abrir esta puerta!
—No sé hacer gran cosa con mis poderes, Polett.
—¿Me vas a decir que con tanto poder en manos no has practicado en lo más mínimo? —me acusó, y su voz se oyó como un golpe que no me alcanzó, pero que sí me dolió.
No supe cómo explicarle que crecí pensando que era una inútil, que no tenía ningún poder especial del que el mundo dependiera. Vivir de esa manera era más reconfortante; había menos responsabilidades, menos muertes de las que culparme. Me callé y me quedé hecha un ovillo en el suelo durante tanto tiempo que Polett al final se hartó y se levantó de un salto.
—¡Vas a superarte ahora mismo! —me gritó, apuntándome con el dedo—. Te han tratado como no deberían. Condescendientemente, cuidándote como a un bebé; pero no eres un bebé, eres una mujer creadora. ¡Ahora mismo te lo voy a enseñar!
Me insistió a pesar de que le dije que, por más que lo intentara en el pasado, no había sido capaz de producir nada más que unos cuantos truenos y relámpagos, luces involuntarias y lluvia. Después de unos minutos de insistencia, el pequeño Pol perdió la paciencia conmigo.
—Si lo que me estás diciendo es verdad, entonces eres una egoísta, una serafina inútil que permite que la humanidad sufra. Si no fuera por ti, los dragonartos no harían hasta lo imposible por entrar a la ciudad. Han muerto muchos por culpa de esos reptiles. Mi abuelo era un guardián de primera y, aun así, murió devorado por uno de ellos. ¡¿Tienes idea de lo que pasa cuando te niegas a actuar?!
Oh, claro que lo sabía, lo había visto, y aunque me atormentó por un tiempo había logrado enterrarlo. Tal vez Cyrone tenía razón después de todo, los serafines nos distraíamos de nuestras obligaciones cuando dábamos cabida al amor. Sin embargo, ese pequeño estaba siendo cruel y yo ya me sentía lo suficientemente inútil como para necesitar que un humanito me lo recordara.
—No me grites, Polett. Ya te gustaría a ti estar en mi lugar, pero no durarías ni un día. —En aquel momento yo era una estúpida serafina inmadura y victimista. Se lo hice saber—: Yo no tengo la culpa de la muerte de tu abuelo. Yo solo vivía mi vida como me la enseñaron. De un día para otro me quitaron mi vida, mi gente, mi hogar y mi identidad. No tienes idea de lo difícil que ha sido para mí...
El sonido de la bofetada que me propinó Pol fue lo primero que me alertó. Luego vino el dolor, una ardiente sensación que me hizo temblar de impotencia. Miré al niño nuevamente, apretando los dientes mientras me acariciaba la mejilla.
—¿Cómo te atreves a golpearme?
—Reacciona, Gyuri. El tiempo se acaba.
Como si no hubiéramos peleado, el niño acercó su rostro al mío, tomándome de las mejillas y apoyando su cabeza en la mía.
—No me iré de este castillo si no aprendes, por las buenas o por las malas, a usar tus poderes de manera digna. Ya sabes lo que duele mi mano pese a que solo tengo nueve años.
Sonreí con ironía y me eché hacia atrás.
—Mira como suenas con solo nueve años.
—Te lo advertí cuando nos conocimos. Soy feroz, Gyuri. Y si yo fuera el serafín del cielo, las cartas ya estarían jugadas.
—¿Qué pretendes que haga? —le pregunté arrodillándome en el suelo—, ¿quieres que haga una llave maestra? ¡¿Con lluvia?!
—Una llave maestra estaría bien. Concéntrate en crear algo sólido. Cierra los ojos, carajo.
—Cyrone se va a enterar de cómo tratas a los adultos, Polett —respondí cerrando los ojos, concentrando mi poder de alguna manera.
Algo sólido, debes crear algo sólido, quise pensar, pero ya estaba rendida desde un principio. Había hecho llover, electrocutado a serafines; sin embargo, no había sido capaz de crear materia sólida de la nada.
Suspiré de fastidio y agaché la cabeza. Polett se me acercó otra vez y me alzó de los cuernos.
—Gyuri. No hay nada como el cielo, eso me decía mi abuelo. Porque el mar es inmenso, las tierras son extensas y el aire parece no agotarse jamás. Pero lo hacen, se agotan, se acaban. El cielo no. El cielo es infinito.
Abrí mis ojos nuevamente y quise llorar. No entendía por qué, solo sentía cómo el dolor se acumulaba en un espacio de mi pecho.
—Es infinito —repetí con la voz quebradiza.
—Por eso te cuesta más que al resto de los serafines. Porque tu poder es enorme, digno de una persona fuerte y valiente.
—Pero yo no soy una persona fuerte ni valiente.
—¡Pues, selo! —vociferó el niño con tal fuerza que su voz resonó en toda la estancia, dejando un eco persistente.
Cerré los ojos con firmeza y me obligué a tomar una decisión. En cuestión de segundos, transformé mi posición de derrota en un símbolo de fuerza. Cuando por primera vez pude percibir que un poder emanaba de todo mi cuerpo, que era capaz de crear lo sólido con mi magia, alcé la mano y lo dejé salir. Fue doloroso, pues los poros de mi palma se rasgaron. No quise abrir los ojos por miedo a que desapareciera.
Finalmente, lo miré entre mis manos: una roca pequeña, rugosa, de color café y burdeo. Estaba acribillada, con una superficie áspera y polvorienta. Era mi creación, pero tan diminuta que ni siquiera alcanzaba el tamaño de una concha marina.
La aprecié bastante tiempo, hasta que Polett estalló de la risa y esta se me contagió al instante.
—¡Polett! ¡No te rías de lo mejor que puedo hacer en este momento! —le recriminé, aunque yo todavía reía al compás de sus carcajadas.
—¡Es mucho mejor que nada!
Exhalé todo el aire de tanto esfuerzo y contemplé la roca que había creado de la nada. Con la boca entreabierta, volví a mirar a Polett, quien lucía orgulloso de mí. De pronto, su expresión cambió. Observó la roca en mi mano y luego la puerta. Sin explicarme nada de su plan, me arrebató la piedrita y, con determinación, la encajó en la cerradura.
—¡Nylena! —grité de la impresión—. Sí que eres un niño, al fin y al cabo. ¡Esa roca no tenía forma de llave! ¿Qué se supone que has hecho?
—Es el tamaño perfecto para encajarlo en la cerradura.
—¿Y eso qué? Destruiste la cerradura, ahora ni siquiera podremos abrirla.
—Pues, que no abriremos la cerradura, Gyuri. La explotaremos desde el interior.
Vi esa llamarada ardiendo en sus ojos otra vez mientras me miraba. Lo que decía me pareció absurdo, pero de alguna manera su tono lo hizo sonar posible. Por eso, decidí seguir sus indicaciones. Adopté mi posición de poder —o al menos la que creía que era— y me concentré en infundir vida en la roca, siguiendo el ejemplo de Cyrone con las plantas, raíces y sarmientos.
Estaba tan tensa que Polett me dio un golpecito en la espalda para relajarme. Exhalé y volví a inhalar, tratando de liberarme de las cadenas que mi pesimismo había inventado y que ahora me frenaban.
Cuando la roca comenzó a expandirse, la cerradura se deformó desde el interior. Lo supe porque sentí en cada centímetro de mi piel el metal luchando por no doblarse, hundirse o ceder. Polett me animaba con porras y vítores, pero yo me había convertido en la roca. Solo era yo, encerrada en el fondo de una cerradura, deseando salir. El mecanismo que mantenía la puerta cerrada se destrozó, y la roca encajada lo reemplazó con un tamaño más prominente, ahora del tamaño de la cabeza de Pol.
Me costó volver a ser consciente de mi cuerpo, pero cuando me encarné nuevamente, Polett ya había empujado la puerta para entrar. Lo seguí, algo descolocada, mirando mis manos, impresionada de lo que había podido hacer.