Capítulo 3 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Desperté otra vez.
Estaba desorientada en mi lecho, queriendo aferrarme a la idea de que todo había sido una pesadilla, pero el dolor en mi cabeza y en mi espalda agotaron pronto esas esperanzas. ¿Cómo había regresado a casa tras la caída? Si fueron mis padres quienes me rescataron, ¿cómo pudieron llegar a encontrarme?
No sentía alivio por despertar. Me encontraba sola en la habitación, y al recordar el motivo por el que me había caído de la flor me puse de pie y corrí a la cama contigua. La destapé con la ilusión de encontrar a mi hermano allí, pero su ausencia me quitó el aliento. No había rastros de él.
Salí apresurada en busca de mis padres, pero las fogatas en el salón estaban apagadas, sin ningún atisbo de haber estado encendidas. La única fuente de luz que me permitía distinguir la presencia de los muebles era el resplandor de las luces del árbol afuera.
Encendí una vela y me espanté al hallar una figura alta y esbelta, cubierta con una enorme capa oscura, en una de las esquinas de la sala. Cogí aire y me sostuve el pecho con los ojos muy abiertos. Levanté la vela y me acerqué a esa cosa. Me costó darme cuenta de que se trataba de un hombre. ¿Papá? No... Papá no es tan alto.
Cuando se movió, un quejido abandonó mis labios y retrocedí. La persona había alzado las manos para tratar de calmarme.
—Gyuri... —susurró una voz grave que me erizó la piel.
No pude ver su rostro con claridad, solo unos ojos de iris púrpura que resaltaban en la oscuridad. Como comprobé que era un joven desconocido, busqué un cuchillo a mis espaldas sobre la pequeña caldera, contra la que choqué. Levanté el arma con el pulso agitado y la apunté hacia él.
Los ojos de aquel hombre se apagaron cuando me vieron blandir el arma. Parecía decepcionado. Bajé levemente el cuchillo cuando vi que no tenía intenciones de atacarme, pero no lo solté. No me iba a confiar del todo.
—¿Dónde están mis padres? —Intenté disimular el miedo cuando hice la pregunta, pero el temblor en mi voz me delató—. ¿Quién eres?
El viento arremetió contra las paredes, haciendo crujir la madera que circundaba las pequeñas ventanas. El joven alzó la vista hacia el techo.
—No puede ser. Neblina... —masculló él, sin responder mi pregunta.
—¿Qué? ¿Quién? —susurré, antes de sobresaltarme por un súbito remezón que hizo crujir la casa por completo.
Una de las ventanas fortificadas cedió ante el viento y entró una ráfaga de nieve.
—Escucha, sé que no sabes quién soy, pero si no quieres salir disparada por un huracán, confía en mí y cógeme de la mano. —El hombre extendió su mano hacia mí, pero yo no hice más que retroceder.
¿Un huracán? ¿De qué habla? ¿Cogerlo de la mano? ¡Jamás!, gritaba mi mente.
La casa se vio envuelta en estruendos provenientes de los golpes de los vendavales. Luego, la fachada se desprendió y la estructura se desmoronó. El mobiliario se elevó del suelo junto con mis pies. Mi cuerpo entero, pequeño y endeble, fue lanzado al aire y se unió a un remolino de viento tan agresivo como una tempestad.
Floté en círculos repetitivos, observando cómo todas las migajas de mi hogar se fragmentaban y volaban a mi alrededor, arremolinándose y chocando contra mí. Mis libros, los abrigos rojos de Nym, los pequeños recuerdos que había conservado, la leña sin consumir, los trozos de vidrio de las ventanas rotas... y mi libro abollado.
¡Mi libro! ¡Mi libro volvió a casa conmigo!, pensé. Lo alcancé con la mano y lo abracé como pude.
—Te en... con... tré. —Una voz desconocida y femenina resonó amplificada en la atmósfera. A pesar de que era casi un susurro, se escuchaba en todas partes.
Incluso cuando me vi devuelta al suelo con suavidad, me tambaleé por el mareo. Enfoqué una extraña figura en el aire: una mujer flotaba sentada con las piernas cruzadas con cada pie ubicado sobre el muslo opuesto. Su corto cabello negro revoloteaba sobre sus ojos de iris amarillo. Sin embargo, lo que más me sorprendió de su aspecto fue que llevaba dos cuernos espirales en la cabeza y sus orejas puntiagudas y largas también eran idénticas a las mías.
Me giré hacia el lado opuesto, paralizada por el miedo. Mi casa yacía hecha pedazos, con los restos del mobiliario tallado por mi padre esparcidos detrás de mí. Al mirar a la extraña mujer, llegué a una conclusión que cobró sentido.
—¡Qué hiciste! —grité, agazapada—. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están mis padres?
Tenía que ser una pesadilla: dos desconocidos de apariencia sospechosa, y entre ellos una mujer que podía flotar, nos habían invadido. De mis padres no quedaba ningún rastro.
Escudriñé a mi alrededor, pero no pude encontrar al misterioso joven que había aparecido en mi casa apenas un minuto antes.
La desconocida ladeó la cabeza, sin apartar las manos de sus rodillas.
—Pobrecilla, ¿te has asustado? —Su susurro martilló mi cerebro y retrocedí dos pasos.
Al hacerlo, unas pequeñas manos se aferraron a mi cuerpo y me sostuvieron de los brazos, lo cual me obligó a soltar el libro rojo. Me tiraron hacia abajo para aprisionarme. Cuando los vi, supe que eran niños. Intenté zafar, pero eran diez, o quizá un poco más de los que podía ver. Enterraron sus dedos en mi piel. Vi que tenían cuernos incipientes, recién brotados de sus cabezas. Aquellos cuernos miraban al frente y no eran curvos como los míos o como los de esa mujer.
—¿Dónde están mis padres? —balbuceé una vez más.
—Ya deja de actuar como una estúpida, los humanos no son nuestra familia. Tenemos que terminar lo que se empezó, vamos.
La miré helada, mientras los demás niños me marcaban la piel de los antebrazos.
—¿De... de... de qué estás hablando? ¿Quién... qui... quién eres tú?
—Neblina —dijo una voz aguda, y luego se le unieron muchas otras—. Neblina, Neblina, Neblina.
El coro de los niños se incrementó con la fuerza del viento. Siguieron jalándome hacia abajo, hasta que mis rodillas tocaron el suelo.
—¡Inclínate ante la tormentosa serafina del aire! —dijeron.
¿Serafina? Aunque la idea no parecía tan descabellada, especialmente al considerar que la veía flotando en el aire, negué con una sonrisa incrédula.
—Serafina del aire... ¿Aestus? —dije, riendo con nerviosismo—. Aestus era varón y se quitó la vida, por favor, luego de haber acabado con la diosa Nylena. ¿Crees que soy una ignorante? No me subestimes.
Ella pestañeó un par de veces, desvió la mirada hacia un lado y luego rodó los ojos en mi dirección. Irradiaban cierta decepción.
—¿Ser varón? —Ahora sus palabras expresaban un claro asco—. ¿Quitarme la vida? ¿Por qué cometería tal aberración? —me preguntó de manera retórica. Luego sonrió con malicia—: ¿Y qué te hace pensar que estaría aquí, en tierra firme, si la diosa Nylena estuviera realmente «muerta»? Tantos años bajo tierra te habrán quitado lo poco que tenías de cuerda...
La observé con la boca entreabierta, mientras el terror y la sorpresa se deslizaban como serpientes gélidas por mis entrañas. Di un paso adelante cuando la mera idea cruzó mi mente:
—La diosa Nylena está viva... ella vive igual que los cuatro serafines.
Susurrando esa conclusión, que aún me arrebataba la cordura, me esforcé por levantarme. Mi intento fracasó en cuanto los niños clavaron sus uñas en mi piel, haciéndome gritar de dolor al cercenarla. Traté de apartarlos con un manotazo, pero solo logré que me mordieran. Mi sufrimiento aumentó.
Mientras luchaba por liberarme de sus garras y dientes, alguien me empujó por la espalda y casi caí. Los niños se apartaron de golpe y un pedazo de tierra, que se formó de la nada y se elevó hasta terminar en punta de forma violenta, apareció a mi costado. Sí, apareció de súbito, y antes de que pudiera asimilarlo, otro surgió a mi lado. Alguien desconocido me rodeó con su brazo y me atrajo hacia sí para apartarme de los filosos tumultos.
Muchos otros similares brotaron de forma sucesiva, hasta que me encontré en medio de un círculo formado por lanzas de tierra.
Aislados, el hielo a nuestro alrededor se quebró, dejándonos en el centro de una circunferencia. Todo el suelo fuera de nuestra área se hundió, provocando la caída de los niños. Escuché con horror sus gritos mientras caían al vacío.
—¿Cyrone, acaso? ¡Oh! No me alegro de verte —vociferó Neblina—. Mira cómo has matado a esos niños, tratando de hacerte el bueno.
El desconocido, que todavía me sostenía para evitar que me cayera al precipicio, suspiró. Su aliento rozó mi oído y un escalofrío recorrió mi espalda. Por impulso, intenté alejarme, pero mi movimiento fue torpe y terminé tambaleándome al borde del abismo. Por suerte ese ser —que al parecer se llamaba Cyrone— me agarró del antebrazo con firmeza. Cuando lo vi de frente, parcialmente suspendida hacia atrás, vi bajo la capucha sus labios curvados con ligereza.
—No los maté. Ellos están allí abajo; solo hundí un poco el suelo —bufó en tono grave.
Jaló de mí con suavidad para ayudarme a ponerme de pie, y entonces susurró en mi oído.
—Si quieres confiar en mí, salta en mi dirección. No te dejaré caer.
Me quedé tiesa como un palo, sin entender a qué se refería, hasta que dio un salto hacia atrás para cruzar el precipicio que lo separaba del otro lado con una agilidad sorprendente.
Neblina soltó una carcajada que me ensordeció por un momento debido al amplificado sonido de su voz.
—Por supuesto que escuché lo que le dijiste, Cyrone. ¿Crees que te va a hacer caso y te va a seguir solo porque tú se lo sugieres? —espetó ella.
—No voy a forzarla a venir conmigo como tú —respondió Cyrone.
Al oírlo, me obligué a tragar saliva. Me giré para mirarlo, preguntándome si él quería ayudarme. ¿Fue él quien me trajo a casa después de mi caída? ¿Qué hacía él en Riveria justo en ese momento? ¿Qué clase de poderes tenía para poder hundir el suelo y formar las lanzas de tierra que ahora me protegían? ¿Podía confiar en él?
La capucha le cubría toda la cabeza, y aquel manto oscuro ondeaba con la brisa. El enigma que transmitía su postura me dejaba sin palabras y mi corazón latía desbocado.
—Caelum. Cyrone no quiere ayudarte, solo quiere impedirte que hagas lo correcto. Escucha, las lanzas del Empíreo están listas y dispuestas para nosotros. Lo están desde el Gran Diluvio. —Neblina se acercó, pero un pico de tierra se interpuso en su camino—. Él es el malo aquí. Él no quiere que este mundo renazca. —La serafina bordeó el obstáculo—. Ven conmigo. Sé que debes estar aturdida... Tenemos que ascender a Catarbella, tienes que ver a Nylena.
La miré, confundida. ¿Las lanzas del Empíreo? ¿Ascender a Catarbella? ¿Serafines? No podía pensar con claridad.
Miré a Cyrone con más atención, pues no parecía tener la intención de contradecir lo que Neblina decía.
—¿De qué están hablando? ¿Quiénes son ustedes? —pregunté aterrorizada—. ¿Por qué vinieron? ¿Qué quieren de mí?
Neblina extendió su mano y un montículo más de tierra la empujó hacia abajo. Yo quería a mi mamá. No había otro pensamiento que pudiera formular. Quería despertar de esa pesadilla.
—¡Mírame! —vociferó Cyrone—. Vi a Nym correr en la superficie. Debes ir a buscarlo. Te aseguro que si vas con Neblina jamás volverás a verlo.
¿Nym? ¿Cómo conoce este hombre a Nym? Me detuve al oír sus palabras. Una corriente helada me subió de los pies a la cabeza.
—¿Conoces a Nym? —le pregunté temblorosa—. ¿Sabes dónde está?
Cyrone demoró en darme una respuesta, pero no despegó sus ojos de mí.
—No. No sé dónde está, pero sé quién es y cómo podríamos encontrarlo —respondió por fin.
Sin querer, vislumbré detrás de él mis pertenencias rotas. Mi hogar estaba deshecho en escombros, cubierto de la escarcha que desprendía el árbol que solía cubrir la casa y que ahora estaba torcido. ¿Cómo podría confiar en Neblina? Ella me había arrebatado mi vida. Era incapaz de creer que quien me había destruido podía curarme.
A unos pasos de Cyrone vi el libro rojo entre los escombros, que había soltado cuando los niños me atacaron. Recordé mis sueños, lo mucho que quería escapar de Riveria. Pensé en lo feliz que sería si me reencontraba con mi hermanito, en lo destrozada que estaría si le pasaba algo allá en la superficie. El peligro del que me advertía mi madre era lo último que me importaba, solo quería salvarlo a él.
—¿Me ayudarás a buscar a mi hermano? —le pregunté a Cyrone por última vez.
Asiente, por favor, clamaba mi corazón. Si me dices que sí, iré contigo a donde sea. No importa que me hagas daño o que no quieras realmente mi bien. Solo ayúdame a encontrarlo. Ayúdame a encontrarlo..., rogué con la mirada.
Los ojos cansados de Cyrone se apaciguaron al ver mi rostro.
—Sí, lo prometo —contestó.
Sonreí, aunque no me sentía feliz. Tomar una decisión en esas condiciones era enervante. Aun así, decidí dar el salto hacia Cyrone desde el borde. Al hacerlo, dado el enorme precipicio que nos separaba, mis pies tocaron el aire; sin embargo, cuando creí que caería al vacío mi pie encontró tierra firme. Cyrone, con sus extraños poderes, estaba formando un sendero para mí a cada paso que daba, y recordé su promesa: «No te dejaré caer». Me extendió su mano para que me apoyara. Una vez llegué a su lado, lo solté para ir detrás del libro rojo.
Apenas recuperé mi tesoro un viento me atrajo hacia el lado contrario. Retrocedí en el aire y Cyrone no pudo evitarlo; volé hasta quedar bajo el cuerpo flotante de Neblina.
Me estampé en el suelo y, aturdida, me incorporé para comprobar hacia dónde había volado. Al hacerlo, la tierra debajo de mí trepidó, emitiendo un sonido sordo. Miré con arrobo los carámbanos de hielo que temblaban sobre nuestras cabezas, amenazando con desprenderse. El hielo en el que estaba se resquebrajó, intensificándose el movimiento.
—Vas a jugar, Cyrone —masculló ella—. Pues juguemos.
Miré a Cyrone, que estaba de brazos cruzados sobre el hielo. El viento comenzó a agitar su capa, pero él permaneció imperturbable en su posición.
—No puedes levantarme con tu viento, Neblina. Puedo pesar más que mil rocas juntas.
¿Era un poder suyo el de aquel sismo? El tumulto de tierra congelada sobre el que estaba recostada se separó del resto, me arrastró hacia arriba y se estiró hacia la superficie. Me sostuve de los bordes de la plataforma, agachada y mareada por el vértigo. Neblina, que probablemente no esperaba ese movimiento, intentó elevarse para perseguirme, pero se detuvo al ver que los carámbanos filosos caían sobre ella como un diluvio.
Mientras ascendía a gran velocidad, presencié cómo Riveria se derrumbaba. El techo que antes nos cubría, con diamantes y hielos puntiagudos, se desmoronaba, enterrando todos los restos que quedaban de mi casa. Me senté en el bloque de hielo mirando hacia abajo, incrédula.
De pronto, vi que otro fragmento se elevaba hacia la superficie en paralelo a mí. Sobre él estaba parado Cyrone, quien me observaba con seriedad mientras Riveria se caía a pedazos por el mortífero terremoto.
Debiste haber decidido mejor en quién confiar, me regañé a mí misma.
Si mis padres seguían con vida dentro de Riveria, seguramente ya habrían muerto.