Capítulo 33 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
33
Era la quinta vez que mis dedos recorrían el pecho de Cyrone, quien bufó con gracia, aunque con creciente impaciencia. Ahí estaba, el chico gruñón que tanto me gustaba. Apoyé mi mentón en su hombro y lo observé mientras intentaba conciliar el sueño.
Habían transcurrido un par de horas desde que la ceremonia de la víspera de Cornelius llegó a su fin. Decidimos descansar y permitir al señor Crod dormir antes de interceptarlo. Nos encontrábamos en una madriguera que Cyrone había acolchado con hojas de helecho, suaves y mullidas. En cada esquina, lianas de hiedra tejían un dosel natural, dejando caer enredaderas y pétalos que susurraban al viento. A pesar de la preparación, digna para dormir como un bebé, me sentía inquieta.
El serafín me observó con un solo ojo entreabierto.
—Por supuesto que no puedes dormir, si pasaste una semana entera desmayada —dijo arrastrando las palabras mientras se volteaba hacia mí y se acurrucaba a mi lado—. Nonito perezoso.
—Es solo que estoy muy feliz —le respondí en un murmullo.
Él sonrió, y su margarita se marcó en mi lugar favorito.
—Mmm, me pregunto por qué.
Suspiré y me acurruqué a su lado. Mis ojos se resistían a cerrarse, así que lo observé medio dormido. Sus pestañas largas y oscuras le rozaban los pómulos, mientras su cabello, de un tono azulado profundo, caía en desorden sobre su frente. Despejé un mechón que se le clavaba en el párpado y me acerqué a besar su frente.
Mientras me embelesaba por su lindura, pronto un pensamiento crucial vino a mi mente. Abrí los ojos de golpe y me levanté, alterada.
—¡Cyrone! —grité, llevándome la mano a la boca.
Él se sobresaltó y me miró con una mezcla de sorpresa y preocupación. Se incorporó rápidamente.
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
—El papel de Xylo, la ficha que contenía información sobre Nym y su paradero, estaba guardado en mi capa. La misma capa que se hundió en el río y que ahora es imposible recuperar. —Cyrone suspiró, exasperado por el susto que le había dado.
—No, Gyuri. Me lo pasaste tú. Ese papel está en mi bolsillo —dijo rebuscando en uno de los bolsillos de su pantalón para mostrarme el documento. Estaba arrugado y estropeado.
—¡No puede ser! ¿Te sumergiste en el agua con él?
—Gyuri, pude quitarme la capa, pero quitarme los pantalones mientras caía era un poco complicado —ironizó, aunque su tono no me hizo reír.
Le arranqué el papel de las manos y lo examiné con preocupación, temerosa de que el agua hubiera difuminado la tinta.
—Las letras están bien, pero la imagen de Nym... —dije, mientras observaba el dibujo sin poder ocultar mi preocupación. Las pecas de mi hermano se habían desvanecido del todo, y sin esos detalles distintivos la imagen ya no se parecía tanto al niño que yo recordaba.
Cyrone extendió la mano para recuperar el papel.
—Dámelo. Eres demasiado despistada para encargarte de algo tan importante —me reprendió sin miramientos. Se estaba enjugando el ojo con el puño, y su cabello seguía desordenado.
Le sonreí con entusiasmo.
—Eres el mejor. Si no fuera por ti, habría perdido la información más crucial que he obtenido desde que salí de Riveria.
Él se volvió a acostar, dejando el papel a un lado, y abrió los brazos para recibirme.
—Cuánta gratitud, te queda bien —dijo abrazándome con fuerza y depositando un beso en mi cabeza.
Mientras intentaba dormir, asediada por los pensamientos de Nym y algunos otros, como lo que había sucedido entre nosotros unas horas antes, pronto sentí la necesidad de hacerle una pregunta al respecto.
—Cyrone.
—¿Mm?
—¿Los serafines pueden tener hijos? Me refiero a si dos serafines pueden engendrar un bebé serafín.
—¿Por qué me preguntas algo así? —Su expresión denotaba disgusto—. Por supuesto que no.
Asentí, sin decir nada más. Qué imprudente había sido al preguntarle por hijos, considerando lo que había sucedido con el suyo.
Mientras me acurrucaba y cerraba los ojos, el sueño por fin me venció. Lo último que recordé antes de perder la consciencia fue a Cyrone tomando el papel de Nym para examinarlo por primera vez. Tal vez debí preguntarle si sabía el idioma del oeste. Después de todo, él ya vivía cuando se había creado.
✦ ✦ ✦
—¡Despierte! —me llamó una voz.
Me estiré somnolienta y me percaté de que me envolvía una camisa enorme. Contrario a lo que esperaba, no estaba Cyrone a mi lado.
Me abotoné la camisa y me levanté para remover el tronco que bloqueaba la salida. Al encontrarme con los ojos nublados de Flye, sonreí. No pude distinguir el nerviosismo en su expresión, o quizá lo ignoré debido a la pura felicidad que me invadía al verlo otra vez.
—Flye, ¡qué gusto!
—Gusto no, señorita Gyuri. Usted y sir Cyrone me provocarán un paro cardíaco. ¿Usted ha visto cómo son los corazones de las ranas? ¡Pequeños y débiles!
—Bueno, Flye, solo me desaparecí un tiempo. —Una semana, recordé.
—Su rostro está en todos los carteles de la ciudad. ¿Qué se supone que ha hecho? —Flye me siguió cuando salí de la madriguera y miré curiosa a mi alrededor. La víspera de Cornelius había terminado, dado que las plantas habían vuelto a resplandecer desde los tallos hasta las hojas.
—Nada de lo que me arrepienta —le dije con una sonrisa que mi amigo no correspondió—. ¿Dónde ha ido Cyrone?
—¡Mis ancas! ¡Señorita! ¡Vi a sir Cyrone arrancar de este tronco con pánico! ¡Iba más pálido que mi pecho!
—No grites tanto, por favor, Flye, que tengo una audición muy aguda. —Me agaché a su altura—. ¿Me estás diciendo que Cyrone se fue asustado mientras yo dormía?
—Asustado es una forma eufemística de llamarlo, señorita. Yo jamás había visto a sir Cyrone tan alterado. Por primera vez tuve miedo de interrumpirlo. Él se marchó en un bote hacia otro islote y sudaba frío. No iba ni con camisa, ahora veo que es porque la llevaba usted.
A pesar de la preocupación que me embargaba al imaginar qué había podido perturbar a Cyrone lo suficiente como para hacerlo salir corriendo de nuestro refugio, no pude evitar sentir vergüenza ante aquel alcance. Miré a Flye, sintiendo el calor inundar mi rostro. No era el momento adecuado para revelarle nuestra relación, aunque era evidente que el anfibio ya había sacado sus propias conclusiones.
—Flye, ¿tienes alguna idea de dónde pudo haber ido?
Se quedó pensando un momento antes de contestar.
—Lo que pude ver mientras volaba tras él, es que llevaba un papel muy arrugado en sus manos.
Lo comprendí todo, y en la medida que Flye hablaba, la vergüenza se desvanecía.
—Ah, no —me quejé y restregué mis manos en mi rostro—. Se ha ido sin mí a ver al señor Crod.
—¿Al librero? ¿Y para qué? ¿Por qué estaba tan alterado si solo iba a ver al librero?
Suspiré, consciente de que sería difícil explicarle con tan poco tiempo. Le prometí que le aclararía las cosas más tarde y le dije que debíamos encontrar una forma de llegar al islote del señor Crod.
—¿Y cómo iremos sin un bote? —me preguntó, pero, sin necesidad de responderle, comprendió la confusión en mis pensamientos al ver mi rostro—. Oh, señorita Gyuri. Usted no estará pensando en ir nadando.
Negué con la cabeza y, como si mi cuerpo me lo exigiera, caí de rodillas en el pastizal, al borde de la ribera. Mi posición de poder, que aún no había aprendido a dominar del todo, desencadenó un efecto extraño en mí. Me sentía profundamente poderosa, imperturbable e inderribable ante el más fuerte de los huracanes. Aunque el poder corría por mis venas, impregnando cada rincón debajo de mi piel, no supe de inmediato qué hacer con él.
—Señorita, usted... luce diferente.
No se equivocaba. No solo había llegado a aceptar mi naturaleza, sino que Cyrone había provocado un cambio profundo en mi interior. Ahora éramos los dos, y no podía permitirle que luchara por sí solo. Debía hacérselo entender, pero ¿cómo? ¿Cómo lograría llegar hasta él?
Yo no podía solidificar el agua ni crear un bote con mis poderes. Tampoco podía volar sin alas ni avanzar por el riachuelo entre la lluvia y los truenos. Sonreí irónica, reconociendo que mi naturaleza todopoderosa no me estaba sirviendo de mucho en ese momento. Me pregunté qué haría Polett en mi lugar, cómo aprovecharía esos poderes a su favor.
Flye no me interrumpió, adivinando que me sumía en un mar de ideas descartadas; solo cuando mi mirada se iluminó y vi hacia el frente, el anfibio habló.
—¿Se le ocurrió algo?
Levanté la mano frente a mi rostro y una luz brotó de las líneas desdibujadas de mi palma. Un torrente de emoción me invadió al darme cuenta de que era capaz de generar luz a partir de mi propio cuerpo.
—Vaya, señorita. Eso casi me deja ciego —se quejó Flye, dando saltos para alejarse un poco.
Como si siguiera mis pensamientos, la luz me obedeció cuando quise hacerla parpadear. Parpadeó una y otra vez, hasta que formé un mensaje repetitivo. Tres destellos seguidos uno del otro, un pequeño espacio de intervalo, y otra vez tres destellos.
—Señorita, ¿usted conoce el antiguo idioma de las percusiones? —me preguntó y sonreí sin contestar.
Tal vez yo no lo conocía muy bien, pero una amiga tenía cierta familiaridad con ese lenguaje. Persistí con mis destellos hasta que más allá de la bruma se formó la figura oscura de un bote que se dirigía hacia nosotros.
Me puse de pie cuando Aeris hizo lo mismo. El bote seguía su curso hacia el islote sin que ella tuviera que remar. Le ofrecí una pequeña sonrisa insegura, y ella tragó saliva.
La chica varó el bote en la orilla, pero no se bajó. No podía culparla, dado que verme sin una capa podía resultar demasiado aterrador. Respeté sus precauciones y la observé desde la distancia.
—Gyuri... —me nombró entre temblores—. Lo siento, no quiero temerte.
—No hay problema, Ae...
—¡No quiero temerte! —insistió en un grito—. Desde que soy pequeña nos han hablado de los indecibles, de lo poderosos que son y cómo podrían obligarme a hacer lo que sea con solo una palabra. Incluso matar. Pero... pero tú siempre tuviste estos poderes. No me borraste la memoria cuando tuviste la oportunidad y te lo agradezco tanto. —Una lágrima perlada le recorrió la mejilla y se la secó enseguida.
—Ya lo debes saber, casi maté a Xylo. Tal vez los indecibles sí somos tan malos como ustedes dicen. No te culpo por tenerme miedo.
—Xylo... ese hombre, y tal vez todos los hombres y mujeres, son más malos que los propios indecibles de sus leyendas. Le temo a él, pero no a ti, Gyuri. Les temo a los humanos, porque a ellos sí los he visto hacer el mal.
Noté cómo sus ojos se ensombrecían, probablemente al invocar la imagen de su padre fallecido. Sentí el impulso de abrazarla y decirle que haría todo lo posible por evitar que ese hombre renaciera en el siguiente mundo. Pero sabía que no lo entendería, y tampoco tenía tiempo para explicarle mi verdadera naturaleza. Llegaría el momento adecuado para hacerlo, pero en ese momento debía correr hacia la casa del señor Crod y enfrentar la verdad. Necesitaba saber qué había pasado con Nym.
—Aeris, somos amigas. —Ella asintió—. Necesito pedirte un favor muy importante.
✦ ✦ ✦
Aeris nos trasladó a mí y a Flye al islote de Crod. Fue tan rápido que apenas pude explicarle los motivos por los que tenía que ir. Apenas arribamos Flye trató de bajarse conmigo, mas le exigí que esperara en el bote junto a Aeris.
—Por favor, no quiero alterar a Cyrone todavía más —le expliqué, y Aeris no cuestionó que me comunicara con un animal. Lo comprendió sin que tuviera que decírselo.
—Señorita, si a usted algo le pasa será mi culpa —aseveró el anfibio—. Sir Cyrone quiso dejarla en aquel islote para protegerla de los humanos, no es casualidad. Ellos están buscándola por doquier para encerrarla.
—No me pasará nada —le prometí—. El señor Crod es un buen hombre.
—¡Pero sus cuernos! —exclamó Flye a los cuatro vientos mientras yo me perdía en la arboleda que daba a la entrada de la casa del librero.
Subí la colina hasta llegar a la puerta, donde observé a Cyrone sentado en un escalón de la entrada. Corrí para encontrarme con su mirada, pero a diferencia de lo que esperaba, sus ojos se abrieron en disgusto al verme.
—Oh, carajo, Gyuri. ¿Qué se supone que haces aquí? —Cyrone se levantó y me cogió de los hombros con fuerza.
—¿No es obvio? Yo también quiero saber qué pasó con Nym —me expliqué con firmeza, pero él me zarandeó desesperado.
—¡Estás sin una capa! ¡Maldita sea! ¡Ellos te van a ver los cuernos! —Se detuvo cuando me vio asustada.
Me soltó de los hombros y me dio la espalda, borrándose el rostro con las manos.
—¿Qué te pasa? —le pregunté con cuidado—. ¿Por qué estás tan alterado?
Le tomé el brazo, pero él me lo arrebató al instante.
—Porque soy un imbécil —respondió con dificultad.
Me mantuve en silencio, mirándolo a unos pasos de él.
—Oh, Gyuri, por Nylena, y por el maldito diluvio. Yo... —Finalmente pudo verme a los ojos, pero le escocieron al sostenerme la mirada. Negó con la cabeza—. Espero que algún día, dentro de esta eternidad, puedas perdonarme.
En sus ojos no había odio, ni lástima, ni indiferencia, ni desprecio. Había culpa.
Negué, al verlo desesperado. No sabía qué ocurría en su cabeza, pero quería liberarlo de esa oscuridad. Lo vi caminar de un lado a otro, como si quedarse quieto fuera a hacerlo estallar. Di unos pasos hacia él, pero volvió a rechazarme.
—Yo no sé... —Rio del nerviosismo—. ¿Qué se supone que voy a hacer? Boldery no me abre la maldita puerta y yo me estoy muriendo por ordenarle que haga lo que yo diga —me confesó apretando los dientes—. Pero yo juré que no usaría este poder maldito con los humanos. Oh, maldita sea. Yo necesito, necesito saber qué pasó con Nym. Ese dibujo...
—¿Por qué te importa tanto? Es mi hermano —le pregunté y enarqué una ceja.
Él relamió sus labios, volviendo los ojos al techo del domo.
—Porque lo conozco, Gyuri, te he mentido. Lo conozco tan bien, pero tan, tan bien que él...
La puerta de la casa de Crod se abrió de golpe. Sus palabras quedaron ocultas tras el estruendo. Ni siquiera pude ver el rostro asustado del hombre porque Cyrone reaccionó rápidamente cubriéndome con su capa. Todo se volvió negro, y muy cerca de su pecho desnudo pude percibir el latido desbocado de su corazón.
—Cyrone. —La voz de Crod sonaba diferente, impregnada de infinitas toneladas de horror.
—Hola, Boldery —inició el serafín, tratando de normalizar su respiración—. Estuve mucho tiempo espe... ¿por qué no abrías? —Cyrone, de forma inusual, trastabilló en sus palabras.
—Puede’ entrar ahora. E’taba durmiendo, la víhpera de Corneliu’ me mantuvo de’pierto todo ehte tiempo. Una di’culpa. Broadestak. —Se tomó una larga pausa en la que, imagino, apuntó hacia mí.
—Te enteraste de lo que ocurrió con Gyuri, ¿verdad? —La voz de Cyrone se volvió más grave, y al acercarme a su cuerpo percibí su aire protector.
Crod no respondió nada, así que imaginé que asintió con la cabeza.
—No tienes de qué preocuparte, entraremos, lo discutiremos y nos iremos. Vinimos por algo específico —dijo Cyrone.
—Claro, entren por favo’.
Cyrone finalmente retiró la capa que me cubría y, al hacerlo, vi el rostro del señor Crod. Parecía haber envejecido al menos diez años en el instante en el que me vio. Observé la forma en que sus pupilas se centraban en mi cabeza y sentí una profunda vergüenza. Sin embargo, seguí hacia el interior de la librería.
Decidí que no hablaría, que no haría ningún sonido para no asustar al señor Crod. La puerta se cerró a mis espaldas; el ambiente se hizo más sombrío de lo que quería, aun cuando había los mismos libreros, las mismas decoraciones y las velas de siempre.
—¿Ere’ un humano, Cyrone? —preguntó el señor Crod.
Cyrone no respondió nada, y sin dejar de verlo a los ojos sacó el papel arrugado de su pantalón y lo estiró sobre la encimera del librero.
—Necesito que me digas lo que dice este papel.
—¿No sabe’ leerlo? ¿Eso puede probar que ere’ un ser humano?
—Crod —insistió el serafín.
—¿Por qué no me conte’ta? Brot kibesta rak —preguntó el librero, con tanto terror que me compadecí de él—. Soy el padre de una niña de cinco año’, no me ponga’ en riesgo si Solcita le importa a u’te.
Cyrone se le acercó desafiante.
—Sí. Soy un humano —dijo, modulando cada sílaba—. Pero ¿realmente te sirve que te lo diga?
Yo bajé la cabeza en extrema sumisión, y jalé la capa de Cyrone dos veces para que parara de provocar al librero. Necesitábamos que nos ayudara.
El señor por fin prestó atención al papel y lo ojeó por unos largos segundos, en los que no fui capaz de escuchar nada más que mi propio pulso. Suspiré y volví a estar alerta cuando Cyrone miró detrás de mí.
—¿Quién está ahí? —preguntó el serafín.
—Ahí... —murmuró Crod, espantado.
Al haber sido encontrado, un encapuchado salió de detrás de un estante con las manos alzadas. Cuando por fin bajó su capucha, reconocimos al torinero que nos había traído a Dregonia.
—E’ mi compadre, Marylo. Nue’tra’ hija’ son mejores amiga’. Verá’, Cyrone, creo que tengo derecho a protegerme un poco. No sé qué clase de criatura’ son ustede’. No puedo atenderlo’ solo.
—Él se tiene que ir —dijo Cyrone, sin formular en realidad una orden.
—Yo creo que está bien que Marylo se quede aquí —le susurré a Cyrone—. Crod nos teme.
Me miró por un instante y luego volvió a dirigir su mirada al señor Crod, quien parecía no estar dispuesto a permitir que el hombre se fuera.
—No temas, el señor Crod es un buen hombre, no querría hacernos daño —insistí, y él se volteó con una sonrisa melancólica.
—¿Me vas a decir qué dice en este papel? —insistió Cyrone, con un tono que sin duda señalaba que estaba perdiendo la paciencia.
El hombre buscó sus anteojos y se los ajustó, escudriñando la superficie del papel y aplanándola para verlo mejor.
—Según lo que puedo ver, e’to e’ clasificado del comandante Xylo —nos informó el librero.
Miré por el rabillo del ojo cómo Cyrone entornaba la mirada.
—Melbore iak. No me corresponde ventilar asunto’ del comandante.
—Me está diciendo que le tiene más miedo al comandante que a mí —asumió Cyrone, y yo volví a jalar su capucha.
—No le’ voy a decir a dónde está e’te niñito. No si ustede’ están detrá’ de él. E’ un niño, joer.
Abrí los ojos en demasía cuando me enteré de que el papel, efectivamente, decía dónde estaba Nym.
—¡Señor! Señor, ese niño... ese niño es mi hermano. Se... señor Crod —tartamudeé—. Por favor, necesito saber dónde está, lo he buscado todo este tiempo. Por favor, se lo suplico.
El señor Crod me miró entrecerrando los ojos.
—¿Uste’? ¿Hermana de este chiquillo?
—Sí. Sé que no parece tener sentido, pero fui adoptada y crecí con ese niño. Escuche, ese niño...
Cyrone se me adelantó y cogió a Crod por el cuello de la camisa. Al hacer tal movimiento brusco, su capucha se le deslizó por el cuello.
—Me vas a decir lo que dice, porque si no, haré que lo hagas.
—Entonce’ ¿por qué me amenaza y no simplemente lo hace? ¿Señor indecible? Melbarak Tud —se atrevió a decir Crod, aunque su voz se agudecía y temblaba.
—Señor Crod, se lo suplico. Somos ángeles, no queremos someterlo con nuestros poderes. No me mire así, digo la verdad. Somos Córtex y Cae...
Sin que yo me lo esperara, Marylo se acercó por detrás de Cyrone con una destreza sorprendente y lo intentó apuñalar por el costado.
No logró hacer ni un pequeño corte, porque el serafín lo sostuvo con su mano libre, y con un movimiento impetuoso y fuerte le rompió el brazo.
El hombre aulló de dolor, y yo me quedé paralizada al ver los huesos tratando de sobresalir de su brazo. Al parecer, Cyrone también se había quedado helado por la reacción involuntaria que tuvo y con la que terminó hiriendo al torinero.
Aprovechando el nerviosismo de ambos, Crod se adelantó para atacar a Cyrone. Desde mi perspectiva, fue imposible ver si lo había logrado o no, pero al presenciar cómo el serafín soltaba el cuello de la camisa de su agresor, el pánico se apoderó de mí.
Un grito de horror escapó de mis labios cuando me moví para observar un cuchillo incrustado en el cuello de Cyrone.
El serafín miró a Crod indignado, cogiendo el mango del arma.
—Soy un padre, al igual que Marylo. Tú no podría’ entenderlo jamá’, maldito indecible.
La ira se agolpaba en los ojos del serafín, pero ocupó la poca fuerza que le restaba para desencajar el cuchillo de su cuello y plantarlo en la encimera.
—Hice lo mejor que pude... para no tener que dañarlos... —susurró afónico para responderle a Crod, mientras contenía como podía la sangre que luego escurrió explosivamente desde su cuello.
Todo ocurrió en cámara lenta cuando vi a Cyrone caer al suelo con la sangre manchando su torso. No era consciente de si yo estaba gritando o no, era como si mis sentidos se hubieran apagado. Me arrodillé a su lado y busqué tapar la herida, evitar que se desangrara; mis manos temblaban. Sabía que lo mejor era huir, que Cyrone estaría bien incluso en aquel estado porque éramos serafines, inmortales, pero fui incapaz de dejarlo ahí tirado. La puerta de Crod se azotó contra la pared y, después de varios infernales segundos, el sonido volvió a mí de golpe: oí la voz de Xylo en la entrada. Era una emboscada.
—Ve... te... —me rogó Cyrone, escupiendo sangre y mirándome aterrado.
Pero me negué rotundamente.
—Eres mi hombre, somos dos contra el mundo, no te voy a abandonar jamás.
Fue difícil comprender que desde el principio nuestros captores esperaban entrar, que el señor Crod nos había tendido una trampa, que me había condenado por una leyenda que no era verdad. No pude detenerme a reflexionar en eso, el dolor me invadía como si ácido corriera por mis venas: ver la agonía de Cyrone era lo más doloroso que había experimentado hasta ese momento. Mis gritos no lograron sacarme del trance mientras movía al serafín para que reaccionara. Parecía muerto, y ni en mis peores pesadillas pude haber imaginado verlo en un charco de sangre, con los ojos bien abiertos, los dientes y el mentón teñidos de rojo.
—Mi amor... no...
Una mano me cubrió la boca y la nariz con un pañuelo. Cuando intenté respirar, el victimario me apretó con más fuerza. Supe que estaba detrás de mí y no luché en su contra hasta que me obligó a separarme de Cyrone. Gemí, ahogando mi voz en el pañuelo, sintiendo dolor por la fuerza excesiva que aplicaba. Podía notar el miedo de mi agresor al escuchar, amplificados, sus pálpitos, seguramente me creía dura e implacable; no se imaginaba que mi cuerpo era frágil y que mi espíritu se había fracturado hacía unos minutos. En ese momento no era un ángel, era una simple humana. La fuerza con la que me apretó me quebró la quijada.
Lo último que vi antes de morir a causa de la asfixia fue a dos hombres de la Guardia de Dregonia levantar a Cyrone y sacarlo del lugar.