Capítulo 34 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
34
No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero, cuando desperté por fin, me encontré amordazada y amarrada a una silla que rechinaba al retorcerme. Me hallaba en el centro de una celda oxidada, tan oscura que imaginé que era subterránea. Lo único que me revelaban los barrotes que me mantenían cautiva eran unas velas desnudas colgadas del techo.
Si bien las primeras horas luché contra las cuerdas, rasgándome las muñecas con tal de soltarme, tras un día completo de sangre derramada decidí detenerme. Estaba exhausta, tal vez demasiado, y aquello me sugirió que había pasado por lo menos un par de días encerrada.
No necesitaba reflexionar mucho para darme cuenta de que quien me mantenía prisionera era Xylo. Lo único que no lograba entender era el porqué. ¿Por qué tanta crueldad? La imagen de Cyrone desangrándose se reproducía en mi memoria una y otra vez. Temí por él pues, aunque sabía perfectamente que no moriría con eso, me dolía mucho más pensar que podía seguir sufriendo en ese preciso momento.
De repente me desmayé en la silla, quizá debido a la pérdida de sangre, pero en ese momento ni siquiera me percaté de haberme ido. Lo que me despertó un tiempo después, fue una mano enorme y áspera que me cacheteó el rostro.
El golpe fue tal que me volteó la cabeza; la sensación de ardor de mi mejilla se apoderó de mis pensamientos. Cuando
logré enfocar mi visión, la imagen de Xylo frente a mí con la mano lista para darme otro golpe se hizo clara.
Contuve la furia con la pizca de cordura que me restaba, porque no podía incendiar ese lugar con un rayo si Cyrone estaba en una mazmorra cercana.
La amplia dentadura del comandante brilló cuando me sonrió con malicia.
—Gyuri, te sienta bastante mal la hospitalidad de la prisión de Dregonia, ¿no es así?
Sacudí la cabeza al oír su voz. Era la prueba de que no estaba alucinando. Abrí los ojos con rabia y comencé a gemir y gruñir contra la mordaza, lo que al enfermo le causó gracia. Me observó con deleite, disfrutando de mi tortura, hasta que finalmente decidió quitarme el trapo de la boca. Mi mandíbula resintió el daño que el objeto me había causado después de tantas horas.
—¿Qué se supone que hicimos Cyrone y yo para estar aquí? —espeté y Xylo, en vez de responderme, alargó la mano.
Agarró uno de mis cuernos y lo atrajo hacia sí mismo todo lo que mi cuerpo atado a la silla le permitió.
—Eres un indecible. Un ser asqueroso que controla a los humanos con la palabra. Los tientas a cometer el mal, como si fueran malditas marionetas tuyas.
Me soltó con violencia y yo agité la cabeza, presa de un mareo preocupante. A pesar de lo débil que estaba mi cuerpo y mi espíritu, alcé el mentón para enfrentarlo.
—¿Me tienes miedo por eso? —mascullé.
—Si pudieras hacerme sentir miedo, ya hubieras sido capaz de huir, sabandija.
—Déjame salir —le ordené al encapuchado.
Aunque el maldito me miró durante unos largos segundos, reaccionó tardíamente a mi orden. Extrajo las llaves del fondo del bolsillo y, justo cuando desenvainaba una daga para romper mis cuerdas y yo estaba lista para golpearlo sin piedad, se detuvo.
—Que lo hagas, hazlo. ¿Qué esperas? ¿Ni siquiera puedes hacer eso? —insistí nerviosa.
Xylo dejó caer la llave al suelo y, mientras me sonreía, bajó su capa para descubrir su cabello. La osadía en mi cuerpo se disipó como humo, y su pelo rojo cenizo me intimidó bajo la vaga iluminación que nos brindaban las velas del calabozo.
Él tiene el gen.
—Me encanta esa expresión tuya. Te estás dando cuenta, ¿verdad? De que no tienes poder sobre mí. Seguramente los indecibles pensaron que nos podrían exterminar a todos nosotros, los inmunes; que podrían tener el control absoluto. Entonces ¿por qué una cabeza roja lidera la Guardia de Dregonia? —bramó Xylo mientras se paseaba frente a mí—. ¿Acaso no es obvio? Somos los únicos que podemos darles la cara. —Al decirlo rugió como fiera, con la voz más grave que hubiera oído jamás.
El comandante se me acercó demasiado y por puro instinto bajé la mirada, presa de la intimidación. Él me agarró del cabello para obligarme a verlo a los ojos.
—Mírame. Mírame, puta. Yo puedo escoger cuándo liberarte, o decidir no hacerlo. Ese poder ante un mismísimo indecible, es inconmensurable. —Su aliento pesado chocó con mi rostro.
—Déjame —le volví a ordenar en vano—. No me hagas daño, por favor. No hice nada malo, no usé mi poder contra nadie. —Mi voz se agudizó cuando el miedo se apoderó de mí.
—No te hagas la estúpida, indecible asquerosa, han perseguido a mi familia por generaciones, ¡nos han exterminado casi a todos! ¡Solo mírame! —me gritó sacudiendo mi cabeza a la par que exhibía las marcas cicatrizadas de mis manos en su cuello.
—Po... por favor, co... comandante, yo no tuve que ver con lo que ha sucedido con su familia, Cyrone y yo no matamos a nadie, po...
—¡Cállate! —Su saliva salpicó mi rostro y la fuerza con la que soltó mi cabeza casi me quiebra el cuello—. Mientes, ¡ustedes mienten! No se manchan las manos, pero controlan a la humanidad para que nos asesinen. Maldita cobarde, tú y Cyrone... Te creías muy astuta, ¿verdad? Investigándome en los libros de Boldery Crod. —Se alejó un paso, se enderezó como si recobrara la compostura, y cruzó sus manos tras la espalda—. Él me entregó la información en cuanto lo amenacé con dejarlo sin su negocio. Tal vez no te imaginabas que por tres malditos jolines de Dregonia, él te vendería. Después de todo, vio esos cuernos de indecible antes de que llegaras, y un ser como tú no vale nada comparado con su hija enferma. Tengo a la población bajo control. Lo sabías en cuanto cruzaste el umbral. Cyrone debió haberte advertido, ¿no? Que soy implacable, que mis manos son lo suficientemente fuertes como para partirte el cuello en dos. Ahora, dime, ¿por qué tanta curiosidad sobre mí, mugrosa? Te adelanto que las cornudas no son mi tipo.
A pesar del temblor en mi voz, decidí ser honesta.
—Cuando supe que eras de Riveria, pensé que podrías saber algo sobre Nym, sobre mi familia...
—Riveria, ¿eh? —Rio sarcástico—. Un indecible que proviene de Riveria. Vaya, vaya, cuánta ironía. La ciudad donde los nuestros se refugiaron para escapar de los suyos, persecutores racistas de mierda. ¿Ahí te escondiste? Cuán hipócrita. La misma ciudad subterránea que consiguieron invadir para despojarnos de todo y matarnos a sangre fría. Es interesante que la conozcas y digas no saber mi historia.
—Mi familia y yo éramos los únicos que vivíamos en Riveria.
—Tu familia, tu familia... —El comandante tomó mi cabello y jaló mi cabeza hacia atrás, desprendiéndome un par de mechones—. ¡Deja de llenarte la boca de mentiras! ¿Para qué los usabas? ¿Los indecibles tienen algún rito demoniaco con quienes somos inmunes? ¿Así obtienen su poder? Como sea, si tus prisioneros salieron de Riveria, ya están muertos.
Me tomó el rostro con dos dedos, levantándome hacia él.
—Cuánto quisiera matarte... —dijo acercando una daga a mi rostro.
Cerré los ojos.
—Pero es en vano. Ustedes son inmortales, ¿no es así?
Xylo se posicionó frente a mí, me metió un pedazo de tela en la boca y la empujó hacia atrás hasta provocarme potentes arcadas. Cuando la amarró, retrocedió.
—Pero yo sé cómo matar a un inmortal —dijo caminando en dirección a la salida—. Solo hace falta que sienta un dolor intenso durante mucho tiempo —sentenció y cerró la reja.
»Querías saber qué pasó con el niñito pelirrojo del dibujo, ¿no es así?
Asentí con desesperación. Sabía que afuera llovía.
—Tengo informantes en todo Melcior, cabezas rojas que se han aliado conmigo para destruirlos a ustedes, ellos me ayudan a encontrar a más como nosotros. Los retratos que viste son los dibujos que hago con sus reportes hablados. A ese niño lo vieron no muy lejos de aquí, pero no llegué antes que sus susurros.
No...
—Fue quemado en la plaza pública de Nylem. Ustedes lo mataron. Tú lo condenaste.
Xylo dio la vuelta y se marchó sin esperar a ver mi reacción. Lo primero que sentí fue el frío en mis manos, después un gran peso en mi estómago vacío. Aquel sentimiento trató de abandonar mi cuerpo generándome arcadas, pero no fui capaz de vomitar nada.
Es mentira. Tiene que ser mentira, fue el único pensamiento que logró detener la sensación.
✦ ✦ ✦
Cuando alguien recibe una noticia desgarradora, la mayoría de las veces no la acepta de inmediato. Es un mecanismo de defensa, la última estrategia para sobrevivir. Acababa de recibir una noticia como esa y horas después no era capaz de procesarla. ¿Qué puede hacer un ser inmortal con el alma rota? ¿Qué puede hacer un ser inmortal sin sus poderes? Una criatura inmortal es inservible si aún sufre hambre, sed y sueño. Es incluso peor no poder morir a causa de eso. El dolor en mi estómago me mortificaba, y mi lengua se hinchaba por la falta de líquido. Pero nada de eso me importaba tanto como el destino de Nym. Su piel, sus manos, su cabello... deshechos en llamas. La imagen me torturaba.
La suciedad atrajo a un par de roedores que rondaban la celda y me observaron con curiosidad. Traté de saludarlos para acabar con la soledad que me consumía, pero la mordaza me obligó a callar. La garganta me ardía.
Extrañaba a Cyrone, anhelaba escuchar su voz consoladora; cerraba mis ojos para evocar las líneas que formaban su sonrisa y no olvidarlas. Esos difusos contornos de su imagen eran lo único que podía reconfortarme en aquellas horas de inanidad.
Pensar que él también sufría mi misma suerte me destrozaba, de modo que prefería imaginármelo lejos de allí, con los niños del orfanato o riéndose con Flye en cualquier otra parte. Cerré los ojos para transportarme imaginariamente junto a él en mi mundo perfecto. Absorta en mi utopía, caí dormida.
De pronto, una sensación de extremo calor se encendió en mi interior, convirtiendo cada fibra de mi ser en brasas. El dolor, tan abrumador que me desgarraba desde dentro hacia fuera, me hacía soltar alaridos mientras mi entorno se consumía en un caos de fuego y desolación. Mis manos ardían, mis pies y mi cabello; y la sangre, la sangre brotaba y bajaba por mis piernas. Moría y resucitaba con la misma violencia, así fue al menos unas cien veces. Entonces desperté.
Traté de gritar, pero me ahogué por la profundidad a la que se encontraba el trapo en mi boca. Miré mis piernas. No había sangre, pero se había sentido tan real...
Sin permitirme procesar la experiencia, la compuerta del calabozo se abrió con brutalidad. Xylo surgió de la oscuridad sin emitir palabra o siquiera mirarme a los ojos. Me encogí al ver su corpulenta figura acercándose hacia mí, pero no tuve tiempo de reaccionar antes de que pateara la silla, haciendo que me cayera al suelo. El golpe fue seco. Xylo me desató del asiento, pero inmediatamente después me amarró las manos a la espalda con la misma cuerda. Me las apretó con tal fuerza que sentí cómo se desgarraba mi piel.
Mientras yo temblaba por la agresión y el dolor de la caída, me tomó del cuello de mi ropa para obligarme a ponerme de pie. Luego me empujó para que caminara.
El comandante me guió a través de pasillos sombríos, con paredes y pisos de piedra que parecían susurrar historias de dolor. El eco de mis pasos se mezclaba con el sonido distante del goteo de agua, mientras me envolvían las celdas vacías y el olor penetrante de la humedad. El zumbido errático de las maripolillas que se habían colado por las ventanas diminutas se entrelazaba con la atmósfera lúgubre.
Tras un trayecto interminable, llegamos a una sección donde languidecían varios convictos: hombres de edad avanzada cuyas sonrisas torcidas destilaban maldad. Me lanzaban insultos con voces rasposas y sus ojos parecían llenos de un oscuro deleite. Sentí que el odio me invadía, y me detuve a observarlos con la furia latiendo en mis venas. Pero antes de que pudiera reaccionar, Xylo me agarró con fuerza las manos atadas, obligándome a seguir adelante.
Mi mente, que había estado nublada, despertó por completo. Los engranajes comenzaron a girar en busca de una salida. Pensé en arrodillarme, en fingir rendición mientras invocaba al cielo, pero todavía sentía una desconexión abrumadora con mi propio poder. Y aun si lograba crear algo, ¿qué podría haber hecho en ese momento? La realidad del lugar me oprimía como un manto de hierro, sofocando cualquier chispa de creación.
Mis pensamientos se desvanecieron en cuanto Xylo se detuvo para mostrarme una celda en particular. Antes de voltearme ya sabía lo que encontraría. Cyrone se sentaba también en una silla, en el centro de la mazmorra, atado de manos y pies. Su hermoso rostro tenía tintes morados, cardenales y sus características ojeras eran tan negras que espantaban. Gemí y pateé los barrotes de metal esperando que me oyera, pese a que la tela ahogaba mi voz. Xylo sonrió a mi lado, satisfecho de verme sufrir. Golpeé con el pie el hierro una vez más, y sentí un dolor enorme. No podía derribar un metal tan poderoso, pero ver a Cyrone en ese estado me había nublado el juicio. Su sangre estaba por doquier, lo manchaba todo. Abundaba la seca, pero su torso desnudo estaba empapado de fresca.
Tras haber comprendido que no lograría nada impactando contra la celda, caí sobre mis rodillas. Al apoyar mi frente en el frío del hierro, traté de conectar con el cielo, y una tormenta cayó en las afueras. Xylo me obligó a ponerme de pie y, como si hubiera percibido que yo estaba en peligro, finalmente el serafín abrió los ojos; estaban rojos por los derrames de sangre que sufría. Los abrió de par en par al enfocar su mirada en mi figura y negó con la cabeza, como si no pudiera creer que realmente estaba ahí.
Xylo me jaló de un brazo para sostenerme a su lado. Cyrone tensó la mandíbula y las venas de su cuello sobresalieron.
—Gyuri, o como sea que te hayas decidido llamar, maldita indecible; comprenderás que tu novio quiso tomar todas las torturas por ti, pero ¿para qué lo voy a seguir torturando si continúa comportándose igual? Quiero desvanecerlo, acabar con su mente. Podría torturarte frente a él, pero no se me da muy bien hacer sufrir con mis propias manos a una criatura que luce como una mujer humana. Tengo esposa, ¿sabes? —Xylo tomó mi rostro con sus dedos, enterrando sus uñas en mis mejillas—. Mira sus ojos al verte, su cuerpo tiembla al imaginarse lo que seré capaz de hacerte.
Vi en la oscuridad la expresión sombría y desesperanzada en el rostro de Cyrone.
—Con tal de que no te tocara, él me ofreció su poder. Eso me tentó, no te lo voy a negar. Tener poder absoluto sobre la humanidad y vengarme por lo que le han hecho a mi gente... Pero la venganza es un plato que se sirve frío, ¿sabías? Empezaré por derrotar al mismo dios.
Xylo abrió la puerta de una celda vacía, visible para Cyrone, y me empujó tan fuerte al interior que reboté en el suelo. Me quedé inmóvil en el momento que escuché que Xylo abría otras mazmorras y liberaba a los otros convictos, quienes se dirigieron a la mía. Mi instinto me hizo luchar contra las cuerdas, las cuales comenzaron a cercenar a mayor profundidad mi piel sudorosa.
Vi el rostro de un par de hombres desconocidos que me sonreían de forma poco amistosa, mientras caminaban hacia mí con paso lento, pero ansioso. Me arrastré como pude hasta chocar con la pared del fondo de la prisión. Parecían estar hipnotizados. Eran seis, pero tal vez habían muchos más detrás que no pude contar.
Uno de ellos avanzó hacia mí primero, su aliento putrefacto me asaltó cuando dijo:
—Oh, Nylena, nos has mirado a los ojos, después de tantos años. Es otro juguete irrompible.
Lo observé con horror, pegada a la pared como si pudiera fundirme con ella. Gemí del miedo, sin poder ver a Cyrone detrás de los cuerpos flacuchos y repugnantes. El convicto, sin dejar de sonreír, pasó un brazo por mi costado para acorralarme y me susurró:
—Te prometo que no te dolerá tanto si te relajas.
Solté un quejido y me inundó el asco. Hui como pude hasta que uno de ellos se abalanzó sobre mí, ahogándome con su peso sobre mi espalda. Agarró mi cabeza con agresividad, pasando sus repugnantes labios por mi cuello mientras aullaba como un bóvido.
Cuando tocó mi busto, una chispa eléctrica recorrió mi piel, quemándolo y obligándolo a retroceder, lo que provocó que recibiera algunos insultos por parte de los otros.
Me puse de pie con las piernas temblorosas y observé fijo a mi agresor, que me miraba un tanto atemorizado por el choque eléctrico.
Otro de los hombres, más confiado, se me tiró encima, pero mi cuerpo volvió a quemarlo apenas me rozó, de modo que dio pasos atrás hasta chocar con la pared. Volvió a mirarme con sus ojos de esclerótidas amarillentas.
El tercero perdió la paciencia conmigo y, en vez de tratar de contenerme, me aturdió con un golpe seco y sonoro. Chillé y no fui capaz de abrir mi párpado derecho cuando caí sobre el suelo y comenzó a patearme. No me dio tiempo de reaccionar; el victimario se me subió encima y procedió a golpearme con el puño para someterme.
El enfado debilitó el dolor, y me aferré a la idea de mantenerme consciente. El frenesí nubló mi juicio, así que me resistí a su asalto con todas mis fuerzas, luchando por apartar sus sucias manos de mi cuerpo.
No haber comido y tener contextura física endeble me impidió hacer algo al respecto. Comencé a perder la esperanza cuando los otros hombres me cogieron de los brazos con tanta fuerza que juré que me habían dislocado. El convicto que tenía encima buscó por debajo de mi prenda, masajeando mi piel. Cuando fui consciente de que todo el peso de su cuerpo me asfixiaba, me rendí.
Dejé de oponer resistencia.
No estaba tan segura de lo que estaba a punto de ocurrirme, pero solo rogué que fuera rápido, que Cyrone apartara la vista, que mi mente viajara a cualquier otro lugar para no estar presente. El ruido de la tela de mi ropa rasgándose y mi lengua sedienta saboreando mi propia sangre me hicieron preguntarme por un segundo qué era eso, por qué yo. ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Qué es esto?
La realidad cambió súbitamente.
El tiempo se detuvo sin previo aviso; los rostros de los hombres se distorsionaron hasta transformarse en otros del todo diferentes. Me habían arrebatado del presente, arrastrándome a un recuerdo fugaz... o quizá a una pesadilla que alguna vez tuve en el pasado. Incluso el entorno que me rodeaba mutó de forma, convirtiéndose en una cabaña abandonada de madera rota y oscura, carcomida por los insectos. Yo estaba tendida en un lecho de maderos rotos, mis manos y pies estaban atados con cuerdas aun cuando no podía moverme, aunque quisiera. Lo único que veía, cuando me dejaban de torturar, era una ventana amplia de la que se apreciaba un cielo nublado que no paraba de llover. Pude haber jurado que ese sueño era eterno, porque me sentía inanimada. En ese escenario, no podía moverme ni gritar, ni reaccionar de ninguna manera. Mi corazón estaba roto; mi iridia estaba agotada, pero no recordaba por qué. Solo sabía que no podía hacer nada para defenderme o reclamar, lo que aquellos humanos inmundos aprovecharon para desquitarse conmigo... por cuarenta y un días y cuarenta y una noches.
Mi pelo. No dejaban de jalar mi pelo largo, aprovechándose de él para someterme.
Cuando el mundo se inundó por completo, revistiéndose de un mar de lluvia —un mar de llanto—, me quedé tendida y herida. El agua subió hasta cubrir mi cuerpo, que se empezaba a curar por la maldita inmortalidad. De pronto ya no concebía haber sido una mujer jamás. Creía haber mutado en un objeto; en un trapo sucio con el que habían limpiado tanto, tanto, tanto, tanto... Porque mi belleza no se desvanecía por más que me quemaran, golpearan y estrangularan. Porque cada noche en que por el desfiguramiento ya no era quien era, me restauraba y volvía ser la misma a la mañana siguiente.
Cyrone nos encontró.
Desconozco lo que les hizo a esos hombres cuando los descubrió torturándome. Solo supe que de alguna manera había deshecho sus cuerpos, lenta, cruel y dolorosamente. Al menos así lo creí, porque oí los alaridos constantes de aquellos hombres mientras yo reposaba, sin iridia, sentada en una silla dentro de la misma casa abandonada.
Más tarde, el serafín de la tierra se postró a mis pies gritando de frustración y desesperación, preguntándose a sí mismo por qué. Perdió la cordura y me sostuvo en sus brazos, rogándome perdón por no haberme encontrado antes. Me abrazó por tanto tiempo que pude sentir cómo su corazón se detenía y volvía a latir, se detenía y volvía a latir.
Cuando acabó de llover, el cielo desapareció.
Entonces, tras intentar recuperarme sin éxito, viendo cómo me había transformado en una muñeca y que la negrura de mis manos ya había ascendido hasta mis codos, Cyrone resolvió llevarme a Riveria. Una vez ahí, usó su anillo para invocar la magia que transformaría mi vida.
Creó una vida para mí en medio de la desolada tierra congelada. Por su decisión me convertí en una niña. De la nada misma, se moldearon dos adultos pelirrojos creados a la perfección para simular ser reales. Ellos me acogieron y me adoptaron. Cyrone se marchó lejos.
Luego nació Nym.
Mientras crecía, Cyrone me visitaba, pero nunca hablaba conmigo. De vez en cuando veía sus ojos detrás de los pinos, sin embargo, tan pronto como se iba se desvanecía de mi memoria.
Olvidé esos cuarenta y un días, olvidé esas cuarenta y una noches. Olvidé a esos humanos que me ultrajaron hasta hacerme perder mi identidad. Olvidé al amor de mi vida.
De pronto volví al presente y lo entendí todo. Volví a aquella celda y comprendí por qué aquel hombre que me tocaba de una forma tan sucia, me hacía recordar mi pasado.
Lummina jamás murió. No se había quitado la vida con las lanzas del Empíreo como Cyrone aseguró.
No murió, porque Caelum siempre fui yo. La mujer que destruyeron y por la cual el cielo fue aniquilado.
Gyuri no era nadie. Fue tan solo una vida que Cyrone inventó para mí.