Capítulo 37 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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En Nylem el calor era intenso y se colaba por debajo de la piel de forma implacable. Lo bueno era que la orilla del mar quedaba a unos pasos de la casa abandonada que habíamos ocupado, lo que nos regulaba la temperatura. Me quedé de pie en el umbral de Riorense, la ciudad submarina, sin dar un paso más para entrar. Al levantar la vista hacia la infinita niebla, Catarbella flotaba y se observaba tan imponente que parecía estar a punto de derrumbarse encima de nosotros.
No había tierra que manipular en la playa, solo arena endeble y fina. Tan negra que cuando la espuma del mar traía seres microscópicos del océano, dejaba un par de ellos repartidos sobre ella. La arena brillaba como si sus diminutas partículas fueran joyas fluorescentes. Aunque el escenario era hermoso, la imagen de Gyuri posada en una roca de la orilla observando Catarbella agazapada, tenía toda mi atención.
—Catarbella no colapsará, ha estado flotando ahí desde el inicio de los tiempos —le dije y se giró hacia mí.
Su ira era evidente, no necesitaba fruncir las cejas para demostrármela; todo se revelaba en aquellos ojos oscuros. Siempre me había encantado verme reflejado en sus pupilas, porque la imagen que veía en ellas no era yo sino una versión diferente de mí, brillante y alegre, un retrato de mí mismo que no podía ver en ningún otro espejo. Aunque ahora, por la forma en que me miraba, me reflejaba como un auténtico monstruo.
—Entonces, aclárame una cosa. Si no me puedo ahogar como escape final, entonces ¿solo me queda buscar desesperadamente un motivo para continuar? ¿Incluso si mi existencia es una mentira? —Sus palabras retumbaron en mi pecho como truenos cargados de angustia—. Si yo fui Lummina, eso quiere decir que soy la madre de tu hijo. ¿Ese niño todavía existe? Dime que aún respira... Por la maldita diosa Nylena, por lo menos eso dame, te lo ruego.
Con el eco de mis propias penas, sacudí la cabeza en negación. Vi cómo se le desvanecía la mirada, como si perdiera el enfoque de todo cuanto la rodeaba.
—¿Cómo murió? ¿Cómo era él? ¿Cuál era su nombre? —me preguntó luego.
—Él... —Tragué saliva, porque todo el tiempo me había impedido traerlo de vuelta a mi memoria—. Era como tú. Tenía el cabello blanco y los ojos como dos aceitunas negras. Su nombre era Nymmer.
Recordé cómo el bosquejo que Gyuri había extraído de la oficina de Xylo me había llenado de ilusiones. La vaga sensación, la traicionera esperanza de que nuestro hijo pudiera estar vivo realmente, me hizo perder la cordura. Me dirigí hacia la librería de Crod sin control; cometí tantos errores que nos condujeron directo al calabozo de la Guardia, lo que culminó en ese presente fatídico que me parecía, al menos, inevitable.
—¿Nymmer? Nym... Espera un momento —susurró Gyuri tras reflexionar.
—Ese niño, Nym, por supuesto que lo creé teniendo a nuestro hijo en mente. Lo siento.
—Mierda, Cyrone. —Gyuri se hizo un ovillo en la piedra—. ¿Quién lo mató?
Un suspiro escapó de mis labios mientras la contemplaba en silencio, como si cada inhalación llevara consigo el peso de su dolor.
—La diosa Nylena —le dije.
Gyuri alzó la cabeza con un esfuerzo notable y, finalmente, me concedió su mirada. Sus ojos giraron despacio hacia mí, revelando un torbellino de dolor y sorpresa que parecía consumirla desde adentro.
—¿La diosa...? ¿Por... por qué haría eso?
No podía abrumarla con toda esa información, al menos no en ese momento.
—Hay una nueva entrada en tu libro —le advertí—. Solo tienes que entrar a casa y leerlo. Faraine lo tiene...
—Oh, Cyrone, ni siquiera sé por qué me fiaría de tu palabra. ¿Cómo puedo estar segura de que todo lo que me dices y lo que plasmas en ese libro es la verdad?
—Te aseguro que me he cansado de mentirte.
—Es bueno saberlo. —Volvió a darme la espalda con un gesto de desdén.
Negué con la cabeza y la marea subió hasta cubrirme los pies. El frío caló hondo en mi piel.
—Lo siento tanto, Gyuri —murmuré con pesar, pero mis palabras se perdieron en el tumulto de la tormenta que parecía reflejar el caos dentro de ella. El estruendo de los relámpagos ahogó el sonido de mi voz, dejando en claro que Gyuri no tenía intención de escucharme. En ese instante comprendí que no era nadie para obligarla a hacerlo.
Anthoperatus descendió aleteando desde lo más alto de la bruma y su presencia, incluso siendo un dregonilio de tamaño normal, formó un viento tan fuerte que tuve que entrecerrar los ojos para verlo aterrizar. Se acercó a mí con la cabeza gacha y tambaleante, como un perro avergonzado y demasiado alegre a la vez de ver a su amo. Posé la mano en su hocico, pues si bien él no era un perro y yo no era un humano, teníamos una conexión similar a esa.
—Hola, Anthos —lo saludé, y él botó aire caliente por su nariz.
—Haaa... laaa... laaa... —trató de decir en la lengua común de Melcior. Le sonreí, pues, a pesar de la pesadumbre que me afligía, siempre me alegraba verlo.
—Hola. Es hola, así, corto.
—Holo. —El animal se acarició la coronilla con mi hombro.
Me sentí satisfecho; enseñarle el lenguaje humano a ese dregonilio no había sido fácil, pero tenía la expectativa de comunicarme con él algún día como lo hacía con Flye. Lo calmé y detuve su cabeza para que me mirara.
—Anthos, necesito que regresemos a Dregonia por última vez.
Aunque al reptil le costaba hablar por la forma de su mandíbula, sabía entender perfectamente lo que yo decía. Acto seguido, el animal gruñó y bajó la cabeza para permitirme montar su lomo.
Al despegar y juntarnos con la niebla, cerré los ojos con serenidad pues él sabía hacia dónde íbamos.
Aterrizar en Dregonia nunca había sido fácil, siempre lidiaba con alguna magulladura en el cuerpo tras amortiguar mi caída con los árboles, y cuando de plano aterrizaba de pie como un gato, casi siempre mis rodillas se rompían y podían tardar hasta una hora en curarse. Esa vez, como muchas otras, logré caer en el agua y evitarme el dolor de la tierra.
Salí del estaque apesadumbrado por la picazón y encontré un bote abandonado, abollado por todas partes, al igual que todo lo que mis ojos alcanzaban a ver en la superficie de Dregonia. Todo estaba roto, porque no fui capaz de prever que arremetería con un sismo tan mortífero. Expandí un tronco para tapar el agujero del bote y emprendí viaje a través de Dregonia. Aunque traté de evadir el caos a mi alrededor, no reconocía la ciudad que tanto me había costado erigir.
Todos lloraban la pérdida de alguien; lucían asustados, como si la tierra fuera a trepidar de nuevo en cualquier momento. Me hubiera gustado jurarles que no sería así, pero no me habrían creído.
Entre los destrozos y las secuelas del remezón, el agua se había tornado más turbia. Seguramente a causa de la tierra y la sangre. El agua no volvía al cielo, no regresaba limpia y pura. Nunca había podido evitar su deterioro ni acercarme a las cualidades de Lummina, ver el sufrimiento de quienes padecieron enfermedades y deshidratación hizo que mi sonrisa tuviera muchos más inconvenientes a la hora de salir.
Si tan solo pudiera llorar y limpiarme por dentro, tal vez habría encontrado un modo de purificar el río de Dregonia; tal vez habría podido sonreír más seguido.
Llegué al islote de Delfina y un terror inmenso se apoderó de mí. No podía soportar la idea de enterarme de la muerte de uno de los niños. Conocía la sonoridad de cada nombre con sus voces. Me aterraba la idea de no volver a escucharlos nunca más. Brodt, Colyn, Goldin, Polett, Drayen, Glorie, Sophie, Falyn, Dolce, Rydel, Jaci, Marie, Marguet... Levanté la mirada cuando la puerta se abrió y vi a Aeris asomarse lentamente. Ella sonrió y en su hombro apareció mi amigo anfibio. Su presencia me ayudó a pensar que no me desmoronaría ante la primera noticia.
—¡Nieblas infinitas! ¡Sir Cyrone! ¡Creí que no lo volvería a ver!
—¿Acaso creíste que moriría? ¿Te lo tengo que recordar? —le pregunté tratando de mantener la compostura, aunque sentía que el puño me vibraba como la cola de una serpiente cascabel.
—Que usted es inmortal, lo tengo claro. Pero creí que regresaría a Catarbella sin despedirse de su animal celestial.
Asentí y le permití subir a mi hombro. Luego, miré a Aeris con seriedad y ella se me acercó con paso paciente; podía percibir su miedo, y no la culpaba.
—No te expliques, también vi a Gyuri comunicarse con la ranita. Flye, ¿no? Me hubiera gustado contar con sus poderes para entender también lo que me ha dicho estos días.
Le ofrecí lo que pude de mi sonrisa, sabiendo que aún no se había formado lo suficiente como para que ella la notara.
—Aeris. ¿Alguien ha muerto con el terremoto? —me atreví a preguntar, ignorando como siempre lo difícil que me resultaba pronunciar esas palabras.
Pero sentí un alivio inmenso cuando la muchacha negó con la cabeza sin perder la sonrisa.
—El árbol de afuera evitó que los troncos del domo nos aplastaran. La casa resistió bien. Hemos sido muy afortunados.
Respiré profundo, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante mucho tiempo.
—Entonces ¿por qué tienes esos ojos melancólicos?
—Bueno, Cyrone... De seguro te lo esperabas, pero todos saben que eres un indecible. —La miré sin pestañear y ella asintió—. Incluso los niños.
—Era cuestión de tiempo.
Miré al suelo y, sin querer, observé mis palmas; estaba casi seguro de ver la sangre escurriendo entre mis dedos, aunque no había nada que lo justificara. Sabía que cuando ascendiéramos a Catarbella las posibilidades de que se desatara la guerra entre los cuatro serafines eran enormes. Con ese enfrentamiento, sin duda, Melcior colapsaría y toda la gente y ser vivo que la poblaba moriría.
—Sé lo que piensa, sir Cyrone. Es como si habitara en su cabeza —me susurró Flye—. Por lo menos, no tiene que preocuparse por mí. Estaré feliz de reunirme con mi familia.
Mis labios temblaron y volví a mirar a Aeris, quien no había escuchado lo que dijo el anfibio.
—Si pudiera verlos una última vez...
—¿Te vas a alguna parte? —me preguntó ella y yo asentí. Avanzó a zancadas y me abrazó. Esa forma única de Aeris de expresar cariño me recordaba a Faraine. El afecto que sentía por ambas era similar.
Sin lazos superfluos de sangre, para mí, eran mi familia.
Aeris me permitió entrar al orfanato, donde encontré a los niños acostados en la alfombra del salón. Me acerqué a ellos y supe que me tenían miedo.
Aun cuando sabía el efecto contrario que podría provocar, me bajé la capucha y me senté donde Gyuri solía leerles cuentos. Algunos abrieron la boca de la impresión al verme los cuernos, otros miraron hacia otra parte. Brodt se adelantó a tocármelos. Yo me dejé. De cualquier modo, ellos merecían saciar su curiosidad.
—¿Eres hijo de una unión extraña entre torinos y humanos? —preguntó Brodt con sorpresa, mientras Aeris apenas podía contener la risa. Detrás de ella, bajo el marco de la puerta, se asomó Delfina, quien me miró con una mueca familiar, manteniendo las manos tomadas tras su espalda.
—No exactamente —me negué y le pedí que volviera a sentarse—, aunque sería gracioso, ¿no lo crees? Que mi madre fuera una torina. Pero si fuera así, debería caminar en cuatro patas, o tener un hocico largo y piel rayada.
—¿Entonces? —me preguntó el niño.
—¿Ustedes saben lo que es Catarbella?
Algunos respondieron de manera afirmativa, mientras que otros solo asintieron con la cabeza.
—Es el paraíso y está arriba, visible para todos nosotros. Ahora bien, ¿dónde creen que se encuentra el inframundo?
—¡Pues, bajo tierra! —gritó Colyn, obviando su tono.
—Claro que no. Abajo de la tierra solo hay un sinfín de fuego ardiente. Nada más —declaré con firmeza—. No me mires así, Colyn. Cava por años y lo vas a comprobar. El inframundo es este, muchachos. Aquí es donde la maldad de verdad existe. Por eso tengo cuernos y, en cambio, en Catarbella tengo alas.
—¿Maldad? —Brodt tembló.
—Pues sí, maldad. O, bueno, eso es lo que creía yo antes de bajar aquí y conocerlos a ustedes.
—¿Bajar? —preguntó el niño anonadado—. ¿Qué?, ¿vives en Catarbella?
Cuando les dije que sí, la mayoría dejó escapar sonidos de sorpresa. Lo maravilloso de hablar con niños es que no necesitan mayores explicaciones. Por el contrario, asumen que no podemos mentirles, que les decimos la verdad, que lo hemos visto todo.
—¿Eso quiere decir que conoces a los serafines de la naturaleza? —me preguntó Drayen, uno de los niños más pequeños.
—Sí, los conozco —le contesté y todos volvieron a soltar exclamaciones de sorpresa, llenando el aire con una sinfonía de asombro—. Demasiado bien, me atrevo a decir.
—Vaya... ¿conoces a Caelum? ¿El serafín del cielo?
—Chicos, los serafines no son hombres. Son chicas, Caelum es una mujer preciosa, y no cualquier mujer, sino que es mi esposa.
—¿Eres esposo de una serafina? ¡Increíble! —gritó Brodt.
—¿Es en serio? ¿Cómo es Hilaris? —preguntó Glorie, emocionada—. ¡Vieron! ¡Ustedes los chicos no tienen nuestro poder!
—Hilaris es una serafina de piel cian. Tiene aletas como orejas, ojos celestes y cuernos curvos. Ella solo puede estar bajo el mar, de lo contrario su piel se torna en escamas secas y rugosas que le impiden moverse —le expliqué.
—¿Qué hay de Aestus? —preguntó Jaci, alzando la mano.
—¿La serafina del aire? Pues... no me llevo del todo bien con ella. Es una mujer muy alta, diría que es de mi estatura. Tiene los ojos amarillos como los de una serpiente, y su personalidad es igual de venenosa.
—¿Córtex también es una chica? ¡Qué decepción! —gritó Brodt y las niñas lo miraron con indignación.
—Para la decepción de las niñas, Córtex sí es un hombre. —Sonreí.
—¿Es guapo? —preguntó Marie, con el rubor en su pequeño rostro.
—Muy guapo, por supuesto. Pero, niños, aunque quisiera contarles todo sobre el grande y poderoso Córtex, debo marcharme.
Glorie comenzó a sollozar, se puso de pie y corrió hacia mí, escondiendo el rostro en mi hombro. Jaci se puso de pie también, y con su característica timidez, susurró:
—Entonces vives en Catarbella, ¿así que tienes que volver?
—Así es —le respondí, acariciando el cabello de Glorie, que lloraba con vasto ruido.
—¿Quién nos enseñará con la lanza, entonces? —preguntó Colyn, a quien se le comenzó a contagiar el llanto de Glorie.
—¿Quién más? Pues, Polett, si no ¿quién? Él es el más capacitado para enseñarles. De hecho, diría que es incluso mejor con otras armas de lo que soy yo —reconocí, recibiendo el abrazo de otro niño, pero sin querer busqué la cabecita de cabello negro de Polett y no la encontré.
—Pero Polett se ha ido junto a Rydel —protestó Colyn.
—¿Se han ido? ¿A dónde? —percibí cómo la sangre de mis venas corría más rápido al adelantarme a los hechos.
—No nos lo han dicho, solo se han ido. Hace mucho tiempo, muchas semanas —trató de explicar Colyn, y observé a Aeris y a Delfina mirándome. La primera estaba de brazos cruzados y la segunda negaba con la cabeza.
Probablemente habían escapado tiempo antes del terremoto.
Glorie me tiró de la camisa para captar mi atención y me preguntó:
—¿Gyuri también se irá a Catarbella? ¿Ella vendrá a despedirse de nosotros? —La pequeña insistió, tirando de mi prenda con la esperanza de que le respondiera, pero yo me quedé congelado por la información.
Más tarde nos encontramos en el centro del mismo salón, que ahora lucía mucho más grande después de que los niños se fueran. No fue difícil convencerlos de que los visitaría de vez en cuando desde Catarbella. Si les hubiera dicho la verdad, habría sido imposible irme del orfanato entre llantos y ruegos. Tras mi desgraciada mentira Delfina les ordenó a todos que se prepararan para dormir, y yo ignoré por completo mi aflicción al verlos desaparecer tras el umbral. Podía controlar mis emociones, pues al menos estaban sanos y salvos.
Todos ellos, menos dos.
—¿Cuándo se han ido? ¿Por qué? —les pregunté a Delfina y a Aeris, quienes, tras compartir una mirada cómplice, se desplazaron por el salón y se sentaron frente a mí.
Delfina me explicó que cuando Gyuri huyó, Rydel y Polett también escaparon de Dregonia para evitar ser acusados por la Guardia de encubrirla. Mientras lo decía noté que Aeris rompía en un llanto sutil. Me quedé en silencio tan solo un instante.
—Se marcharon con un torinero, los vi escabullirse en una de las carrozas justo antes de que arrancara a toda velocidad hacia la salida de Dregonia tras el incendio provocado por Gyuri. Creo... espero que hayan logrado evadir los dragonartos — añadió Delfina.
Los torineros conducían a gran velocidad, camuflados por carruajes de tela azul marino que resultaban invisibles en la oscuridad. Además, llevaban enormes cargas de hierba cartina en los carros; hojas que desprendían un hedor insoportable para los reptiles.
—Huyeron de Dregonia... —repetí y ella asintió.
—Pero no luces aliviado, Cyrone —susurró con inquietud.
—Ellos... están... —No me atreví a completar la oración. No quería reconocerles que los niños estaban en peligro allá afuera, que Neblina ya los debía estar buscando, y que al verlos mataría a Rydel sin dudar. Probablemente Polett no correría mejor suerte.
—Están ¿qué? —balbuceó Aeris.
Retrocedí instintivamente en el mismo momento en que la puerta de entrada se abrió de golpe a mis espaldas.
En mi siguiente respiro, la hoz curvada de una lanza me estaba rodeando el cuello. El filo presionaba con firmeza, amenazando con cercenar mi garganta si me atrevía a moverme. Con cautela, desvié los ojos para encontrarme con Evren de pie a mi lado, sosteniendo la vara y mirándome con intensidad.
—Maldito indecible, cómo es que te has colado a este lugar. —Masculló algo difícil de entender mientras presionaba el filo contra mi piel, como si yo hubiera hecho o dicho algo para importunarlo.
—¡Evren! ¡No hagas...!
—Ya te lo dije, Aeris. No me importan tus sentimientos por este ser despreciable. Te advertí que si él aparecía, lo haría sufrir, aunque me ruegues que lo deje.
Como imaginaba que si me degollaba quienes sufrirían más serían Delfina y Aeris al presenciarlo todo, alcé las manos en signo de inocencia y sumisión.
—Me iré. Me iré lejos, ya me he despedido de los niños. No volveré a molestar, Evren. No volveré a Dregonia —prometí con la voz más suave que podía ofrecer.
—¡Cállate! Tu palabra es malicia, tu palabra es una condena para los humanos, cállate. —El muchacho me amenazaba, sus manos temblaban, su rostro sudaba y la voz se le desgarraba. Me tenía mucho más miedo del que yo jamás le tendría a él.
—Bueno, sí, como tú digas, Evren, pero si me cortas el cuello seré un gran estorbo. Tendrás un cuerpo parecido a un cadáver y tendrás que limpiar mucha sangre, y aun así la herida se me sanará y volveré a despertar —le advertí sin malicia, pero a él le saltó el ojo de la ira.
No era capaz de articular palabra, pero tampoco me liberaba de su amenaza infantil.
—Déjame ir y terminamos con esto. Estás asustando a Aeris —le advertí, observándola de reojo mientras se ahogaba en sus propias lágrimas y se sobresaltaba del llanto.
Al presenciar la reacción de su hermana, Evren obedeció y apartó la lanza de mi cuello. Suspiré aliviado y caminé hacia la salida, sintiendo cierta incomodidad por no poder despedirme de forma adecuada de ellas, pero resignado como siempre.
—Vete antes de que cambie de opinión —me susurró, y yo le sonreí.
No fue una sonrisa de desdén ni de triunfo; sinceramente me alegró ver a Evren defendiendo a su hermana. Había crecido mucho durante esos años, y eso, a pesar de las circunstancias, no siempre es malo.
Les dediqué una mirada a las mujeres que me acogieron en su familia durante varios años y, con una gratitud silenciosa, me retiré por la puerta.