Capítulo 38 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
3
Cuando dejé atrás Dregonia pasé desapercibido; era como si nunca hubiera vivido allí en lo absoluto. Todos estaban ocupados con sus propias preocupaciones, empecinados en reconstruir lo que quedaba de sus hogares y en levantar los escombros. Flye me contó lo que había pasado desde que lo dejé en manos de Aeris. Me describió lo encantadora que era esa chica, lo graciosa que le pareció al intentar hablarle como si él fuera un bebé. Lo escuché atento, aunque quería pedirle que se callara, quería empezar a olvidarla de una vez por todas. Quería olvidar que alguna vez viví como un humano entre ellos, aceptar de nuevo la realidad y volver a ser una marioneta en manos de Nylena. Era mi único destino.
En un momento, mientras caminábamos por las zonas limítrofes entre Dregonia y Dendroría, repasando el sendero que cruzamos en grupo hace algún tiempo, le confesé a Flye mi pecado.
—Entonces... necesito entenderlo mejor, déjeme repasarlo. La señorita Gyuri fue torturada mientras duró el diluvio, eso explica la lluvia torrencial. Por mis ancas, debió de haber sufrido mucho.
Si tan solo hubiera tenido el poder de erradicar ese dolor, si alguna vez hubiera estado en mis manos cambiar su destino, lo habría hecho sin dudarlo.
—Gyuri, digo, la señorita Lummina fue llevada por usted a Riveria para renacer como una humana. Entonces la reliquia que usted tiene en sus manos...
—Crea espejismos lo suficientemente corpóreos y creíbles como para que parezcan reales, así es.
—Por eso usted perdió su iridia. Su iridia era ella —concluyó Flye—. O parte de ella, ya que también estaba su hijo. —Mi amigo suspiró y continuó hablando con una voz apagada—. Estoy acongojado, más de lo que creía posible estar. Siento tanto que usted haya tenido que pasar por todo eso. Eso es...
Me preparé para el regaño de mi amigo anfibio, la voz perpetua de la razón, mi conciencia. Lo observé bajar de mi hombro con la mirada sombría, pero de repente sus ojos nublados se llenaron de lágrimas. La inesperada reacción de mi confidente me llenó de una profunda consternación y arrepentimiento.
—Ese es el acto más noble que jamás he oído.
Sonreí con pocas ganas y negué con la cabeza.
—Me estás felicitando por hacer desaparecer el cielo, Flye. Tu familia ha muerto por mi culpa.
—Sir Cyrone, deténgase. Usted solo quería salvar a su amada del sufrimiento. Yo, tal vez, hubiera hecho eso y más por salvar a mi familia. Tal vez en otro mundo nuestros papeles se hubieran cambiado y sería usted quien sufriría por mi plan de sobreponer a mis seres queridos por sobre todas las cosas. No lo recrimino por eso. Es el amor tal y como es.
—Basta. —Cuando sentía que otra vez perdería el control de mis emociones, le pedí ayuda. Levanté la mirada a la niebla por un instante y luego me volví hacia él, buscando consuelo en su presencia tranquilizadora—. Por favor, ódiame un poco, Flye. Ódiame como lo hace Gyuri.
—¿Cómo podría? —Se acercó volando hacia mi hombro otra vez—. Usted me ha salvado la vida, señor. Por más ira que sienta, sé que recordaré eso y volveré a quererlo otra vez. No perderé mi tiempo odiándolo. Estoy en deuda con usted. Lo mismo pasa con la señorita Gyuri. Ella lo entenderá como yo algún día. Por supuesto que lo hará. Ella es una serafina, y yo una simple rana.
Cuando Flye me lo dijo al oído, dejé caer mi capa y masajeé mi rostro tratando de borrar mi angustia con las manos. Busqué mi norte y lo encontré. Donde sea que estuviera no estaba solo, y esa certeza, en medio de la desolación terrenal, fue un alivio.
✦ ✦ ✦
Volví a la casa en Nylem y, mientras Flye descansaba a un costado, me senté otra vez en el escritorio y remojé la pluma de tinta para grabar mis recuerdos. Antes de empezar, aprecié por la ventana la silueta de Gyuri posada en la misma roca, todavía pensando, aún reflexionando. Suspiré pesadamente.
No espero tu perdón, ni lo deseo, pues no lo merezco. Reconozco que mentirte y arrebatarte la vida que soñabas fue despreciable. Sin embargo, siento la necesidad de recordarte lo que existía antes de que yo llegara a tu vida. Quiero presentarte a la persona que habitaba en tu ser antes de mí, para que puedas comprender mejor tu propia identidad; por si en algún momento, con toda tu grandeza y hermosura, llegaste a sentirte vacía.
Lummina se enamoró de mí mientras convivíamos entre los humanos, y ese amor parecía ser un sueño celestial. Sin embargo, durante su transcurso apenas pude saborearlo. Mi corazón se sumía en la angustia al solo imaginar el inevitable desenlace. Los varones celestiales no podían enamorarse, mucho menos yo, que me había encantado de la predilecta de nuestra diosa Nylena.
Ella podía aniquilarme cuando quisiera, alejarme de ti si le placía, pues poseía el poder divino para hacerlo; es una diosa, maldita sea. En lugar de abrazarte con más fuerza, mi mente se veía abrumada por inquietudes sobre qué sería de mí una vez que te perdiera. En lugar de sumergirme en tus sueños, me ahogaba en mis propias pesadillas después de nuestras noches de profunda pasión, despertando sobresaltado. En lugar de contemplarte dormir apacible a mi lado y sentir gratitud por tener esa oportunidad, me atormentaba pensar en cuántas noches menos me quedarían a tu lado.
Desearía haber comprendido que, como todo en esta vida, nuestro destino inevitablemente llegaría a su fin. Y aunque no pudiera evitarlo, tú y yo permaneceríamos hermosos por la eternidad, incluso si solo quedaba el recuerdo de nosotros.
Nos amamos tanto que decidimos establecer nuestra propia aldea humana. Nos aventuramos a otros lugares y creamos nuestro propio destino, disfrazándonos de humanos y obligando a las personas a aceptar nuestros cuernos y orejas como algo normal.
Nuestro amor fue tan profundo que desafiaste otra parte de mí que creía verdadera. ¿Que yo era infértil? Soy el serafín de la tierra. Por supuesto que podía concebir, y gracias a ti descubrí esa verdad.
Los querubines no nacen del vientre de las serafinas, ¿verdad que lo sabes? Ellos emergen de diversas formas. Pueden ser encontrados en dientes de león, repollos, joyas o almejas... dependiendo del lugar donde se hubiera almacenado el alma del niño. Por eso, cuando noté que estabas embarazada, supe que ese hijo no sería un querubín. Sería algo más.
De la unión entre la tierra y el cielo nació el sol. Un quinto serafín, el origen del fuego, del calor, del infierno y de la vida misma. Él era el serafín de la llama. Ese sol era Nymmer.
Debí haberlo intuido desde el momento en que nos unimos, pues tus relámpagos, al estallar sobre mis árboles, siempre habían desatado ese elemento misterioso y sobrenatural: el fuego.
Porque incluso si el fuego no era visible en nuestros encuentros, yo lo sentía arder en lo más profundo de mis entrañas.
Fue un embarazo incandescente; sin embargo, eres tan fuerte que al momento de tenerlo olvidaste todo el dolor que te causó crearlo. Al ver tu rostro radiante de emoción, también olvidé todo el resentimiento que albergaba hacia ese niño por haberte lastimado tanto.
Nuestro hijo. Ese niño intrépido, extrovertido y siempre ávido de aventuras. Me cuesta recordarlo; incluso su rostro aparece borroso en mi memoria. Durante años me he esforzado y dedicado a desgarrarlo de mi pecho para poder seguir adelante. Al principio rechazaba a todos los niños, porque veía su imagen reflejada en cada uno de ellos, paseando y riendo por ahí.
Esa mañana, Nylena descendió del cielo por primera vez con el propósito de arrebatarnos toda nuestra felicidad. Congeló nuestros cuerpos, impidiéndonos cualquier acción para detenerla, mientras la aldea se encendía en llamas y las personas se desbarataban en cenizas. Vimos la piel de sus párpados derretirse y derramarse sobre los lóbulos de sus ojos. No pudimos impedirlo. Nylena nos obligó a presenciarlo todo. Al final, complacida por haber destruido nuestra pequeña civilización, te arrebató a Nymmer de los brazos. El pequeño aulló de miedo, luchando por regresar contigo, clamando tu nombre y el mío entre sollozos que hacían estallar las casas envueltas en llamas. Con la poca autonomía que te quedaba, te arrastraste tras él, persiguiendo a la diosa Nylena. Las chispas de fuego que adornaban el pastizal, prendiendo en llamas el bosque que rodeaba la aldea perfecta, te detuvieron. El agotamiento también jugó su parte.
Destrozada, casi sin una gota de iridia, me pediste de la mía y te la entregué. No imaginé que la usarías para huir de mi lado sin siquiera avisarme. Te busqué en todas partes, en cada rincón que había sido testigo de nuestro amor, en aquellos lugares a los que solías acudir en momentos de aflicción. Te busqué e incluso intenté ascender al panteón, pero llegar a Catarbella era imposible sin que nos reuniéramos los cuatro serafines. Desde entonces y hasta ahora, faltabas tú.
Un día comenzó el Gran Diluvio. Llorabas sin cesar y yo, desesperado, seguía buscándote. Recorrí cada rincón de este mundo, cada espacio recóndito. Yo no sabía que estabas escondida por unos demonios terrenales en una casa abandonada. Aprovecharon que estabas lejos de mí, que habías perdido tu iridia y no podías moverte.
Como tampoco podías gritar, se me hizo aún más difícil localizarte. La tierra se había convertido en un enorme estanque, con olas que arrasaban con todo a su paso. Avanzar era lento, cada paso significaba patear el agua que me llegaba hasta las rodillas, y luego un poco más arriba.
Cuando divisé esa casa abandonada a lo lejos, estuve a punto de no investigarla, pues habría jurado que nunca te encontraría allí. Sin embargo, un presentimiento me arrastró hacia la puerta, la cual abrí de una patada. Llamé la atención de los seis hombres, quienes detuvieron su masacre y se volvieron curiosos hacia mí. Cuando separé los labios estoy seguro de que no mostré el horror en mi expresión, probablemente porque no entendía lo que estaba sucediendo. «Hola, camarada, llegaste en el momento indicado. Únete, ¿qué esperas? No te aflijas, es una muñeca, no es un ser humano normal.»
Reencontrarme contigo en esas circunstancias fue, sin duda, uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Uno de ellos te presentó ante mí, mostrándome lo hermosa que seguías siendo incluso después de tantos días de tortura. Estabas reluciente y solo tenías un par de cardenales rodeando tus ojos, cuya mirada lucía perdida. Pronto comenzaste a toser y la sangre manchó tu mentón. A pesar de tu apariencia perfecta, los residuos de ese líquido rojo ensuciaban la cama en la que yacías y tu ropa desgarrada.
Fruncí los labios durante un minuto completo, mientras ellos se miraban entre sí, probablemente preguntándose si yo no era más que un forastero desquiciado.
Les demostré que lo era.
No pude hacerlos sufrir durante cuarenta y un días ni cuarenta y una noches, como pretendía. La vida no les alcanzó para soportarlo. Solo aguantaron cinco días y cuatro noches. Malditos débiles, cobardes ratas mortales. Al tercer día, cuando me aburrí de escucharlos gritar colgados de cabeza, con un par de animales que atraje para que se los comieran vivos encendí el primer cigarrillo que fumé en mi vida. Fue liberador.
El último imbécil que quedó, fue el que peor lo tuvo.
Espero que no quieras saber nunca lo que hice con él.
Cuando terminé con ellos, regresé a tu lado. Aún estabas sumida en un eterno trance de dolor, aunque tu rostro seguía intacto. Caí a tus pies y te supliqué perdón por mi inacción. Porque masacrar a esos hombres no había significado nada para ti. Lamentaba no poder salvarte. La culpabilidad podría haber consumido por completo mis sentidos y haberme llevado a la muerte. Seguramente me habría ahorcado si hubiera creído que me serviría de algo.
Renuncié a ti para regalarte una pequeña parte del mundo en el subterráneo de Riveria. Escogí Riveria porque era conveniente que los pueblos hubiesen abandonado la ciudad, creyéndola deshabitada, convencidos de que habían exterminado hasta al último de los sobrevivientes de cabeza roja. Nadie te encontraría allí.
El anillo en mi dedo tenía el poder de crear cualquier cosa, aunque nunca intenté crear seres humanos con él. Resultó ser un éxito muy conveniente. Creé a tu madre, a tu padre y a tu hermano. Solía creer fervientemente que había sacrificado partes de mi alma para crearlos. Que te había legado las mejores partes de mí mismo: mi amor dividido en la creación de tu madre, que te adoraba; tu padre, que te cuidaba; y tu hermano, que te admiraba. Al salir de Riveria decidí sellar la ciudad con una barrera de fuerza para protegerte de la vileza de Melcior. Ahora me arrepiento de haberlo hecho.
Despedirme de ti no fue difícil. No me dolió demasiado dejarte en esa casa con las personas que se convertirían en tus nuevos seres favoritos. Lo que realmente me hizo daño fue cerrar la barrera de Riveria y dar la media vuelta. Aquella caminata de regreso fue desgarradora. Asumir que ya no escucharía tu voz llamándome, que no apreciaría tus sonrisas y que al ver nonos se me rompería el corazón; pensar que todos esos recuerdos preciosos podían ser eclipsados por el tremendo dolor que me hería, incluso físicamente, me hacía cojear. Pero tuve que seguir caminando. Aceptar que tenía que aprender a vivir sin ti. Desde entonces, no he dejado de encender otro cigarrillo cada vez que pienso en ello.
Te visité cada cierto tiempo mientras con tu cuerpo ficticio ibas creciendo, y tomé la decisión de escribirte cada día en un diario, si así podía calmar un poco lo mucho que te extrañaba. No contaba con que Neblina me seguiría, te encontraría y destrozaría todos mis planes.
Levanté la cabeza cuando un golpe sordo me sobresaltó mientras escribía. Dirigí la mirada hacia la puerta, que estaba siendo golpeada con insistencia.
Antes de levantarme noté que Gyuri ya no estaba sentada en la misma roca donde había permanecido tanto tiempo. Al abrir la puerta, la encontré respirando agitadamente y me lanzó una mirada herida. En lugar de golpearme, como me lo esperaba, se masajeó la sien con los dedos. Era evidente que le costaba contener la frustración y sollozó como si pudiera derramar lágrimas. Me miró de nuevo y, sin pronunciar palabra, me lo recriminó todo.
—Nono... Gyuri.
—Es tan horrible despertar y darme cuenta de que no... de que yo... no... no volveré —balbuceó, con un evidente dolor físico—. Aun si me voy de aquí no encontraré nada. Nada.
Soltó el aire como si estuviera ahogándose y, al ver su angustia, avancé hacia ella y la abracé con fuerza. Aunque no intentó apartarme, percibí su temblor y cómo rechazaba mi contacto.
Las rodillas me fallaron mientras escuchaba su quebranto. No era sencillo para un hombre presenciar el llanto de una mujer, pero resultaba aún más desgarrador si esa mujer era la criatura a la que más adoraba. Me dejé caer al suelo, abrumado, y la abracé aferrándome a sus rodillas. Escondí mi rostro en sus piernas y murmuré contra la tela:
—Perdóname.
Ella se intentó apartar, pero le abracé con más fuerza.
—Haría lo que fuera para deshacer todo lo que tú quisieras —le dije, soltándola un poco para que me viera a los ojos—. No sabía qué más hacer para salvarte.
El silencio que nos envolvió después me hizo suspirar de alivio. Sentía que, como antes, sus manos no podían resistirse a acariciarme el cabello. Por supuesto que se lo permití, si eso le reconfortaba de alguna manera.
—Quiero a mis padres. —Sollozó. No podía articular bien sus palabras, pero comprendí perfectamente lo que quiso decir—. Quiero volver a casa.
Se encogió hasta caer de rodillas frente a mí. La abracé y le besé la cabeza.
—¿Puedes devolverlos a la vida? —me preguntó, y levantó mi mano con el anillo para mostrarme lo que ya me era obvio—. Con esta reliquia puedes crearlos, ¿no es así?
Por primera vez en mucho tiempo me observó con otros ojos. Ya no parecía odiarme, sino que me suplicaba por ayuda.
—Sí. Pero ellos no te recordarán a ti ni la vida que llevaban en Riveria.
—Entiendo. —Le tembló la voz.
Nos miramos por un instante hasta que ella bajó la mirada al suelo.
—¿Es lo que quieres? —le pregunté—. ¿Quieres que cree a tu familia y te lleve de vuelta a Riveria?
—No lo sé —me respondió sosteniéndose la cabeza—, no sé lo que quiero. Pero creo saber lo que necesito.
—Dilo y lo tendrás —le susurré.
Gyuri me volvió a mirar.
—Tan solo abrázame para dormir.
Nos acomodamos en un catre desolado del cuarto de la casa, apenas adornado por un colchón maltrecho. Cualquier cama se habría transformado en un refugio perfecto en su compañía: ese era mi privilegio. Se acurrucó bajo mi brazo sin quejarse, con su mejilla rechoncha aplastada contra mi pecho. Su piel era tan suave que me deleitaba recorrerla con los dedos. Por más que yo intentara acomodar esos rizos salvajes, volvían a curvarse por más que los estirara. Tan frágil que dolía tocarla. Pese a que me pidió dormir conmigo, la vi pestañear sin conciliar el sueño, suspirando y viajando entre sus miles de pensamientos.
—Todo fue real —susurró ella—. Todo lo que hicieron por mí se refleja en quien soy. Y yo soy real. Lo soy, ¿verdad?
La desesperación que reflejaban sus ojos me partía el alma. Asentí con convicción, pues realmente lo creía así.
—Tú eres la prueba viviente de que todo ha sido real.
—Eres real tú también, ¿no, Cyrone? ¿O es que tienes algo más que decirme?
Sin darme cuenta, era probable que ella hubiese percibido la tristeza en mis gestos. Justo cuando estaba a punto de abrir la boca para explicarme, posó su dedo sobre mis labios.
—No. No me lo digas. —Su dedo temblaba—. Prefiero no saberlo, no sé si podría soportar saberlo.
Tomé su mano antes de que pudiera seguir sufriendo un segundo más.
—No tienes de qué preocuparte, nono. Te prometo, en nombre de lo que me pidas, que no te escondo nada más. Soy real, y gracias a ti puedo asegurarlo.
Al contemplarla, recostada con sus rizos perfectamente formados y sus delicadas facciones, sentí cómo el peso en mi pecho se transformaba. Una esperanza hermosa y vibrante brilló en su mirada, una que deseaba poder atrapar para que nunca se desvaneciera, y luego, ella me besó.
No podía asegurar que me había perdonado, pero al menos sabía que estaba tranquila, por cómo se acurrucó y durmió en un instante, presa del cansancio que la había asediado durante varios días de reflexión.