Capítulo 4 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Aterricé en el pastizal escarchado. Una brisa acarició mis mejillas heridas y solté una figura espiral con mi aliento. Observé unas hileras verdes brotando de la tierra, las arranqué con mis manos y entonces comprendí que no se parecía en nada a lo que había visto en Riveria. Esa era la superficie, y en ese lugar crecía hierba blanca sin ahogarse en montones de nieve. Abracé el libro rojo como si estuviera a punto de escaparse de mis manos. Cuando traté de ponerme de pie para explorar el entorno, mi garganta se cerró por completo al respirar; era como si una fuerza invisible me estuviera estrangulando, de manera que el sofoco me hizo caer de rodillas.
¿Qué me pasa?, pensaba mientras luchaba por aspirar.
Oía una voz distorsionada hablándome, pero mientras sostenía mi garganta con ambas manos no podía girarme a ver a quién insistía en obtener mi atención. Intentaba hablar, pero no hallaba mi propia voz.
Dos grandes manos tomaron mis mejillas y dirigieron mi vista hacia adelante. Me encontré con un espectro oscuro cuyo rostro me resultaba indistinguible.
—Gyuri, escúchame. Nym está vivo. Lo vi corriendo antes de que yo bajara al subterráneo. —Su voz rebotó en mi cabeza como un eco.
La presión en mi pecho se liberó de golpe al oír esas palabras y respiré con desesperación. Lo miré y por fin pudereconocer quién era: Cyrone. Cuando él corroboró que volvía a respirar, me soltó y se alejó de mí.
Un caos invadía mis pensamientos. Aún jadeante, observé mi alrededor. Me encontré con un mundo extraño, con un pasto cubierto de rocío brillante. Del suelo brotaban árboles invernales de muchos colores fríos, pero luminosos. Sin embargo, al mirar al cielo ya no encontré carámbanos ni diamantes. Sobre mi cabeza solo se extendía una infinita capa de niebla teñida de los colores de la arboleda. Más allá de ella, nada. No parecía haber nada.
—Me siento cansada —susurré y me toqué la frente, presintiendo que me desvanecería.
Me tropecé y Cyrone rápidamente me sujetó de los hombros. Con los ojos entrecerrados, vi el negro de la capa y una parte de su ropa debajo de ella. Una camisa. A diferencia de mí, él desprendía una calidez corporal encantadora, lo que me provocaba ganas de recostarme en su pecho y dejarme llevar por el sueño.
—Levántate. Debemos irnos antes de que Neblina consiga escapar de los escombros.
Percibí que me sacudía levemente.
—¿No escuchas? —enfatizó él, tratando de hallar mi mirada.
Antes de que pudiera engañarme en mi somnolencia, lo empujé con fuerza para que me soltara. Recordé lo que le había hecho a Riveria. No tenía pruebas para demostrar que el sismo lo había provocado él, pero según lo que habían conversado en mi presencia y los otros poderes que manifestó con el suelo, podía acusarlo de eso.
—¡No iré contigo a ninguna parte! —grité, sintiendo un dolor agudo en las sienes—. Tú destruiste mi hogar. Fuiste tú junto a esa tal Neblina, ¿no? ¿Cómo piensas que puedo irme contigo?
—Sí, fui yo. —Su mirada penetrante me obligó a apartar la vista—. ¿Y qué? Tu familia no estaba allí cuando llegué. Tus padres deberían estar aquí en la superficie. ¿Te vas a poner a llorar por un par de muebles y cachivaches?
No le presté atención. El dolor me carcomía desde adentro, burlándose de mí. Podía escuchar las sibilancias de mi respiración y cuando miré uno de mis dedos noté que mis uñas se tornaban moradas.
—¿Qué me está pasando? —pregunté nerviosa, a punto de arrancármelos, porque el morado se volvía profundo hasta llegar al negro y aquella tinta comenzaba a extenderse en las venas de mi mano, remarcando las raíces que tenía bajo la piel.
Cyrone se quitó la capa, revelando lo que había debajo de ella. Lo primero que vi fue su rostro, cuya mirada cansada, oscura e intimidante estaba adornada con unos iris de tono violeta. Sus rasgos delicados contrastaban con lo angular de su mandíbula y con sus cejas gruesas y fruncidas. Cuando por fin pude apartar la vista reparé en que de su cabeza brotaban dos grandes cuernos frontales terminados en punta, y entre su cabello añil oscuro se asomaban unas largas orejas afiladas.
Él era como Neblina. Era como yo... él era un...
—Soy un serafín al igual que tú, yo soy el serafín de la tierra. —Sus ojos examinaron los míos—. Tienes ganas de llorar como los humanos, pero no puedes. Los ángeles no lloran. Por eso me necesitas. Necesitas a alguien que te mantenga cuerda y sepa cómo resguardar tu cuerpo en Riveria. Si no tienes una iridia saludable incluso tu cuerpo inmortal puede congelarse, herirse.
Mientras me explicaba eso, me arropó en su capa y un cálido calor despejó mi mente del miedo. No podía evitar que lo hiciera, me encontraba demasiado cansada, y aquella información se apoderaba de mis pensamientos. ¿Serafina, yo?
—¿Qué es una serafina? ¿Te refieres a...? No... —susurré adormecida—. No es posible que yo sea... que yo...
—Gyuri, eres parte de los cuatro serafines de la naturaleza. Eres la serafina del cielo.
Negué con la cabeza. Un terror inmenso me envolvió. Miré hacia arriba y vi que no había nada, pues necesitaba comprobarlo antes de afirmarlo:
—El cielo del que hablan mis novelas no existe —respondí sobrecogida.
—Eso es porque no has hecho tu trabajo desde hace un buen tiempo —dijo él, con una sonrisa apenas perceptible.
—Pero... —Tartamudeé varias veces, antes de comprender siquiera la mitad de lo que ocurría—. El serafín del cielo, Caelum, acabó con su vida...
—Estás agotada, debes descansar, no hay tiempo para explicaciones ahora. Duerme, luego te lo contaré, te lo prometo —le escuché decir a Cyrone en un susurro lejano—. Déjate ir...
Mi mente dio un vuelco, rozando la locura. Reí un poco bajo la capa y cubrí mi boca. ¿Se trataba de una broma? Si yo era la serafina del cielo, ¿qué hacía escondida bajo tierra? Miré de nuevo a Cyrone y luego arriba, más arriba, cada vez más hacia atrás, hasta que mi cuerpo se dejó caer. Solté el libro, que ya me pesaba demasiado. Me desplomé derrotada, con los ojos entreabiertos.
Aún tenía algo de conciencia, por lo que pude percibir el aroma arrullador de la tierra mojada. Una esencia sedante. Podía percibir que alguien me llevaba en brazos hacia alguna parte. ¿Era el serafín?
No podía oponer resistencia. Me quedé profundamente dormida a su merced.
✦ ✦ ✦
Cuando desperté, un humo me hizo toser. Percibía mi entorno borroso, así que pestañeé para enfocar la luz de una fogata que quemaba frente a mí. Detrás de la hoguera se encontraba Cyrone. Me miraba de reojo, aunque tenía su atención fija en lo que cocinaba sobre el fuego.
Traté de reconocer el lugar en el que me encontraba, pero estaba tan oscuro que me resultaba imposible. Nos hallábamos rodeados de piedra... ¿una cueva? No parecía tener salida al exterior. Lo único que alivió en parte mi miedo fue encontrar mi libro junto a mí.
Mi cuerpo agarrotado no obedecía a mis intentos de ponerme de pie; al doblar los dedos de la mano, una sensación de ardor me invadía. El movimiento dolía, dolía. Lo intenté otra vez y sentí como si me muriera. Boté el aire. Debía escapar. Debía marcharme de algún modo. Debía ir a buscar a mi hermano.
—Deja de insistir —me regañó Cyrone—. ¿O tanto te odias?
—¿A dónde me trajiste? —pregunté con voz débil.
—Estamos en la superficie. Formé una cueva y la cerré para aislarnos del frío.
¿Cómo se puede «formar una cueva»?, me pregunté, pero no dije nada.
Me dejé caer tras varios intentos.
—¡Buenos días, tardes, noches, señorita Gyuri! —Una voz chillona se oyó desde un costado.
Me sobresalté y se me erizaron todos los pelos al visualizar una criatura pequeña y viscosa, que se elevó en el aire al batir sus dos alas bicolores.
—¡¿Qué... qué es eso?! —Traté de alejarme, alterada, pero el cuerpo me volvió a doler—. ¡Auch! ¡Ah, maldita sea!
—Señorita Gyuri, por favor, no se mueva. Yo le puedo explicar su situación. Usted está en Entrita, cruzó las montañas junto a sir Cyrone y aquí ya no hace tanto frío, pero su cuerpo todavía está...
—¡¿Qué es lo que eres?! —insistí. Todavía me costaba creer lo que veía.
—¿Preguntaba por mí? Me halaga su atención. Soy un animal celestial. Una rana celestial, como dirían ustedes los serafines.
—Flye, deja de atormentarla con información. Apenas empieza a comprender que es una serafina —le dijo Cyrone.
Una información que probablemente me costaría demasiado esfuerzo comprender.
—Cyrone... ¿así te llamas? Déjame ir, mi hermano está solo.
—Así me llamo —me respondió—. No podrás hacer nada por tu hermano si sales y te congelas. —Cyrone me entregó un bol de piedra lleno de una sopa luminosa que resaltaba en la oscuridad—. Ten. Esto te puede ayudar a calentar el cuerpo.
Vi su cara; enfoqué esos ojos de iris púrpura que me hicieron saber que yo no le simpatizaba del todo. Parecía estar enfadado, y sus ojeras me demostraron que no quería estar allí.
Me detuve antes de coger el bol, ojeando la sopa sospechosa. La ración no desprendía ningún olor que delatara algún tipo de veneno, pero su brillo y color relumbrante me hicieron dar un respingo.
—¿Acaso nunca viste una sopa? —Cyrone arqueó una ceja.
—Así de luminosa, no —obvié con mi tono—. Mis padres me lo han dicho, hay que quitarle el brillo a los frutos antes de cocinarlos.
—Señorita Gyuri, los humanos suelen temerle a todo lo que ven, ¿lo sabe? Seguro que sí, por como reaccionó al verme. La luminosidad de los frutos y plantas es inofensiva para su salud.
—Es fácil decir una mentira, no los conozco a ustedes. No voy a tomar la sopa.
Cyrone suspiró con pesar.
—Lo que me faltaba, una niñita berrinchuda.
—¿Niñita? —gruñí ante su desdén—. Soy una mujer. Que no confíe en ti no es raro, ¿verdad? Destruiste mi ciudad. ¿O debo confiar más en ti que en mis padres? Esa mierda podría estar envenenada.
Cyrone me miró con seriedad y acercó el bol a sí para tomar un sorbo.
—¿Cómo puede creer que seríamos capaces de envenenarla? —se indignó la rana.
—A ver, «mujer», piensa un poco. Si quisiera hacerte daño, pude haberlo hecho mientras dormías —respondió él.
Un escalofrío recorrió mi cuello y observé mi cuerpo para corroborar que todo estuviera en orden.
—¡Sir Cyrone! —se horrorizó Flye.
—Que no lo hice —insistió hastiado—. Esas heridas que traes son porque tu iridia está debilitada. Tu cuerpo puede resistir lo que sea, excepto si tu iridia flaquea.
—¿Y qué dragonartos son las iridias? —pregunté.
Sus ojos se desviaron hacia arriba con un gesto de fastidio, como si fuera muy difícil explicarme.
—Son el corazón de los serafines. Es una analogía: los serafines, en vez de corazón, tenemos un cáliz que se llena. Somos inmortales porque el cáliz jamás se rompe. El problema es que solo se colma de iridia para funcionar... digamos que es el vino que llena el cáliz. Si tu iridia se consume, te duermes.
Volví a ladear mi cabeza ante su explicación.
—¡¿No lo entiendes?! La iridia es el propósito de cada serafín: la misión, lo que enciende tu cuerpo, lo que le cura. El costo de la inmortalidad. Sin ella no puedes moverte ni usar tus poderes. Tu piel ennegrece hasta que quedas completamente petrificado. Al parecer, tu iridia es tu familia.
Lo observé con una ceja alzada. La repetida broma de que yo era una serafina comenzaba a cansarme. ¿Cómo podía ser otra cosa que una broma? La idea de que alguien como yo fuera un ser celestial, un creador de la naturaleza, era simplemente absurda. Resultaba mucho más fácil creer que ese hombre estaba desquiciado.
—Entonces, según tú, ¿soy Caelum? ¿Y cómo es eso posible, si se supone que murió? —dije con una risa nerviosa atorada—. Deberías considerar ser escritor, Cyrone. Tu imaginación no tiene límites.
Me clavó una mirada seria, como si estuviera por completo seguro de sus desvaríos.
—Sí. No. Maldición. Verás, Lummina... —Cyrone desvió los ojos de mi rostro y frunció sus labios en una línea. Yo hacía lo mismo cuando intentaba llorar—. La antigua serafina del cielo murió después de desatar el Gran Diluvio. Cuando las lanzas del Empíreo liberaron su poder, ella misma decidió poner fin a su existencia con ellas. Caelum es el nombre de tu rol, como Aestus el de Neblina, ¿comprendes?
—Entonces ¿Lummina se suicidó y yo heredé sus poderes? Vaya argumento, ¿no crees?
El serafín pareció herido, pero aquella expresión tardó apenas un segundo en ser reemplazada por una mueca de fastidio.
—No es nada extraño. Los serafines al morir heredamos nuestros poderes a nuestros tronos.
—Tronos —repetí asintiendo, con un tono que delataba mi completa ignorancia sobre el tema.
—Señorita, los tronos es en lo que se convierten los querubines al crecer.
—Los querubines son esos niños que viste junto a Neblina, los que te estaban atacando —completó Cyrone, anticipando mi confusión.
—Entonces, eso quiere decir... ¿qué pasó con los otros? Co... con los demás querubines.
—Tú fuiste la única querubina que ella hizo nacer. La serafina del cielo te encerró en Riveria con una familia humana bondadosa que te cuidaría hasta que fueras grande y digna para sucederle.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso era tu pareja o algo parecido?
—¡Señorita Gyuri! —saltó la rana.
Cyrone miró en otra dirección mientras se colocaba una mano en la nuca.
—Déjala, Flye, no sabe lo que dice. —Volvió sus ojos sobre los míos. ¿Hablar de ella le dolía?—. No, Gyuri, no éramos pareja. Pero creo que me consideraba un buen amigo, solo yo sabía dónde estabas. ¿Quieres hacer alguna otra pregunta sobre mi vida amorosa? ¿Tal vez el ángulo exacto en el que Lummina se enterró la lanza del Empíreo? ¿O ya terminaste?
Me quedé sin habla por un instante. En mi mente resurgió la imagen de la barrera que me había mantenido prisionera en Riveria. Era una cárcel invisible, un poder más fuerte que cualquier obstáculo material. En ese momento, todo encajó para mí: por qué no había podido salir y, sin embargo, mi hermano lo había hecho sin problemas. Dejé escapar un suspiro de frustración.
Pronto, tras pensar que asumir lo que me decían tenía sentido, relajé mi rostro. Miré mis manos que ahora recuperaban su color. Eso podía significar una sola cosa.
—Bien. Supongamos que sí soy una serafina. Mis manos tienen color, lo que significa que mi iridia no se ha apagado. Eso quiere decir que... ¿mi familia está viva? —La expresión dura del serafín se suavizó.
—¡Así es, señorita Gyuri! ¡Qué felicidad! —dijo la rana.
—Pero ¿cómo? Tú demoliste Riveria. Mis padres no pudieron huir de eso.
—Te repito. Cuando llegué no estaban tus padres cerca. Probablemente fueron en busca de tu hermano menor.
La llama dentro de mi pecho volvió a arder, permitiéndome respirar con un poco más de normalidad.
—Todo está sujeto a su convicción, señorita Gyuri. Hasta que no compruebe usted que ha perdido su iridia por completo, jamás se apagará —me explicó Flye.
Cuando Cyrone sorbió el bol de sopa noté que llevaba un anillo dorado en su dedo anular izquierdo, que brillaba con una luz similar a la de las plantas en Riveria. Con ello pude notar otras características llamativas de sus manos, como que las tenía vendadas y que la poca piel visible de sus dedos estaba ennegrecida.
—¿Qué es lo que eres? —le pregunté mientras él degustaba la sopa.
—Ya te lo dije, soy el serafín de la tierra —me contestó.
—Pero ¿qué eres para mí? ¿Somos hijos de Nylena? ¿Somos hermanos?
Cyrone carraspeó, interrumpiendo mi pregunta, y luego comenzó a toser en su puño.
—No, no. No somos hermanos. —Siguió tosiendo mientras dejaba la sopa a un lado—. Nylena no es nuestra madre. Somos parte de distintos linajes de serafines, por eso tenemos distintos poderes. —Hizo una larga pausa para recuperar su temple—. Por Catarbella, toma esa maldita sopa de sorivales. Mira tu nariz, parece un frijol rojo.
Ofendida, escondí la nariz detrás del puño. Recogí el bol con orgullo y fruncí el entrecejo.
—Mi piel es delicada. ¡Mi nariz se pone así con el frío!
—Pues imagínate cómo está ahora que te congelas.
—Un serafín que es inmortal, pero que se congela así sin más, me parece inútil —opiné.
—Buen punto —añadió Flye.
—Habla por ti. Yo no me estoy congelando —respondió.
Y era cierto, Cyrone estaba sin su capa, desprovisto de cualquier abrigo.
—¿Por qué será que yo me congelo? Si mi familia es mi iridia... no será que ellos...
—Se están alejando de ti, así es. Si lo que hace tu alma vibrar es una persona o un objeto, entonces mientras más lejos se encuentre de ti, menos resistente serás.
Sentí un maldito impulso de correr tras ellos, pero tal vez tenía razón, debía cuidar de mi cuerpo antes.
Luego todo cobró sentido. Por eso todas mis heridas se curaban, por eso sobrevivía y por eso era tan resistente al frío; porque siempre tuve a mi familia merodeando a mi alrededor.
—¿Cómo es posible que tú...?
—Es porque mi iridia está completa —se adelantó Cyrone.
—¿Y cuál es tu iridia? —Busqué a mi alrededor, pero todo estaba oscuro.
—Soy yo —dijo Flye, y Cyrone resopló.
El serafín sonrió por primera vez ante mí. Su expresión se había mantenido indiferente y sosegada, pero no pudo evitarlo, por lo que se cubrió con la mano como si le avergonzara mostrarla.
—No. —Volvió a ponerse serio—. A veces a Flye le gusta creérselo. Lo que pasa es que mi iridia es tan grande que no importa cuánto me aleje de ella: sigue brillando. Como dije, el que una iridia brille en tu pecho depende del tamaño de lo que sea, y lo cerca o lo lejos que se encuentre de ti. Y, por supuesto, de tu creencia, de que mantengas la idea de que volverás a tenerla contigo.
Suspiré apesadumbrada.
—Por eso es un fastidio tener de iridia a un mortal. Es como condenarse a morir —añadió Cyrone.
—No diga esas cosas tan desafortunadas, sir Cyrone, queremos ser amigos de ella, no que nos odie —dijo Flye.
—¿Morir? ¿No se supone que soy inmortal? —insistí, confundida.
—Si pierdes tu iridia, entras en un trance en que tus extremidades ennegrecen, no respiras y tus ojos pierden el brillo. Sigues viva, pero mueres. ¿Recuerdas que no podías respirar? Pues estabas entrando en aquel trance.
Lo entendí enseguida. Por un momento creí que había perdido a mi familia. Quería llorar desconsoladamente y no podía, por ser una serafina. No pude expresarlo de otra manera más que muriéndome.
—Es aterrador —murmuré.
Un silencio se instaló entre nosotros. Sin querer interrumpir aquella paz, dirigí la mirada hacia las botas de Cyrone, dejando que mis ojos lo recorrieran por completo otra vez. Noté que su pelo superaba ligeramente el largo del mío, aunque por delante lo llevaba corto y desordenado. Al verlo moverse de improviso, me tensé del susto.
—Oye, ¿puedes dejar de tenerme miedo? —me dijo él, aunque no hacía nada para causarme menos miedo—. ¿Son mis cuernos? Qué hipócrita, ¿acaso no te espantabas al verte en el espejo?
Pues sí, respondí en mi mente.
—Los tuyos son aún más espantosos. Son... —Quise agregar «más grandes y apuntan hacia adelante», pero me callé, porque él se me acercó de manera considerable.
—Oye, tranquila. Escucha, te irradiaré iridia —me explicó, arrodillado frente a mí.
El bol de sopa tembló en mis manos y el líquido que se rebalsaba me quemó las muñecas.
Cyrone levantó su palma y la acercó a mí. Luego se detuvo, vaciló un instante y, cuando por fin dejé de tensar los hombros, acarició con suavidad mi mejilla. Su palma era lo suficientemente grande como para cubrir toda mi cara. Me encontraba tan tensa que parecía que me había convertido en piedra. En ese momento, su piel se iluminó con una resplandecencia efervescente que me inundó de energía y una extraña sensación de placer. Mi cuerpo dejó de doler. Él mantuvo sus ojos cerrados, así que no pudo ver cómo mis heridas sanaron sin dejar ni una sola marca o cicatriz. Sin embargo, cuando volvió a abrir los ojos, me observó y retiró su mano sin mostrar sorpresa alguna. Por fin pude erguirme del todo y mover bien mis dedos.
—¿Cómo? ¿Siempre pudiste hacer eso? —le pregunté indignada—. ¡¿Por qué no lo hiciste antes de que me despertara?!
—Prefería que supieras lo que iba a hacer con tu cuerpo. ¿No estás de acuerdo? —Él se levantó y regresó a sentarse al otro lado de la hoguera.
—¿Ve, señorita Gyuri? Aunque sir Cyrone parezca el villano de un cuento, en realidad es muy bueno. —Flye detuvo sus palabras cuando el serafín le dirigió una mirada asesina—. Bueno, es hora de que asuma verdades, sir Cyrone.
Al poder moverme sin problema, la posibilidad de escapar me hormigueó en las piernas. Ellos tan solo me retrasarán, pensé. Tenía que ir a buscar a mi hermano antes de que fuera demasiado tarde. Estar cerca de Nym haría que mi cuerpo volviera a ser igual de resistente que antes. Sería capaz de valerme por mí misma. No necesitaba su ayuda; estaba completamente convencida de eso.
—Oye, Cyrone. —Mi tono de voz de pronto se volvió más dulce—. Aprecio mucho tu ayuda, gracias. Sin ti, seguiría sin poder moverme.
—No es nada —respondió sin endulzar su voz, ni siquiera un poco.
Rodé los ojos con hastío, me puse de pie y cogí mi libro, echando un vistazo a la cueva. Todo era igual por todas partes: piedra y más piedra, pero me di cuenta de algo que podía usar a mi favor. Mi mirada se dirigió a la hoguera y tosí con fuerza, fingiendo intoxicación. El serafín ni siquiera me miró, así que carraspeé con más ímpetu.
—Bueno, tose hacia el otro lado, ¿quieres? —me dijo por fin.
—¿Se encuentra bien, señorita? ¿Es el humo? —preguntó Flye.
—Sí. —Tosí de nuevo—. Me siento ahogada. Quisiera ir a tomar un poco de aire ahora que estoy mejor.
—¿Te ahoga el humo de la hoguera? —preguntó él—. Si recién no te había causado nada. ¿Se te reinició la personalidad de damisela en peligro?
—Ya, sir Cyrone, no sea grosero.
Apreté los labios. Convencerlo sería más difícil de lo que creía.
—No es eso, pero ahora que puedo respirar bien... —Tosí otra vez—. El humo está inundando mis pulmones...
Él frunció el ceño y volvió a mirarme.
—¿Quieres escapar?
Negué de inmediato con la cabeza.
—¡No! ¡No, claro que no! ¿Cómo crees? —dije, ofreciéndole la misma mirada que mi madre denominaba «de cachorro». Mis padres nunca se habían resistido a ella.
El primero en caer fue Flye.
—Exacto. ¿Cómo puede acusar a la señorita Gyuri de algo así? —dijo en tono indignado.
Al ver al serafín ponerse de pie después de un suspiro rendido, pensé que una vez más mis ojos no me habían fallado, pero pronto sus puños se cerraron y yo retrocedí un paso.
No sabía qué estaba haciendo. La tierra empezó a temblar y la piedra que nos rodeaba se abrió de par en par, permitiendo que el aire del exterior entrara. Las rocas se fueron destruyendo una a una, dejando nuestro refugio totalmente expuesto. Miré a Cyrone y aguardé cinco interminables segundos antes de lanzarme a correr para escapar.
Tragué saliva y, reuniendo la suficiente osadía, salté sobre las rocas y corrí sobre el pastizal nevado. Me alejé lo más que pude antes de voltearme para confirmar que el serafín y su compañero animal no me seguían.
Suspiré de alivio.
Por primera vez eché un vistazo a la superficie y me detuve al ver esos desconocidos colores. Eran tan cálidos que fatigaban mis retinas; pese a la penumbra que me rodeaba, las luces amarillas me cegaban cuando las miraba directamente. La brisa era gentil y no me empujaba hacia atrás como en Riveria. Solté sin querer una risa, porque su contacto me provocó cosquillas. La hiedra bajo mis pies era de un color que jamás había visto; su estímulo me provocaba serenidad. Corrí y mis botas hicieron crujir un par de hojas secas al pisarlas. Sonreí de satisfacción y abrí los brazos cuando bajé acelerando por una pendiente, parecida a la colina de Lobres, pero mucho más cálida. Cuanto más avanzaba, más caliente era el ambiente, más reconfortante y alegre.
Había sentido ese calor alguna vez frente a la fogata encendida en mi casa, pero solo en lugares focalizados de mi cuerpo cuando los acercaba al fuego. ¡Jamás lo había sentido en todas partes, incluso en mi interior! Reí y di vueltas por la sensación de libertad tremenda que me consumía.
De repente, el ambiente se tornó más cálido, casi lo sentía palpitar. Mientras más avanzaba, más me acercaba a esa sensación, la de un abrazo, la del abrazo de mi Nym. Sí, la temperatura aumentaba y la luz se volvía más brillante y esclarecedora. Corrí con mayor fuerza, hasta que divisé al emisor de aquel fulgor. El miedo me paralizó el cuerpo y me agarré el pecho con la mano para controlar el ruido de mi respiración.
Una bestia, un monstruo. Tan grande como un árbol. Su pelaje reemplazado por llamas.
El sudor empezó a gotear por mi frente. Retrocedí en cuanto me vio. Rugió tan fuerte y exhaló tanto aire que caí al suelo. Quise pedirle perdón por alguna razón. Estaba a punto de atacarme. Me arrastré por el pastizal, que ahora se teñía de negro por las llamaradas que desprendía el animal en cada rugido.
El terror se apoderaba de mí, y mi iridia se debilitaba al imaginar a mi familia enfrentándose a los embates de esa bestia. No podía ponerme de pie. Golpeaba mis piernas para que reaccionaran, pero no lo hacían. «Ellos están bien», intentaba convencerme, pero aún no podía levantarme. Una sensación de pánico me invadió al ver al animal acercarse. Morir no era el peor destino, especialmente sabiendo que unas brasas envolverían toda mi piel hasta deshacerla. Pero la regeneración sería eterna, dolorosa, horrible.
La bestia se incendiaba aún más con cada rugido y, de pronto, con una de sus patas me aplastó contra la tierra. Las llamas alcanzaron mi abdomen y se impregnaron en mi piel. Grité porque dolía. Dolía, dolía, ¡dolía!
En un instante, el animal emitió un sonido tan fuerte que trascendió más allá de lo que mis oídos podían captar. ¿Estaba siendo atacado? Abrí ligeramente mis ojos y vi a alguien aproximándose sobre su cabeza. El atacante cortó entre las llamas de su cuello. Observé un hacha de oro, y quien la sostenía era Cyrone. La bestia gimió y gruñó hasta que finalmente cayó derrotada a mi lado. Mi pecho subía y bajaba, apresurado. Permanecí inmóvil en mi lugar, pues cualquier movimiento me causaba dolor. Aunque el animal ya no me estaba atacando, el fuego seguía derritiendo mi piel.
—No huyas con mi capa, ladrona —oí la voz de Cyrone, quien descendió del cuerpo inerte de la bestia.
Al tocar mi abdomen, el serafín curó mis heridas. Dejé de jadear cuando el ardor cedió ante mis tejidos regenerados. Lo miré con una expresión de rendición y, al sentarme, me cubrí el rostro avergonzada.
Comencé a temblar y sentí la urgencia de gritar, pero me encogí, incliné la cabeza y apreté los dientes. Cyrone colocó su mano en mi cabello y de pronto me invadió una leve sensación de nerviosismo que me obligó a ponerme de pie.
El cuerpo me dolía, me ardía, por lo que era incapaz de controlar mis sentimientos. Vi que Flye se acercaba volando hacia mí y volví a sobresaltarme.
—¡No me toquen! ¡Aléjense de mí! —grité cuando la criatura se me posó en el hombro—. ¡¿Qué se supone que es esa cosa?! —grité apuntando hacia el animal muerto.
—Un ruroido, señorita Gyuri, una bestia con pelaje de fuego.
—¡Yo sabía que no tenía que venir a la superficie! ¡Se lo he dicho a Nym! ¡Maldita sea! —Seguí gritando y me cubrí la boca con las manos temblorosas, porque me era imposible contenerme.
Gemí a través de mis dedos, la ira me corroía. Quería devolver el tiempo y evitar que eso me pasara. Apenas vi que Cyrone tenía la intención de dar un paso hacia mí, retrocedí y caminé en dirección contraria.
A los dos pasos, mis piernas se hundieron en la tierra hasta la altura de la pantorrilla. Miré a Cyrone. Tenía la mano derecha en forma de puño, ejerciendo presión.
—No puedes irte. ¿Qué vas a hacer si te encuentras con otra bestia salvaje como esta? Oye, no te esfuerces tanto por alimentarlos, para eso estoy yo —vociferó el serafín, soltando la presión de la tierra que había absorbido mis pies.
—¡¿Por qué te interpones?! ¡Si me muero no es asunto tuyo! —le grité, superada por el terror y la ira.
—No peleen, por favor —nos pidió Flye.
—Te prometí que te ayudaría a recuperar a tu hermano —replicó el serafín.
—Sí, pero ese no es tu problema, Cyrone. Déjame ir.
—También le hice una promesa a Lummina —insistió con una mirada penetrante, mientras se acercaba a mí—. Tengo que cuidarte.
Me desenterré y sacudí mis rodillas. Por fin, el escozor de las quemaduras había desaparecido por completo. Estaba segura de que si revisaba mi cuerpo, no tendría marca alguna.
—Señoritos, les pido encarecidamente que dejen de discutir. —El anfibio voló entre ambos y se dirigió a mí—. Señorita Gyuri, no queremos mantenerla cautiva, solo pretendemos que usted encuentre a su hermano. En Melcior existen muchos peligros: bestias, temperaturas extremas y plantas carnívoras. Incluso el encuentro con humanos puede resultar peligroso para usted. Sé que no lo puede notar, pero sir Cyrone se preocupa de forma genuina por usted.
Su presencia me calmaba de una manera difícil de explicar. Apenas lo conocía, pero podía ver en sus oscuros y nublados ojos que me decía la verdad.
—Rana... —susurré, por fin siendo capaz de tomar aire y calmar mi crisis.
—Mi nombre es Flye, para servirle. —Pese a que el anfibio no tenía gestos faciales, a mí me pareció notar una cálida sonrisa.
Estaba tan concentrada en Flye, que no me percaté de que el serafín tenía otros planes. Hizo surgir a mis espaldas un árbol en la tierra, al cual se aferró mientras lo hacía crecer. Extendió su mano hacia mí, como si me estuviera invitando a subir con él.
—Hazme un favor —me pidió Cyrone.
Negué con la cabeza en un gesto de desprecio, pero antes de poder responderle con palabras, el serafín me tomó del brazo. Mis pies, de repente, se despidieron del suelo.
—¡Sir Cyrone! ¡Por los siete mares de Riorense! ¡Estaba logrando convencerla! —gritó Flye, pero su voz se fue debilitando cada vez más mientras me alejaba de la tierra firme.
Me elevé en el aire y el vértigo golpeó mi estómago. Cuando miré hacia arriba, Cyrone me atrajo hasta rodear mi cintura con uno de sus brazos. Bajo nosotros el árbol seguía creciendo cada vez más hasta pasar la altura de la planta más grande que alguna vez había visto: la Flor del Tallo Infinito. Mi miedo fue opacado por la incertidumbre. ¿Qué pretendía el serafín?
Cuando dejó de crecer y mis pies tropezaron con el aire, me desesperé al dimensionar la altura. Primero un huracán, luego un terremoto, y en ese momento un árbol colosal. No tenía ganas de seguir familiarizándome con los serafines de la naturaleza. Cyrone me apretó con más fuerza para ayudarme a posarme con firmeza en la gruesa rama.
—¡Qué haces! ¡Suéltame! —supliqué, pero cuando él retiró su brazo de mi cintura, recapacité—. ¡No! ¡No, no me sueltes! ¡¿Qué te pasa?!
—Quería pedirte el mísero favor de echarle un vistazo al mundo que estás pisando, porque parece que no lo entiendes.
Cyrone estiró su mano libre y, con una fuerza extraordinaria, nos subió en una rama mucho más gruesa. Me tambaleé de la impresión y estuve a punto de caerme, por lo que el serafín tuvo que sostenerme de las caderas para estabilizarme.
—¿Me vas a obligar a hacerte un favor? Pues ya no es... un favor —Jadeé asustada cuando, sin querer, miré hacia abajo.
El serafín se sentó en la rama.
—Observa más allá de la niebla, a la izquierda y a la derecha.
En ese lugar aislado, donde solo podía depender de él para estar segura, no tuve más opción que hacerle caso. Me senté a su lado y miré temerosa hacia atrás, asumiendo que era el lado derecho de Melcior. Observé unos riscos tenebrosos, montañas oscuras y de apariencia hostil. Lo único que escuchaba era el viento que recorría el camino desde lejos. No había vida ni iluminación. Los árboles que animaban el escenario con sus luces no eran visibles a esa altura. La angustia que me provocó mirar hacia ese lugar me obligó a tragar saliva.
Luego, él dirigió mi cabeza hacia el otro lado, tomando mi mentón con delicadeza. Sin quererlo, creí que me obligaba a mirarlo a él, por lo que me congelé al reflejarme en sus profundos ojos violeta. Mis latidos, ya desbocados por los nervios y el terror, aumentaron un poco más al compartir el contacto visual. De pronto, tras él, divisé una niebla infinita de esos colores cálidos que jamás había visto. Mi atención se desvió ligeramente, y me sumergí en una mezcla de asombro e inquietud.
—Amarillo, rojo, naranja —susurró Cyrone, mientras se volteaba para ver lo mismo que yo—. Así se llaman esos colores.
Asentí. Los había visto, más opacos y diluidos, en el fuego que mis padres hacían para cocinar. Pero eso..., eso era diferente.
—Es hermoso, ¿no crees? —dijo el serafín. Su tono era tan triste, que volví mi mirada sobre su rostro—. Mira más allá —insistió Cyrone y yo regresé mi vista a la niebla—. De donde toda esa luz proviene, en lo más alto de una plataforma nubosa, se encuentra Catarbella, nuestro hogar.
Vi que debajo de esa plataforma flotante que él llamaba Catarbella, se extendía una exuberante vegetación, luces titilantes y sonidos lejanos de bestias. Algunas especies voladoras surcaban el cielo sobre los pueblos, y era hermoso, pero mi orgullo reprimía las ganas de decirlo.
—Desde que el cielo desapareció, Catarbella es nuestra fuente de vida. La diosa Nylena irradia su iridia a todos los seres vivientes. Les brinda calor. Ella duerme para poder conseguir todo esto —me explicó—. Si tú conoces a tu hermano, ¿hacia dónde crees que iría?, ¿crees que se quedaría en el frío de Riveria? ¿O crees que se iría camino a Catarbella?
No podía apartar mi vista de la hermosa panorámica de Catarbella. A pesar de la distancia, irradiaba una luz y un calor frágil que me emocionaba. Recordaba que Nym hablaba mucho acerca del paraíso... Allí se encontraba Nylena y todas las novelas de Melcior. Pero mientras más pensaba en querer llegar ahí, más miedo me daba alejarme de Riveria y abandonar todo lo que, se suponía, me hacía más feliz.
—Ven conmigo. —La mirada que de pronto me dedicó me llenó de calidez el pecho—. Ven conmigo y encontremos a tu hermano. Te enseñaré a usar lo que Lummina te dejó. Por favor, confía en mí...
Cuando Cyrone tomó mi mano, me di cuenta de que me había perdido en sus palabras.
—Justo debajo de Catarbella, ¿lo ves? Está el océano —señaló direccionando mi mano hasta apuntar al lugar que él deseaba. Su aroma me inundaba—. Riorense, la casa de Faraine, la serafina del mar. Ella tiene la reliquia, con ella encontraremos tu iridia. Encontraremos a Nym.
La mención de mi hermano me hizo retraer mi mano.
—¿Me lo dices en serio? —respondí recelosa.
Cyrone me miró en silencio y luego me soltó para incorporarse y tocar el tronco del árbol. Enseguida suspiró con pesar. Al alejarme de él, noté que sus piernas temblaban, como si estuviera a punto de desmayarse. Levanté las cejas sin entenderlo, y apenas abrí mi boca abandoné la intención de preguntarle.
—No puedo encoger el árbol, porque no tengo iridia suficiente. El gasto energético de irradiar iridia me dejó así.
—Veo que tu iridia no era tan fuerte, fanfarrón. —Sonreí con nerviosismo. ¿Cómo bajaríamos de ahí?
El serafín frunció el entrecejo y levantó un brazo debilitado para señalar mis piernas.
—Si revisas tu cuerpo, no encontrarás ninguna señal de necrosis. Te he estado irradiando mi iridia desde que te encontré, y no ha sido fácil mantenerte con vida —concluyó señalando con la barbilla hacia abajo. Comprendí que se refería a Neblina y a la bestia.
Sentí la sangre acumularse en mis mejillas. Era verdad, él había estado «muriendo» para mantenerme con vida.
—Yo... perd... gracias. Perdón... —balbuceé como una tonta. Él sonrió.
—Así como te protegí en detrimento mío, te aseguro que volveremos a tierra firme y tú estarás sana y salva. —Asintió, manteniendo el buen ánimo.
—Y si no puedes encoger el árbol, ¿cómo vamos a bajar? —le pregunté.
—Puedo volar, como todo serafín.
Al escucharlo, me dieron ganas de echarme a reír. «Debes tener una gran personalidad como para asegurar algo así sin tener alas», quise responderle en tono de burla, pero Cyrone me tomó en brazos de forma repentina y dio un paso adelante, directo al vacío.
Todo fue demasiado rápido; en el momento en que caímos, cerré mis ojos con fuerza esperando recibir el impacto. El serafín me abrazó en el abismo y se puso debajo como colchón. A medida que descendíamos, vi cómo crecían diversas plantas para amortiguar nuestra caída. No sirvieron de mucho, de hecho, porque nos golpeamos contra las ramas. Quedamos inmóviles al aterrizar.
Estaba harta de caer de alturas. En serio. Sin embargo, a diferencia de las otras veces, me encontraba ilesa, recostada sobre el pecho del serafín.
—¡Sir Cyrone! ¡Qué manera tan bruta de bajar! —nos gritó Flye preocupado.
Observé de soslayo la cantidad de plantas deformes que nos rodeaban. Me paré y lo miré sin poder creerlo.
—¡Mentiroso! ¡¿Alas?! ¡¿Alas?! ¡¿Dónde están esas alas?! — grité indignada.
Cyrone se levantó maltrecho y se reincorporó a duras penas.
—Dije que podía volar, no que lo haría.
—Estás loco.
—Sí que lo está —opinó Flye.
—Pero cumplo con mis promesas —respondió Cyrone.
No se equivocaba, había regresado a tierra sana y salva.
—Si te prometo que encontraré a Nym y te protegeré, cueste lo que cueste, ¿me creerás?