Capítulo 43 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Nylena.
La voz de la mujer de mi vida resonó en lo profundo de mi mente. Me preguntaba si Nylena seguía esforzándose por controlar mis pensamientos mientras me perdía en la inconsciencia. Era inquietante cómo imitaba la voz de Gyuri tan bien. Pestañeé, convencido de que me estaba volviendo loco cuando una pequeña mano intentó abrir la mía. Al hacerlo, me despojó del anillo dorado.
Imposible. Era una visión. ¿Lo era?
Sentí que la misma mano que me había quitado el anillo ahora tocaba mi herida, disipando el dolor que me consumía. Desperté de golpe de mi debilidad. Tomé aire y me senté en el cristal. Respiré aliviado, curado.
Busqué donde antes estaba Gyuri encerrada en la barrera, pero ya no estaba allí. Al mirar hacia arriba, la vi observándome desde su posición, seria, con el anillo de oro ajustado en su dedo.
—Yo... te amo, Cyrone, pero no necesito más protección —susurró ella antes de darme la espalda y dirigirse a Nylena—. No requiero ser protegida, encerrada, engañada ni ultrajada para aprender lecciones o para mantenerme con vida.
Los ojos en las alas traseras me observaban con atención. La serafina estiró el brazo y murmuró las palabras necesarias para conjurar una lanza del Empíreo:
—La esperanza al verse desamparada...
Pero mientras ella hablaba y la lanza se materializaba en su mano, Nylena volvió a reverberar en mi cerebro. De su boca, de su voz. ¿Cómo?
Gyuri seguía frente a nosotros, pero esa palabra se reproducía en nuestras mentes independiente de ella.
Nylena.
—¡¿Lummina?! —gritó la diosa, mirando hacia todas partes.
Pero la verdadera, la corpórea Caelum, seguía recitando el rito del apocalipsis.
—Como serafín creador de la naturaleza, y con las lanzas del Empíreo, te reprendo. Te reprendo, Nyl...
Gyuri ahora sostenía la lanza con una facilidad sorprendente. Nylena seguía resonando en mi mente, un eco interminable que me atormentaba. Estaba exhausto por las voces que profanaban mi cabeza. Los demás ángeles retrocedieron desconcertados. Algunos se tapaban los oídos, intentando silenciar la voz que les martilleaba el casco y se apoderaba de ellos.
Nylena. Nylena.
Una niebla oscura y rojiza nos envolvió, creando una atmósfera de caos y desesperación. Cuando Gyuri gritó, una luz relampagueante estalló en el cielo:
—¡Te reprendo! ¡Maldita mujer despiadada!
Nylena. Nylena.
Otro rayo impactó en el suelo de cristal, astillándolo y amenazando con hacer colapsar toda la ciudad.
—¡Los humanos son malvados! ¡Ellos me destruyeron! ¡El mundo de Melcior está roto, roto! ¡Los odio! ¡Los odio a todos los humanos! ¡A todos los ángeles! ¡A todos! —gritaba con desesperación.
Traté de ponerme de pie, mas resbalé con la cara contra el suelo y por eso me sorprendió encontrar un pie descalzo justo frente a mí, a punto de pisarme la cabeza. Alcé la vista y la vi. Era Lummina, con su largo y voluminoso cabello rubio y rizado, que se extendía como un halo a su alrededor.
—¿Qué? —murmuré al ver a mi antiguo amor de pie frente a mí. Sus ojos, sin embargo, estaban blanqueados y refulgían en la oscuridad.
—Nylena —pronunció Lummina, pero su voz se oyó dentro de mi cabeza.
—Nylena —dijo a la vez otra versión de Lummina detrás de mí.
Me horroricé al ver dos figuras exactamente iguales. Luego tres, hasta que finalmente distinguí por lo menos seis. Estaban multiplicadas a mi alrededor en una extraña repetición, y eran las únicas que podían mantenerse de pie en medio del caos que nos rodeaba.
Los relámpagos se detuvieron abruptamente y el cielo volvió a sumirse en la oscuridad total. No podía ver nada; todo era tan oscuro que ni siquiera podía distinguir entre tener los ojos abiertos o cerrados.
Nylena Aestus.
Neblina Aestus.
Xylo Coltrese.
Neblina Aestus.
Nylena Aestus.
Xylo Coltrese.
Esos nombres se repitieron en mi mente, reverberando con la voz de Lummina. Luego, otros nombres, desconocidos para mí, se hicieron presentes en mi cabeza. Cada uno resonaba con diferente intensidad, susurrados por voces invisibles en el vacío de mi mente.
Dan Loner. Nylena Aestus. Domme Scratiria. Klause Volt. Neblina Aestus. Xylo Coltrese. Domme Scratiria. Dan Loner. Nylena Aestus.
Las voces eran tan insoportables que me vi obligado a cubrirme las orejas, como si eso pudiera mitigar el sonido.
Por fin, en la penumbra distinguí una luz brillante, aislada entre los demás ángeles menores, arcángeles y almas errantes. Nylena estaba envuelta en fuego, su piel ardía e iluminaba todo a su alrededor. Se giró lentamente en dirección al podio, casi el único elemento de Catarbella que no se había quebrado por completo. Pero allí, sentada en el trono de Nylena, estaba Gyuri. La chica de cabello corto y rizado, con el anillo en su dedo.
—Me dijiste que podía crear lo que quisiera para mejorar tu mundo, Nyl —habló la serafina—. Para eso me diste este anillo.
—Pero no debías destruir Catarbella con él, Lummina.
—Ni tampoco debías destruirme con tu poder. —Gyuri se estiró en el trono viendo cómo Nylena se envolvía de brasas—. ¿Sabes? Me preguntaba cómo es que habías irradiado calor a Melcior, si ese no es el poder de un dios. Es materia, naturaleza, el fuego pertenece a los serafines.
—Lummie..., no...
—Pertenece al quinto serafín.
—Lummina, detén esto. No querrás que acabe contigo.
—No querrás hacerlo tú, querrás decir, porque no puedes. Me amas, ¿no es así, Nylena? Soy tu iridia. ¿Cómo podrías acabar con lo único que te hace moverte? Debiste pensarlo mejor.
—Hiciste lo mismo, Lummina. Tu iridia era un niño.
—¿Mi hermano, Nym? Oh, sí. Él era mi iridia. Fue quemado en Nylem. Ahora me pregunto quién lo mató y cómo. ¿Con qué poder?
—¿Cómo puedes seguir moviéndote sin tu iridia? —cuestionó Nylena, dando un paso hacia ella.
—Porque mi iridia es tan grande que no importa cuánto me aleje de ella: sigue brillando.
Gyuri levantó la mano y apuntó su dedo hacia Nylena.
—Oh. Acaso... ¿acaso soy tu iridia, Lummie?
Permanecí inmóvil mientras la serafina se levantaba de su trono y se dirigía hacia la diosa. Caminaba grácil, irradiando una confianza abrumadora. No aparté los ojos de ella ni por un instante, incluso cuando me rodeaban las copias perfectas de Lummina.
Gyuri abrazó a Nylena, envolviéndose en sus llamas, y de pronto vi cómo la espalda de la diosa se arqueó abruptamente. No fui consciente de lo que había ocurrido hasta que observé que la serafina usaba toda su fuerza para arrancar su mano del abdomen de la diosa.
Me levanté de un salto al darme cuenta de lo que había sucedido: Gyuri había atravesado a Nylena y había extraído de su cuerpo lo que parecía ser su corazón. Sin embargo, al observar con más atención me di cuenta de que no era un corazón lo que sostenía en sus manos. Era un huevo.
Las llamas que envolvían a la diosa fueron absorbidas por aquel óvalo.
—Nymmer, mi hijo. Lo usaste para irradiar calor a Melcior.
¿Nym...? Exhalé el aire que había contenido en el pecho. Sus ojos, sonrisa y cabello aparecieron en mi memoria con tanta nitidez que, de haber tenido tierra ahí en las alturas, habrían surgido millones de flores marchitas.
—No me entiendes —dijo Nylena, debilitada por la herida y de rodillas frente a Gyuri. Su voz sonaba ronca, como si estuviera enferma.
—¿Que no te entiendo, Nyl?
—¡Tú eras el amor de mi vida! Te marchaste junto a ese serafín asqueroso. Un hombre repugnante que te tocó todos los días y yo estuve en el observatorio, cada segundo, destruyendo mi mente al verlo. Luego tuviste un hijo con él. ¿Qué esperabas que hiciera? Me estabas destrozando, Lummina, ya no podía caminar. Mi iridia estaba casi agotada. Necesitaba una parte de ti, la que fuera. Tomé a ese niño y por fin pude volver a moverme.
Gyuri frunció los labios y la abofeteó.
—¡Maldita escoria de diosa! —gritó la serafina, lo que debilitó a Nylena todavía más.
Gyuri se subió sobre ella, dispuesta a golpearla con torpeza.
—¡Yo solo quería hacerte feliz! —gritó Nylena, quejumbrosa.
—¿Querías hacerme feliz? Mira a tus espaldas.
Nylena se giró hacia mí con dolor en sus ojos, pero su atención estaba enfocada en las figuras repetidas de Lummina que me rodeaban. Las almas errantes, que habían sido liberadas, se deslizaron entre las figuras, envolviéndolas por completo en una danza misteriosa. Las figuras de Caelum comenzaron a deshacerse en heridas, como si fueran marionetas cuyos hilos se estuvieran cortando. Me horroricé al verlas inmóviles como muñecas, envueltas en moretones y cortes, heridas abiertas y sangrantes, gimiendo en suciedad y dolor.
—¿Cómo pudiste hacerme eso?
—No, no —negó la diosa, las lágrimas bañaban sus mejillas—. Lummina. Perdóname...
Gyuri agarró a Nylena del cuello de su vestido para atraerla hacia sí. Los once ojos negros de sus alas la enfocaron con odio.
—Puedes pudrirte, Nylena. Jamás te perdonaré, jamás.
—Lummina, por favor...
—Mi nom-bre-es-¡Gyuri! —masculló de manera entrecortada.
Con esas palabras, Nylena comenzó a ennegrecerse, como si la oscuridad se filtrara a través de sus venas. Su forma, una vez majestuosa, se desfiguró ante mis ojos. Su iridia consumida la dejó inmóvil, inanimada. Las almas errantes que habían herido a las copias de Lummina se acercaron a Nylena, quien, a pesar de toda su grandiosidad, era incapaz de huir al verlas acercarse. Una vez sobre ella, la envolvieron, la hirieron, la destrozaron y Gyuri tan solo se quedó de pie presenciándolo.
Sonreía con tal maldad que su rostro me resultaba irreconocible. No era Gyuri, al menos no la mía. Tuve que enfocarme bien en su expresión, hasta que muy al fondo de su mirada pude dilucidar que en realidad sufría al saborear esa cruel venganza.
Aún sostenía en su mano el huevo que brillaba de manera ominosa, testigo silencioso del caos que le rodeaba.
Neblina, que probablemente había estado presenciando todo con satisfacción, se reveló entre los ángeles que la ocultaban.
—Como me lo esperaba, sucedió al pie de la letra. No era necesario aniquilar Catarbella casi en su totalidad, pero podemos omitir eso. La muerte de la diosa da inicio oficial a la guerra de los serafines. —La serafina del aire sonrió revelando toda su hilera de dientes.
Gyuri observó a Neblina y caminó de vuelta al trono.
—Oye, ¿qué crees que haces? Tenemos que luchar por ese trono, ¿qué te pasa?
—Serafines de la naturaleza, el trabajo que han hecho es considerado insuficiente, acabado, vil —vociferó Gyuri desde su posición—. Aestus, no solo asesinaste niños inocentes para convertirlos en tus vasallos, también destruiste la superficie de Melcior con huracanes, bajo fines egoístas e injustificados.
—Pero ¿qué clase de poder te estás atribuyendo? —La serafina del aire intentó interrumpirla, pero sus piernas se doblaron y cayó al suelo.
Me tensé al mirarla caer y al darme cuenta de que Gyuri en ese momento tenía control sobre todos nosotros. Era evidente que sus acciones habían alterado de modo irrevocable el equilibrio de poder en Catarbella y que estábamos a merced de sus decisiones. Nylena no había desaparecido del todo, por tanto, seguía siendo su iridia, y ese anillo que tenía le entregaba todas las facultades divinas.
—Aestus, te degrado de tu puesto celestial. Tu condena es vivir en el inframundo como una mortal —sentenció Gyuri.
Neblina se estremeció ante la noticia e, incapaz de responder, permaneció en silencio, su lengua sellada por el poder de la diosa.
—Aestus, no te atrevas a rogar piedad. Mataste a mi familia. No esperes misericordia.
Gyuri elevó la mano y, como si contactara con lo más profundo del cielo, un relámpago enceguecedor chocó contra el terreno, envolviendo a Neblina y transformándola. Sus alas se le desprendieron de la espalda, mientras sus ojos recuperaban sus pupilas y su piel perdía su brillo y color característico. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al verla perder el equilibrio y la consciencia, dejando que su rostro chocara contra el suelo cristalino con un estruendo sordo.
—¡Oh, por todos los reinos celestiales! —exclamó Faraine, escondida y agazapada a mi lado—. ¡La ha convertido en un ser humano!
La serafina del mar se encogió cuando Gyuri plantó su indiferencia en Neblina y dirigió su mirada hacia ella.
—Hilaris. Tus motivaciones egoístas destruyeron el sesenta por ciento del océano y a los seres vivientes que lo habitaban. Te enfocaste en crear tu propio paraíso con personas acuáticas y no exploraste el resto de tu territorio para abastecerles.
—Pero... pero ¡eso era imposible! ¡El océano es inmenso y yo tenía que cuidar a mi gente!
—Tu gente eran todos los que habitaban el océano, Hilaris. Los has matado por omisión. Antes de eso ni siquiera te importaban las vidas de los mismos, por estar enamorada de una criatura que ni siquiera coincidía con tu especie. —Gyuri entrecerró los veintiún ojos—. Por lo visto, mereces ser degradada de tu posición de serafina, condenada a vivir en la tierra como un mortal.
—Gyuri, ella no... —La enfrenté y traté de hacerla razonar, pero me calló adormeciendo mi lengua con un gesto de su mano.
—¡Podemos ponernos de acuerdo! ¡Puedo explorar el océano y repoblarlo! No tienes que...
Haciendo caso omiso de los ruegos de Faraine, la serafina del cielo alzó la mano con el anillo y otro relámpago estalló contra el cuerpo de mi hermana. Para mi absoluto horror, no perdió el color de su piel ni sus alas, sino que su anatomía completa se deformó, estirándose en una danza macabra. Sus músculos se retorcieron mientras su cuerpo se sacudía con convulsiones violentas, transformándose.
Vi cómo le crecían escamas voraces, formando una armadura sólida que cubría su piel, mientras sus ojos adquirían pupilas reptilianas inyectadas de abominación. Su rostro se distorsionó de manera grotesca, coronándose con colmillos amarillos y afilados que desafiaban cualquier comprensión de lo que había sido alguna vez mi hermana.
Retrocedí horrorizado, desconcertado e intentando con todas mis fuerzas convencerme de que no era real. Mi corazón se desgarró al recobrar mis memorias de cuando Faraine era una pequeña querubina, las que se eclipsaron ante la imagen de esa serpiente gigante.
¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué le has hecho a Faraine?!, quise decirle a Gyuri, pero no podía separar mis labios.
—Comartus estará esperándote en Riorense, Faraine —le dijo la serafina del cielo, ignorando mi intensa mirada demandante. Ante la noticia, mi hermana dejó de retorcerse asustada y se acurrucó en sí misma, formando un espiral con su largo cuerpo.
Me acerqué a ella y apoyé la frente sobre sus escamas.
—Córtex. Has faltado a tu labor, has provocado un terremoto con tu ira, que ha acabado con la estructura de todos los hogares de las ciudades colindantes. Nylem, Dendroría y la mismísima Dregonia.
Tú sabes por qué lo hice, traté de transmitir con la mirada enfurecida. ¿Cómo eres capaz de mirarme así después de todo lo que hemos vivido? ¿Después de lo que hemos hecho? Aún no podía hablar, pero negué con la cabeza intentando transmitírselo.
—No solo eso, sino que has abandonado una aldea completa a su suerte tras el Gran Diluvio —dijo Gyuri, ladeando la cabeza.
Riurian. Caminé hacia ella porque no sabía cómo comunicarme, pero mis piernas perdieron toda la fuerza y control. Caí rendido a sus pies y la miré desde abajo, sintiendo su imponente presencia en el podio.
—Serás degradado de tu posición de serafín, condenado a vivir en el inframundo como un mortal —sentenció.
No me alcanzó el tiempo para sorprenderme cuando el relámpago me cayó encima, aturdió mi cuerpo, lo paralizó y dejé de ver por los ojos de mis alas, para recuperar los dos que tenía en el rostro. Mi piel perdió el color hasta opacarse por completo y de pronto sentí una debilidad insoportable. Mis manos dejaron de ser negras bajo las vendas. Caí al suelo cristalino y me mezclé con la nebulosa que lo cubría. Sentí tanto frío que se me erizaron los vellos. Respiré y el aire entró con dificultad por mi garganta. Un pitido en mi oído se apoderó de mis pensamientos y comprendí que era debido a la altura a la que estábamos. No supe cuánto tiempo permanecí inmóvil, pero cuando logré separarme del suelo y agacharme, unos brazos me rodearon el cuello. Eran sólidos y quemaban un poco.
Abrí bien los ojos y enfoqué a Gyuri, que había bajado del podio y me miraba con una sonrisa dulce, aquella que sí le conocía.
—Gyuri. ¿Qué has hecho? —le pregunté. Me temblaba el cuerpo.
—Luces aún más precioso como un humano, Cyrone. Ve a vivir en el mundo que tengo preparado para ti. Regresa con Delfina, Aeris y los niños. —Comencé a negar con la cabeza al entender lo que me estaba diciendo—. Te amo. Te amaré incluso cuando mueras. Te amaré por siempre.
—No, nono, no. No, no, no, no —insistí.
Gyuri me entregó el huevo que tenía en sus manos y, al sostenerlo, sentí una oleada de afecto hacia ese frágil objeto. Mis dedos acariciaron su superficie con delicadeza, como si fuera un tesoro precioso que debía proteger con todo mi ser.
—¿Qué crees que haces? —le pregunté ahogado en las palabras—. No puedes renunciar a todo lo que una vez quisiste. No puedes renunciar a mí.
—¿No te das cuenta, Cyrone? Alguien tiene que cuidar del mundo, y Nylena ya no puede. —La serafina giró hacia el cuerpo inanimado y destrozado de la diosa, luego me volvió a ver—. Soy la culpable de que este mundo se haya quedado sin un dios, sin una figura celestial que les cuide. Debo tomar su lugar.
—No. —Tragué con dificultad, intentando acostumbrarme a la debilidad de ese cuerpo—. Devuélveme los poderes, también a Faraine, a Neblina. Todos hemos causado esto... somos culpables. Todos debemos responsabilizarnos.
Ella me sonrió con melancolía; aunque aún lucía desesperada, trataba de transmitirme una calma que no sentía.
—¿Somos realmente culpables, Cyrone? —Ella acarició mi mejilla—. ¿Somos realmente culpables por querer lo que queremos? Poder, amor, amistad, un hijo... somos humanos.
—No somos humanos, somos los serafines de la naturaleza.
—Fuimos niños, Cyrone, niños que murieron muy pronto. Niños que al renacer tuvieron la oportunidad de cambiar el mundo y no lo hicieron.
Gyuri se levantó y me miró desde arriba. Intenté levantarme, pero el mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Sentí un mareo repentino y una náusea abrumadora. Me aferré al huevo con todas mis fuerzas, temía dejarlo caer y que se rompiera.
—Cuidaré de este mundo como sea, intentaré hacerlo mejor, aun cuando sea imposible. —La expresión de Gyuri se colmó de desesperanza—. Sí. Lo es. Es imposible. Todos los niños se vuelven malos tarde o temprano, tan solo míranos a nosotros.
—Me importa un carajo que sea así, Gyuri. Solo quiero estar contigo, no me degrades —le dije con la poca sensatez que me quedaba—. Si es aquí en Catarbella, si es allá en el inframundo. Quédate conmigo.
Pero se volteó y caminó en sentido contrario, dejando mi petición sin una respuesta.
—El último guerrero en pie gana. Se da fin a la guerra de serafines. Buen viaje al inframundo, exserafines de la naturaleza —acabó Gyuri y pronto el suelo en el que estaba arrodillado dejó de ser sólido, desapareció.
Observé a Catarbella alejarse de mí mientras el vacío me engullía, entregándome a la gravedad y al vértigo que agitaba mi estómago mortal. El viento rugió en mis oídos mientras atravesaba las nubes. Los humanos no sobrevivían a esas caídas. Morían, morían, iba a morir, moriría. Oh, Catarbella, moriría. El dolor sería inmenso, y yo moriría. ¿Era eso el miedo a la muerte? ¿Era esa la muerte que tanto ansiaba, pero ahora temía? La velocidad de mi descenso devoraba la distancia que me separaba del inmenso océano que me recibiría. Me aferraba al huevo con todas mis fuerzas, como si fuera mi último acto de amor antes del inevitable final.
Mientras caía, una oleada de aire me golpeó y de pronto reboté sobre el lomo de una criatura. Me aferré a los pliegues de su espalda como si fuera mi última oportunidad y, de hecho, lo parecía. Aturdido por las emociones, me encontré sobre el cuerpo del dregonilio. Era Anthos. Reí nervioso y lo saludé. Acaricié su lomo y me aferré a él cuando casi resbalé y caí de nuevo al vacío.
Levanté la vista y divisé a Faraine cayendo como una serpiente gigantesca hasta aterrizar en el océano y sumergirse en él. Parecía ilesa, y concluí que debía ser un monstruo marino.
Anthoperatus voló de vuelta a la tierra. Nos reflejamos en el mar ondulante y las estrellas móviles lo adornaron. Si miraba hacia atrás, podía observar cómo Catarbella se encerraba en una terrible cápsula de niebla roja. Estaba aislada en el cielo, todavía con relámpagos estallando en sus bordes.
Tocamos la orilla del mar en Nylem y me bajé del lomo del dregonilio con dificultad. Caminé hasta que mojé mis pies en la espuma del mar. Vomité por interminables minutos. Cuando creía poder parar, todavía seguía, sintiendo como si fuera a ahogarme. Me lagrimeaban los ojos y la garganta me quemaba. Nos habían dicho que los serafines teníamos cuerpos humanos, pero nadie nos advirtió que ser un mortal implicaba esa debilidad, ese dolor, ese simple castigo por estar vivo. Me alejé del mar cuando pude respirar otra vez, pero el cuerpo me pesaba y me regresaba al suelo. Anthos se me acercó y olfateó mi cabello. Respiré por la boca repetidas veces, con fuerza, como si me costara demasiado, mientras todavía me ardía la garganta quemada por el ácido estomacal.
Me abracé al huevo con miedo de romperlo, temeroso de trisarlo siquiera.
Un croar me trajo a la realidad y me senté en la arena. Me espanté al ver un anfibio mirándome fijo, croando una y otra vez. Era Flye, por los reinos celestiales. Era Flye.
—Croac —insistió—. Croac. —Su pecho se inflaba y desinflaba.
Negué con la cabeza y me di cuenta de que una lágrima surcaba mi mejilla. Me la sequé, pero luego salió otra, y así sucesivamente.
—No... no te entiendo, Flye —balbuceé.
—Croac. Croac.
Anthos rugió a mis espaldas y me destrozó todavía más.
—Croac.
Dejé el huevo de manera cuidadosa junto a Flye, enterrándolo apenas bajo la arena, asegurándome de que estuviera protegido.
—Llama a Aeris, sé que te seguirá. Vendrá por ese huevo y lo cuidará. No sé si me entiendes, Flye. Por favor... no lo dejes solo.
Me puse de pie, pero pronto mis piernas volvieron a fallar. Caí y me raspé las rodillas. Las sobé con las manos y las encontré remojadas de sangre. Tragué saliva y la garganta me volvió a doler.
Me puse de pie a duras penas, porque la debilidad no me vencería. Vi el mar extendiéndose a lo lejos y pensé en lo que sería morir ahogado. Si moría, regresaría a Catarbella y volvería con Gyuri.
Acaricié la idea en mi mente y anhelé hacerlo, más que cualquier otra cosa que pudiera haber anhelado nunca.
—Croac, croac. ¡Croac!
Di un paso tras otro hasta entrar en el mar, pero la ola se alejó de mí. Di otro y el mar se recogió nuevamente. Sabía que estaba en mi poder continuar avanzando porque el mar no podría encogerse por siempre, por lo tanto, seguí.
Seguí. Debía volver a Catarbella.
Debía volver.
Lo haría, volvería. Sin duda.
Mis piernas volvieron a fallar en el agua y cuando enterré mis rodillas ensangrentadas en la arena, el agua salada provocó me provocó un ardor insostenible que hizo que estallara en un llanto desconsolado. Mi llanto me recordaba al de Goldin en el orfanato. Lloré fuerte como un niño. Lloré y me sentí muy bien.
Jamás había sentido las lágrimas remojando mis mejillas. Era un momento hermoso. Sollozar a viva voz, ahogándome entre lágrimas y respiraciones entrecortadas, algo que se suponía que un hombre jamás debería hacer. Por fin podía permitírmelo, por fin.
Debía seguir llorando y limpiarme.
Después de llorar podría levantarme y dar otro paso.
—Croac.
Me giré una última vez y aprecié cómo Flye saltaba extasiado alrededor del huevo que yo había depositado en la arena, el cual comenzaba a trisarse por sí solo, revelando el misterio de la vida que yacía en su interior. Con ternura, enjugando mis ojos, lo contemplé a lo lejos.
—¿Nymmer? —susurré antes de ponerme de pie y regresar a él.