Capítulo 6 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Las mañanas sucedían a las noches, deshojando los días. Tras una extensa caminata, los sitios poblados por seres humanos por fin se revelaron en nuestro camino. Se trataba de la aldea de Hugaría, tal como me lo habían adelantado mis compañeros peregrinos. Las sensaciones de angustia, ansiedad y emoción se amalgamaron en mi estómago como una sopa de ojoletas mal cocinada y, aunque no podría entablar conversaciones con los humanos —por órdenes fastidiosas de Cyrone—, me reconfortaba saber que por fin me encontraría con alguien semejante a mi familia. Les preguntaba a Cyrone y a Flye: «¿Qué tan malos podrían ser los humanos?», y ellos siempre me respondían lo mismo: «Ya lo verás por ti misma».
Una de las experiencias más vívidas de nuestra travesía fue el constante encuentro con las criaturas de Melcior, cuya demanda era insaciable. A cada paso que dábamos, suplicaban por comida.
Justo antes de llegar a una aldea humana, un animalillo nos detuvo.
—¡Señor Cortex! —gritó un pequeño mono fijú—. ¡Tengo hambre!
—Eres como la mamá de todos. —Reí, mirando la espalda del serafín que caminaba delante de mí.
Cyrone extendió su mano hacia un árbol, y al tocarlo hizo que las ramas se alargaran, dando lugar a la aparición de unos frutos extraños de color amarillo.
—«Hermano mayor» suena mejor, Gyuri —me dijo—. Mira, como te mencionamos, allá está Hugaría, la aldea humana más alejada de Catarbella.
Intenté ponerme de puntillas para ver a través de las ramas de los árboles, pero el pequeño primate se colgó de cabeza frente a mí, sorprendiéndome. Sostuve mi libro con fuerza y me oculté detrás de él por impulso.
—¡Usted, lindura, tenga cuidado con esos monstruos! —me advirtió mientras me ofrecía un fruto largo y amarillo—. Tome una banana.
—¿Cómo? ¿Cuáles monstruos? —Levanté ambas cejas, recibiendo la banana.
—Aquellos que destruyen todo «por su propio bien». Tenga cuidado, suelen destruir a niñas preciosas como usted por esa misma razón —dijo el monito—. Así se desató el Gran Diluvio.
Miré a Flye, que volaba a mi lado, esperando a que él me diera su versión.
—No le haga caso, señorita —intervino Flye—. A veces, a los animales nos gusta dramatizar.
Tragué saliva, asustada, como si estuviera a punto de encontrarme cara a cara con un ruroido otra vez. Sin embargo, solo eran humanos, y los que había conocido a lo largo de mi vida habían sido cordiales y bondadosos. Aún así, sus palabras influyeron en mí. Me incliné ante el mono fijú para despedirlo y seguí los pasos de Cyrone, que ya iba bastante adelante.
El serafín no pidió permiso; solo me arrebató la capa oscura que se suponía me había prestado. Antes de entrar a la aldea se la puso y, a pesar de mis gritos y reclamos, me cubrió con ella.
—Deja de hacer ruido, ¿quieres que alguien te escuche?
—¡Entonces déjame salir! —exigí pellizcando su costado.
—Estás demente si crees que te dejaré entrar a una aldea humana sola.
Aunque sonaba como si estuviera protegiéndome, lo más probable era que no confiaba lo suficiente en mí como para permitirme recorrer el camino sola.
—Si te piso los pies, quiero que sepas que no fue por accidente —refunfuñé.
—Vale, ahora necesito que te calles, estamos entrando.
Me acercó a su cuerpo lo que más pudo para sincronizar nuestros pasos, y al hacerlo el calor se extendió por mi rostro.
—No puedo ver nada —susurré.
—No necesitas ver. Tienes que confiar en mí.
—Esa es la peor idea que me has dado.
Traté de apartarme, ya que la temperatura me subía hasta hacerme sudar. Sin embargo, cuando lo intentaba el serafín volvía a jalarme a su lado, sosteniendo mi muñeca para evitar mi huida.
—Si te alejas seremos más evidentes —susurró, lo que me hizo suponer que ya estábamos dentro.
—Por los siete mares de Riorense —exclamó Flye para sí mismo.
Cyrone se detuvo y yo lo imité. Debajo de la capa que compartíamos, él presionó mi muñeca con energía, haciendo que viera mi mano temblando junto a la suya.
—¿Qué ha pasa...? —traté de preguntar, pero en un gesto rápido soltó mi muñeca para cubrir mi boca e impedir que hablara.
—Sir Cyrone... La señorita Neblina... —balbuceó Flye, cuya cercanía sugería que se había posado en el hombro del serafín.
—Maldita arpía —espetó él en un tono que deseé no encontrar atractivo. Insistí empujándolo bajo la capa.
Ahogué mis palabras en la palma de Cyrone hasta que finalmente pude hacer un hueco para observar lo mismo que ellos.
Ingresamos a una pequeña civilización adornada con hongos colosales de tono fluorescente. Tal como Cyrone me había advertido, los humanos vivían dentro de esas setas, dado que estaban huecas por dentro. Hubiera querido poder ver mejor para entender por qué el gentío estaba en caos y todo a su alrededor se desmoronaba. Aparentemente, el pueblo había sufrido el embate de un desastre natural.
Incluso cuando los hongos gigantes que servían de hogares brillaban y se erguían intactos, el resto de las cosas, como el mobiliario, los adornos y los carruajes de la civilización, se encontraban destrozadas y esparcidas por el suelo. El penoso cuadro se completaba al ver los restos de comida, suciedad y chucherías que salpicaban el camino.
Según lo que Cyrone y Flye me habían contado, Hugaría era una aldea de comerciantes donde llegaban los torineros desde lo más lejos de Melcior. El pobre escenario que se presentaba no reflejaba las imágenes que me había formado antes de venir.
Cyrone volvió a esconderme bajo su capa para caminar y no me quedó más opción que obedecer. En medio de esa oscuridad, abracé mi libro.
—Quedan apenas restos de lo que Hugaría alguna vez fue —comentó Flye.
—¿Qué ha pasado? —susurré.
—Neblina tiene un motivo muy egoísta para hacer todo esto —explicó Cyrone—, pero estoy seguro de que lo hace para fastidiarme también.
Por la ira que se oía en su voz rasposa, preferí guardar silencio y preguntar después. Mientras caminábamos, otra vez decidió tomar mi muñeca sin pedir permiso.
Al cabo de poco comprendí que el comercio no se paralizaría ni siquiera con el peor de los huracanes. Con los fragmentos desperdigados por el desastre, todavía escuchaba las voces y los gritos de los humanos que ofrecían mercancía. Por eso Cyrone dio la vuelta y nos condujo a la tienda de indumentarias. Al entrar, una voz fina pero madura nos atendió.
—Buscamos una capa para mi compañera —solicitó Cyrone apartando apenas una de las esquinas de su capa para que saludara. En su voz se sentía la tensión. Si Neblina pretendía enojarlo con aquel devastador huracán, lo había conseguido con creces—. Nos lo exige nuestro credo. —Cerró su capa.
—Por supuesto, la religión de Dregonia. —La mujer asintió, y por el ruido que escuché imaginé que buscaba entre los cajones de su mostrador.
Cuando Cyrone alzó su brazo para permitirme ver —aunque, por supuesto, sin revelar mi cabello ni orejas—, vi un par de capas oscuras idénticas sobre la mesa. Posiblemente fue la decepción que traté de ocultar la que me delató ante el serafín, quien suspiró y se dirigió de nuevo a la vendedora.
—¿No tendrá algo más pequeño y femenino? —preguntó con hastío.
Por fin, pude hacer contacto visual con la mujer, que era aún más bajita que yo. Tenía los ojos pequeños y el cabello alborotado. Su piel canela era hermosa y unas cuantas arrugas adornaban su rostro.
—Sí. —Nos pidió que aguardáramos antes de marcharse y volver con una capa voluminosa que parecía pesada, con pliegues peludos y un vibrante color amarillo—. Pero si se dirigen al este, no la recomiendo. Es muy caluroso por allá.
Asentí con entusiasmo y jalé un poco la camisa del serafín. Cyrone insistió en que nos acercaríamos a Catarbella y las temperaturas no harían más que aumentar, pero en cuanto me hacía una idea, era prácticamente imposible quitármela de la cabeza. Se rindió y aceptó comprarla. Luego se quedó mirando con seriedad a la vendedora.
Ella comprendió su señal en un instante y se disculpó con una leve reverencia.
—Claro, le dejo privacidad para vestirse.
La mujer desapareció tras una cortina y Cyrone me descubrió la cabeza por completo.
—¡Ah! Por fin puedo respirar —jadeé apesadumbrada. Estar tan cerca de Cyrone me hacía sentir como en el centro mismo de una fogata.
El serafín no me respondió nada y se fue a sentar en un diván de piel de cabra, donde se recostó con las piernas y los brazos abiertos antes de relajar su entrecejo con un leve masaje de dedos.
Flye voló a mi lado y me observó con unos gestos difíciles de descifrar para mí.
—¿Está segura de que soportará el calor en la caminata? —me preguntó en un tono preocupado.
Agarré la capa del mostrador y me la coloqué en la espalda. Avancé dando saltitos hacia un cristal enorme que reflejaba mi imagen, y posé ante el cristal para ver mi nuevo atuendo desde todos los ángulos. Sonreí satisfecha.
—Con esta preciosura lo soportaría todo —respondí sonriente, y cuando me volteé sorprendí a Cyrone mirándome.
Aunque su rostro carecía de cualquier expresión, su mirada era particularmente pesada y sombría. Sospeché pronto que no era el cuerpo de Cyrone lo que me provocaba calor y vergüenza. Era él mismo.
—¿Qué miras? —le dije.
—No te había visto desde que nos conocimos. Al menos, no bien. Solo me acostumbraba.
No lucía para nada impresionado, menos aún cuando se había sentado con una pierna sobre la otra y la cabeza apoyada en su mano, como si estuviera aburrido.
—Tienes razón... —le respondí, volviéndome hacia el espejo—. Tu capa me cubría más allá de los talones, si es que eso era posible.
Al cabo de unos segundos, la ostentosa prenda comenzó a cansarme las rodillas.
—Cyrone, si querías ocultar nuestros cuernos de los humanos podríamos haber usado sombreros.
Soltó una carcajada burlona.
—O ¿qué te parece una bolsa de papel? Eso cubriría nuestras orejas también.
—¡Hablaba en serio!
—Yo también. De hecho, impondrías más respeto con tu bolsa —dijo Cyrone poniéndose de pie.
—¡Pero no podría ver nada! —gritó Flye.
Me miré en el espejo por un instante, sin anticipar que Cyrone aparecería detrás de mí para bajar mi capucha, descubriendo mis orejas y cuernos. Aparté la mirada, afligida por mi reflejo. El serafín notó mi reacción, pues su leve sonrisa se congeló.
—¿Qué pasa? ¿No te gustan tus cuernos?
Me aparté de él y me volví a cubrir con la capucha. Pese a que me sentía mal, lo miré con gracia.
—No es lo mejor que uno puede tener en la cabeza.
Él no correspondió mi sonrisa.
✦ ✦ ✦
Hugaría, tan sombrío y azulino, se iluminaba por las cabezas de las setas gigantes, de modo que el rostro de las personas, mientras barrían los restos de la destrucción, refulgían de los mismos colores. Algunas setas eran rosadas, pero la gran mayoría imitaba las tonalidades del cian.
La belleza del lugar no hacía más que resaltar la tristeza de los aldeanos, que recogían, algunos entre sollozos, los destrozos del huracán. Tal vez habían perdido seres queridos, y la sola idea de verme reflejada en ellos, recogiendo el cuerpo herido de Nym, me paralizaba.
Caminando a su lado, observé que Cyrone miraba exactamente lo mismo que yo, con una aflicción más disimulada.
Detenidos frente a un claro en el que se posaba una fuente apartada de todas las setas que servían de vivienda, el serafín me pidió que esperara un minuto junto a Flye. Luego se apartó y su capa oscura se mezcló con la multitud. Lo que en principio era un minuto se transformó en casi media hora, y cuando mi estómago comenzó a rugir del hambre estuve a punto de olvidar todas las advertencias del serafín.
—¿No ves toda esa comida que se cocina en las brasas? —le pregunté a Flye, babeando al sentir el exquisito vapor que salía de uno de los tenderetes de comida. Pese a que no lograba entender qué platos eran, el aroma que se deslizaba hasta mí era cautivador.
Pero Flye no respondió, aunque estaba segura de que me había oído bastante claro.
—Oye, Flye. —Lo tomé de un ala y lo miré de frente—. Sé que Cyrone te dijo que no me hablaras, pero ya basta. Si él te pide que te cortes la pata, ¿también lo vas a hacer?
—Sir Cyrone le pidió a usted que, por favor, no se dirigiera a mí. Le recuerdo que para los humanos será raro que le hable a una simple rana; ellos no pueden escuchar mi voz —murmuró como si estuviera afónico.
—Y entonces ¿por qué susurras? —Sonreí, y luego volví a posarlo sobre mi hombro izquierdo—. Oye, Flye... prometo no reaccionar a tus palabras, pero ¿podrías explicarme por qué Neblina devastó este lugar? ¿Acaso no le gusta Hugaría?
Pese a que Flye se mostró reticente a responder, al final cedió ante mi mirada fija.
—¡Deje de mirarme, señorita! Usted no se supone que le preste tanta atención a una rana inanimada —vociferó él, a lo que accedí, girando mi cabeza—. Escuche, ¿usted conoce la guerra de los serafines?
Asentí, me parecía recordar algo de la primera conversación con Cyrone, pero Flye notó mi vacilación.
—Los cuatro serafines se enfrentan a muerte para ser el siguiente dios. La señorita Neblina no hace más que entrenar y prepararse para cuando la diosa Nylena perezca y necesite un reemplazo.
Entonces lo recordé, las lanzas del Empíreo. La guerra era algo inminente, las armas ya estarían por ahí, en algún lugar de Melcior, por eso Lummina había podido suicidarse... Y Neblina, oh, por Nylena...
—Tengo miedo, Flye. ¿Y si Nym pasó por aquí cuando ocurrió ese huracán? ¿Y si alguno de los humanos de aquí sabe algo sobre mi hermano? —No pude evitar morderme una uña—. Tal vez ellos sepan algo.
—Señorita, no me dé problemas, por favor, yo solo soy una simple rana...
Agarré con fuerza mi libro y lo abracé, pues era lo más cercano que tenía de abrazar a mi familia. Permanecí en silencio hasta que una criatura me abordó de sorpresa.
—¡Hola! ¡Hola! ¡Hola, hola! —gritó un ser cuadrúpedo que daba saltitos alrededor de mí.
Si bien en un principio me espantó, al reconocerlo se dibujó una sonrisa ancha en mi rostro. ¡Es un perro! ¡Un verdadero perro! Nunca había visto uno, pero en varias de mis fábulas y cuentos aparecía uno junto al protagonista, por lo que aquel encuentro me hacía ilusión. Aquel era un perro negro, un poco más grande de lo que imaginé que eran.
—Hola —lo saludé mientras él brincaba y movía la cola—. ¿Cómo te llamas?
—¡Hola! ¡Hola! —no paraba de decir.
Acaricié su cabeza y pensé que tal vez podría saber algo de mi hermano. Si no se me permitía hablar con humanos, tal vez me enteraría de algo hablando con los animales.
—Escucha, perrito —le dije con una voz suave para calmarlo, a la vez que me ponía de cuclillas—. ¿Has visto a un niño pequeño con el cabello rojo pasar por aquí?
—¡Rojo! —gritó el perro.
—Señorita Gyuri, los perros no ven el color rojo. Sus ojos no lo distinguen.
Dirigí mi mirada hacia Flye, que seguía sobre mi hombro.
—¿Y tú sí ves el color rojo? —le pregunté.
—¿Usted cree que soy un perro?
Pero el perro, de súbito, comenzó a ladrar, o más bien, a gritar enfadado. Por alguna razón no le agradó para nada mi amigo anfibio.
—¡Fuera, fuera, fuera, fuera!
—Oye, tranquilo —susurré, viendo que la gente a mi alrededor se volteaba para mirarme.
Pude ver los colmillos del perro asomándose, y al percatarme de que no me quería escuchar, me asusté. Tomé mi libro y lo usé de escudo, me levanté y busqué a Cyrone con la mirada.
De pronto, quien parecía ser el amo del perro brotó entre el gentío a lo lejos, gritando su nombre.
—¡Basta, Abel! ¡Deja a la dama en paz!
Descubrí mi rostro cuando el hombre llegó y calmó a su mascota. Suspiré de alivio. El hombre parecía mayor que yo, pero no demasiado. Me sonrió con una sonrisa de dientes amarillentos, llevaba un sombrero de paja y tenía las manos sucias. Sin embargo, lucía unos hermosos ojos color turquesa.
—Disculpe, mi perro suele enojarse por... —Su voz se pausó cuando vio el ejemplar en mis manos—. Vaya, nunca había visto ese libro, y eso que yo debí haber leído ya todas las novelas en Melcior.
Abrí los ojos de par en par y observé lo que tanto llamaba su atención. ¡Claro que no lo había visto antes! ¡Mi libro era único en su especie! Asentí sin pronunciar palabra y levanté el mentón orgullosa. El desconocido, que por primera vez pudo ver mi rostro, se quedó con los labios entreabiertos y la mirada atónita.
—¿Me permite echarle un vistazo? —me preguntó. No pude evitar buscar a Cyrone con la mirada.
Tal vez ese desconocido podía darme una noticia sobre quién lo había escrito; parecía alguien versado en novelas. Luego de verificar que el serafín no me estaba vigilando, asentí y le entregué el tomo.
—Señorita Gyuri, usted no puede hablar con humanos —me recordó Flye al oído, como si no lo supiera ya.
Pero mi atención estaba centrada en aquel hombre que ojeaba mi libro con interés. Se notaba que debía enfocar la vista, puesto que fruncía las cejas para poder leerlo. Vi a Abel, el perro, con la lengua afuera mirando a su humano con una admiración idílica.
—Oh, vaya. ¿Le interesa la poesía? —me preguntó el hombre, mientras me devolvía el libro.
—¿Poesía? ¿Qué es eso? —susurré, temerosa de entablar conversación.
El hombre comenzó a recitar un conjunto de oraciones que rimaban a la perfección. Sostuve mi libro con fuerza, con una evidente emoción que crecía conforme oía las palabras danzar en versos melódicos. Como cuando Nym y yo pintábamos con la tinta de los frutos en Riveria, su lengua parecía crear un paisaje completamente nuevo, sin la necesidad de una tela. Quise interrumpirlo para preguntar el significado de un par de palabras que nunca había oído, pero me había perdido en el impecable sonido de su voz.
—Entonces, las novelas que no cuentan historias y recitan sentimientos son poesía —concluí emocionada, ganando más confianza para responderle.
—Sea donde sea que se encuentre, ya sea en Melcior o fuera del planeta, seguro hallará un poeta.
Abracé mi libro de forma inconsciente y le agradecí por la información. Mientras me iba, él tomó mi mano y depositó un beso en ella. Lo miré curiosa, un tanto disgustada por lo húmedo que fue aquel contacto.
—Cuando usted quiera podemos hablar más sobre eso. —Sonrió guiñando el ojo—. ¿Me permite saber su nombre?
Dio un paso adelante para acercarse a mí y yo decidí marcar distancia poniendo el libro entre ambos. De pronto, al notar que su mirada se desviaba hacia partes de mi cuerpo que no eran mis ojos, los suyos perdieron la belleza que antes había visto en ellos. Experimenté una sensación extraña en el estómago. ¿Era miedo? No lo sabía, pero era sin duda diferente a la sensación que me provocaba la posibilidad de perder a mi hermano y tampoco se acercaba a la de estar al filo de un barranco. ¿Qué era?
—Usted es una chica muy bella. Tiene un rostro adorable, muy redondito —dijo sin soltar mi muñeca. Un escalofrío de asco me recorrió y di un paso atrás, lo que hizo que el desconocido invadiera más mi espacio personal.
—Ay, señorita Gyuri, aguante un segundo —me dijo Flye antes de salir volando de mi hombro y dejarme sola.
Me quedé mirando su huida con indignación y me encogí aún más frente al desconocido.
—Tengo que irme —le dije en un tono ridículamente agudo.
—Pero ¿no me dirá su nombre? —insistió, tomando mi otra mano para examinarla por alguna razón.
—Usted no necesita saber mi nombre —respondí, tratando de mantener mi semblante sosegado.
Pero él se aproximó y me rodeó la cintura con su brazo, lo cual terminó por agotar mi paciencia. Con el libro de poemas le golpeé el rostro. Quedó aturdido por un momento, sosteniendo su mejilla raspada.
El perro se abalanzó sobre mí tras mi ataque, pero fui incapaz de golpearlo, así que cerré los ojos dispuesta a aceptar su furia. Sin embargo, el dolor de la mordida nunca llegó. En cambio, sentí el sonido de su mandíbula encajada en otra cosa mientras gruñía.
Detrás de mí apareció Flye junto a Cyrone, quien ofreció su piel para protegerme. El animal, al ver a quien había mordido, lo soltó y se alejó llorando con la cola entre las patas.
El hombre agredido se giró para enfrentarme, pero al ver al serafín apaciguó su expresión de ira y dejó de apretar el puño con el que, asumí, pretendía golpearme.
—¿Qué? ¿Estás casada? —acusó mirándome a los ojos. Luego volvió su atención a Cyrone—. ¿Y por qué tu mujer no trae su anillo? —espetó con frustración. Al seguir la dirección de los ojos del hombre reparé en la alianza dorada que llevaba el serafín.
—¿Crees que un simple anillo debería ser suficiente para evitar que te comportes como un simio repugnante? —replicó el serafín.
El hombre pareció enfurecerse aún más, pero en lugar de atacar a Cyrone volcó su ira sobre mí.
—Oh, se notaba en tu cara que eras una furcia buscando la atención de los hombres. Te veías tan inocente. Ibas de provocadora y estabas casada con este hombre. ¿No es así, pequeña furcia?
La sensación de querer llorar se apoderó de mis ojos y agradecí, como en pocas ocasiones, no tener la capacidad de hacerlo. No me di cuenta de que había empezado a aproximarse a mí de nuevo hasta que el serafín lo empujó.
—Podría estar casada conmigo o no, e igual te hubieras merecido ese golpe.
—Y tú te mereces la mordida de Abel, sabandija —le respondió el desgraciado, viendo cómo el brazo de Cyrone goteaba sangre.
El serafín rio de una manera poco genuina, y con el mismo brazo herido golpeó al hombre, que cayó al suelo. El resto de personas se voltearon para mirarnos, y en ese momento Flye se quejó:
—Sir Cyrone, estamos llamando la atención.
Al presenciar la aflicción de Flye y oír los gritos iracundos de Abel, decidí tomar al serafín de la mano y arrastrarlo. A pesar de que inicialmente se resistió y permaneció estático en su lugar dispuesto a continuar la pelea, después de ver la urgencia en mi cara, cedió.
Nos abrimos paso sin mirar atrás entre la muchedumbre curiosa que se había congregado para presenciar el alboroto.
✦ ✦ ✦
Más tarde, a las afueras de Hugaría, apartados de los humanos y envueltos en un silencio sepulcral, noté el arrepentimiento de Cyrone por haber agredido a aquel hombre. Encendía cigarrillo tras cigarrillo y los fumaba de manera compulsiva.
Flye trajo volando un par de vendas que asumí había robado del sanatorio y las recibí. Aunque el serafín pensaba cambiarse las vendas por sí mismo, aparté sus manos.
Le pedí que estirara su brazo sobre mi regazo.
—Cyrone, entonces ¿estás casado? —le consulté mientras deshacía el vendaje antiguo, que no tenía heridas debajo, pero estaba manchado de sangre por la mordida de Abel.
Él resopló y volvió a aspirar el cigarrillo.
—No. Las tradiciones de los humanos no significan nada para los serafines. Ellos asumen lo que ven, nada más. Aunque fue conveniente que creyera que yo era tu esposo.
—Sí, pero me llevé un par de insultos de su parte por eso.
—Los humanos son tan absurdos que se abstienen de molestar a las mujeres solo si creen que ellas le pertenecen a otro hombre —me explicó.
Observé que el antebrazo desnudo de Cyrone no estaba totalmente ennegrecido como sus manos, solo lo recorrían un par de manchas negras, como si se tratara de hollín.
—Pues yo no le pertenezco a nadie.
Noté que Cyrone sonrió mientras volvía a aspirar el cigarrillo.
—Y, de hecho, deberías aprender tú también a no tocarme con tanta propiedad —le acusé—. Pareciera que tienes una tendencia a ponerme las manos encima.
Cyrone tosió y expulsó humo, supongo, de la impresión.
—¿Te he tocado? Yo... oh, por Nylena. ¿Es en serio? Yo no quise... ¿por qué no me avisaste que te molestaba?
Me reí ante su desesperación. Y es que si él lo hacía realmente no me molestaba. Encogí los hombros.
Su roce y contacto corporal sí eran molestos, aunque no por las mismas sensaciones que me produjo el tacto de aquel otro hombre. Sus manos me provocaban cosquillas placenteras por todo el cuerpo, pero no se lo iba a reconocer.
—Tranquilo, sé que no me tocaste con malicia como ese papanatas. Solo me afectó un poco. Es que nunca he sido tocada por un hombre —reconocí. Ver su reacción me llenó de vergüenza.
El serafín de la tierra, generalmente imperturbable, ahora cubría su rostro, ocultando un leve bermellón que teñía su piel. Se levantó y apagó el cigarrillo, dándome la espalda para que no notara su rubor. Se me escapó una sonrisa.
—Seré más cuidadoso contigo, Gyuri, lo siento —me dijo en voz baja, grave y suave.
De repente noté que entre sus pies crecía una pequeña seta.
—Pasaremos la noche aquí —afirmó tras aclarar un poco la garganta.
—Pues, puede que Flye quepa en ese hongo, pero te aseguro que nosotros no —respondí con una risita.
El serafín, rígido como una estatua, movió su mano y agarró el aire, simulando tomar las raíces del hongo. Lo hizo crecer, tan grande como las demás casas de Hugaría. Formó paredes en su interior hueco y creó una apertura pequeña por la que podríamos entrar.
—Sir Cyrone. Nosotros, los animales de Melcior, somos muy afortunados de poder ver la gracia de sus poderes en cada cosa que existe —proclamó Flye, que entró volando al interior del hongo.
—No le digas eso, Flye, lo harás más arrogante —dije yo, siguiéndole el paso.
—Oh, ¿soy tan predecible? —dijo Cyrone, entrando de último.
El interior era idéntico al de la tienda que visitamos, incluso se igualaba en el hedor fétido. Al menos era tierno y las paredes nos aislaban del frío, lo suficiente como para caer desfallecidos después de un largo día. Flye era la prueba viviente de ello; apenas se acurrucó en el pastizal comenzó a roncar como si quisiera hacerse oír en toda la aldea.
Me quité la capa en cuanto empecé a sudar. Al sentirme más ligera, revisé mi cuerpo en busca de algo inusual. No podía evitarlo. Aún me sentía extraña después del encuentro con aquel aldeano; algo debió haber visto ese hombre en mi figura, en cómo se veía mi cuerpo bajo la pesada caperuza. Lejos de sentirme halagada o siquiera curiosa por entenderlo, me sentí bastante sucia bajo el pantalón de seda abombado y la camiseta blanca sin mangas que se pegaba a mi piel. Tragué para aliviar el nudo en mi garganta.
Lo único que logró arrancarme de esos pensamientos que me mortificaban fue el carraspeo de Cyrone a mi lado, quien, al igual que yo, se había quitado su oscura capa para refrescarse. A diferencia de mí, que llevaba prendas blancas y holgadas, él vestía un traje oscuro que parecía de cazador, acompañado de unas botas prominentes.
Aunque prefería no mirarlo, mis ojos se desviaron hacia él de manera irremediable. Siempre hacía el mismo recorrido: primero observaba su cabello de un tono añil hermoso, que se derramaba delicadamente por su largo y elegante cuello; luego seguía su mandíbula que se marcaba con fuerza, y cada vez que la veía agitaba mis latidos. Antes de seguir el recorrido, me invadió un sentimiento de culpa. ¿Era esa la forma en que ese hombre me había mirado? ¿Estaba yo comportándome de manera igual de reprochable? ¿Llegaría el día en que haría sentir incómodo a Cyrone con la forma en que deslizaba mis ojos sobre su cuerpo? ¿Podía evitarlo si quisiera? De repente, él se volvió hacia mí.
Su mirada me golpeó como una descarga eléctrica. Fruncí los labios y aparté la vista. Incluso después de unos segundos, aún percibía su mirada fija en mí.
—No sabes ocultar que quieres hacer una pregunta. No te esfuerces tanto.
Se me formó una sonrisa torpe cuando lo escuché. Meneé la cabeza y lo volví a ver.
—De acuerdo. Me preguntaba por qué ese hombre de Hugaría me miraba de esa manera tan... —No encontré la palabra exacta para describirla—. ¿Acaso hay algo malo en mi cuerpo? ¿O algo inusual? Estoy casi segura de que mi cuerpo es igual al de cualquier otra mujer humana.
Él se quedó callado por un momento.
—No —dijo por fin.
—¿No? —repetí.
—No hay nada malo en ti, incluso cuando tu cuerpo, desde luego, no luce como el de otras mujeres humanas. —Cyrone sonrió. ¿Aquel había sido un halago?—. Quisiera decir que él solo sentía curiosidad por ti, pero la realidad es dura; él quería usar tu cuerpo para satisfacerse, y realmente no le importaba cómo te sentías con eso. ¿No lo ves? El problema era él.
Se sentó en el pastizal junto a Flye, que dormitaba. Tomé asiento a un lado del serafín y lo observé de reojo. Las emociones desconocidas que surgían en mí eran tan intensas que sentía un dolor punzante en el costado de mis costillas. El calor que había sentido desde que él me había tocado aún no me abandonaba. No podía evitarlo.
Mala. Debo ser realmente mala. El pensamiento me acosó.
—¿Hay una manera para evitar sentirse así? Digo, como ese hombre se sintió al mirarme —le pregunté.
Intenté no sobresaltarme cuando él me miró.
—Dudo que se pueda evitar sentir algo. Lo que importa es lo que decides hacer respecto a eso.
—¿Y qué debería hacer si alguna vez me siento así? —me atreví a preguntar.
Cyrone esbozó una leve sonrisa y levantó la mano para acercar su dedo a mi cabello. Cerré los ojos anticipando el roce en uno de mis rizos, pero me quedé esperando un contacto que nunca llegó. Abrí los ojos de nuevo.
—Detenerte, a menos que la otra persona te permita tocarle.
Boté el aire que había contenido.
—Ah...
El serafín soltó una risita encantadora.
—No creas que es tan fácil contenerse. Las emociones humanas son una verdadera tortura. No me imagino cómo será para ti, si nunca has tenido contacto con otros —me dijo, retirando su mano—. Pero, tranquila; si alguna vez pierdes el control con algún desafortunado, estaré allí para detenerte.
Asentí con los labios entreabiertos. Pasamos unos segundos en silencio, de los cuales ni siquiera fui consciente.
—Cambiando el tema, tengo algo para ti. Es un regalo —dijo él, despertándome de mi ensueño.
—¿Ah? —pregunté, porque en serio me había ido a otra parte.
—Un regalo.
Como si esa palabra fuera mágica, olvidé mis preocupaciones y sonreí de lado a lado. Me puse frente a él, expectante como un niño que va a recibir un juguete.
—¿Es este un premio por ser una buena chica? ¿O es un perdón por ser un serafín gruñón y malhumorado? —bromeé.
Cyrone curvó levemente los labios.
—No mereces ninguna de las dos. —Solté un resoplido—. Es solo una cosa que me regaló un humano hoy, y que creo que te será más útil a ti que a mí.
—¿Ofrendas de los humanos? Vaya...
—¿Recuerdas cuando te dejé un rato sola? Acompañé a un par de ellos al sanatorio y curé sus heridas lo mejor que pude. Muchos estaban agradecidos.
Sonreí tratando de ocultar la calidez en el corazón que me provocaba saber lo bondadoso que este serafín malhumorado podía ser.
Descubrí una bolsa de hilo bastante espaciosa que podía llevar conmigo. Vi que varios humanos lo utilizaban para guardar sus cosas importantes, pero fruncí el ceño al pensar que estaba burlándose de mí.
—Ah, genial, ¿para colocármelo en la cabeza y cubrir mis cuernos? —lo remedé.
—Pues, puedes usarlo como quieras. Pero yo pensaba que quizá te serviría para guardar ese enorme libro abollado que siempre llevas en las manos.
Las mejillas me dolieron por lo amplia que se hizo mi sonrisa al ver la bolsa con otros ojos. Reí en voz baja y noté que, efectivamente, mi libro cabía a la perfección dentro de ella. Mi bolsa. Sonreí otra vez.
—Gracias, Cyrone. Te has vuelto dulce.
Él me dedicó una especie de sonrisa y se acomodó al lado de Flye para dormir.
—Perdóname por eso —dijo él, sin mirarme ni una vez.
Cuando ambos cayeron dormidos y finalmente pude retomar la lectura de mi libro, me resultó inevitable verlos entre cada párrafo. Me di cuenta de que Cyrone no lucía tan enojado cuando dormía, ni Flye parecía tan formal cuando roncaba con la boca abierta. Reí, recostándome junto a ellos, y leí una frase antes de cerrar los ojos.
Vuelvas o no a mí, sin importar cuánto demores, la espera me embriagará hasta hacerme verte cada noche al dormir.
Volví a ver a Cyrone mientras descansaba; él sonreía y yo deseaba con fervor saber con quién soñaba.