Capítulo 9 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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«La posición de poder.» La primera lección de Cyrone. Una postura sagrada que permitía a los serafines conectarse profundamente con la naturaleza, adquiriendo así el poder de moldear el mundo a su antojo. Entonces, muchas cosas comenzaron a cobrar sentido: la forma en que Neblina se mantenía suspendida en el aire, con las piernas cruzadas y las manos descansando sobre las rodillas cada vez que desataba su poder, o incluso la manera en que Cyrone plantaba sus pies con firmeza antes de estremecer la tierra.
Pero he ahí mi primera pregunta: ¿cómo había sido posible que yo manifestara un rayo sin una «posición de poder»? Cyrone me lo explicó en pocas palabras: a los serafines nos era posible usar nuestros poderes siempre, pero de manera involuntaria, cuando una emoción ardía intensamente en nuestro interior. La ira, la tristeza, la felicidad, entre otras. Para dominar mis poderes, primero debía adoptar una postura que me permitiera canalizar la energía del cielo y hacerla fluir por mis venas como si se tratara de una emoción tangible.
El serafín estuvo dispuesto a practicar conmigo un par de veces en el camino, todas fallidas o insulsas. Ligeros rayos y un rocío que apenas había rozado el cabello de Ry. Era un fracaso. Sin embargo, la certeza de que cada vez estábamos más cerca de encontrar la reliquia que me ayudaría a dar con mi hermano me daba ánimos. Nym estaría dichoso de saber que su hermana era una serafina y más que ansioso por conocer mis poderes. No estaba muy segura de lo que vendría después, de lo que debía hacer. Ciertamente no podía continuar mi vida en Riveria y olvidarme de la ausencia del cielo, pero tampoco tenía certeza alguna de lo que se esperaba de mí. Cyrone no me daba ninguna respuesta, no me exigía nada y cada vez que le pedía que me hablara sobre Lummina y los planes que alguna vez tuvo para mí, se retraía y cambiaba el tema. Flye solía reprenderme —con mucho respeto, por supuesto— por presionar al serafín, pero lo que la rana no notaba y yo no deseaba profundizar, era mi preocupación por saber la profundidad del amor que aún podía tenerle a la difunta Caelum.
Cuando los vientos se apaciguaron, dejando atrás las heladas de Hugaría y los sectores fríos que la colindaban, llegamos al manto de una nueva aldea: Dendroría. Lo que la diferenciaba de otras aldeas era la presencia imponente de unos árboles de tronco larguísimo, en cuyas copas se posaban las menudas casas de madera. Cada casa dejaba caer una escalera de hilo desde su entrada principal, por la que subían y bajaban los humanos.
Sostenía la mano de Rydel para no perderlo, al igual que lo hacía con Nym. La diferencia entre ellos era abismal; Rydel sería incapaz de adentrarse en situaciones peligrosas porque aquellas no llamaban su atención. Lo que realmente capturaba el interés del querubín era la comida que bullía en los hornos acoplados en el sector principal de la aldea.
Los humanos, según pude inferir, habían concertado alejar los hornos de las casas para protegerlas. Así, el fuego solo se encendía en un área común donde todos los humanos iban a cocinar sus platos. Sostuve con fuerza la mano de Rydel cuando escuché que su estómago gruñó.
—Sir Cyrone —le susurró Flye al serafín, mientras descansaba sus patas en uno de sus hombros—. Creo que el señorito Rydel tiene hambre. Debería cultivar algún alimento para ellos.
—No —intervine yo—. Estamos un poco hartos de las verduras, ¿sabes?
Miré por encima de mi hombro y observé que los humanos asaban carnes y las cubrían con panes tostados. La envidia y el hambre me corroían como a una maripolilla encerrada que veía un campo de flores crecer.
—¿Quieres que haga crecer carne del suelo? —me preguntó Cyrone.
—Bueno, pues, podrías intentar algo similar —contesté.
Pero el serafín no me respondió. En cambio, se quedó pensativo.
—Espera... ¿sabes? Creo que podemos usar esto como una gran oportunidad —ideó Cyrone—. Ya que hemos conversado sobre cómo usar tus poderes, podríamos ir a cazar algo, o más bien tú podrías usar tus poderes para aturdir una presa. Yo me encargo de cocinar. ¿Qué dicen?
—¡¿Cazar?! —me alteré—. ¿Y qué hago si ese «algo» que trato de cazar me caza a mí?
—¿Como cuál algo?, ¿un nono con un cuchillo? —me respondió entornando los ojos—. Estarás bien.
Cuando quise negarme, Rydel ya había respondido que sí en mi lugar. Así que nos alejamos de la aldea para cazar algo, lo que fuera. Lo primero que, por una decisión infortunada, se nos cruzara.
En el centro del bosque de largos y flacuchos árboles me dispuse a practicar. Aunque comprendía la teoría de la posición de poder, ponerla en práctica se sentía ridículo. Por más que me avergonzara, procedí a mover mi cuerpo hasta sentirme completamente cómoda y conectada con el cielo. Adopté diferentes poses extrañas, pero todas me hicieron perder el equilibrio o me fatigaron después de unos minutos. Eso no estaba funcionando.
—Señorita, según mis recuerdos, el cielo solo podía existir sobre nuestras cabezas —intervino Flye para aconsejarme—. ¿Qué le parece alzar ambas manos hacia arriba?
Así que lo hice. Levanté mis manos, presioné mis ojos cerrados y sacudí la cabeza.
—¡Más alto! —gritó Rydel, que imitaba mis interesantes poses.
De verdad quise evocar, manifestar o conectar con algo. Pero nada.
—¿Qué siente, señorita Gyuri? —me preguntó Flye, mientras me estiraba hacia arriba.
Con los ojos cerrados, oí un resoplido bastante apagado a lo lejos.
—Pues ¿qué siento? Solo siento las risitas de ese serafín de pacotilla —grité y bajé los brazos. Al abrir los ojos me encontré con el rostro burlón de Cyrone, que atendía nuestro espectáculo—. Era broma, ¿verdad? ¿Lo de la posición de poder?
El serafín borró la sonrisa de su rostro y se puso de pie. Cuando estuvo erguido y con las piernas rígidas sobre el suelo, una raíz brotó por debajo de mis pies y se enredó hasta la pantorrilla. Luego me apretó con dureza, me absorbió y me sumergió en la tierra.
—¡Está bien! ¡Ya! ¡Ya entendí! ¡Es real! —grité, luchando por zafar de sus sarmientos—. Pudiste haber elegido una posición de poder más interesante, ¿sabes? Porque estar de pie es algo muy sencillo. Ojalá pudiera imitarte.
Cyrone caminó hacia mí hasta quedar a un paso de distancia. Enseguida tomó mi mano y la posó sobre su mejilla. Me sobresalté al no preverlo.
—Voy a ser directo, no más rodeos. Intenta electrocutarme, Gyuri —me ordenó Cyrone.
—¡¿Qué?! ¿Amaneciste con ganas de ser destruido?
—¿Destruido?, creo que te sobrestimas —dijo él, soltándome la mano para cruzarse de brazos. Ladeó ligeramente la cabeza. Yo continué tocando su mejilla, un poco más temblorosa sin contar con su apoyo.
Dudé en hacerlo, pero lo último que dijo encendió una llamarada que atacó mi orgullo. Concentré «mi poder» para invocar aquel rayo de la otra vez y golpearlo con él para hacerlo tragar sus propias palabras.
Intenté pensar en cosas molestas para obligarme a experimentar la ira; sin embargo, fue muy complicado sentir miedo desbordante de la nada. ¿Cómo iba a cultivar tales sentimientos? No encontraba desencadenantes. Era como un frasco vacío, pero sin fondo ni principio.
Cansada, me tumbé sobre el pastizal, con cuidado de no aplastar las flores blancas que alumbraban la inquietante oscuridad. ¿Podría la decepción evocar algún tipo de poder? Probablemente no, porque al mover cada parte de mi cuerpo aún no ocurría nada.
—Yo... no puedo —me rendí.
—¿Me permites hacerte enojar? —me preguntó el serafín en un susurro.
—¿Hacerme enojar? Creo que también te sobrestimas.
Cyrone llevaba en uno de sus brazos, para permitirme moverme con libertad, la bolsa que cargaba mi libro. Cuando lo extrajo del fondo de aquella seda profunda me lo mostró, modelando las abolladuras que tenía y sus páginas amarillentas. Luego lo abrió de par en par y comenzó a ojear las páginas.
—Oye, si rompes ese libro o le haces lo que sea que estás pensando, te envío a Catarbella —lo amenacé—. Ese libro es el amor de mi vida.
Él alzó una ceja, tratando de hacerme ver lo ridículo que había sonado eso.
—Hay un viejo dicho que va desde lo profundo de Riorense hasta tu casita en Riveria: «el amor hace a la gente estúpida» —comentó Cyrone luego de leer algún pasaje del diario—. Así que ahora te entiendo más.
—Oh, buen intento por hacerme enojar —dije en mi faceta más tranquila—. La inteligencia y el amor son cosas diferentes, por eso las personas inteligentes también pueden enamorarse.
—No deberías proclamarte inteligente si te enamoraste de un libro.
Me quedé sin discurso para responder, pero por fin sentía que me estaba enojando. Decidí dejarme llevar un poco.
—Entonces ¿insinúas que soy idiota?
—Lo dije, de hecho.
—¿Perdona? ¿Y por qué?
—Porque no tienes idea de cómo funcionan las personas y las emociones reales —respondió con ese tono seguro y desafiante que lo caracterizaba.
—Oh, ¿y tú sí? —Sonreí con malicia.
—No soy un idiota; no me preocupo por cosas como esas.
—Oye, mejor cuida lo que dices.
—Y tú mejor cuida lo que sientes. Veo que eres de un corazón muy débil. —Sonrió con altivez.
—¿Cómo dices? —De pronto sentí una llamarada atascada en mi garganta.
Estaba funcionando.
—¿No me entiendes? ¿Acaso tartamudeé?
—¡Uh! Me pones enferma —espeté.
—Por eso te ruborizas, claro. —El serafín me rozó la mejilla, sin dejar de mirarme.
—Te crees muy capaz de alterar mis emociones.
—Eres una niñita, Gyuri. Por supuesto que sé cómo alterarlas.
—¿Te crees capaz de definirme? Ni siquiera me conoces tanto. —Percibí la tensión que se acumulaba en mi quijada y cómo mi mano se tensaba con ganas de contraerse y golpearlo. Me costaba aceptar que estaba haciéndome enojar a propósito.
—Observa este libro. Has soñado con un hombre así, ¿verdad? Así son las niñatas; las mujeres de corazón frágil sueñan con el hombre perfecto de las novelas. —Cyrone chocó levemente mi cabeza con el lomo y yo me encogí—. Te tengo una mala noticia. Los hombres perfectos no existen. No existe un hombre capaz de desfigurar su vida por una mujer. Hacemos lo mejor que podemos, Gyuri, pero tenemos muchos más propósitos en la vida que ser el amor de una chica, ¿lo entiendes?
—Claro que sí lo entiendo —le respondí y le arrebaté el libro de las manos.
—Si lo entiendes, entonces ¿por qué luces como si estuvieras a punto de llorar?
Me costaba responderle, pero tampoco quería desperdiciar esa llamarada que ardía muy dentro de mí. En vez de responder, respiré profundo y le dediqué mi mirada firme.
—¿Me ves incapaz de dejarte sola? —masculló—. ¿Qué harás cuando lo haga?
—Sir Cyrone, creo que se está pasando un poco —opinó Flye, pero el serafín continuó.
—Mira cómo lo hago cuando menos te lo esperes.
—Cállate.
—Igual que Nym.
Enceguecí por un segundo. Algo se desató desde lo más alto sobre el cuerpo de Cyrone y todo se volvió blanco. Un rayo de luz espantó a las aves que estaban en los árboles. Al parecer, descargué toda mi rabia en el lugar del serafín, envolviéndolo en una fuerza eléctrica un poco más débil que la que sufrió Neblina. De todas maneras, lo hizo caer de rodillas frente a mí.
—¡Un rayo! ¡Gyuri! ¡Lo hiciste! —gritó Rydel.
—Sir Cyrone —suspiró Flye, algo decepcionado por cómo había terminado su amo.
De repente, mientras Cyrone estaba en el suelo, una visión fugaz sacudió mi mente y me arrancó de la realidad por un instante.
A mi alrededor, una lluvia torrencial caía, cubriéndolo todo y transformándose en un mar furioso frente a mí. Cyrone, de rodillas, sin capa y con el cabello más corto, permanecía en silencio, sin mostrarme el rostro. Parpadeé aturdida, y el escenario se desvaneció. El bosque recuperó su forma.
Me agarré la cabeza, porque de pronto sentí un dolor insoportable.
—¿Gyuri? ¿Qué pasa? —me preguntó Cyrone, atolondrado por el ataque.
—Cre... creo que vi algo —susurré y le devolví la mirada.
Antes de que el confundido serafín pudiera responderme, Flye llamó nuestra atención con un grito.
—¡Un humano! —alertó el anfibio, volando y escondiéndose detrás de una roca.
Los dos miramos a nuestro costado y divisamos a un hombre de edad adulta removiendo los arbustos para acercarse a nosotros. Se aproximaba con un desplante curioso, probablemente atraído por el estallido que yo había provocado recién.
—Creí que no vendrían humanos aquí —murmuré en dirección a Cyrone, quien se levantó con una actitud protectora. Puso un dedo sobre mis labios para silenciarme.
Callé y me mantuve a la espera. El hombre no nos prestaba atención a nosotros, sino que miraba impactado al pequeño Rydel. Mi sensor de peligro me hizo vislumbrar que el niño tenía su capa en el suelo, por lo que llevaba al aire sus cuernos y orejas puntiagudas.
Mierda, pensé.
Junto al hombre apareció una mujer humana que le hacía compañía y que no se había dejado ver por estar detrás de él. Ambos eran de tez morena y ojos amarillentos. La desconocida se aproximó a Rydel derramando un par de lágrimas, mientras lucía un imperturbable estado de conmoción.
—Eres tú, hijo mío... ¡no estás muerto! —balbuceó acercándose tanto a Rydel que este se cayó en la base de un árbol en el intento de escapar.
La respiración del querubín se hizo cada vez más latente y rápida. Flye voló y se posó en el pecho del niño para interponerse entre ellos.
—¡Déjalo! —grité—. ¡Aléjate de él!
La mujer, como si hubiera oído una orden ineludible, dio pasos atrás en automático hasta chocar con su pareja, quien la frenó tomándola de los hombros. Los dos humanos nos miraron espantados. Me cubrí la boca, porque no se suponía que debiera dirigirme a ellos; era una regla de Cyrone, pero la situación era insoportable.
—Ustedes... ustedes tienen a nuestro hijo. ¡Nos robaron a nuestro hijo! —rugió el hombre.
Él soltó a su mujer y caminó en dirección a nosotros. Me escondí detrás de Cyrone, pues el hombre era tan corpulento y ancho que no tenía ninguna posibilidad de enfrentarlo físicamente.
—Detente —le ordenó Cyrone y el hombre, que parecía tener una voluntad implacable, se detuvo en seco frente a nosotros. Miré asombrada al serafín—. Llévate a tu mujer a la aldea de Drendoría y olvida que alguna vez viste a ese niño. Olvida por completo haber estado aquí. Olvídalo —enfatizó.
El hombre, con los ojos perdidos, retrocedió, tomó a la mujer de la mano y la arrastró a través de la arboleda, desapareciendo como dos fantasmas que habían venido desde el más allá. Me quedé sin aliento al ver cómo habían obedecido sin chistar cada mandato que les habíamos dado.
El pequeño Rydel se puso de pie y me observó aterrado, mientras temblaba como un perro mojado. Asentí y abrí mis brazos para recibirlo. Él corrió hacia mí, me abrazó a la altura de la cadera y escondió su rostro en mi caperuza. Acaricié su cabello y miré a Cyrone con una extraña impresión, ansiosa por entender qué había pasado.
Flye voló detrás del querubín y también se dirigió al serafín.
—Eran los padres biológicos del señorito Rydel, ¿no es así? —preguntó.
Cyrone suspiró y yo volví mi vista hacia la rana, que estaba mencionando algo que parecía sacado de una historia de terror: ¿cómo un par de humanos podrían ser los padres de un ángel querubín?
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Nos enfocamos en la cacería para tranquilizar al pequeño Rydel, quien probablemente comprendía la situación mucho menos que nosotros. Intenté cazar un antílope en el bosque pero, como era de esperarse, el rayo me abandonó por completo. No quiso volver a caer en la tierra por más provocaciones que me impusieron.
«No tendrán almuerzo hoy», nos señaló el antílope como si supiera que podíamos entender lo que decía. Terminamos por olvidar el plan inicial, y como solía pescar en Riveria me resultó bastante fácil encontrar peces de agua dulce, sumergir mis manos y agarrar sus colas antes de que pudieran escapar.
Los peces no eran mi alimento favorito, pero era prácticamente lo único que podía conseguir para Rydel, que se moría de hambre.
De regreso a la aldea, Cyrone utilizó un fogón de Dendroría haciéndose pasar por un forastero. Los demás humanos eran bastante permisivos y no nos miraban raro, a pesar de que desde mi perspectiva no éramos de confiar. ¿Capas oscuras? ¿Una rana en el hombro? No sé, yo no prestaría mi hoguera a personas como nosotros.
Con Flye y Rydel nos sentamos en una de las mesas comunitarias. El niño parecía haber superado lo ocurrido, pero a mí casi se me escapó la lengua de las ganas de saber qué fue lo que pasó. De todas maneras, me lo guardé para no angustiarlo.
—Señorita, no se preocupe por lo del entrenamiento de hoy; ya verá que, con mucha perseverancia, podrá controlar sus poderes —me señaló Flye.
—Gracias, Flye —contesté—, pero tendremos que encontrar otra forma de practicar. Después de todo, no puedo cazar a un animal con el que puedo hablar; sería como si quisiera matarte a ti.
—Es un placer saber que valora tanto mi vida, señorita. La verdad es que los animales en Melcior adoramos servir a los serafines, así que, si podemos darles de comer con nuestra carne, le aseguro que será un honor.
—¿Cómo puedes decir eso, Flye? Yo sería incapaz de comerte, eres mi amigo. —Aquella palabra salió de mis labios de manera inconsciente, y luego me percaté de lo que había dicho. ¡Era mi amigo! Nunca había tenido un amigo, no aparte de mi hermanito.
—Es un honor que me considere su amigo, señorita —respondió Flye—. Yo también la estimo como una amiga, a pesar de mi admiración y respeto.
—Flye... —susurré emocionada.
—Oye, Gyuri —dijo Rydel, de pronto—. Los peces también son como Flye, pero no te costó cazarlos. ¿Por qué?
—Oh, Rydel. Yo soy pescadora, ¿sabes? Este dilema no me ocurría en Riveria cuando tenía que darles de comer a mi hermano y a mis padres, así que... supongo que ante los pececillos soy inmune —afirmé, pero luego una melancolía me recorrió de la espalda baja hasta la nuca. La culpabilidad—. Ay, no, realmente asesiné peces.
Puse una mano en mi frente y me dejé caer lentamente sobre la mesa. Cuando Cyrone volvió con pescados al horno, hortalizas asadas y alcaparras ensalzadas, la culpabilidad comenzó a esfumarse mientras me daba cuenta del hambre voraz que me estaba consumiendo.
Al regresar con nosotros pude notar a la perfección que ciertas mujeres de la aldea seguían los movimientos de Cyrone con la mirada. Oculté mis orejas bajo la capa, viendo que una de ellas sonreía y las demás se reían al verla.
—¿Por qué esas chicas te miran tanto? —pregunté mientras agarraba un pescado con la mano y lo llevaba a mi boca.
—Pues sir Cyrone llama la atención de las mujeres a donde sea que vaya —dijo Flye con un tono orgulloso, como si fuera su padre.
Al escuchar eso, mordí más rápido mi pescado.
—Siempre ha causado locura en las aldeas en las que se queda —añadió.
—Las dejará a todas locas de miedo si les muestra los cuernos que esconde —dije con la boca llena, y una voz mental de mi madre me regañó por eso.
Sonreí al ver que al serafín le había hecho gracia mi broma.
Más tarde, los humanos se resguardaron en sus hogares trepando cuerdas y cerrando las puertas. La iluminación en Dendroría permanecía constante, pues los árboles emitían la misma luz en cada momento, sin perder su energía. Nosotros cuatro nos dirigimos a un refugio que los humanos de la aldea habían construido para los forasteros. Se trataba de una casa mediana sobre la copa de un árbol, que nos prestarían solo por esa noche.
Ascendimos por la cuerda y, como la tarea se me hizo bastante difícil, Cyrone me ofreció su ayuda para evitar que me cayera. El árbol parecía infinito, pero cuando llegué a la cima pude contemplar las puntas de los árboles. Las luces lo cubrían todo, pareciendo langostas fulgurantes bajo el mar de Nalini, desenvolviéndose al ritmo del viento. Aún se podía ver la niebla por encima, pero esta se teñía con los cálidos colores del bosque creando una aurora impresionante. Rydel subió por la cuerda detrás de mí, soltando apenas un pequeño suspiro. Me sorprendió verlo tan compuesto, y me explicó que gracias a sus poderes le resultaba bastante fácil ascender.
—Cambié un poco la densidad del aire para que no fuera tan pesado —comentó el querubín.
Me dejé caer en la entrada de la casa de madera y me abracé a una de mis rodillas. Tenía mucho que aprender sobre mis poderes, y los suspiros no me libraban de esa frustración. Rydel se acurrucó a mi lado para observar el paisaje.
—¿Sabes cómo era el cielo? —me preguntó después de un largo momento de contemplación.
—En realidad, no. No me queda más que imaginarlo. ¿Quieres que lo intentemos juntos?
El niño miró al cielo y vi como las imágenes se formaban en sus pupilas.
—Seguro que el cielo era rojo con verde. Seguro que había lluvias de rayos todo el día —opinó él.
—O con sombras de nosotros. ¿Crees que el cielo reflejaba nuestras caras? ¿Como un gran espejo? —le respondí mientras lo abrazaba para acurrucarlo.
—Yo creo que reflejaba la cara de la diosa Nylena. Después de todo, ella vivía allí en el cielo —murmuró Rydel antes de soltar un gran bostezo.
—¿Por qué lo dices en pasado? Nylena no ha muerto, solo está durmiendo. —Bajé la vista y vi que el querubín dormía. Acaricié su cabello—. Durmiendo profundo, tal y como tú.
Me quedé inmóvil un tiempo indefinido, esperando que Rydel entrase en la fase de sueño más pesado para poder cargarlo y entrar junto a él a la casa.
—A veces Flye duerme de pie —comentó alguien a mis espaldas. Era Cyrone—. Aún no me acostumbro a verlo.
Me volteé hacia él con cuidado de no despertar a Rydel, y lo invité a sentarse con dos golpecitos a mi lado en la rama.
—¿Flye duerme de pie?
Me reí al imaginarlo.
—Bueno, hincado, ya que no puede ponerse «de pie». No tiene pies.
—Yo lo he visto roncando de espalda. Pero ahora tengo ganas de ir a verlo dormir hincado.
Entre nosotros se instaló un silencio risueño.
—¿Sabes por qué Flye no me acompañó a Riveria cuando te fui a buscar?
—¿Por el frío? —le pregunté.
—Pues sí, pero de hecho hay algo gracioso. Las ranas, cuando sienten frío, hibernan. Duermen durante meses, y si hubiera perdido a Flye en Riveria probablemente hubiera dormido hasta la eternidad.
—Bueno, Flye adora dormir. Lo sé porque ronca como si rugiera —comenté y Cyrone sonrió—. No habría sido un castigo para él dormir hasta la eternidad, apuesto. De todas formas, estoy feliz de haber podido conocerlo.
Ambos nos quedamos enganchados al paisaje, sin decirnos nada por un minuto.
—El cielo era azul oscuro y tenía unos hermosos seres brillantes que lo adornaban todo el tiempo, Lummina los llamaba «estrellas» —dijo Cyrone cortando el silencio—. Las estrellas brillaban como las luces de las hojas de los árboles. La serafina del cielo, sin embargo, tenía dificultades para regular la temperatura —una sonrisa se le coló entre las palabras—, así que creó una estrella inmensa, calurosa y muy divertida, a la que llamó sol. Desde que esta estrella mayor apareció, el cielo pasaba de ser celeste a rojo anaranjado, y luego volvían las pequeñas estrellas a iluminar un cielo negro.
Abrí la boca impresionada, pero pronto lo miré con indignación.
—¿Estabas espiando nuestra conversación otra vez?
—No es para tanto, apenas lo he hecho dos veces. La verdad es que me da curiosidad saber lo que tienes para decir. Eres muy ocurrente.
Lo miré en silencio y la comisura de mi labio se curvó sin querer. Luego sonreí hasta el punto que quise esconderlo, así que dirigí la mirada hacia el lado contrario.
—Hoy me dijiste que era una idiota.
—¿Y te crees todo lo que digo? Eso me conmueve.
—¿Lo piensas realmente?
Cyrone suspiró, mirando la niebla.
—¿Acaso tú lo piensas? No, ¿verdad? Eso debería bastarte para dormir tranquila.
Negué con la cabeza.
—Digamos que también me importa lo que tú pienses de mí. —Volví a mirarlo y nuestros ojos se encontraron; usé toda mi fuerza de voluntad para no apartar la vista.
Él me dedicó una media sonrisa que formó un hoyuelo en la esquina de su mejilla. No quise reconocer que me derretí al verlo.
—Digamos que no suelo espiar las conversaciones de la gente, jamás.
Eso me bastaba.
—Si te gustan las cosas que digo, ¿por qué me prohíbes hablarles a los humanos? —pregunté—. Te entretendrías muchísimo oyendo las cosas que soy capaz de decirles.
—Gyuri, ¿todavía no entiendes por qué? —me preguntó con seriedad.
Había llegado el momento indicado para preguntarle sobre lo que pasó durante la tarde.
—Creo que ya lo entiendo. Los humanos nos obedecen, ¿no es así? Es peligroso que usemos el vocabulario con ellos porque no pueden eludir nuestras órdenes. —Me cubrí la boca de manera inconsciente mientras hablaba.
—Buena chica, muy inteligente.
Intentó palpar mi cabeza, pero me quité disgustada.
—¡No soy una niña! ¡No me trates como una!
—¿Te enojas por el «buena chica»? —Sonrió—. Así les digo a las cachorritas, no a las niñas.
Lo empujé despacio, aunque me hubiera gustado botarlo de la rama.
—Espera... —Arrugué la frente después de reflexionar—. ¡Mi familia no me hacía ni caso! ¡Eso es una mentira! Si no, ¿por qué mi poder no funcionaba con ellos?
—Es una anomalía, hay ciertos seres humanos que son inmunes al peso de nuestra palabra. Los pelirrojos, por ejemplo. —Se mantuvo pensativo por un segundo—. No sabemos por qué lo son, aunque muchos dicen que el Sempiterno del Empíreo es una criatura de pelaje rojo. Tal vez ellos sean descendientes directos de él.
—¿El Sempiterno del Empíreo es nuestro creador? —Él asintió—. Increíble, mis padres y Nym son descendientes del creador del universo.
Reí en voz baja al recordar que, a pesar de que mis padres tenían el cabello naranjo blanquecino producto de la vejez, alguna vez vi que tenían el rojo bermejo pintando las hebras de sus cabellos. Las mismas pecas, los mismos ojos verdes de Nym.
—Ya sabía que mis padres no eran mis verdaderos padres, así que no me mires así —lo molesté al ver su expresión.
Le concedí mi mirada y me dio la impresión de que él se reflejaba en mis pupilas. Lo pude sentir porque se miró a sí mismo en ellas, como si yo fuera un cristal.
—Puede que ellos no sean tus padres biológicos, pero tranquila, tus padres biológicos sí fueron humanos —me explicó después de sacudir la cabeza y dejar de mirarme—. ¿O por qué crees que lucimos tan semejantes a ellos?
—Deja de ir con rodeos y explícame todo de una vez. ¿Cuál es nuestro origen?
—Uh, Gyuri, esa es buena. La historia de los serafines es muy bella. Los humanos, al igual que el resto de los seres en Melcior, son mortales. Al momento en que ellos mueren, guardan sus almas en Catarbella hasta renacer para el siguiente mundo. Ahora bien, ¿qué pasa con los niños humanos cuando mueren? ¿Crees que es justo que con una vida así de corta vuelvan a Catarbella y esperen un milenio para renacer?
No respondí nada, pero quise decir que no.
»Claro que no. Los niños humanos renacen antes, en forma de ángeles, gracias a la bendición de cada serafín. Por eso Rydel no luce para nada como Neblina, y sí lucía como esa pareja de humanos que creían ver en él a su hijo fallecido. Rydel fue un niño que vivió y murió antes de crecer, así que renació como un querubín.
—Pero él no los recordaba, es más, estaba muy asustado de ellos —dije.
—¿Tú recuerdas tu vida cuando eras una niña humana? Creo que no. Al morir, los recuerdos mueren con nosotros. Rydel no recuerda nada sobre sus padres humanos.
Una brisa ligera, cargada de melancolía, revolvió mis rizos.
—¿Qué pasa con los querubines que mueren? Tú dijiste que las serafinas se deshacían de los querubines varones...
—Ellos vuelven a Catarbella con el resto de almas de Melcior a la espera del nuevo mundo —me explicó Cyrone.
—¿Tú viviste en el mundo anterior a Melcior? —pregunté, dejando entrever la curiosidad que sentía por el serafín.
Pero él no me respondió. Luego entendí que la respuesta era más que obvia.
—Claro, si eres serafín es porque tomaste el lugar de la antigua serafina de la tierra. ¡O sea que estuviste en la apertura de Melcior! Por la diosa Nylena, ¿acaso cuántos años tienes?
—La verdad es que no llevo la cuenta —respondió él.
—Seguro que sí la llevas, pero evitas decirlo en voz alta para no espantarnos.
—Debo tener más de veintiún años por lo menos. Esa es la edad en la que nuestros cuerpos humanos maduran y dejan de envejecer por siempre —me respondió con seriedad.
Recorrí a Cyrone con los ojos, pero me detuve en el vendaje de sus manos y en la poca piel que las vendas dejaban ver. Oscura, tanto como Melcior sin árboles.
—Perdiste tu iridia alguna vez durante estos largos, eternos, ridículos veintiún años. ¿No es así?
—No, no. La verdad es que está de moda llevar los brazos y las manos vendadas —contestó él.
—Ya, muy ingenioso al responder. Dime algo, ¿cómo recuperaste tu iridia después de que la perdiste? —insistí.
—No lo sé, estuve «muerto» en el ínterin.
—¡¿Vas a evadir todas mis preguntas?!
—Para empezar, deberías dejar de asumir que tengo las respuestas para todo.
—Bueno, deberías hacerte cargo de hacerme sentir que no sé nada sobre ti —gruñí.
Cyrone resopló.
—Hablar contigo me deja exhausta —me quejé.
—Bueno, bueno. ¿Quieres que te cuente sobre mí?
Asentí con cierto resentimiento.
—Como ya lo imaginabas, nací de la antigua serafina de la tierra. Su nombre: Calyssa. Era bondadosa y amada. Ella también los quería a todos, por eso yo no comprendía por qué a mí me odiaba. No entendía por qué le disgustaba siquiera verme respirar.
—Es por lo que tú dijiste. Las serafinas deben matar a sus querubines varones —comenté.
—Así es, y como imaginarás, no es fácil para nosotros aceptar esa situación.
Guardé silencio para que continuara su historia.
—Al principio yo no pensaba en convertirme en el serafín de la tierra —sonrió con ironía—; yo solo me esforzaba por obtener la aceptación de mi madre. Ensayaba día y noche para conectar con la tierra e impresionarla, pero mi madre se frustraba más y más al verme mejorar.
—¿Intentó matarte muchas veces? —pregunté y bajé la mirada, temerosa de la respuesta.
—Más de las que podrías contar. Huí de ella para sobrevivir, y me vi obligado a conocer de cerca a los humanos. Descubrí cómo funcionaban sus familias, cómo los padres amaban a sus hijos. Ellos les hacían la comida, los arropaban de noche ylos besaban mientras dormían. Era increíble. También conocí la maldad.
Pensé en mí misma, en mi familia, en lo hermoso que era imaginar que recuperaba mi hogar. Yo lo había tenido todo, y los buscaba por doquier, pero sin la certeza de que los encontraría otra vez. Me sentía tan sola como él.
—Cuando mi madre murió en la guerra de los serafines, a merced de Nylena, sus últimas palabras fueron: «Debí haberte matado mientras pude. Ahora la tierra está condenada».
Tragué, intentando mitigar el nudo en mi garganta. De pronto, un sollozo llamó nuestra atención: era Rydel, que se había despertado mientras conversábamos, acurrucado en medio de nosotros.
—Cyrone, tú dijiste que los ángeles no podíamos llorar —murmuré al recordar ese detalle.
—Los querubines son distintos a los serafines, Gyuri. Aún no pierden toda su humanidad. Ellos pueden llorar —me respondió en un susurro.
Arrullé al pequeño y acaricié su cabello oscuro.
—¿Estuviste escuchándonos, Ry? —musité.
—Mi grandísima madre, mi alteza. Ella es increíble, pero haber sido querubín de ustedes no habría estado mal —gimoteó el pequeño.
Sonreí y lo abracé con más fuerza, hasta que las lágrimas del niño cesaron por fin.
—Eres nuestro ahora. Y de ti mismo también —susurré.