Capítulo 10 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Muchas más veces de las que desearíamos, el destino lo marcan los demás, asumiendo que nos han ganado la batalla…
No fue idea suya, ni siquiera tuvo tiempo de procesar la negativa y ya iba camino de Barcelona con sus hijas, su madre y Joana. Kate, hábil estratega, había buscado una alternativa para convertir sus deseos en realidad: su abuela Julianne se transformó en su mejor aliada y, en menos de dos horas, había organizado la excursión a la capital, con ayuda de Gustavo, un móvil y una American Express Oro. El dinero es el gran prestidigitador que transmuta lo imposible en fácil en cuestión de segundos. Julianne era una vieja experimentada en eso y, hasta el momento, nada se le había resistido a golpe de chequera. Todos practicamos esa prostitución, pero pocos la asumen y la aceptan sin complejos. Ella no había tenido remilgos en ser la abanderada de la minoría que no pestañea por ponerle precio a todo.
Kate miraba satisfecha por la ventanilla, encantada de haber logrado su propósito de visitar Barcelona con Joana. No le importaba acudir acompañada: prefería hospedarse en un lujoso hotel que en casa de unos familiares de su amiga. Kate prefería invitar que ser invitada, le costaba soltarse, pedir favores o ayuda, y siempre estaba mucho más cómoda teniendo el control.
Adele, en cambio, estaba algo ausente, callada y con ganas de dormir todo el tiempo. Marc no pudo acompañarla esta vez, dos días eran demasiados y sus padres querían que disfrutara de la familia y de ellos. Desde que Adele llegó a La Muga, el pequeño apenas paraba en casa y, cuando lo hacía, estaba demasiado ocupado organizando nuevas aventuras o descansando.
Gala se había metido en el coche asumiendo que no tenía alternativa y, al mismo tiempo, dispuesta a disfrutar de sus hijas y su madre. Se sentía distinta desde anoche, no sabía cómo procesar todo lo sentido, ni tampoco cómo anunciar que llegaba el momento de volver a casa y debían fijar la fecha de retorno. Su madre saltaría de alegría, pero ¿cómo iban a reaccionar sus hijas? Adele reposaba su cabeza en la ventanilla del coche y Kate jugaba con Joana al Apalabrados. Las dos habían encontrado un curioso reposo en esa tierra, adaptándose mucho más de lo que ellas mismas eran conscientes. Gala habría deseado tener una excusa para posponer la vuelta, pero después de despejar el enigma del cuadro, nada les ataba allí. El abogado Robert Riudaneu podía resolverlo todo por ella. El cielo al fin se había despejado, el final del viaje había llegado y se acercaba el momento de dar la cara y retomar su vida o… ¿qué? Por unas milésimas de segundo, se imaginó entrando por la puerta de su apartamento, besando a Frederick, simulando el statu quo, deshaciendo maletas, durmiendo a su lado, levantándose por la mañana, preparando café, despidiéndose de las niñas, llamando a alguna de sus amigas, volviendo a pilates, paseando por Central Park, comiéndose un bagel de salmón y requesón… Unas terribles ganas de vomitar le sobrevinieron y forzaron a Gustavo a detener el vehículo de cualquier manera en el arcén de la autopista para que Gala pudiera sacar a pasear sus tripas. Salió aguantándose la arcada y, nada más pisar el asfalto, se dejó llevar por el pánico absoluto que le provocó un enorme y asqueroso vómito contemplado por todos.
Julianne miró la escena tratando de entender lo ocurrido. Su hija no era de las que se mareaba en el coche, ni siquiera cuando era pequeña. Le asqueaba vomitar y, si podía, se tragaba el asco con tal de evitar el trance. Solo con los embarazos cruzó su propio límite. «¿Embarazada? ¡Imposible!». Era algo absolutamente descartable, pues en el último parto le ligaron las trompas, no por decisión médica sino personal, y en contra de Julianne. No era amante de sesgar la fertilidad y mucho menos con operaciones de por medio. Pero Gala, en su terquedad, lo hizo para evitar embarazos y ahorrarse métodos anticonceptivos engorrosos para ella. Frederick, como muchos hombres, se negaba a usar el preservativo, y siempre la dejaba a ella con la responsabilidad. No le importaba aumentar la descendencia, ni los cuidaba ni los paría. Tampoco veía problema en el embarazo, ni en la recuperación de la forma física; una operación a tiempo era una sabia decisión. Gala imitó la firma de su marido y se sometió a la ligadura de trompas; a esas alturas Frederick no lo sabía todavía y Julianne lo descubrió hacía apenas unos meses en una acalorada discusión con su hija.
Gala seguía descompuesta, con el cuerpo doblado y la garganta abrasada por los jugos gástricos. No se sentía con fuerzas de incorporarse todavía; la idea de volver a Nueva York y proseguir con su vida le había provocado un súbito corte de digestión. Con la sangre en la cabeza y mirando su propio vómito, se dio cuenta una vez más de que desde la propia mierda se emerge con más fuerza. Aquella mañana supo que la rueda había girado y que nada era como antes ni podía volver a serlo. Sus tripas la envistieron de nuevo, vaciándola de bilis, sacando miedos acumulados. Julianne salió del coche, reconociendo muy bien la clase de vómito de su hija; era de los que, como los posos de café, revelaban la realidad, impidiendo que tomaras la dirección incorrecta. Ella lo sufrió cuando decidió meter en un internado a Gala, sin escuchar las súplicas de su hija de que no la abandonara. Julianne retuvo sus arcadas hasta que cerró la puerta y vio a su hija partir. No llegó al baño, pero señaló el camino con sus propios desechos hasta reclinarse en el retrete y abandonarse hasta percibir que nada le quedaba dentro. Con los ojos enrojecidos, miró su propio vómito y supo que, si no corría a buscar a su hija, la perdería para siempre. Ese repugnante desecho de jugos gástricos y comida triturada le señaló el camino correcto, pero decidió ignorarlo, tirar de la cadena, enjuagarse la boca y servirse su primer whisky doble recién levantada. Llevaba toda la vida arrepintiéndose de esa decisión y, por eso, sabía muy bien que aquella vomitona no era un simple mareo, sino un asqueroso brote de lucidez.
—Do you feel better, babe? (—¿Te encuentras mejor, cariño?)
Gala no quiso mirar a su madre, ni responderle con palabras. Necesitaba un poco de aire y digerir que su vida había llegado a una intersección y tenía que elegir un camino; todos menos seguir recto, como hasta el momento. Julianne acarició el pelo de su hija, vertió sobre su nuca un poco de agua para que su cuerpo volviera a estabilizarse. Prohibió que sus nietas salieran del coche y esperó apoyada en él a que Gala se incorporara y deseara proseguir la marcha. No había prisa, nada era tan importante como aquel momento de abrupta revelación que muy pocas veces se produce en la vida. Julianne lo sabía y profesó silencio en señal de respeto. Se acercaba a la vejez con ganas de dejar de fingir, de abandonar la frivolidad como parapeto a cualquier dolor y, aunque se resistiera, el camino pasaba por cruzarse de nuevo con su hija y labrarse una complicidad apenas compartida. La miraba con cierto desdén de no tener la más remota idea de cómo construir o hilvanar lazos de aproximación con su hija. A ella también la había cambiado ese maldito viaje, en realidad hacía mucho tiempo que esperaba un golpe bajo para dejar de sostener una vida de mentiras que la estaban hundiendo y consumiendo. Su primer paso fue anular la boda; el segundo, cogerse un avión para rescatar a su hija; sin saberlo se había equivocado de complemento indirecto y no era a su hija a quien había decidido salvar sino a sí misma. No sabía por dónde empezar… Las carreteras suelen ser lugares inhóspitos y peligrosos para detenerse en el camino, pero con la perspectiva, ese alto en el viaje puede haberte salvado la vida.
Estuvieron media hora hasta que reemprendieron la marcha, en silencio y con gran respeto. Kate y Adele tampoco abrieron la boca, prefirieron observar y dejar que todo, por el momento, quedara en el vómito. Observaron la vida desde sus ventanillas; Gustavo tomó la iniciativa de poner a la Callas y disfrutar de su extraordinario Madame Butterfly de Puccini. No era la mejor letra para acompañarlas en el viaje, pero sí una voz capaz de convertir el peor de los dramas o lamentos en suspiros de esperanza. Julianne y Gala se refugiaron en ella y, con miradas de soslayo, se comprendieron desde la lejanía. La calma las acompañó hasta llegar a su destino.
Gustavo detuvo el coche al pie de una gran D o vela gigante de cristal. Era el hotel a pie de mar que Julianne había elegido para pasar las dos noches en Barcelona.
—Welcome to the W Hotel, madame. (—Bienvenida al hotel W, señora.)
Fue la primera en descender del vehículo para no perderse las caras de sus nietas. Había reservado espléndidas habitaciones en la planta 15, con vistas al mar. Todo cristal, apenas paredes; dormir allí, según le habían contado, era como estar suspendida entre la tierra, el cielo y el mar. No fue una exageración, sino una descripción ajustada de la experiencia de no tener paredes, sino cristales y, ante ellas, el horizonte y el encanto del mar Mediterráneo. Joana no daba crédito a lo que estaba viendo, tenía la mandíbula desencajada de querer abrir más la boca y haber dado varias veces con su propio límite. Aquel lugar era de vértigo, mágico y, según había leído en los foros, el nuevo hotel de las estrellas. Estaba feliz de acompañar a su amiga y, en confianza, confesarle que deseaba experimentar todos los lujos posibles y convertirse durante dos días en una joven diva como Paris Hilton o las gemelas Olsen. Kate sonrió divertida con la complicidad de convertir los deseos de su amiga en realidad, aunque, por supuesto, con la ayuda de su abuela. Los lujos no le habían resultado nunca divertidos hasta conocer a Joana, que lograba convertir cada uno de ellos en una escena de película. Adele seguía enfurruñada y apenas expresaba alegría por estar ahí; no le apetecía apenas nada, toda propuesta la recibía con un encogimiento de hombros y mordiéndose los labios. Aunque todos sabían el porqué de su inaudito comportamiento, optaron por ignorarla y esperar que algo la sacara abruptamente de su negativa al disfrute.
Dejaron las maletas, se acicalaron un poco y salieron dispuestas a conocer esa ciudad que tan famosa se había hecho por albergar los Juegos Olímpicos del año 92.
—¡¡¡Baaarrrcelooonaaa!!!
Joana salió del hotel, emulando a la Caballé y a Mercury en la famosa canción que, con el tiempo, se había convertido en un himno para la ciudad. Gustavo se había ofrecido a ser su guía durante su estancia por unos euros más y por no morir de aburrimiento. Julianne accedió a la propuesta con la condición de que no fuera una ametralladora de datos y las dejara respirar en tiendas, heladerías o cualquier capricho que se les antojara.
—Dos días no dan para mucho, así que… selecciona y ¡enséñanos lo más bonito!
No era fácil elegir los lugares, ni mucho menos satisfacer los deseos de poco ajetreo, ocio, diversión y, sobre todo, ¡compras! Julianne estaba encantada de encontrarse en un lugar donde poder dar rienda suelta a su compulsividad, pero fue Gala quien evitó que aquellos días se convirtieran en mera frivolidad.
—Nada de compras, ¿me oyes? O me llevo a las niñas…
Julianne la miró tratando de encontrar una mota de sus genes en ella; cada día estaba más convencida de que los pocos que tenía se desintegraban con los años. Aceptó con desagrado su propuesta, no quería empezar la convivencia con las espadas en alto, pero esperaba llegar a un acuerdo satisfactorio para todas. Julianne odiaba las visitas a monumentos, caminar horas al sol para contemplar ruinas o cuadros antiguos. No le gustaba esa cultura, no la entendía, prefería el culto a lo nuevo y tan asequible como un simple deslizamiento de tarjeta.
Gustavo decidió tomar la vía intermedia y mostrarles el Gótico y el antiguo barrio de la Ribera, conocido como Borne; un lugar repleto de rincones mágicos y de leyenda, perfecto para pasear, culturizarse y saciar las ansias de consumismo.
El camino comenzó a pie por el antiguo mercado del Borne, un coloso de hierro en ruinas y a medio restaurar porque el ayuntamiento de la ciudad no terminaba de decidir qué hacer, después de encontrar en el subsuelo maravillosas ruinas romanas.
—Los romanos la llamaron Barcino, ¿sabéis?
Joana aportaba su granito de arena a la visita con sus conocimientos sobre la Ciudad Condal; esa misma que los de fuera conocían como Can Fanga. A Adele le hizo gracia el nombre de la «casa del barro» para referirse a una ciudad tan moderna. Joana no sabía por qué se la llamaba así, y fue Gustavo el que las sacó de dudas.
—A finales del siglo XIX comenzó el plan de urbanización de la ciudad en un conocido barrio de Barcelona llamado Eixample. Las obras eran tan grandes que, con las lluvias, se formaban auténticos barrizales. La gente de los pueblos solía acudir a la ciudad para solucionar temas burocráticos y, cuando volvían a casa llenos de barro en los zapatos, todos sabían que provenían de Barcelona. ¡Can Fanga!
Todas escucharon con atención las curiosidades y anécdotas que Gustavo fue contando por los callejones empedrados de ese rincón de la ciudad donde se fusionaba a la perfección lo antiguo con lo moderno. Julianne disfrutaba con las pequeñas joyas de tiendas escondidas entre muros, repletas de tesoros de nuevos y desconocidos diseñadores. Las cinco se sentaron en uno de los bancos de piedra del paseo del Borne, mientras Gustavo las trasladaba a la época medieval, cuando ese lugar era el elegido para los torneos de caballeros, o apenas dos siglos más tarde para las ejecuciones de la Santa Inquisición. Kate y Adele no salieron de su asombro cuando comprendieron qué fue la Inquisición.
—Una especie de Ku Klux Klan, pero en vez de contra los negros, contra todos aquellos que no siguieran las reglas cristianas.
Kate era rápida en procesar lo nuevo; su hermana, en cambio, se perdía en laberintos de la mente con los pequeños detalles antes de captar el concepto en profundidad. Aquella ciudad, dependiendo del callejón, le parecía como de cuento, de miedo o de príncipes y princesas. Gustavo le contó la dualidad de esas calles; refugio tanto de grandes historias de amor, como de duelos a muerte y asesinatos por la espalda. Le mostró una cabeza de piedra, estilo gárgola, que reposaba en lo alto de la esquina de una calle.
—¿La ves? Se las llama Carassas y se ponían en todas las calles donde se ejercía la prostitución para que la gente, la mayoría analfabeta, supiera localizarlas.
Julianne reprendió a Gustavo por contarles a las niñas cosas indecentes y vulgares como aquellas. Todas, incluso Gala, se echaron a reír por el repentino pudor y remilgo de la abuela. Julianne nunca había sido un ejemplo de buen comportamiento, aunque de puertas para fuera lo disimulara muy al estilo Marlborough. En realidad, protestaba porque la piedra le cansaba y apenas le dejaban disfrutar del contenido de las maravillosas tiendas del lugar. Intentó hacer un aparte, pero su hija estaba empeñada en disfrutar en familia. «What the hell!» («¡Qué demonios!».). Nunca lo habían hecho a la manera tradicional y se había propuesto conseguir la postal de familia perfecta. Le dolían los pies con el empedrado de las calles y los tacones. No eran muy altos, pero lo suficiente para darse de bruces y romperse la crisma.
—Pues… ¡cómprate unas deportivas!
No hubo manera de convencerla para hacer un alto en el camino y tomarse un aperitivo a las puertas del museo Picasso, en una magnífica terraza de un antiguo palacete de la ciudad. Gala deseaba proseguir con la visita y, a la vista de todas, estaba empeñada en conseguirlo a cualquier precio. Julianne no tuvo más remedio que cambiar de calzado y, a regañadientes, comprarse las malditas deportivas. Kate eligió junto a Joana la tienda y contemplaron divertidas cómo su abuela se quedaba las más flúor. Julianne era de las que prefería siempre rozar los extremos por arriba; y quedarse las más llamativas era apostar por la última moda antes que por la sosería.
A Gala le faltaba ese arrojo de soberbia de Julianne que provocaba que llamar la atención fuera un gusto y no un rubor perpetuo. Admiraba la percha de su madre y que supiera estar por encima de los convencionalismos. Ella no disponía de ese don, prefería pasar desapercibida que destacar rozando el ridículo. Pero comenzaba a sentir la curiosidad de estar en el otro lado y saber estar por encima de las miradas.
—¿Te atreves?
Julianne la tentó divertida a comprarse unas iguales. Gala la miró frunciendo el ceño, dispuesta a aceptar el reto de pasear por Barcelona con unas zapatillas flúor que nada tenían que ver con su vestuario ni estilo. Sus hijas contemplaron incrédulas cómo su madre se las compró y, sin pestañear, se las llevó puestas. Julianne y Gala parecían un dúo cómico, no por las deportivas, sino por su forma de andar y moverse, mostrando al resto sus nuevas adquisiciones.
Siguieron el paseo hasta llegar a la iglesia de Santa María del Mar. Gustavo les contó la historia del bello monumento gótico, una iglesia propiedad del pueblo, en recompensa al tremendo esfuerzo que durante décadas hicieron para construirla. La leyenda cuenta que fueron muchos los voluntarios que se ofrecieron para cargar a pie desde la montaña de Montjuïc los pesados bloques de piedra con los que erigieron el Santo Monumento.
—Es mi preferida, la catedral del pueblo, ¿sabes?
Gala quería ver la Sagrada Familia, Julianne ir de compras por el paseo de Gracia y las niñas montarse en las golondrinas, las barcas que salen del puerto de Barcelona y pasean por el bello litoral barcelonés. Joana adoraba montarse en ellas y, desde pequeña, lo hacía para despedirse del año. Eran los últimos días de 2012 y el próximo año ella cumpliría la mayoría de edad, comenzaría a ser adulta y su sueño de vivir en Nueva York estaría más cerca. Kate quiso compartir con su amiga esa tradición y pidió a su madre pasear en las golondrinas. Julianne odiaba los barcos turísticos, pero no tuvo más remedio que aceptar la singular propuesta.
Aquella ciudad desprendía un aroma a salado añejo que hacía que reposara con gusto una estética vintage permanente. Aunque no todas sus calles gozaban de la higiene convenida, destilaban encanto y se podían elegir con gracia rincones donde perderse incluso del tiempo. Todas eran conscientes de que apenas rozarían la primera piel de la ciudad; dos días daban para un escaso aperitivo, pero Gala había marcado la hoja de ruta y el 31 lo debían pasar en La Muga. Julianne no estaba por la labor y, a la mínima oportunidad, planteaba un plan alternativo, todos tan apetitosos como rechazados por Gala.
Decidieron que había llegado la hora de comer, de probar la famosa paella frente al mar y las delicias de pescado fresco. Gustavo había reservado en El Merendero de la Mari, un restaurante de nombre humilde pero comida exquisita en el Port Vell de la ciudad. Apenas quedaba a diez minutos andando, lo suficiente para hacer un par de fotos más en el camino y divisar edificios monumentales como la Lonja de Mar, uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad y símbolo del progreso social y económico de Barcelona. Como edificio era magnífico, a la par que singular por su mezcla del mejor gótico con elementos y naves añadidas posteriormente del majestuoso estilo neoclásico. Gustavo era un portento de datos, un pozo sin fondo de sabiduría que amenizaba los paseos y unía al grupo, a pesar de los continuos resoplidos de Julianne. Adele comenzaba a disfrutar, a sentir cómo su imaginación se disparaba con una ciudad que contaba con tanta historia de paredes desgastadas, de toscas piedras maltrechas por el paso del tiempo o la metralla de alguna guerra. Adele escuchaba atenta las explicaciones de Gustavo, las leyendas de una ciudad que, según algunos, antes que romana fue griega y fundada por el propio Hércules.
Gala aprovechó las explicaciones del chófer y la escucha ensimismada de las niñas para distraer el pensamiento a la noche anterior. Respiró aire de mar y se detuvo a sentir la caricia de la brisa. Miró a su alrededor, encontrándose con decenas de turistas que, como ellas, se enamoraban de la ciudad a cada paso. Debía reconocer que la excursión había sido un acierto, como que ese viaje estaba llegando a su fin. Julianne la observaba contemplando las vistas y aprovechando para descansar de la historia. Esperaba en silencio a que su hija comenzara a expresar lo comprendido y lo todavía por procesar.
—On 1st January we return home. You got what you wanted! (—El 1 de enero volvemos a casa. ¡Ya tienes lo que querías!)
Lo soltó de corrido sin tomar aire ni buscar su mirada de aprobación por la decisión tomada. Julianne se pensó si añadir palabras o retener el silencio. Tenía la extraña sensación de no salir victoriosa, aunque lo pareciera. Su hija había puesto fecha a la vuelta, e intuía que iba a ser la primera de muchas decisiones por tomar.
—¿Has resuelto lo de la herencia?
No pudo contenerse y preguntó sin saber adónde apuntaba. Aunque detestaba estar allí por todo lo que significaba, había algo más allá que le hacía clamar justicia para su hija y poder quedarse con el legado de su abuela y de su padre. Julianne se estremeció con sus propias palabras, pero al mismo tiempo sintió un alivio desconocido. Era como si aquella pregunta comenzara a desanudar madejas fosilizadas que durante años le envenenaron la vida.
—Sí, mamá, soy yo la única heredera.
Las dos mujeres reemprendieron la marcha, pisando con fuerza los adoquines del suelo, mirando el polvo que se levantaba con el viento, buscando cada una un lugar donde reposar sus mentes. Gala lo encontró con sus hijas; Julianne simplemente no perdió el tiempo en buscarlo, su mente hacía tiempo que había descartado el reposo sin pastillas.
Los seis vieron con distinta perspectiva cómo el barco se alejaba del puerto, dispuesto a ofrecer una hora y media de visita guiada por la costa barcelonesa y sus playas mediterráneas. La golondrina iba cargada de turistas o curiosos que, como ellos, deseaban dejar atrás la tierra y sentir el vaivén del agua en su pureza salvaje. Gustavo siguió con las explicaciones a las chicas, entreteniendo a las menores y captando en código adulto que madre e hija necesitaban pasar un tiempo para disipar antiguos nubarrones. Gala y Julianne se quedaron sentadas, disfrutando del skyline de la ciudad en la planta de abajo, mientras el resto recorría la parte superior del barco. Gala apretó los dientes y se agarró al bolso con fuerza para sentir el cuaderno de su abuela. Desde que comenzó a leerlo, no se había despegado un minuto de él, a riesgo de que se extraviara u ocurriera cualquier percance que le impidiera seguir disfrutándolo. No podía dejar de pensar en su padre, en su abuela y en lo egoísta que había sido su madre.
—Todavía no sé por qué has venido.
Julianne se tomó unos minutos para responder. Sabía que había llegado el momento que tantos años había tratado de evitar. La rabia había deshecho a modo de sulfato las excusas para dejar al descubierto las ausencias y los reproches. Gala comenzó a escupir sin procesar todo el odio que sentía, toda la incomprensión acumulada a sus desmanes, su falta de amor y cariño, el placer de disfrutar con sus fracasos. Estuvo más de veinte minutos disparando bilis, soltando veneno sin pudor, y sin temor de perforar viejas heridas. Había llegado a su propio límite de sostener y comprender la desgracia de los otros al precio de que su mierda no dejara de salpicarle. No recordaba un solo momento en que su madre decidiera protegerla en vez de optar por salvaguardar su propio ombligo. La deseó tantas veces muerta como imploró su cariño con la frustración de no haber conseguido ni una cosa ni la otra.
—Estoy harta de tus desprecios en nombre de ese maldito apellido.
Le confesó avergonzarse de ser su hija, de pertenecer a esa familia. ¡Los Marlborough! Que se esconden y no dan la cara. Julianne lo había practicado toda su vida con su hija, evitando hablar de su otra mitad, de su padre, que lo único que hizo fue amar a una mujer que no estuvo a la altura de su amor, y al que decidió enterrar para siempre. Gala no dejaba de hablar, ni siquiera le daba espacio al oxígeno para entrar cuando ya estaba con otra recriminación. Julianne encajaba cada golpe como el leve movimiento del barco con las olas, sin protestar y ni siquiera enfrentarse a su hija con la mirada. Intentó retener, reprimir, tragárselo todo para asfixiar esa conversación, pero solo consiguió avivar más el fuego de su hija.
—¿Cómo me pudiste ocultar que tenía una abuela? ¿Cómo pudiste ser tan cruel?
Gala comenzó a sentir cómo sus ojos soltaban lágrimas de rabia que ella intentaba secar lo más rápido posible. A veces el llanto llega sin pedir permiso, con la vulnerabilidad de compañera y dispuesto a rebajar con un poco de agua el exceso de cólera. Aunque intentó por todos los medios proseguir con la metralla de reproches a su madre, aunque intentó reprimir su llanto, tuvo que parar, detener las palabras, tragar saliva y permitirse llorar delante de su madre. Hacerlo y romper con su propia promesa de jamás verter una lágrima delante de Julianne. Fueron los sollozos de Gala los que sacaron del hermetismo a Julianne, que giró la cabeza hacia su hija con la lentitud de quien lleva sobrecarga de culpa. A cámara lenta, bajó los ojos y tomó aire. Prefirió evitar el contacto, la caricia, no fuera a provocar el efecto contrario. Cuando se trataba de ser madre, Julianne perdía toda la seguridad aprendida y trabajada desde pequeña. Bajó los ojos y lanzó un suspiro de no saber cómo afrontar esa situación sin revelar viejas heridas que supuraban esos días un dolor añejo difícil de llevar. Alzó la vista, escuchando los sollozos de Gala, miró por la ventanilla con deseos de salir huyendo y aceptó que no había escapatoria sin hablar.
—Lo hice. Te arranqué una vida, una opción, un lugar, una mitad de ti misma. Lo hice no por voluntad sino por supervivencia, orgullo y rencor. Tienes derecho a odiarme por ello y lo llevo como puedo. Había perdido lo que más quería en este mundo. Se me había ido mi sostén, mi cómplice y mis planes de vida. Destilaba desconsuelo y pocas ganas de vivir. Han pasado casi treinta y cinco años y no ha habido una sola noche que no le desee las buenas noches. Así de simple y así de complicado. Decidí olvidarme de tu padre, de mi Román, hacer como si nada hubiera existido; era el único modo de seguir viva, pero tú estabas allí para recordarme que todo había sido real. Durante años, entre pastillas y alcohol, te esquivé, me aparté de ti, incluso quise olvidarme de que era tu madre. ¡Fue la peor equivocación de mi vida! Qué te voy a decir a ti… El día en que Román murió, yo perdí a las dos personas que más he querido en este mundo: a tu padre y a ti.
Gala había dejado de llorar, contemplaba a su madre con estupefacción. Sin dejar de mirar por la ventana, con la mirada perdida, se estaba confesando de sus propios demonios y fantasmas. Era la primera vez que la sintió sincera, desnuda de frivolidad y abierta a confesiones que, como puñales, iban directas a las entrañas. No fue fácil encajar la confirmación de que su madre deseó olvidarse de Gala, no fue sencillo seguir allí sentada con el orgullo y la rabia pidiendo paso para levantarse y dejarla con la palabra en la boca. Lo habría hecho, pero necesitaba seguir escuchándola para conocer su historia, la de su padre, la de su abuela…
—Tu padre era el ser más maravilloso que he conocido. Se enamoró de mí, ¡de una Marlborough!, y yo de él perdidamente… Él estaba de viaje por Europa, yo de vacaciones en París con tres amigas. Esa tarde de lluvia, refugiadas en una cafetería de Montmartre, la vida me cambió para siempre. A pesar de lo vivido, de lo que he hecho para olvidarme de él, incluso intentar renunciar a una hija… nunca he podido arrepentirme o querer borrar esa tarde, la primera vez que lo vi, entrando empapado en la cafetería, con las gafas caídas hasta la base de la nariz y los cristales llenos de gotas. En aquel mismo instante sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo desde la cabeza hasta reposar en mi bajo vientre, que explotó cuando, sin pretenderlo, nos cruzamos la mirada por primera vez. Nunca había sentido una certeza tan rotunda. Con aquel primer cruce de miradas supe que quería estar al lado de aquel hombre el resto de mi vida. No sabía nada de él, ni si quiera había oído su voz, pero supe que aquel chispazo que me brotaba de las entrañas iba a cambiar mi vida por completo. Comenzó todo en aquel bar, empezamos a hablar, no podíamos despegar la mirada el uno del otro. Nada nos importaba más que estar juntos. Aquel viaje fue el principio revelador de nuestra vida juntos. No volvimos a separarnos; nada era tan importante como estar junto a tu padre. El primer latigazo de incomprensión vino de mis amigas, luego de su familia y para rematar de la mía. Decidimos tentar al destino y, a pesar de tenerlo todo en contra, nos dejamos llevar por nuestro amor. No recuerdo cómo le dije a tu abuela, mi madre, que sus planes de casarme con un abogado de familia de abogados se habían ido al traste porque mi corazón entero era de un labriego de un recóndito y humilde lugar que apenas sabía señalar con el dedo en el mapamundi. Lo que pasó después fue lo que el destino había escrito para nosotros. Una maravillosa historia de amor; él renunció a su tierra y yo a ser una Marlborough. Nos enfrentamos a nuestras familias sin esfuerzo, teníamos claro que lo único que importaba era estar juntos ¡Nunca me he sentido más segura en mi vida! Vivíamos en una nube permanente, teníamos todos los planes para llenar siete vidas juntos… Tu nacimiento fue el día más bonito de nuestra vida. Tu padre no deseaba otra cosa más que tener una hija. Te adoró desde tu primera bocanada de aire en este mundo. Nada más nacer te cogió entre sus brazos y mirándome con los ojos embriagados por la explosión de felicidad pronunció tu nombre entre susurros… «Mi pequeña Gala». ¿Cómo iba a imaginar que a los treinta y cinco años caería fulminado de un ataque al corazón?
Julianne jugaba temblorosa con un pañuelo que tenía entre las manos. Permanecía con la mirada fija en la ventanilla, perdida en los recuerdos más dolorosos de su vida y con la vergüenza de confesárselos a su hija. No estaba orgullosa de las decisiones que había tomado tras la muerte de Román, pero tardó más de cinco años en asumir lo ocurrido. Para entonces, era demasiado tarde. Gala estaba en el internado y ella se veía incapaz de superar el dolor de haber abandonado a una hija. La pelota se había hecho más grande y de nuevo volvió a darle la espalda y, en vez de enfrentarse, se lanzó a la frivolidad simulando que nada le importaba más que coleccionar amantes, cuando no maridos, y rodearse de lujos para la diversión.
—Lo siento, hija. No he sido feliz. No te he hecho feliz. No he sabido estar a la altura. ¿Sabes que eres tremendamente parecida a la madre de Román? Tu abuela…
Fue la primera vez que, con los ojos enrojecidos, Julianne se atrevió a mirar a su hija. Su barbilla temblorosa sostenía unos labios apretados. Gala la miró con desconcierto y cierta distancia. Se había quedado extrañamente helada y, con ese sentimiento, sostuvo la mirada entumecida de tristeza y arrepentimiento de su madre. El silencio suele, en ocasiones, ser mucho más revelador que cientos de palabras. Ellas lo sostuvieron un buen rato, hasta que comenzó a ser incómodo de llevar, pero ninguna se atrevía o era capaz de encontrar las palabras adecuadas para romperlo. ¡Qué decir ante tal confesión! Gala no podía perdonarla, no sentía compasión por ella ni ganas de abrazarla y ofrecerle un conciliador «te quiero». ¡Ella era tan solo una niña! No pudo elegir crecer sin un padre y una madre que la rechazaba; ser mujer y sentir el desprecio por cualquier cosa o decisión que tomaba. Atreverse a ser madre y vivir con la sombra de una carencia y el juicio de no estar a la altura de sus propias hijas.
Fue el abrazo de Adele a su madre el que rompió el silencio entre las dos mujeres. La pequeña había abrazado a su madre con el impulso de la carrera y la emoción de estar disfrutando de un divertido paseo en barco. Julianne aprovechó para volver la vista al mar, mientras Gala se agarraba con fuerza a las manos de su hija y sentía el calor de la cabecita de Adele recostada en su cuello.
—¿Sabes lo que es un chiringuito?
—¿Chiri qué?
—Chi-rin-gui-to.
El poder de los niños es absorber cualquier mal sentimiento y reconvertirlo en alegría y pureza en pocos segundos. Gala sonreía con ternura no solo ante la aparición inesperada de su hija sino también por la curiosa pregunta. ¿Chiringuito? Jamás había oído esa palabra, pero le resultaba graciosa al pronunciarla. Adele le contó que eran los bares de playa que estaban metidos en la arena. Un nombre heredado de los chiringos, bebida destilada con el café de calcetín que pedían los cubanos a principios de siglo XX para refrescarse del calor. Gustavo se había aplicado y había dejado a la pequeña exploradora con mil historias para que su imaginación las recorriera y las hiciera más grandes.
—¿Te vienes a ver la puesta de sol? Dice Gustavo que no os la podéis perder.
Adele había ido a buscarlas para que subieran al piso descubierto para disfrutar de la caída del sol sobre el horizonte de mar y cielo. Julianne decidió quedarse e invitó a su hija a disfrutar del aire salino. Adele y Gala subieron sin pensárselo, dejando a la abuela recuperando el aliento, mientras la luz se entornaba con destellos rojizos.
Kate las recibió con una amplia sonrisa porque se sentía feliz al lado de su hermana, su amiga y su madre. Se dio cuenta, por la ausencia de la abuela y la mirada de su madre, de que abajo las cosas no habían marchado demasiado bien. Decidió no preguntar, ignorar la tormenta y abrazar a su madre para protegerse del frío y la humedad penetrante, y para transmitirle lo mucho que la quería. Todas se hicieron con sus cuerpos una cabañita de indio para contemplar el atardecer. Gustavo seguía contando anécdotas de ese mágico skyline de la ciudad. Señaló con el dedo las puntas de la Sagrada Familia emergiendo sobre los edificios colindantes. Gala se emocionó mientras su guía particular contaba las singularidades de esa catedral inacabada y construida por un genio llamado Antoni Gaudí. Joana se perdió en sus propios pensamientos, soltándole al mar sus deseos para el siguiente año: sus sueños para ese 2013 que estaba a punto de despegar y soltando con el 2012 aquello que no quería que volviera jamás. Kate la miró en silencio, respetando el momento de intimidad de su amiga, pero sin dejar de abrazarla. Le gustaba Joana, su arrolladora personalidad y su mundo propio. Ella también se sentía única y con Joana había aprendido a respetarse y a alegrarse de ser diferente.
El paseo en golondrina las dejó a todas, menos a la abuela, en un estado de exaltación emocional. Gustavo era el héroe de la hazaña y todas le estaban muy agradecidas al chófer por compartir las historias secretas de Barcelona. Gala le ofreció cenar con ellas, pero él declinó el ofrecimiento; prefería dormir en la pensión y hablar con su familia. Las dejó en el hotel W, apenas tenían diez minutos para prepararse para la beauty session. Adele y Gala eligieron el spa, y Julianne, con Kate y Joana, manicura y pedicura. Todas estaban listas para seguir con la aventura y dejarse llevar por el placer del disfrute de los sentidos.
Cenaron en el impresionante restaurante del hotel y gozaron de las vistas al mar. Gala apenas intercambió palabra con su madre. Julianne apenas sonrió, pero propuso pasear por la mañana por el paseo de Gracia y entregarse a las compras. Las niñas estaban encantadas con el plan; todas menos Gala, que pidió desaparecer para visitar la Sagrada Familia. Julianne accedió a quedarse con las niñas, junto con Gustavo. Gala se lo agradeció con la mirada, la primera en muchas horas con destellos de ternura.
Se retiraron pronto para aprovechar el día. Esa había sido la excusa para Julianne y Gala. Necesitaban digerir lo dicho, no solo con palabras, sino lo contado más allá de sus propios límites. Cada una debía cabalgar con sus fantasmas y echar espuma por la boca si era necesario para recuperar su tono vital.
Julianne se metió en la cama y permaneció hecha un ovillo durante más de veinte minutos. Cumplir años puede dar más perspectiva y experiencia, pero no suficientes herramientas para enfrentarse a demonios del pasado. Su cuerpo comenzó a moverse en pequeños espasmos que, al poco, se convirtieron en retorcimientos de dolor acumulado. Gritó, lanzó un alarido, ese mismo que hacía treinta y cinco años había silenciado por pudor, rabia y orgullo. No se lo había perdonado, no le había perdonado a Román que la abandonara tan temprano. No formaba parte del plan y asumirlo le había costado toda su vida. Julianne se descompuso en esa cama; en esa habitación de hotel lujoso agonizó de culpa como una polilla por haber cerrado los ojos y su propio corazón durante tanto tiempo.
Sintió de nuevo la presencia de Román. Pasó del llanto a la sonrisa enloquecida de creerse su propio delirio, de pensarse enloquecer por sentir la presencia de un muerto. Se atrevió a mirarlo, recostado con media sonrisa en el sillón del hotel. Estaba igual de joven que cuando se fue, con el mismo brillo en la mirada que siempre tenía cuando la contemplaba. Julianne seguía luchando con los espasmos de su propio cuerpo. Su pensamiento decidió hablarle, dirigirse a Román y pedirle en un océano de lágrimas perdón por no haber estado a la altura. Por haberse comportado con el egoísmo por bandera, incluso con su propia hija. Le pidió perdón por tantas escenas de la vida de Gala que se había perdido, por ausencia física o mental; por tenerle celos, por apartarla de Amelia, por no hablarle de su padre, por ignorar La Muga, por dejarla abandonada y juzgar cualquier movimiento de su vida. Julianne no se ahogó con su propio llanto, pero se durmió con el corazón enjuto y el pensamiento disparando arrepentimiento sin control.
A pocos metros de allí, su hija se imaginaba haber tenido una infancia diferente, tratando de encontrar justificación a su madre, buscando el perdón para ella sin éxito. Se durmió con la frustración de no hallar consuelo, de no poder dejar de rebobinar sin sentir la rabia del abandono. Se durmió con la promesa de intentar hallar el perdón, con la promesa de limpiar lo acumulado, pero con la frustración de localizar en su corazón solo intenciones o promesas de perdón.
Hacía mucho tiempo que no se tomaba un día libre, de obligaciones y de niñas. Estaba algo aturdida por la porosidad de esos días que parecían ir sin freno directos a sacar lo turbio de su vida. Todos tenemos charcas, terrenos de lodo que no queremos volver a pisar y mantenemos en el olvido; pero lo mismo que la memoria, el olvido también es traicionero y puede abrir la caja de los truenos cuando menos te lo esperas.
Los pensamientos y el abotargamiento de apenas haber conciliado el sueño tenían a Gala demasiado ocupada para contemplar las vistas de la ciudad desde la ventanilla del taxi. Los mismos colores, negro y amarillo, que los de Nueva York; similares, solo eso, similares a los de su ciudad. No la echaba de menos, ni su bullicio ni el ritmo frenético, ni sus restaurantes… Se dio cuenta de que no era capaz de echar de menos ni de desear, porque su cuerpo se había metido en un camino poco frecuentado por las emociones que quien transitaba apenas sentía, solo respiraba y soltaba pensamientos como una fuente de agua. Sabía que tenía que llamar a Frederick, pero aplazó la llamada porque necesitaba seguir llenando sus pulmones de oxígeno y rodearse de extraños que desvistieran su vida hasta sentirse un puntito más de la humanidad. Solo así sería capaz de relativizar y limpiar la cabeza llena de nudos de pensamientos cruzados.
El taxi la dejó frente a la imponente Sagrada Familia. Miró al cielo y observó el exuberante templo y sus ocho torres señalando el camino a Dios. No era creyente, pero aquella majestuosidad sin terminar, aquella joya de la arquitectura le despejó la mente. La belleza tiene el poder de eclipsarlo todo en milésimas de segundo sin dejar hueco para los malos pensamientos. Entendió por qué se incluía la palabra «sagrada» en su nombre y decidió dejarse llevar por la energía que recibía de aquella catedral tan inacabada como poderosa. Había mucha cola para entrar; más de dos horas de espera, decidió buscar cobijo en el pequeño parque colindante y decidir si visitarla o contemplarla desde esa perspectiva. No era asidua a los templos, ni a la iglesias ni a rendirle culto a nadie. Tampoco sabía si tenía cuerpo para compartirlo con turistas compulsivos de fotos y mente para empaparse con la historia de aquel símbolo de la ciudad.
No quería precipitarse, no era capaz de asimilar con agilidad, en su estado prefirió el aire fresco, pasear hasta dar con el rincón para contemplar el sagrado monumento erigirse con fuerza sobre la tierra. Le costó un buen rato hallar ese lugar, pues el parque estaba también abarrotado de turistas, amantes pasajeros y abuelos solitarios. Se sentó justo enfrente de un pequeño lago lleno de patos juguetones y habituados a ser contemplados por extraños que buscan reposo. El día, aunque frío, era despejado y lucía un sol resplandeciente que generosamente repartía calor por igual. Gala compartía banco con una veinteañera de piercing en la nariz y auriculares en las orejas que no dejaba de mascar chicle y mover el pie derecho. No dejó un minuto de mirar al frente, no le importó compartir banco, pero dejó claro que no quería ser molestada. Gala estuvo más tiempo de la cuenta contemplándola; en parte por su estado de bajas revoluciones y, en parte, porque durante unos instantes deseó tener sus veinte años. La muchacha cambió de postura y emitió un leve suspiro que evidenciaba su principio de incomodidad ante la radial mirada de Gala. Al rato, decidió encenderse un cigarrillo para no mandar a paseo a su nueva compañera de parque. Tras tres caladas y la mirada de Gala clavada en su pómulo, rompió el hechizo con toda la brusquedad que supo.
—¿Te pasa algo? ¿Eh? ¿Podrías dejar de mirarme? ¿Eh?
Gala se ruborizó al instante. No se había percatado de la invasión de intimidad, llevaba un buen rato en otra cosa, aunque sus ojos siguieran plantados en la muchacha. No veían, solo permanecían clavados en estado de coma visual: viendo pero sin ver. De la vergüenza del reproche, se cruzó de brazos, encogió el cuerpo y recuperó tono contemplando los patos. Se acordó del cuaderno y decidió que era el plan perfecto, abandonarse a las palabras de su abuela y buscar nuevamente cobijo en ellas. Con sumo cuidado, lo abrió y comprobó con tristeza que faltaba poco para terminarlo. Lo abrazó deseando que las páginas escritas se multiplicaran y se convirtiera en un cuaderno mágico sin fin con historias infinitas sobre su abuela y su familia paterna. Eran muchas las preguntas que se le habían acumulado, y demasiada la necesidad de saber y vivir a través de aquel cuaderno como para que la dejara tan pronto. Dudó en si ponerse a leer para alargar más el disfrute, pero la necesidad de cobijo y compañía superó el riesgo a la pérdida demasiado prematura. Al fin y al cabo, a ese sentimiento estaba por desagracia más que acostumbrada.
Mi querida Gala:
El tiempo corre deprisa y pocas veces a nuestro favor. Yo sigo empeñada en no olvidarme ni de ti ni de escribir en este dichoso cuaderno que, si te confieso, he decidido no releer, porque me hace sentir más loca de lo que ya creo que la vida y los años me han hecho. Mi negocio, mi sustento, mi vida que es VellAntic crece cada día más. El hijo de la Nalda, Amat, se ha convertido en un ayudante de primera y, con los años, se ha ganado el puesto de socio. El mes pasado le ofrecí que compartiéramos negocio; al fin y al cabo, estoy sola y este legado se lo debo dejar a alguien. Y tú… Entiéndeme, no te he dejado de querer menos, pero cada día que una se acerca más a la muerte, se vuelve más terrenal. No es que no me queden ganas de tocar el cielo, sea de la manera que sea, pero lo construido en esta vida, como VellAntic, no quiero que se pierda. Amat es un buen chico y ama los trastos viejos tanto como yo; los dos somos almas solitarias y silenciosas que preferimos comunicarnos con un estropeado mueble que con las personas. Hemos compartido noches de insomnio y deseado que se escondiera el sol más temprano. La alegría nos ha visitado poco, pero resistimos como la buena madera los envites de la vida. Los dos hemos llegado a apreciar el valor del callo, de las grietas, de las pequeñas fisuras y las astillas que se te clavan… Es un chico maravilloso, un hombre que se preocupa por los demás y apenas se deja tiempo para su vida. La suya, como la mía, está hueca de lo más preciado en la tierra: de amor. Por distintos motivos lo perdimos y en distintos caminos decidimos dejar de amar para no ser amados. Los dos erramos en el cálculo porque nadie es capaz de controlar los sentimientos de los demás. Hace un año que sale con una chica de la zona, la Susana, que aprecia como él esta tierra y aborrece la ciudad. Ella está deseando casarse y formar una familia, y Amat no está por la labor ni de amar, ni de tener hijos. Aunque me parezca buena chica, no le puedo insistir: optar por la soledad no es una elección, sino una necesidad. ¿Acaso estamos obligados a estar en familia?
Comienzo a estar vieja o a ver este mundo como poco de tribu y mucho de individuos. Lo colectivo desaparece, los jóvenes practicáis poco el verbo colaborar, porque comulgáis con los placeres inmediatos y perecederos. No es un reproche; seguramente, si fuera hija de estos tiempos, también los disfrutaría como vosotros.
La Muga se está quedando sin jóvenes, ¿sabes? Pocos jóvenes, menos niños y muchos abuelos. No tienen obligación de quedarse, pero sí de respetar la tierra que los acogió y no mencionarla o acordarse de ella con desprecio. La modernidad no ha llegado a La Muga y espero que tarde mucho tiempo en llegar. No me entiendas mal, pero pienso que un día será refugio de gentes deseosas de vivir sin la tecnología absorbente que nubla cada vez más nuestras mentes.
Puede que te hayas convertido en una informática, o trabajes con el ordenador a todas horas… No me niego a ello, pero me da miedo que esos bichos (yo llamo así a las computadoras) se apoderen del alma de las personas. Seguramente no son más que enajenaciones de una vieja de ojos cansados de ver cómo la vida se ha transformado tan radicalmente en tan poco tiempo.
La Nalda está encantada y solo ve virtudes a la tecnología. Mi cabeza no la entiende, y confieso que no hago esfuerzos por entenderla. ¿Sabes que el otro día me contó que podía localizarte por internet? Seguro que sabes cómo lo hizo, pero me contó que sabía que te habías casado con un cirujano plástico: Frederick Donovan. Lo escribo porque apunté su nombre para no olvidarme. Llegados a una edad, la cabeza comienza a funcionar a su ritmo y no cuando tú quieres.
Mi querida nieta… ¡Te has casado! Me alegré de saberlo, aunque todavía no me fío de las cosas que saca la Nalda de esos bichos. Me ha dicho que intentará encontrar una foto. ¿Lo conseguirá? No te niego que deseo que lo logre; me emocionaría poder verte hecha una mujer y desearte, mirando esa fotografía, toda la felicidad del mundo.
Todos estos años lo he hecho con la imagen de esa niña de cinco años que vi en el entierro de su padre, y me gustaría saber cómo has crecido y en qué te has convertido. Tu madre… estoy convencida de que habrá sido una buena madre o, al menos todo lo que haya podido serlo. No voy a ser yo quien la juzgue… Seguro que está orgullosa de ti, como yo lo estoy sin saber nada de tu vida. La Nalda me mira a veces, cuando hablo de ti, como si quisiera asegurarse de que la cordura no me ha abandonado. Por suerte o por desgracia, me mantengo más cuerda que loca, pero he echado de menos un poco de enajenación para algunos momentos.
¿Así que te has casado? ¿Eres feliz? ¿Estás enamorada de ese cirujano? A veces sueño que te pregunto y me contestas. Tener una conversación contigo es de las cosas que más le he pedido al de allá arriba, pero prefiere conceder a otros. No le recrimino, solamente sigo pidiéndole hablar contigo por si algún día cede y me lo concede.
Te imagino feliz. No sé si deseosa de tener familia, eso es algo muy personal a lo que yo jamás me enfrenté. Tuve a tu padre demasiado joven como para soñar con formar una familia. De poder hablar contigo, solo te diría que te tomes la vida con calma y medites toda gran decisión. Tener un hijo es para toda la vida, antes lo era también casarse, pero ahora los tiempos le dan mayor ligereza al matrimonio. Si de algo no debes pasar por encima es de ti misma, al final deberás rendir cuentas solo contigo misma, y créeme que, si te eres fiel, más antes que tarde la conversación será mucho más apetecible y placentera.
Gala siguió un tiempo más imbuida por las historias que le contaba su abuela, se emocionó y sonrió acompañada de ese cuaderno, con la mirada de soslayo de su compañera de banco, intrigada por su lectura. Se mantuvo toda la mañana, con la lectura, el sol y contemplando la Sagrada Familia. Al fin decidió no hacer cola, ni entrar a ver sus tripas, habría sido un sobresalto de emoción y estaba en esos días sobrada de ello.
A pocos kilómetros de Gala, Kate observaba a su abuela probarse unas gafas de sol de Prada, mientras Joana se enamoraba de una chaqueta azul turquesa que reposaba en el colgador emitiéndole destellos de «ojalá me compraras… Tú y yo haríamos un maravilloso tándem». Todos estaban de acuerdo, menos la etiqueta que contenía el precio del «maravilloso tándem». Casi se desmaya al ver lo inalcanzable de su valor; Kate se abrazó a su amiga y le susurró que algún día se podría comprar treinta como esas. Pero no hubo consuelo para tamaño capricho, aunque estaba convencida de ello, en ese preciso momento se maldecía por no haber triunfado ya para poder comprarse la maravillosa chaqueta azul turquesa. Adele se había puesto también unas gafas, pero tres tallas más grandes y jugaba con Julianne a hacerle morritos al espejo. La abuela era una maestra de ello y Adele se divertía siendo o aparentando ser sexy. Las dependientas de la tienda consintieron que la pequeña jugara con las de sol, estaban entrenadas para distinguir a kilómetros entre los CLIENTES y los clientes, y Julianne Marlborough, estuviera donde estuviera, rezumaba un claro aroma de CLIENTA. Las chicas recorrieron la tienda inspeccionando cada joya al dedillo, pero todo quedó en eso; mero examen y nada de compras. Salieron de Prada para meterse en cualquier otra de las tiendas exclusivas que adornan el paseo de Gracia: la milla de oro de Barcelona donde los pudientes sacan la Visa y hacen realidad sus deseos.
Julianne hacía esfuerzos por aparentar ser la misma, pero se había levantado sin ganas de risas, frivolidad ni compras. Agradeció que Gustavo la relevara en el paseo con sus historias sobre la Barcelona mágica que tan poco le importaban a ella y tanto entretenían a las niñas. Le estaba costando salir de su locura transitoria de creer ver a Román en cada esquina. Caminaba con sudores fríos y el pulso alterado de pensar que había despertado al fantasma de su marido. Jamás había experimentado tal cosa, jamás había sido mujer de creer en lo paranormal como para tener su mente entrenada para las apariciones marianas o de cualquier tipo. ¿La cordura había decidido abandonarla al fin? Comenzaba a no estar segura de sí misma, viajaba en una especie de delirio transitorio que la ahuyentaba de la realidad en momentos de duración indeterminada. Kate llevaba un rato como Gustavo, con la mosca detrás de la oreja de que algo le sucedía a la abuela, pero prefirió observar antes que preguntar. Julianne gozaba de malas pulgas y más si se trataba de algo relacionado con perder facultades y hacerse mayor.
—No estará habituada a andar, ¿no?
La explicación de Joana no convenció a su amiga, que seguía pendiente de Julianne y su extraño comportamiento. Adele era la única que permanecía fascinada con la cabeza en alto, disfrutando de los singulares edificios del paseo de Gracia. Para sus adentros no cesaba de repetir la palabra «modernismo», el estilo que hacía que los edificios se asemejaran a la misma naturaleza con sus paredes curvas y sus balcones de barandillas de hierro emulando ramas, hojas y flores.
Julianne se sentó en una de las conocidas farolas banco de ese paseo contenida de miedo y convencida de que a su lado estaba Román. Comenzaba a no encontrarse bien y a hacérsele insoportable ignorar al fantasma que se había convertido en su sombra. No se atrevía a mirarlo con detenimiento, ni a quitarse las gafas para mostrarle los ojos hinchados de tanto llorar. No era capaz de dar un solo paso, porque comenzaba a faltarle el oxígeno. Hacía muchos años que no sufría un ataque de ansiedad y se había olvidado de cómo afrontarlo. Se agarró a esa baldosa blanca pegada a pedazos, buscando un halo de fuerza para no perder la compostura en público, pero los nervios le fallaron y se desvaneció en un llanto incontrolable.
Kate fue la primera en darse cuenta de la ausencia de la abuela. Todos se asustaron al no encontrarla; había decenas de transeúntes, cada uno con su paso, con sus vidas y sus fantasmas del pasado y el presente. Gustavo fue el primero en divisarla de espaldas, sentada con el cuerpo chepudo y las manos cubriendo su rostro. La señaló sin atreverse a ir en su busca, intuía un momento de sobrecogimiento íntimo que no debía ser importunado. Adele quiso correr a buscarla con la sonrisa de lirio en la boca, pero su hermana le cortó abruptamente el deseo con el rostro de seria preocupación. Los cuatro permanecieron en silencio observando la escena de una frágil y temblorosa figura que minutos antes emergía como una poderosa Diosa.
Julianne se dejó llevar por la propia angustia de un tiempo pasado que el tormento había devuelto con mayor fuerza. Se olvidó de los modales y aprovechó su anonimato para llorar sin tapujos. No se atrevía a quitarse las manos de la cara y volver a ver a Román o a su espectro. No se atrevía a quitarse las manos de la cara y comprobar que todo no eran más que alucinaciones de una vieja llena de remordimientos. Sin preguntarle a la mente, una de sus manos se desprendió del rostro y descendió hasta el banco de piedra. Tímidamente se deslizó con pequeños tintineos, buscando otra mano, la del fantasma, la de su amor, para poder, aunque fuera en el propio delirio, sentir que la volvía a acariciar. No abrió los ojos y dejó que la imaginación lo hiciera todo… Recordó esos bancos, ese mismo lugar, cuando Román le pidió que se casara con ella y le prometió amor eterno. Recordó, con las lágrimas en verbena, cómo se les hizo de noche en aquel banco y se llenaron de besos a la luz de esas farolas. Sintió cómo el recuerdo se hacía vivo, volviendo a percibir el mismo cosquilleo que cuando, con los ojos cerrados, Román buscó su mano y deslizó en uno de sus dedos una alianza; el anillo más preciado que conserva Julianne en su caja fuerte de Miami. Un tasador apenas le daría veinte dólares, ella entregaría sin pensarlo su vida con tal de no perderlo. Sostuvo esa vivencia una eternidad para ella, menos de media hora para el resto.
Kate decidió ir sola a rescatarla y localizar más tarde al grupo. Ella era la nieta mayor y debía acompañar a su abuela en lo que fuera que le estuviera ocurriendo. Llegó silenciosa al banco y se dio cuenta del sufrimiento de Julianne. Se asustó al principio, pero optó por no interrumpir, ni siquiera dar señales de su presencia. Se sentó a su lado y la acompañó en silencio, observando cómo movía sutilmente los dedos de su mano derecha y lloraba en la intimidad de los ojos cerrados. Kate no lograba entender qué podía haberle pasado a su abuela, era la primera vez que la veía mostrar un sentimiento más allá del no sentimiento. La observó sin juicio, tratando de descubrir el secreto de su pesar, preguntándose si hacerse mayor era acumular lágrimas y simular felicidad. Kate era demasiado joven para comprender la envergadura del tormento de su abuela, no entendía el mundo, por el momento se rebelaba a todo lo que le provocara dolor o falta de discernimiento. Prefería refugiarse en lo bueno y protestar sobre aquellas cosas que no están hechas para hacer el bien.
El bien y el mal, todo está unido por el mismo fino cordel que nos sostiene en la tierra, pero nos empeñamos en darle la espalda a la oscuridad, porque nos asusta, nos descuartiza a ratos y no hay nada de disfrute en ella. Una sociedad hecha para el placer que no entiende el dolor y se desconcierta ante escenas como esa. Los transeúntes no dejaron de mirarlas, de repasarlas tratando de entender esa escena cargada de noes, de ausencias, de pérdidas, de culpas, de arrepentimiento… cargada de iones negativos que el pueblo rechaza y comprende poco hasta que sobrevuelan su piel. Kate sostuvo la mirada desafiante a unos cuantos, tratando de preservar la intimidad de su abuela y frenando cualquier juicio silencioso de los desconocidos. La crueldad no entiende de culturas ni países; como cualquier emoción universal, viaja libre buscando dónde posarse.
No quiso interrumpirla, pero tampoco abandonarla en ese dolor desconocido. Se apoyó en el respaldo del banco y esperó pacientemente, como una fiel guardiana, a que la calma llegara.
Julianne estuvo lo que necesitó para volver de ese viaje sensorial al pasado, se tomó su tiempo para abrir los ojos, acumulando suficiente calma para que la luz no la cegara de nuevo. Lo primero que vio fue una mano que reposaba junto a la suya, miró de soslayo para reconocer a su dueña y se sobresaltó al divisar a su nieta mayor. Kate seguía con la mirada perdida, observando a los transeúntes y emitiendo una pantalla transparente para que nadie se atreviera a invadir la escena. Julianne sonrió agradecida y, con la mano temblorosa, rozó la de su nieta hasta conseguir captar su atención. Kate hizo lo mismo, jugueteó con los dedos de la mano de su abuela, se entrelazaron, construyeron una pequeña montaña hasta fusionarse con fuerza. Kate abrazó a su abuela, que se había convertido en una mujer vulnerable y de mirada compasiva. Se abrazaron como nunca lo habían hecho, sin pronunciarse, sin hablar, solo sintiendo lo indecible.
—Are you ok, grandma? (—¿Estás bien, abuela?)
Julianne sintió el martillo de la emoción verdadera golpeando su pecho. Hacía muchos años que su nieta mayor no la llamaba «grandma».
—Yes, sweety… It’s just… I’ve missed your grandpa. (—Sí, cariño… Es solo que… he echado de menos a tu abuelo.)
Kate miró a su abuela con desconcierto, pues era la primera vez que mencionaba a su abuelo. Jamás hasta ese momento había hablado de él, y mucho menos confesado que lo echaba de menos.
Las dos decidieron respetar esa confesión y dejar los detalles para más adelante. Kate optó por no preguntar y escuchar cómo Julianne le contaba que su abuelo le había pedido matrimonio en una de esas farolas y cómo pasados casi cuarenta años lo seguía echando de menos. Kate comprendió ese día el poder de una gran ausencia y cómo el olvido es tan caprichoso como la memoria. Su abuela Julianne se lo enseñó esa misma tarde en la que decidió mostrar sus propios fantasmas, sus miedos e inseguridades al mundo y a su familia. La vulnerabilidad se hace extraña al principio, pero luego puede convertirse en un aliado insustituible para sobrellevar los golpes de la vida.
La última cena antes de partir a La Muga de nuevo tuvo un sabor parecido a la Santa Cena, pero sin ningún Judas revoloteando ni tanta gente en la mesa.
Gustavo se decidió a acompañarlas. Se sentía agradecido por el trato recibido, además de bien pagado. Julianne le había comprado unos regalos para sus hijas y su mujer en agradecimiento por haber trabajado esos días hechos para estar en familia.
—Es mi obligación señora, aceptar el trabajo cuando sale, ¿sabe?
Julianne no había trabajado en su vida y comprendía poco de obligaciones, pero mucho de ausencias, igual que su hija Gala. Pasaron demasiadas Navidades separadas, rodeadas de extraños y alejadas de ellas mismas, de la familia.
La mayor de las Marlborough había reservado, con previa consulta a Gustavo, en el restaurante del hotel Catalunya: uno de los lugares que gozaba de una excelente vista aérea de la ciudad y buena comida. A ninguna de las dos les apetecía comer lejos del hotel, hubieran picoteado cualquier cosa en la habitación sin necesidad de hablarse si no fuera por las niñas y Gustavo, su invitado de honor. Acudieron al restaurante con la misma energía baja, pero el bello skyline de la ciudad las devolvió a la vida. A veces las peores citas se convierten en pequeñas joyas para recordar. Esa noche fue una de ellas: Gustavo y Joana amenizaron la velada con experiencias vitales a cada cual más graciosa. Joana casi explota de emoción al ser invitada a pasar el verano con ellas a los Cayos; aunque mientras lo pronunciaba Gala, Julianne la miraba buscando el aplomo de su invitación. Madre e hija se cruzaron la mirada en complicidad, las dos sabían que todo iba a cambiar en esos meses y cualquier promesa del momento podía convertirse en una simple frase lanzada en una lejana velada.
—Y si no es en los Cayos… lo pasáis conmigo en Miami, ¿te apetecería?
Joana casi da una vuelta por el restaurante para calmar la revolución de hormonas desatadas por la emoción. Kate y Adele aplaudían de alegría y Gala miraba a su madre agradeciéndole el guante para no verse en la tesitura de tener que incumplir una promesa. Cenaron con gusto, con medias sonrisas y disfrutando de las maravillosas vistas de la Barcelona nocturna. Gala sabía que debía anunciar la vuelta a casa, que debía informar a sus hijas, pero le resultaba difícil truncar el ambiente. El día 2 de enero ponían fin al viaje y rumbo a Nueva York. Quedaban solo tres días, apenas tiempo para las despedidas… Miró a sus hijas y levantó una copa para brindar, invitando al resto a sumarse.
Adele se unió al instante, los demás hicieron lo mismo sonrientes, esperando el brindis de Gala.
—Quiero dar las gracias a mis hijas por haberme acompañado en este viaje tan especial. Hemos vivido muchas cosas, hemos disfrutado como nunca lo habíamos hecho, pero ha llegado la hora de volver a casa y seguir con nuestras vidas. Ya tenemos billetes: volamos el 2 de enero.
Hubo un silencio. Ni un rechinar de cristal. Todas las copas permanecieron en el aire inmóviles, sosteniendo la estupefacción general. Julianne fue la única que unió la suya con la de Gala para no dejar a su hija sola en ese trance que había sentado como un jarro de agua fría al grupo. Adele soltó su copa golpeándola sobre la mesa y la abandonó en un arranque de rabia. Kate salió tras ella sin pensárselo; Joana fue la última en bajar la copa, se había quedado petrificada con la noticia. Gustavo fue el único que bebió sin brindis, pero apuró el delicioso vino de cuarenta euros la botella. Fue Julianne quien impidió que Gala fuera tras sus hijas, era mejor dejarles espacio, tiempo para asimilar lo que desde el principio sabían: que la vuelta a casa llegaría.
Adele se revolcó por el suelo de moqueta en el rellano del ascensor del restaurante ante la sorpresiva mirada de los comensales recién llegados. Kate se sentó a su lado y le acarició el pelo, mientras la pequeña se deshacía en sollozos. Kate sabía lo que significaba para su hermana dejar ese lugar, abandonar La Muga con su amigo Marc, y seguramente con Boston; los prados, las aventuras con las yeguas, los cerdos, las gallinas, la cabaña en el árbol, las noches de cine y chimenea. Adele no quería irse de allí porque se sentía feliz en aquella tierra que la dejaba vivir en la libertad que deseaba. Era todavía muy niña para entender de obligaciones de mayores, ella se movía por los deseos y los impulsos, y no le entraba en la cabeza que si quería quedarse allí, tuviera que irse, y sobre todo, sabiendo que quizá no volvería jamás.
Kate aguantó todos los lamentos de su hermana, la impotencia de saber que ella no era dueña de su mundo ni de sus decisiones, porque se debía a los mayores. Deseó ser mayor y poder rebelarse contra esa decisión; romper el billete y quedarse con Marc y Boston en La Muga. Kate dejó que su hermana pequeña soltara sus demonios e incluso soñara que era capaz de rebelarse contra esa situación y esperó a que se calmara para hacerla entrar en razón. Las dos se abrazaron con la certeza de que se tenían la una a la otra y que, pasara lo que pasase, se protegerían siempre.
—Mamá va a vender la casa, ¿no?
—Creo que sí…
—Y… ¿Boston?
—No sé…
A Adele se le caían las lágrimas en cadena y sin pausa. En unos minutos, su mundo se le había venido abajo y no entendía cómo los adultos podían abandonar lugares para siempre sin un atisbo de duda o tristeza. Ella estaba hundida, no sabía cómo contárselo a Marc, porque estaba segura de que se iba a poner muy triste… No quería abandonarlo y… ¿Boston?
—Si Boston se queda, yo me quedo.
Kate comprendió a su hermana y no quiso llevarle la contraria. Era momento de apoyarla, de darle fuerza y compartir la tristeza de abandonar La Muga. Kate se había quedado extrañada, algo sorprendida por no haber dado saltos de alegría y haberse quedado fría. La mayor parte del tiempo había deseado largarse de aquel pueblucho, pero al hacerse realidad, sentía como que se iba a desprender de lo que no deseaba. Apenas dos semanas y parecía que había cambiado de opinión, incluso de pensamiento. Pensó en Joana y… ¿Aleix? Eran sus cómplices, sus amigos de aventuras, los únicos aparte de Jersey que la habían aceptado tal y como era: una rebelde de mente brillante y cubierto de oro. Kate se dio cuenta, sentada junto a Adele, de que aquella noticia también la había golpeado a ella. Era lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que aquella vuelta era definitiva y de que su madre, por lo extraña que había estado todos esos días, no querría volver a pasar por una batidora de sentimientos como esa. Se abrazó a su hermana y, sin que nadie la viera, lloró con ella. Al fin y al cabo, Kate era otra niña que había descubierto el poder de la amistad en aquel recóndito lugar de la tierra.
Julianne no pronunció palabra en toda la cena. Observó a su hija; su frialdad, su firme decisión, más que con desconfianza con prudencia. Sabía reconocer a la legua cuándo alguien se construye una coraza para huir de lo que la vida le dicta. No estaba del todo segura de que Gala quisiera abandonar para siempre esa tierra, pero sí que lo había decidido para poder reenganchar su vida. Julianne no era la mejor consejera, y mucho menos en aquellos momentos en los que su hija la repudiaba sin apenas mirarla. No había ejercido de madre cuando era una niña, nadie esperaba que lo hiciera cuando su hija tenía cuarenta años. Por eso prefirió callar, no pronunciarse ante la decisión tomada. Ser invisible para sentir las energías correr y esperar un tiempo a pronunciarse.
¿Debía? Tampoco estaba segura, pero no dejaría que su hija cometiera la misma equivocación que ella, tomando el camino de no afrontar y buscar el olvido como refugio.
La fiesta terminó temprano. Ninguna tenía ganas de alargarla, ni mucho menos con la prevista noche de pijamas y cine en la habitación de la abuela. Gala fue la primera en no insistir, lo hacía por sus hijas y ellas fueron las que decidieron cancelar el plan por ¿sueño?
Cada una se durmió esa noche con el corazón encogido; Julianne con eso y con la presencia de Román, el fantasma o su imaginación, sentado en el sillón de la habitación y sin perderla de vista. El cansancio pudo con la pesadilla y los miedos de sentir un espectro a todas horas. La noche las atrapó a ellas y a sus ruegos de un mañana mejor donde los sueños se cumplen con la misma facilidad que un chasquido de dedos.
Los sueños… Esos dulces y placenteros… sueños…