Capítulo 11 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Hay momentos, lugares, edades y días en los que se tiene más consciencia de la fugacidad del tiempo; en los que se sabe con certeza que la vida es un leve suspiro, un viaje sin fecha de retorno, un camino de una sola dirección. Lo sorprendente es que, a pesar de ser conocedores de su caducidad, la mayor parte del tiempo se vive con la ilusión de que nada termina y la eternidad nos acompaña.
La Roja era de las que no miraba atrás ni para tomar aire, pero el último día del año lo vivía con una nostalgia poco acostumbrada en ella. Enfundada en su gorro de rayas dos tallas más grande, sus enormes gafas negras y el chaquetón de plumas a juego, miraba el horizonte sentada en la mecedora del porche de su casa. Se había levantado con el canto del gallo; Vicente y el resto salieron a faenar y ella se mecía en discreto silencio, recibiendo las primeras luces del último día del año ¡2012! Un año que había nacido cargado de profecías apocalípticas del final de la humanidad, del mundo y, a poder ser, de la Vía Láctea, y se marchaba sin cumplir las desastrosas expectativas. Nalda se reía de los agoreros y se congratulaba de ser nuevamente ella la que despedía al año y no al contrario. Hacía tiempo que estaba preparada, pero le alegraba seguir en esa tierra por un tiempo más. Le gustaba su olor a mojado, a excremento de animal, a la inodora pureza que limpia cualquier suciedad del cuerpo y el alma. Se llenó los pulmones varias veces hasta sentir que el aire frío la quemaba por dentro; jugó con las bocanadas de vaho que desprendían sus exhalaciones; dio las gracias por su vida, por seguir con la memoria intacta y la cabeza en su sitio. Para su suerte, la vida le había regalado una memoria prodigiosa y, con los años, parecía que crecía en el poder de los detalles. Pensó en su amiga Amelia Xatart, en cómo el tiempo a veces premia colocando las cosas en su sitio. Catalina y su vuelta a La Muga después de su exilio… Reflexionó sobre la amistad de las dos mujeres, en cómo la incapacidad para comunicar sentimientos crea fisuras difíciles de superar. En los prejuicios de todos y el dolor de quien los padece. Con los años, y como todos, Nalda había perdido fuerzas, pero ni un ápice de la guerrera que llevaba dentro, de la mujer que combate injusticias y se mete de lleno en cualquier algarabía que sienta medio suya. Amelia Xatart era como de su sangre; era su hermana adoptiva, su mejor amiga. Todavía se le nublaban los ojos al pensar en ella; Vicente llevaba razón cuando le confesaba que la edad le había ablandado hasta los lagrimales. A ella le ocurría lo mismo, gozaba de incontinencia lagrimal y con poco o mucho se arrancaba a llorar sin poder ni querer evitarlo.
Ese final de 2012 había sido tan memorable como esos años que se recuerdan por el buen vino. La Muga había cerrado un círculo truncado por miedos, malentendidos, reproches, envidias y cegueras personales. La Xatart estaría satisfecha de comprobar sus logros póstumos: Catalina había vuelto y Gala había sido bendecida por las mujeres de esa tierra tan áspera para los desconocidos como misteriosa. Ella, al final, era tal y como La Xatart había deseado, la única heredera y merecedora de sus posesiones. Su amiga le había confesado que no le importaba qué decidiera hacer su nieta con todo; esa sería su vida. Entendía que nada la ligara a ese pueblucho de mucha piedra y campos, de pocos habitantes y ventanas semicerradas. Nalda recordaba la conversación con su amiga, apenas hacía cuatro meses, antes de que la conciencia la abandonara. Amelia tuvo a su amiga Nalda de confesora, no quiso al cura del pueblo ni ser visitada por todos; solo ELLAS, las abuelas del Círculo, pudieron despedirse, incluso La Guapa, con la pena en las entrañas. La vejez lo ablanda todo, también el dolor por una muerte se vuelve más llevadero por… ¿estar a las puertas de la misma? La Roja estuvo durante meses, todos los días, visitando y cuidando a su amiga. Se dedicaron a gastar las horas, los últimos alientos de La Xatart repasando sus vidas, recordando los años, sus propios muertos y los vivos que dejarían en orfandad. La Xatart aprovechó los días para seguir soñando y construir un mundo ideal donde su nieta acudiera al entierro, se enamorara de esa tierra y la reconociera como suya. Las dos amigas disfrutaban imaginando un final feliz, aunque sospechando siempre que la realidad sería más cruda, como siempre se había mostrado con Amelia. Pero Gala… Gala se había abierto a ellos más de lo esperado; a aquel lugar, a las ancianas, a esa tierra que remueve porque jamás entierra del todo a sus muertos; la tramontana se encarga de levantar el polvo de los difuntos y recordar a los vivos de dónde vienen y a quién pertenecen.
El teléfono no dejaba de sonar, Nalda sabía que era Agnès llamándola para planear la cena de Nochevieja; como todos los años, como si el tiempo siempre fuera el mismo. A riesgo de que se asustara por su falta de respuesta, decidió seguir meciéndose un rato más, disfrutando de los recuerdos de ese año que agonizaba. Como todos los 31 de diciembre, le rendía su pequeño homenaje en la soledad de ese porche, con vistas al río y al campanario, antes de prepararse para la gran fiesta: comilona, uvas y fuegos artificiales. Ese 2012 iba a ser diferente incluso en su despedida, un adiós conjunto para las chicas: Gala, Kate y la pequeña Adele. No sabía nada de ellas desde que se fueron a Barcelona, estaban al llegar esa mañana, junto con Julianne.
—Julianne…
Pronunció su nombre de improviso y con angustia. Jamás entendió a esa mujer, ni siquiera ahora con su viaje relámpago y furtivo al mismo tiempo. Apenas pisó La Muga, se negó a entrar en Can Xatart y decidió refugiarse en el Wine Spa de Perelada como si los masajes de vid fueran la solución para espantar fantasmas. Las acritudes de la vida contienen el poder transformador en las personas y, aunque Nalda lo comprendía, le removía las tripas comprobar que, a pesar de los años, esa mujer despreciaba esa tierra como si estuviera maldita. ¿Qué habían hecho ellos de malo? Se prometió aquella mañana, por su amiga Amelia y por ella, romper su silencio y escupirle unas cuantas palabras bien dichas a la estirada bostoniana. No tenía idea de cómo sería el encuentro, pero La Roja había decidido librar batalla y, cuando sacaba a su guerrillera, era imparable hasta cumplir su objetivo.
Gala esperaba sentada en la misma sala de gran chimenea y mesa infinita de añejo roble; de fotografías de muertos y viejas herramientas de campo decorando las paredes. Su sensación era bien distinta a cuando llegó para abrir el testamento oliendo un ambiente a rancio y sintiendo el polvo acumulado en los rincones. Miraba a los muertos en sus fotografías con cierta añoranza de despedida; esperaba a Robert Riudaneu con angustia parecida al primer día, pero por motivos opuestos. Había decidido vender las propiedades, despojarse de esas tierras y llevarse los pocos recuerdos metidos en cuatro cajas. Riudaneu quedaba a cargo de todo, debían firmar convenios, comisiones de venta y superar burocracia para percibir el efectivo depositado en las cuentas bancarias de La Xatart. El reloj marcaba las doce del mediodía y dos minutos. Riudaneu se retrasaba y Gala sentía los retortijones de la incertidumbre pidiendo paso. Había tomado la decisión por impulso, sin pensar ni sentir, dejándose llevar por la practicidad y la imperiosa necesidad de proseguir con su vida, de dejar de soñar con un futuro mejor y una valentía que pocas veces o nunca había sacado la cabeza por ella. Gala se había encogido en Barcelona; la charla con su madre le había achicado el alma y, lejos de encontrar coraje, se sentía vencida por sus propias decisiones, esas que jamás tienen vuelta atrás. Aquel lugar había sido un remanso de paz para ella, un refugio donde fantasear con que la vida podía haber sido diferente. Una herramienta valiosa para su imaginario cuando pensara que no hay lugar para ella. «Quizá de anciana…», era la frase que se repetía desde hacía horas, desde que tomó la decisión de no cargar con ser la heredera de La Xatart en La Muga, desde que escuchó los mensajes amenazantes de Frederick de que la despojaría de todo, incluso de sus hijas, si seguía sin dar la cara. No le culpaba, llevaba razón, pero no merecía ni ese trato ni todo el que le había dado durante sus años de matrimonio. Debía volver a casa y resolver su vida… La Muga estaba fuera de sus planes reales, era una utopía maravillosa, la de cambiar, la de poder vivir otra vida, entregada a la tierra, al campo y conectada con la naturaleza. Gala no quería pensar demasiado para no dar el paso atrás, necesitaba desprenderse de ese lugar cuanto antes para que dejara de ser una tentación posible.
Julianne estaba sentada en el porche frente a los viñedos de los Forgas, esperando a Teresa, pero con el pensamiento en su hija y cómo detenerla en su precipitación. Desprenderse de todo no enderezaría su vida, ni colocaría en el olvido a su padre, su abuela y los descendientes de aquellas tierras bañadas por el viento y bendecidas por las montañas. Se levantó con premura, dispuesta a impedir la firma, aunque fuera a la fuerza… Antes de entrar en la gran casa, divisó al abogado, Robert Riudaneu, saliendo del coche con la prisa en los talones. No le conocía, pero todos los abogados huelen parecido.
—¿El señor Riudaneu?
—Sí, el mismo.
Riudaneu miró con dificultad el reloj de su muñeca izquierda a riesgo de que se le cayeran las decenas de carpetas que sostenía entre sus brazos. Julianne echó mano de su embrujo especial para retener al abogado diez minutos y convencerlo para ser su cómplice. Se requería un milagro para conseguir, en pocos minutos, embaucar a un hombre de leyes. Como buena Marlborough, tenía experiencia en rápidas negociaciones y en penetrar en la tentación de toda alma en tiempo récord. Se presentó con exquisitez y jugó el papel de madre desesperada, de antigua mujer del hijo de la difunta, enamorada de esas tierras y consciente de lo que la muerta las quería. Golpeó primero el corazón del abogado y su amor por ese lugar; sin perder tiempo, disparó a su corazoncito de padre preocupado por lo mejor para sus hijos y, por último, desplegó la chequera y puso precio a la prórroga de seis meses para no poner a la venta ni un grano de esa tierra y mucho menos mostrar a extraños Can Xatart.
—Pero ese no es el deseo de su hija, ¿sabe?
Robert Riudaneu pronunció con un hilo de voz esa manida frase sin despegar la mirada del cheque, observando los jugosos ceros que Julianne escribía para su beneficio y firmándolo al portador y ofreciéndoselo para sellar el pacto. El abogado miró unos segundos a Julianne, juzgándose por vencer a la tentación, pero apenas fueron dos segundos hasta que se hizo con el cheque y un apretón de manos.
—Tiene seis meses, ni un día más, señora… Marlborough.
El abogado se recolocó las gafas y se secó con dificultad el sudor. Guardó el cheque en el bolsillo de su chaqueta y prosiguió la marcha hacia la casa presuroso y sin mirar atrás.
Julianne volvió al porche a sentarse. El escaso temblor de sus manos le indicaba que no se había equivocado evitando esa venta, mintiendo a su hija y comprando al abogado de la difunta. Sonrió mientras contemplaba las viñas y saludaba a Teresa, que se acercaba a lo lejos, comprobando una vez más que el dinero compra la moral y pureza de casi todas las almas. No estaba orgullosa de lo que había hecho, pero a veces no había otro modo de evitar desgracias; que Gala cometiera el mayor error de su vida era una. Ella no era una Xatart, pero sí una Marlborough, y sabía muy bien que los orígenes deben preservarse, defenderse y jamás despojarse de ellos. Gala había sido nombrada la única heredera de una saga, de una larga familia con raíces en esas tierras y, por respeto a sus muertos y a su padre, debía conservar su esencia.
Mientras veía cómo se acercaba La Segunda a contraluz, cegada por el sol del mediodía, se fijó en la figura de Román a lo lejos, entre las viñas, mirándola fijamente y sonriéndola. Se puso la mano izquierda de visera para definir mejor la expresión de su rostro, pero la luz se lo impedía, o tal vez lo traslúcidos que llegan a ser los fantasmas.
Mientras los adultos gestionaban burocracia en la mañana del 31 de diciembre, los niños decidieron reunirse en la cabaña del árbol. Kate y Adele debían anunciar su partida a todos, aunque la pequeña seguía de pataleta por irse tan pronto. Joana se había quedado muda desde la cena, no sabía si era porque se marchaba Kate o porque envidiaba que su amiga se fuera a la ciudad que ella adoraba.
—¿Tú sabes la historia del pueblo saharaui?
Kate ladeó la cabeza varias veces, nunca había oído hablar de ese pueblo de nombre tan raro. Joana le contó su historia, un pueblo olvidado por todos y abandonado en pleno desierto del Sáhara. Le contó cómo pasan su vida en campos de refugiados sin posibilidad de viajar ni salir de allí.
—No tienen pasaporte como tú y como yo, ¿sabes? No pueden salir…
Kate escuchaba los detalles que su amiga le contaba sobre aquella gente olvidada a su mala suerte. No entendía el abrupto arranque de Joana describiendo las vicisitudes de los saharauis y su injusto destino hasta que…
—¿Sabías que Javier Bardem es un gran defensor de la causa? Yo, cuando sea famosa, también los voy a defender… ¡Como él!
Las dos amigas siguieron caminando junto con Adele destino a la plaza de la Iglesia, lugar de encuentro para el resto. Kate sonreía por debajo de la nariz, escuchando el discurso apasionado de su amiga sobre un pueblo al que no le permiten abandonar el desierto. Enseguida comprendió la relación con el desierto y lo que significaba La Muga para ella y que Kate estuviera a punto de irse rumbo a la Gran Manzana, la verdadera tierra de las oportunidades para Joana. En el fondo, llevaba toda la razón y, de vivir toda su vida en aquel pueblo, sería como Joana: un alma libre que pide a gritos levantar el vuelo. Era cierto que La Muga había dejado de provocarle arcadas y ya no sentía que era un lugar para los muertos de tanto aburrimiento, pero era una enamorada del asfalto, de los edificios altos, del bullicio, de las manifestaciones, de los domingos en Central Park, de sus Gotham Girls, incluso de los privilegios de ser una Brearley Girl. Joana sabía de lo que hablaba Kate, porque su mente se lo había imaginado de cien maneras distintas, pero con los mismos paisajes de Manhattan.
—El talento es mera suerte, lo que importa es la valentía.
Joana se detuvo en seco ante la frase sentenciadora de Kate. La miró con perspicacia, como si aquello tuviera truco y no lo estuviera pillando. Adele frenó en seco y pidió con la boca ladeada que retomaran el paso, estaba deseosa de llegar cuanto antes a su destino para encontrarse con Marc. Kate y Joana se miraron desafiantes, al fin había comprendido que esa era una frase de película, que era incapaz de identificar. A Kate le divertía haber cazado a su maestra después de todos esos días.
—¿Una pista?
Tardó poco menos de un segundo en identificar la película, en cuanto Kate le reveló que el director era Woody Allen, el preferido de su madre.
—¡¡¡MANHATTAN!!!
Las dos brincaron de la emoción y alcanzaron con un pequeño sprint a Adele, que había decidido proseguir la marcha sin ellas. La pequeña necesitaba encontrarse con Marc y Boston y confesarle su pena de abandonar en dos días el pueblo. No sabía cómo afrontarlo, se encontraba con el cuerpo extraño, apesadumbrado y con muchas ganas de llorar. Los lametazos de Boston la devolvieron a la vida y una gran sonrisa reapareció en su rostro al ver a Marc a menos de dos metros de ella. Se había cortado el pelo y llevaba el jersey que su hermana y ella le habían regalado por Navidades. Sin pensárselo, le plantó dos besos en las mejillas y le tomó la mano derecha provocando en tiempo récord el rubor de Marc, que no se esperaba semejante bienvenida.
Aleix fue el último en llegar. Había decidido acudir en bicicleta y, a medio camino, le había sobrevenido la tramontana y a un tris estuvo de abortar el viaje a La Muga por incapacidad de pedaleo contra el viento. Su fortuna fue encontrarse con Amat en el camino que, ante el apuro del chaval, frenó la ranchera, cargaron la bicicleta y lo dejó en la plaza del pueblo al encuentro de sus amigos que, si no hubiera sido por la insistencia de Kate, ya se habrían marchado. Treinta y cinco minutos es tiempo más que suficiente para dejar de esperar a alguien, a menos que esa persona tenga una buena excusa y te importe lo suficiente como para pasar por alto el retraso. Esa era una de las teorías de Joana, y Kate estaba completamente de acuerdo con ella. Aleix tenía una buena razón y le importaba lo suficiente.
¡Fin de la historia!
Joana soltó una carcajada al comprobar el apuro de su amiga ante el interrogatorio sobre el bueno de Aleix. Le gustaba ver las chispas del deseo revoloteando por el ambiente; ella se había prometido no entregarse demasiado al amor, no fuera a ser que interfiriera en sus planes de triunfar en Broadway.
—¿No has tenido novios, entonces?
—Dos, pero los dejé porque creían que estaba loca cuando les decía que iba a ser una estrella de musicales.
Todos se rieron con las experiencias de Joana con sus dos novios y sus sueños de convertirse en la reina de los musicales. El camino a la cabaña del árbol pasó entretenido con las historias de Joana y las miradas de complicidad de las dos parejitas. Marc y Adele se habían quedado atrás, apenas se atrevían a romper el hielo de estar días sin verse y compartir lo vivido. Marc presentía que algo malo le ocurría a su amiga porque no dejaba de mirar al suelo y dar patadas a las piedrecillas que se encontraba en el camino. Era señal de mal augurio, pues siempre que lo había hecho era porque algo le preocupaba.
—¿Estás bien?
Adele frenó en seco y le dijo de corrillo que su madre había sacado los billetes para el día 2 de enero y que se iban a ir para no volver nunca más, porque lo quería vender todo y no aparecer nunca más por ese lugar, ni ver a las abuelas, ni el campanario, ni los girasoles, ni los prados, ni las montañas, ni a él, ni a su tío Amat… Adele era como una ametralladora de lamentos con el corazón saliéndosele por la boca, temblando de pies a cabeza y con la pena recorriéndole el cuerpo. Marc se asustó de ver a su amiga tan triste; él lo estaba, pero apretó los puños para retener las lágrimas y mantener la calma. Los dos sabían que ese momento llegaría, pero no se esperaban que fuera tan repentino y con un «hasta siempre» de acompañante. Adele seguía entre sollozos y lamentos y Marc clavado delante de ella tieso y frío como una espada. La pequeña se lanzó a sus brazos por impotencia, buscando consuelo; Marc la abrazó al principio con timidez y, al poco, con toda la fuerza que pudo encontrar hasta casi cortarle la respiración. Los dos se despegaron súbitamente y, al ver que casi asfixia a su amiga, se echaron a reír con lágrimas.
Los cinco se subieron a la cabaña y compartieron una mañana de confidencias, de sueños de hacerse mayores y convertirse en héroes de sus propias vidas. Aleix confesó que quería ser arquitecto y construir catedrales tan bonitas como la de su pueblo o casas de madera en medio del campo; como cabañas pero mucho más grandes. Kate no supo contestar a lo que quería ser de mayor; Adele dijo que exploradora y Marc, veterinario; quería ser el doctor de los animales del pueblo. Eso les recordó que la yegua embarazada de Cecilia y Jow estaba a punto de parir; Jow le había contado a Marc que salía de cuentas en Nochevieja y, si todo seguía su curso, esa noche podía ponerse de parto. Todos desearon que así fuera y que esa noche fuera inolvidable. Ninguno de ellos habló en voz alta de la despedida o de la marcha de Kate y Adele, decidieron disfrutar del momento y dejar los lamentos para la partida.
—¿Te vas a quedar esta noche en La Muga?
Aleix afirmó con la cabeza y la sonrisa en los ojos llenos de timidez. Joana y él lo habían organizado para que sus padres le dejaran de nuevo pasar la fiesta en casa de los Brugat. Las dos familias estaban revolucionadas porque creían que ellos dos se habían enamorado, y accedían cómplices a los deseos de los jóvenes. Aleix y Joana reían sin parar por las descerebradas deducciones de los adultos, Kate era la única que forzó la risa para disimular los sutiles celos que habían brotado en su interior ante la mínima posibilidad de que aquello fuera real. Joana atisbó a su amiga y, sin esperar, le confesó al oído:
—A mí no me gusta, pero a ti sí, ¿no?
Las dos se guiñaron el ojo y Kate no alzó la cabeza de la vergüenza repentina durante un buen rato. No se encontraba cómoda con esas nuevas sensaciones, esos cosquilleos y subidas de temperatura repentinas que la dejaban con los pulmones faltos de oxígeno.
El último día del año 2012 transcurría con idéntico bullicio que otros años. La plaza del pueblo se disponía a engalanarse para la celebración; las familias apuraban las últimas compras para la cena de gala, todo quedaba cerrado a primera hora de la tarde. La Muga parecía aparentemente tranquila, apenas nadie por la calle; las ventanas semicerradas, ni siquiera ladraban los perros… El pueblo se disponía sigiloso a la fiesta; a la despedida y a la bienvenida; a la muerte y a la vida. Noche especial para las campanas del torreón de la iglesia, dispuestas a tocar la rotundidad que marca el paso del tiempo.
Querida nieta:
Me he dado cuenta de que han pasado más de treinta años desde que comencé a escribir este cuaderno, desde que decidí descargar toda mi rabia por haber perdido a un hijo y la oportunidad de ver crecer a mi nieta.
El tiempo ha pasado para todos y tiene el poder transformador de nuestras almas. No soy la misma mujer que comenzó esta loca aventura de comunicarse con un fantasma, una ilusión; durante todos estos años, te has convertido en eso para mí.
El día que la Nalda me trajo una fotografía tuya, tuve un sobresalto y, al tiempo, la tentación de ponerme en contacto contigo y contarnos la vida —la tuya y la mía— muy a pesar de la voluntad de tu madre. Estuve varios meses revuelta y tentada de hacerlo, de dejar la urna y enfrentarme a tu verdadera tú y no a la que yo he construido todos estos años en mi cabeza y plasmado en este cuaderno. Pero la vejez no da para sobresaltos ni golpes emocionales, pues se necesita una gran dosis de energía para querer y poder superarlos… Yo ya soy vieja y los miedos me acechan más de la cuenta como para presentarme a ti y ser rechazada, o encontrarme con una nieta que no se corresponde con la mía. No quiero que si algún día lees este cuaderno, me lo tengas en cuenta. He decidido conscientemente no presentarme ante ti, ni buscarte. He decidido ahorrarme sobresaltos, tu rechazo o encontrarme con una nieta que no es la que he imaginado. Ya soy mayor y la vida me ha enseñado a respetarla en sus ritmos y eso pasa por saber que a mis años debo reparar en mí y en lo que necesito. Mi querida nieta, mi corazón no goza de la fortaleza necesaria para soportar la embestida de un rechazo tuyo, y llevo toda una vida en compañía de las grandes ausencias, entre ellas tú. Aunque todo esto parezca una locura, sigo cuerda, y soy muy consciente de que te he creado a imagen de mis propias carencias. Me sobreviene la culpa de haberte utilizado, de haber sido para mí una especie de amiga invisible, de caldero emocional donde sentirme tranquila y despojarme de mis demonios.
No quiero engañarte ni confundirte. Cierto es que siempre estarán los deseos de abrazarte, de conocerte, de sentirte mía también. Pero quizá me pueda el temor a sufrir una decepción contigo y conmigo juntas. Sé que en estos años me has hecho bisabuela; me lo dijo la Nalda, que se ha convertido en una detective impecable y me lo cuenta todo… Hace tiempo que me invade la duda, pues no sé si mi vida habría sido mejor si te hubiera conocido y disfrutado, no sé si nos habríamos llevado tan bien como yo siempre he imaginado, si me hubiera convertido para ti en la abuela consejera y cómplice que siempre he aguardado. No me lo tengas a mal si te digo que hace tiempo que dejé de lamentar no haberte conocido nunca y me he convencido de que quizá haya sido lo mejor para nosotras y nuestras vidas. Tú has vivido sin una ausencia tan presente como yo, pero tu anhelo me ha servido para vencer la pena y tener un motivo invisible para seguir luchando por la vida.
Desde la vieja en la que me he convertido: con las manos temblorosas y los ojos siempre encharcados en lágrimas, te pido perdón de nuevo y te doy las gracias al mismo tiempo desde la misma incoherencia, escribiéndote en este cuaderno. Soy una anciana con la certeza de que poco le queda ya en esta vida, y me he dado cuenta de que me he pasado la existencia anhelando y sintiéndome con la carencia de todo lo que se me ha arrancado o privado. Y ¿sabes? A estas alturas me he cansado de echar de menos y de maldecir mi propio destino y he decidido vivir mis últimos días en plenitud y agradeciendo todo lo bueno que he tenido.
Francisca La Santa me ha ayudado mucho a ver el lado bueno de las cosas y a serenarme para encontrar la paz. He sido toda la vida una mujer atormentada y gastada de tanto reproche, a la que se le frunció tempranamente el entrecejo. No te digo que no haya disfrutado con lo que he hecho, pero en cada trago sentía un lejano regusto amargo que me ha edulcorado la vida. Los que me han querido me lo han recordado insistentemente, han cuidado de que no cayera en los brazos de la excesiva melancolía; me han insistido en que viera cada mañana salir el sol y me concentrara en los ciclos de la naturaleza. Yo he sido buena alumna al escuchar y practicarlo, pero mi alma se resistía a dejar ir a los suyos. Al fin he comprendido que, para un buen descanso, necesitamos soltar cuerdas, terminar con los hilos invisibles que nos atan a la vida y a los demás; nuestros propios fantasmas. ¡Todos tenemos fantasmas! Mi consejo es que no te resistas a ellos y los dejes ir sin enfrentamientos, sin resistencia, sin compasión ni tristeza. Ellos deben hacer su camino como nosotras el nuestro…
No me despido de ti, no pretendo abandonarte ni dejar de escribirte, porque eso seguiré haciendo hasta que esta vieja que soy abandone esta tierra. Pero sí te confieso que estoy feliz de la no-relación que hemos tenido, de haber creado «tu otro yo» para llenar tu ausencia y soltar tristeza. La mente es prodigiosa construyendo mundos imaginarios que, aunque bordeen la locura, sirven para quitarle responsabilidad a la cordura. En esta vida, pocas cosas siguen el curso de la llamada lógica. ¿Acaso no te has sentido en algún momento engañada con el mundo, con el resto e incluso contigo misma?
No caigas en la queja, constrúyete mundos imaginarios si es necesario, antes que recriminarte en exceso. Al final, si llegas a vieja —que deseo que así sea—, verás que no se trata de castigarse, sino de aprender a llevar la mochila bien cargada. Yo he tardado muchos años en darme cuenta de ello, pero los que me quedan espero disfrutarlos sin medir ausencias, ni desearme otra vida que la que he tenido. No sé si el destino está escrito, si somos capaces de cambiar nuestros infortunios, pero te puedo asegurar que sí podemos elegir cómo sobrellevarlos, y eso te cambia la vida o te la estanca para siempre.
Mi querida nieta, no somos más que un granito más de la tierra, pequeños seres con ansias de gigantes que conviven en este planeta con otras especies, aunque parezca que las gobiernen. El mundo sigue, pero la tierra queda como esa gran madre cuyo poder germinador más allá de ti y de mí no debes olvidar jamás. Ella seguirá construyendo y generando vida…
Gala comenzó a pasar páginas de blanco gastado con la incredulidad de tener ante ella un final abrupto, con la sensación de caer al vacío sin red ni previo aviso. ¿Podía terminar de ese modo el cuaderno después de todo? Pasó todas las páginas revisándolas minuciosamente con la esperanza de encontrar en un margen perdido una despedida encriptada. No podía imaginar que su abuela, la que durante toda su vida veló por ella desde la distancia, no hubiera pensado en ella a las puertas de la muerte; dejarle una carta, un último adiós, su legado, un póstumo consejo para la vida cuando fue consciente que despegaba a otros mundos.
Se levantó enfurecida y con las lágrimas retenidas, con el estómago revuelto en las náuseas de un nuevo abandono injustificable… Lanzó con toda la rabia que pudo el cuaderno, recriminándose haberlo leído, haberse creído que alguien había pensado en ella toda la vida como nadie. Se sintió estafada, engañada de nuevo y con la desolación de ser nuevamente la que todos pueden ignorar ante la pérdida.
Corrió escaleras arriba para rebuscar en las cajas del desván una carta olvidada entre los papeles de una vida. Revolvió con desesperación documentos, fotografías y escritos, porque necesitaba hallar consuelo en esa despedida y no creer que la vida siempre le pagara con la misma moneda. Estuvo una hora entre sollozos, con el sudor en la frente por la impotencia de sufrir un nuevo e injusto desplante. No obtuvo el ansiado premio, pero su cabeza se empeñaba en encontrar el antídoto, con la esperanza de que el silencio no se coronara como final. Con el rímel corrido y la cara descompuesta, salió de la casa directa a buscar a La Roja, la cómplice de su abuela, pues seguro que ella sabría qué paso seguir para encontrar la despedida.
Cruzó el pueblo como un alma desesperada, sin reparar en Tomasa y Francisca, que la saludaron en silencio al salir de la tienda de ultramarinos de La Guapa. Tampoco reparó en los gritos de Jow, que estaba con los niños viendo la yegua a punto de parir. Kate se giró, pero apenas pudo ver la cara de su madre, tan solo su figura huyendo como del viento hacia la casa de Nalda. No le dio importancia y Adele, que seguía enfadada con ella, no se giró por despecho de ser obligada a abandonar ese lugar que ella adoraba. Como buen desplante, se decidió por seguir con la yegua antes que saludar a su madre en la lejanía.
Los cruces del destino son aleatorios y, a veces, solo hace falta un segundo o menos para producir encuentros que, por ese poco tiempo, jamás existieron. El coche de Amat cruzó la carretera al poco de girar Gala por una callecita, la misma que hacía un instante había abandonado Julianne para tomar el camino de tierra. Los tres construyeron, sin saberlo, un triángulo invisible ese 31 de diciembre de 2012. Lo caprichoso del destino es que había decidido que, por un mísero chasquido de dedos, las tres almas no se chocaran y compartieran su realidad.
Amat se había levantado con ganas de echarle horas a la lija, necesitaba recuperar belleza para sacar tristeza, la tristeza de saber que Gala había decidido venderlo todo. El abogado Robert Riudaneu lo había llamado para contarle que tenía los poderes de la parte de Gala de VellAntic y debían reunirse para concluir los acuerdos de compra. Le extrañó la dificultad para fijar una fecha con el abogado, así que decidió dejarlo para otra llamada. Riudaneu debía informar, pero cumplir con lo pactado con Julianne: no vender nada hasta pasado medio año. A Amat no le importó no acordar cita con el abogado, porque necesitaba digerir que las propiedades de Amelia Xatart estuvieran ya a la venta. Gala no solo no había perdido el tiempo, sino que le había sorprendido con su súbita decisión de desprenderse de todo. A Amat le dolía por Amelia, pero en el fondo le dolía también por él, pues en menos de dos días se despediría de la mujer que había sido capaz de despertar a su corazón dormido. Estaba desorientado con sus propias reacciones; se había ido de casa dando gritos, alaridos de desesperación a su propia madre; maldiciendo el día que la americana pisó La Muga. Sabía que no había marcha atrás con nada. Él sabía reconocer la punzada en el estómago, la cuchara invisible que, como un triángulo de las Bermudas, removía sus entrañas. Se había enamorado locamente de esa mujer que no reparó en él más que para recordarle lo diferentes e incompatibles que eran. Amat habría golpeado su cabeza contra el hormigón si hubiera sido ese el antídoto para olvidarse de ella y dejar de sufrir. No deseaba acudir a la cena de Nochevieja, ni celebrar con Gala la llegada del nuevo año, ni estar cerca de esa mujer que le hacía perder la armonía que, a costa de tanta lija, había conseguido alcanzar.
Julianne, en cambio, estaba sumida en su propia aventura esquizoide de perseguir a un fantasma. Su hija le pidió intimidad y ella prefirió no pisar Can Xatart y pasear por La Muga. El camino fue bien hasta que, sentada en uno de los bancos del paseo principal, oteó de nuevo la figura de Román. Hizo varias intentonas para detener la alucinación; se frotó los ojos, cambió de banco y dirección, pero el fantasma de Román había vuelto con fuerza y nitidez, dispuesto a convertir el paseo por La Muga en una pesadilla.
Ni Tomasa ni Francisca se acercaron a Julianne. Hacía demasiados años de su paso por el pueblo y, por respeto a su difunta amiga, decidieron ignorar su presencia y evitarse tormentas tempranas. La última noche del año prometía y era mejor no avanzar los malos augurios ni alimentar a los demonios. Se alejaron sigilosas, evitando ser vistas por la americana que, sumergida en un tormento, no habría sido capaz ni de darse cuenta de que un elefante cruzaba la calle delante de sus narices. Julianne se asfixiaba del propio agotamiento de la lucha entre lo real y lo imaginario. En un instante de locura o cordura; en un instante difícil de describir, decidió dejar la batalla y entregarse al enemigo, mirarle a los ojos y, sin atisbo de piedad, hacer caso a su voluntad.
—¿Quéeee es lo que quieres de mí, eh? «What the hell do you want?» («¿Qué demonios quieres?».).
Su estado de desesperación supino la llevó a hablarle sin reparos y pedirle que terminara con aquella pesadilla. Julianne pidió al fantasma de Román que desapareciera de su vista, que se fuese para siempre y la dejara vivir en su malvivir, pero que cesara el tormento. Román se acercó hasta sentarse a su lado y esperó paciente a que Julianne terminara con el fogueo desmedido. Cuando no le quedaron reproches ni palabras ni lamentos en los que refugiarse, su mirada furtiva se clavó con la fuerza de un imán a la de Román y… ¡enmudeció! Enmudeció en el hechizo de revivir lo perdido en un atisbo de locura. Los dos amantes detuvieron el tiempo y juntaron lo real con lo imaginario para desenterrar el amor, la pureza de lo que sintieron comprobando que los años no lo habían achicado. Cualquiera que hubiera pasado cerca de Julianne habría vislumbrado su cuerpo en estado de semigravitación, pues, por unos instantes de eternidad en el otro mundo, Julianne cabalgó entre los dos hemisferios con la consciencia más allá de la tierra. Caminó siguiendo la estela de Román sin un atisbo de duda o arrepentimiento. Se dejó llevar más allá de la mente. Cruzaron calles y se metieron en el camino de tierra enmudecidos por la estela de un reencuentro imposible, «¿hacia dónde se dirigían?». Nadie se atrevió a detener a Julianne, a entorpecer su desconocido destino; ni siquiera Julià, que, como era costumbre, abría ese día el cementerio para que los vivos compartieran con sus muertos el final de otro año. La vio llegar con el pelo revuelto y la mirada fija, esa que ponemos cuando decidimos darle un portazo al raciocinio. Julià dudó si detenerla y preguntarle por quién lloraba, pero desistió pues, aunque el exceso de alcohol le había mermado la memoria, aún recordaba que a las almas perdidas no había que interrumpirles su procesión. Julià llevaba toda su vida como guardián de esa tierra que comparten vivos y muertos, y sabía cómo tratarlos a ambos. Supo ver que Julianne era guiada por uno de sus pasajeros y, aunque eran sensaciones que ni podía demostrar ni confesar, su olfato le señalaba que los dos mundos se estaban comunicando. Pocos en el pueblo se tomaban en serio las dotes de Julià, pocos deseaban compartir con él las historias de muertos que vuelven a la tierra para cerrar heridas del pasado. Por ello, un buen día, Julià dejó de hablar con los vivos y se refugió en los lamentos y plegarias de los muertos. Jamás ha visto a uno con sus propios ojos, pero tiene la capacidad de olerlos a varios kilómetros de distancia. Siempre que le llegaba el particular aroma, se le erizaba el vello y mostraba sumo respeto al muerto y al vivo que llegaba a pocos metros de distancia. Al ver a Julianne y no reconocerla, se extrañó de que uno de sus muertos la hubiera llevado al camposanto; llegó a pensar que quizá algún muerto despistado se había confundido de lugar… ¿acaso los muertos tienen más orientación que los vivos? Ante la duda y con la curiosidad por identificar al difunto y resolver el enigma, decidió seguirla con disimulo y lejanía.
Julianne apenas se percató de que estaba pisando camposanto y acababa de entrar en el cementerio de La Muga. Seguía con la razón alterada, persiguiendo a un fantasma o ilusión y entregada a su voluntad. Cruzó buena parte del camposanto enajenada, sin percatarse de que estaba entre muertos, solo con la mirada atenta a no perder de vista al suyo. Tuvo que detenerse de súbito, al presenciar cómo se desvanecía su presencia ante sus ojos. Giró la cabeza primero, después el cuerpo entero al acecho desesperado por encontrar a Román que, como un destello, había dejado de brillar, provocando que Julianne aterrizara bruscamente en la realidad, desorientada y perdida.
Miró alrededor y se asustó, al descubrir el paraje de cruces, nichos, estatuas y lápidas de distinto tamaño y calidad. Por un instante, creyó ser ella la muerta y estar sufriendo un febril desdoblamiento a la vida. Pero al ver la tumba que estaba frente a ella, se le paró el corazón de un soplo de miedo.
—Román Xatart.
¿Cómo era posible? Ella lo había enterrado en Boston, junto a los Marlborough. ¿Qué hacía en ese cementerio? Se arrodilló frente a la tumba de puro desfallecimiento y hartura de cargar con los kilos de lamento y culpa. Le invadió una profunda tristeza que la retuvo en ese lugar calada en sollozos de arrepentimiento y añoranza desesperada bajo la atenta mirada de Julià, que no daba crédito a lo que estaba pasando. «¡Alguien llorando sobre la tumba del joven Román, al poco de morir Amelia Xatart!». Decidió dejarla en la intimidad y volver a sus quehaceres, pues con los años de trabajo allí sabía que los muertos gozan de un conocimiento superior a los vivos. Si Román Xatart había llevado a esa mujer a los pies de su tumba, algo muy antiguo debían sanar y él no sería quien enturbiara la paz entre muertos y vivos.
Julianne permaneció con el cuerpo compungido y tembloroso viajando al pasado y comunicándose con Román a base de frágiles suspiros. Su recuerdo permanecía intacto a pesar de haberse aplicado para el olvido. Lloró a pie de tumba el recuerdo, revivió su muerte, reencontrándose con las viejas tentativas de dejarse morir. Los lamentos fueron aliviando el tormento acumulado, los perdones se sucedieron a modo de bálsamo hasta sentirse vacía y cubierta de una calma desconocida. Julianne se mantuvo abrazada a la lápida de Román con la cara bañada en lágrimas, pero con media sonrisa en el rostro. Se tomó un descanso, tiempo de reposo tras el llanto, deseando escuchar de nuevo el corazón de su amado. En la intimidad de una tumba, Julianne se reconcilió con su propia vida, con emociones enclaustradas; recuperó entre susurros su identidad, despojándose de las capas contra el dolor que la habían impermeabilizado del disfrute de la vida.
Como si volviera a sus veinte años y sin desengancharse de la tumba, Julianne le confesó a Román sus miedos, sus errores; le habló por todos aquellos años que había decidido ignorarle hasta creerse capaz de controlar el olvido. Conversaron en la eternidad de lo perdido entre la vida y la muerte. Sus almas se conectaron para reconciliarse y expiar la maraña invisible acumulada en años. Todo fue bien hasta que perdió la consciencia de puro agotamiento.
Al poco o al mucho, Julianne se despertó sobre la tumba de Román; incapaz de recordar su último pensamiento lúcido antes de desvanecerse en un sueño profundo. Nada más localizar el entorno, se sobresaltó, pero solo fue un atisbo hasta recolocar la mente para el recuerdo y enseguida una amplia sonrisa acompañó a su mano que, con sentida delicadeza, acarició la tumba de su amado. Se levantó respirando pureza y sabedora de su corazón cosido, dispuesta a buscar la paz en su vida. No había razón para sepulturas mayores, para alejarse de aquel lugar y de la suerte que tuvo de haber sentido la grandeza de un amor eterno. Se despidió de su amado, con el cuerpo helado, el corazón hirviendo y la certeza de haberse confesado sobre su tumba, de comprender a su alma perturbada, que necesitó convertirse en un fantasma, en un espectro que la perseguía para que recapacitara. Tras esa especie de exorcismo, Julianne era otra, había expiado sus demonios, los bichos que le impedían dormir por las noches, que la cebaban de pastillas para mantenerse viva; se sentía valiente para encarar la vida con la humildad de saberse perdida, de querer volver a ser observadora de la belleza caduca y perenne. Levantó los brazos hacia el cielo estirando su entumecido cuerpo, buscando la luz del sol y su calor.
Caminó entre los muertos agradeciéndoles que velaran por los vivos a escondidas del raciocinio. Cruzó una mirada con Julià, que la esperaba a las puertas del camposanto, sentado en una vieja mecedora de madera con dos copas de vino. Julianne se detuvo frente a él y tomó una de las copas, comprendiendo el brindis ofertado con una profunda mirada repleta de complicidad. Los dos bebieron por lo sucedido, lo celebraron en silencio; del mismo modo se despidieron; sin pronunciar palabras que eclipsaran lo percibido más allá de ellas.
Con los pies todavía temblorosos, inició el camino de retorno, disfrutando del paisaje, de la emoción de reencontrarse con su hija y abrazarla sin buscar consuelo. Estaba dispuesta a luchar por ella, por su cariño, por el de sus nietas y recuperar su propia esencia: una rebeldía que se erigía por encima de los cánones, de lo impuesto. Aceleró el paso más allá de sus fuerzas y la prudencia ante el abrupto suelo que pedía sumo cuidado en las pisadas. De poder, habría volado hasta Can Xatart para compartir con su hija lo vivido, a riesgo de que la llamara demente.
Desde lo alto del árbol, en el pequeño porche de la cabaña, Kate vislumbró a su abuela en su júbilo. Gritó con la esperanza de ser escuchada; los demás se unieron divertidos, dispuestos a alcanzar el reto de conseguir que Julianne les saludara desde la lejanía. Los cinco vaciaron sus pulmones al grito de guerra.
—Graaannnmmmaaa!!!!! (—¡¡¡Aaabueeelaaa!!!)
Julianne aminoró la marcha con el cosquilleo de un sonido indescifrable rozando sus oídos. Ladeó varias veces la cabeza, tratando de divisar alguna señal o código conocido. Los chicos no cesaron de vocear, vaciando sus pulmones al unísono confiados en lograr la gesta. No fue el caso, Julianne llegó a descifrar el mensaje, pero su ceguera de vejez le impidió localizar a los mensajeros que, decepcionados y agotados, cesaron de gritar.
—No me puedo creer que mi abuela se olvidara de mí y no me dejara ¡una sola carta de despedida!
Nalda observaba sentada desde la mesa de la cocina los aspavientos de Gala ante la posibilidad de no recibir de su abuela nada más que lo que había leído. La Roja no alcanzaba a comprender su desazón, pues para Amelia, su nieta había sido también una ilusión en su vida y no una realidad. Le preocupaba el estado en el que se encontraba la joven y la súbita decisión que había tomado de desprenderse de todo lo más rápido posible. Había hablado con Riudaneu, que le había confesado la premura de Gala y, también, la prórroga de seis meses que, mediante soborno, Julianne había costeado. El abogado se lo soltó por presiones, pues La Roja, que lo conocía como si lo hubiera parido, no entendía que decidiera esperar unas semanas a colgar el anuncio en internet. Él, como su padre, Alfonso Riudaneu, tenían fama de peseteros y jamás en todos esos años habían dejado pasar la oportunidad de ganar dinero cuanto antes. El piloto rojo se le encendió a Nalda con la calma con que Riudaneu se tomaba el encargo, lo ametralló a preguntas hasta arrinconarlo y este le contó el soborno de Julianne. La Roja se alegró de que se pospusiera la venta; aunque no aprobara el modo, lo guardaría en secreto y aceptaría el delito como parte de la estrategia. No era la primera vez que esos abogados jugaban sucio y, al menos, ese le parecía necesario para evitar el desastre no solo para La Muga sino para su amiga Amelia.
Gala seguía pidiendo una explicación a la ausencia de carta, pues no había razón alguna para que no lo hubiera hecho… La muerte le fue anunciada en forma de enfermedad y tuvo tiempo de atarlo todo y, por la razón que fuese, decidió no despedirse. Ante las duras palabras de Gala hacia su amiga, Nalda agotó su paciencia y le echó en cara que fuera tan malcriada por pedirle a una difunta cuya existencia había desconocido que le diera mucho más de lo que le ofreció en vida; su anhelo y, tras su muerte, todas sus posesiones, que ella había decidido vender sin ningún reparo ni arrepentimiento.
—No creo que sea justo lo que estás haciendo; ni con tu abuela ni conmigo ni con La Muga.
Gala la miró estupefacta por su reacción airada. Era la primera vez desde que se conocieron que era ruda con ella, y no esperaba tal incomprensión dada la desolación de una nueva pérdida sin despedida. Gala no rebajó su orgullo, ni comprendió las palabras aleccionadoras de la anciana; todo lo contrario, desplegó la vanidad herida y la supremacía de ser una Marlborough antes que una Xatart. Poco de todo eso le importaba a La Roja…
—Querida Gala, las guerras por apellidos y linajes pertenecen a la Edad Media…
Con los ojos enfurecidos y el orgullo magullado, se fue dando un portazo para no mostrar las lágrimas por sentirse vencida por Nalda, por los acontecimientos y por su propia reacción. Corrió por las callejuelas, evitando ser vista por nadie y menos por su madre, a la que reconoció desde la lejanía, recostada en el portón de rejas de Can Xatart. No le apetecía verla, ni hablar con ella, ni que descubriera su cochambroso estado de inestabilidad emocional. Decidió en un impulso irracional y desesperado refugiarse en VellAntic. La puerta estaba entreabierta y no dudó en colarse con sigilo para no estorbar a Amat, que estaba con la mascarilla puesta, encolando un pequeño banco de madera. Al primer ruido se giró y, al ver a Gala, se esforzó por no perder el equilibrio por la sorpresa de su visita. Se levantó y fue hacia ella sin darse cuenta del goteo del pincel lleno de cola y de que llevaba la mascarilla puesta. Gala miró al suelo, Amat dejó donde pudo la brocha y la saludó con la boca sellada sin poder evitar que Gala se desplomara sobre él buscando refugio, consuelo y comprensión. Tardó unos segundos en sostener con sus manos la espalda de Gala, necesitó más tiempo para digerir lo que estaba ocurriendo. No era de fácil lectura y él, como hombre de campo, estaba poco habituado a los cambios de ciclo o giros imprevistos. Los vientos y las nubes son buenos mensajeros de tormenta, la naturaleza habla a través de sus colores, pero una mujer, y en particular Gala… ¿cómo leerla? No encontraba palabras de alivio, ni siquiera un comentario torpe para tamaña situación en la que se le disparaban los instintos de acariciarle el pelo y besarla sin reparo. Respiró entrecortadamente y tensó el cuerpo para evitar que reaccionara solo y soltara una caricia inadecuada que pudiera hacer virar la desesperación de Gala en una ducha de improperios. Pocas cosas sabía, pero cuando alguien sufre un desequilibrio emocional, cualquiera puede salir salpicado. Gala estuvo un buen rato recostada sobre sus hombros, sintiendo el calor que la piel de Amat desprendía; llorando su propia soledad y su falta de cariño. Amat aguantó en silencio, conteniendo la respiración y manteniendo a raya sus emociones. No debía confundirse con la debilidad de Gala, esa mujer de apariencia frágil que había entrado de puntillas en el pajar era la misma que no había tenido reparos en poner a la venta todo sin un ápice de tristeza. Cerró los ojos prometiéndose no mirarla para no caer en el embrujo de verse desarmado y cometer cualquier barbaridad que le costara más de un rubor. Tuvo varias tentativas de separar el cuerpo de Gala del suyo, pero ella lo retenía en un abrazo de desconsuelo. Los dos cuerpos deseaban fundirse, la energía de ellos se entrelazaba con gusto, pero nada de lo que parecía era lo que en realidad era. Amat decidió permanecer con los ojos cerrados, la mascarilla puesta y comenzar a contar para distraerse de la incómoda escena. «45, 46, 47…». Contaba con la esperanza de que Gala cediera y lo liberara de la tortura de sentir cómo su aliento acariciaba el vello de su cuello. «78, 79, 80…». Sufría por su entrepierna, a la que poco faltaba para que se decidiera a brotar. «101, 102, 103…». Cerraba los ojos y, sin quererlo, clavaba sus dedos con una fuerza poco medida sobre la espalda de Gala para evitar las caricias. «137, 138, 139…». Comenzó a rezarle al de arriba para que terminara con aquel suplicio y dejara la crueldad para otros. Fue en mitad de su rezo cuando Gala se alejó medio metro de él con la cabeza gacha mirando al suelo. Amat y ella permanecieron un par de alientos en silencio hasta que Gala rompió el hechizo sentándose en el banco que Amat estaba encolando sin que ninguno de los dos cayera en la cuenta de eso hasta unos minutos más tarde.
—Me parece que te has quedado sin pantalones… —suspiró Amat.
Gala sonrió con dulzura, sosteniendo su cabeza con sus brazos y estos, sobre sus rodillas. Estaba sentada como una adolescente que acaba de descubrir que el mundo no gira siempre alrededor de sus anhelos, y lo que menos le importaba era haber manchado de cola los vaqueros.
—Siento haberte estropeado el trabajo.
—No te preocupes, ahora si quieres me ayudas a reparar los daños.
Gala volvió a sonreír manteniendo la cabeza gacha y media cara escondida entre sus manos. Los dos decidieron que lo mejor que podía hacer era levantarse de un salto con un impulso seco para que un tirón supremo la desencolara del banco. Buscó la propulsión y, con la ayuda de Amat, consiguió despegarse, dejando un trozo de pantalón de recuerdo y cayéndose los dos al suelo como dos niños rodando y muertos de risa.
Amat no había podido evitar mirarla y caer en el hechizo de desear retenerla con él, aunque fuera encolando un banco. Gala accedió a ser su ayudante y ponerse manos a la obra para borrar el estropicio y los lamentos de su mente. Le apetecía pasar unas horas en ese lugar, pues, aunque se rebelaba, siempre ejercía sobre ella un poderoso magnetismo. Amat alargó la reparación con dosis de imaginación, creando nuevos procesos de tinturas y texturas para prolongar su encuentro, para tenerla cerca el mayor tiempo posible en sacrificio de una restauración adecuada para ese banco. Gala y él se divirtieron en silencio, compartiendo sonrisas mudas y miradas de soslayo de una intimidad compartida que, más que reparar un mueble, restauraba una química jamás explotada, pero latente desde el primer encuentro entre ellos. Por un instante, Amat quiso confesarse a Gala, tuvo la tentación de luchar por ella y se imaginó, con la brocha entre las manos y sentado sobre sus talones, cómo era capaz de enhebrar el discurso de amor y coraje más brillante jamás pronunciado. Gala le imitó la postura y observó a Amat con la mirada en el infinito, perdido en sus pensamientos. Se sorprendió al descender con mirada bobalicona hasta la comisura de sus labios y hacer del deseo un impulso, robándole un beso furtivo y, como una chiquilla, disimular volviendo al encolado.
Amat no pudo moverse, necesitó revivir ese fugaz beso una decena de veces hasta despertar de su sueño con la brocha de Gala delante de sus ojos, moviéndose como un péndulo, para comprobar que seguía vivo.
—Perdona, me perdí por un momento…
Gala le sonrió y volvió a la tarea, extrañada de que no hubiera reparado en el tímido beso y ruborizada todavía por su hazaña de colegiala.
—Esto… ¿me besaste? —soltó Amat divertido.
Gala quería fundirse con la madera, mientras afirmaba con la cabeza, soltando con un hilo de voz cualquier onomatopeya improvisada. Amat buscó su mirada en complicidad, deseando cazar otro beso, menos furtivo y más intenso.
—Habrá sido tu imaginación, ¿no crees?
Colocó divertida su brocha delante de su cara para evitar un nuevo contacto y proseguir con la tontería del jugueteo de feromonas y testosterona que comenzaba a marcarse un baile alrededor de ellos. Amat no pudo evitar caer en el suspiro de un enamorado, a riesgo de aterrizar en el barrizal sin otro beso que el del fango. Era el último día del año y decidió aparcar la razón y jugar al póquer aunque le metieran un farol.
Los dos disfrutaron de su intimidad, del placer de ensuciarse las manos, del roce de sus pieles, de sentir cómo el deseo se acercaba hasta convertirse en tentación. No hablaron, apenas murmuraron, prefirieron darle protagonismo al juego de la atracción con el movimiento cincelador de sus propios cuerpos y, aunque no fueron más allá de ese beso, alimentaron el deseo para una noche que, no solo por ser la última del año, prometía unos buenos fuegos artificiales.
Predominaban el rojo y el dorado. Adele y Marc ayudaron con esmero a Francisca a decorar la gran mesa con flores adecuadas para la ocasión. La Santa escogió amarilis rojas y blancas para que la belleza reinara en la última cena del año, y un enorme centro de romero con sus pequeñas florecillas lilas para invitar al recuerdo y a los gnomos que tejen lo inolvidable. Los pequeños disfrutaron de la clase particular de flores y su significado. Adele descubrió que cada una estaba hecha para una ocasión y que muchos amantes se comunicaban desde la antigüedad mediante las flores que se enviaban.
Agnès permaneció casi todo el día en la cocina para acoger a la mitad del pueblo en el restaurante. Era tradición en La Muga pasar la última noche del año juntos, como si de una gran familia se tratara. Los prolegómenos a la organización siempre eran estresantes, porque cada familia pedía su protagonismo y su mesa decorada al gusto. Francisca, sabedora de los frutos de la biósfera, era la encargada de engalanarlas con naturaleza muerta y viva de la tierra. Sus centros de mesa eran famosos en la comarca. Al igual que el pesebre, todos deseaban saber la temática del año. Los elementos elegidos para ese final de 2012 fueron la madera, el romero y los girasoles secos y pintados de dorado. Los visitantes realzaban la belleza de sus creaciones, pero ella depositaba en cada uno de ellos buenos augurios y deseos para el año venidero.
—Este centro va a llenarnos de júbilo y creatividad para 2013.
Adele y Marc pasaron toda la tarde entre La Santa y La Hechicera o, mejor dicho, entre la mesa y los fogones. Agnès gobernó la cocina con sello propio y, al igual que Francisca, escogiendo los condimentos especiales para la noche.
—¡Mucha canela y poco picante!
—Y chocolate, ¿no?
Los tres sonrieron ante la puntualización de Marc, que era un goloso incorregible. Pocas cosas le ponían triste, y una de ellas era perderse una velada aderezada con tarta de chocolate.
Kate y Joana se preparaban para la velada en Can Brugat. Joana prometió a Kate que la ayudaría a ¿maquillarse? Excepto en el aeropuerto durante su intento de fuga, jamás se había echado unos polvos o rímel en los ojos, ni le había apetecido, pero Joana podía ser muy convincente, tanto como para que Kate se dejara hacer y convertirse en algo parecido a una muñeca de porcelana. Su amiga no era una experta del maquillaje, pero tenía sus truquillos aprendidos y pasaban por emular los años cincuenta americanos.
Se miró al espejo con el pelo lleno de ondas y pestañas postizas y se buscó un buen rato para encontrarse entre tanto artificio. Estaba desconcertada, a un tris de soltar un grito y cargarse a su amiga por haberla convertido en semejante adefesio, pero al ver a Joana reflejada también en el espejo con semejantes o peores pintas que ella, le provocó la carcajada y aceptó el juego de ser en Nochevieja una especie de dúo cómico.
Joana se había maquillado a lo Marilyn, se había enfundado la peluca dorada y pintado el lunar sobre los labios rojo carmín. Su parecido con la rubia de Hollywood más deseada era lejano, casi imperceptible, pero lo importante suele ser más la convicción propia que la ajena. Kate adoraba a su amiga, porque esa era precisamente una de las reglas de oro que debían seguir: Cuando el mundo te obligue a contar hacia atrás, lo importante es que tú no te descuentes y sigas para adelante. ¡Ya cambiarán de idea!
No era ni se creía perfecta, pero creía en ella, aunque no encontrara un ser humano en la tierra que compartiera la misma opinión. Kate adoraba esa seguridad cautivadora que su amiga desplegaba sin remilgos con amplias sonrisas y comentarios que suscitaban extraños silencios alrededor. La incomodidad suele evitarse y a Joana le gustaba bañarse en ella y disfrutar con la escasa cintura del personal en esas aguas.
Todos debían estar a las nueve en el restaurante, pero muchos llegaban con media hora de antelación. La Guapa llegó sola y resoplando quejas, porque su hijo Pau había decidido traer acompañante a la cena: un amigo, un hombre del que ella poco había oído hablar y menos había visto. Agnès se sonrió por el arranque de valentía del pobre Pau que, al fin, se había decidido a no huir de su propia vida. Teresa y su marido Alfonso llegaron engalanados como si la cena fuera en el casino de Perelada; con el abrigo de pieles, las perlas y el esmoquin. Lo curioso de esa cena es que todos desplegaban su personalidad para despedir el año y los Forgas, como siempre, necesitaban mostrar su poderío económico y social. Tomasa, en cambio, siendo los Brugat el linaje más antiguo del pueblo, era lo opuesto a ellos en opulencia: sencillez y exceso de austeridad en el vestir y en los modos. La envidia corría ya por el ambiente, pero La Santa se había encargado de colocar ponsetias en cada esquina; las famosas flores de Pascua para atar en corto las bajas virtudes.
Amat finalmente llegó solo; a última hora y, consciente de gastar el último cartucho con la francesa Béatrice, decidió llamarla y dejarla a las puertas de Nochevieja. No sería la única pareja que decidía sellar su ruptura horas antes de la cena, ni tampoco el único que acudiera a una fiesta sin compañía. Con los nervios, se había conjuntado como un árbol de Navidad, mezclando colores y tejidos que provocaban al observador un inmediato achinamiento de ojos. Nalda estaba en desacuerdo con la decisión de su hijo de plantar a Béatrice a última hora, no porque le gustara la francesa, sino por intuir los motivos que provocaron la repentina baja.
Todos fueron llegando, dejando regalos en el árbol de Navidad, convertido esa noche en el árbol de los deseos. Era tradición que todo invitado dejara un paquete que contuviera un deseo para el año venidero. Al terminar las doce campanadas, engullir las uvas y brindar con cava y oro dentro, los comensales procedían al reparto de los regalos como indicador de lo que el nuevo año estaba dispuesto a ofrecerle. Era una vieja costumbre, un juego divertido que muchos consideraban el verdadero oráculo de su futuro próximo. La Roja adoraba el árbol de los deseos, y creía en su sabiduría de elección.
Kate y Joana llegaron con el bueno de Aleix, que había decidido acudir con camisa blanca y pajarita roja. Le encantaban las pajaritas y, aunque provocara la risa de sus amigas, él se sentía feliz por estrenar la que le regalaron sus padres para su cumpleaños. Kate sonreía feliz de estar con esos dos seres extraterrestres que se divierten con la diferencia y no se hacen pequeños con las miradas de estupefacción del resto. Le gustó la pajarita roja de Aleix y sus lustrosos zapatos, y se puso tímida al recordarse con los rizos y las pestañas postizas al estilo ochentero de Buscando a Susan desesperadamente.
Marc y Adele seguían, escalera en mano, colgando los muérdagos debajo de cada puerta, como indicaba la tradición y le había marcado La Santa.
—Los besos son imprescindibles en una noche como esta, ¿sabéis?
Adele y Marc afirmaron con la cabeza y el pensamiento en el repentino rubor que se les había despertado a cada uno. No eran adultos, pero los niños, al igual que los ancianos, tienen su propio modo de vivir la sexualidad y, desde la ingenuidad más pueril, Adele y Marc despertaban al encanto de desear y ser deseados.
Gala se contenía para no gritar a su madre, que seguía encerrada en el baño después de hora y media de ducha. El reloj marcaba menos diez y, si no le daba brío, posiblemente no llegarían ni para las campanadas. Se comprometió a esperarla, pero no estaba dispuesta a ser impuntual por su coquetería desmedida. Ella apenas empleó diez minutos en acicalarse, no le apetecía arreglarse en demasía y mucho menos dar el cante. Se contuvo de echar los pulmones en un ensordecedor grito y se amarró a los brazos del viejo sillón orejero soltando rabia. Sabía que su comportamiento no estaba siendo del todo justo con su madre que, desde Barcelona, hacía esfuerzos por hablar con ella y entenderla. Le sorprendió que decidiera pasar las últimas noches en la casa con ella y las niñas, que se emocionara observando las paredes y la mirara con amor y compasión, respetando y comprendiendo su indiferencia. A Gala le afloraba el desprecio del propio rechazo; era la primera capa del miedo a querer y ser rechazada. Le dolía reprimirse los deseos de abrazar a su madre y llorar por lo anhelado todos esos años. No era una niña, pero llevaba un par de días comportándose como si lo fuera; tenía la capacidad de conversar con su madre y comprender a corazón abierto los caminos elegidos; deseaba mirar al futuro, pero no podía controlar cómo se le encogía el estómago, cómo le superaba la pataleta de no haber recibido el cariño ni el amor deseado. Julianne había decidido pagar el precio por las decisiones tomadas, pero no mirar atrás ni para coger aire. Sabía que había errado, perdido muchas cosas por el camino, pero había llegado el momento de vivir con la intensidad de los sentimientos; sin fisuras, sin maquillaje ni paños de frivolidad.
—¿Nos vamos?
Gala la contempló con la admiración de quien ha nacido con el don del buen porte, de la elegancia innata. Antes de que pudiera levantarse, Julianne se abalanzó sobre ella para abrazarla y susurrarle al oído que estaba orgullosa de ella. Gala lo sintió como si un martillo la clavara en la tierra; se le empañaron los ojos y enmudeció por completo por la irreconocible muestra de afecto. Fueron apenas dos instantes, lo suficientemente rápidos como para no incomodar ni forzar una respuesta de Gala; Julianne se dejó llevar por el impulso; le dijo a su hija que la quería y coronó la escena con un tímido pero intenso abrazo. Salió al patio a contemplar las estrellas y respirar ese aire que, en el fondo, tanto había echado de menos, como cuando Román le contaba que ese era el perfume que da la tierra cuando goza de buena salud y ella terminaba siempre poniéndole carotas de desagrado pero sonriendo al mismo tiempo.
Gala se quedó con la mirada perdida y el cuerpo pesado, incapaz de levantarse ni procesar lo vivido. Se sentía demasiado frágil para soportar sin lágrimas ver cumplido uno de sus sueños de infancia: que su madre se le acercara y, con un abrazo, le susurrara al oído que la quería. Un momento verdadero de corazón tiene el poder de arrasar con lo artificial para el alma y, aquella noche, Gala sintió la desnudez del amor verdadero, aquel que vela aunque a veces magulla, que está presente incluso en su ausencia, y que retorna porque jamás se fue lejos. Se tomó su tiempo para recomponerse y reunir fuerzas para levantarse del orejero, Julianne esperaba fuera sin prisa, saboreando los recuerdos que sobrevolaban su mente, pisando aquella casa de nuevo. Después de vivir su exorcismo sanador en el cementerio, decidió que había llegado el momento de entrar en Can Xatart, que ahora pertenecía a su hija si conseguía convencerla de que abandonara sus intenciones de desposesión. Se recorrió a solas todas las estancias, comprobando que en La Muga el tiempo corre a otro ritmo, y disfrutó al contemplar las fotografías de los muertos.
Agnès y Francisca habían colocado los nombres en un bote de cristal como cada año para elegir su compañero de mesa. La tradición marcaba que la más anciana coronaba la mesa y, en el sentido de las agujas del reloj y echando mano de los papelitos, se organizaba la mesa principal. Esperaron a que llegaran Gala y Julianne, que pasara la impresión de reencontrarse con la Marlborough después de tantos años; Amat rompió el silencio ofreciendo a las recién llegadas una copa de vino. La Roja evitó mayor intimidad pidiendo que comenzara el juego de mesa. La Guapa era la encargada de estrenar la mesa y coger papelillo.
—¡Tomasa!
Agnès disfrutaba junto a su marido Jacinto de ver cómo las caras de los comensales se desfiguraban cuando la fortuna les colocaba al lado de alguien con quien apenas se hablaban durante el año. Era el caso de La Rica y La Guapa, enemigas reconocidas, pero en la paz y el respeto.
Julianne se sentó al lado de Amat y, aunque quiso cambiar su lugar por el de Gala, La Roja protestó por el intercambio y evitó que su hijo y Gala cenaran pegados. Los niños disfrutaron de su mesa aparte de los adultos, con otros niños de familiares del pueblo. El vino corrió en la misma proporción que las risas y el volumen del habla. Tranquilidad medida…
Se acercaba la medianoche, encendieron el pequeño televisor portátil que siempre preparaba Vicente para seguir las campanadas. Repartieron las uvas, no fuera a ser que les pillara desprevenidos, y siguieron departiendo anécdotas en la mesa. Gala y Amat se siguieron con la mirada, aunque no se atrevieron a levantarse de la mesa a pesar de estar ya en los postres. Gala observó a Amat bajo la atenta mirada de su madre que, para su sorpresa, había resultado ser la invitada que recibió por parte de todos las mayores atenciones. Nalda fue un aparte en eso, pues a pesar de las pataditas por debajo de la mesa de su Vicente, no le dedicó un gesto amable en toda la cena. No quiso forzarse para evitar que más de un insulto sobrevolara y terminara cortando el ambiente.
—A mí no me caben doce uvas en la boca…
Adele estaba preocupada porque no le salía lo de tragarse una uva por campanada. Marc intentaba animarla, pero ella se sentía frustrada, porque sabía que no se cumpliría su deseo si no se metía la última uva con la duodécima campanada. Con los nervios, apenas había cenado presa de la frustración, pues lo habían ensayado por la tarde varias veces y nunca había conseguido la gesta. Tenía la boca demasiado pequeña y no masticaba con suficiente agilidad como para dar espacio a tantas uvas. A Joana le divertían los pucheros de Adele; no había conocido a nadie que se tomara tan en serio lo de los deseos y las doce campanadas. Pero la respetaba, porque cada sueño es único y nadie es lo suficiente como para juzgar lo ajeno, aunque se caiga en el vicio de hacerlo con asiduidad.
—¿Y si te damos a ti las uvas más pequeñas? Quizá te ayude…
Adele levantó la mirada, aunque mantuvo los brazos cruzados para escuchar la teoría de Joana; a lo mejor era un problema del tamaño de la uva y no de su masticar. Con ayuda de Kate, Aleix y Marc consiguieron convencer a la pequeña Adele de que podía conseguirlo. No es fácil hacer que la magia surja en las personas, pero conseguirlo es uno de los mayores placeres. La pequeña volvió a sonreír y a regocijarse en su deseo; para ello cerró los ojos con fuerza, apretó la boca, los puños… y pidió creyendo que los imposibles no existían. El resto siguió el juego de Adele y aprovechó para dejar que la magia inundara la mesa. Aleix tomó por debajo de ella la mano de Kate, que no se atrevió a abrir los ojos en minutos, provocando la carcajada del grupo. Aleix la miró y le sonrío confesándole al oído.
—Algún día, te construiré una cabaña…
Kate se sintió halagada y sorprendida por la propuesta. No supo reaccionar y, del susto, despegó su mano de la de Aleix y giró cabeza por timidez y falta de respuesta.
—Cinc minuts! (—¡Cinco minutos!)
Vicente se levantó para comenzar la cuenta atrás. Todos aprovecharon para brindar y despedirse de 2012. La Roja alzó su copa para recordar los buenos momentos del año.
—Vull brindar per la meva amiga Amelia!!! (—¡¡¡Quiero brindar por mi amiga Amelia!!!)
Clavó la mirada en Julianne, los demás dejaron el brindis e hicieron mutis, incapaces de encontrar la vía para cortar la incomodidad del momento. Nadie tuvo que rescatarla, porque también por impulso Julianne se levantó sin pestañear y juntó su copa con la de Nalda sin despegarse las miradas. El comedor enmudeció, todos los cubiertos se suspendieron en el aire para evitar siquiera el roce con el plato; muchos contuvieron la respiración, otros tragaron saliva augurando el desastre.
—Por… Amelia y… por Román Xatart.
Le salió una voz temblorosa, dubitativa, pero consiguió completar el brindis y, después de unos segundos, lograr que todos se sumaran a él de pie y con toda la emoción contenida.
—Un minut! Neeens, el raïm!!! (—¡Un minuto! ¡¡¡Niñooos, la uva!!!)
Llegaba el final para el 2012, ese año que, como otros, había cosechado desgracias, adversidades y regalos benditos caídos del cielo. Todos se fueron agolpando con las doce uvas en la mano cerca del pequeño televisor que Kate bautizó como un vintage paleolítico. Gala aprovechó la ocasión para estar cerca de Amat; Julianne hizo lo mismo con Gala; Pau, con su compañero, se acercó también a su madre Úrsula, a la que, a pesar de todo, seguía adorando. Todos hicieron piña esperando a que sonaran los cuartos, unos cuantos comenzaran erróneamente y, tras ellos, se iniciaron las campanadas. Amat cogió a Gala y la llevó escaleras abajo hasta el porche.
—Nos vamos a perder…
—Es más bonito con nuestras campanadas…
Los dos esperaron a que el campanario del pueblo comenzara a cantar. Gala ya se llevaba la uva en los cuartos y, con ternura, Amat la previno. Marc miró a Adele, regalándole su fuerza y lanzando su deseo antes de tiempo: «Que Adele consiga tragarse las uvas». No había nada más importante para él que ver a su amiga cumplir con llevarse a la boca la uva en la duodécima campanada. La magia sobrevolaba el ambiente, regalando sonrisas, nervios y retortijones de última hora.
Se hizo el silencio. ¡Dong! ¡La primera! Durante doce segundos, se concentraron en engullir y poco más. En llegar al final sin nada en las manos y la boca llena. ¡Dong! ¡La séptima! Joana siempre hacía trampa y, a la que podía, engullía dos de un solo golpe para asegurarse de que terminaba con todas en la boca. A Kate le salía un hilillo de jugo por la comisura, porque era incapaz de tragar sin que la escena le provocara risa. ¡Dong! ¡La undécima! Amat miró a Gala antes de soltar la última uva como queriendo compartir con ella su deseo, pero aprovechándose de tener la boca a reventar para dejarlo suspendido en el aire. Gala cumplió con las doce, como Adele, como Julianne… Todas menos Kate, que casi se ahoga de la risa repentina que le entró de ver a todos engullendo como Gremlins uvas y mirando fijamente al televisor.
Todos se precipitaron al brindis, previo a los besos. Todos menos Gala y Amat que, escondidos del resto, decidieron alargar el beso y comenzar el año con fuego en el cuerpo. Gala se dejó llevar por el extraño deseo que aquel hombre despertaba en ella, por la necesidad primitiva de ser abrazada, por la inconsciencia de sellar la venida del nuevo año con el juego revoltoso, torpe y precipitado del primer contacto de sus lenguas, contenidas de pasión. Se habría dejado levantar las faldas allí mismo e invadir sin preámbulos, porque el deseo siempre es adolescente y le echa más instinto que cabeza; Amat habría recorrido con el deseo retenido los senos de Gala y la habría desnudado, dando rienda suelta al éxtasis del momento, pero, en un atisbo de cordura, se apartó de ella conservando su saliva todavía en la boca. Gala le imploró con la mirada que desoyera a la razón, pero Amat decidió tirar de extintor y apagar las llamas.
—Será mejor que subamos…
Desapareció arreglándose la camisa y bajando la cabeza para evitar cruzar la mirada con Gala que, después de la escena, se quedó un buen rato recostada en la pared sin entender lo sucedido. «¿Acaso no le gusto?». Nuevamente la había dejado a las puertas y había salido corriendo dejándola con ese palpitar en el bajo vientre. Necesitó unos minutos para recomponerse, para que le bajara el rubor y el olor a sexo y a feromona suelta. Calmó como pudo su descontrolado deseo en aquellas caballerizas de ver cómo su cuerpo se fundía con el de Amat formando eses, curvas que componen melodías únicas para la pasión. ¿Qué le ocurría? ¿Y a él?
Subió para toparse con la estricta mirada de La Roja, que, desde que vio subir a su hijo, estaba esperándola para confirmar sus sospechas. Se había producido el encuentro, la temida fusión de almas y, por la experiencia de años y vida, los dos habían abierto agujero. Julianne le ofreció una copa a Gala con la complicidad de saber también lo ocurrido; se arriesgó a brindar y ser rechazada.
—Happy New Year, darling! (—¡Feliz Año Nuevo, cariño!)
Gala miró a su madre, se bebió la copa sin brindar y, sin poder evitarlo, se lanzó a sus brazos, tirando la copa de Julianne al suelo sin que a nadie le importara. Madre e hija se fundieron durante minutos en un abrazo sabio que hablaba más allá de las palabras. Kate corrió a hacer melé con ellas presa de la emoción de la escena y de haberse tomado ya dos copas de cava a escondidas. Adele siguió a su hermana e invitó a Marc a sumarse para aprovechar el momento. Joana fue la siguiente y, como una cadena humana, uno a uno se fueron sumando hasta construir un gigante abrazo de amor, de perdón y de mucha vida. La Santa pensó en esa melé humana, en su centro de romero y sus propiedades para invitar al recuerdo, a retener en el cajón de la eternidad ese momento de sellado de heridas y confesiones aladas. Habría durado mucho más si no hubiera sido por el repentino desmayo de Adele. La pequeña se cayó en redondo al suelo, provocando de inmediato un rompimiento de filas y el pánico de Gala al ver que su hija no despertaba.
Amat cogió las llaves del coche del abuelo Vicente y, sin pensarlo, metió en el coche a Gala, Julianne y Adele. No había tiempo que perder y era mejor correr al hospital de Figueres, que estaba a menos de diez minutos en coche.
Gala lloraba en el interior, sintiendo el frágil respirar de su hija y la imposibilidad de hacerla volver. «¿Había entrado en coma? ¿Qué estaba ocurriendo?». Su cabeza estallaba de culpa por no haberse ocupado ni dado importancia excesiva a los mareos y debilidad de la pequeña. Si algo le ocurría, no se lo perdonaría jamás. Julianne intentaba tranquilizarla, pero sus conocimientos en medicina eran nulos y no se atrevía a negar que algo grave le hubiera ocurrido a la pequeña.
A los pocos minutos, otro coche salió en comitiva con Joana y Kate en dirección al hospital. Kate había enmudecido, apenas pestañeaba, era como si el pánico le hubiera congelado el alma. Joana abrazaba a su amiga y le acariciaba el pelo, pero no se atrevía a más.
Cuando alguien no reacciona… no es augurio de buenas nuevas…