Capítulo 4 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Querida Gala…».
Gala tuvo que leerlo varias veces para procesar que aquello que tanto le había costado abrir iba dedicado a ella. ¿Cómo era posible? Estaba cerrado con candado y aquella tinta llevaba muchos años impregnada en aquel amarillento papel. «¡Seguro que me he equivocado al leerlo!».
Querida Gala Xatart Marlborough (aunque tu madre cambiara el orden de los apellidos, para mí siempre fue así y siempre lo será: antes Xatart que Marlborough):
Volvió a cerrar el antiguo cuaderno y se lo llevó con fuerza a su pecho. ¿Cómo era posible que su tía abuela le dedicara aquello? ¿Cómo podía imaginar que ella daría con él y, mucho menos, que lo abriría? Se apresuró a cerrar la puerta del desván y acurrucarse en la mecedora de madera; se había convertido en uno de sus rincones preferidos de aquella casa. Kate y Adele dormían la siesta y, si no calculaba mal, gozaba de un par de horas para ella sola antes de ir a VellAntic a preparar la subasta de muebles. Se meció durante unos minutos, contemplando aquel enorme altillo abuhardillado con paredes de piedra y vigas de madera, entreviendo cómo un hilillo de luz cegador y blanquecino se colaba por la única ventana que decoraba lo alto del techo. Sintió en su pecho el calor que desprendía aquella libreta, aquella especie de carta que su tía abuela había escrito al parecer por y para ella. Dudó en reabrirla, lo hizo sin mirar, palpando cada hoja, sin atreverse a bajar la cabeza… sabía que no había llegado tan lejos como para echarse atrás; algo desde su interior le pedía seguir leyendo. ¿Y si luego se arrepentía? ¿Qué podía contener como para tenerle miedo? Dejó las dudas para el desagüe y prosiguió.
17 de noviembre de 1977
Querida Gala Xatart Marlborough (aunque tu madre cambiara el orden de los apellidos, para mí siempre fue así y siempre lo será: antes Xatart que Marlborough):
Quizá esta sea una de las cosas más difíciles que me proponga hacer. Escribirle a una niña (ahora tienes cinco años) para que, cuando sea una mujer y yo una difunta, cuando llegue ese día, lo leas. Menuda locura, ¿verdad? Si estás sentada leyendo estas líneas y yo ya he dejado este mundo, hazme un favor: ¡no lo dejes a la mitad! Si decides empezar a leer, llega hasta el final. ¿Qué puede ocurrir si lo haces? Nada… habrás complacido a una muerta que un día como hoy decidió escribirte.
Gala cerró de nuevo el cuaderno. ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Pactar con una difunta? Aquel cuaderno era bastante grueso, ¿por qué tenía que sentirse obligada a terminarlo? No le apetecía comprometerse, desconocía su contenido y, desde pequeña, siempre le habían enseñado a mirar el caramelo antes de ponérselo en la boca. Se balanceó con rabia, no le parecía justo. ¿Dónde estaba el trueque? ¿Qué ganaba ella? Si leía y dejaba a medias ese cuaderno, ¿quién se iba a enterar? Sonrió por estar dándole vueltas, estaba claro que no iba a comprometerse. ¿Qué había de malo? ¿Quién era esa mujer para imponerle condiciones desde la tumba? Paró en seco y, con el pie en la mecedora, volvió a abrir el cuaderno con el ímpetu de ser ella la que llevaba el control y decidía sobre su vida. Pasó las hojas desafiante, torciendo la boca y clavando la mirada en el papel; tomando cada vez más velocidad, como si se tratara de un cuaderno de dibujos en movimiento. Al llegar al final, se levantó de un impulso de la mecedora y, con brusquedad y precipitación, se acercó a la antigua cajonera; abrió con violencia el cajón donde había encontrado el cuaderno, lo dejó de nuevo y lo volvió a cerrar con tal ímpetu que casi se pilla los dedos. Dio varias vueltas por el desván, con las manos en la cintura, girando nerviosa sobre sí misma y, aunque lo intentaba, era incapaz de perder de vista el cajón. Estaba exaltada, enfadada con su difunta tía abuela; en el fondo, estaba rabiosa con el mundo, le afloraba el mismo sentimiento que cuando no controlaba una situación y otros decidían por ella. Ese sentimiento la acompañaba de pequeña, sabía reconocerlo porque los puños se le cerraban con tal fuerza que sentía cómo las uñas, clavadas en la palma de la mano, le hacían heridas más o menos profundas, en función de la impotencia acumulada.
¿Qué debía hacer? Pasado el patético momento de autorreafirmación ante la voluntad de una difunta, abrió las manos, destensó la espalda y volvió a desplomarse en la mecedora, incapaz de olvidarse del maldito cuaderno. «¡Ojalá no lo hubiera encontrado nunca!». Se puso la mano en el pecho y trató de calmar su respiración, cerrando los ojos pero sin poder dejar de visualizar el maldito cuaderno. A Gala, como a media humanidad, la curiosidad siempre la había llevado por el mal camino. Cuando tan solo era una niña, en Boston, casi termina ahogándose por robar con su primo Eduard una barca de remo de los universitarios y probar la excitante experiencia del remo. La historia terminó en menos de dos horas, río Charles adentro, con los dos niños exhaustos y a punto de volcar, teniendo que ser rescatados muertos de frío y de miedo. ¡La curiosidad! Esa misma que estaba a un paso de llevarla de nuevo al cajón, al cuaderno y a proseguir con la lectura. No consiguió ni llegar a veinte y… ¡ya! De nuevo reabriendo la primera página y buscando con mirada ansiosa el punto en el que se había quedado.
Hace una semana que tu padre ha muerto, hace una semana que no hallo consuelo para tanto dolor. Desde que regresé de Boston, adonde llegué demasiado tarde para acudir al entierro de tu padre, no he salido de la casa; se ha convertido en mi refugio, en mi santuario de lágrimas. En este encierro he comprendido que en los atisbos de locura está la máxima expresión de la sensatez. Por eso te escribo, por eso me siento en esta vieja silla a confesarme a mi única familiar viva que eres tú, mi pequeña Gala.
Siempre he sido una mujer de echarse la vida a la espalda y cargar con todo tipo de piedras sin lamento alguno. Los Xatart somos de sangre espesa y piel dura, mutamos como las salamandras, sobreviviendo a cualquier circunstancia, por difícil que sea. Pero esta se me ha echado encima demasiado temprano; no es fácil encajar la muerte de tu padre. ¡Solo treinta y cinco años y tanta vida por delante! Pienso que por vivir en la mentira nuestro destino fue estar separados, pues ese destino siempre terminaba arrancándomelo de los brazos.
No sé cuántos años me quedan por vivir, al menos espero llegar a ser octogenaria. ¿Sabías que todas las mujeres de esta familia lo han sido? Todas, menos mi hermana. Ese capítulo te lo contaré más tarde. Aunque no me importaría que la muerte merodeara y se me llevara con ella. Desde que tu padre murió, he dejado de tenerle respeto a la vida, y mi abuela, que era mujer de pocas palabras, siempre decía: «A la vida, respecte, nena!» («¡A la vida, respeto, niña!».). ¿Tú se lo tienes, mi niña?
Qué extraño hablarte desde el pasado y qué difícil contarte desde un papel…
Tengo cincuenta y tres años ahora, no me he casado nunca y no creo que lo haga. Amar, amé, y espero volver a hacerlo, pero llevo demasiado tiempo sola como para ofrecer mi tiempo a un hombre. No te alarmes, mi niña… Seguramente este recién estrenado futuro de libertades pueda cambiar las cosas y se podrá estar en compañía sin sometimientos de un sexo sobre el otro, pero en mi tiempo ese planeta no existe. Los derechos en este país se van ganando a costa de mucho sufrimiento; venimos de una guerra que dividió España, enfrentó a hermanos y familias que se mataron unas a otras. Mi familia resultó vencida y pagó tierras y pobreza por ello. Lo perdió todo salvo la casa; esta casa que tú heredarás algún día. ¿Qué te debe de importar a ti todo esto, verdad? Seguramente, hasta que yo no me muera, no pisarás esta tierra y apenas habrás oído hablar de ella. Tu buena madre se habrá encargado de borrar cualquier huella de tu padre y, por supuesto, de mí…
Gala estaba conteniendo la respiración; era tal el impacto que aquellas palabras le provocaban que se olvidaba incluso de respirar. Las preguntas se le acumulaban en el interior, pero su cerebro estaba demasiado ocupado en digerir, en transformar aquella lectura en real, en verdadera. Tenía toda la sangre en el estómago; movió un pie que de la mala postura se le había quedado dormido; sintió el dolor de sus dedos por la fuerza con que se agarraban a aquel recién estrenado diario. No era dueña de su voluntad quien a ciencia cierta hubiera deseado cerrarlo para siempre para evitar el desastre de conocer una zona oscura de su vida; de desvelar lo oculto, de hacer brotar aquello que durante tantos años quedó bajó tierra. «¿Qué tiene que ver mi madre?». Sus ojos pestañearon unas cuantas veces para humedecerse y prosiguieron con la lectura.
No quiero hablar desde el rencor ni el odio. ¡No quiero! A veces es tan difícil respetar… En mi familia la madre es la punta del iceberg, el pilar donde apoyarse, el sustento, la fuerza y la estabilidad. En este lugar hace mucho tiempo que descubrimos que la tierra es de las mujeres y, por encima de todo, hay que respetarlas. Así que perdóname si en algún momento falto a tu madre. No quiero hacerlo, pero la herida está todavía abierta y, en estas primeras páginas, puede que, como mínimo, se me escape maldecirla.
Siento el peso en mi cabeza, no sé si realmente lo que escribo te llegará algún día, pero me calma escribirte. ¡Será nuestro pequeño secreto! Vaya tontería, si tú no sabes ni siquiera de mi existencia… Apenas te pude dar un abrazo de los que se hacen eternos, apenas me miraste, pero me rodeaste con tus bracitos y te sentí por unos instantes. ¡Me supieron a gloria! ¡Qué bonito sentirte! Sé que no te voy a volver a ver, que tu madre obviará mi existencia. No juzgo su decisión, suficiente tiene con haber perdido lo que más ha amado, pero no puedo evitar que duela. Me he pasado media vida renunciando en nombre del bien y solo he recogido tormentas. Un drama sobre otro… Las mentiras llegaron demasiado lejos en esta familia, en la vida de tu padre y en la mía, y quiero evitar que parte de tu vida sea también una mentira.
He decidido escribirte en esta libreta para que no olvides a tu padre, ni a mí ni a esta familia que también es la tuya. ¡Qué difícil! Qué complicado es expresar… Cuando se lleva tanto tiempo silenciando, incluso las palabras se esconden.
No sé si, cuando leas esto, serás madre… Y qué tendrá eso que ver, ¿no? Se me seca la garganta y me tiembla el pulso al confesarme ante este papel del que, por unos instantes, ando tentada a destruir. Que se lo lleve el fuego y deje de lado esta locura de escribirle a una niña para que, en un futuro, esa niña convertida ya en mujer lea mis confesiones. Cuesta escribir lo que soy, lo que siempre he sido y me obligaron a silenciar por el bien de tu padre.
Verás…
Cuando yo tenía quince años, este país seguía sangrando odio. Estaba dividido entre los Nacionales y los Rojos. Yo apenas entendía, solo repetía lo que mi familia decía: «A los Nacionales… ¡ni mirarlos!». Ellos se llevaron al abuelo y lo fusilaron cerca del paso fronterizo, porque ayudaba a los fugitivos a cruzar andando la frontera con Francia. Mi padre murió en la guerra y, aquel mismo día, a mi madre la abandonó el juicio. Mi abuela nos crio a mí y a mi hermana la mayor; era una mujer fuerte, de mucho carácter y, como ya te dije, de pocas palabras.
Al terminar la guerra civil, esa que perdimos —con el tiempo he comprendido que perdimos todos—, comenzaron las persecuciones, las acusaciones de unos vecinos a otros y traiciones por el bien de cada cual. Europa agonizaba en una guerra mundial y muchos fugitivos cruzaban a pie la frontera para huir de Hitler y se escondían en nuestras montañas y campos. Los militares Nacionales estuvieron un tiempo por el Ampurdán para cazar fugitivos y castigar con la muerte a aquellos que daban cobijo a intelectuales, judíos, homosexuales o rojos. Mi abuela cargaba con el odio de haber perdido a un hijo y al marido, pero por encima de ella estábamos mi hermana Marta y yo. Comenzaba a ser una anciana y necesitaba dinero para mantener a sus nietas. La única vía que encontró fue llenar la casa de «asesinos»; dar cobijo durante unos meses a soldados de Franco. —¿Cómo será visto Franco en el Futuro?—. Les preparaba la comida y les hacía las camas, a cambio de tener con qué alimentar a sus nietas y aspirar a conseguir recuperar un pedazo de huerto.
Mi hermana Marta tenía veinte años y estaba enamorada desde jovencita del mozo de las caballerizas. La guerra todo lo cambió, ¿sabes? Antes era impensable que mi hermana pudiera casarse con Damià, el chico que sacaba a pasear a los caballos, los cepillaba, limpiaba y daba de comer. Era hijo de un campesino de Cabanes, un pueblo de al lado, a quien el abuelo Lluc contrató siendo un niño para que llevara las caballerizas de la casa. ¡Solo había tenido un varón y lo necesitaba para el campo! La abuela Adelaida tuvo problemas para concebir, antes de tener a mi padre, sufrió cuatro abortos naturales y todos la creían estéril, incapaz de tener hijos. Así que Damià llegó de niño a la familia y enseguida surgió el amor entre él y mi hermana. Lo llevaban oculto; aunque todos lo sabían, nadie hablaba de ello. Ni siquiera ella… Su amor era imposible, porque su padre la obligaría a casarse con uno del pueblo, uno con un linaje parecido o superior al suyo. ¡Solo podía suceder un milagro! Para ellos lo fue la maldita guerra… y que su hermana pequeña, es decir, yo, se enamorara de un Nacional, perdiera la virginidad con él a escondidas y, por las zarpas del destino, me quedara encinta. Aquel soldado, Enrique, del que jamás podré olvidar su nombre, se fue con su ejército con una estaca clavada en el corazón: haberse enamorado de la mujer equivocada.
El amor…
No he dejado de pensar en él un solo día. Durante años tuve la esperanza de que volvería a por mí, ¿sabes? Pero hay que amar con mucha fuerza para eso y Enrique apenas tenía veintiún años y toda la vida por delante.
Su marcha fue celebrada por mi abuela y mi hermana; llorada por mí.
¿Qué ocurrió con el embarazo? Verás…
En aquellos tiempos, aunque nuestra familia gozaba de enseñar a todos a leer y escribir, había mucho desconocimiento de muchas cosas, sobre todo del sexo. No fui consciente del embarazo hasta que mi abuela me encerró en la cocina y me levantó las faldas, descubriendo la pequeña orondez que comenzaba a asomar por encima de mis caderas. Nunca olvidaré cómo con esos ojos de fuego me lo preguntó: «De qui és?» («¿De quién es?».). No sabía qué responder, porque no entendía la pregunta. Era tan solo una niña, apenas me había acostado dos veces y ¿cómo iba yo a saber que estaba embarazada?
La abuela me zarandeó varias veces hasta que rompí a llorar sin responderle, presa del pánico e incrédula ante la noticia de que un bebé se estaba gestando dentro de mí.
—De quant? Qui és? El conec? Vols parlar, dimoni? (—¿De cuánto? ¿Quién es? ¿Le conozco? ¿Quieres hablar, demonio?)
Arrodillada frente a ella y con la cabeza gacha, caí en la cuenta; visualicé al soldado de mirada luminosa, el único hombre con el que había estado era él.
—¡Enrique! —grité su nombre entre sollozos como una demente—. ¡Enrique! ¡Enrique! ¡Enrique!
—Shhh, calla, boja, que vols que ens senti algú? (—Chisss, calla, loca, ¿acaso quieres que nos oiga alguien?)
La abuela, sagaz de pensamiento, resolvió a gran velocidad el acertijo. Supo de inmediato que Enrique era el soldado Enrique. ¡Un Nacional! Se llevó las manos a la cabeza y se golpeó varias veces la sien, pidiéndole celeridad para saber cómo enfrentarse a la situación. Abortar era peligroso y estaba fuera de toda posibilidad. Mi abuela era muy religiosa y jamás se lo perdonaría.
—Ningú no pot assabentar-se d’això, em sents? Ningú! Haurem de buscar una solució a tot aquest merder! (—Nadie puede enterarse de esto, ¿me oyes? ¡Tendremos que encontrar una solución a todo este desastre!)
La abuela se puso muy nerviosa, pues eso podía ocasionar un gran escándalo y no quería que nadie se enterara. Durante unos días apenas me habló, apenas se cruzó miradas conmigo y me tuvo encerrada en la casa. No quería que nadie notara nada, nadie podía enterarse de mi embarazo. A la semana, me reunió en la salita y me hizo sentar a la mesa del brasero. Yo estaba asustada. Me había pasado la semana elucubrando cuál sería mi destino. Sabía que, dadas las circunstancias, la abuela Adelaida era capaz de todo. No dejó de frotarse las manos un solo instante mientras me contaba el plan que había urdido para salir del atolladero de mi embarazo. Yo la escuché sin pestañear hasta que las lágrimas me obligaron a hacerlo. No me dio otra opción que entregar al niño, renunciar a él y pasarme todo el embarazo metida en casa, simular una enfermedad y no ser vista por nadie. La abuela me convenció de que ese era el camino para poder casarme, tener una vida digna y no ser una desdichada.
—En aquesta família, ja he patit prou, em sents? (—En esta familia, ya he sufrido bastante, ¿me oyes?)
Muchas veces he pensado en esa conversación, tantas veces me he arrepentido de haber hecho caso a la abuela, pero… ¿Acaso podía elegir otra cosa? ¡Era una niña! Desde fuera todo se ve distinto, pero la vida te pone en encrucijadas en las que debes decidir en un chasquido de dedos y, aunque ese no fue mi caso, debía aceptar seguir a rajatabla el plan, que afectaba a toda la familia, a mi hermana Marta también. La abuela, como te he comentado, era una mujer religiosa y de buen corazón y, a pesar de ser el bebé de un Nacional, era un bebé y debía quedarse en esa familia. Así que buscó el camino y lo encontró en mi hermana y su amado Damià. Habló primero con ella y le explicó la situación, se ahorró lo del soldado Nacional (mi hermana jamás supo quién era el padre de la criatura). Su hermana pequeña Amelia se había quedado embarazada y, con quince años, no quería que fuera la madre de esa criatura.
—Jo sé que tu has intentat quedar-te més d’una vegada. A mi ningú no m’enganya, inclús sé que has tingut algun avortament. (—Yo sé que has intentado quedarte más de una vez. A mí nadie me engaña, incluso has tenido algún aborto.)
Era cierto que mi hermana Marta había intentado quedarse embarazada para poder casarse con Damià, por encima de los linajes estaba la honra y ellos se amaban y querían estar juntos. La abuela Adelaida sabía que lo habían intentado sin éxito; pero mi hermana había salido a la abuela: estrecha de caderas y poco fértil. ¡Mi embarazo podía ser la vía!
—Què vol que faci, àvia? (—¿Qué quiere que haga, abuela?)
Mi hermana escuchaba a la abuela con mucha atención. Ella sería la madre del bebé que gestaría su hermana pequeña (yo); simularía desde ese mismo instante un embarazo y, nada más nacer, se casarían. Pero nunca, ni Damià ni nadie podrían saber que ese hijo no era suyo. La condición era que su amado viviera convencido de que ese bebé era suyo y solamente suyo.
—Les mentides tenen les potes molt curtes, saps? Només ho podem saber les tres: ta germana, tu i jo. (—Las mentiras tienen las patas muy cortas, ¿sabes? Solo lo podemos saber las tres: tu hermana, tú y yo.)
La abuela decidió por las dos y cambió el rumbo de nuestras vidas para siempre. Yo estuve meses sin ver a nadie, recluida en el desván de la casa, donde la abuela instaló cama y escritorio.
Gala despegó la vista del cuaderno para observar el desván. Ese mismo espacio desde el que su tía abuela le contaba que había estado encerrada durante su… ¿embarazo? Necesitaba respirar, tomar aire para digerir toda la historia que aquella difunta había dejado escrita de su puño y letra y que estaba dirigida a ella. ¿Por qué era tan importante? ¿De qué iba todo eso?
De pronto la vista se le empezó a nublar; todo le daba vueltas; apenas sentía que el aire le llenaba los pulmones. Experimentó un leve sudor en las manos, golpecitos en el pecho; sintió el presagio del miedo, del terror de conocer más allá de lo que estaba preparada. Pero la fuerza de atracción que emitía sobre ella ese cuaderno fue superior a todo. Y prosiguió con su lectura…
Rocé la locura recluida en el desván. Viví como una prisionera, sintiendo cómo mi cuerpo se transformaba, cómo una vida crecía dentro de mí, bajo la supervisión de mi hermana y mi abuela. Marta simuló con escrupuloso talento su embarazo; fue a misa y le contó al cura su gestación y él mismo fue quien habló con la abuela para casar a la pareja. Damià estaba lleno de júbilo, esperaba un hijo y podría casarse, después de tanto tiempo, con la mujer a la que amaba. La abuela Adelaida tan solo puso una condición al enlace de Marta y Damiàn: que no se produciría hasta que naciera el bebé. En aquellos tiempos, eran muchos los neonatos que morían a las horas de nacer. El cura aceptó y los novios también.
Para evitar la deshonra en el pueblo, Damià viviría alejado de su prometida hasta que el bebé naciera. Aceptó sin entender esa última condición y, durante siete meses volvió a su pueblo, Cabanes, con sus padres. Desde que eran pequeños, no se habían separado y los dos creyeron enloquecer en la distancia. Se escribieron cartas de amor a diario y Marta le contaba, mintiéndole, detalles sobre su embarazo. Yo escuchaba algunas noches el llanto de mi hermana: por su amado y por el fingimiento. Parecía que no iba a llegar nunca, pero llegó la hora; rompí aguas bajo la atenta mirada de mi abuela y mi hermana, y grité con la fuerza de una leona asustada. No llamaron al médico, ni a la matrona; las mujeres parían en casa en la habitación ciega, la única que no tenía ventanas. Allí habíamos nacido la madre de mi abuela, mi abuela, mi padre, mi hermana y yo. Allí debía nacer el siguiente Xatart, auxiliado por mi abuela y mi hermana. Fue un parto poco complicado, apenas dos horas de gritos y empujones. Nada más cortar el cordón y coser la herida, la abuela me levantó de la cama ensangrentada y colocó a mi hermana. El sacerdote y Damià debían acudir y, en aquella misma habitación, casar a la pareja para evitar más deshonra.
Saliendo de la habitación, apenas me dio tiempo a saber qué había sido; mi abuela me cerró la puerta y me mandó al desván; simulando enfermedad, como todos esos meses. Con la sangre corriendo entre mis piernas, me metí en la cama y desfallecí entre lágrimas. Pasaron cinco días hasta que pude levantarme de la cama, abandonar el desvarío y retomar mi vida. En esos días, entre el sueño y el tormento, rogué a mi abuela que me trajera a mi hijo o hija. Que me lo dejaran tener unos minutos en brazos; ella me mandó callar, me dio brebajes para calmar mi angustia y, poco a poco, volví en mí. No volví a ser la misma; en aquella habitación ciega que me dio la vida, también me convertí en mujer de un plumazo. Bajé las escaleras de la casa, buscando a mi hermana, apesadumbrada y aceptando el maldito destino. Pero la abuela había urdido el plan hasta extremos impensables; mi hermana y Damià se fueron a vivir a una casita de los Brugat, a cambio de que el mozo labrara el campo y cuidara de los caballos. Pero el viejo Emilio Brugat, de ambición ilimitada, pidió a la abuela mucho más: quedarse con los únicos cuatro caballos que teníamos y que alquilábamos para el yugo.
La abuela no me dejó verlos en meses, hasta que estuvo segura de que el dolor se había hecho sólido, se había incrustado en mis entrañas y había dejado de ser un peligro para que enajenara mi mente y confesara todo. Durante esos meses viví como un fantasma, apenas abandonaba la casa para dar de comer a las gallinas y llevar a pastar las vacas de otros. La abuela me cuidó, me secó las lágrimas, pero jamás volvimos a hablar de aquello. Todo había terminado con el silencio y, con el mismo, sin derramar una lágrima, vi a mi hijo. ¡Un niño! ¡Un precioso bebé llamado Román!
«Mi… ¿abue… la?».
Gala no acertaba a comprender lo que acababa de leer; sabía que era una ecuación de las sencillas, como sumar dos y dos y llegar a cuatro, pero acababa de entrar en estado de shock. Estado en el que se puede padecer un ataque de pánico, de ansiedad, o cualquier tipo de parálisis o tic. A ella se le manifestó en el parpadeo constante de su ojo derecho; solo se le había disparado en momentos cruciales de su vida; como cuando le dijo «I do!» («¡Sí, quiero!».) a Frederick. La parálisis fue inducida, necesitaba concentrarse en su respiración, no mover un solo músculo, para evitar ir a mayores.
Adele entró en el desván, oteando el lugar, como cuando un conejo sale de su madriguera. Era la primera vez que subía y, recostando la cabeza en el marco de la puerta, comprobó con deleite que acababa de descubrir algo tan preciado para ella como el tesoro de Tutankamón. Se quedó a media palabra de su madre: «Mooo…», haciendo de la última eme una eme aspirada, maravillada por el hallazgo. Gala ni se percató de la presencia de su hija pequeña, pues seguía ensimismada, apenas sin respirar en la mecedora y con el cuaderno abierto frente a ella. Adele pasó de puntillas y no desaprovechó la ocasión para remover y fisgar en las cajas que habían quedado abiertas. Se sentó en el suelo y se entretuvo con unas fotos antiguas, descartadas por su madre. Al contrario que Gala, Adele sentía una terrible curiosidad por las fotos en blanco y negro, le parecía que pertenecían a un mundo muy distinto al que ella conocía; las fotos —como los vídeos— mostraban una vida que fue y jamás volverá. Las inspeccionaba al dedillo, viendo la ropa que vestían, sus peinados, los lugares, las casas, los accesorios. Le encantaba imaginarse el momento captado y jugar a adivinar quién era quién en esa escena: marido y mujer, banquete de familia, comida en el campo, baños en el río, nacimiento de un hijo… Las fotografías, al contrario que los vídeos, son escenas congeladas y mudas que dan la justa información para que eche a volar la imaginación. Adele se lo estaba pasando en grande; había localizado una caja donde había cientos de fotografías, apiladas, sin álbumes, sueltas una sobre la otra; sin ningún orden aparente. Las miraba todas saciando su tremenda curiosidad por una época que solo reconocía en las películas. Al girar una fotografía de un tamaño superior a las otras, sintió cómo los ojos se le salían de las órbitas. Era un retrato de una mujer de media melena ondulada, cubierta por un pequeño tocado. Adele alejó la fotografía para ver con mayor distancia aquel retrato. ¡No había duda! ¡Aquella mujer era idéntica a su madre! Se levantó de un brinco y toda exaltada corrió al lado de Gala para mostrarle el curioso hallazgo. Gala seguía petrificada, digiriendo todo la historia que acababa de leer. Adele tuvo que golpear un par de veces con insistencia el hombro de su madre para que reaccionara.
—¿Lo ves?
Gala no entendía a su hija; tardó unos segundos en poder fijar la mirada en la fotografía que Adele portaba. «¿De qué iba todo aquello?». Arrugó la frente hasta que sus ojos se abrieron de incredulidad ante tamaña aparición.
—Eres tú, pero de otra época. ¿A que sí?
Aquella mujer de labios semigruesos y mirada triste y profunda gozaba de un increíble parecido con ella. En esa fotografía, esa mujer debía de tener la misma edad que tenía Gala, año más año menos, aunque con las fotografías antiguas nunca se sabe… Lo que sí era cierto es que eran como dos gotas de agua, pero de distinto tiempo.
—¿Quién será? ¿Tú crees que se trata de la tía abuela?
Adele estaba hecha una máquina de hacer preguntas, Gala de silenciar las respuestas y Kate, recién despertada de la siesta, no daba crédito a lo que veían sus ojos. Si su madre se recogiera el pelo, se hiciera esas medias ondas, con la raya al lado y se colocara un tocado y se pusiera medio de perfil… sería exactamente como aquella mujer del retrato que sostenía Adele. Se tapó la boca para evitar que la gracia fuera sonora; pero sin duda el hallazgo daba cierta impresión.
—¿Por qué te pareces tanto a esa señora? ¿Puede haber un parecido tan grande entre familiares lejanos?
Gala estaba demasiado alterada como para contestar a sus hijas con la verdad que acababa de descubrir. Su famosa tía abuela Amelia Xatart, resultaba ser su ¡abuela! La madre de su padre, de la que, al parecer, había heredado la mayor parte de los genes que determinan el aspecto físico. Tomó la fotografía de un corto estirón de dedos, la utilizó de punto de libro para el cuaderno y, sin darle mayor importancia, invitó a las niñas a salir de allí.
—¿Qué estabas leyendo? ¿Ocurre algo?
Kate se había percatado del misterioso cuaderno, y el repentino silencio de su madre le hacía sospechar que algo ocurría pero que se lo ocultaba. Aborrecía cuando su madre le escondía cosas, ella no era una niña como Adele y no era fácil de engañar. Gala preparó en silencio la merienda de las niñas y, al salir al jardín, descubrieron un nuevo saco, recostado sobre la verja y atado con una misma cinta roja, con un ramito de bolas blancas, acompañado de una tarjetita. Kate y Adele, no sin esfuerzo, lo llevaron a la cocina para que su madre cortara la cinta y pudieran ver el contenido. ¡Era mucho más pesado que el anterior!
Descubrieron cuatro botellas de vino y una quinta que parecía espumoso champagne, llamado ¿«Cava Brut Nature Forgas»? Desde que había bajado del desván, Gala estaba poco expresiva, todo parecía darle lo mismo, era como si su cabeza estuviera en otro lugar. Ni siquiera se percató de la tarjeta; fue Kate quien, tras deshacer el lazo, la leyó.
—«Acepta este saquito de poder, repleto de riqueza de la vid. ¡Bienvenida!».
En este pueblo la gente actuaba de forma un tanto peculiar, dejando misteriosos sacos con regalos y sin identificar. Kate andaba un poco perdida; Adele, en cambio, estaba encantada con el nuevo acertijo de ¡los saquitos de poder! «¿Quién los mandaba? ¿Pertenecían a la misma persona?». Estaba segura de que Marc le podía ayudar en todo aquello y, de esa manera, como buena scout, sorprender a su hermana y a su madre resolviendo el misterio.
Sonó el timbre de la puerta y Kate corrió a ver quién llamaba; eran Nalda La Roja, su hijo Amat y su nieto Marc, los tres habían quedado en pasar a recogerlas, tenían que dejar todo listo para la famosa subasta de muebles que Gala había organizado para la mañana siguiente. Kate les abrió la verja y les invitó a pasar. Nalda le dio un pequeño cachete en el cogote al pasar.
—¿Qué? ¿Se te ha tragado la lengua el gato? ¡Se saluda!
Kate se quejó en forma de gruñido. Amat sonrió y Marc le dedicó una mueca divertida, a la que Kate contestó sacándole la lengua. No le apetecía nada ir al pajar a recolocar muebles viejos. Le horrorizaba el plan, pero la alternativa, explorar lo ya explorado, le parecía peor. Adele saludó con una amplia sonrisa y cierto rubor a Marc, que reaccionó con el mismo fuego en las mejillas. Los dos subieron a la planta de las habitaciones y se frustraron en el intento de subir al desván. ¡Estaba cerrado! Su madre había echado la llave y se había quedado con ella. Adele quería enseñarle a su amigo el descubrimiento del retrato de aquella mujer que era como su madre. Se lo contó a pie de escalera, escondidos del resto y haciendo de cualquier rincón su madriguera. A Marc no le sorprendió lo que su amiga le contaba, pues su abuela Nalda le había dicho que la madre de Adele era muy parecida a La Xatart. Adele se sorprendió de la naturalidad con la que Marc contaba aquello.
—¿Tú la conociste?
—¿A quién?
—A La… Xatart.
Marc le contó a su amiga que no solo la había conocido, sino que era una de las mejores amigas de su abuela. Él no veía el parecido con Gala, La Xatart era ya una anciana, llena de pliegues y arrugas, pero su abuela llevaba repitiendo lo mismo desde que habían llegado. «¡Son clavadas! ¡Cla-va-das!». El resto le dejaba que lo repitiera una y otra vez, y a todas horas. Lo que él recordaba de La Xatart era una mujer de mirada penetrante y muy parca en palabras.
—¿Parca en palabras?
No era como su abuela, que siempre estaba discurso arriba, discurso abajo; La Xatart era de escuchar, silencios eternos y respuestas muy cortas. Era una mujer delgada, de cuerpo muy huesudo y mucho más alta que su abuela. Tenía el pelo blanco y ondulado, y siempre llevaba unas grandes gafas de concha marrón. Adele estaba intrigada por saber más cosas de la tía abuela de su madre, pero Marc no sabía mucho más.
—Si quieres saber… pregúntale a mi abuela, ella seguro que te lo cuenta todo.
Los dos bajaron las escaleras de dos en dos al grito de guerra que el tío Amat siempre le hacía a Marc cuando debía aparecer en menos de diez segundos si no quería una buena reprimenda. Nalda había preparado un plan B para los niños, ir a ver a Cecilia, conocer a la yegua embarazada y luego volver a la casa, encender la chimenea y contar historias frente al fuego con una buena taza de chocolate caliente. Adele y Marc levantaron los brazos de la emoción, Kate en cambio bajó la cabeza con un resoplido de desagrado. Gala agradeció a Nalda las molestias, agradecimientos que apenas quiso escuchar; ella le había prometido a su gran amiga Amelia Xatart que cuidaría de los suyos como si fueran de su familia y estaba dispuesta a hacerlo.
El grupo se separó, marchándose en direcciones opuestas. Amat y Gala apenas hablaron durante el camino. Gala, sin la presencia de sus hijas, aprovechó para desinflarse y dar rienda suelta a su estado de shock. Amat la observó desde la distancia, no la perdía de vista y, aunque tenía la certeza de que algo le ocurría, prefirió no preguntarle y respetar su silencio. Los dos, sin apenas mirarse, recolocaron en un par de horas todos los muebles. Fue imposible eliminar todas las pilas, había demasiados muebles y, si no usaban el terreno fuera del pajar, algunos tendrían que quedarse encima de otros. La discusión comenzó con la numeración y el precio adjudicado a cada uno de ellos. Gala bajaba a más de la mitad el precio estipulado y a Amat se le abrían las carnes. Habían dividido en dos el pajar, marcado por una línea divisoria de tiza blanca dibujada en el suelo, la zona más cercana a la puerta eran los muebles de Gala y, del fondo a la mitad, eran los de Amat. Parecía sencillo, pero los gritos de ambos comenzaron a subir de volumen a medida que Gala recortaba en precios. Esa mujer estaba dispuesta a malvender verdaderas piezas de museo y cientos de horas de trabajo; estaba claro que poco había cambiado en esos días, incluso había ido a peor. Impotente ante la nula sensibilidad de su socia, se sentó en un viejo taburete a anotar en una vieja libreta, con la rabia de tres puntas de lapicero rotas, los nuevos precios que marcaba Gala. Una vez los tuvo todos numerados y etiquetados, ella se dirigió a Amat y, con desprecio soberbio, le preguntó cuánto era en total. Sin despegar la vista de la libreta y con la calculadora en la mano, tardó unos segundos en dar la respuesta.
—¡Trece mil quinientos euros! ¿Satisfecha?
Gala ni siquiera se dignó a contestarle, solo se entretuvo en calcular el cambio de euros a dólares. Casi doce mil dólares no era una fortuna, pero suficiente como para ir pensando en el negocio que deseaba montar. Amat la miraba, intentando dar con la grieta, el resquicio que resquebrajara la capa de hielo que impedía transpirar cualquier asomo de sentimiento en aquella mujer. No estaba en el mejor momento para intentarlo, cuando la rabia desborda es mejor retirarse a riesgo de salir salpicado. Apretó los nudillos contra la madera lateral del taburete para evitar escupir cualquier insulto del que después se arrepentiría. Respiró a trompicones, incapaz de llenar de una tacada los pulmones, decidió retirarse y dejarla por imposible. Recogió en silencio sus cosas y se dispuso a abandonar el pajar; cuando estaba a punto de cruzar el gran portón, oyó el tenue reclamo de Gala en forma de hilillo de voz.
—¿Qué decías? —le preguntó sin girarse, con el paso congelado entre el dentro y el fuera, el abrigo y la bufanda puestos y unas ganas terribles de perder de vista a aquella inclemente mujer.
—¿Adónde vas?
No tenía respuesta para aquella pregunta. ¿Hacia dónde iba? Necesitaba descargar esa rabia, desprenderse de esa tristeza por no poder evitar el sangrante expolio que estaba a punto de hacer Gala con las joyas más preciadas de su tía abuela.
—Necesito ver el mar.
Gala escuchó la voz severa de Amat vibrando desde su espalda. Sabía que le había hecho sentir mal, pero aquella no era su existencia, ni esas eran sus cosas y solo quería resolver y salir de allí antes de que su vida se desmoronara más de lo que ya amenazaba. La idea del mar la tranquilizó; le encantaba mirar ese infinito azul y escuchar sus rugidos. En invierno le gustaba sentarse en Battery Park a contemplar el mar, pero cuando el calor comenzaba a apretar y el asfalto de la Gran Manzana desprendía humo, era el momento para Coney Island, en Brooklyn. Le encantaba llegar sola y vagar de punta a punta por el famoso paseo, oír a cada paso el crepitar del suelo, contemplar parejas besándose cogidas de la mano y rememorar las pocas cosas dulces de su infancia, comprándose una nube de azúcar rosada y apurarla, sentada en un banco, viendo girar la noria, contemplando el mar y escuchando los éxitos musicales del año por megáfonos baratos de feria. Por unas horas, recuperaba el disfrute de niña, se olvidaba de los límites y, en soledad, reconquistaba sueños escondidos.
—¿Me llevas?
Amat no se esperaba esa pregunta, esa semiinvitación obligada, ya que negarse a llevarla con él era jugar a ser descortés, algo que no le apetecía, aunque motivos le sobraran. Con un brusco movimiento de brazo antes de reemprender la marcha, dio a entender a Gala que lo siguiera. Aunque lo intentó, no pudo evitar girarse y ayudarla a cerrar el portón y colocar el candado en su debido lugar. La bostoniana destilaba poca maña y exceso de torpeza. Amat caminó a ritmo ligero por las callejuelas del pueblo, Gala apenas podía seguir el ritmo sin dar, cada diez pasos, una pequeña carrerilla. Aunque estuvo a punto de mandar al diablo a aquellas manos gruesas, se contuvo por las repentinas ganas que le entraron de ver el mar. Llegaron a su casa, cuatro veces más grande que la de Amelia Xatart, presidiendo el centro de una gran explanada de grava, arena y flores silvestres. Amat acarició la lavanda a su paso y arrancó una tira para ver si, al olerla, se tranquilizaba un poco. Estaba furioso con aquella mujer, se resistía a llevarla con él, pero había prometido a su difunta socia cuidarla y ocuparse de ella. «Deus estar rient-te de com em porta boig, no?» («Debes de estar riéndote de cómo me hace ir como un loco, ¿no?».). Amat no pudo evitar hablar en alto, Gala agudizó el oído, pero no entendió ni media palabra de lo que decía.
Al llegar a un pequeño cuadrado de tierra, cubierto por un tejado de uralita, Gala vislumbró un enorme quad de color verde oscuro. Frenó en seco y comenzó la retirada en silencio.
—¿Adónde vas?
—Me voy a mi casa.
—¿No tendrás miedo de subirte a un quad?
—No se trata de miedo, sino de prudencia. Te recuerdo que soy madre de dos hijas menores.
Amat no pudo evitar reír ante un comentario tan blandengue y poco convincente. Poner a sus hijas de excusa era lo más infantil que podía hacer para disimular su propio miedo.
—NO es miedo, ¿te queda claro?
Amat le lanzó una chaqueta de motorista de su cuñada con el «¡atrévete!» en la mirada. Ver a la mujer de hielo entrando en pánico le había bajado las pulsaciones y aminorado la rabia. Se colocó el casco sin dejar de reír, encendió el motor; ladeó la cabeza y esperó a que Gala aceptara el reto y montara. Amat pensó que dejarse llevar era una de las mejores decisiones que había tomado la americana en todo ese tiempo. Gala se agarró a él, conservando la prudencia en la distancia entre los dos cuerpos, algo de lo que nada más arrancar ya se habría olvidado. Aunque salieron de la casa a escasa velocidad, Gala ya se había pegado a Amat y se abrazaba a él con fuerza, haciendo de sus manos dos fuertes garras. Antes de tomar la vía principal, pasaron por casa de Cecilia y vieron a las niñas cepillando los caballos con Jow. Contradiciendo la orden de Gala, Amat se paró a saludarles. Kate y Adele tardaron unos segundos en identificarlos tras los cascos y corrieron a su encuentro, separados por el medio muro de hormigón que vallaba el terreno. Kate admiró el quad, pero se extrañó por la excursión.
—Vamos a… hacer unas gestiones urgentes a… Perelada. Las necesito para… poder abrir la subasta mañana.
Kate percibió la peste a podrido en las palabras de su madre. Sabía que le estaba mintiendo, pero no alcanzaba a descubrir qué intención llevaba esa repentina escapada. Adele les despidió con una amplia sonrisa y sin más preocupación echó a correr para proseguir con el cepillado de la crin. Apenas le interesaba la vida de los mayores, porque a duras penas la entendía, todavía era demasiado pequeña para descifrar según qué códigos. A Kate, en cambio, comenzaba a brotarle la antena de los mayores, pero era muy novata en el uso y traducción de las señales entre adultos. Adele observaba a su hermana pensativa, sabía que estaba intentando descifrar a su madre, se reía al verla apretar los dientes como si, de esa manera, lograra orientar la antena en la dirección correcta. «¿Por qué le importará tanto adónde va realmente mamá con Amat?».
Nalda llamó al orden a Kate, que despertó de un grito del país de las elucubraciones. Las había dejado en la estacada a ella y a Cecilia en medio de la preparación de la comida para los animales. Cecilia tenía montada una pequeña granja: cerdos, gallinas, caballos, perros… No es que fueran muchos, pero las horas de las comidas eran un remolino para ella y para Jow. A esa hora siempre era bienvenida cualquier ayuda. A Nalda… ¡le encantaban los caballos! Aunque tuvo que dejar de montar por una lesión en la espalda a raíz de una caída. A pesar de que estuvo a punto de quedarse paralítica, no le venció el miedo, sino que adoró mucho más a esos animales; tan fuertes en apariencia, pero tan delicados en el fondo. Su hijo Amat también había cogido afición y ayudaba a Jow con su cuidado a cambio de poder montarlos. Amat y Jow habían hecho migas; en cambio, La Roja le enseñaba los dientes por su amiga Cecilia La Ciega; una buena mujer a la que el exceso de bondad hizo que el marido la dejara por otra y la arruinara, y que el mozo alemán se hiciera ¡el rey de la casa! Era un secreto a voces que Jow, veinte años menor, dormía en la misma cama que su patrona. A Nalda le costaba entender a su amiga, pero la veía demasiado feliz como para amargarle el dulce. ¡Estaba ciega de amor! Y ese cowboy alemán con tendencia a ir sin camiseta para enseñar las carnes le había sorbido el coco. Reconocía que tenía un cuerpo que incluso a ella le había hecho perder las gafas, pero ¿alemán? ¡Ni que fuera el último hombre en la tierra! Francisca siempre le criticaba esa postura tan radical con los alemanes, no entendía cómo una mujer tan reivindicativa de las libertades podía llegar a ser tan intolerante. Nalda siempre terminaba diciendo lo mismo: «Ja sóc massa vella jo per canviar a aquestes alçades, i als alemanys… ni aigua!» («Ya soy demasiado vieja para cambiar a estas alturas, y a los alemanes… ¡ni agua!».).
Cecilia sabía que su amiga hacía verdaderos esfuerzos cuando acudía a la finca para echarle una mano. Estar con Jow era saber que por la noche sufriría de colitis, pero tenía la esperanza de que el tiempo la hiciera cambiar de opinión.
—Què me’n dius del Xilder?
—De qui? Del Schindler vols dir?
—Sí, això mateix… No era alemany i va lluitar contra Hitler? (—¿Qué me dices de Shilder?)
Nalda y Cecilia siempre terminaban discutiendo con el mismo ejemplo y nunca hablando directamente de Jow o de lo que ella sentía por él. Algo común de los pueblos es lo de dar rodeos y jugar al tabú. Entre ellas, la palabra prohibida era Jow, y Cecilia elegía «Xilder» cada vez que quería referirse a su amado y protestar por el rechazo de Nalda. Su amiga no era la excepción; en el pueblo el alemán estuvo muy mal visto al principio, luego la costumbre ganó la batalla a la novedad, llegaron otros chismes y se salió de la lista de temas en las tertulias. Aunque Úrsula La Guapa estuvo casi un año sacando el tema en las cartas; la envidia también es el deporte nacional y ella siempre había practicado como nadie ese deporte.
—Y tú, ¿qué quieres ser de mayor, nena? —le preguntó Cecilia a Kate mientras observaban cómo los caballos comían de los fardos de heno y del pienso que les acababan de depositar en la zona de los comederos.
Las hierbas silvestres de la zona eran demasiado ricas para la delicada digestión de los caballos y debían equilibrarlas con heno y pienso. Kate, sentada sobre un fardo, no supo qué responder a la pregunta de Cecilia. La verdad es que, aunque se lo había planteado muchas veces, no se había decidido por nada.
—Ganar dinero para no vivir con mis padres y ser independiente, creo.
Cecilia, que aunque vestida de campo gozaba de elegancia innata, reconoció la juventud en esa necesidad de fuego de ser independiente. La miró con tremenda ternura y tomó una de sus manos para acariciársela. Kate la miró sorprendida, pero permitió el mimo de la abuela.
—Cuando lo seas y la vida se abra sin el paraguas protector de los que te quieren… comprenderás que esto (señalando al universo con el otro brazo) no va de ser independiente.
Kate apartó su mano de la de Cecilia, apenas la había entendido, tampoco le apetecía seguir escuchándola. Se fue corriendo a recibir a su amiga Joana, que acababa de llegar con su ciclomotor para a ver a la Dorita, la yegua embarazada. Adele salía de ver a los perros con un cachorro entre los brazos y cara de «¡es mío!» que alarmó a su hermana. Adele tenía pocas cosas malas y una de ellas era la terquedad; cuando decidía algo, cuando quería algo, era capaz de cualquier cosa antes que emprender la retirada. Corría con el cachorro en brazos directa a su hermana. Joana fue la primera en abalanzarse para achucharlo; Kate evitó el contacto para poder ser fuerte. Aunque no le gustara, a veces debía comportarse como la hermana mayor que le frena los pies a su intrépida hermana pequeña. Tras ella, venían Jow y Marc sonrientes por el pacto que acababan de hacer en las cuadras. ¿Estaban los tres compinchados? ¡Todos sabían que no podía quedarse ese cachorro! Adele se arrodilló frente a su hermana y comenzó a jugar con el perrito a carcajada limpia. Kate buscó complicidad en Cecilia, que aplaudía la escena sonriente desde el fardo. ¿Acaso nadie lo veía como ella? En un revuelo de sentido común y sin importarle el resto, Kate se puso lo más seria que pudo y trató de poner orden.
—Sabes que no te lo puedes quedar, ¿verdad?
—¿Por qué no? Me lo ha regalado Jow y Nalda me ha dicho que me va a acompañar al veterinario. Es un labrador retriever, ¿sabes? De color canela, y me ha dicho Jow que de todos es el más bueno.
Kate se arrodilló frente a su hermana, que ya comenzaba a echar la lagrimita y, acariciando al cachorro, le insistió en que no podía aceptar ese regalo porque en dos días volvían a casa. Adele no quería irse de ese pueblo, ni alejarse de Marc ni de las abuelas buenas del campo, ¡ni de Boston!
—¿Boston? ¿Ya le has puesto nombre?
—Síii, ¡Boston!
Kate no sabía cómo salir de aquel atolladero, no quería lastimar a su hermana La Fantástica, que ya se había montado toda la historia de ella y Boston… «and they lived happily ever after» (… «y fueron felices y comieron perdices».). A su amiga Joana le había encantado el nombre. «¿Por qué no se le había ocurrido a ella ponerle a un perro Manhattan?». Le parecía lo más trendy del mundo, y estaba segura de que Boston iba a ser un gran perro.
—Yo entiendo mucho de perros, ¿sabes?
Joana también era La Fantástica y de todo sabía y entendía, porque le bastaba haberlo leído y ¡ya! Hay dos tipos de personas: las que necesitan toda una vida de estudio para afirmar que saben algo y… ¡ni con esas! Y las que se convierten en maestras de todo, aunque el resto vea que son un desastre. Joana era de las segundas y, aunque no gozaba de un talento especial para nada, ella creía todo lo contrario y, hasta el momento, nadie se había atrevido a llevarle la contraria. Kate tampoco iba a ser la primera, así que sonrió a su nueva amiga, la gran experta en canes y, dando por perdida la batalla, tomó al cachorro en brazos y, emulando la escena de El rey León, lo bautizó ante todos.
—¡Boston! ¡Bienvenido a la familia!
—¿Conoces Boston?
Amat negó con la cabeza, sorbiendo un poco de chocolate caliente. Una vez controlado el pánico, la miniescapada en quad por arboledas de nogales, castaños y campos de siembra de maíz había resultado maravillosa. Esos paisajes comenzaban a provocar en ella cierto magnetismo, era como si al mirarlos se sintiera dentro de ellos; percibiera la paz de la misma savia que recorre esas tierras. Estuvieron en silencio durante todo el trayecto hasta llegar a Empuria Brava. Aunque no era el lugar más bonito de la zona, era el más cercano de playa y ciertamente pintoresco para una americana. «¡Una Venecia escondida!». Gala se sorprendió de los canales ocultos y las gigantescas casas de piedra y mármol con embarcadero propio. Ciertamente tenía para ella mucho más encanto que Fisher Island en Miami, el lugar preferido de su madre; la isla de los millonarios. Su madre vivía desde hacía veinte años en Miami, en la decimoquinta planta de un rascacielos frente al mar, con todo tipo de lujos y sin apenas preocupaciones. Pero era una mujer que, a pesar de gozar, siempre anhelaba y, desde que había llegado por primera vez, soñaba con tener una mansión de más de tres millones de dólares y amarre propio. ¡Muy sencilla la señora Marlborough! A Gala le horrorizaba Miami, su ciudad preferida era Boston, pero por rebeldía primero y luego por amor, terminó en Nueva York.
—Ni conozco Boston, ni Miami, ni Nueva York.
Amat era un enamorado de Europa y del Sudeste Asiático, y la cultura yanqui prefería tenerla lejos que cerca. Gala lo miró contrariada, en el fondo se estaba metiendo con ella, pero comprendió por qué lo decía. América era una fábrica de construir sueños y, para eso, creaba y destruía a la velocidad de la luz; consumir era el objetivo y para ello debía engrosar la vaca llamada novedad. La sociedad se teje bajo la sombra del interés; pocas son las conversaciones profundas y muchas las de cortesía. Gala entendía que a Amat no le gustara su país, porque sus formas eran demasiado rudas para la polite land. Aunque no compartieran ideas, era la primera vez que conversaban sin tensiones ni intereses de venta. Era la primera vez que se veían sin filtros ni prejuicios. Aquella tarde, Amat descubrió que le gustaba ver a Gala sonreír porque le aflojaba el rictus siempre en tensión y le abría la mirada. Estuvo tentado de confesárselo, pero le parecía una falta de respeto para una mujer casada. Gala comprendió esa mirada de Amat, ese fogonazo de deseo hacia ella, y se ruborizó. En el matrimonio, el deseo se abandona con demasiada premura y es lo primero que se echa en falta… Ella añoraba esa clase de miradas que navegan entre la timidez y el ímpetu del primer agrado. Los dos sorbieron el chocolate y contemplaron el mar bravo en esa cafetería, situada en la misma playa; toda cristales, con sillas y mesas sin encanto, con la televisión a todo volumen, con ese olor a fritanga que se impregna en el pelo y hasta en la ropa interior. ¡No! Amat no la había traído a un lugar pijo, ni lujoso ni viejo pero con encanto. Amat, poco acostumbrado a cualquier tipo de citas con mujeres, la había llevado a su lugar; al que él acudía a contemplar el mar. Pasada la hora de la comida y el café, ese sitio quedaba desierto y él, por encima de la ostentación, valoraba poder contemplar en soledad el mar.
Gala necesitaba calmar el revoltijo de tripas que llevaba dentro. Su cabeza era una olla exprés buscando respuestas, tratando de aminorar el impacto de lo que apenas hacía unas horas había descubierto. Si de verdad Amelia Xatart era su abuela, si de verdad aquella historia era cierta… había una parte de ella que se sentía perdida, con un extraño vacío que la hacía sentir muy vulnerable. Amat observaba silencioso a aquella mujer impetuosa desmoronarse ante sus ojos por una angustia oculta. No estaba seguro de interrumpirla, hacía demasiado tiempo que no intimaba con una mujer, más allá de su madre y Amelia Xatart.
—Si te puedo ayudar en lo que sea… ¡Cuenta conmigo!
Lo dijo tímidamente e invitándola a abrirse ante un desconocido que pertenecía a un mundo tan distinto. Gala agradeció la oferta, pero apenas lo miró. No podía, no sabía cómo empezar a tirar de la cuerda para deshacer el nudo que se le había formado y le oprimía el estómago.
En medio de ese desconcierto, sonó su móvil; tardó unos tonos en reaccionar, pero al ver que era Frederick se precipitó a responder. Se fue de la mesa hablando en inglés, sin que Amat apenas entendiera, pero por los gestos comprendió que era una llamada privada. ¿Su madre? ¿Su marido? La observó desde la distancia. Envalentonada, había abandonado el invernadero maloliente y paseaba sin abrigo sobre la arena mojada por la humedad. Antes de que pudiera enfriarse, corrió a su lado y le llevó la chaqueta motera y se la colocó sobre los hombros. Aquella mujer le provocaba ira y ternura al mismo tiempo; estaba algo confundido por los sentimientos que comenzaban a asomar. Desde que la conoció se había sentido atraído por su porte aristocrático, su barbilla subida y su nariz respingona. Hacía mucho tiempo que una mujer no lograba atravesar su armadura labrada con esmero tantos años. Sabía que ni siquiera tenía futuro para un único beso a medianoche, pero se dio cuenta de que estaba perdido cuando, de retorno al bar, al escuchar a Gala gritar «Frederick stop!» («¡Ya basta, Frederick!».), sintió como si alguien le apuñalara por la espalda. Sabía que los celos del deseo de algo prohibido o inalcanzable querían hacer prisionera su alma. Sabía, desde que la vio, que esa mujer podía desestabilizarlo, llevarlo de nuevo por el camino que, desde que Laura le abandonara, se prometió no volver a tomar. Se acordó de Amelia, de su madre y de todas las abuelas tan sabias del pueblo que le habían avisado de que pronto volvería a pisar la grava del deseo de una mujer. ¿Por qué aquella americana desconsiderada, frívola y orgullosa? La observó, sentado en el bar, su torpeza al andar sobre la arena, sus aspavientos —seguro que discuten—, su frente arrugada, su frágil silueta tan necesitada de ser abrazada. Amat apenas reconocía esa emoción de desconcierto, esa fuente que brota de sentimientos enfrentados, esa lucha entre la pasión y el rechazo. «¡Solo unos días y todo habrá pasado!». Intentaba consolarse de las garras del deseo; era verdad que apenas quedaban pocos días para que las americanas abandonaran el pueblo, era verdad que ese sentimiento por Gala que empezaba a aflorar en él era un absurdo espejismo, fruto de la necesidad de ser amado. Amelia se lo confesó un día: darle la espalda al amor significa vivir en la inconsciencia y correr el riesgo de ser atrapado con una virulencia que resucita a los muertos. Él había muerto de amor y resucitado con la promesa de no volver a morir… Se había preparado para sentir desde el control, desde la cabeza, evitando que las emociones fueran más allá. Durante muchos años fue maestro de ello, y ahora estaba a punto de rozar la línea de peligro.
Gala discutía con Frederick, necesitaba volcar toda su rabia con su marido. No soportaba que en cada conversación hubiera una burla por el viaje. No quería contarle lo de su recién estrenada abuela, no quería confesarle que estaba muy triste por apenas recordar nada de su padre y haberse perdido la oportunidad de conocer a su abuela. Frederick era cirujano para todo, también para los sentimientos. Aplicaba el bisturí a todo aquello que le estorbara, y el exceso de sentimentalismo era de perdedores, de gente que se ampara en falsas excusas para no aceptar su propia incompetencia. Don Pluscuamperfecto vivía por y para el éxito, las apariencias eran lo más importante, y todo lo demás era sencillamente aborrecible. Gala no solo sentía la distancia en kilómetros, también la distancia que los años habían sembrado entre ellos. Escuchándole hablar de sus dos operaciones, escuchando a todo trapo su egocentrismo, le entraban unas ganas terribles de lanzar el móvil al mar y ahogar las pedanteces de su querido maridito.
No hizo ni una cosa ni la otra; siguió como siempre escuchando a Frederick como si oyera llover, haciendo las justas onomatopeyas para que se creyera atendido y… nada más. Apenas preguntó por las niñas; solo quiso confirmar que llegaban para Navidad para ¡organizarse con Santa Claus! «HO-HO-HO! He’s coming to town…» («¡HO-HO-HO! Ha llegado a la ciudad…».). Gala apenas pudo fingir una sonrisa muda que, por teléfono, fue silencio, nada más. Colgó y, sin dar más tiempo a que sus articulaciones se quedaran como el hielo, corrió a meterse en el bar-invernadero; otro chocolate caliente la estaba esperando recién acabado de servir. Amat y Gala apuraron el dulce contemplando el anochecer; esas tierras gozaban de noches claras y estrelladas, con la luna vigía de todo lo que ocurría.
—¿De qué murió?
A Amat le sorprendió la pregunta. Era la primera vez que Gala preguntaba por La Xatart, hasta entonces solo se había interesado por dinamitar su patrimonio.
—Estuvo dos años muy enferma, pero eso no la mató. Murió de insuficiencia respiratoria. Amelia, aunque siempre supo que la acabaría matando, no dejó de fumar.
Los chamanes de esas tierras dicen que el pulmón es el órgano que acumula la tristeza, y Amelia, aunque fue una mujer muy querida, no pudo disfrutar de quienes más quiso. Esa tristeza la llevó siempre dentro y, aunque aprendió a vivir con ello, no dejó nunca las pipas y los cigarrillos con boquilla. Ni siquiera cuando ya estaba muy enferma; se reservaba la noche para darle unas caladas antes de acostarse. Fue su mala pasión, pero al mismo tiempo su refugio, su momento para la melancolía. Gala se imaginaba un poco más a su abuela, de collar y pendientes de perla blanca y una pipa a juego con su indumentaria. Debía de ser una mujer muy presumida, y aunque de pueblo, desplegaba elegancia.
—En los pueblos hay mucha clase, ¿sabes?
Gala le sonrió porque sabía que había herido su orgullo rural, pero le costaba ver alta costura en el campo, aunque comenzaba a reconocer que estaba llena de prejuicios, y estaba dispuesta a rectificar si le demostraban lo contrario.
La vuelta en quad fue todavía más silenciosa. Apenas se cruzaron con tres coches en el camino; toda la tierra para ellos. Solamente el motor del quad, la luz del faro y las estrellas iluminando su destino. A menos de quinientos metros… ¡La Muga! Se divisaba por el atisbo de la torre del campanario de la iglesia iluminada. «¿Albergará cigüeñas?». El pueblo ya dormía, se levantaban al alba y se acostaban apenas oscurecía, siguiendo los ciclos de la naturaleza. Combatía el frío, agarrándose con fuerza a la cintura de Amat y resguardándose, pegada a su espalda. Por unos minutos se arrepintió de haberse traído a las niñas; de no haberlo hecho, le habría pedido a Amat que la llevara a cenar a un sitio pintoresco y la ayudara a encender la chimenea de la casa de su abuela. Le apetecía el calor del hogar. En la casa de Boston, su abuela la mandaba encender todos los días de invierno y ella se acurrucaba con una manta de lana blanca a leer cuentos y escuchar crepitar la leña. Amat detuvo el quad en un pequeño terraplén, a pocos metros de la casa. Agradecida por el paseo y por las horas que su madre había cuidado de sus hijas, invitó a Amat a quedarse a cenar. Él apenas se lo pensó y ya estaba declinando la oferta, llevaba demasiado tiempo cerca de aquella mujer y necesitaba recomponer sus biorritmos. Nada más cruzar la verja, se encontró con un cachorro mordiéndole los bajos de los vaqueros, Adele salió escopeteada buscando a Boston, no quería que fuera lo primero que su madre viera al llegar a casa. Pero los planes no siempre suceden como uno desea y… ¡así pasó! Gala miró a su hija pequeña, buscando una explicación y esperando que no fuera que había decidido, sin su permiso, montar una protectora de animales, empezando por ese cachorro. Conocía la sonrisa de ojos caídos de su hija, que había aprendido tan bien, imitando al gatito de Shrek, pero esa argucia de aficionada no le iba a funcionar esta vez. Nalda apenas sacó la cabeza y, oliéndose la tormenta, trató de amainarla, invitando a todos a refugiarse del frío. La tramontana azotaba con fuerza, y la gélida noche invitaba poco a contemplar estrellas. Gala entró en la casa descompuesta por la noticia bomba de la adopción de un cachorro. Kate y Joana estaban con un juego delante de la chimenea encendida. Marc, Adele y Nalda habían preparado una coca de nueces y pasas y chocolate caliente. Gala se desplomó en una de las sillas de la cocina, viendo el cachorro correteando por allí. Miró a La Roja, que también mantenía la mirada gacha; todos estaban esperando que se pronunciara ante el nuevo miembro. Miró al cachorro y de reojo a Amat, que retenía como podía la risa para no empeorar más la situación. Pero ¿qué iban a hacer ellas con ese cachorro? ¡No podían llevarlo a Nueva York! ¡Era demasiado pequeño! ¿Y las vacunas? ¿El pasaporte? ¿Qué clase de locura era aquella?
Adele se sentó al lado de su madre y esperó lo peor, rezando por dentro para que un hada del bosque le hiciera cambiar de opinión y aceptara a Boston en la familia. Todos, menos Joana y Kate, que estaban recostadas en el sofá, habían rodeado la mesa para oír a Gala pronunciarse. No le resultaba sencillo decirle no a una niña de ocho años que apenas entendía de trámites y complicaciones de la vida. Así que, con la mayor suavidad, se arrancó…
—Es muy bonito, pero sabes… no podemos llevarlo con nosotras. ¡Es muy pequeño!
—Dice la abuela Nalda que tiene tres meses y todas las vacunas ¡Mañana le hacemos el pasaporte!
¿Abuela Nalda? Adele parecía haber hecho los deberes y se había asegurado de cerrar todas las excusas que su madre pudiera decir para oponerse a quedarse con Boston. Al parecer había encontrado una buena cómplice… ¡la abuela Nalda! Que permanecía con la mirada esquiva.
—Cariño… Nos vamos en dos días… Es todo muy precipitado…
—Hemos preguntado qué le puede costar a Boston el billete a Nueva York y… nos han dicho que ¡doscientos cincuenta euros!
Gala volvió a tragar saliva. Necesitaba procesar aquella encerrona y encontrar en menos de un minuto una nueva excusa para negarse a acoger a ¿Boston? Respiró profundamente en silencio y fue incapaz de negarse a la felicidad de su hija. Tomó a Boston en brazos y, mientras recibía un baño de lametazos y el alivio del resto, puso una sola condición:
—¡Tu padre! Si él se niega… ¡no hay Boston! ¿Vale?
Adele miró a su hermana, que le guiñó el ojo como si eso fuera pan comido. Su padre le debía algún que otro favor y sabía muy bien cómo convencerle para que su hermana se llevara el perro a casa.
Nalda, Marc, Amat y Joana se despidieron después de pasar un buen rato celebrando al recién llegado ¡Boston! Le encantaba el nombre que había elegido su hija para el perro. Gala adoraba a los animales pero su madre no soportaba a los pulgosos, así que… jamás pudo tener uno. Aquel cachorro parecía haberse adaptado enseguida a la casa, una casa que poco a poco iba recobrando la vida. Las niñas se terminaron su chocolate y se fueron a las habitaciones. Adele pidió subirse a Boston con ella; Kate rogó por su hermana pequeña; Gala estaba demasiado cansada como para discutir con sus hijas. Antes de sentarse en su sillón orejero (comenzaba a sentirlo como propio), se acordó del diario de su abuela y, sin apenas dudarlo, subió a por él.
Añadió un par de troncos para no perder llama y avivó las brasas. Se colocó por encima una manta de color gris y tacto suave y sorbió un poco de la infusión de orquídeas que Nalda le había traído de parte de Francisca. En aquel pueblo, todos estaban siendo demasiado considerados con ella, era como si desearan que estuviera a gusto y no le faltara de nada. Esa infusión, de su flor preferida, sabía a gloria y tenía, según le había contado La Santa a Nalda, propiedades para clarificar la mente y abrir el alma.
Volvió a sorprenderse del asombroso parecido con aquella fotografía de su abuela de joven. Le costaba hacerse a la idea de que aquella mujer, de cuya existencia apenas sabía hacía una semana, pudiera convertirse en alguien tan importante en su vida. Se había pasado todo el día pensando en su vida, en todo lo que había tenido que pasar desde que fue madre y fue obligada a renunciar a su hijo —¡su padre!—. Su historia comenzaba a ser digna de una novela o serie dramática, la diferencia estaba en que se trataba de su vida, de la vida de su familia… Abrió el antiguo cuaderno, buscando con precipitación el punto en el que se había quedado y, sin percatarse de la atenta mirada de Kate, que había entreabierto la puerta, se dejó llevar…
Ese día, al ver a mi hijo… Román, comprendí que era posible secar las lágrimas antes de que lleguen a brotar. Pocas veces sucede que el deseo y el dolor se encuentren; como la luna y el sol, no están hechos para coincidir sino para ser extraños, pero cuando sucede, lo poco que se siente es un eclipse de entrañas. Una terrible sequedad se apodera de ti y, si no consigues sudar o llorar ese dolor, te agrieta por dentro. Yo lo lloré en casa; en privado, aprendiendo a simular y a quererle como a un sobrino. Mi hermana no tuvo más hijos y Damià lo quiso como lo que creía que era: ¡su hijo! Lo adoré y le consentía todo lo que podía aunque con la mirada siempre atenta de la abuela Adelaida, que controlaba que no me sobrepasara, recordándome todos los días que la madre de aquel niño era mi hermana.
Cuando Román tan solo contaba años, mi hermana y su marido abandonaron el pueblo. Yo andaba de mercadillos por el sur de Francia, salía con Antoine Roussel, un anticuario de Perpiñán, y comenzaba a aficionarme a lo antiguo. La abuela me había dejado ir con Nalda a la feria de antigüedades de Toulouse, donde Antoine tenía un puesto y decenas de amigos. Nunca sospeché que detrás de esa repentina libertad estaba la treta de no hacerme coincidir con la marcha de Román. A Damià le habían ofrecido un puesto como capataz en un rancho de Jerez; ganarse muy bien la vida y dejar de ser el «mozo pobre» del pueblo. Marta le siguió con los ojos cerrados, necesitaba abandonar La Muga y desprenderse de la sombra de su hermana, que le recordaba que ese hijo, al que tanto adoraba, no era suyo. La abuela y ella acordaron no decírmelo y aprovechar mi escapada para huir de mí. Fue un plan perfectamente ejecutado, porque nunca sospeché nada hasta que volví al pueblo. La abuela Adelaida me esperaba haciendo ganchillo, sentada en la mecedora frente al fuego. Me extrañó encontrarla despierta; la noche era ya muy oscura y la abuela se acostaba apenas caía el sol. Sentí un escalofrío, una corriente de aire gélido al cruzar el salón y tentar a las llamas. Sabía que algo malo había ocurrido, pero me daba miedo preguntar por si algo malo le hubiera pasado a Román… Estaba como loca por verle, nunca me había separado tanto tiempo de él y…
—Se n’han anat… Han marxat a viure a Jerez. (—Se han marchado… Se han ido a vivir a Jerez.)
Lo soltó a bocajarro, sin preámbulos, sin tan siquiera despegar la mirada del fuego, sin tomar aliento ni dejar de tejer. Sentí un puñetazo directo a la tráquea que me dejó en estado de asfixia, sin capacidad para tomar aire, sin aliento para recomponerme. No podía creer que la abuela les hubiera dejado marchar sin permitirme un adiós, mi adiós, una última mirada, una caricia… Nada más. Caí de rodillas, me apoyé en su mecedora, sintiendo cómo el estómago se me quedaba del tamaño de una canica. ¿A qué tanta crueldad? ¿Era necesario el estoque? La abuela iba explicándomelo todo: la oportunidad de trabajo, la necesidad de Marta de alejarse de mí, lo mejor para Román… Mi mente tardó en procesarlo, pero lo hizo. Sin embargo, mi corazón jamás entendió esa marcha tan repentina, tan cruelmente urdida a mis espaldas. ¿Acaso no era yo la que merecía una despedida?
—El que has de fer és casar-te, que ja va sent hora, i tenir els teus propis fills. (—Lo que tienes que hacer es casarte, que ya va siendo hora, y tener tus propios hijos.)
No dijo más. Nunca volvió a hablar de aquello. Jamás me dijo adónde se fueron a vivir, ni llamaron una sola vez para saber cómo estábamos y si Román era feliz en su nueva vida. Estuve semanas, meses preguntándome si mi hijo me echaría de menos; incluso llegué a planear ir en su busca y raptarlo para quedármelo para siempre. Estar en La Muga se me hacía insoportable; no podía perdonar a la abuela que me hubiera ocultado su marcha; todas se iban casando y yo comenzaba a estar mal vista. La reglas en los pueblos eran muy claras: las mujeres, ¡faldas e hijos! Todo lo demás carecía de importancia. Nalda La Roja me veía sufrir, sabía que algo muy gordo me había pasado pero jamás preguntó. Se había casado con Vicente y las cosas les iban bastante bien: tenían muchas vacas y vendían mucha leche. Antes de que llegara la Comunidad Europea, en los pueblos vivíamos de la leche, ¿sabes? Luego, todo cambió a favor siempre de los poderosos.
En un brote de desesperación, una noche fui a ver a la Nalda y le pedí su vieja furgoneta blanca. Había decidido huir de La Muga e irme a Perpiñán con Antoine; no estaba enamorada pero él sí y me hacía todo lo feliz que yo podía ser. Mi amiga me ayudó, siendo mi cómplice, escribiéndome cartas y contándome cosas del pueblo y si la abuela andaba bien. Aquella misma noche, con una maleta pequeña, me fui de La Muga para no volver nunca más. Aquel pueblo me había dado la vida, pero me había quitado lo que más amaba. No podía vivir en él sin recordar la ausencia de Román. Eran los años cincuenta y, mientras España estaba sumida en la oscuridad, en Francia, después del fin de la guerra y con su IV República en marcha, se trabajaba en la reconstrucción de un país que volvía a florecer como potencia mundial. Allí probé por primera vez el pan de centeno, me enamoré de los viñedos del Languedoc y me acostumbré a tomar queso y vino a todas horas. Pasaron los años y fui olvidándome de mi vida en La Muga. Con Antoine, viajábamos por toda Francia, recorriendo los mercadillos y buscando joyas para ser reparadas. Antoine me enseñó todo lo que sé de antigüedades. Me habría casado con él, ¿sabes? Pero por convicciones políticas, jamás quiso casarse conmigo, y yo, por golpes de la vida, tuve que separarme de él cuando menos lo esperaba.
Seis años después de mi marcha recibí una llamada de la Nalda. Apenas podía hablar sin ahogarse. Seguro que había corrido escaleras arriba para llamarme nada más enterarse de la noticia. Mi hermana y Damià habían tenido un accidente de coche en la carretera, un camión en dirección contraria se había desviado de la vía y precipitado sobre ellos. ¡Siniestro total y muerte en el acto de los dos! Esa llamada casi me perfora el corazón, solo pensaba en Román y si él también había muerto en el accidente. Nalda se extendía en detalles, lloraba a trompicones, y nunca llegaba el momento de hablar de Román. No pudiendo soportar no saber, la interrumpí y en un grito de súplica pregunté por él. Ella me tranquilizó —no sabe hasta día de hoy cuánto—, Román se había quedado en Jerez, tenía entrenamiento de fútbol y cumpleaños de un amigo de la escuela. No escuché nada más de lo que me contó Nalda aquella tarde, ni siquiera recuerdo cómo terminamos de hablar, pero recuerdo perfectamente cómo la sangre me bombeaba con la fuerza de un volcán en erupción. Nuevamente una desgracia había sido fortuna para otros. En este caso… ¡para mí!
Antoine no me acompañó, pero entendió mi premura. Él supo desde el principio mi secreto, pero jamás movió un dedo para ayudarme. Durante años, no volvimos a vernos, nos escribimos, hablamos por teléfono. Al año se casó rompiendo sus propias normas, aunque poco le duró. No le guardo rencor por ese tiempo, él hizo lo que debía: ¡sobrevivir al amor no correspondido!; y yo, volver a casa, a La Muga.
Era un viaje corto, pero me costó llegar. El tren me dejó en Portbou y tardé dos noches, esperando la llegada de Román, en acercarme a La Muga. Quería evitar estar con la abuela a solas, quería evitar su mirada de desagrado; yo ya era una mujer adulta de casi treinta años que podía decidir por mí misma. Había elegido cuidar de mi hijo. El destino había querido devolvérmelo y yo no estaba dispuesta a negarle la buenaventura. Estaba convencida de que comenzaba una nueva vida para nosotros donde no había cabida para el sufrimiento.
Volver a La Muga, oler esos campos, sentir la pureza de su aire, la luz colándose por las nubes que se estiran por el fuerte viento hasta convertirse en largos tules. Volver a casa… No fui consciente de cómo echaba de menos esta tierra hasta que la sentí otra vez en mi paisaje. Una camioneta me soltó en Castelló d’Empúries. Dejé en la carnicería de Castelló la maleta; pronto iría a por ella. Los tres kilómetros y medio que quedaban, los recorrí andando. La mente construye murallas contra el dolor, anestesiando emociones, recuerdos; mi manera de devolverlas a la vida fue devolviéndoles su ADN, respirar, tocar, sentir aquella tierra de nuevo. Llegué a falta de una hora para anochecer, nadie me esperaba; la Nalda no sabía de mí desde la llamada… En Can Xatart había luz; me daba miedo tocar el timbre.
Tanta lectura le estaba revolviendo las entrañas y le provocaba arcadas muy antiguas. Era la vida de su abuela, sus anhelos, sus pedacitos de rencor, de odio, de amor y de desgracia que habían construido su propia existencia de la que ella jamás supo. Con cada palabra leída Gala sentía que algo cambiaba, se modificaba en su interior. Era como desenterrar parte de su ADN, cubierto por el lodo y las mentiras durante tantos años. Aquel cuaderno le seguía provocando emociones encontradas; necesitaba seguir avanzando en la lectura, pero le aterraba cada línea, cada párrafo nuevo por lo que pudiera contener. Esa noche decidió cerrar el cuaderno, apenas podía seguir con los ojos abiertos, el sueño la reclamaba. Debía de ser tarde, tenía que descansar; dormir unas horas, porque le esperaba un día duro: ¡la subasta de muebles! Su penúltimo día en La Muga, la semana había pasado demasiado rápido. Apenas comenzaba a comprender, a desempolvar la historia, su historia escondida… ¿Era justo volver a casa tan pronto?