Capítulo 13 - Último curso
By Marta Rivas
El despacho doscientos catorce olía a café de máquina. Leire llevaba un buen rato con el mismo examen abierto delante, la pluma suspendida sobre un margen que no había rellenado. La letra del estudiante era pequeña y apretada y ella no había leído ni una frase. Fuera, en el patio interior, la lluvia caía floja sobre las baldosas, una de esas lluvias de finales de marzo que no decidían si quedarse o irse.
Devolvió la vista a la pantalla del móvil, que tenía boca abajo sobre la mesa desde hacía dos días. No lo había tocado. No lo iba a tocar.
Había un mensaje sin contestar.
Sabía exactamente lo que decía, porque lo había leído una vez, de pie, con el abrigo todavía puesto, antes de bloquear la pantalla y guardarse el teléfono en el bolsillo como si quemara. ¿Hice algo? Tres palabras. Sin inicial, sin clave, sin el código que habían construido a lo largo de los meses para no nombrarse. Solo tres palabras y un signo de interrogación que Leire podía oír en su cabeza con la voz exacta de Naia.
Cogió la pluma de nuevo. La dejó.
No era complicado. Eso era lo que se repetía. No era complicado: una alumna había hecho un comentario, otra lo había comentado con un tercero, y la conversación había llegado a Leire por el canal de siempre, el de las cosas que circulan por un departamento antes de que nadie las diga en voz alta. Tratas raro a la tenista. Nada más. Una observación de pasillo. No había acusación, no había pruebas, no había nada que un comité disciplinario pudiera sostener entre las manos.
Y aun así llevaba dos días corrigiendo exámenes sin corregir ninguno.
Cerró la carpeta. Se levantó, se acercó a la ventana, apoyó la frente un segundo en el cristal frío. El patio estaba vacío. Recordó, sin querer, una clase de hacía años, su propia voz explicando a una sala llena que el miedo y la prudencia activan zonas del cerebro que se solapan, que la diferencia entre ambos no está en lo que sentimos sino en lo que hacemos con ello. Lo había dicho con el aplomo de quien cree saber de qué habla.
Volvió a la mesa. Esta vez sí cogió el móvil. Desbloqueó la pantalla. ¿Hice algo?
Empezó a escribir. No es por ti. Lo borró. No es buen momento. Lo borró. Hablemos cuando. Borró eso también, letra a letra, viendo cómo el cursor se comía las palabras hasta dejar el campo vacío.
Bloqueó el teléfono otra vez.
Eso era lo que hacía. Lo sabía. Lo había hecho antes.
Irune apareció en la puerta al caer la tarde, cuando el edificio empezaba a quedarse sin gente. Llamó con dos golpes secos y entró sin esperar respuesta, que era como entraba siempre, con un café de máquina en cada mano.
—Te traigo veneno —dijo, y le dejó uno delante—. Está malísimo, pero llevas aquí encerrada desde la mañana y no quería entrar con las manos vacías.
—Gracias —dijo Leire, y rodeó el vaso con las dos manos.
Irune se dejó caer en una de las dos sillas que había frente a la mesa. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la camisa, se las volvió a poner. Miró a Leire con esa atención suya que no parecía atención hasta que ya estabas dentro de ella.
—¿Qué corriges?
—Psicología del rendimiento. Tercero.
—¿Y por qué tienes la cara de quien no ha corregido nada?
Leire bebió por fin. El café estaba, en efecto, malísimo.
—Estoy cansada.
—Ya. —Irune cruzó las piernas—. Llevas cansada desde el lunes. El martes estabas cansada. Hoy es jueves. Empiezo a pensar que tu cansancio tiene calendario.
—No empieces.
—No he empezado nada. He traído café.
Se quedaron calladas. La lluvia volvió a arreciar contra la ventana, un repiqueteo más nervioso. Leire pensó que si Irune se iba en los próximos minutos podría seguir como estaba, encerrada y a salvo, y que esa era exactamente la razón por la que esperaba que no se fuera.
—La tenista —dijo Irune.
Leire no levantó la vista del vaso.
—Es alumna mía.
—Lo sé. Lo somos todas, de alguien. —Irune ladeó la cabeza—. Te he visto con ella en el pasillo dos veces este mes. La primera no pensé nada. La segunda pensé bastante.
—Irune.
—La primera vez la mirabas como se mira a una alumna a la que tienes que decir algo y no quieres. La segunda no la mirabas. Que es distinto. —Hizo una pausa—. Llevas semanas sin nombrarla y antes la nombrabas. Eso también es distinto.
Leire dejó el vaso sobre la mesa con cuidado, como si pudiera romperse. El aire del despacho se volvió más denso, esa sensación que conocía bien y que detestaba, el cuerpo adelantándose a la cabeza.
—No sé de qué me hablas.
—Sí lo sabes. —Irune no lo dijo con dureza. Lo dijo casi con pena, que era peor—. Lo sabes perfectamente, Leire. Te conozco desde hace dieciocho años. Sé exactamente la cara que pones cuando algo te importa y has decidido que no debería.
Lo de Aroa no se nombró en esa primera media hora. Hablaron de otras cosas. De un congreso en Salamanca al que Irune no quería ir. De un compañero del departamento que había puesto el grito en el cielo por una reasignación de aulas. De la lluvia. Leire participó en la conversación con la mitad de sí misma, contestando lo justo, agradeciendo cada minuto que pasaban sin volver al asunto y odiando, al mismo tiempo, que pasaran.
Fue ella quien lo trajo de vuelta. No supo por qué. Quizás porque el silencio en el que Irune la dejaba era una invitación abierta, una puerta sin pestillo, y porque después de dos días sin hablar con nadie real necesitaba decir algo que fuera verdad.
—Le he cortado el contacto —dijo.
Irune dejó de hablar a media frase. Esperó.
—No del todo. No así. —Leire buscaba las palabras y no las encontraba donde solían estar—. He cancelado una tutoría. He respondido a un mensaje suyo con dos líneas. He dejado otro sin contestar. Le he dicho que esperemos a la revisión de exámenes. Dentro de tres semanas.
—Tres semanas.
—Sí.
—Para no verla.
—Para que las cosas se enfríen.
Irune asintió despacio, como quien repite un dato para asegurarse de haberlo oído bien.
—¿Y qué pasó? Para que decidieras enfriar las cosas.
—Una alumna hizo un comentario. Sobre cómo la trato. En clase. —Leire se oyó a sí misma y le pareció que sonaba ridículo dicho en voz alta, todo un edificio levantado sobre nada—. No es nada concreto. Es solo… una observación. Pero si una lo ha notado, otras también. Y si esto sale, Irune, si esto sale de cualquier manera, se acabó. No hay matiz. No hay defensa. Es una alumna. Punto.
—Es una mujer de treinta y cuatro años que ha ganado torneos en cuatro continentes.
—Es mi alumna hasta junio.
—Eso es verdad —concedió Irune—. Eso es completamente verdad. —Descruzó las piernas, se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas—. Y por eso lo de cancelar tutorías y enfriar cosas suena tan razonable que casi me lo creo.
Leire la miró.
—Casi —repitió Irune.
El aire del despacho parecía haberse quedado sin oxígeno. Leire sintió que empezaba a cerrársele la garganta, y respiró hondo para deshacerlo.
—Es prudencia —dijo—. Es solo prudencia.
—Es Aroa otra vez.
Lo soltó sin floritura. No subió la voz, no se inclinó más, no hizo de aquello un momento. Lo dijo como si comentara el tiempo, y precisamente por eso Leire no tuvo dónde esconderse.
—No metas a Aroa en esto.
—Tú la has metido. Hace tres años. —Irune sostuvo la mirada—. Yo solo digo su nombre.
—Es completamente distinto.
—¿En qué?
Leire abrió la boca. La cerró. La lluvia en el cristal se había vuelto otra vez floja, monótona, y por un momento solo se oyó eso, el agua y la respiración de las dos.
—Te lo digo yo en qué —siguió Irune, y ahora sí, ahora bajó un poco la voz, y la suavidad fue lo más afilado de todo—. Aroa quería irse contigo a Lyon. Te ofrecieron la plaza aquí. Y tú dijiste que era prudente quedarte, que era razonable, que era lo sensato dado el momento de tu carrera. Y todo era verdad. Cada palabra era verdad, Leire. Por eso te creí. Por eso te creímos todos. Porque la prudencia siempre tiene argumentos buenos. El miedo no. El miedo solo tiene argumentos buenos cuando se disfraza de prudencia.
—Yo no tenía miedo. Tenía una carrera.
—Tenías las dos cosas. —Irune se encogió de hombros—. Lo que pasa es que solo nombraste una.
Leire se levantó. No supo bien para qué. Caminó hasta la estantería, alineó con un dedo el lomo de un libro que ya estaba alineado, volvió a la ventana. El gesto de quien necesita que su cuerpo haga algo porque su cabeza no sabe qué hacer.
—Tú no estuviste ahí —dijo, de espaldas—. No sabes cómo fue.
—Estuve. Estuve después, que es cuando me tocó a mí. Estuve los meses en que no salías de casa los fines de semana. Estuve cuando dejaste de hablar de ella de un día para otro, como si nunca hubiera existido, porque hablar de ella significaba pensar en lo que habías elegido. Igual que ahora no nombras a la tenista. —Una pausa—. Aprendiste a no nombrar. Es lo único que aprendiste de aquello.
Leire cerró los ojos. Detrás de los párpados estaba la cocina de Chamberí, el sofá, una tarde de hacía dos semanas, Naia dormida con un brazo colgando, la boca entreabierta, la respiración lenta. La había mirado desde la encimera con una cuchara de madera en la mano y un nudo en algún sitio que no era la garganta ni el estómago sino los dos a la vez. La había mirado y había pensado, con una claridad que la asustó: esto no me lo puedo permitir.
Y se lo había permitido igual. Hasta el comentario de una cría de segunda fila.
—Tengo casi cuarenta años —dijo, y no supo si lo decía para Irune o para ella misma—. He levantado todo esto. Cada artículo, cada plaza, cada año. No puedo tirarlo por la ventana por… —se detuvo.
—¿Por qué? —Irune lo dijo despacio—. Termina la frase. Por una mujer. Por una persona. ¿Cómo lo llamas en tu cabeza para que sea fácil descartarlo?
—No es fácil.
—No, no es fácil. Pero lo descartas igual. —Irune se reclinó otra vez en la silla—. Esa es la parte que me preocupa. No que dudes. Que ya hayas decidido y estés buscando la palabra que lo haga bonito.
Leire volvió a su silla. Se sentó despacio. El café seguía en el vaso y ella lo bebió de un trago, frío, como si aquel gesto inútil pudiera ordenar algo.
—¿Y qué quieres que haga? —Lo preguntó con un cansancio que no era fingido—. ¿Que vaya a un comité y diga que sí, que es verdad, que hay algo? ¿Que pierda quince años de trabajo? ¿Que me vaya de aquí señalada para que cualquier cosa que haya escrito en mi vida quede manchada con un asterisco? Tú lo sabes. Tú sabes cómo funciona esto. A mí me caería todo. A ella nada. A ella la fama la protege. A mí me hunde.
—Probablemente.
—Entonces.
—Entonces no te estoy diciendo que vayas a ningún comité. —Irune la miró con paciencia, la paciencia de quien lleva mucho tiempo queriendo a alguien que se hace difícil de querer en algunos momentos—. No te estoy diciendo qué decisión tomar. Eso es tuyo. Algunas de tus razones son buenas, Leire. Son buenísimas. Lo de que a ti te caería todo y a ella nada es probablemente cierto. No soy idiota y no te estoy pidiendo que seas una heroína.
—¿Entonces qué me estás pidiendo?
—Que no me cuentes que es prudencia.
El despacho se quedó muy quieto.
—Que tengas el valor de llamarlo por su nombre, aunque la decisión sea la misma. —Irune se inclinó una última vez—. Porque hay una diferencia enorme entre «no puedo permitírmelo y me duele» y «es lo razonable». La primera te deja a ti dentro. La segunda te borra. Y tú llevas tres años practicando la segunda. Se te da de maravilla. Tan bien que un día te vas a despertar a los cincuenta en este despacho ordenadísimo, con tus plantas regadas los miércoles y tus libros por orden, y no vas a saber a qué le has tenido miedo durante toda tu vida, porque le habrás cambiado el nombre tantas veces que ya no lo reconocerás.
Leire no contestó.
No tenía con qué. Esa era la verdad desnuda, sin el adorno de los argumentos buenos: no tenía con qué responder. Cada cosa que se le ocurría era una variante de lo mismo, una versión más pulida de la palabra prudencia, y Irune le acababa de quitar esa palabra de las manos como se le quita un objeto peligroso a alguien que no sabe que lo es.
Se quedó mirando el examen cerrado sobre la mesa. La letra apretada del estudiante. El margen vacío.
—¿La quieres? —preguntó Irune, y esta vez no había filo. Solo la pregunta.
Leire abrió la boca. La garganta se le cerró otra vez, más fuerte, y supo que si decía la palabra que tenía detrás de los dientes ya no podría volver a guardarla.
—No lo sé —dijo, que era una mentira pequeña, una de las que se dicen para no decir una grande.
Irune asintió. No insistió. Conocía el peso de un no lo sé dicho con ese cierre en la voz.
Se levantó, recogió su vaso vacío, dejó el de Leire sobre la mesa.
—No he venido a juzgarte —dijo desde la puerta—. He venido porque te conozco y porque la última vez que te vi así no dije nada, y me he pasado tres años pensando que igual si hubiera dicho algo… —Se encogió de hombros—. Probablemente no. La gente decide lo que decide. Pero esta vez prefiero haberlo dicho.
—Gracias —dijo Leire. Y luego, más bajo—: De verdad.
—Cierra el despacho a una hora decente. —Irune le sostuvo la mirada un segundo más—. Y come algo que no sea de máquina.
La puerta se cerró con el chasquido suave de siempre, el mismo que durante meses había marcado el principio de un reloj invisible que la contaba hacia otro encuentro. Esta vez no contaba hacia ningún sitio.
Leire se quedó sola con la lluvia.
Cogió el móvil. Lo desbloqueó. ¿Hice algo? Tres palabras y un signo de interrogación que conocía de memoria.
Escribió: No es por ti. El cursor parpadeó al final de la frase.
La leyó. Era verdad y era mentira a la vez, como todo lo que llevaba dos días diciéndose. No era por Naia. Era por ella. Era por una mujer joven en una playa olvidada, por una plaza en Madrid, por un nombre que llevaba años sin pronunciar y que Irune acababa de dejar encima de la mesa.
Borró «No es por ti». Se quedó un rato mirando el campo vacío.
Y entonces, antes de poder convencerse de lo contrario, escribió otra cosa: No hiciste nada. El problema soy yo, no tú. Siento haberte hecho creer otra cosa.
Lo envió. Vio el tic gris. Bloqueó la pantalla enseguida y la dejó boca abajo, con el corazón golpeándole las costillas como si acabara de hacer algo irreversible, que era exactamente lo que sentía. No era una vuelta. No arreglaba nada. No cambiaba una sola de las razones. Pero era lo primero verdadero que le decía a Naia desde marzo, y lo había dicho ella, sin que la obligara una caída ni una cámara ni nadie.
Fuera seguía lloviendo. Leire se quedó en el despacho hasta que oscureció del todo, sin volver a mirar el teléfono, sabiendo que no habría respuesta y que no la merecía.