Capítulo 12: Emerge la mariposa - Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo
By Kristin Neff
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Cuanto más profundo cave el dolor en vuestro corazón, más alegría podréis contener. ¿No es la copa que guarda vuestro vino la misma copa que se fundió en el horno del alfarero?
KAHLIL GIBRAN, El Profeta
La compasión hacia uno mismo tiene el poder de transformar radicalmente nuestra realidad mental y emocional. Igual que los alquimistas, que intentaban utilizar la piedra filosofal para convertir el plomo en oro, podemos utilizar la compasión para convertir el sufrimiento en alegría. Al cambiar nuestro modo de relacionarnos con nuestras imperfecciones y nuestro dolor podemos cambiar realmente la experiencia de vivir. Por mucho que lo intentemos, no podemos controlar la vida para que transcurra exactamente como queremos. Todos los días ocurren cosas inesperadas y no deseadas. Sin embargo, cuando envolvemos nuestro sufrimiento en la crisálida de la compasión, surge algo nuevo. Algo maravillo, exquisito y hermoso.
ÁBRIR EL CORAZÓN
Cuando somos compasivos con nosotros mismos, abrimos nuestro corazón de una manera que transforma nuestra vida. ¿Qué significa abrir el corazón? Es una expresión que utilizamos constantemente, pero ¿qué significa en realidad? Abrir el corazón es un estado de receptividad emocional en el que incluso las experiencias desagradables o negativas se acogen con interés y cariño. Cuando besamos el dedito de un niño que se ha hecho daño o escuchamos con empatía a un amigo que nos explica sus penas (en otras palabras, cuando sentimos compasión), experimentamos una calidez interior que surge del centro del pecho. Ese sentimiento es el que nos permite saber que nuestro corazón está abierto. ¿Y qué se siente al tener el corazón abierto? ¡Es muy agradable! Cuando la compasión corre por nuestras venas nos sentimos mejor que nunca: conectados, vivos, «enchufados». Cuando abrimos el corazón, damos rienda suelta a nuevas experiencias de amor, valor y posibilidades ilimitadas.
Cuando nuestro corazón está cerrado, las penas de la vida no nos conmueven. Nos cerramos al dolor, pero también nos cerramos a nosotros mismos. El miedo a sentirnos abrumados por las emociones negativas nos lleva a dejar de prestar atención, de manera que en el pecho solo sentimos constricción. El precio por proteger a nuestro corazón es que nos desconectamos del alma. Nos sentimos fríos, vacíos, infelices y profundamente insatisfechos. Los momentos más propicios para cerrar el corazón son aquellos en los que el dolor está provocado por autocríticas negativas cuando sentimos que no somos suficientemente buenos. Nos mostramos muy crueles respecto a nuestras incompetencias e imperfecciones, lo que significa que gran parte del tiempo cerramos de un portazo nuestro corazón.
Por suerte, cuando decidimos abrazar nuestra naturaleza humana imperfecta con compasión, todo cambia. Al responder a nuestro dolor con cariño y conexión, calmándonos y consolándonos cuando nos enfrentamos a nuestra imperfección, creamos nuevas emociones positivas que no estaban ahí un segundo antes. En lugar de sentirnos incompetentes, pasamos a sentirnos capaces y conectados al recordar ese aspecto compartido de la experiencia humana. En lugar de limitarnos a sentir tristeza, sentimos esa tristeza pero también la ternura de preocuparnos por una herida que hay que curar. En lugar de limitarnos a sentirnos asustados, sentimos ese miedo pero también nos consolamos con cariño y atención. Al relacionarnos con compasión con nosotros mismos, abrazamos nuestras emociones negativas con el calor de los buenos sentimientos.
Esto significa que en cada momento de angustia se agazapa el potencial de la satisfacción. El dolor puede convertirse en la puerta a la felicidad, ya que sentirse amado, cuidado y conectado es lo que nos hace verdaderamente felices.
Recuerdo la primera vez que caí en la cuenta de que la compasión hacia uno mismo tiene el poder de transformar las experiencias difíciles y dolorosas en otras placenteras. Estaba en mi último año de posgrado en Berkeley, un par de meses después de haber estudiado autocompasión en mi grupo semanal de meditación. Estaba de un humor especialmente malo. El que pronto sería mi ex marido, John, acababa de llamarme por teléfono para decirme que yo era una persona horrible y desagradable, así que le colgué en mitad de su sermón. Rupert estaba fuera de la ciudad, trabajando, y habíamos discutido la mañana de su marcha. El plazo para entregar el borrador final de mi tesis se acercaba a marchas forzadas. Iba atrasada y me preguntaba si realmente tenía lo que hacía falta para hacerlo como una profesional. ¿Conseguiría alguna vez un trabajo «real», sería feliz, tendría una vida sin complicaciones? Me estaba enredando en una gran bola negra de inseguridad, miedo y odio hacia mí misma.
Y entonces me acordé de la compasión. «¿Qué dijo el profesor el otro día? —pensé—. Ah, sí, ya me acuerdo: primero, toma conciencia de lo que estás experimentando. Observa cada pensamiento y cada emoción a medida que van surgiendo y descríbelos con delicadeza, sin intentar resistirte o deshacerte de ellos. Vale, creo que eso puedo hacerlo. Veamos. Vergüenza, tirantez en la garganta, presión, dolor de estómago. Pesadez, me hundo, me hundo. Miedo, presión en la nuca, ritmo cardíaco acelerado, dificultad para respirar... Muy bien, ahora trata de sentir compasión por lo difícil que resulta sentirse así en este momento. Mmm. No siento nada. Me daré un pequeño abrazo... Calor. Un cosquilleo cálido que me sube por los brazos. Tranquilidad.» Y entonces llegaron las lágrimas. Caí en un profundo pozo de dolor cuando me permití sentir realmente lo difícil que me resultaba aquel momento. «Está bien, está bien. La vida a veces es dura, no pasa nada. Todo el mundo pasa por momentos así. Estoy aquí para ti, me preocupo por ti. No es tan malo, se pasará. Alivio en el pecho y en la garganta. Pequeñas oleadas de alegría desde el centro de mi rostro. Me calmo. Me calmo. Calma.»
Cada vez que surgía un nuevo sentimiento doloroso, lo retenía de ese modo en mi conciencia, lo describía mentalmente y me enviaba compasión por sentirlo. Y entonces acogí el sentimiento de compasión en mi conciencia, lo describí y lo sentí en mi cuerpo, saboreando lo bien que sentaba sentirse cuidado. Cuando las cosas se calmaron, surgió un nuevo sentimiento doloroso y repetí todo el ciclo. Estuve así durante una hora, aproximadamente.
Sin embargo, al cabo de un rato, me di cuenta de que la experiencia predominante había dejado de ser desagradable. El cambio estaba en marcha. En lugar de atascarme en el dolor, mi conciencia se depositó en los sentimientos de amor, amabilidad y conexión que el dolor había despertado. Y ese dolor empezó a desaparecer, igual que la preocupación, y yo me fui sintiendo cada vez más ligera en mi cuerpo. Posiblemente fue la primera vez que abrí mi corazón de verdad a mí misma, y empecé a sentirme casi mareada, como si acabase de probar el champán. O tal vez se pareciese más a tomarse una copa de vino tinto de buena cosecha: los sabores eran ricos, profundos, especiados y complejos. Me sentí centrada, estable, en paz. Me di cuenta de que aquellas sensaciones tan bonitas no dependían de que las cosas fuesen como yo quería, ni de recibir alabanzas o de tener éxito, ni de disfrutar de una relación perfecta. Me di cuenta de que mi corazón era un pozo profundo del que podía beber en cualquier momento, y que, irónicamente, era más probable que me acordase de beber cuando las cosas se pusieran muy difíciles. Había encontrado algo que cambiaría mi vida para siempre, y no tenía palabras para expresar mi agradecimiento.
EJERCICIO 1
Transformar la negatividad
La próxima vez que te encuentres atrapado por emociones negativas, intenta generar algunas positivas para acompañarlas. Puedes utilizar las siguientes frases cuando te estanques en la negatividad. Están pensadas para validar tus sentimientos al tiempo que te centras en tu deseo de ser feliz:
Resulta difícil sentir (elige la palabra) ahora mismo.
Sentir ( ) forma parte de la experiencia humana.
¿Qué puedo hacer para sentirme más feliz en este momento?
La primera frase reconoce con compasión la dificultad de tener emociones negativas. La segunda es un recordatorio de que las emociones son una parte normal y natural de la experiencia humana, y por tanto no debemos juzgarlas. Y la última frase nos ayuda a establecer contacto con el deseo de ser felices. Esto te permitirá ampliar tu perspectiva y encontrar maneras creativas de empezar de nuevo. Puedes darte un baño caliente o pensar en lo bueno de tu situación actual (casi siempre hay algo bueno en todas las situaciones). Estos pasos no se llevan a cabo para resistirte al estado mental negativo, sino porque quieres salud y bienestar para ti.
Cuando acabes de decir las frases, tu estado negativo podría empezar a esfumarse para ser sustituido por uno de alegría tranquila. Incluso es posible que seas capaz de ponerle un poco de humor, y nada levanta más el ánimo decaído que una buena carcajada. Woody Allen ha hecho carrera riéndose de la negatividad: «¿Y si todo fuese una ilusión y nada existiera? En ese caso, he pagado demasiado por mi alfombra».
ABRIR LA MENTE
La compasión hacia uno mismo no solo abre nuestros corazones, sino también nuestras mentes, y libera nuestras percepciones de las garras de la negatividad. Cuando nos perdemos en juicios negativos, nuestra conciencia se estrecha automáticamente para albergar lo malo de nosotros mismos y de nuestras vidas. Solo vemos la mancha de la imperfección y presuponemos la belleza de la imagen completa.
El objetivo evolutivo de las emociones negativas consiste en provocar acciones que nos ayuden a sobrevivir. La respuesta se produce en forma de necesidades urgentes conocidas como «tendencias de acción específica».[1] La ira, por ejemplo, crea la necesidad urgente de atacar; el miedo, de huir; la vergüenza, de esconderse, etcétera. Cuando nos vemos atrapados por alguna emoción negativa, nos parece que solo tenemos una opción. Cuando el oso nos ataca, no tenemos tiempo para decidir entre varias opciones. Actuamos o morimos. Esta tendencia puede ser la adecuada si nos amenaza un depredador peludo, pero no resulta tan útil cuando los problemas no amenazan nuestra existencia (por ejemplo, cuando un carrito del supermercado choca contra nuestro coche en el aparcamiento). Las emociones negativas estrechan nuestra visión del mundo hasta el punto de que no vemos las posibilidades que tenemos ante nuestros ojos. Como dijo Helen Keller: «Cuando una puerta a la felicidad se cierra, otra se abre, pero normalmente nos paramos tanto a mirar la puerta cerrada que no vemos que la otra se ha abierto».
Cuando nos dedicamos compasión y acogemos nuestra decepción con conciencia plena, cariño y conexión, la puerta se abre de nuevo. Cuando nos calmamos y nos consolamos, nos proporcionamos un sentimiento de seguridad y el valor para salir de detrás de la roca en la que nos habíamos escondido para ver lo que hay fuera. Casi siempre, las cosas no son tan malas como temíamos y empezamos a observar que tanto nosotros como nuestras vidas están bastante bien.
El estado mental de tranquilidad y esperanza que proporciona la compasión hacia uno mismo puede llevarnos a una espiral ascendente de emociones positivas que nos ayuda a liberarnos del miedo y mejora notablemente nuestra calidad de vida. Barbara Fredrickson, la importante psicóloga social autora de Positivity, propone lo que ella llama «teoría de ampliación y construcción» para explicar cómo funciona.[2] Fredrickson afirma que las emociones positivas nos permiten sacar ventaja de las oportunidades en lugar de limitarnos a evitar los peligros. Las emociones positivas no limitan nuestra atención, sino todo lo contrario. Dado que nos ayudan a sentirnos tranquilos y seguros, los buenos sentimientos nos abren a nuevas experiencias, además de incrementar la sensación de conexión y la confianza en los demás. Como afirma Fredrickson: «El positivismo nos abre. La primera verdad fundamental sobre las emociones positivas es que abren nuestros corazones y nuestras mentes, y así somos más receptivos y más creativos».[3]
Veamos en primer lugar cómo interfieren las emociones negativas en la visión clara de las cosas y nos impiden tomar buenas decisiones. Pongamos que se te ha echado la hora encima para ir al trabajo y todavía tienes que sacar al perro. Te estresas y te enfadas contigo mismo por no haberte levantado antes. Tomas la correa e intentas sujetarla al collar de Fido (la correa en una mano, la taza de café en la otra). Pero con tantas prisas no aciertas y tardas tres veces más en ponerle la correa al perro. Además, tardas tanto que Fido cree que te has inclinado para hacerle carantoñas e intenta lamerte la cara. El café acaba derramado sobre el suelo de la cocina. Maldices, limpias el estropicio y tiras de Fido hacia la puerta. Estás impaciente y malhumorado mientras das una vuelta a la manzana con el perro. «¿Cuándo va a hacer sus cosas? Ya voy quince minutos tarde.» Cuando Fido por fin se desahoga, lo hace exactamente en medio de la acera. Buscas una bolsita en tu bolsillo, pero descubres que con las prisas la has olvidado. Cinco minutos, diez hojas y quince muecas más tarde consigues limpiar la caca de Fido. Cuando llegas a casa, te lavas las manos y buscas las llaves del coche en el compartimento delantero de tu cartera, donde normalmente las llevas. Pero no están. Miras una, dos, tres veces. Tu frustración va en aumento. Finalmente vacías toda la cartera para descubrir que las llaves están en el bolsillo trasero. Las habías puesto allí para salir más rápido después de pasear al perro. Cuando finalmente llegas al trabajo, lo haces media hora tarde. Te has perdido el principio de la reunión diaria de tu grupo de trabajo. Entras tímidamente, todas las miradas se posan en ti mientras buscas una silla. Desearías ser invisible. Tu actitud negativa ha hecho que seas torpe e ineficaz, sin olvidar que has tenido problemas con tu jefe. Y tu jornada solo parece empeorar a partir de ese momento.
Pensemos ahora cómo habría sido esa secuencia si te hubieses centrado en lo positivo y no en lo negativo. Se te ha hecho tarde y todavía tienes que sacar al perro. Aunque has dormido un poco más de la cuenta, te sientes agradecido por esos minutos extra de sueño. Te preparas un café y percibes lo bien que huele. Te tomas un momento para disfrutar de los primeros sorbos y te das cuenta de que probablemente deberías servirte el café en un vaso de plástico antes de sacar a Fido. Tomas la correa del perro, con la otra mano sujetas el café. Mientras, Fido intenta darte un beso. Se te cae el café (por suerte, el vaso es de plástico), acaricias a Fido y lo sujetas con la correa. «Qué perro tan bueno, es muy buen compañero», piensas. Sales a la calle tranquilamente sin olvidar las bolsitas para recoger las cacas. Observas que hace un día estupendo y disfrutas plenamente del paseo. En cuanto Fido termina de hacer sus cosas, recoges y vuelves a casa. Te lavas las manos y buscas las llaves del coche en la cartera. «¿Dónde están? Siempre las pongo en el compartimento delantero. Ah, sí. Aquí. Las puse en el de atrás para ganar tiempo. ¡Supongo que soy más listo de lo que pensaba!» Llegas al trabajo con diez minutos de retraso; tienes cinco minutos antes de que empiece la reunión de grupo. Te sientes de muy buen humor cuando empieza la reunión, y sobre todo cuando tu jefe aprueba la solución creativa que planteas a un problema.
Tu actitud positiva te ha ayudado a ser hábil, cuidadoso y eficaz en tus acciones, y es muy probable que tu jornada vaya a mejor.
Todos hemos pasado por situaciones como las del primer caso y, por suerte, también como las del segundo. Parece que cuando estamos negativos, todo lo que puede salir mal sale mal. En cambio, cuando estamos positivos, las cosas salen mejor. La investigación de Fredrickson demuestra que este proceso no es mágico. Las emociones negativas tienden a limitar nuestra atención hasta el punto de que pasamos por alto lo obvio y cometemos errores, lo que significa que nos provocamos más estrés a nosotros mismos, y con él más problemas. Las emociones positivas, por otro lado, tienden a fortalecer nuestra atención; observamos los detalles útiles y tenemos ideas creativas, lo que significa que maximizamos nuestro pensamiento y nuestra capacidad de tomar decisiones y enfrentarnos a los problemas.
EJERCICIO 2
Sal a pasear
Sal a dar un paseo de entre 15 y 30 minutos. Mejor si puede ser en un entorno natural, aunque basta con que sea al aire libre (por ejemplo, desde la oficina hasta la parada de autobús). El objetivo del paseo es que percibas el mayor número posible de cosas agradables. De ese modo generarás un estado de ánimo optimista. ¿Cuántas cosas alegres, bonitas o inspiradoras observas durante el paseo? ¿Hace un buen día? Si llueve, piensa en cómo contribuye la lluvia a la vida. ¿Ves plantas o flores bonitas? ¿Oyes cantar a los pájaros? ¿Ves una ardilla? ¿Percibes olores agradables? ¿Qué tiene de bueno la experiencia de caminar en sí misma? ¿Puedes establecer contacto con la maravilla de poder caminar, de sentir la tierra bajo tus pies?
¿Y qué hay de la gente con la que te cruzas? ¿Ves a una pareja de la mano, a unos amigos riendo juntos, a una madre con su bebé? Si en ese momento estás sonriendo (y es posible que sea así después de generar emociones tan positivas), ¿alguien te responde con una sonrisa? ¿Incluso, tal vez, con un saludo? Gran parte de nuestra actitud mental depende de nuestra intención de percibir lo bueno, una intención que riega las semillas de la felicidad.
Fredrickson y sus colegas se han interesado recientemente por el papel de los sentimientos de compasión en el cultivo de las emociones positivas.[4] Llevaron a cabo un estudio en el que se enseñó a los participantes a realizar la meditación de bondad que se describe en el capítulo 9. Cinco días a la semana, durante ocho semanas, los participantes generaron sentimientos de bondad hacia ellos mismos y hacia sus seres queridos, conocidos, desconocidos y, por último, a todos los seres vivos.
En comparación con un grupo de control, los participantes que practicaron la meditación de bondad afirmaron sentir emociones positivas como amor, alegría, gratitud, satisfacción, esperanza, orgullo, interés, diversión y asombro cada día. También explicaron que se aceptaban más y que tenían relaciones más positivas. Resulta interesante observar que, además, los participantes también experimentaron una salud física mejor, con menos síntomas de enfermedad como dolores de cabeza, congestión o debilidad.
Un estudio con resonancias magnéticas realizado por Richie Davidson examinó el funcionamiento del cerebro de monjes budistas veteranos y alumnos voluntarios que meditaban sobre compasión incondicional para todos los seres.[5] Los resultados indicaron que, mientras meditaban, ambos grupos tenían mayores niveles de activación cerebral en el córtex prefrontal izquierdo, la región del cerebro asociada con la alegría y el optimismo. Los monjes mostraron los mayores niveles de activación registrados por científicos occidentales (¡estos sí eran monjes felices!).
AUTOCOPASIÓN Y PSICOLOGÍA POSITIVA
En la pasada década, psicólogos eminentes como Martin Seligman y Mihaly Csikzentmihalyi se interesaron cada vez más por la manera en que emociones positivas como el amor, la alegría, la curiosidad y la esperanza pueden ayudarnos a mejorar la salud y el bienestar.[6] Conocido como el movimiento de la «psicología positiva», se centra en entender los factores que producen salud mental en oposición a la enfermedad mental (cultivar los puntos fuertes en lugar de eliminar los débiles). Nuestra investigación demuestra que las personas compasivas consigo mismas experimentan más emociones positivas (entusiasmo, interés, inspiración, emoción) que las personas autocríticas.[7] Además, afirman ser mucho más felices. Irónicamente, aunque la compasión hacia uno mismo surge durante experiencias de sufrimiento, tiende a crear estados mentales alegres. La autocompasión no borra los sentimientos negativos, sino que los acoge con interés y cariño. Y así se pone en marcha el «ciclo de ampliación y construcción» que ya hemos mencionado. Dado que la compasión hacia nosotros mismos nos hace sentirnos seguros, centrados y conectados, podemos deleitarnos en lo maravilloso de nuestras vidas en lugar de explayarnos en los problemas y las limitaciones. Podemos empezar a perseguir nuestros sueños en lugar de evitar los peligros.
De acuerdo con estas ideas, nuestra investigación demuestra que las personas compasivas consigo mismas son mucho más optimistas que las que carecen de autocompasión.[8] El optimismo es la creencia de que las cosas van a salir bien, de que el futuro guarda cosas buenas. A diferencia de los pesimistas, que no se molestan en intentar cambiar nada porque asumen que todo va a salir mal (según el dicho, si tienes que pedir dinero, que sea a un pesimista: no espera que se lo devuelvas), los optimistas se esfuerzan por conseguir sus objetivos, seguros de que sus esfuerzos darán frutos. Las personas compasivas consigo mismas son más optimistas porque saben que si surge un problema, podrán solucionarlo. Poseen la fuerza emocional necesaria para afrontar cualquier cosa. Si eres capaz de consolarte a ti mismo cada vez que ocurre algo doloroso, si permaneces centrado y no tienes reacciones precipitadas, empezarás a confiar en ti mismo. Te resultará más fácil encontrar fuerza interior cuando lleguen malos tiempos, sabiendo que puedes superarlo todo con la ayuda de tu propio apoyo compasivo.
Otro de nuestros descubrimientos es que las personas compasivas consigo mismas tienden a mostrar más curiosidad por la vida.[9] La curiosidad es el motor del crecimiento, nos anima a explorar, descubrir y asumir riesgos, incluso cuando nos sentimos nerviosos o incómodos. La autocompasión nos proporciona la seguridad y la ecuanimidad necesarias para permanecer abiertos en nuestro salto hacia lo desconocido. Nos permite refugiarnos en el interés y la curiosidad cuando no tenemos ni idea de lo que va a ocurrir a continuación.
Las personas compasivas consigo mismas también tienden a estar más satisfechas con su vida, un hallazgo que hemos detectado en personas de Oriente y de Occidente.[10] La satisfacción vital es una sensación general de contento con la propia vida, el sentimiento de que nuestra vida tiene significado y valor. Cuando aplicamos el bálsamo calmante de la compasión hacia uno mismo a nuestros fracasos y nuestras decepciones, integramos la pena en una aceptación profunda, intensa y satisfactoria de lo que significa vivir.
CELEBRAR LA EXPERIENCIA HUMANA
Sabemos que la compasión hacia uno mismo genera sentimientos positivos que mejoran la salud y el bienestar. Lo verdaderamente maravilloso es que esas emociones positivas no requieren que finjas que la realidad es distinta a la que es. La compasión nos permite ampliar nuestra visión y así apreciar y reconocer plenamente todos los aspectos de la vida, los buenos y los malos.
Una vida realmente satisfactoria y divertida es variable y diversa (polifónica, no monótona). Imagina que las únicas canciones que has escuchado en tu vida fuesen tus diez favoritas. Para siempre. No tardarías en sentir el deseo de saltar por una ventana debido al tremendo aburrimiento. Para que las cosas sigan siendo interesantes necesitamos contraste y variedad. El ideal de persona siempre sonriente al estilo de Doris Day es un invento de Hollywood. Un recorte de cartulina de una persona real que deja con ganas de más. Se dice que Doris Day rechazó el papel de Mrs. Robinson en El graduado porque chocaba con los personajes habituales que interpretaba (siempre buenísimas personas). ¿Imaginas cuánto interés habría ganado su biografía cinematográfica —y cuánto tiempo más habría durado— si hubiese aceptado el papel?
Aunque todos queremos ser felices, para lograr ese estado debemos sentir todas las emociones: las buenas y las malas, los saltos hacia delante y los retrocesos. Emociones como la tristeza, la vergüenza, la ira y el miedo son necesarias y fundamentales para el espectáculo de la vida, igual que la alegría, el orgullo, el amor y la valentía. Como escribió Carl Jung: «Incluso una vida feliz no es factible sin un punto de oscuridad, y la palabra “feliz” perdería su significado si no tuviese su contrapunto en la tristeza». La palabra clave aquí es «contrapunto». Equilibrio. No queremos que los sentimientos negativos den color a todas nuestras percepciones, pero tampoco excluirlos por completo. Además, eso es imposible.
Cuando sentimos compasión hacia nuestro sufrimiento, los placeres de la bondad, la conexión y el mindfulness se mezclan rápidamente con los sentimientos dolorosos. El sabor resultante puede ser sorprendentemente satisfactorio (algo así como chocolate negro). Sin dolor, el placer de la vida sería demasiado azucarado, sin profundidad ni complejidad. Por otro lado, el dolor sin placer sería demasiado amargo, como el cacao sin azúcar. Cuando el dolor y el placer se combinan, cuando acogemos ambos con el corazón abierto, empezamos a sentirnos verdaderamente completos. Por tanto, la próxima vez que pases por un momento difícil, intenta recordar las palabras «chocolate negro». Podrían proporcionarte la inspiración necesaria para acoger el dolor amargo entre la dulzura y el cariño de la compasión.
MI HISTORIA: EL NIÑO CABALLO
Puedo decir que mi experiencia con la alegría que aporta la autocompasión es de primera mano. El compromiso que Rupert y yo hicimos de abrir nuestros corazones y nuestras mentes nos permitió hacer una locura: perseguir un sueño imposible y lograr que se cumpliese.
Nadie sabe qué provoca el autismo. Es un misterio. Tampoco entendemos por qué los casos de autismo han aumentado tanto. Para los padres que se enfrentan al problema, sin embargo, la gran pregunta no es qué provoca el autismo, sino ¿qué hacer al respecto? Gran parte de la información sobre terapias y tratamientos para el autismo es contradictoria. Todo es muy caro. Cuando nuestro hijo, Rowan, fue diagnosticado con este trastorno, no tuvimos más opción que aceptar lo desconocido y enfrentarnos a cada momento lo mejor que pudimos. Ante la falta de respuestas, decidimos intentar algo que ayudase a Rowan sin hacerle daño. No teníamos ni idea de la aventura a la que nos llevaría esa decisión.
El autismo resulta agotador. Como ya he mencionado, Rowan era víctima de interminables rabietas con gritos provocadas por su sistema nervioso hiperestimulado. En la naturaleza, sin embargo, se calmaba un poco. Cuando sufría una rabieta, Rupert se llevaba a Rowan al bosque que hay detrás de nuestra casa. Un día, cuando Rowan tenía tres años, echó a correr, atravesó la valla del campo de nuestro vecino y continuó corriendo entre los caballos hasta que Rupert logró detenerlo.
Allí estaba, tumbado sobre la hierba, con cinco caballos amontonados a su alrededor.
Y entonces ocurrió algo extraordinario. La yegua líder, un ejemplar viejo y malhumorado llamado Betsy, apartó suavemente a los otros caballos y agachó la cabeza ante Rowan en señal de sumisión. Entre la yegua y el niño ocurrió algo maravillosamente tierno e inexplicable. Rupert, un experto jinete, creía que Rowan no estaba seguro entre los caballos, pero después de ver la reacción de Betsy, inmediatamente pensó en subir a Rowan a su lomo. Yo estaba nerviosa y le pedí que tuviese cuidado, pero en cuanto Rupert colocó a Rowan en la silla (él se subió detrás), nuestro hijo empezó a hablar, a utilizar frases con sentido por primera vez. Nos quedamos asombrados.
Aquel mismo año ocurrió otra cosa extraordinaria. Rupert (que trabaja en derechos humanos además de ser escritor) trajo a un grupo de hombres de la tribu san (bosquimanos), del sur de África, para protestar ante la ONU por el desalojo de sus terrenos ancestrales de caza. Los bosquimanos poseen una larga tradición de curación a través del trance. Nos unimos a ellos durante unos días en una convención de curanderos tradicionales a las afueras de Los Ángeles y nos ofrecieron «trabajar» con Rowan. Casi inmediatamente, el niño empezó a señalar, a mostrar sus juguetes y a interactuar mucho más de lo que lo hacía habitualmente. Durante unos días fue casi como tener un hijo «normal». Estábamos encantados. Por desgracia, regresó a las profundidades de sus síntomas negativos en cuanto los bosquimanos se marcharon. No obstante, aquel salto repentino e inexplicable, combinado con la reacción positiva y radical de Rowan ante Betsy, estaba haciendo crecer una idea en la mente de Rupert.
Una tarde, Rupert y Rowan llegaron de cabalgar y Rupert dijo, como si fuese lo más natural del mundo, que sería buena idea llevar a Rowan a un lugar donde los caballos y la sanación van de la mano: Mongolia. Es el país donde se domesticaron caballos por primera vez, y de donde procede la palabra «chamán» («el que sabe»). «Es obvio que debemos ir allí», dijo Rupert. Yo no estaba de acuerdo. Para nada.
—A ver si lo entiendo —dije—. ¿Quieres que llevemos a nuestro hijo autista por toda Mongolia a lomos de un caballo? ¡Es absurdo! Es lo último que necesitamos hacer. Ya es suficientemente complicado cada día, no digamos una locura como esa. No puedo creer que lo digas en serio. ¡Y además yo detesto los caballos!
Puede que «detesto» sea una palabra demasiado fuerte, pero nunca fui de esas niñas que desean tener un poni. Rupert es el amante de los caballos de la familia. Yo crecí en las afueras de Los Ángeles, intentando ser aceptada en el mundo del rock gótico. Rupert me enseñó a montar (más o menos), pero nunca tuve el deseo de dominar un caballo. Y los caballos lo saben: se me han desbocado y encabritado más veces de las que podría contar.
Sin embargo, Rupert tenía el sentimiento arraigado y persistente de que debíamos llevar a Rowan a Mongolia para ayudarle. Mi sentimiento arraigado cuando pensaba en viajar hasta Mongolia no era de intuición, sino más bien de pánico. Rupert y yo discutimos por eso, y mucho. Y entonces ocurrió algo nada habitual (los dos somos muy tercos): ambos retrocedimos con la esperanza de que el otro cediese. Pasaron dos años. Rowan y Rupert cabalgaban juntos casi todos los días, y los efectos de aquella terapia equina casera eran evidentes en el desarrollo del lenguaje de Rowan. Sin embargo, a los cinco años, Rowan todavía no sabía ir solo al baño. Habíamos intentado quitarle los pañales, pensando que debía estar incómodo cuando se hacía caca y que eso le ayudaría a aprender a utilizar el inodoro. Pero no funcionó. Nada funcionaba. Y Rowan seguía sufriendo unas rabietas inexplicables e incontrolables. Además, era incapaz de hacer amigos.
Rupert mantenía contacto por correo electrónico con un operador turístico de Mongolia y había empezado a organizar el viaje a pesar de mis reservas. Un joven amigo director de cine, Michel, quería acompañarnos para documentar el viaje. Dijo que lo haría gratis, que le parecía una oportunidad estupenda. Yo seguía resistiéndome.
Con todo, con los años había aprendido que cuando Rupert tiene una intuición, suele ser acertada. Al fin y al cabo, tuvo una intuición conmigo y me pidió en matrimonio el día que nos conocimos. Así que pensé en el tema de Mongolia y mi reacción me sorprendió. Me di cuenta de que no quería perderme aquella aventura. Que la vida me estaba proporcionando la oportunidad de cambiar las cosas, de canalizar nuestro dolor por el autismo de Rowan y convertirlo en una búsqueda de curación. Que se me estaba ofreciendo una elección entre el amor y el miedo. Así que respiré profundamente y dije sí. Bromeé con el hecho de que yo iba a salir ganando de todas formas. Si el viaje era un fracaso, podría decirle a Rupert «Te lo advertí», y si era un éxito..., mucho mejor.
Rupert hizo una propuesta para escribir un libro sobre el viaje, The Horse Boy, con la esperanza de conseguir un adelanto para cubrir algunos gastos y la falta de ingresos mientras estuviésemos fuera. La propuesta permaneció sobre la mesa del agente de Rupert durante varios meses, y no volvimos a saber nada del tema. En un acto de fe decidimos seguir adelante y comprar los billetes de avión. Las tarjetas de crédito echaban humo.
Alrededor de dos semanas más tarde, el agente nos comunicó que varias editoriales se disputaban el libro y Rupert consiguió un adelanto que superaba nuestros sueños. De pronto teníamos más que suficiente para cubrir todos los gastos, realizar un documental bien hecho (también titulado The Horse Boy) y, lo más importante, guardar dinero para el futuro de Rowan. Era como si la vida estuviese ratificando nuestra decisión de emprender la aventura y aportándonos la máxima seguridad para hacerlo. Sentimos una enorme gratitud.
Y así, en agosto de 2007, nos encontramos al pie de una montaña sagrada en Mongolia, donde nueve chamanes se habían reunido a las afueras de Ulán Bator, la capital, con el fin de realizar un ritual para nosotros. Según Tulga, nuestro guía, casi todos habían recorrido cientos de kilómetros solo para ayudar a Rowan. Fue la tarde más intensa de mi vida. A Rowan no le gustó nada al principio y no dejó de gritar y de resistirse. Estaba desorientado y no entendía todo aquel ruido (aunque debo admitir que no se mostró más nervioso que en cualquiera de nuestras visitas al supermercado).
Y entonces todo fue realmente extraño: los chamanes dijeron que durante el embarazo había entrado una energía negra en mi vientre, y me hicieron ir hasta el río para lavarme las partes íntimas con vodka. Sí, vodka. También dijeron que una antepasada por parte de mi madre, alguien con una enfermedad mental, se estaba aferrando a Rowan. Lo cierto es que mi abuela materna perdió a un hijo de ocho años en un accidente de coche (mi madre tenía dos años). Unas semanas después de que mi madre se mudase y se casase, su padre murió de un infarto. Mi abuela se volvió loca de dolor y tuvo que ser internada. ¿Sería ese mi antepasado femenino del que hablaban? Qué extraño. No había tiempo para pensar. Nos pidieron a Rupert y a mí que nos arrodillásemos de cara a la montaña mientras un chamán nos azotaba (a Rowan no, menos mal) con látigos de cuero. Nos salieron unas enormes ronchas rojas en la espalda, los brazos y los muslos. Tulga, con una risa nerviosa, nos dijo: «Es importante que no gritéis».
Sin contar cuando di a luz, creo que nunca había sentido tanto dolor. Mientras permanecía arrodillada en la hierba, respirando profundamente y sintiendo las tiras de cuero azotando mi piel, me envié autocompasión. Compasión por el dolor del látigo, por el dolor de tener un hijo autista, por todas las personas que sufren en el mundo. Sabía que el dolor que el chamán me estaba provocando nacía de la intención de curar, y eso lo hacía soportable.
—¿Perdonas al loco de tu marido? —me preguntó Rupert cuando acabó el ritual.
Nos abrazamos entre risas. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Y entonces ocurrió algo hermoso. Rowan empezó a reír y a jugar con los chamanes. Poco después, para nuestra sorpresa, Rowan se dirigió a un niño que permanecía fuera del círculo, lo abrazó y le dijo:
—Hermano mongol.
Nunca había hecho algo así.
El niño se llamaba Tomoo y era el hijo de Tulga, nuestro guía. Al ver el sorprendente gesto de los niños, Tulga decidió que Tomoo nos acompañase durante todo el viaje. Rowan había hecho su primer amigo.
Nos dirigimos hacia el interior. Y estuvo a punto de ocurrir un desastre. De repente, Rowan perdió la confianza durante el primer día con los caballos, los rechazó por completo y tuvimos que continuar en 4 × 4. Para Rupert fue muy duro: montar juntos a caballo era la actividad que más le unía a Rowan. No obstante, observar cómo se forjaba la amistad entre Rowan y Tomoo durante los largos días de viaje y las bellísimas tardes acampados en la estepa era pura alegría. Algo en nuestro hijo estaba cambiando.
Nos lavamos y rezamos en las aguas sagradas del lago Sharga, un lugar extraño, como de ensueño, con cisnes salvajes y caballos aún más salvajes, antes de continuar el viaje hacia el norte, en dirección a Siberia, la tierra de los misteriosos pastores de renos. Sus curanderos tienen fama de ser los más poderosos de la región. Rupert había oído que aquellos pueblos nómadas (al parecer, ancestros de los primeros nativos americanos que cruzaron el estrecho de Bering hace más de diez mil años) eran muy difíciles de localizar. Encontrarlos y pedir que tratasen a Rowan era el objetivo final de nuestro viaje. Pero no existían carreteras hacia sus remotos asentamientos. Para llegar, Rowan tendría que volver a montar a caballo.
A aquellas alturas yo ya estaba muy cansada. Imagina tener que lavar la ropa interior sucia de un niño de cinco años tres veces al día con botellas de agua recogida en los riachuelos (en la estepa no hay lavadoras ni secadoras). Y estaba harta de la comida, que era horrible (especialmente la leche rancia de yegua, llamada airag, que sabe a vómito). A pesar de todo, algo nos impulsaba a seguir adelante.
Rowan por fin aceptó cabalgar y empezó a disfrutar de ello. Seguimos a nuestros guías por el paso de más de tres kilómetros que había que cruzar para llegar a los pastos de verano de los pastores de renos. Tres duros días más tarde, por fin vimos los tipis. Rowan se quedó extasiado. Las personas que vivían allí (como en el resto de Mongolia) no podían ser más hospitalarias. Sacaron renos domesticados para que Rowan y Tomoo montasen y les permitieron acurrucarse con una cría preciosa antes de comenzar la sanación.
Durante tres días, el chamán (un anciano muy carismático llamado Ghoste) trabajó con Rowan, bailando y tocando timbales a la luz de la hoguera de su tipi mientras Rowan gateaba jugando a ser una cría de elefante.
La última noche tuve un sueño extraño (y casi nunca recuerdo mis sueños). Mi abuela, ya mayor, estaba con su hijo, el que había muerto, solo que ahora era un hombre adulto. Se alejaban caminando juntos, de la mano, felices.
A la mañana siguiente, Ghoste dijo que había llegado el momento de marcharnos. También dijo que aquello que nos causaba tantos problemas (la incontinencia de Rowan y las rabietas) desaparecería aquel mismo día.
Estaba en ascuas, y Rupert también. Al día siguiente, acampados junto al río, Rowan hizo su primer movimiento de intestinos voluntario y se limpió él solo. Dos días más tarde tuvo su primer éxito en un lavabo de verdad (algo que ni sus abuelas ni profesionales remunerados habían conseguido). A partir de aquel momento, las rabietas fueron escasas. Unas semanas después de regresar a casa, desaparecieron por completo. Mientras tanto, el círculo de amigos de Rowan empezó a crecer. Incluso empezó a montar a Betsy él solo. Para Rupert era un sueño cumplido.
¿Fueron los chamanes, fue una especie de efecto placebo, o no fue más que el efecto de llevar a Rowan a un entorno completamente distinto en el que lo pusimos al límite? Sinceramente, no lo sé. Lo que sé es que asumimos un riesgo como familia y, en cierta manera, a través de un acto loco de fe, encontramos una sanación.
Sanación, no cura. Rowan no se ha curado de su autismo. Sigue siendo autista. Sin embargo, ha sanado de las disfunciones que acompañaban a su autismo. Ahora Rowan es tan funcional que algunas personas ya no le ven «dentro del espectro». Sin embargo, el autismo siempre estará en el fondo de quién es y cómo ve el mundo, y no desearíamos que fuese de ninguna otra manera.
La sanación que Rupert y yo recibimos en Mongolia consistió en aceptar plenamente el autismo de Rowan y dejar de luchar contra él. Al abrirnos al misterio del autismo, al aprender a verlo como una aventura y no como una maldición, nos dimos cuenta de que el autismo de Rowan era en realidad lo mejor que nos había pasado nunca. No llevaríamos una vida tan interesante si no fuese por el autismo de nuestro hijo. Ghoste nos dijo que teníamos que llevar a Rowan a un buen curandero tradicional cada año hasta que cumpliese los nueve. De cualquier tradición. En 2008 fuimos a Namibia para ver al curandero bosquimano amigo de Rupert, un poderoso chamán llamado Besa (tan amigo de Rupert que el nombre completo de Rowan es Rowan Besa Isaacson). En 2009 fuimos a ver a un increíble curandero aborigen de Australia. En 2010 viajamos a Nuevo México y Arizona para visitar a un curandero navajo. Rowan ha vuelto transformado de cada uno de esos viajes, y también nosotros. Somos una familia cada vez más unida.
Además, hemos podido compartir con otras familias las experiencias que hemos tenido con Rowan. Organizamos campamentos de cuatro días (el campamento «Horse Boy») para familias con hijos autistas. Les facilitamos un contacto más intenso con los caballos y con la naturaleza. Varios niños han tenido avances muy notables en los campamentos, incluyendo a niños no verbales que dijeron sus primeras palabras a lomos de un caballo para sorpresa de sus padres. He hablado mucho sobre autocompasión con los padres en los campamentos, ya que resulta crucial para afrontar el estrés de criar a un niño autista. La alegría, la satisfacción y la diversión que hemos disfrutado con esta actividad han sido muy inspiradoras.
El autismo es un regalo si tú le permites que lo sea. El encanto, el sentido del humor, el talento y el enorme interés en el mundo natural que caracterizan a nuestro hijo se deben a su autismo, no a pesar de él. ¿Por qué desearíamos cambiar eso? A Rupert le gusta recordarme estas palabras: «Según el viejo dicho, si la vida te da limones, prepara limonada. Y yo digo que de eso nada. Si la vida te da limones, prepara margaritas».
EJERCICIO 3
Encuentra el lado bueno
Piensa en uno o dos de los mayores retos a los que te hayas enfrentado en tu vida, problemas tan difíciles que pensaste que nunca los superarías. En retrospectiva, ¿crees que surgió algo bueno de aquellas experiencias? ¿Creciste como persona, aprendiste algo importante, le encontraste más sentido a tu vida? En caso afirmativo, ¿retrocederías y cambiarías lo ocurrido, aunque eso significase que no serías la persona que eres ahora?
A continuación, piensa en un reto presente. ¿Existe alguna manera de ver tu problema desde otra perspectiva? ¿Puede surgir algo positivo de tus circunstancias actuales? ¿Oportunidades de aprender, de avanzar profesionalmente, de nuevas relaciones, de reorganizar tus prioridades?
Si te cuesta ver algo positivo en tus circunstancias actuales, probablemente sea una señal de que necesitas más compasión hacia ti mismo. Prueba a utilizar las tres puertas (bondad, humanidad compartida y mindfulness) para afrontar tus sentimientos de temor o de angustia. Háblate con cariño, diciéndote palabras de apoyo, como harías con un buen amigo. Puede que incluso te ayude darte un pequeño abrazo si nadie te está mirando. Piensa cómo te conecta tu situación con otras personas con problemas similares: no estás solo. Respira profundamente varias veces y acepta que la situación está ocurriendo aunque no te guste.
Y ahora empecemos de nuevo. ¿Qué intenta enseñarte la vida ahora mismo? ¿Es una oportunidad para abrir tu corazón y tu mente? ¿Existe alguna manera de transformar lo que parece una maldición en una bendición? ¿Alguien quiere un margarita?
Notas y Referencias del Capítulo:
- [1] 1 . Richard S. Lazarus, Emotion and Adaptation , Nueva York, Oxford University Press, 1991.
- [2] 2 . Barbara L. Fredrickson, «The Role of Positive Emotions in Positive Psychology: The Broaden-and-Build Theory of Positive Emotions», American Psychologist , 56, 2001, págs. 218-226.
- [3] 3 . Barbara L. Fredrickson, Positivity, Nueva York, Crown, 2009.
- [4] 4 . Barbara L. Fredrickson y otros, «Open Hearts Build Lives: Positive Emotions, Induced Through Meditation, Build Consequential Personal Resources», Journal of Personality and Social Psychology , 95, 2008, págs. 1045-1062.
- [5] 5 . Antoine Lutz y otros, «Long-Term Meditators Self-Induce High-Amplitude Gamma Synchrony During Mental Practice», Proceedings of the National Academy of Sciences , USA, 101, 2004, págs. 1636916373.
- [6] 6 . Martin E. Seligman y Mihaly Csikzentmihalyi, «Positive Psychology: An Introduction», American Psychologist , 55, 2000, págs. 5-14.
- [7] 7 . Kristin D. Neff, Stephanie S. Rude y Kristin Kirkpatrick, «An Examination of Self-Compassion in Relation to Positive Psychological Functioning and Personality Traits, Journal of Research in Personality , 41, 2007, págs. 908-916.
- [8] 8 . Ibid.
- [9] 9 . Ibid.
- [10] 10 . Kristin D. Neff, Kasom Pisitsungkagarn y Ya-Ping Hseih, «Self-Compassion and Self-Construal in the United States, Thailand, and Taiwan», Journal of Cross-Cultural Psychology , 39, 2008, págs. 267285.