Capítulo 13: Aprecio por uno mismo - Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo
By Kristin Neff
Nuestro más profundo temor no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo se debe a que somos inmensamente poderosos. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, magnífico, talentoso, maravilloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Minimizarte no le sirve al mundo. No hay nada valioso en encogerte para que otras personas no se sientan inseguras a tu alrededor. Todos estamos destinados a brillar, como hacen los niños. Nacimos para manifestar la Gloria que está dentro de nosotros. Esto no les ocurre solamente a algunos de nosotros, sino a todo el mundo. Y al dejar que nuestra luz brille, inconscientemente ayudamos a los demás a que hagan lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia automáticamente libera a otros.
MARIANNE WILLIAMSON, Volver al amor
Este libro está dedicado básicamente a nuestra manera de relacionarnos con nuestros fracasos y nuestras incompetencias con compasión hacia nosotros mismos. Pero los tres elementos básicos de la autocompasión (bondad, humanidad compartida y mindfulness) no son solo relevantes para lo que no nos gusta de nosotros mismos. Son igualmente importantes para lo que nos gusta.
APRECIAR NUESTRO LADO BUENO
En ocasiones resulta más difícil ver lo bueno de nosotros que lo malo. Para aquellos que no deseamos parecer engreídos, el mero hecho de pensar en nuestros rasgos positivos puede incomodarnos. Por esta razón, a muchas personas les cuesta aceptar los cumplidos. Seguro que conoces a alguna. «¡Mary, qué guapa estás! Me encanta tu blusa.» «Ah, gracias, pero le quedaría mejor a una mujer que no estuviese tan plana como yo.» Las alabanzas pueden hacernos sentir avergonzados, y muchas veces no sabemos cómo responder sin timidez.
Los elogios sientan mucho mejor que los insultos, por supuesto, pero ¿cuántos de nosotros nos los tomamos en serio, los hacemos nuestros, los disfrutamos? Por muy variadas razones, sentirse positivo con uno mismo resulta más complicado de lo que parece. Y la mayoría de las veces es debido al miedo.
Una versión de ese miedo consiste en imponerse unas expectativas demasiado altas. Minimizar nuestros puntos buenos significa que podemos sorprender gratamente a los demás en lugar de decepcionarles. Si marcas el gol de la victoria en el partido semanal con tu equipo después de lamentar repetidamente lo mal que juegas, es muy probable que recibas alabanzas de tus compañeros. «¡No sabía que jugases así! ¡Bien hecho!» Si fallas ese chute crucial al final del partido, es muy probable que recibas empatía: «Bueno, al menos lo has intentado». Parecer orgulloso y seguro de tus habilidades, por otro lado, te expone a los ataques cuando las cosas salen mal: «Eh, creía que habías dicho que eras uno de los mejores jugadores en la facultad. ¿Cuál era, la universidad de los inútiles sin coordinación?».
También nos da miedo abrirnos. Si tenemos la costumbre de «encogernos», el reconocimiento de nuestras cualidades positivas nos resultará extraño. Nuestro sentido del yo podría estar tan impregnado de sentimientos de ineptitud que nos aterra vernos como personas valiosas. Irónicamente, podemos vivir esa sensación como una especie de muerte, y por tanto nuestro sentido negativo del yo lucha por sobrevivir.
El temor a eclipsar a los demás es otro obstáculo. Sin duda, vivimos en una cultura competitiva en la que necesitamos creernos especiales y por encima de la media para sentirnos bien con nosotros mismos. Pero la cima es solitaria. Una parte de nuestra psique reconoce que el ascenso hacia la superioridad también es un descenso hacia el aislamiento. Aunque queremos tener una autoestima alta, conocemos por intuición sus inconvenientes potenciales (sentirse separado y desconectado de los demás). Si reconozco mi grandeza, ¿significa que soy mejor que tú, y que por ese motivo ya no podemos relacionarnos como iguales? El modo bipolar en que ansiamos y tememos la autoestima alta hace que resulte difícil estar cómodos en nuestra piel.
Thomas, contable en una empresa de tecnología, se sentía extremadamente incómodo cada vez que recibía un elogio. Si le dedicaban un cumplido por su rendimiento en el trabajo, por ejemplo, se limitaba a responder con un «Gracias» por pura educación, pero inmediatamente cambiaba de tema. Se sentía como un pez fuera del agua y casi mareado cada vez que un foco de positivismo le apuntaba. No había tenido modelos para aprender a aceptar cumplidos o para disfrutar del calor de una alabanza. Le aterraba la idea de convertirse en alguien como su jefe, un tipo astuto y cabezón que fumaba puros y pensaba que era el no va más. Odiaba la arrogancia de su jefe y le horrorizaba llegar a parecerse a él.
Existe una razón por la que siempre apoyamos al héroe modesto y retraído de las películas en lugar de a su antagonista arrogante y descarado. A nadie le gustan los narcisistas (excepto a los narcisistas). Si reconocemos nuestros rasgos positivos y nos deleitamos en ellos, ¿no significa que somos egoístas? Y los egoístas no son dignos de ser amados, ¿verdad? Es algo parecido a un callejón sin salida. Si admitimos las cosas buenas sobre nosotros mismos, tiene que significar que somos malos, así que nos centramos en lo malo para sentirnos bien. ¿No es absurdo? Pero todos lo hacemos.
Por tanto, ¿cómo celebrar nuestras cualidades admirables sin caer en la trampa del egoísmo? Creo que la respuesta sigue siendo la compasión hacia uno mismo, aunque de otro tipo. Me gusta llamarlo «aprecio por uno mismo». Cuando somos capaces de disfrutar de nuestras virtudes, reconociendo que todas las personas tenemos puntos fuertes y débiles, nos permitimos deleitarnos en nuestras bondades sin despertar sentimientos de arrogancia, superioridad o exceso de confianza. William James escribió que «el principio más profundo de la naturaleza humana es el anhelo de ser apreciado». Por suerte, podemos satisfacer nuestra necesidad profunda de ser apreciados sin depender de la aprobación de los demás. Podemos reconocer nuestra propia belleza. Y no porque seamos mejores que los demás, sino porque somos seres humanos que expresan el lado bello de la naturaleza humana.
ALEGRÍA EMPÁTICA
Uno de los fundamentos del bienestar según el budismo es el mudita, la «alegría empática». Es un estado que se consigue cuando nos alegramos de las buenas cualidades y circunstancias de los demás. Entender la alegría empática puede ayudarnos a captar mejor el significado de la compasión hacia uno mismo, ya que están estrechamente relacionadas. Los sentimientos básicos que subyacen a la alegría empática son la bondad y la buena voluntad. Si me interesa tu bienestar y quiero lo mejor para ti, desearé que tengas éxito. Me alegraré de que poseas dones y talentos que te ayudarán a ser feliz.
Sin embargo, resulta habitual que las buenas cualidades de los demás nos hagan sentir incompetentes. «Esa mujer es guapísima, así que yo debo de ser fea.» «Él es inteligente, así que yo debo de ser estúpido.» El monstruo de la envidia nos hace sufrir cuando otros destacan, lo que significa que sufrimos mucho. ¿Y si cambiásemos radicalmente nuestras percepciones? ¿Y si nos alegrásemos de los logros de los demás, sintiendo una felicidad auténtica por ellos? Eso aumentaría nuestras probabilidades de ser felices. Hay muchas personas por las que alegrarse. Según los últimos cálculos de población mundial, alrededor de 68.000 millones.
Un ingrediente esencial de la alegría empática es el reconocimiento de nuestra conexión inherente. Cuando formamos parte de un todo, podemos alegrarnos cada vez que uno de «nosotros» tiene algo que celebrar. Yo trabajo en la Universidad de Texas en Austin, y los austinianos somos muy aficionados al fútbol. Cada vez que los Longhorn ganan un partido importante, toda la ciudad se alegra. Por supuesto, nosotros solo somos seguidores, no tenemos nada que ver con los goles marcados. Es el sentimiento de unidad con nuestro equipo el que nos permite disfrutar de su éxito. Cuando nos sentimos conectados con los demás, podemos deleitarnos plenamente en sus logros. ¿Qué ocurriría si ampliásemos ese sentimiento de pertenencia para incluir a toda la humanidad, no solo al equipo local? Siempre saldríamos ganando.
Tenemos que ser conscientes de las cualidades positivas de los demás para apreciarlas al máximo. Si doy por hechos la inteligencia, el atractivo, la creatividad y el sentido del humor de mi marido, dejaré de ser consciente de sus virtudes. Se perderán entre lo asumido y lo esperado. Debo tomar nota de sus puntos fuertes y sus talentos para apreciar y reconocer plenamente la gran persona que es. Por esta razón, la alegría empática también requiere mindfulness.
LAS RAÍCES DEL APRECIO POR UNO MISMO
Cuando se aplican la bondad, la humanidad común y el mindfulness al sufrimiento de los demás, se manifiestan a modo de compasión. Cuando los aplicamos a nuestro propio sufrimiento, se manifiestan como compasión hacia uno mismo. Cuando se dirigen a las cualidades positivas de los demás, se manifiestan como mudita: alegría empática. Y cuando se dirigen a nuestras propias cualidades positivas, se manifiestan a modo de aprecio por uno mismo.
Veamos primero la cualidad de bondad aplicada al aprecio por uno mismo. Muchos de nosotros nos centramos más en nuestros puntos débiles que en los fuertes. Como ya se ha dicho, con frecuencia restamos importancia a nuestros rasgos positivos porque nos resulta demasiado aterrador e incómodo reconocerlos. Sin embargo, si nos tratamos con bondad a nosotros mismos, seremos capaces de disfrutar de nuestras virtudes. ¿No es maravilloso ser un buen padre, un buen trabajador, un amigo fiel, un activista ambiental comprometido? Mis rasgos de honestidad, paciencia, diligencia, creatividad, sensualidad, espiritualidad y empatía, ¿no merecen ser celebrados? Una de las mayores ventajas de la bondad hacia uno mismo es demostrarnos nuestra aprobación y nuestro aprecio con alabanzas sinceras. No tenemos que pronunciarlas en voz alta (además, nos incomodaría e incomodaríamos a los que nos rodean). Basta con que nos dediquemos el reconocimiento interior que merecemos (y necesitamos).
El sentimiento de humanidad común inherente al aprecio por uno mismo significa que nos valoramos, no porque seamos mejores que los demás, sino porque todas las personas tenemos cosas buenas. Apreciar las bondades de los demás al tiempo que ignoramos o menospreciamos las nuestras crea una falsa división entre nosotros y los demás. Sin embargo, como expresión distintiva de la fuerza vital universal que impulsa toda nuestra experiencia, cuando nos honramos a nosotros mismos honramos todo lo demás. Como afirma el maestro zen Thich Nhat Hahn: «Eres una manifestación maravillosa. Todo el universo se ha unido para hacer posible tu existencia». Si te tomas en serio la noción del «interser», celebrar tus logros no será más egocéntrico que sentir compasión por tus fracasos. En realidad, no somos responsables de nuestros dones y talentos. Proceden de nuestro acervo genético, del amor y los cuidados de nuestros padres, de la generosidad de los amigos, de la ayuda de nuestros profesores y de la sabiduría de nuestra cultura colectiva. Un nexo único de causas y condiciones dio lugar a la persona en constante evolución que soy. Apreciar nuestras virtudes, por tanto, es en realidad una expresión de gratitud por todo lo que nos ha moldeado como individuos y como especie. El aprecio hacia uno mismo honra humildemente a toda la creación.
El aprecio hacia uno mismo también requiere mindfulness. Del mismo modo que necesitamos percibir las buenas cualidades de los demás para apreciarlas, tenemos que reconocer conscientemente nuestros rasgos positivos. Dado el malestar que sentimos cuando nos apreciamos, sin embargo, a veces ocultamos esos pensamientos a nuestro consciente. Suprimimos nuestras sospechas de que, al fin y al cabo, tal vez no somos tan malos porque no sabemos qué hacer con esos sentimientos positivos desconocidos. El mindfulness nos permite enfocar las cosas desde una nueva perspectiva, al margen de nuestras tendencias habituales. Uno de los hábitos más fuertes de la mente, claro está, es centrarse en lo negativo. Se trata de una tendencia especialmente evidente cuando pensamos en nosotros mismos. El instinto nos dice que identifiquemos los problemas y los solucionemos para poder sobrevivir. Esto significa que damos por hechas nuestras buenas cualidades y nos obsesionamos con nuestros puntos débiles. «Ojalá pudiese perder siete kilos», se decía una y otra vez, pasando por alto sin más su juventud, su buena salud, su inteligencia, su éxito laboral y su novio cariñoso. Al estar dispuestos a percibir lo bueno de nosotros mismos, sin embargo, somos capaces de contrarrestar esa tendencia a la negatividad.
Hay quien podría argumentar que si nos centramos demasiado en lo bueno de nosotros mismos, pasaremos por alto oportunidades necesarias de crecimiento. Esto es cierto solo si nos centramos «demasiado» en lo positivo. Si adoptásemos una visión desequilibrada de nosotros mismos («Soy perfecto, no tengo defectos»), sí sería un problema. No sé por qué caemos con tanta frecuencia en la trampa de este tipo de pensamiento, pero no nos sirve para nada. Todo ser humano tiene rasgos positivos y negativos. En lugar de salirnos por la tangente en una u otra dirección, buena o mala, tenemos que honrarnos y aceptarnos tal como somos. Ni mejores ni peores. La clave es tener equilibrio y perspectiva para poder vernos sin distorsiones. Cuando sale el sol podemos apreciar nuestra luz, y cuando se pone podemos dedicarnos compasión por nuestra oscuridad.
EJERCICIO 1
Apreciarse a uno mismo
Escribe diez cosas sobre ti mismo que de verdad te gusten o aprecies (no tienen por qué ser cualidades que manifiestas continuamente). Mientras escribes cada cualidad, percibe si tienes sentimientos incómodos (¿vergüenza, temor a la vanidad, desconocimiento?). Si te sientes incómodo, recuérdate que no estás afirmando ser mejor que nadie o que eres perfecto. Solo estás escribiendo algunas de las virtudes que manifiestas en ocasiones. Todo el mundo tiene rasgos positivos. Comprueba si eres capaz de reconocer y disfrutar los tuyos, saboreándolos y aceptándolos con sinceridad.
APRECIO HACIA UNO MISMO VERSUS AUTOESTIMA
A simple vista, el aprecio por uno mismo y la autoestima pueden parecer muy similares. Al fin y al cabo, ambos significan centrarse en nuestras virtudes, ¿verdad? Aunque es cierto que tienen muchos puntos en común, también muestran algunas divergencias importantes. Una de las diferencias básicas se centra en el reconocimiento de la experiencia humana común. La autoestima tiende a basarse en la separación y la comparación, en ser mejor que los demás y, por tanto, especial. El aprecio por uno mismo, por el contrario, se basa en la conexión, en ver las similitudes que compartimos con los demás, en reconocer que todos tenemos nuestros puntos fuertes.
Otra diferencia importante tiene que ver con la tendencia a definirnos como buenos o malos. Recuerda que la autoestima es un juicio de valor que opera como un autoconcepto figurativo. Significa etiquetarnos en un intento de captar nuestra esencia única («Soy delgada y rica, tengo éxito y soy guapa, etcétera, etcétera»). La autoestima surge de pensamientos sobre quiénes somos, no de ser simplemente quienes somos. Por eso es tan importante pintar un autorretrato positivo para conseguir una autoestima alta. Nuestro concepto de nosotros mismos se confunde con nuestro yo real. El aprecio por uno mismo, por su parte, no es un juicio ni una etiqueta, y tampoco nos define. Es una manera de relacionarnos con lo bueno que hay en nosotros. Reconoce que somos un proceso en constante cambio imposible de definir del todo (ya sea de manera positiva o negativa). En cambio, sí reconoce nuestros momentos de esplendor.
Todos tenemos cosas maravillosas que merecen nuestro aprecio aunque no nos conviertan en personas únicas. Puedo respirar, caminar, comer, hacer el amor o abrazar a un amigo: son capacidades maravillosas que merecen ser celebradas aunque casi todo el mundo las comparta, aunque pertenezcan al maravilloso «término medio». Por lo general, solo cuando perdemos una de esas capacidades nos damos cuenta de lo maravillosas que son. Y cuando somos capaces de apreciar esos aspectos únicos de nosotros mismos, podemos hacerlo en el contexto del reconocimiento de nuestra naturaleza compleja e interconectada, no como una manera de ganar puntos frente a nuestros semejantes.
Con el aprecio por nosotros mismos no necesitamos menospreciar a los demás para estar contentos. Puedo apreciar mis propios logros al tiempo que reconozco los tuyos. Puedo alegrarme de tus talentos y a la vez celebrar los míos. El aprecio implica reconocer la luz de todos los seres humanos, sin olvidarnos de incluirnos a nosotros.
APRECIAR LO BUENO DE NUESTRA VIDA
Aunque he hablado principalmente de la importancia de apreciar nuestras cualidades personales, el aprecio también incluye nuestras circunstancias vitales en general. El aprecio por uno mismo abarca todo lo bueno y lo íntegro, tanto por dentro como por fuera.
Dado que el temor a la vanidad y el egocentrismo no se generan cuando reconocemos nuestras condiciones vitales favorables, ponemos menos obstrucciones a esta forma de aprecio por uno mismo. No resulta tan difícil apreciar lo bueno de nuestra vida (el cariño de la familia, el apoyo de los amigos, un trabajo estable) como apreciarnos a nosotros mismos. Dicho de otro modo, debido a la tendencia de la mente a centrarse en lo negativo, casi siempre pasamos por alto nuestra buena fortuna. Nos concentramos tanto en resolver problemas y soportar el sufrimiento de la vida que no prestamos suficiente atención a lo que nos aporta placer (y, por tanto, sufrimos más de lo necesario). No obstante, las investigaciones empiezan a demostrar que el aprecio puede transformar radicalmente nuestra experiencia.
En La ciencia de la felicidad, la investigadora Sonia Lyubomirsky observa que las circunstancias vitales positivas ocupan una pequeñísima parte de la felicidad (alrededor del 10 %). Incluso después de un hecho extraordinario como ganar en la lotería, las personas tienden a regresar a sus niveles previos de (in)felicidad al cabo de un par de años. Por esa razón, muchos psicólogos afirman que tenemos un «punto fijo» de felicidad que en gran parte es genético.[1] Pero la historia no acaba ahí. Las investigaciones también demuestran que somos capaces de aumentar nuestros niveles de felicidad significativamente con solo cambiar la manera en que nos relacionamos con nuestra vida. En otras palabras, lo que importa no es tanto lo que nos ocurre, sino nuestra actitud hacia lo que ocurre. Lyubomirsky considera que existen varios factores fundamentales que maximizan la felicidad.[2] Algunos de los más importantes son agradecer lo que se tiene, ver el lado bueno de las situaciones difíciles, no compararse con los demás, practicar actos de bondad, ser consciente del aquí y el ahora y saborear la alegría. Todos esos factores encajan a la perfección en el concepto más general del aprecio por uno mismo, pero vamos a centrarnos en dos: agradecer y saborear.
AGRADECER Y SABOREAR
Agradecer
La religión hace hincapié en el valor de la gratitud en la vida diaria (la manifestación típica consiste en dar gracias a través de la oración). Veamos un pasaje del Libro de los Salmos: «Demos gracias al Señor, al que afirmó la tierra sobre las aguas; al que hizo los grandes astros; el sol, para gobernar el día; la luna y las estrellas para gobernar la noche. ¡Porque es eterno su amor!» (Adaptación de Salmos 136,5-9). Las oraciones como esta celebran la belleza y la maravilla de la creación. La gratitud late en el núcleo de la mayoría de las religiones y se considera una importante puerta de entrada a la culminación espiritual.
Robert Emmons, uno de los investigadores más importantes sobre la gratitud, ha encontrado un sólido apoyo para la noción de que ser agradecido conduce directamente a la felicidad. Define la gratitud como el reconocimiento de los dones que nos son entregados, ya sea por parte de otras personas, de Dios o de la vida misma. Los estudios demuestran que los individuos agradecidos tienden a sentirse más felices, esperanzados, vitales y satisfechos con sus vidas, al tiempo que son menos materialistas y menos envidiosos del éxito de los demás.[3] Por suerte, las investigaciones también sugieren que la gratitud se puede aprender.
En un estudio, por ejemplo, los investigadores pidieron a un grupo de estudiantes universitarios que entregasen informes semanales de su experiencia vital a lo largo de diez semanas.[4] Los estudiantes se dividieron al azar en tres grupos. Los participantes del Grupo A tenían que escribir sobre cosas por las que se sentían agradecidos (por ejemplo, «La generosidad de los amigos», «Unos padres maravillosos», «Los Rolling Stones»). A los del Grupo B se les pidió que escribiesen sobre aspectos que les resultasen molestos o irritantes («Encontrar aparcamiento», «La cocina hecha un desastre que nadie recoge», «La gente estúpida al volante»). El C era un grupo de control; a sus integrantes les pidieron que escribiesen sobre algo que les hubiese afectado aquella semana, sin especificar si el impacto debía ser positivo o negativo («He limpiado el armario zapatero»). Los investigadores descubrieron que los participantes del grupo de gratitud no solo eran más felices que los demás; también manifestaron menos síntomas de enfermedad y realizaban más ejercicio que el resto. Al parecer, la gratitud cambia nuestra experiencia emocional y física a mejor.
EJERCICIO 2
Escribir un diario de gratitud
Las investigaciones sugieren que escribir un diario de gratitud es una de las mejores maneras, y de las más fiables, de incrementar la felicidad. Puedes elegir un cuaderno especial, que te guste estéticamente, pero en realidad no importa; no hay reglas. Lo importante es que te reserves un momento cada día para escribir sobre los dones, las bondades, las sorpresas agradables y los buenos momentos, sin olvidar todo aquello que te aporta alegría en un sentido más general.
Intenta encontrar siempre cosas nuevas que agradecer. Tus amigos, tu familia y tus seres queridos probablemente serán habituales, pero no permitas que el ejercicio se estanque o sea repetitivo. ¿Qué cosas buenas te pasaron ayer que quizá pasaste por alto? ¿El sol, la democracia, la fontanería doméstica? Las cosas sorprendentes que llenan nuestras vidas son innumerables.
También te será útil ser lo más específico posible sobre lo que provoca tu gratitud, hacerlo más real y concreto. Por ejemplo, en lugar de escribir «Me siento agradecido por mi gato», podrías decir «Me siento agradecido por la forma en que mi gato ronronea y se frota contra mi pierna; me hace sentir querido».
Al cabo de unos días, tu diario de gratitud puede convertirse en una contribución sustancial a tu nivel de felicidad. ¡Otra cosa más por la que estar agradecido!
Saborear
La práctica de saborear guarda una estrecha relación con la gratitud. Por «saborear» entendemos disfrutar conscientemente de lo que nos aporta placer; es decir, detenerse en las experiencias placenteras, agitarlas en nuestra conciencia como una copa de buen vino. Cuando hablamos de saborear, casi siempre pensamos en una experiencia sensual: percibir el aroma sutil y el sabor de la comida en lugar de limitarnos a engullirla. Oler, saborear y acariciar la piel de nuestra pareja en lugar de «hacer lo justo». Sin embargo, saborear también se aplica a todas las experiencias placenteras: el maravilloso sonido de la risa de un amigo, la belleza de una hoja caída, la profundidad y la complejidad de una buena novela...
Cuando saboreamos una experiencia, la acogemos con plena conciencia, prestamos toda nuestra atención a los pensamientos, las sensaciones y las emociones agradables que surgen en el momento presente. También podemos saborear los buenos recuerdos y revivir así experiencias alegres para volver a apreciarlas (el día en que conocimos a nuestra pareja, la primera vez que tuvimos a nuestro bebé en brazos, o cuando hicimos aquel romántico viaje a Praga). Saborear es un acto intencionado para prolongar e intensificar el placer, para deleitarnos con su belleza.
EJERCICIO 3
Saborea el momento
Toma algo de comer o de beber que te resulte especialmente sabroso. Puede ser una onza de chocolate negro, una porción de pizza, langosta con mantequilla, un buen té, una copa de champán..., lo que te aporte más placer.
Mientras comes o bebes, trata de saborear al máximo. Percibe todos tus sentidos. ¿A qué sabe? ¿Qué sabores sutiles encierra? ¿Dulce, amargo, salado? ¿Cómo huele? ¿Qué aromas detectas? ¿Qué sensaciones tienes al sujetarlo, masticarlo, tragarlo? ¿Qué textura tiene? ¿Y el aspecto? ¿Presenta colores interesantes, o refleja la luz de un modo particular? ¿Produce algún sonido? (Vale, esta es más fácil si eliges champán, pero también puedes percibir un crujido o un chisporroteo agradables.) Ve más despacio y sumérgete de lleno en todas las sensaciones placenteras de tu delicioso capricho, saboreando al máximo cada sensación.
A continuación, percibe qué sientes al experimentar el placer en sí mismo. ¿Pequeñas burbujas de felicidad en la garganta, una sensación cálida en el pecho, un picor en la nariz? Disfruta de la sensación de placer el máximo tiempo posible, y cuando se desvanezca, déjala ir. Por último, tómate un momento para agradecer y apreciar dos de los mayores regalos de la vida: la comida y la bebida.
Los psicólogos han empezado a examinar la relación entre saborear el placer y el bienestar personal.[5] Los estudios indican que las personas capaces de saborear los aspectos agradables de la vida son más felices y presentan menos casos de depresión que aquellas que no lo hacen. En un estudio, por ejemplo, los participantes tenían que dar un paseo diario de veinte minutos durante una semana.[6] Se repartieron al azar en tres grupos. Uno de ellos era el de la «perspectiva positiva». Sus integrantes recibieron la instrucción de reconocer conscientemente el mayor número posible de cosas agradables (las flores, el sol, etcétera) y pensar en lo que hacía que aquellas cosas fuesen placenteras (el ejercicio del paseo de placer del capítulo 12 se inspira en este estudio). Otro grupo era el de la «perspectiva negativa». A sus integrantes se les indicó que debían fijarse en el mayor número posible de cosas desagradables (suciedad, ruido, tráfico, etcétera) y pensar en lo que hacía que aquellas cosas no fuesen placenteras. El tercer grupo era uno de control, y a sus integrantes simplemente se les dijo que saliesen a pasear, sin instrucciones específicas. Las personas a las que se les pidió que saboreasen sus experiencias positivas se mostraron significativamente más felices después del paseo en comparación con los otros dos grupos. En las entrevistas posteriores, también afirmaron que sentían más aprecio por el mundo que les rodeaba.
Con solo tomarnos el tiempo necesario para percibir y saborear las cosas cotidianas que nos aportan placer podemos intensificar notablemente nuestra experiencia de la alegría.
EL DON QUE CONTINÚA DANDO
Apreciarnos nos permite deleitarnos en lo positivo de nosotros mismos y de nuestra vida. Y lo más maravilloso es que no tiene que ocurrir nada especial o fuera de lo común para recurrir a esa fuente de bienestar. Sentirse bien puede ser algo muy normal, pero también es renovador y maravilloso. No es necesario que ocurra algo novedoso para detenernos a oler las rosas. Solo hay que prestar atención a lo que tenemos delante de nuestras narices. En lugar de pasarnos el día en el modo de resolución de problemas, pensando principalmente en lo que queremos arreglar de nosotros mismos o de nuestra vida, podemos hacer varias pausas a lo largo de la jornada para maravillarnos ante lo que no está estropeado.
Puedes sentir lo maravilloso que resulta tener un cuerpo lleno de vida ahora mismo, mientras lees estas palabras. Puedes considerar el asombroso hecho de que observando unos garabatos en una página eres capaz de recibir y conservar la transmisión de ideas. Aunque no nos conozcamos, nuestras mentes pueden comunicarse a través del poder de la palabra escrita. ¡Maravilloso! Puedes sentir la suave frescura de tu aliento cuando el aire entra y sale por tus fosas nasales, apreciando al máximo el proceso que hace posible la vida y que pasamos por alto. La maravilla de la existencia cotidiana supera en mucho nuestra capacidad de captarlo todo, pero con solo apreciar una pequeña parte podemos incrementar nuestra felicidad en gran medida. Como observó el escritor francés De la Rochefoucauld: «La felicidad está en el gusto y no en las cosas».
El aprecio por uno mismo es un don que está ahí para que lo tomemos. Todos tenemos aspectos de nosotros mismos y de nuestras vidas que merecen ser apreciados. Lo bueno y lo hermoso están a nuestro alrededor. Y en nuestro interior. El esplendor es una cualidad humana y nos pertenece a todos.
CONCLUSIÓN
El aprecio y la compasión por uno mismo son en realidad dos caras de la misma moneda. El primero se centra en lo que nos aporta placer y la segunda en lo que nos hace sufrir. Uno celebra nuestros puntos fuertes como humanos, la otra acepta nuestras debilidades. Lo que realmente importa es tener abiertos el corazón y la mente. En lugar de evaluar, comparar, resistirnos, obsesionarnos y distorsionar continuamente, nos limitamos a abrirnos para vernos a nosotros y a nuestras vidas tal como son, en toda su gloria y su ignominia. Abrirnos al amor por toda la creación, nosotros incluidos, sin excepción.
Mientras transitamos por los triunfos y las tragedias de nuestra vida, nos relacionamos con bondad con todo lo que nos rodea. Sentimos la interconexión con todos y con todo. Tomamos conciencia del momento presente sin juzgarlo. Experimentamos todo el espectro de la vida sin necesidad de cambiarlo.
No tenemos que ser perfectos para sentirnos bien con nosotros mismos, y nuestra vida no tiene que ser de una determinada manera para ser felices. Todos tenemos la capacidad de resistir, crecer y ser felices. Es suficiente relacionarnos con nuestra experiencia con compasión y aprecio. Y si sientes que no puedes cambiar, que es muy difícil, que las fuerzas contrapuestas de nuestra cultura son demasiado poderosas, siente compasión por ese sentimiento y empieza por ahí. Cada nuevo momento nos ofrece la oportunidad de ser de una manera totalmente distinta. Podemos acoger la alegría y la pena de ser humanos, y al hacerlo transformaremos nuestras vidas.
Notas y Referencias del Capítulo:
- [1] 1 . David T. Lykken, Happiness: What Studies on Twins Show Us About Nature, Nurture, and the Happiness Set-Point , Nueva York, Golden Books, 1999.
- [2] 2 . Sonia Lyubomirsky, La ciencia de la felicidad , Barcelona, Urano, 2008.
- [3] 3 . Robert A. Emmons, ¡Gracias!: de cómo la gratitud puede hacerte feliz , Barcelona, Ediciones B, 2008.
- [4] 4 . Robert A. Emmons y Michael E. McCullough, «Counting Blessings Versus Burdens: An Experimental Investigation of Gratitude and Subjective Well-Being in Daily Life», Journal of Personality and Social Psychology , 84, 2003, págs. 377-389.
- [5] 5 . Fred B. Bryant, «Savoring Beliefs Inventory (SBI): A Scale for Measuring Beliefs About Savoring», Journal of Mental Health , 12, 2003, págs. 175-196.
- [6] 6 . Fred B. Bryant y Joseph Veroff, Savoring: A New Model of Positive Experiences , Mahwah, Nueva Jersey, Lawrence Erlbaum, 2007.