Las Ciudades Libres: Lorath - El Mundo de Hielo y Fuego
By George R. R. Martin, Elio M. García Jr., Linda Antonsson
La Ciudad Libre de Lorath destaca en el extremo occidental de la más grande de un grupo de islas bajas y pedregosas en el Mar de los Escalofríos al norte de Essos, cerca de la desembocadura de la Bahía de Lorath.
Los dominios de la ciudad incluyen las tres islas principales del archipiélago, una veintena de islas y afloramientos pequeños (casi todas deshabitadas, salvo por las focas y aves marinas), y una península densamente boscosa al sur de las islas. Los lorathis también afirman el dominio sobre las aguas de la Bahía de Lorath, pero las flotas pesqueras de Braavos y balleneros y cazadores de focas de Ib a menudo se aventuran en la bahía, sin embargo Lorath no tiene la fuerza suficiente para hacer un efectivo su reclamo.
En días pasados la influencia de Lorath se extendió hacia el este hasta El Hacha, pero el poder de la ciudad ha disminuido a través de los siglos, y hoy en día los lorathis sólo ejercen un control efectivo en las orillas sur y este de la Bahía de Lorath; la costa occidental de la bahía es parte de los dominios de Braavos.
Lorath es la más pequeña, más pobre y menos poblada de las Ciudades Libres. Salvo por Braavos, también es la más septentrional. Su ubicación, lejos de las rutas comerciales, ha ayudado a que sea la más aislada de las
"que fueran hijas de Valyria". A pesar de que las islas lorathis son sombrías y pedregosas, las aguas que las rodean están repletas de bancos de bacalao, ballenas, y leviatanes grises que se reúnen y se reproducen en la bahía, y los peñascos cercanos son el hogar de grandes colonias de morsas y focas. Bacalao, colmillos de morsa, pieles de foca y el aceite de ballena forma la mayor parte del comercio de la ciudad.
En tiempos antiguos, las islas fueron el hogar de una misteriosa raza de hombres conocidos como los hacedores de laberintos, quienes desaparecieron mucho antes de los albores de la verdadera historia, sin dejar rastro de sí mismos a excepción de sus huesos y los laberintos que construyeron.
Otros siguieron a los hacedores de laberintos en Lorath en los siglos que siguieron. Durante un tiempo, las islas fueron el hogar de un pequeño pueblo, de gente pequeña, peluda y oscura, semejante a los hombres de Ib.
Los pescadores, vivieron a lo largo de las costas y evitaban los grandes laberintos de sus predecesores. Ellos a su vez fueron desplazados por los ándalos, empujados hacia el norte desde Andalia hasta las orillas de la Bahía de Lorath y al otro lado de la bahía en barcoluengos. Ataviados con cota de mallas y blandiendo espadas y hachas de hierro, los ándalos barrieron a través de las islas, sacrificando a los hombres peludos en el nombre de las siete caras de su dios y tomaron a sus mujeres y niños como esclavos.
Las construcciones hechas por los hacedores de laberintos, extensas y de complejidad desconcertante, fabricadas con bloques de piedra labrada, se extienden a través de las islas– y una, gravemente descuidada y hundida profundamente en la tierra, se ha encontrado propiamente en Essos, en la península al sur de Lorath.
Lorassyon, la segunda más grande de las islas lorathis, es el hogar de un gran laberinto que cubre más de las tres cuartas partes de la superficie de la isla e incluye cuatro niveles por debajo de la tierra, con algunos pasajes descendentes de quinientos pies.
Los eruditos todavía discuten el propósito de estos laberintos. ¿Eran fortificaciones, templos, pueblos? ¿O es que sirven para otra finalidad, un extraño propósito? Los hacedores de laberintos no dejaron registros escritos, así que nunca se sabrá. Sus huesos nos dicen que tenían una gran complexión y eran más grandes que los hombres, aunque no tan grandes como los gigantes. Algunos han sugerido que tal vez los hacedores de laberintos nacieron del cruce entre hombres humanos y mujeres gigantes. No se sabe por qué desaparecieron, aunque la leyenda lorathi sugiere que fueron destruidos por un enemigo del mar: tritones en algunas 274

versiones de la historia, selkies y hombres-morsa en otras.
Los sacerdotes del Dios Ciego entre los laberintos de Lorath.
Pronto cada isla tenía su propio rey, mientras que en la mayor se jactaban cuatro. Siendo un pueblo pendenciero, los ándalos pasaron los próximos mil años en guerra uno contra el otro, pero finalmente un guerrero, que se nombró a si mismo Qarlon el Grande unificó todas las islas bajo su poder. Las historias, tal como son, afirman que levantó una gran fortaleza de madera en el centro del vasto laberinto embrujado de Lorassyon y decoraba sus salones con las cabezas de sus enemigos muertos.
Era el sueño de Qarlon hacerse el Rey de Todos los Ándalos, y con ese fin salió, una y otra vez en contra de los reyes menores de Andalia. Después de veinte años y muchas guerras, el reino de Qarlon el Grande se extendía desde la laguna donde Braavos se levantaría algún día hacia el este hasta llegar al Hacha, y por el sur hasta el nacimiento del Alto Rhoyne y el Noyne.
Pero su expansión hacia el sur lo puso en conflicto no sólo con otros reyes ándalos sino también con la Ciudad Libre de Norvos en el Noyne. Cuando los norvoshis cerraron el río en su contra, él dejó su salón en el laberinto para dirigir el ataque contra ellos, derrotándolos en dos batallas campales en las colinas. Imprudentemente, tomó estas victorias demasiado a pecho y marchó contra la misma Norvos. Los norvoshis enviaron por ayuda a Valyria, y el Feudo Franco subió a defender a su lejana hija, aunque todas las tierras de los ándalos y los rhoynar se ubicaban entre ellos.
Sin embargo, las distancias significaban poco para los señores dragón en el verano de su poder. Está escrito en Los Fuegos del Feudo Franco que un centenar de dragones volaron los cielos, siguieron el gran río hacia norte para descender sobre los ándalos mientras asediaban Norvos. Qarlon el Grande fue quemado con su ejército, y después los señores dragón siguieron hacia adelante, llevando sangre y fuego a las islas de Lorath.
La fortaleza de Qarlon ardió en llamas, al igual que las ciudades y pueblos de pescadores a lo largo de sus costas. Incluso las grandes piedras de los laberintos se quemaron y ennegrecieron por las tormentas de fuego que se extendieron a lo largo de las islas. Se dice que ningún hombre, mujer o niño sobrevivió a la Limpieza de Lorath, los incendios quemaron a todos.
Después las islas lorathis permanecieron deshabitadas durante más de un siglo. Focas y morsas regresaron en gran número, y los cangrejos se escabulleron a través de los laberintos chamuscados y silenciosos. Los balleneros del Puerto de Ibben tocaban tierra para reparar sus cascos o encontrar agua dulce, pero nunca se aventuraban tierra adentro, decían que las islas estaban encantadas, y los ibbeneses creían que cualquier hombre que fuera más allá del sonido del mar era maldecido.
Cuando los hombres regresaron por fin a las islas para vivir, eran hombres de la propia Valyria. Mil trescientos veintidós años antes de la Maldición, una secta de disidentes religiosos dejó el Feudo Franco para establecer un templo sobre la isla principal de Lorath.
Estos nuevos lorathis eran adoradores de Boash, el Dios Ciego. Rechazando a todas las otras deidades, los seguidores de Boash no comían carne, ni bebían vino y caminaban descalzos por el mundo, vestidos sólo con cilicios y pieles. Sus sacerdotes eunucos llevaban capuchas sin ojos en honor de su dios; ellos creían que sólo en la oscuridad podrían abrir su tercer ojo, que les permitiría ver las "verdades superiores" de la creación que yacían ocultas detrás de las ilusiones del mundo. Los adoradores de Boash creían que toda la vida era sagrada y eterna; que los hombres y las mujeres eran iguales; señores y campesinos, ricos y pobres, esclavos y amos, hombres y bestias, eran todos iguales, todos igualmente dignos, todos eran criaturas de dios.
Una parte esencial de su doctrina era la abnegación extrema de uno mismo; sólo liberándose de la vanidad humana los hombres podían esperar convertirse en uno con la divinidad. En consecuencia, los adoradores de Boash dejaron de lado incluso sus propios nombres, y hablaban de sí mismos como "un hombre" o "una mujer" en lugar de decir "yo" o "mí" o "mío". Aunque el culto al Dios Ciego marchitó y se extinguió hace más de mil años, algunos de estos hábitos del habla, se sufren aún hoy en Lorath, donde los hombres y mujeres de las clases nobles consideran absolutamente vulgar referirse a uno mismo directamente.
El Dios Ciego y sus seguidores hicieron los antiguos laberintos de los primeros lorathis sus ciudades, templos y tumbas, y dominaron las islas durante tres cuartos de siglo. Pero a medida que pasaban los años, otros hombres, quienes no compartían su fe, comenzaron a cruzar la bahía para cazar focas y morsas o bacalao.
Algunos optaron por quedarse. Chozas y casuchas surgieron de nuevo a lo largo de las costas y se convirtieron en pueblos. Los hombres vinieron de Ib, Andalia y otras tierras, más extrañas, y las islas pronto se convirtieron en un refugio para los libertos y esclavos que escaparon de Valyria y sus orgullosas hijas, gracias a los sacerdotes del Dios Ciego que enseñaban que cada hombre era la igual a todos los demás. Tres pueblos de pescadores en el extremo occidental de la isla más grande eran tan cercanos, tan populosos y prósperos que se convirtieron en uno solo, y con el paso de los años crecieron casas de piedra donde alguna vez hubo casuchas de barro-y-adobe, y el pueblo se convirtió en una ciudad.
Estos nuevos Lorathi estaban en un principio subordinados a los seguidores de Boash que habían llegado antes que ellos, y durante muchos años los sacerdotes del Dios Ciego siguieron gobernando las islas. Con el tiempo, sin embargo, el número de recién llegados aumentaba mientras que las filas de los fieles disminuían. La adoración a Boash fue dejada a un lado, y los sacerdotes que restaban se hicieron más corruptos y mundanos, abandonaron sus cilicios, capuchas y su piedad, y se hicieron cada vez más gordos y ricos gracias a los impuestos que extraían de los que gobernaban. Finalmente los pescadores, agricultores y otros del pueblo llano se levantaron en rebelión, arrojando los grilletes de Boash. Los acólitos restantes del Dios Ciego fueron sacrificados– todos salvó un pequeño puñado que huyó al gran templo laberinto en Lorassyon, donde permanecieron durante la mayor parte de un siglo, hasta que el último de ellos murió.
Después de la caída de los sacerdotes ciegos, Lorath se convirtió en un feudo franco a la manera de Valyria, gobernado por un consejo de tres príncipes. El Príncipe de la Cosecha fue elegido por el voto de todos los que poseían tierras en las islas, el Príncipe de la Pesca por todos los que poseían los barcos y el Príncipe de las Calles por la aclamación de los hombres libres de la ciudad. Una vez elegido, cada uno de los príncipes servía de por vida.
Estos tres príncipes siguen reuniéndose hoy en día, aunque los títulos se han convertido en puramente ceremoniales. La verdadera autoridad reside en un consejo de magísteres compuestos por nobles, sacerdotes y comerciantes. Su aislamiento significó que los lorathis estuvieron poco involucrados en los acontecimientos del Siglo de Sangre, con excepción de unos pocos que vendieron sus espadas a Braavos o a Norvos.
Hoy Lorath generalmente es considerada como la menor de las Nueve Ciudades Libres; la más pobre, la más aislada, la más atrasada. Aunque en posesión de grandes flotas de buques de pesca, los lorathis construyen pocos buques de guerra y tienen un pequeño poder militar. Pocos lorathis dejan alguna vez sus islas, y menos aún ponen rumbo a Poniente. Ellos prefieren comerciar con sus vecinos más cercanos, Norvos, Braavos e Ib.