Capítulo 11 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Nahia comenzó a arrastrarse por la azotea como había hecho en la rampa intentando no ser aplastada por las garras del enorme dragón. Tenía los brazos muy cansados. Las piernas le respondían un poco mejor, así que las usó para propulsarse. A su alrededor todos corrían y gritaban temiendo que el monstruo alado se les echase encima.
—¡A las esquinas! ¡Quedaos en las esquinas! —gritaba Logan mientras se retrasaba junto a Ana y Maika.
Nahia llegó al borde y se detuvo. Miró hacia abajo y vio las nubes cubriendo la parte baja de la torre. Si avanzaba un poco más caería y sería su fin.
Todos corrieron hasta alcanzar las esquinas y laterales de la azotea mientras el dragón se asentaba en el centro levantando un torbellino de aire con sus impresionantes alas. La mayoría se echaron al suelo y se agarraron como pudieron para no ser arrastrados ante el serio riesgo de ser llevados por la fuerza de la corriente de aire.
«Así me gusta, insignificantes humanos. ¡Postraos! Veo que vais aprendiendo cómo debéis comportaros ante vuestros amos. ¡Aprended la lección!» envió Irakas-Gorri-Gaizt y recogió las alas a sus costados.
Todos permanecieron echados en el suelo a lo largo de los cuatro bordes de la azotea. Nahia se percató de que en la torre de al lado el dragón que controlaba a los Fatum también se había posado en el centro. Intuyó que los seis estaban haciendo lo mismo. Los Fatum y los Tauruk-Kapro estaban como ellos, en el suelo. Al ver a los dragones erguidos sobre las torres se dio cuenta de que en realidad debían ser atalayas de vigilancia. Desde allí arriba observaban y controlaban la entrada a sus dominios en aquel reino en el aire.
De pronto se escuchó un “crac” rocoso y bajo Irakas-Gorri-Gaizt se abrió un rectángulo en medio de la azotea. El tamaño del rectángulo era de tres varas por cada lado y estaba bajo el enorme cuerpo del dragón, que se mantenía sobre sus cuatro potentes patas. Permanecía inmóvil mirando hacia abajo, hacia la perla blanca, en el centro de aquel lugar al que habían llegado que tenía forma de círculo.
«Arrastraos hasta la abertura y bajad por ella. ¡Todos abajo! ¡Ya!» ordenó Irakas-Gorri-Gaizt.
Conscientes de que si repetía la orden alguien moriría, el grupo comenzó a arrastrarse hacia la abertura. Nahia se quedó atrás, esperando, para ir la última. Cuanto más tiempo tuviera para recuperarse, mayores serían las posibilidades de sobrevivir a lo que fuera que viniera. Maika y Ana permanecieron con ella con expresión de preocupación. Logan se empezó a mover pero al ver que ellas no, se detuvo a esperarlas.
Los primeros en llegar avanzaron con expresiones de incertidumbre y movimientos temerosos hasta que alcanzaron la abertura.
—Hay varias cuerdas que bajan —comentó el primero a los que estaban tras él. El mensaje se propagó hacia atrás, pasando de unos a otros en susurros hasta llegar a Nahia, que seguía quieta donde estaba.
—¿Podrás bajar por una cuerda? —preguntó Maika.
—No lo sé, pero seguro que es mucho mejor que subir por una pared de roca.
—O que bajarla… —añadió Ana con expresión de disgusto.
—Sí, solo de pensarlo se me pone la piel de gallina…
Los primeros comenzaron a descolgarse y descender por las cuerdas.
«Con rapidez y arrojo. Los lentos y cobardes no caminarán la Senda».
La amenaza tuvo impacto inmediato y el grupo se apresuró a bajar. Los que llegaban hasta la abertura decidían rápido quién iba después. Nahia no tuvo más remedio que comenzar a arrastrarse hacia el descenso tras Logan. Ana y Maika iban con ella. Llegaron bajo el cuerpo del dragón y nada más entrar bajo su sombra, Nahia pudo comprobar lo terriblemente grandes y poderosas que eran aquellas criaturas de corazón malvado. Pasando bajo su cuerpo a rastras se sintió como una lombriz bajo una imponente águila. Y de pronto toda su esperanza menguó, no había forma humana de vencer a semejante bestia.
Llegaron a la abertura, eran los cuatro últimos. Logan miró hacia el interior y palpó una de las cuerdas.
—Arrancaos un trozo de ropa y protegeos las manos con ella. Esa soga os las va a quemar —dijo y lo hizo para enseñarles.
Ana, Maika y Nahia lo imitaron. Rasgaron sus prendas de vestir y con dos retales se protegieron el interior de las manos como mejor pudieron, envolviéndolas.
—Iré primero, imitadme —indicó Logan y se descolgó agarrándose a una de las cuerdas.
Comenzó a bajar.
Ana miró a Nahia y con cara de miedo agarró la misma cuerda que Logan y empezó a descolgarse.
—Agárrate bien —dijo Nahia temiendo que cayera.
Ana asintió y miró a Logan, que se sujetó con una mano y con la otra les indicó cómo pasar la cuerda por las piernas para ir frenando con ellas. Maika y Nahia no perdían detalle. Maika se descolgó a continuación haciendo lo que Logan les había enseñado.
Nahia miró hacia abajo y observó a los tres bajando. Fue a descolgarse, pero tuvo dudas y se detuvo, no estaba segura de poder hacerlo.
«Se acaba el tiempo, humana. ¿Siempre has de ser la última? ¿Estás poniendo a prueba mi paciencia? Porque te aseguro que no la tengo» llegó el mensaje amenazante del dragón.
La cabeza le dolía como si le hubieran clavado una púa al rojo vivo en la mente. Ese mensaje no era para todos, se lo había enviado solo a ella, no sabía cómo pero estaba segura. Debía apresurarse. Cogió la cuerda por la que Logan descendía con una mano, luego con la otra y se descolgó. Al tirón que sintió en los brazos le siguió un dolor intenso con el que casi se precipitó, pero aguantó el sufrimiento apretando los dientes. Se colocó la cuerda entre las piernas como debía y miró hacia abajo. A Maika la veía, a Ana un poco, pero a Logan ya no, estaba demasiado oscuro en al interior de la torre. La luz solo entraba por la abertura superior y el dragón estaba sobre ella impidiendo que los rayos del sol penetraran.
Comenzó a descender y le dio la sensación de que ya lo había hecho alguna vez, aunque no recordaba cuándo o dónde. Esta sensación le transmitió algo de optimismo. Sin embargo, desapareció en cuanto la oscuridad la engulló y los brazos comenzaron a dolerle demasiado.
—Tienes que aguantar… —masculló entre dientes apretando la mandíbula.
No podía verlos, pero sabía que Maika, Ana y Logan no estarían muy lejos, así que con esa certeza en mente siguió bajando. Sentía la cuerda áspera y gruesa rasparle manos y piernas. Menos mal que a Logan se le había ocurrido aquella idea para proteger las palmas o ya tendría las manos en carne viva. Para su sorpresa, sus piernas estaban aguantando bien el descenso, quizá porque necesitaba hacer fuerza con sus muslos, algo que no había usado mucho en el ascenso, o tal vez porque pesaba poco.
Continuó bajando cuando, de súbito, en medio de la oscuridad, escuchó un grito al que siguió un golpe seco. Alguien se había caído. No podían ser Maika, Ana o Logan porque el grito había sonado bastante más abajo. Nahia deseó que fuese quien fuera no se hubiera matado.
El descenso comenzó a ponerse difícil. Los brazos le dolían horrores y la protección de las manos se le había terminado de raer, así que sentía la cuerda raspando sus palmas, arrancando piel y llegando hasta la carne. No podía rendirse. Siguió bajando, pero pronto el dolor de manos y brazos comenzó a hacérsele insufrible. Aun así, no se rindió. Rendirse significaba la muerte y no podía permitirlo. No iba a dar a los dragones la satisfacción de fracasar y morir. No, lucharía hasta sus últimas fuerzas, hasta su último aliento.
Intentó con todo su ser no ceder, pero su cuerpo la traicionó y las fuerzas se le acabaron. No le quedaba nada. Estaba vacía por el esfuerzo realizado. Manos y brazos cedieron y luego las piernas.
Cayó.
Era su final. Se estrellaría contra el suelo de roca de la base de la torre.
Gritó maldiciendo a los dragones.
Un mar de brazos detuvo su caída.
—¿Estás bien? —preguntó Maika mientras la dejaban en el suelo.
—Sí… habéis parado mi caída… —Nahia no podía ver nada, estaba todo muy oscuro.
—Sabíamos por dónde bajabas —dijo Ana.
—Gracias… Gracias a todos…
—Los humanos tenemos que ayudarnos —dijo Logan.
—Sí, hay que ayudarse y sobrevivir —coincidió Maika.
—Ayudémonos todos a sobrevivir —afirmó Ana.
Se escucharon otras voces que Nahia no reconoció y que se unían a las de sus amigos, que acababan de salvarle la vida.
Se escuchó un nuevo “crac” y el sonido de una pared de roca rozando sobre otra al desplazarse. Entonces una abertura en forma de puerta rectangular apareció ante ellos. La luz penetró y con ella parte de la neblina nubosa.
«Salid de la torre y formad frente a ella. El ejercicio de introducción ha acabado» llegó el mensaje mental de Irakas-Gorri-Gaizt y con él un sentimiento de que estaba muy decepcionado.
Salieron frente a la torre agradeciendo la luz y el calor del sol, aunque hacía frío, y formaron como habían hecho antes, solo que a los heridos los seguían aguantando entre dos compañeros. A Nahia la sujetaban entre Maika y Logan. Al chico que se había caído lo sacaron entre otros dos y lo aguantaron en la formación. No se había matado, pero viendo la forma en la que no podía ni apoyar el pie derecho, Nahia dedujo que tenía el tobillo o la pierna rotos. A otro chico también lo sacaron entre dos. Nahia miró a Ana y le preguntó con la mirada.
—Es el chico que se había hecho daño en el brazo al principio. También se ha caído en el descenso un poco antes que tú, pero lo han recogido como a ti, evitando males mayores —explicó ella.
Nahia asintió, estaba tan cansada que no podía ni hablar. Las manos le dolían horrores y los brazos parecía que ya no funcionaban. No habían hecho más que llegar a aquel lugar y la experiencia estaba siendo una pesadilla absoluta. No podía creer la mala suerte que tenían todos los que estaban allí. Empezaba a ver que sobrevivir iba a ser muy complicado y más para ella, que era de las más débiles, si no la más débil del grupo, al menos en lo físico. Dio gracias de tener a Ana, Maika y Logan ayudándola.
Terminaron de formar y se encontraron con la gran perla blanca frente a ellos. Irakas-Gorri-Gaizt descendió hasta situarse dándoles la espalda y mirando hacia la perla. Agitó las alas con fuerza y usando su aliento ígneo despejó un área de neblina. Pudieron ver que a derecha e izquierda otros dos dragones hacían lo mismo.
Al despejarse más el lugar, apreciaron frente a la torre a su izquierda a los Tauruk-Kapro, que aguardaban tras un dragón blanco del tamaño del Gorri. Nahia los observó con interés. Eran más grandes y fuertes de lo que le habían parecido sobre la torre. Llevaban unas vestimentas de cuero muy sencillas que colgaban de sus torsos y bajaban hasta sus cinturas para continuar a modo de faldas cortas. Sus rostros eran una mezcla entre el de un toro y el de un humano. La verdad era que tenían un aspecto antropomórfico.
Parte de los Tauruk-Kapro los observan a ellos y otra parte observaban a los Fatum. Nahia se fijó en la raza alada, a los que ahora también podían ver mucho mejor frente a la torre a su derecha. Un dragón de color azul estaba frente a ellos. Si los Tauruk-Kapro le parecían más grandes y bestiales, los Fatum daban la impresión de ser algo más pequeños y frágiles que los humanos. El contraste era significativo. Quizá fuera solo un extraño efecto óptico y su vista la estaba engañando. La verdad era que estando en un estado tan lamentable como en el que ella se encontraba, que viera mal o incluso doble le parecía de lo más natural. Vestían similar a ellos, aunque mucho más elegantes, con pantalones y camisas de materiales mejores que el cuero, la lana y el lino que ellos usaban. Los patrones también parecían más refinados.
«Preparaos para avanzar a mi orden. Cruzaremos el Puente del Cielo. Desde allí accederemos a la Plaza de la Neutralidad y nos dirigiremos a Drakoros, vuestro nuevo hogar» anunció Irakas-Gorri-Gaizt.
Los primeros en ponerse en marcha fueron los Felidae, que siguieron a un dragón marrón. Nahia pudo constatar que eran grandes felinos, solo que caminaban sobre dos patas. Eran enormes y poderosos, en especial los leones y tigres. Desde luego eran más grandes y de aspecto más feroz que los humanos. La impresionaron. Otro aspecto que la sorprendió fue que vestían prendas de cuero curtido hechas acorde a sus cuerpos. Se le hacía muy extraño verlos caminar erguidos en formación tras el dragón. Se preguntó si estarían igual de molestos y perdidos que ellos. Quizá fuera así. Le dio la impresión de que los Felidae eran una raza que respetar. Avanzaron hacia el puente que se veía al norte y lo tomaron.
Los siguieron los Drakónidos liderados por un dragón de color negro. A Nahia le sorprendió ver un dragón de ese color, tenía un aspecto de lo más intimidante. Parecía una representación del mal, de la muerte incluso. Sus escamas no brillaban, no reflejaban la luz, parecían devorarla cuando las tocaba. Sintió un escalofrío. Los Drakónidos no la sorprendieron, pues los conocía. Eran la única raza que tenía permitido salir de su nación y entrar en otras. Lo hacían sirviendo a los dragones como soldados, escribas o brujos. Marchaban orgullosos tras sus señores vistiendo túnicas de colores con dibujos de escamas.
Si los Drakónidos no la sorprendieron, los Escarlatum lo hicieron y mucho. Eran una raza de lo más singular. Sus pieles de diferentes intensidades de rojo purpúreo y sus cuernos puntiagudos, además de sus ojos rubíes, les daban un aspecto que era imposible evitar mirar. En cuanto a su físico era similar al de los humanos y muy bien proporcionado. Eran atractivos, lo que le llamó la atención. Vestían ropajes ajustados que ensalzaban sus cuerpos curvilíneos. Sin embargo, y aunque fueran atractivos, había algo en ellos que a Nahia le hacía desconfiar. Los observó un momento y le dieron la clara impresión de que no eran muy recomendables. Era mucho deducir, y quizá estaba muy equivocada, pero esa era la primera impresión que le transmitían.
Los Tauruk-Kapro y el dragón azul que los lideraba fueron los siguientes en dirigirse al puente.
«Atención. Marchamos» ordenó Irakas-Gorri-Gaizt y comenzó a avanzar hacia el puente.
De inmediato todos lo siguieron intentando mantener un ritmo que pareciera algo marcial. Entre las personas que tenían que llevar entre dos y la angustia de otros, no consiguieron mantener un paso muy constante. Iban mirando la espalda del gran dragón rojo por si decidía darse la vuelta e incinerarlos a todos por ser un grupo tan patético.
Nahia apenas podía pensar de lo cansada que estaba, solo deseaba cruzar el puente y seguir con vida.