Capítulo 14 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Nahia estaba detrás del Tauruk-Kapro en la entrada de la habitación y apenas podía ver nada de lo grande que era su espalda. Los techos eran altísimos, eso podía verlo. Se desplazó a un lado para ver cómo era la habitación. Descubrió seis camastros grandes y robustos a un lado y un gran armario corrido al otro. Una docena de ventanas sobre el armario dejaban entrar los últimos rayos de luz del día.
—Es muy grande —comentó la Fatum con una voz fina.
—Grande será para ti, que eres una renacuaja, para mí es del tamaño justo —respondió el Drakónido, que parecía ladrar en lugar de hablar. Como su voz era un tanto sibilante la combinación era muy curiosa. Se acercó al primer camastro para ver si aguantaba su peso y se dejó caer de espaldas con los brazos abiertos. Lo aguantaba.
—Es de un tamaño más que suficiente —comentó el Taruk-Kapro que se sentó despacio en el camastro siguiente también para probarlo—. Lo encuentro cómodo, me gusta —afirmó con tono sosegado y agradable, casi dulce.
A Nahia le llamó la atención que el Tauruk-Kapro actuara y hablara de forma tan calmada y suave. Por lo que tenía entendido eran criaturas muy salvajes y brutas, dadas a destrozar cosas.
—Yo encuentro toda esta habitación de lo más fría y muy poco habitable —comentó la Escarlatum, que se acercó hasta el inmenso armario y comenzó a revisarlo a ver que encontraba.
El Felidae se movió con agilidad hasta el final de la estancia y abrió la puerta posterior.
—Aquí hay un baño. Hasta han puesto una cortina y una bañera de madera redonda.
Nahia seguía sin poder creer que aquel enorme tigre albino caminara erguido sobre dos patas. Que además hablase la tenía atónita.
El Drakónido se puso en pie de un salto brusco y fue a verlo desplazándose con pesadas zancadas.
—Yo en esa bañera no entro —protestó al entrar a verla y agitó los brazos, contrariado.
—De pie sí que entras —aseguró el Felidae con voz suave y rasposa.
—Pues qué bien, no voy a poder darme un baño —volvió a protestar y sacudió la cabeza.
—¿A los Drakónidos os gusta bañaros? —preguntó la Escarlatum.
—¡Por supuesto que nos gusta bañarnos! ¿Por qué no nos iba a gustar? ¿O insinúas que somos sucios? —preguntó él mirando desde la puerta del baño a la bella fémina de piel carmesí.
—No insinúo nada. Pensaba que eráis más de secano, siendo reptiles y eso —se explicó la Escarlatum con tranquilidad y miró al Drakónido, que no parecía intimidarla.
Nahia observaba el barracón desde la puerta en silencio. Sin duda era enorme y tenía mucho espacio, aunque pocas comodidades. No le sorprendió el tamaño, estaba claro que todo en aquel mundo de dragones era grande, hecho a su medida. Le parecía irreal estar allí en aquella enorme habitación de piedra con cinco extraños que eran, no solo de otras naciones, sino también de otras razas. Al verlos tan de cerca se dio cuenta de que eran realmente diferentes los unos de los otros. Unos tenían piel, otros pelaje, otros escamas y otros incluso alas. Era muy extraño y le estaba causando cierta ansiedad. ¿Cómo iban a entenderse y arreglarse siendo tan diferentes? Lo veía muy difícil, además uno de ellos era un Drakónido. El Tauruk-Kapro tampoco inspiraba confianza por su bestialidad y los Escarlatum tenían fama precisamente de ser poco fiables. Solo la Fatum y el Felidae le transmitían buenas sensaciones.
—Creo que lo mejor que podemos hacer en este momento es presentemos, ¿no os parece? —sugirió la Fatum con su fina voz desde el centro del barracón.
Todos se volvieron hacia ella.
Nahia la estudió. Además de tener el pelo negro liso atado en una cola de caballo, su rostro era fino y delicado. Tuvo que reconocer que era muy bella, más incluso que la Escarlatum. Tenía ojos de un azul muy claro que brillaban a la luz. En su frente se apreciaban unas escamas muy curiosas y cristalinas, como pequeños diamantes. Le parecieron de lo más singulares. ¿Serían especiales como lo eran las doradas suyas? Tendría que preguntárselo. Quizá ahora no fuese el mejor momento. El patrón que formaban en su cara le pareció que era el de un ave observada desde arriba con el pico hacia la nariz y las alas abiertas sobre su frente y sienes.
—Sí, deberíamos conocernos —convino el Felidae, que aparte de tener una voz rasposa hablaba bajito, como en un susurro.
—Es descortés y poco apropiado tratarse sin haber sido presentados —afirmó la Escarlatum mostrando una sonrisa encandiladora. Nahia se fijó en que hablaba con tono dulce y muy sugerente. Le pareció significativo.
—Yo soy Ivo, de los Tauruk-Kapro, encantado de conoceros a todos. Me alegra que tengamos un grupo agradable —expresó poniéndose en pie y abrió los brazos como si quisiera abrazarlos a todos.
El Drakónido le lanzó una mirada de extrañeza.
—Tú no te comportas como un Tauruk —le echó en cara.
—¿No? ¿Cómo debería comportarme? —preguntó Ivo con un gesto de extrañeza en su rostro de bestia.
—Sosegado desde luego no.
Ivo se encogió de hombros.
—Si tú lo dices… así será.
Al Drakónido le volvió a sorprender el comportamiento del Tauruk y lo mostró con un gesto en su rostro de dragón pequeño. Nahia lo observó. Comparado a otros soldados y oficiales Drakónidos que había visto, era definitivamente más grande y fuerte. Tenía dos cuernos de dragón que le salían de la cabeza y le iban hacia atrás, hacia la nuca. La tonalidad de sus escamas era de un negro verduzco oscuro, muy característico de los de su raza. Lo que le llamó la atención fueron las escamas discordantes de su cara. Eran blancas y le bajaban por la mitad derecha del rostro formando una especie de rayo o relámpago. Resaltaban mucho en contraste con sus otras escamas tan oscuras.
—Yo soy Aiden-Zuri-Suge, pero podéis llamarme Aiden para acortar. Ya sé que los de otras razas no estáis acostumbrados a los nombres compuestos Drakónidos.
—Lo sabes porque los de tu raza son los únicos que pueden visitar las otras naciones —replicó la Fatum con tono ácido.
—Es una de las ventajas de ser los favoritos de nuestros señores dragones, supongo.
—Por algo seréis los favoritos, ¿no crees? —dijo la Escarlatum con ironía dulce en su tono.
—Si insinúas que es por algo deshonesto, te aseguro que no es mi caso —replicó con tono de amenaza.
La Escarlatum miró al Drakónido con ojos entrecerrados, como intentando leer si había verdad o falsedad en sus palabras e ignorando la amenaza. Sonrió encantadora y no dijo nada más.
—Espero que así sea —intervino el Felidae—. Mi nombre es Taika.
Nahia lo estudió. Su aspecto de tigre era letal y, sin embargo, la voz que tenía no era agresiva, sino reflexiva, como la de un zorro, inteligente. Nahia pensó que, en cualquier caso, de dos zarpazos podría matar a cualquiera. En su cuerpo cubierto de pelaje blanco se apreciaban trazas negras, no era completamente albino. Las escamas en su rostro eran negras, dos líneas le bajaban en diagonal por las mejillas bordeando su boca, donde se apreciaban sus fauces cuando hablaba.
—Bonito nombre, me gusta —sonrió la Escarlatum —. El mío es Lily.
—Muy bonito también —replicó el tigre y asintió.
—Yo soy Dafne, encantada de conoceros —la Fatum realizó una pequeña reverencia.
—Una chica encantadora y con modales. Me gusta —dijo Lily con una sonrisa amplia y le devolvió la reverencia.
—Nos queda la humana callada y delgaducha —dijo Aiden.
—No te metas con ella, cada uno es como es y todos corremos la misma suerte desgraciada aquí —dijo Dafne.
—Muy bien dicho —se unió Lily.
—¿Suerte desgraciada? ¿Por haber sido elegidos para servir a nuestros señores en la guerra? —Aiden puso cara de estar sorprendido.
—No todos desean luchar en la guerra y matar —comentó Dafne.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Es un gran honor! Más llevando la sangre de los dragones en nuestras venas. Es nuestro deber —respondió Aiden y miró a todos uno por uno como buscando que convinieran, pero nadie lo hizo.
Nahia no pudo contenerse.
—Será el deber de un Drakónido, pero no de una humana, eso te lo aseguro. Los dragones nos esclavizan y nos matan. Estar aquí es una desgracia. Si no lo ves es porque los de tu raza te han inculcado ideas muy equivocadas.
—Vaya, nuestra delgaducha y silenciosa humana tiene fuertes creencias después de todo. ¿Qué te parece, Aiden? —preguntó Lily con tono juguetón.
—Me parece que se equivoca, aunque tampoco me extraña. Los humanos siempre han sido la más conflictiva de las razas.
—Será porque no nos gusta que nos esclavicen y nos maten —replicó Nahia.
—También tiene lengua mordaz —se unió Dafne a los comentarios.
—Quizá sea mejor no discutir. Después de todo acabamos de conocernos —intentó poner paz Taika.
—La que discute es ella. Yo tengo razón. No hay nada más que decir —se cruzó de brazos Aiden.
Nahia fue a replicar y vio que Taika le lanzaba una mirada para que no escalara la situación. Suspiró dejando escapar una larga bocanada.
—Soy Nahia. Espero que podamos convivir y llevarnos bien —expresó sin demasiada convicción.
—Debería ser posible. Después de todo, estamos todos aquí por el mismo motivo y debemos alcanzar la misma meta —afirmó Taika.
—¿Cuál es esa meta? —preguntó Ivo.
—Nuestra meta debe ser terminar el primer año y graduarnos —elaboró Taika—. Para seguir con vida, me refiero, que es lo más importante.
—Brindo por eso —dijo Lily y levantó una copa imaginaria.
—Lo conseguiremos. Soy optimista —se expresó Dafne que imitó el gesto e hizo como que brindaba con Lily.
—Es un buen objetivo. Sí, graduarse y no morir en el intento. Espero que lo logremos —afirmó Ivo.
—Seguid mi liderazgo y lo conseguiremos sin duda —afirmó Aiden convencido y levantando el puño.
—¿Tu liderazgo? —preguntó Taika enarcando una peluda ceja blanca.
—Sí, claro. El Tauruk no parece tener cualidades de líder, lo que me convierte en la mejor opción. Soy el más fuerte y preparado para la lucha.
—Desde luego modesto y con sutileza no eres —replicó Lily enarcando su finas y bien definidas cejas.
—Si alguien ha de ser líder de este grupo, esa seré yo —afirmó Taika.
—Tú no eres más fuerte que yo —aseguró Aiden.
—¿Por qué lo crees?
—Porque no eres un león macho, que quizá tendría alguna opción.
—¿Quieres que lo averigüemos? —Taika abrió la boca y le mostró sus fauces.
—Tranquilicémonos, no hay necesidad de matarnos entre nosotros —intervino Dafne y se interpuso entre Aiden y Taika.
—La Fatum tiene razón, ya se encargarán los dragones de eso —añadió Lily, que observaba divertida la situación.
—No deberíamos discutir y menos luchar —se pronunció Ivo.
Aiden lo miró con ojos de reptil muy abiertos.
—Definitivamente, tú no eres un Tauruk de verdad —expresó negando luego con la cabeza.
—Soy un Tauruk diferente, amante de la paz y la tranquilidad —corrigió Ivo con tono sosegado.
—Eso es una contradicción, al menos por la fama que tienen los tuyos —dijo Lily.
Ivo encogió sus enormes hombros.
—Soy diferente, lo acepto. Me agrada.
—¿Alguien más es diferente? —preguntó Lily.
—Yo… bueno… también lo soy… pero no es el momento… —confesó Nahia.
—Sí, a ti se te ve diferente. Esas escamas doradas son únicas —dijo Taika.
—Ya… creo que es por eso. ¿No son las escamas de Dafne también diferentes? —preguntó Nahia queriendo dejar de ser el centro de atención.
El resto miraron a Dafne, que al verse escrutada se puso colorada.
—No creo que tanto…
—La Fatum tiene razón. Yo he visto esas escamas antes entre los míos —dijo Lily.
—Yo también —afirmó Taika—. Son menos comunes que las rojas, azules, marrones y blancas, o mis negras, pero se dan.
—Las que no se dan son las doradas —afirmó Aiden y señaló a Nahia.
—Bueno, pues entonces tenemos dos diferentes y medio entre nosotros —contabilizó Lily.
—Es una forma de verlo —comentó Taika.
—¿Y las de plata? ¿Son raras? —preguntó Nahia pesando en las que Logan tenía.
Lily y Taika se encogieron de hombros.
—Nunca las he visto —afirmó Dafne.
—Son raras, como las doradas —confirmó Aiden.
—En cualquier caso, no deberíamos sacar demasiadas conclusiones de momento —comentó Taika—. Estoy seguro de que pronto sabremos lo que significan estas escamas que nos han tocado.
—Mientras no muramos descubriéndolo, me parece bien —comentó Lily.
—Estoy contigo en eso —dijo Dafne.
—Buenos pensamientos nos traerán buenas auras —comentó Ivo.
Aiden echó la cabeza atrás y luego negó varias veces mientras murmuraba por lo bajo.
Nahia se fijó en Ivo. Era enorme, el más fuerte y alto de todos. Su rostro era de aspecto bestial, una mezcla entre el rostro de un toro y el de un humano. Al principio a Nahia le había dado miedo. Tanto su tremenda apariencia física como su rostro y aquellos cuernos de toro que salían hacia los lados y terminaban en punta. Tenían un aspecto muy aciago. Sin embargo, ahora que se había fijado mejor, veía que sus ojos, aun siendo negros, no eran tan bestiales, sino que transmitían calma. Unas escamas marrones le cubrían la frente. Extrañamente, le pareció que tenían la forma de un árbol con el tronco partiendo de la nariz de Ivo y el follaje formado un círculo sobre su frente. También podía ser que su imaginación estuviera un poco disparada y la forma no fuera esa.
—¿Te encuentras bien, chica dorada? —preguntó Lily acercándose y entrelazando su brazo con el de Nahia.
—Sí… bueno… estoy muerta de cansancio.
—Elige cama entonces y descansa. No sabemos qué nos espera mañana, pero imagino que nos habrán preparado un primer día de formación para recordar —sonrió.
—Sí, eso me temo yo también.
—¿Qué camastro prefieres?
Nahia miró el que había cogido Aiden, que era el primero, y decidió escoger el más alejado del fondo.
—Aquel —dijo a Lily señalando.
Lily miró el camastro, luego a Aiden y rio.
—No te culpo.
—En cualquier caso, deberíamos dividir el barracón —sugirió Dafne.
—¿Dividir? ¿Por qué razón? —quiso saber Aiden.
—Por decoro y dignidad —afirmó Dafne—. Los chicos a un lado y las chicas al otro.
—Oh… —el Drakónido hizo un gesto de sorpresa—. Ni lo había pensado.
—Sería lo mejor, si —dijo Taika.
Hay un biombo plegado al final del armario. Debe de ser para eso —dijo Lily.
—Estupendo —Dafne lo sacó y lo extendió. En efecto era para eso, pues cubría desde la pared al armario.
—Cada uno a su lado —dijo Lily con una risita.
Dafne cogió el primer camastro del lado de las chicas, Lily el segundo y Nahia el último.
Aiden e Ivo se estiraron en los suyos, el uno junto al otro. Taika cogió el último del lado de los chicos.
—Es grande y bastante cómodo —se pronunció Lily sobre su camastro.
Nahia la observó. La Escarlatum era una auténtica preciosidad. Su rostro carmesí era muy bello, sus ojos rubí cautivadores, y su cuerpo muy curvo y bien proporcionado. Incluso los dos pequeños cuernos que le salían hacia arriba de color mezcla de rojo y negro le quedaban bien y le daban un aire de traviesa. Sintió una envidia inmensa. Era cien veces más guapa y atractiva que ella. Además, seguro que podía escalar torres y bajar por cuerdas sin problema. Las escamas que tenía eran de color azul y le bajaban por ambos lados del cuello formando lo que se asemejaba a dos ríos. Le quedaban genial.
—¿Te gustan? —le preguntó Lily al ver que Nahia miraba las escamas y giró el cuello para que las pudiera ver bien.
—Perdona… no quería molestarte.
—Tranquila, no me molesta lo más mínimo que admires mis escamas, o el resto de mí —añadió e hizo un gesto con la mano pasándola por todo su cuerpo de cabeza a los pies.
A Nahia aquella confianza en sí misma de Lily la sorprendió.
—Son muy bonitas.
—¿Y el resto? —preguntó con picaresca.
—Bueno… también —asintió.
Lily rio.
—Gracias. Lo sé.
—¿De dónde sacas esa confianza en ti misma?
Lily torció la cabeza y la miró con expresión divertida.
—Si tú no confías en ti misma, ¿quién lo va a hacer?
—Sí… buena forma de pensar...
—Además, mi confianza está bien fundada, no te preocupes.
—Ya me gustaría a mí que la mía también lo estuviera.
—Eres un encanto. Tú y yo vamos a ser buenas amigas, ya lo verás. Te ayudaré con tu confianza.
—Gracias, me vendrá bien —Nahia sonrió. La verdad era que necesitaba amigos si quería sobrevivir allí y si eran de su propia escuadra mucho mejor.
—Descansa, Nahia, lo necesitas. Tienes un aspecto terrible —le dijo Dafne desde su camastro, que había estado escuchando.
Nahia asintió y se tumbó. Estaba tan cansada que le dolía hasta pensar. Aquel había sido un día horrible. El problema era que habría más días como aquel, muchos más. Al menos estaba viva y eso era lo más importante. Ahora debía concentrarse en sobrevivir. Pensó en las palabras de Taika: la meta era terminar el primer año y graduarse para seguir con vida, que era lo más importante. Ese era su objetivo y lucharía por conseguirlo.