Capítulo 2 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Nahia llegó a la plaza de la pequeña aldea de Heria donde los que habían cumplido los quince años debían presentarse para la Ceremonia de la Servitud. Como todos los años, había mucha expectación. Casi todos los lugareños estaban presentes: granjeros, ganaderos, pastores, mineros y demás habitantes que vivían en las proximidades y que pertenecían a la aldea. Muy pocos solían faltar al evento y no porque fuera uno festivo, ni mucho menos, sino porque muy a menudo le tocaba a un familiar, un vecino o un amigo de la familia. También lo hacían para darles ánimos a los elegidos ese año y que no pensaran que se les abandonaba a su suerte.
Suspiró al observar a la multitud. Pensó en su abuela. Ella ya no asistía, no desde la muerte de su hija y de su yerno. No estaría hoy allí y ya lo habían hablado. Era demasiado doloroso para su viejo corazón presenciar lo que le iba a suceder a su nieta, a su único familiar con vida, pues le partiría el alma en mil pedazos. Temía no recuperase nunca y ceder ante la muerte que ya la rondaba como un buitre carroñero. Nahia lo entendía y prefería que no asistiera. Lo que le iba a suceder era inevitable y veía un sinsentido hacer sufrir a su querida abuela por un poco de apoyo emocional en aquel trágico momento del que no había escapatoria.
La multitud se apartó al ver a Nahia y ella pasó con la cabeza gacha entre la gente para llegar hasta el centro. Cuando estuvo cerca vio que aquel año los desdichados eran una docena. Los conocía a todos de vista, aunque no los había tratado mucho. Ella era una solitaria y lo había aceptado hacía tiempo. Se debía sobre todo a su condición, y también a sus horrendas escamas. Desde muy pequeña había estado siempre enferma, lo que la había mantenido en cama por largos períodos cada año. Nadie sabía qué mal padecía ni por qué razón se ponía de pronto y sin aviso tan mala. Eso había afectado de forma negativa a su vida social en la aldea. La buena de su abuela había conseguido desarrollar un tónico que la ayudaba. Le había costado años de intentos y estudios, pero había logrado llevar una vida medio normal, aunque no evitaba los ataques que su condición le producía.
Arrugó la nariz al recordar que luego habían aparecido las escamas, que también le había impedido relacionarse. Había pasado casi toda su vida con su abuela como única amiga y compañera centrándose en aprender el arte de la curación en medio de los bosques y montañas. Ahora solo bajaba a la aldea cuando necesitaban alguna provisión o para ayudar con alguna cura.
Observó a los que hoy participarían en la ceremonia con ella según se acercaba. La mayoría tenían aspecto de estar asustados, excepto un par que parecían seguros de que no les iba a suceder nada, ¡ilusos! Nadie estaba a salvo cuando se trataba de los sanguinarios dragones. Al acercarse al grupo tuvo que reconocer que a ella le hubiera gustado tenerlos como amigos, aunque entendía que no hubiera sido así. ¿Quién querría ser amigo de una niña débil y enfermiza que vive asilada en una cabaña en las montañas y de la cual se rumoreaba que tenía una enfermedad contagiosa incurable? Los de su edad lo habían intentado cuando era más joven, pero habían desistido por los largos tiempos que ella pasada postrada. También porque temían contagiarse de lo que fuera que le afligía, una enfermedad muy extraña que ni su propia abuela, curandera experta, podía sanar. No les culpaba, era del todo natural y entendible. Además, al llegar las escamas había sido ella la que se había alejado de todos para esconderlas.
De los que estaban allí, solo Isa, la hija del panadero del obrador, y Max, el fortachón hijo del ganadero, se habían esforzado de verdad. Era algo que Nahia agradecía, aunque su amistad no hubiera florecido. Al menos habían disfrutado de algo cercano a una amistad y mostraba que ellos dos tenían corazones valientes. Le entristeció verlos allí, su destino se decidiría en breve y podía ser horrible. Se dio cuenta de que, exceptuando a Isa, todos los demás eran ganaderos, pastores o mineros. No le extrañó, la gran mayoría lo eran en la comarca. Los dragones requerían cantidades ingentes de carne que sus siervos debían proporcionar. Era eso o servir ellos de plato principal, cosa que sucedía cuando había escasez de carne por enfermedades. A los dragones parecía darles igual que la carne fuera de res, de humano o de cualquier otra raza.
—¡Si eres de la edad ponte en el centro con el resto! —gritó de pronto un Drakónido vestido con una armadura pesada del color del acero.
Debía ser el oficial al mando. Estaba en la zona norte de la plaza y con él había dos soldados que lo escoltaban. Situados alrededor de la plaza había una docena más de soldados Drakónidos. Todos portaban armadura pesada e iban armados con lanza y escudo. Estaban de cara hacia la gente. A sus espaldas, en el centro de la plaza, aguardaban la docena de infelices cuya vida estaba en juego. Los soldados se aseguraban de que la ceremonia transcurría sin problemas. Los muy despreciables eran de una guarnición cercana que reportaba al fuerte que controlaba la región para sus señores. Se encargaban de hacer cumplir la ley de sus amos y eran casi tan despiadados como ellos. Ante la más mínima indisciplina matarían al infractor al momento. Las doce comarcas humanas estaban controladas de la misma manera. Los dragones no se dignaban a descender a tierra para tales fines. Ellos eran seres superiores y los humanos seres indignos, esclavos que debían servir o morir. Así que delegaban las labores de control de sus esclavos a sus fieles siervos Drakónidos.
Nahia bajó la cabeza e hizo como le ordenaban sin mediar palabra. No debía llamar la atención. Mientras se situaba con los otros observó a los Drakónidos. Eran sin duda la peor de las razas pues traicionaban al resto para satisfacer a los dragones y lo disfrutaban. Tenían aspecto de ser una mezcla de dragón y humano. La cabeza era de dragón, solo que mucho más pequeña, del tamaño de la de un humano, quizá algo más grande por las crestas que salían de ella y bajaban por la nuca. De constitución eran algo más fuertes que los humanos. Se creían los más fuertes de todas las razas, pero eso no era verdad. Los Tauruk-Kapro eran algo más grandes y fuertes que ellos, o al menos eso le había explicado Aoma.
Respiró hondo y con disimulo se situó entre el resto. Bajó la cabeza cuanto pudo.
—Pensaba que eras un año menor que nosotros —dijo Maika, hija de pastores que la había reconocido pese a su intento de pasar desapercibida.
—Es que soy debilucha —respondió ella sin levantar la cabeza.
—Puede que eso te ayude hoy —dijo Max y sonrió intentando darle ánimos.
—¿Crees que a nosotros nos dejaran servir en nuestras profesiones familiares? —preguntó Isa con una inflexión de temor que intentaba controlar sin demasiada suerte.
—No lo sé, ojalá —respondió Nahia con tono apagado y se encogió de hombros.
—Los señores dragones siempre necesitan carne. Nos dejarán seguir con nuestro oficio —comentó Lauri esperanzado. Su familia se dedicaba a la cría de corderos.
—Mineros también —añadió Ikatz, su familia se dedicaba a la minería en una apertura grande cerca de la aldea—. Los dragones necesitan sus metales y piedras preciosas, los adoran por alguna razón que nadie conoce. Después de la carne, es lo que más aprecian.
—A mí seguro que me eligen para el ejército —expresó Max y con las manos se señaló el considerable cuerpo que tenía.
—Es lo más probable, eres el más grande y fuerte de todos nosotros —dijo Samuel, otro que era hijo de ganaderos.
—Quizá no requieran más soldados este año —intentó animar Isa y lo miró con ojos húmedos.
Nahia se sintió mal por Max. Los dragones siempre necesitaban soldados porque siempre estaban en guerra, o eso se rumoreaba. Con quién o dónde, nadie lo sabía. Los que entraban en el Ejército Drakoniano no regresaban para contarlo. Morían luchando o vivían en los fuertes hasta perecer en batalla. Era así de triste y desesperado. A Nahia aquello le hacía pensar. El ejército ya rara vez actuaba allí, en Kraido. No había habido necesidad desde la Gran Insurrección. Por lo tanto, la guerra debía de ser en otro lugar, en un mundo alejado de allí, y eso significaba que efectivamente había otros mundos donde los dragones no reinaban, así que había esperanza. Se llevó la mano al corazón y cerrando los ojos deseó que así fuera.
—Esperemos que este año necesiten más carne que derramar sangre —deseó Iker, también hijo de ganaderos.
—No tendremos esa suerte —replicó Xabier, un chico alto y delgado que era hijo de un pastor de ovejas—. Nos enviarán al ejército y nadie volverá a vernos nunca.
Un silencio de desánimo absoluto se hizo en el grupo.
—¡Atención, recuento! —gritó el oficial.
Dos Drakónidos entraron en la plaza por la parte norte y se dirigieron hacia donde el oficial impartía órdenes. No eran soldados, si bien llevaban armaduras, aunque más ligeras. Nahia los reconoció. Uno era un escriba y una capa gris que le caía por los hombros lo identificaba como tal. Llevaba un tomo grande entre las manos con aspecto de garras. El otro, con una capa plateada, era muy peligroso: un brujo. Era de la sangre de los dragones y poseía algo de su magia. Entre las manos portaba una perla blanca del tamaño de dos manzanas. Llegaron hasta el oficial con paso firme y ademán relajado. Se situaron uno a cada lado y el oficial saludó con respeto inclinando la cabeza ante cada uno.
Los nervios empezaron a ser notables y Nahia tuvo que cerrar los puños con fuerza para intentar controlarlos. Debía mantener la calma, de perderla se acabaría todo para ella. Se centró en imaginar un futuro mejor, una vida llena de alegría, un mundo en el que no hubiera dragones. Intentaba convencerse de que había esperanza, pero no lo estaba consiguiendo. Y no era la única. Sus acompañantes también estaban muy inquietos. Algunos temblaban y se escuchaba algún sollozo ahogado.
Los aldeanos que observaban comenzaron a cantar una vieja canción de pertenencia a la familia, a la aldea, a la comunidad. Les daban ánimos para que supieran que no estaban solos y que todo el pueblo estaba con ellos.
El brujo miró al grupo y Nahia, al ver los ojos reptilianos mirando en su dirección, sintió como si ya la hubieran descubierto. Apretó los puños todavía con más fuerza. Saldría de allí como curandera. Las aldeas necesitaban curanderas o las enfermedades las diezmarían y eso era muy malo para mantener la producción de animales y las riquezas que se obtenían de las minas.
—Ahora haré recuento —habló el escriba con una voz entre rasposa y sibilante que era característica de los de su raza.
Todos se tensaron mucho. Llegaba el momento de la verdad.
—Suerte a todos —deseó Max.
—Xabier Lormas —llamó el escriba con tono firme, pero sin levantar la voz.
—¡Acércate! —ordenó el oficial gritando. Daba la impresión de que no podía dirigirse a ellos sin hacerlo.
Xabier avanzó temeroso. Le temblaban las manos.
—¡Baja la cabeza ante mí!
El desventurado así lo hizo.
—¿Para qué estás hoy aquí? —preguntó el brujo con tono apacible.
—Para servir a mis señores, los todopoderosos dragones, como ellos mejor deseen… —recitó Xabier de la misma forma que todos ellos debían hacer.
El brujo cerró los ojos y, situando su mano derecha sobre la perla que sujetaba con la izquierda, comenzó a recitar algo entre dientes. Nahia observaba con disimulo, sin levantar la cabeza. Se dio cuenta de que el brujo estaba usando frases de poder, conjurando. Llamaba a su magia. No se movió, solo interactuó con la perla.
De pronto, esta brilló emitiendo un destello plateado y el brujo extendió los dos brazos en dirección a Xabier, como mostrando a la perla al infeliz sobre el que debía actuar. El pobre Xabier tenía los ojos cerrados, el cuerpo le temblaba por momentos del terrible miedo que sentía. Todos eran conscientes de que se estaba usando poder de sangre de dragón y el temor apareció en sus angustiados rostros.
Un aro plateado se formó a un palmo de altura sobre la cabeza del muchacho. Se quedó levitando allí por efecto de la magia mientras el brujo continuó con su conjuro, musitando. El aro comenzó a moverse y descender hacia Xabier. Al llegar a la cabeza amplió su tamaño y la rodeó sin tocarla. Continuó descendiendo, hacia los hombros, y al llegar volvió a abrirse para no tocarlos y seguir deslizándose hacia abajo. Fue recorriendo todo el cuerpo agrandándose o reduciendo su tamaño según requería. Bajó desde la cabeza a las rodillas y luego continuó hasta los pies.
Nahia observaba sin levantar la cabeza. Sabía lo que el brujo hacía. Lo estaba examinando. Buscaba saber si aquel individuo era de la sangre de los dragones usando Magia Drakoniana que se buscaba a sí misma en el cuerpo del joven. Era un momento temido, pues quienes tenían su sangre eran entregados a estos para servir arriba, en sus dominios. Los rumores decían que aquellos que ascendían se convertían en brujos como el que estaban viendo. Un futuro nada agradable.
El anillo realizó el recorrido inverso volviendo a analizar el cuerpo de Xabier, que apenas podía contener sus temblores. Levitó sobre su cabeza un momento y luego regresó a la perla despareciendo en ella.
—No es de la sangre —afirmó el brujo.
El escriba asintió y anotó algo en el tomo.
—Es el hijo tercero de un pastor de ovejas. El hermano mayor sirve como soldado. El segundo como pastor… —continuó el escriba—. Por la gracia de nuestros todopoderosos señores, servirás a tus amos como soldado.
Nahia maldijo para sus adentros. Los tenían a todos censados y sabían la familia, el oficio de esta y la edad de todos los miembros. No solo eso, elegían su destino uno por uno. El control que los dragones tenían sobre ellos era total. Una rabia ácida le subió por la garganta y tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse.
—¡Abre los ojos y sitúate con los soldados! —ordenó el oficial y señaló a los dos que estaban tras él.
Con resignación, Xabier hizo como le indicaban. Según marchaba lanzó una mirada a su familia, a la que no volvería a ver. Estos saludaron con cánticos y expresiones de cariño mientras sus ojos se ahogaban en lágrimas.
—Continuemos —pidió el escriba.
Los cánticos de los lugareños continuaron mientras el número de elegidos para servir como soldados iba en aumento. Max no tuvo suerte. Tal y como ya esperaba, le tocó servir en el ejército. Incluso Inma, que era una granjera algo rechoncha y fuera de forma, fue enviada a servir al ejército. Nahia supo al ver aquello que aquel era año de guerra. Contra qué nación o mundo no lo sabía, pero estaban preparándose para la batalla, eso era seguro. A Ikatz lo dejaron continuar como minero, que era casi peor que ser soldado. Isa fue la única afortunada a la que permitieron que siguiera el oficio de su padre, el panadero de la aldea.
Y llegó el temido momento.
—Nahia Aske —llamó el escriba.
Era momento de afrontar la prueba.