Capítulo 28 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Framus llevó a Nahia con la escuadra de limpieza de la sección sur del primer subsuelo. La formaban tres Tergnomus, un Fatum y un Tauruk-Kapro, todos chicos. Los últimos dos habían sido enviados allí como castigo, al igual que ella. No preguntó qué les había pasado a ellos, aunque imaginó que habían fallado en algo.
—Lo primero, las pulseras —dijo Framus y de un armario obtuvo un cofre de cobre de aspecto humilde.
Lo puso sobre una mesa de trabajo y lo abrió. De su interior sacó tres pulseras de plata. Eran del grosor del dedo índice de Nahia y no tenían adornos o florituras en su superficie. Parecían más una argolla que una pulsera, solo que se apreciaba que eran de plata en lugar de acero.
—Extended los brazos —dijo uno de los Tergnomus, que tenía una nariz larga y retorcida.
Nahia y los otros dos castigados hicieron como se les pedía.
—Muy bien, os pondré las pulseras que os identifican como fuerza de trabajo en las mazmorras —explicó Framus y procedió a ponérselas.
Se bloqueaban con un cierre también de plata de varias posiciones. No era lo mismo la muñeca de un Fatum que la de un Tauruk-Kapro, como quedó demostrado de inmediato. El Fatum usó la primera posición del cierre y el Tauruk la última.
—No os las quitéis nunca ni las perdáis —ordenó el tercer Tergnomus, cuyas orejas largas y puntiagudas estaban muy arrugadas.
—De acuerdo… —musitó Nahia.
El Fatum asintió y el Tauruk-Kapro gruñó.
—Muy bien. Os dejo con vuestras obligaciones y me vuelvo a las mías —se despidió Framus—. Recordad: siempre hay mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo.
Los tres Tergnomus repitieron la frase musitando, como si fuera un dogma. Nahia lo encontró de lo más interesante.
—El área que debemos limpiar es grande, así que nos dividiremos en tres grupos de dos —dijo Ufrem, el Tergnomus a cargo de la cuadrilla—. La novata conmigo. Los demás como viene siendo habitual.
Todos asintieron y cogieron el material de los armarios: fregonas, paños, cepillos de púas, desinfectante, alcohol y raíces y hierbas aromáticas, además de jabón abundante. Se acercaron al pozo de la entrada, recogieron varios cubos de agua que tenían preparados y se dirigieron a trabajar.
—Novata, no te separes de mí —dijo Ufrem y le indicó que cogiera un cubo de agua y el resto de los utensilios de limpieza.
—Ahora mismo —Nahia se cargó con todo y siguió a Ufrem que era capaz de llevar una docena de cosas sin que se le notara cargado o desequilibrado. Nahia en cambio estuvo a punto de tropezar e irse al suelo varias veces, pero consiguió recomponerse y no hacerlo.
En una especie de antesala Nahia vio que una de las cuadrillas se dirigía hacia una puerta al este y la otra hacia el oeste y dedujo que ellos irían hacia la del norte, ya que habían entrado por el sur. Eran puertas metálicas y al tocar la que llevaba al norte notó que eran de plata sólida y brillaban con un destello tenue. Se miró la pulsera y vio que desprendía el mismo destello. Ufrem abrió la puerta con un manojo de grandes llaves que llevaba a la cintura y continuaron. Nahia vio un gran pasillo despejado, sin rastro de vida alguna y bastante limpio. Aquella no era la zona que limpiar. Eso seguro.
Continuaron avanzando y llegaron a una gran reja metálica de gruesos barrotes que iba de pared a pared. Nahia distinguió una puerta también de reja, grande, del tamaño de un dragón, y otra más pequeña, del tamaño de sus siervos. Ufrem abrió la pequeña con las llaves que llevaba y Nahia dedujo que los Tergnomus tenían llaves de toda aquella zona de las mazmorras y casi seguro de todas ellas.
—A partir de aquí comienzan las mazmorras. Ten cuidado y no te acerques a ellas. Hay todo tipo de prisioneros y sería una lástima que te ocurriera un accidente.
—Tendré cuidado —dijo Nahia y tragó saliva. No saber qué prisioneros había allí y cuan peligrosos eran era casi peor que si le dijeran que estaba lleno de cocodrilos salvajes.
Pasaron a la zona de las mazmorras y Ufrem cerró la puerta tras ellos. Nahia contempló un enorme pasillo de piedra ligeramente alumbrado por antorchas. En ambos lados del mismo había grandes puertas plateadas. Nahia intuyó que eran las celdas en las que tenían a los prisioneros.
—Empieza ahí mismo. Yo me adelantaré. Lo quiero limpio. Espero que sepas hacerlo o me pondré de muy mal humor.
—Sé limpiar —aseguró ella.
—Bien, no serías la primera ni la última que me envían que ni siquiera sabe hacer algo tan básico. Me refiero a hacerlo bien.
Nahia se puso a trabajar. Aoma le había enseñado a hacerlo bien. Era una de las tareas que siempre hacía ella en la cabaña para dar algo de descanso a su abuela.
Limpió el lado izquierdo del gran pasillo en el que estaban sin acercarse mucho a las grandes puertas de las celdas, por si acaso. Framus iba algo más adelantado limpiando la parte derecha y de vez en cuando la observaba. Nahia ponía más brío todavía cuando lo hacía. La superficie era muy rugosa y costaba dejarla bien.
Llegaron al final del pasillo que daba a una nueva reja con barrotes fijos muy gruesos. Nahia miró y vio que otro amplio corredor con celdas continuaba hacia el fondo. Era bastante largo lo que significaba que tenían trabajo para rato.
—Seguiremos con aquel —dijo Framus—. Además de ese hay otros dos más que tenemos que limpiar hoy.
—Oh, de acuerdo —Nahia miró el pasillo cuyo final no veía, en parte porque era larguísimo y en parte porque la luz era escasa.
Ufrem abrió la puerta y pasaron al siguiente pasillo.
—Yo el lado derecho, tú el izquierdo —dijo y se puso a trabajar.
Nahia lo imitó y se puso con su lado. Levantó la mirada del suelo y al mirar al frente le pareció ver una sombra que se acercaba desde la penumbra. Le extrañó. Seguramente no estaba viendo bien por la escasez de luz. Entrecerró los ojos y volvió a mirar. Discernió de nuevo la sombra, que se acercaba por el centro del pasillo. Se puso muy nerviosa y entonces se dio cuenta de que no era una sombra. Cuando la tenía ya muy cerca pudo por fin ver lo que era.
—¡Una víbora negra gigante! —exclamó y la fregona se le cayó de la mano del susto.
Ufrem se volvió y se acercó a Nahia con rapidez.
—Mantén la calma, es un Serpetuss. Son los guardianes de las mazmorras.
Nahia se quedó estupefacta. Una enorme víbora negra de más de diez varas de longitud y una de grosor se acercaba deslizándose por el suelo.
—Es… terrorífica…
—Quédate quieta y no te hará nada.
La gran víbora llegó hasta ellos, se detuvo y se alzó sobre su cuerpo hasta que su cabeza estuvo por encima de ambos. Con su larga lengua pareció olerlos. A Framus lo reconoció de inmediato y lo dejó, volviendo todo su interés sobre Nahia. La enorme serpiente siseó con fuerza y mostró unos colmillos enormes y letales.
Nahia estaba aterrada, pero aguantó como petrificada. Parecía que aquella Serpetuss le iba a clavar los colmillos en la cabeza. Por un momento pensó que estaba todo perdido, pero mantuvo la calma y no reaccionó. La descomunal serpiente cerró las fauces y volvió a sisear con fuerza. Luego bajó su cabeza hasta el suelo y continuó su camino zigzagueando. Al llegar a los barrotes pasó entre ellos, aunque su cuerpo era más ancho que la separación entre estos, y se alejó por el pasillo que acababan de limpiar.
—Pensé que no lo contaba —Nahia resopló y se dobló del miedo que había pasado.
—Unas criaturas de lo más especiales estos Serpetuss —comentó Framus—. Son los vigilantes de los pasillos. Se encargan de que ningún prisionero escape si logra salir de su celda, cosa muy poco probable. Son formidables.
—Ya me he dado cuenta… —Nahia no podía sacudirse el susto del cuerpo.
—Si se juntan varias son capaces de acabar con un dragón.
—¿Lo son? Pensaba que los dragones eran prácticamente invencibles.
—Verás, los Serpetuss son parientes lejanos de los dragones, más primitivos y menos inteligentes. Sin embargo, comparten algo: sus defensas mágicas y la dureza de sus escamas. Eso los convierte en formidables luchadores.
—Pero vencer a un dragón… lo veo difícil.
—Lo es, pero ha ocurrido y por eso son los guardianes de este lugar. Cuatro Serpetuss fueron capaces de arrancar los ojos a un dragón que se había fugado. Lo cegaron e inmovilizaron enroscándose en sus alas y patas hasta que lo estrangularon. Murió ahogado.
—Eso es impresionante.
—Lo es. Las Serpetuss son una fuerza de la naturaleza.
—¿Cuántas hay aquí?
—Una veintena. Recorren todos los pasillos de los tres subniveles día y noche, vigilando. Si alguien escapa de su celda, se encargan de que no lo haga de las mazmorras.
—Me ha dejado helada, eso puedo asegurarlo.
—Te acostumbrarás. Recuerda que debes mantenerte quieta en su presencia y todo irá bien.
—¿Cómo saben que no soy un prisionero?
Ufrem sonrió.
—Por la pulsera que te han hecho poner.
Nahia se miró la pulsera de plata en su muñeca izquierda.
—No es solo de plata, ¿verdad?
—Eres lista, esa plata está encantada con magia de dragón.
—La Serpetuss capta la magia de su pariente lejano y por ello sabe que no soy un prisionero —dedujo ella examinándola.
—Así es. Así que harás bien en nunca bajar aquí sin ponerte esa pulsera.
—¿Ha ocurrido?
—¡Por supuesto que ha ocurrido! La estupidez de algunos roza en la incapacidad total de utilizar su cabeza.
—Entiendo que la Serpetuss…
—Mata y come.
Nahia puso cara de horror.
—¿Come?
—Les encanta la carne de cualquier raza, de cualquier ser, diría yo. Así que si no quieres terminar devorada por una de ellas, será mejor que no estés en las mazmorras sin esa pulsera.
—La cuidaré con mi vida.
—Más te vale. Ahora sigamos limpiando, hay mucho que hacer y poco tiempo.
Nahia se esforzó en limpiar con brío toda la zona que la habían asignado. Según pasaba la fregona, Ufrem se le acercó.
—Primero tienes que pasar el cepillo de púas con jabón para levantar la porquería y luego la fregona.
—Así lo haré —dijo. Se puso a cuatro patas y mojó el cepillo en el cubo. Comenzó a raspar el suelo. Iba a ser un trabajo difícil, ya lo intuía, pero ahora lo estaba experimentando de verdad.
Llevaba un rato cepillando el suelo y ni se había dado cuenta de que se había acercado a una de las celdas. Se levantó. Sabía que no debía mirar, que si lo hacía se podía meter en un lío gordo. Podría haber un dragón dentro y de alguna forma arrancarle la cara.
—No mires dentro… —masculló entre dientes intentando convencerse a sí misma.
Por desgracia, había algo en su interior que la empujaba a hacerlo. Se resistió, sacudió la cabeza y siguió cepillando el suelo. No debía mirar, eso lo sabía. Sin embargo, algo la animaba a ello. Pensó que era su curiosidad innata, pero se dio cuenta de que no era eso, la curiosidad podía dominarla. Una fuerza que nacía de su interior la forzaba a mirar. Intentó resistirse.
—No voy a mirar, es peligroso. Podría morir —se intentó convencer a sí misma.
A su alrededor todo estaba en calma. Había poca luz y solo se oía a Ufrem limpiando algo más adelante. ¿Qué era eso que la empujaba a mirar? Una cosa era que tuviera ganas, curiosidad, algo interno, pero sentía como si una fuerza exterior a su alrededor también la obligara. Se sintió muy rara.
Se pegó a la puerta de plata y subió hasta la mirilla. Tenía un pasador también de plata de un palmo de alto por tres de ancho. Nahia sabía que no debía descorrerlo. Sin embargo, sus manos no la obedecieron y con un movimiento seco, desplazó el pasador. Pensó que haría mucho ruido, pero no hizo ninguno, como si estuviera perfectamente engrasado.
Miró al interior y se fijó en que en la celda había alguien. Un único prisionero tendido en el suelo, medio incorporado. No era un dragón, por lo que el peligro no era tan grande, al menos en principio. Aun así, no se fio demasiado y observó al prisionero. No podía verle la cara porque tenía una máscara que se la cubría. No solo el rostro sino toda la cabeza. Por su constitución y manos, Nahia dedujo que era humano, eso la sorprendió. ¿Por qué tenían los dragones a un humano preso allí? ¿Por qué le habían puesto una máscara cubriéndole toda la cabeza? Le pareció algo insólito. Lo tenían en lo profundo de un calabozo sin apenas luz, en solitario y con una máscara horrible que le aprisionaba cara y cabeza.
Suspiró. A menos que aquel humano fuera un asesino o un torturador no se merecía aquello. Lo estudió. No era muy alto y tampoco fuerte. Por lo que podía apreciar de sus brazos y piernas, que no era mucho, parecía fibroso, alguien que había estado expuesto a trabajo físico. Dudó en preguntarle quién era. Sabía que hacerlo era un error que podía ser castigado con la muerte. Sin embargo, por alguna razón que desconocía, algo en su interior la empujaba a preguntar, a intentar averiguar quién era aquel desdichado.
Apoyó la frente contra la rendija para ver más. El prisionero parecía dormitar tendido sobre una cama hecha de heno y paja seca.
Estudió la celda para ver si podía discernir algo más.
El prisionero se incorporó de golpe.
Nahia se fue de espaldas del tremendo susto.