Capítulo 3 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Nahia soltó un suspiró profundo y se acercó hasta el oficial con la cabeza gacha y mirando al suelo. Antes de que se lo ordenara bajó todavía más la cabeza. Tenía delante al oficial, a su izquierda al escriba y a su derecha al brujo. Los cánticos se volvieron más altos y profundos, era como si los residentes supieran que Nahia necesitaba más ayuda de la normal.
—¿Para qué estás hoy aquí? —preguntó el brujo como había hecho con todos.
—Para servir a mis señores, los todopoderosos dragones, en aquello que mejor consideren —afirmó Nahia con tono firme, ocultando toda la rabia que le nacía en el estómago por tener que pasar por aquello y todo lo que significaba. No sabía si había dicho la frase de forma correcta, pero el sentido era ese.
El brujo no le dedicó ni una mirada, lo cual lo confirmó. Escuchó las palabras de poder del conjuro, entrecerró los ojos y apretó los puños con fuerza. Deseó con todo su ser que no la descubrieran. Si no la dejaban ser curandera y tenía que ir al ejército con el resto lo aceptaría, pero ir al reino de los dragones no. Eso no podía pasar.
La perla en las manos del brujo destelló en argento y Nahia apretó la mandíbula. Llegaba el momento de la verdad. Le puso la perla sobre la cabeza, esta brilló y el aro plateado se formó.
Era el momento, tenía que intentar engañarles antes de que descubrieran que era de la sangre. Si no hacía algo la descubrirían. Iba a ser peligroso para ella, podía incluso morir, pero su destino era la muerte en cualquier caso si no hacía nada. Se concentró y cerró los ojos con fuerza. Despertó una llama en su interior, una que residía en el centro de su torso. Había aprendido a hacer lo contrario, a apagarla para no enfermar, pero hoy haría lo opuesto. Le había prometido a Aoma hacía mucho tiempo que no haría algo así, que no se provocaría un ataque, pero no había otra opción. Aoma lo entendería. Era un momento desesperado y requería una acción desesperada.
Comenzó a elevar la temperatura de su cuerpo. Esto era algo que le ocurría de forma esporádica, no intencionada, y que la enfermaba. Sin embargo, esta vez, quizá la salvara. Su temperatura se elevó de forma muy rápida. Podía sentir todo su cuerpo ardiendo, como si tuviera un fuego intensísimo en sus entrañas, un incendio que generaba un calor inmenso. Uno de los efectos de esta acción era que no se llegaba a externalizar. Ella podría estar sufriendo un ardor insoportable internamente, pero nadie sabría qué le estaba pasando.
Y comenzó el gran incendio, como ella lo llamaba. El calor era insoportable en su interior y en su piel. Las palpitaciones empezaron y crecieron a un ritmo terrible. El pulso lo sentía como si le fuera a estallar en la cabeza. Su corazón latía desbocado. Se mareó y comenzaron las náuseas. Perdió el equilibrio y se cayó a un lado. Comenzó a temblar de forma compulsiva. Los calambres le azotaron en piernas y brazos y gritó de dolor mientras convulsionaba en el suelo.
El brujo la miró y detuvo el conjuro. Retiró la perla.
—¿Qué le sucede? —preguntó el escriba.
—Está sufriendo algún tipo de ataque —dedujo el brujo.
—Puede ser un engaño. No me extrañaría… he visto de todo llegado este momento. Estos humanos intentan librarse de su responsabilidad hacia sus amos y señores —expresó el oficial que se inclinó para observar cómo Nahia se retorcía en el suelo.
—¿Lo es? —preguntó el escriba.
El brujo se agachó y sujetó de la muñeca a Nahia, que convulsionaba.
—Tiene el pulso muy acelerado y está ardiendo. Sufre de alguna condición.
—En ese caso no la queremos para el ejército. Ya es muy debilucha y encima enferma no nos sirve. Además, podría tener algo contagioso —expresó el oficial.
El brujo soltó la muñeca de Nahia y se irguió.
—No sé si sobrevivirá.
—Desde luego esto tiene mal aspecto —el escriba hizo un gesto de que aquello no le gustaba nada.
—Siempre ha estado enferma, desde niña —dijo Isa.
Los tres Drakónidos se volvieron a mirarla y luego se centraron un momento más en Nahia. El oficial perdió interés y ladró un par de órdenes a sus soldados para que controlaran mejor al público, que estaba horrorizado ante lo que estaba sucediendo.
—Lo anotaré —el escriba escribió en su tomo sobre Nahia y su enfermedad.
El brujo, sin embargo, seguía mirándola, interesado.
Nahia sabía por experiencia que intentar parar aquello era imposible. Una vez uno de aquellos ataques comenzaba, nada podía hacerse. Ni ella ni nadie, curanderos incluidos, podían detenerlo. Por eso era tan peligroso, por eso y porque la mataba por dentro. Era algo tan horrible como incomprensible. Estaba maldita desde su nacimiento. Debía vivir con ello y lo había hecho. Hoy esperaba que su desdicha la sacara de allí. El dolor era tan intenso y los calambres tan agudos que chilló como si la estuvieran desmembrando viva. Tenía que aguantar, debía llevar la mano al cinto. El problema era que brazo y mano se sacudían de forma incontrolada y no podía hacer que respondieran a su mente.
Hizo un esfuerzo descomunal, centrándose en su mano, enviándole la orden de que fuera al cinturón. La mano comenzó a moverse hacia su destino, pero el brazo se sacudía y la desviaba. Se concentró más todavía y consiguió que obedeciera a su mente. Al llegar al cinturón pidió a su mano que cogiera uno de los cinco tónicos que llevaba siempre consigo. La mano se cerró sobre el primero de ellos. El dolor la estaba matando. Convulsionó y estuvo a punto de perderlo. No se dio por vencida y consiguió llevarse el tónico a la boca. Si no lo bebía podría morir. Logró quitarle el tapón con la boca y lo bebió mientras las convulsiones y calambres seguían torturándola.
Estaba acostumbrada a sufrir ataques y a tomar el tónico lo más rápido posible. Al principio no podía hacerlo sola y su abuela se lo daba. Con los años había conseguido ser capaz de tomarlo por sí misma, aunque no era nada sencillo. El efecto fue rápido. La temperatura comenzó a descender en su cuerpo, como si hubiera bebido hielo y aplacara el fuego en su interior. Al bajar la temperatura, los calambres y convulsiones fueron cesando.
—Que se la lleven, no sirve para nada —ordenó el oficial.
Nahia no podía estar más contenta al oír aquello. Los había engañado, no serviría a los dragones en la guerra y se quedaría con su abuela. Si no fuera porque estaba tan agotada y dolorida que ni podía moverse, se hubiera puesto en pie y hubiera salido corriendo.
—Un momento… —pidió el brujo.
El corazón de Nahia dejó de latir por un instante. Cuando volvió a hacerlo, una ansiedad la acongojó.
—Ponedla en posición —pidió el brujo a los dos soldados.
Estos obedecieron y levantaron a Nahia del suelo hasta ponerla de rodillas.
—Aguantadla, que no se vaya al suelo.
La agarraron bien y la mantuvieron en su sitio.
El brujo comenzó a conjurar usando la perla blanca en sus manos y el aro plateado se formó sobre la cabeza de Nahia.
La iba a descubrir. Aquello no podía pasar. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas que no ocurriese nada.
El aro comenzó a descender por su cabeza y al llegar al torso se detuvo.
Nahia no lo vio, pero de alguna forma lo sintió. Supo que estaba perdida.
El brujo miró con expresión muy interesada en su rostro de dragón.
El anillo comenzó a brillar, cada vez con más fuerza, sin moverse de donde se había detenido. De pronto emitió un haz de luz plateada hacia los cielos donde el anillo se proyectó.
Los cánticos cesaron. El pueblo ya no cantaba. Algo sucedía.
La frente comenzó a arderle y un instante después las sienes. Eran las escamas. Soportó el ardor agudo y no se llevó las manos a la cara. Lo que ella no podía ver al tener los ojos cerrados era que sus escamas doradas brillaban con intensidad y emitían una luz de oro que salía de su rostro golpeando el suelo. Abrió los ojos y vio el destello que la delataba. Pegó la barbilla contra el torso, pero no consiguió ocultar la luz.
—Es de la sangre —se pronunció el brujo, que con ojos de reptil entrecerrados analizaba a Nahia.
—¿Ella? ¿Este ser débil y enfermo? —preguntó el escriba al brujo con tono de estar sorprendido.
—La sangre de los amos corre fuerte por las venas de algunos en Kraido —respondió el brujo y retiró la perla. El anillo seguía alrededor del torso de Nahia y emitía la intensa proyección hacia el cielo.
—No vivirá, aunque lo sea —afirmó el oficial.
El brujo inclinó la cabeza y la observó. Luego la giró hacia el otro lado y la volvió a observar, analizándola.
—Extraño acontecimiento —opinó el escriba y apuntó algo en su tomo.
—Ponedla en pie —pidió el brujo.
Los soldados levantaron a Nahia por los brazos. Ella mantuvo la cabeza gacha y, entreabriendo los ojos, descubrió que sus escamas brillaban con luz dorada.
—Descubridle la cabeza —ordenó el brujo.
Los soldados le quitaron la capucha. Nahia sentía un agujero enorme en el estómago, como si la hubieran atravesado con una estaca.
La habían descubierto. No podría volver con Aoma y ser curandera y tampoco iría al ejército regular. La iban a enviar con los que tenían sangre de dragón, el peor destino de todos. Un desasosiego intenso comenzó a apoderarse de su cuerpo y de su alma.
El brujo la observó con mayor interés si cabía.
—Vuelve tu cara hacia mí, humana.
En medio de un suspiro enorme, Nahia miró al Drakónido brujo a los ojos. Le sorprendió ver que había sorpresa en ellos. Gran sorpresa.
—No solo tiene sangre de dragón, esta humana es especial. Es una Nacida de la Llama.
Nahia abrió mucho los ojos. ¿Qué significaba aquello? ¿Especial? ¿Nacida de la llama? ¿A qué se refería aquel brujo?
—¿Estás seguro? Eso… es casi… imposible… —dijo el escriba balbuceando, lo que resultó extraño. Los escribas eran estudiosos, las letras y la palabra eran su fuerte.
—Tiene escamas doradas. Las ha intentado ocultar, pero se aprecian con claridad.
El escriba se acercó a observarlas.
—Quieta —dijo y con su uña de garra rascó el ungüento de Aoma de su frente y las escamas doradas quedaron a la vista. Ahora brillaban todavía con más intensidad.
—¿Lo aprecias ahora? —preguntó el brujo.
El escriba asintió.
—Son doradas, pero tiene que haber otra explicación…
—No la hay. Tiene sangre de dragón y escamas doradas. Es lo que digo que es —afirmó el brujo con tono de que mejor no dudaran.
—Hay que informar de esto a nuestros señores de inmediato —el escriba estaba ahora nervioso y esto provocó que Nahia lo estuviera todavía más.
El brujo miró al cielo, donde el anillo señalaba. Nahia siguió su mirada.
—No es necesario. Ya lo han visto —dijo el brujo y señaló al este, entre las nubes.
El enorme dragón rojo que Nahia había visto aquella mañana apareció saliendo de entre ellas. Rugió con fuerza y se dirigió directo hacia donde ellos estaban.
—Oh, no. Viene a por mí… —masculló viendo la terrorífica estampa aproximarse en los cielos.
—En efecto, humana. Viene a por ti —confirmó el brujo.
Nahia supo que su presentimiento se cumplía. Estaba muerta.