Capítulo 5 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Cada bache en el camino hacia la ciudad de Gorja provocaba que el corazón de Nahia diera un vuelco. Se dirigía hacia un futuro más que incierto del que nadie regresaba. Miró al cielo y constató que cuanto más se acercaban a su destino, con mayor nitidez podía apreciar uno de los reinos de los dragones en el cielo.
El brujo montaba en cabeza del grupo y ella iba tras él en un carro conducido por dos soldados. El resto montaban escoltándolos. El brujo solo volvía la cabeza de vez en cuando para asegurarse de que ella lo seguía, pero no le dirigía la palabra. Era bien sabido que los Drakónidos eran hoscos y muy parcos en palabras. Nahia había evitado siempre contacto alguno con ellos, pero gracias a aquel viaje forzoso, ahora lo podía atestiguar. Ni le decían nada, ni le daban ninguna muestra de que les importara lo más mínimo si vivía o moría. La miraban como si estuvieran enojados y se centraban en sus órdenes.
Nahia pasó la mayor parte del trayecto mirando hacia las nubes. No porque su cabeza estuviera allí perdida, sino porque en medio de ellas podía apreciar algo único y del todo inverosímil: una enorme masa de tierra que flotaba suspendida en el aire. Era como si una enorme isla se hubiera elevado desde los mares hasta los cielos y luego los vientos la hubieran arrastrado tierra adentro.
Mientras la observaba, Nahia recordó la leyenda de Sekodrome que Aoma tantas veces le había contado y que era parte de la base de la mitología de los humanos. Se contaba que miles de años atrás accedió al trono Sekodrome, el rey más poderoso de los dragones en su tiempo, un ser déspota y soberbio que no soportaba la idea de vivir al mismo nivel que las otras razas que poblaban Kraido. Un día decidió resolver aquella situación. Ordenó primero que todos los dragones vivieran en las cumbres más altas y no pisaran la tierra que las razas inferiores habitaban y así lo hicieron durante mucho tiempo. Pero al prepotente monarca esto no le pareció suficiente, quería estar por encima de los demás seres de aquel mundo. Juntó a los más poderosos y sabios entre los dragones para idear cómo hacerlo. Un día, usando un gran poder, elevaron la isla de Waten desde el mar hasta el cielo. Sekodrome la convirtió en su reino y ordenó que los dragones solo pudieran vivir en ella.
El traqueteo del carro hizo que Nahia tuviera que sujetarse y perdió el hilo de sus pensamientos por un momento. Lo recuperó al entrever la masa de tierra en el cielo. Que los dragones hubieran podido sacar una isla del mar y elevarla hasta las nubes era una muestra de su increíble poder. Ahora había al menos cinco reinos suspendidos en los cielos, uno por cada uno de los poderosos clanes que reinaban en Kraido y sometían a las ocho razas en sus tierras. La que estaba viendo era el reino de Gondra, donde vivían los dragones de ese clan. Desde allí arriba gobernaban a los humanos, a los que consideraban de su propiedad. De allí procedían Gorri-Buru-Koma y el resto de los dragones que había observado durante el día. Ella solo había visto aquel reino en las nubes, ya que los otros estaban lejos, sobre las tierras de las otras razas. Torció el gesto. Bien pensado, le bastaba con ver uno, no tenía ninguna gana de ver el resto.
Un nuevo bache en el camino hizo que se tuviera que agarrar. Continuó observando con ojos entrecerrados el enorme bloque de tierra que se sostenía en el aire por la magia de los dragones. Era tan grande que se veía casi desde todas las comarcas humanas. La parte inferior tenía forma ovalada, cóncava y superficie irregular y rugosa. La superior era plana y sobre ella parecía haber montañas. A Nahia siempre le había dado la impresión de que el reino parecía la mitad de una esfera sin pulir hecha de tierra y arcilla. No sabía si los otros reinos de los dragones eran así, pero suponía que serían similares.
—Nos desviamos a la derecha —ordenó el brujo al grupo cuando llegaron a un cruce.
Nahia siguió el camino con la mirada un rato y luego no pudo evitar inquietarse y volver a mirar al cielo. Aquella visión entre las nubes recordaba a todas las razas que sus amos y señores vigilaban sin descanso. Además, y lo que era más desesperante, que no tenían opción contra ellos pues ni tan siquiera podían alcanzarlos allí arriba. A ella se le hundía el alma al pensarlo. ¿Como iban a derrotar a los todopoderosos dragones si ni siquiera podían llegar a sus reinos en los cielos? No había esperanza para las razas esclavas, pues siempre lo serían, vivirían sufriendo el despiadado y opresor yugo de los dragones.
Se le escapó un largo suspiro buscando algo de esperanza en el fondo de su corazón. No quería reconocer la imposibilidad de un día ser libres. No sabía cómo podía suceder, y reconocía que en las circunstancias presentes era imposible. Aun así, su corazón guardaba una minúscula esperanza y se negaba a renunciar a ella. Quizá un día las circunstancias cambiaran. Quizá un día alguien las cambiara.
La noche antes de llegar a su destino acamparon junto a un riachuelo. Nahia trató de sonsacar algo de información al brujo. No creía poder conseguirlo, pero decidió intentarlo de todas formas pues una vez llegaran al final del trayecto imaginaba que no tendría oportunidad.
—¿Qué me va a pasar? —preguntó de forma directa mientras comían algo de carne salada de las provisiones junto a un pequeño fuego de campamento que los Drakónidos habían preparado.
Los soldados miraron a Nahia como si hubiera cometido una ofensa al hablar.
El brujo levantó la mano y los soldados asintieron y continuaron con sus tareas.
—¿No lo sabes? Deberías —respondió sin mirarla.
—Hay muchos rumores entre los míos… diferentes… sobre lo que les pasa a los que son de la sangre… Ninguno bueno…
Él la miró y la observó un instante con sus ojos amarillentos de reptil.
—Puedo asegurarte de que lo que te va a pasar es un honor.
—¿Lo es? —el tono de sorpresa que a Nahia se le escapó fue grande y lleno de incredulidad.
—Lo es —asintió el brujo—. Vas a ascender y luego a convertirte en un brujo, como lo soy yo.
—En mi caso… ¿seré una bruja?
—Así es, ya que eres una humana. En tu caso, además, tengo la sensación de que serás una hechicera más adelante.
—¿Hay diferencia? —Nahia no tenía ni idea de lo que era una cosa o la otra en el mundo de los dragones y la magia.
El brujo asintió.
—Los brujos usamos armas y magia.
Se palpó la espada que llevaba a la cintura y luego el centro del torso. Giró la mano con un movimiento lento hasta que la palma quedó hacia arriba y cerró los ojos. Dijo algo extraño y se produjo un destello azulado sobre su palma. Ante la mirada atónita de Nahia apareció agua flotando sobre la mano del brujo.
—Vaya… magia… —balbuceó.
Nunca había visto a nadie usar magia así, de forma tan casual y dominándola por completo. Se dio cuenta de que las escamas del cuello del brujo destellaron en azul. Esas escamas eran diferentes al resto que le cubrían la cabeza, que eran de un color verde más oscuro. Debía de tener otras del mismo tipo que las que ella tenía en frente y sienes.
—Los que poseen mucha magia o poder tienden a luchar con ella en lugar de con las armas. Esos son los hechiceros —explicó y dijo algo más que Nahia no entendió.
El agua se convirtió entonces en hielo. Luego le dio forma de estaca helada haciéndola rotar sobre su mano. Cuando estuvo a su gusto, la lanzó como si lanzara un cuchillo y se clavó en un árbol cercano.
—Impresionante… Creo que entiendo. Un brujo es dado a luchar más con armas que con magia y un hechicero más dado a luchar con magia que con armas.
—Así es. Eres lista, eso es bueno. Puede que sobrevivas más tiempo que la mayoría. En cualquier caso, brujos y hechiceros deben dominar tanto las armas como la magia. Esa es la Senda y esa debemos seguir. También se descubrirá tu Talento y una marca lo determinará.
—¿Un Talento? ¿Qué es eso? —Nahia echó la cabeza un poco hacia atrás. No había oído nunca hablar de algo similar.
—Un Talento es parecido a una profesión, solo que una que es de tipo marcial o con uso en la batalla y la guerra.
—¿Una profesión de guerra?
—Eso es. Mi Talento es el de guerrero —afirmó y desenvainó su espada, la sostuvo en la mano y dejó que las llamas se reflejaran en ella—. He aprendido a luchar con espada larga, espada corta, hacha de combate, lanza y otras armas marciales. Se me da muy bien, sobre todo la espada. El Talento de guerrero es el más común y por lo tanto el más numeroso.
—Oh, ya veo…
—No te preocupes ahora de eso. Aprenderás todo esto y mucho más en Drakoros, la Escuela de Dragón, a donde debes ir.
Nahia levantó la mirada hacia el cielo estrellado y localizó el reino de Gondra, que brillaba como si fuera una estrella ardiente.
—¿Allí arriba?
—Sí, en uno de los reinos de nuestros amos.
—¿Voy a Gondra?
El brujo sonrió.
—No, vas a Drakoros. La Escuela de Dragón no está en ninguno de los cinco reinos de los clanes.
—¿No? Pensaba que estaría allí… —Nahia señaló el reino, que era visible incluso de noche pues ardía con mil luces y emitía destellos plateados similares a los de una estrella. Era de lo más singular.
La cabeza del brujo negó de lado a lado.
—Los cinco clanes están siempre luchando por liderar Kraido. Si uno de ellos tuviera la escuela de guerra para sí, dispondría de mucha ventaja sobre los otros cuatro. Por ello y para evitar disputas, se creó un reino elevado, uno neutral. Allí está la escuela. Ninguno de los cinco clanes tiene derecho sobre ese reino ni sobre la escuela. Allí es a donde irás, a donde iréis todos los elegidos con sangre de dragón de todo Kraido.
Nahia intentaba asimilar toda aquella información y guardarla en su mente. Era precipitado sacar conclusiones tan rápido, pero empezaba a hacerse una idea de a dónde se dirigía y del tipo de enseñanzas que recibiría. No le estaba gustando nada, ella no quería aprender a luchar y usar armas. La iban a obligar a matar en nombre de los dragones.
—¿Ha habido guerra entre los clanes antes? —preguntó.
—La ha habido, pero ya hace más de un milenio. Tiempos oscuros, cuando nuestros señores dragones luchaban entre ellos por la supremacía de sus clanes. Pero eso está ya en el pasado. Ahora los clanes están en paz y la lucha de poder se lleva a cabo sin derramar la sangre sagrada de nuestros señores.
Esta información a Nahia le pareció de lo más interesante. Los clanes de los dragones eran clanes rivales que luchaban entre ellos por el poder. Eso podía darle una oportunidad, algo de lo que poder sacar provecho. Lo internalizó y pensó que debía saber más, aunque decidió no continuar preguntando para no levantar sospechas.
—¿Todos los que son como nosotros… terminan en esa escuela de guerra para luego luchar para los dragones? ¿No hay otro camino a seguir? —preguntó con la esperanza de no acabar luchando, cosa que para ella era contra natura. Era una aprendiz de curandera con un cuerpo débil y no podía concebir luchar y matar.
—Para nuestros señores, los todopoderosos dragones —corrigió—. Aprende modales o morirás rápido. Nuestros amos no tienen ni paciencia ni piedad.
—Oh, sí, lo siento.
—La lucha y la conquista son esenciales en la Senda de los Dragones. Ya lo aprenderás y lo respetarás. Es el único camino.
Tenía que haber algún otro. Nahia no iba a aceptar aquello, por mucho que se lo intentaran inculcar. No dijo nada, no quería enemistar al brujo que le estaba dando algo de información que seguro le sería muy valiosa.
—¿Cuál es tu nombre? Yo soy Nahia —dijo intentando ser cordial.
El brujo la miró inclinando la cabeza. Sus ojos de reptil en aquella cabeza de dragón pequeño eran desconcertantes.
—Eres una humana singular. Los de tu raza no suelen intentar fraternizar con los de la mía.
—Quizá porque no soléis ser portadores de buenas nuevas o alegría, como hoy.
El brujo sonrió y a Nahia se le hizo muy extraño ver una sonrisa en la cara de un Drakónido.
—Cierto —asintió el brujo—. Me llamo Asi-Dra-Koa.
—Encantada de conocerte —respondió ella intentando que no sonara irónico sino como si estuviera haciendo un esfuerzo por ser agradable.
—Encantada no creo.
—Bueno, dentro de lo mala que es mi situación.
Asi-Dra-Koa asintió con la cabeza y siguió comiendo.
—Veo que usáis el mismo tipo de nombres que los dragones.
—Fuimos creados a su semejanza. Es natural que intentemos emularlos en todo cuanto hacemos y somos.
Nahia se quedó pensativa. Si eso era así, si un día los dragones desaparecían, los Drakónidos intentarían tomar su lugar subyugando al resto de las razas y esclavizándolas como habían hecho sus amos. No tuvo que intentar sonsacárselo, lo veía en sus ojos de reptil. Seguirían las enseñanzas de sus amos y se creerían con derecho a reinar por la fuerza. Pero a estos sí que podrían vencerlos si se unían el resto de las razas, solo hacía falta que los dragones desaparecieran primero. Eso iba a ser muy difícil, si no imposible, pero de nuevo la esperanza se encendió en su corazón.
—Entiendo. Debéis sentiros muy honrados —tuvo que hacer un esfuerzo para que su tono sonara sincero. La garganta le molestó y bebió de un pellejo de agua que había a su lado.
—Es un gran honor. El resto de las razas no lo entienden, lo cual no me extraña. Solo nosotros, que nos vemos reflejados en nuestros amos y señores, lo apreciamos.
El agua estaba recién cogida del arroyo y Nahia disfrutó de su frescor. La experiencia de ser casi calcinada y todas las emociones vividas aquel día la habían dejado reseca y deshidratada. Bebió como si llevara dos días sin hacerlo.
—Lo necesitaba —le dijo al brujo al ver que la miraba con intensidad.
—Sé que ahora me ves a mí y a los míos como a captores, enemigos, pero pronto cambiarás de opinión y nos verás como lo que realmente somos: tus aliados. Todos servimos a nuestros señores. Todos vivimos y morimos para su mayor gloria.
Eso no iba pasar ni en mil lunas. Nahia disimuló la expresión negativa de su cara, pero no lo hizo con suficiente rapidez y Asi-Dra-Koa se dio cuenta.
—Espero que así sea… —dijo disimulando.
—Lo será. Hay muchas cosas sobre las que cambiarás tu forma de ver y pensar.
Los dos guardaron silencio y terminaron de comer. Mil ideas y preguntas asaltaban la mente de Nahia, la mayoría malas. Tuvo que decir a su cabeza que parara de pensar por un instante. Lo importante era que estaba viva. Debía centrarse en eso y no cometer un error que culminase con su muerte.
—¿Qué querías decir con ascender? —preguntó para continuar con la conversación e intentar entenderlo.
El brujo abrió las manos.
—En tu situación tiene dos sentidos. Está el significado espiritual, entendiendo que siguiendo la Senda alcanzarás un estado elevado —dijo moviendo la mano izquierda—. Y está el físico. Ascenderás físicamente al reino de los dragones —afirmó moviendo la mano derecha.
—No sé cuál de los dos me da más miedo.
—Ninguno debería dártelo.
—¿Quieres decir que no hay peligro de que muera en ninguno de los dos sentidos?
—Yo no he dicho eso. Por supuesto que hay peligro de que mueras. Ese peligro es constante y permanente al servicio de los amos. De lo contrario no se puede avanzar por la Senda. La motivación por sobrevivir crea estudiantes propicios y ayuda a alcanzar todos los logros.
Nahia suspiró. Iba a morir, sí o sí. Eso era lo que le estaba diciendo de una forma menos directa.
—No podré esquivar la muerte.
—Nadie puede a la larga. Solo podemos sortearla un tiempo, luego nos encuentra. Nosotros moriremos sirviendo a nuestros señores y será un gran honor.
A Nahia morir no le parecía ningún honor y mucho menos sirviendo a aquellos monstruos despiadados que no valoraban otra vida que la suya propia. Decidió en aquel momento que intentaría ponérselo difícil. Si tenía que morir, que no les resultara fácil. Más bien todo lo contrario, intentaría escabullirse como fuera y que su muerte fuera lo más tardía posible.
Aquella noche su descanso se vio plagado de pesadillas. Soñó con guerras en tierras lejanas, fuego y destrucción, muerte y sufrimiento y gigantescos dragones monstruosos.