Capítulo 6 - Nacida de la llama
By Pedro Urvi
Al día siguiente, al atardecer, llegaron a Gorja. La ciudad estaba rodeada de una muralla en decadencia que ya nadie mantenía. Era un vestigio de un pasado en el que los humanos intentaron defenderse de sus enemigos. Entraron por la calle principal. Nahia iba observando los edificios y talleres. Las ciudades eran muy diferentes a las aldeas, tanto en cuanto a su distribución, como en su cometido. La gente que vivía allí no se dedicaba a conseguir alimento o materias primas para los dragones, ahora la función de las ciudades era proporcionar todo aquello que los dragones precisaran que no tuviera que ver con su sustento. En ellas vivían en su mayoría artesanos de diferentes oficios. En especial, aquellos que trabajaban metales preciados y piedras preciosas. Los dragones las valoraban y consideraban un tesoro ambas, ya que siempre requerían grandes cantidades que obligaban a sus razas esclavas a producir y refinar. Nadie sabía por qué, el mundo de los dragones era un misterio para sus siervos.
Según bajaban por la calle principal Nahia no perdía detalle e iba recordando lo que sabía sobre las ciudades. Cada comarca humana tenía solo una por decisión de los dragones, no de los humanos. Por lo que le había dicho su abuela, en cada comarca seis de cada diez personas trabajaban en conseguir comida para los dragones en primera instancia, y para sustento propio y de otros humanos en segunda. Tres trabajaban en minas y canteras para conseguir metales preciosos como plata y oro y también piedras preciosas como rubíes y esmeraldas. El resto eran artesanos que trabajaban los materiales y los convertían en refinados metales y joyas que los dragones consideraban invaluables. Nahia había conocido mineros de la mina cercana a su aldea, pues había tenido que tratarlos de sus heridas varias veces debido a desprendimientos. Por lo que le habían contado, los dragones perseguían un material muy raro parecido a la plata, pero más brillante, que denominaban metal de dragón. Le habían dicho que se suponía que tenía propiedades mágicas. Nahia no sabía si eso era verdad, a ella le sonaba un poco a creencias místicas infundadas de mineros esclavos.
Al llegar a una plaza circular con una fuente, Nahia pudo ver que otros grupos de composición similar al suyo llegaban también. Eso debía significar que no era la única humana con sangre de dragón que habían descubierto en las doce comarcas aquel año. No esperaba serlo y se alegró de ver a otros como ella. Al mismo tiempo, se sintió mal por ellos ya que compartirían su desgracia y destino. No sabía cuántos habían tenido la mala fortuna de ser seleccionados, aunque deseaba que no muchos. De una calle al este vio acercarse a un grupo de Drakónidos escoltando a un chico rubio que mostraba la misma expresión miserable que ella. De entre las calles del lado oeste de la ciudad apareció una chica morena de pelo corto también escoltada.
Al verlos a Nahia le dieron ganas de saludar para que supieran que no estaban solos, o quizá para no sentirse tan sola ella misma. Fue a levantar la mano, pero no lo hizo. Se sintió un tanto ridícula. Lo que sí hizo fue cruzar miradas con ellos en cuanto se acercaron. Por alguna razón Asi-Dra-Koa detuvo su grupo y aguardó la llegada de las otras dos comitivas. Los tres humanos con sangre de dragón disimularon e intercambiaron varias miradas intentando darse ánimos.
Una vez los tres grupos se encontraron en la plazoleta en la que Asi-Dra-Koa aguardaba, este se puso a hablar con los otros dos brujos que lideraban sus comitivas. Los soldados vigilaban a los tres elegidos que debían servir en el reino de los dragones mientras los brujos comentaban algo entre ellos en el idioma de los Drakónidos. Nahia no podía entender una palabra. Cada raza tenía su propia lengua, pero todos habían aprendido la común de Kraido hacía milenios. Cuando una raza no quería que otra la entendiera, como era el caso, cambiaba a su lengua materna.
La chica de pelo corto tenía aspecto de estar curtida por el sol y varias pecas bañaban su nariz. Debía trabajar los campos. Era de constitución fibrosa, bastante alta y parecía fuerte. El chico era también bastante fuerte y tenía cara de estar frustrado y enojado.
Los pocos artesanos que pasaban cerca de ellos bajaban la cabeza y seguían con sus tareas, claramente no querían interferir ni verse involucrados en lo que sucedía con los recién llegados. Nahia lo entendía. Apostados en diferentes puntos de la ciudad había soldados Drakónidos y los artesanos tenían prohibido hacer otra cosa que no fuera su propósito para servir a los dragones. Se sintió mal por ellos. En la mayoría de las aldeas no solía haber soldados más que en momentos determinados, como la Ceremonia de la Servitud, pero en las ciudades los había siempre.
—Continuemos —ordenó Asi-Dra-Koa, que ya había terminado de conferenciar con los otros brujos.
Siguieron por la calle principal de la ciudad y llegaron a una enorme plaza despejada. En ella Nahia vio a una veintena de humanos rodeados de soldados y a varios brujos que conversaban algo más apartados. Aquellos desdichados procedían de otras comarcas y habían sido elegidos en la ceremonia. Debían haber llegado antes y aguardaban. No se equivocó. Le entristeció ver a tantos. Esperaba que solo fueran una media docena en total, pero con disimulo los contó y resultaron ser veinticinco.
Si encontrarse con aquellos infelices la entristeció, lo que descubrió detrás de ellos la dejó helada. En el centro de la plaza mayor vio lo que parecía una enorme perla blanca de granito. Era una esfera del tamaño de una casa y parecía presidir el lugar. Al verla, impoluta y pulida, Nahia supo que aquel objeto tenía un propósito para los dragones, uno que pronto iban a descubrir y, lo más probable, lamentar.
—Poneos con los otros —ordenaron los brujos cuando llegaron.
Nahia desmontó y lanzó una mirada de ruego a Asi-Dra-Koa en un último intento baldío de buscar ayuda. El brujo no se inmutó y le indicó con la cabeza que se pusiera con el resto de los elegidos. Se debía a sus amos y cumpliría sus órdenes. Que ella muriera no le importaba lo más mínimo, ni a él ni a ninguno de los Drakónidos que había.
Se pusieron con el resto como les indicaron. Los elegidos tenían semblantes que iban desde la preocupación, pasando por el miedo, angustia y condena, a la resignación. Solo unos pocos mantenían la serenidad. Había al menos cuatro con heridas de haber intentado escapar o haberse resistido. Por lo que pudo apreciar a primera vista, había tantas chicas como chicos. ¿Sería casualidad o se debería a algo? Le dio qué pensar. Podría ser el azar o podría representar que la sangre de dragón corría por igual en chicos y en chicas. Intuyó que sería eso, era la respuesta más lógica. Como no iba a obtener ninguna más para esa pregunta ni para muchas otras que le estaban asaltando la mente, decidió no darle más vueltas al asunto. Fuera como fuese, se alegró de ver a otras chicas como ella. Podrían entenderse y ayudarse entre todas, o eso esperaba.
Otra cosa en la que se fijó y que la sorprendió sobremanera fue que todos los que estaban allí tenían escamas en sus rostros. Siempre se había sentido como un bicho raro, pero ver a más gente como ella la tranquilizó bastante. Se paró a observar las escamas del resto. Eran de diferentes colores y también cubrían partes distintas del rostro, formando patrones, o al menos a ella se lo parecían. No eran estructuras desiguales ni se distribuían de manera aleatoria por la cara. No, definitivamente tomaban formas con un sentido. Las tonalidades azul, marrón, roja y blanca predominaban y brillaban con destellos metálicos cuando les alcanzaban los rayos del sol. Vio que a algunos les cubrían hasta el cuello, por diferentes lados y se preguntó si también tendrían por el cuerpo. Ella por el momento no tenía, pero se temía que aquellas escamas se extendieran por toda su piel como una enfermedad contagiosa.
Fue observando con tanto disimulo como pudo, aunque era obvio que todos se miraban los unos a los otros. La curiosidad era superior a ellos y se fijaban sobre todo en las escamas. Nahia las había estado ocultando y suponía que la mayoría de ellos habría hecho lo mismo. De entre los chicos que estaban en el centro uno le llamó la atención. Era alto y fuerte y tenía el cabello negro como una noche sin luna. Sus ojos azules claros, casi grises, brillaban con intensidad con una expresión seria. Su rostro era bello y anguloso. A Nahia le sorprendió darse cuenta de aquello. Las escamas le bajaban por el lado izquierdo hasta el cuello. Parecía que le hubieran dibujado un argénteo río ondulante, ya que sus escamas eran plateadas. Eso era muy extraño, pues era el único que las tenía de esa tonalidad del mismo modo que ella era la única con ellas doradas. Le pareció una casualidad insólita.
El joven se dio cuenta y le clavó una mirada con sus intensos ojos azul claro. Nahia quiso desviar la suya y disimular, pero no pudo apartar sus ojos de los de él. Aquel chico era singular, como ella. Esto pronto se hizo evidente porque cuando consiguió apartar su vista de él, se percató que todos los miraban a ellos dos, seguramente porque eran los únicos con escamas de color dorado y plateado. De súbito, Nahia fue muy consciente de las miradas de todos y se sintió avergonzada. Se ruborizó y bajó la cabeza para evitarlas. Sobre todo, la de él, que seguía mirándola impasible ante el escrutinio del resto.
Nahia desvió sus ojos hacia la gran perla. Observó la gran esfera blanca que parecía ser de granito y vio que nada parecía emanar de ella. Estaba allí, inerte, estoica, como el juguete que un dios se había dejado olvidado. Sin embargo, sentía su poder. En la aldea había oído rumores sobre las perlas. Según se decía, había una en cada una de las naciones de las razas, lo que sumaba ocho en total. La que estaba viendo era la de los humanos. Había rumores de que emanaban poder y que su magia podía sentirse a una legua de distancia. Lo meditó un instante. A una legua de la ciudad Nahia no había sentido nada, y allí tan cerca tampoco. Quizá los rumores eran infundados.
Un Drakónido brujo surgió de uno de los edificios junto a la gran perla y parlamentó con el resto de los brujos un momento. Cuando terminó, se colocó bien la capa plateada y se acercó a los elegidos, o prisioneros, que se pusieron muy tensos. Algo sucedía.
—Ha llegado el momento de que partáis, vuestro destino os aguarda. Servid bien a vuestros señores dragones —informó con tono seco.
Nahia se dio cuenta de que su vida tal y como la conocía acababa allí. No sabía lo que le esperaba, pero estaba segura de que tendría que luchar y usar la cabeza para sobrevivir, ya que su cuerpo no estaba hecho para el combate.
—Arrodillaos ante vuestros señores —ordenó y señaló al cielo.
Sobrevolando la ciudad apareció un dragón de color marrón. Era más pequeño que Gorri-Buru-Koma, pero todos se arrodillaron de inmediato. El dragón dio dos pasadas sobre el grupo de elegidos que agacharon la cabeza, temerosos, y luego se posó sobre la gran perla blanca. Mantuvo el equilibrio sobre la superficie esférica sacudiendo sus alas y luego las plegó a los costados.
«Humanos de la sangre de dragones, vuestro destino es servirnos para nuestra mayor gloria. Habéis sido elegidos pues el poder corre por vuestras venas. Tendréis el privilegio y el orgullo de ir a Drakoros, a la Academia de Dragones. Allí os formaréis en el manejo de la magia y las armas para combatir en la guerra defendiendo los intereses de vuestros señores. Quienes sobrevivan a los tres años de formación servirán con honor bajo nuestras órdenes. Os convertiréis en Brujos de Dragón para mayor gloria de nuestra estirpe y lo haréis siguiendo la Senda de los Dragones. Si alguno muere en el camino significará que no era digno de seguirla» envió el dragón.
Todos recibieron el mensaje en la mente con fuerza, como si les hubiera golpeado una fuerza invisible y dejado medio aturdidos. No era tan solo una orden inexorable, era además una sentencia de muerte.
—Así será. Se formarán y servirán en la batalla a nuestros señores dragones —respondieron los brujos inclinándose en recias reverencias.
Los infelices se miraban los unos a los otros con expresiones de angustia e incomprensión. Ninguno hizo ademán de dejar de estar arrodillado por si acaso. Nahia se percató de que todos estaban tan perdidos como ella, si no más. Nadie allí sabía lo que les esperaba. El mensaje del dragón les cayó a todos encima como una enorme losa que los aplastó con una condena a muerte tallada en ella. Comenzaron a escucharse “pobre de nosotros” y “estamos muertos” entre los desventurados, que intentaban entender la situación al tiempo que trataban de controlar el miedo y la angustia en sus corazones.
«No quiero oír ni un lamento y mucho menos un sollozo. Solo los débiles sin agallas lloran cuando se enfrentan a una situación complicada. Los de sangre de dragón sonríen ante un reto y se ríen ante el enemigo. Derraman su sangre sin dudar y entregan su vida por sus señores con honor. Los débiles no sobreviven a la Senda de los Dragones, eso puedo aseguráoslo. Así que asimilad mi mensaje y hacedlo rápido o conoceréis mi ira, y la ira de un dragón no conoce piedad, ni límite».
El mensaje llegó con fuerza y un fuerte sentido de amenaza. Los lamentos y gemidos murieron al instante. La mayoría bajó la cabeza, que sentían aturdida y abrumada, evitando mirar al dragón sobre la esfera. Nahia le lanzó una rápida mirada de reojo y tuvo la impresión de que un dios en forma de enorme ave rapaz reptiliana les observaba.
El dragón rugió provocando que todos se encogieran, como si quisiera asegurarse de que entendían lo que sucedía. Luego cerró sus ojos marrones reptilianos. Incluso con ellos cerrados el dragón atemorizaba por su pura presencia de ser mitológico y bestial.
Nahia sintió un escalofrío, pero no de frío o miedo. Sentía algo diferente que no supo identificar. Se le erizó el bello de la nuca y se le puso la piel de gallina, era de lo más extraño. Miró a sus compañeros. Varios parecían estar sintiendo escalofríos y algunos se miraban los brazos donde el vello se les erizaba. Fuera lo que fuera debía de provenir del dragón. No había brisa y el clima era cálido. ¿Estaba la criatura usando su magia? Antes de que pudiera decidirse si era así o no, la gran perla blanca destelló con un brillo plateado que los deslumbró a todos obligándoles a cerrar los ojos. Ya no tenía dudas. El dragón estaba usando su poder. Para qué, no lo sabía, pero que la gran perla blanca destellara como respondiendo al dragón la dejó muy intranquila.
Llegaba el momento. Los nervios le atenazaron el estómago. Abrió los ojos con cuidado y observó. Vio que sobre la perla se formaba una gran esfera plateada. Era cinco veces el tamaño del dragón, que permanecía quieto. La percibía translúcida, intangible. La observó mientras iba ganando consistencia. Se produjo un segundo destello plateado que surgió de la perla y de nuevo tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos descubrió una segunda esfera en el interior de la primera que se iba creando y tomando forma. Una tercera apareció tras un nuevo destello.
El vello de todo su cuerpo se le erizó al sentir la enorme energía mágica que desprendía la perla y las esferas sobre ella. Las tres se fueron combinando en una que terminó por crearse y tomar forma física. Era enorme, al menos tres veces el tamaño de la propia perla sobre la que se apoyaba. La descomunal esfera parecía estar rellena de plata líquida y se apreciaba cómo ondulaba. Parecía que alguien hubiera tirado una piedra a un lago de plata, solo que este estaba vertical y tenía forma esférica.
«Entrad en el portal» llegó la orden del dragón marrón. Era una orden, no había lugar a la negativa.
¿Portal? ¿Qué quería decir el dragón con portal? ¿Y cómo iban a entrar? Nahia estaba desconcertada y no era la única. Los elegidos se miraban los unos a los otros sin saber qué hacer. El chico moreno de ojos azul claro se puso en pie y avanzó con decisión, como si no tuviera miedo. La miró y Nahia entendió que era para que lo siguiera. Observó a dónde se dirigía y descubrió que a un lado de la perla los soldados habían puesto una escalera de madera. El chico de escamas plateadas comenzó a subir con facilidad. No solo era fuerte, también ágil, y por lo que parecía, muy decidido. Nahia lo siguió. Ella no era fuerte ni muy decidida, pero ágil sí. Comenzó a ascender. No lo hacía tan bien como él, por supuesto, pero tampoco era torpe, por lo que llegó arriba sin problema.
Miró hacia abajo y vio que el resto les seguían. El chico moreno estaba junto al dragón y no parecía temerlo. Tampoco lo desafiaba. Se mantenía junto al gran reptil alado, arrodillado, con la cabeza gacha y las manos a la espalda. Nahia avanzó a su lado y se situó como lo había hecho él.
«Así me gusta. Todos de rodillas, humanos. Esperad al resto. Debéis cruzar todos al mismo tiempo» ordenó el dragón.
Ambos aguardaron.
El resto comenzó a llegar y situarse a su alrededor.
—Me llamó Nahia —susurró ella con la cabeza gacha mientras comenzaban a llegar los demás.
—Yo Logan. Es mejor que guardemos silencio —aconsejó él y con los ojos le hizo una seña hacia el dragón.
Nahia lo entendió. Mejor no arriesgar y hacer enfurecer a aquella criatura. Si ya de por sí era enorme y de aspecto feroz, a su lado y arrodillada le pareció un ser gigantesco y monstruoso. Se sintió como si fuera una hormiga a la que en cualquier momento iban a aplastar. El dragón movió la cola y a Nahia casi se le paró el corazón del susto.
Resopló y tras un momento lanzó disimuladamente una mirada. Le dio la impresión de que la criatura estaba interactuando con la gran esfera de plata, que volvió a emitir un destello plateado.
Uno por uno, subieron todos los elegidos y se situaron tras ellos de rodillas. Cuando estuvieron todos sobre la perla, el dragón sacudió sus amplias alas y con un potente brinco echó a volar. Ascendió unos doscientos pasos y comenzó a sobrevolar el portal trazando círculos en el aire.
Los soldados retiraron la escalera.
«Ahora os pondréis de pie y cruzaréis el portal. Avanzad hacia él y entrad. Quien vacile, aunque sea un instante, lo pagará con su vida» El mensaje mental del dragón llevó consigo un fuerte sentimiento de orden mezclada con amenaza que todos recibieron como si los empujaran de forma brusca.
Nahia se puso en pie, miró al dragón en el cielo y luego a la esfera de líquido plateado, y suspiró con fuerza. Dio un paso al frente y Logan la siguió.
Dio dos pasos más y entró en el portal.
La oscuridad la engulló.