Capítulo 15 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
15
Los niños me lanzaron varias miradas curiosas mientras Delfina me instaba a recorrer los pasillos para mostrarme las habitaciones compartidas.
Cada cuarto contaba con al menos seis camas dispuestas en paralelo, enfrentadas las unas a las otras. Los pequeños estaban divididos por género y edad, lo que resultaba en lechos de diferentes tamaños, e incluso cunas. Además, hacían presencia con sus juguetes tirados por doquier, dibujos decorando las paredes, pequeñas toallas colgadas fuera de los baños y diferentes atracciones infantiles, como peluches de felpa y carruajes de madera.
—Todo esto ha sido donado por los habitantes de Dregonia. Después del Gran Diluvio muchos niños hambrientos perdieron a sus padres y vinieron a parar aquí. Luego siguieron llegando, ya no por la catástrofe del Gran Diluvio sino por la del ser humano —me explicó Delfina mientras recogía algunos juguetes del suelo.
Me agaché para ayudarle a levantar algunos otros, y al levantarme observé la puerta abierta del cuarto comedor. «¿Estará él todavía allí?», me pregunté.
—¿A quién buscas, torinilla? —me preguntó Delfina con una sonrisa juguetona.
Negué con la cabeza y agité las manos de manera exagerada.
—No... digo, a Rydel —balbuceé como una estúpida.
—¿Rydel? ¿El morenito con el que ustedes llegaron? Seguro está con Cyrone.
Al mencionar al serafín me volteé para mirar a la anciana y luego desvié la vista hacia el techo, lo cual le hizo gracia. La sangre se me acumuló en las mejillas cuando escuché sus carcajadas.
—Oh, ahora entiendo todo mucho mejor —murmuró para sí misma—. ¡Aeris! ¡Aeris! —Llamó a alguien, usando las manos para amplificar el sonido debilitado de su voz.
No creí que alguien pudiera escucharla, dado que su voz no daba abasto, pero una persona apareció corriendo hacia nosotras. Cuando la vi llegar, mis labios se despegaron sin querer. Sorprendida, analicé a esa joven grácil y hermosa.
—Señora Delfina —saludó la joven. Se sostuvo las manos tras su espalda y me miró con curiosidad—. Hola, Gyuri, me alegro de verte despierta por fin. Mi nombre es Aeris y soy la hermana mayor del orfanato. —Puso una mano en su pecho al presentarse—. Es decir, es una ocupación extraña, ¿no?, «hermana-mayor». Pero a mí no me gusta llamarme cuidadora ni niñera. Nada de eso. Entonces prefiero que me digan hermanita mayor, esa es la razón por la que estoy aquí. Y no es que no tenga a mis padres, es decir, tengo madre y no un padre. Bueno, es que yo no vivo aquí, pero sí me quedo aquí todos los días para trabajar. Es todo muy confuso, lo siento mucho.
La joven había extendido la mano para saludarme, pero yo me había quedado un tanto perdida en su monólogo.
—Mucho gusto, Aeris —le respondí mientras estrechaba su mano. Esbocé una leve sonrisa.
—Aeris preciosa, guía a Gyuri hacia donde está Cyrone. Lo ha estado buscando todo este rato —susurró Delfina en su oído.
—Eso... eso no es... —Traté de justificarme ante Delfina, pero ella me sonrió y se alejó por el pasillo. Deseé hacerme polvo.
—¿No lo has visto? —me preguntó Aeris cuando ya estábamos solas—. ¡¿Despertaste y no le has avisado a Cyrone?! ¡Él ha estado muy preocupado por ti! ¡Tenemos que ir ahora! — exclamó y me agarró de la muñeca, arrastrándome por la casa hasta que salimos de ella.
La puerta que daba a la salida era gigante, tanto que ambas tuvimos que empujarla para abrirla. Una vez fuera, vi el borde de la ribera que se bañaba del río y un bote de madera que había varado en la orilla. Aeris pateó la embarcación para devolverla al agua y se subió a ella tras dar un gran salto.
—¡Vamos, Gyuri! ¡Quiero verle la cara a Cyrone cuando te vea! —gritó mientras sonreía—. ¡Es que él creía que te morías!
¿Cómo iba Cyrone a pensar que me moría?, me pregunté.
Las luces del árbol que resguardaba la casona iluminaron el rostro de Aeris, lo que me permitió verla con claridad. Era rubia como yo, pero su cabello poseía un tono dorado, no blanquecino y opaco como el mío. Su melena larga, ondulada, junto con sus ojos de pupilas verdosas, me dejaron aturdida. ¿Podía ser tan perfecta? Debía ser un dibujo más, pero no el de un niño, sino el de un pintor fabuloso. Guardé esos pensamientos para mí y la seguí hasta el bote, cubriéndome toda la cabeza con la capucha.
Una vez sentadas, me quedé inactiva mientras ella tomaba las palas y remaba. Contemplé su perfil delicado y su piel de leche. Su sonrisa era amplia y perfectamente alineada. Me sentí un monstruo a su lado y me cubrí aún más con la capa. No me sentía cómoda en su presencia, todo lo contrario. Ella era una belleza incomparable conmigo.
—Por cierto, te estoy llevando a un campo de entrenamiento. Hoy Cyrone no está de guardia, pero aprovecha para llevar a los niños del orfanato al campo y enseñarles el uso de las armas. Adelanta un poco sus lecciones y, además, practica con los más jóvenes. En la Guardia, el hombre que entrena a los niños es un maldito despiadado: Xylo. El comandante Xylo. Cyrone es solo un subordinado más, pero te aseguro que es mucho mejor luchando con la lanza que ese desgraciado cabeza de piña —me explicó sin tomar ninguna respiración de por medio.
—¿Qué? —le pregunté cuando acabó de hablar.
El bote tambaleante me revolvió el estómago por la falta de costumbre; lo asumí porque nos cruzamos con varias otras naves en las que sus pasajeros abordaban la situación de maravilla.
En el camino examiné las casas que se posaban en los islotes y observé a las mujeres colgando prendas mojadas bajo los árboles, permitiendo que el agua que desprendían volviera a sus raíces. Mujeres por doquier, tanto fuera como dentro de las casas, según lo que pude ver a través de las ventanas. Era algo curioso.
Trataba de no analizar de más a Aeris para no hacerla sentir incómoda, pero ella continuó hablándome y mirándome sin apartarse lo suficiente.
La manera en que no apartaba la mirada de mi rostro cada vez que hablaba me ponía nerviosa. Su hermoso vestido acentuaba aún más mi vergüenza. Bajo la capa llevaba mi típica prenda holgada y blanca. Todas las chicas en los botes y en los islotes vestían faldas que les llegaban hasta debajo de las rodillas. Con el calor que hacía, nadie llevaba una capa tan gruesa como la mía. Me sentía ridícula.
—¿Te molesta tu capa, Gyuri? —me preguntó Aeris mientras remaba—. Puedes quitártela, estamos cerca de Catarbella, así que las temperaturas aquí dan para desabrigarse. Se ve que te pesa un montón.
Pero no podía quitármela.
—Yo... de hecho, tengo frío —mentí de manera poco convincente.
Ella se quedó mirando el colorado de mis mejillas, pero no dijo nada al respecto.
Cuando arribamos al islote al que supuestamente íbamos, el bote chocó y quedó atrapado en la tierra de la orilla. Aeris se bajó al instante. Yo me puse de pie para imitarla, pero mi movimiento hizo que la embarcación se balanceara, por lo que caí de trasero en la orilla del agua. Terminé empapada y Aeris se acercó a mí, extendiéndome su mano para levantarme. Con la poca dignidad que me quedaba, le agradecí.
Sacudí el barro de mi ropa, pero lamenté que mi vestimenta fuera blanca; ahora parecía que me habían enterrado bajo tierra.
—Tranquila, en casa te prestaré un vestido. Por el momento, quítate la capa; ahora que está húmeda te pesará el doble y...
Aeris trató de arrebatarme la capucha, pero retrocedí de golpe. Mi reacción desesperada hizo que se detuviera en seco.
—Espera... entonces tiene sentido. Eres del culto del nuevo mundo, ¿no? Por eso usas capa. Chisa, no esperaba que Cyrone fuera capaz de convertir a más gente a su movimiento religioso —asumió Aeris y no me quedó más opción que asentir. No tenía idea de qué hablaba.
¿Aquí existía un culto que las exigía? Ese invento había sido muy inteligente por parte de Cyrone.
Recorrimos un hermoso camino de flores que nos condujo a un campo de entrenamiento tan amplio como una pradera desierta. En él, muchos niños formaban un círculo alrededor de algo que observaban con atención. Me acerqué por detrás de Aeris para pasar entre los jóvenes varones que nos impedían ver lo que estaban presenciando.
Aeris era considerablemente más alta que yo, y apenas alcanzó la primera fila, me tomó del brazo para ponerme delante. Un calor abarrotó mis mejillas porque todos los niños nos prestaron atención al llegar.
Cuando volví la vista al pequeño que estaba a mi lado, este desvió la mirada al suelo. Entre la seguidilla de personas que había detrás de él, pude observar que solo había hombres. ¡Éramos las únicas chicas!
Miré al frente, al centro del redondel, y lo vi a él. Lo vi después de varios días de inconsciencia. Se me escapó una sonrisilla y bajé las orejas por puro instinto. Cyrone estaba de pie, esperando a su siguiente contrincante, o eso parecía, ya que cargaba una lanza plateada en sus manos. Cuando apuntó con el dedo hacia un joven de unos dieciocho años, aquel recorrió con la mirada a los que tenía cerca. Luego volvió a ver al serafín y se apuntó a sí mismo, a modo de pregunta.
—Serás idiota —murmuró Aeris, y no me dio tiempo para preguntarle por qué maldecía.
Al parecer, el sujeto indicado no quería ser el siguiente contrincante, pero aceptó a regañadientes la lanza que le concedía uno de sus compañeros para enfrentarse a Cyrone. Me quedé maravillada viendo al serafín y su firme agarre de la vara. El brillo de la lanza reflejaba la determinación en sus ojos, y cada movimiento generaba una oleada de emoción en mi pecho. Cuando el joven rival se paró frente a él, Cyrone hizo girar con sus dedos la lanza por delante y por detrás de su cuerpo con una destreza admirable, lo que fue suficiente para intimidar al pobre.
Por mi parte, me vi obligada a aferrarme a la capa con firmeza, como si intentara apaciguar la creciente intensidad de los latidos en mi pecho. Me di cuenta, poco a poco, que ese palpitar ferviente surgía de la admiración y el anhelo que experimentaba hacia él.
—Este... ¿podemos usar bates? —preguntó el joven, dirigiéndose a alguien que parecía ser el instructor.
Cyrone resopló y negó con la cabeza.
—Tienes dieciocho años. Ya deberías saber combatir con un arma afilada.
—Es que... yo...
Cyrone le cedió su propia lanza, haciéndola girar hasta que el joven se vio obligado a recibirla en sus manos. Esa lanza parecía pesar mucho más que la primera, pero logró sostenerla con un poco de esfuerzo.
—¿Me pasarías el bate, Ryoren? —dijo el serafín dirigiéndose al instructor. Extendió la mano para recibir el bate y luego se tronó el cuello.
Cuando ya lo tenía en sus manos, reparé en lo apuesto que lucía. Era evidente que ya había combatido varias veces en el día, por el sudor que le recorría las sienes y el cuello; por cómo jadeaba, por cómo mostraba un notable control a pesar de estar agotado. Ay, por el Sempiterno, es tan... Pronto comencé a cuestionarme qué se suponía que estaba pensando en un contexto como ese. Exhalé para tranquilizarme; debía aplacar mis deseos humanos, tal como me lo había recomendado el serafín. Sería difícil para él explicarme por qué precisamente él era quien los desataba en mí.
Examiné a mi alrededor y observé a varios jóvenes que se agrupaban para ver mejor. ¿Los había desafiado a todos ellos? La pregunta estuvo a punto de salir de mis labios cuando me giré hacia Aeris, pero me quedé atrapada en el brillo que reflejaban sus ojos. Sin lugar a dudas, su mirada estaba fija en Cyrone.
No podía culparla; su porte fornido e intimidante era capaz de avivar la pasión de cualquier mujer. Recordé lo que decía Flye. Cyrone llamaba la atención donde fuera, incluso si solo se le veía la mitad del rostro.
Yo no era una mujer común y corriente, y aun así me molestaba caer en el mismo saco.
Cuando el instructor Ryoren anunció el inicio de la pelea, el joven rival abandonó una de las lanzas pues le era imposible manejar ambas. Arremetió en contra de Cyrone y el serafín, con el bate en mano, hizo girar la madera por toda la circunferencia de su muñeca, como si fuera una lanza más. Cuando el filo del arma parecía cortarle el cuello en dos, el serafín se agachó, permitiendo que solo rozara su capucha. No se la quitó, como si tuviera todo calculado. Cyrone movió el bate y golpeó la pierna del chico en un punto que lo hizo doblar la rodilla, incapaz de resistir el dolor.
El joven soltó la lanza al caer y trató de arrastrarse para recuperarla, pero Cyrone apuntó el bate hacia él y lo acorraló en el suelo. Puso la suela de su zapato en el pecho del joven y lo presionó contra la tierra.
—¡Evren, eliminado! —gritó el instructor Ryoren.
—¡No! ¡Instructor Ryoren! ¡Yo no he perdido! —insistió el joven, levantándose—. Yo... yo no tengo maestría alguna con la lanza. ¡Ninguna! ¡Esto no fue una batalla justa!
—Entonces, tienes maestría con el bate —le espetó Cyrone con los ojos entrecerrados.
El joven, inseguro, asintió con la cabeza, y eso fue suficiente para que Cyrone se despojara del bate que tenía en sus manos y se lo entregara.
—Vamos a probarlo —le dijo al instructor Ryoren, sosteniéndose el hombro derecho para estirar sus ligamentos.
El instructor hizo caso como si Cyrone hubiera ejercido el poder de su palabra. Era difícil distinguir si lo hacía o no, pero por la forma en que lo miraban los demás jóvenes podía apostar que le obedecían por respeto y admiración, no por su poder.
Cuando el instructor comenzó la cuenta regresiva, miré a Aeris asustada y le jalé la ropa.
—¿De verdad va a pelear ahora sin ningún arma?
—Así es, luchará a puño limpio. —Agudizó su voz mientras lo afirmaba—. ¿No es genial? Cyrone sabe todas las técnicas de combate habidas y por haber. Es como si hubiera entrenado por siglos.
Se notaba que ella tampoco sabía qué clase de criatura era Cyrone, pero eso no importaba. Presté más atención a cómo sus ojos verdes brillaban y sus pestañas aleteaban coquetas. Ella solo tenía ojos para él, entre todos los varones que por lo menos habían alcanzado la mayoría de edad en ese lugar. Me di cuenta de que eso me molestaba por cómo el pecho se me oprimía.
Me desvié de ella para mirar al frente. El instructor nuevamente dio la señal. El chico llamado Evren se abalanzó hacia el serafín y empuñó el bate directo contra su cabeza, pero Cyrone se echó hacia atrás, haciendo que su rival perdiera el equilibrio al no tener dónde apoyar la fuerza que había aplicado. Luego, el serafín pasó por debajo de él y plantó su puño en el mentón de Evren en dirección al cielo. Él sostuvo su mandíbula para reacomodarla. El público reaccionó con onomatopeyas de dolor.
—El dragonarto se acaba de dar un buen postre contigo, Evren. —Cyrone lo contempló con suficiencia.
Con aquel alcance comprendí que la Guardia era un cuerpo de seres humanos que protegía la entrada de Dregonia de los dragonartos, los mismos que nos atacaron en el camino. Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar la herida. Por eso Cyrone los entrenaba, para que supieran cómo sobrevivir ante un animal enorme, corpulento, fuerte y agresivo.
Pero debía cambiar su actitud ante rivales como él. Me crucé de brazos al pensar en cómo le regañaría para que fuera más comprensivo y paciente con ellos. Después de todo, solo eran chicos humanos.
—¡No! —gritó Evren—. ¡Aún no he terminado!
Y el joven no se dejó caer a pesar del dolor que sentía.
—¡Eso es, Evren! ¡Sabandija! ¡No te dejes morir! —gritó Aeris a mi lado, con tanta fuerza que llamó la atención de todos.
Me volteé hacia ella, asombrada.
—Hermana, cállate —le susurró Evren, negando con la cabeza.
Me sorprendí al enterarme de que el joven que estaba al frente de nosotras era el hermano de Aeris. ¿Era acaso su hermano mellizo? Ahora que lo consideraba mejor, tenían un parecido físico notable.
—¡No me dejes en vergüenza! ¡Tu mamá no te parió para ser postre y merienda de un dragonarto! —exclamó ella con aún más intensidad.
Cyrone, hastiado, giró la cabeza para mirar a Aeris, quien realmente llamaba la atención con su escándalo; pero sin querer su atención se desvió hacia mí, enfocándome y suavizando la mirada de fuego que tenía momentos antes. Me enganché en sus ojos y sonreí un poco, deseando saludarlo, gritarle alguna cosa; sin embargo, justo cuando estuve a punto de gesticular algo con mis labios, un bate impactó la cabeza de Cyrone en seco, de forma tan contundente que el estruendo me hizo saltar del susto.
Al distraerse mirándome, ignoró que el combate aún continuaba y Evren descargó toda su ira sobre su sien. El serafín cayó al suelo con los ojos en blanco.
Me cubrí la boca con las manos y noté que la capucha se le escurría un poco, alguien podría ver sus orejas. Al estar aturdido no era capaz de esconderlas, así que corrí hacia él para cubrirlo.
Llegué al centro del campo y me arrodillé a su altura.
Él me vio delante de sí, acomodando su capucha.
—¿Estás bien, Gyuri? —murmuró sosteniéndose la frente.
—¿Me preguntas eso tú? —ironicé, desesperada.
Se notaba que su mundo daba vueltas, puesto que apenas podía abrir los ojos. Miré a Evren y lo reprendí con una mirada ardiente.
—¡Los débiles siempre atacan de sobreseguro! ¡¿No?! —le grité, y Cyrone se levantó para calmarme.
Evren retrocedió al verme embriagada de ira.
—Lo que hizo está bien. Fui yo quien se distrajo —me dijo Cyrone. Volví a mirarlo y noté que un hilillo de sangre se deslizaba desde su ceja hasta la mejilla.
—¡No, bueno! ¡Celebrémoslo entonces! —vociferé.
—¡Gyuri! —gritó alguien desde la multitud. Era Rydel, quien corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos—. ¡Despertaste! ¡Despertaste!
Detrás del niño se asomó una niña de melena oscura y ojos verdes vibrantes, vestida como los demás chicos, que se cruzaba de brazos y agravaba la voz con un semblante bastante masculino.
—Con que tú eres la famosa Gyuri. —La niña me alzó una ceja.
La saludé con sorpresa mientras recibía el abrazo de Ry, pero mis ojos se clavaron en Cyrone, quien se había levantado y avanzaba tambaleante entre la multitud, con Aeris siguiéndolo de cerca.
—¡Tal parece que la merienda y postre del dragonarto fue Cyrone! —gritó Evren, recibiendo una reprimenda visual por parte del instructor—. Digo, el capitán Cyrone...
—¡Estás descalificado! —gritó el instructor Ryoren.
—¡Qué! —reclamó y alargó el tono de su voz, incrédulo, como si su ataque no hubiera sido furtivo e insidioso.
Volví a mirarlo con ira mientras abrazaba a Rydel, y el chico se quedó pálido.
Seguro que aquel contraste lo había espantado aún más.