Capítulo 16 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
16
Nos reunimos a un costado de la pradera, alejados del tumulto, para curar a Cyrone. Yo me quedé con los dos niños a un lado mientras Aeris, «la perfecta», sabía cómo curar «perfectamente» las heridas del serafín, quien había aceptado ser tratado a regañadientes.
Lo que me hacía sentir ridícula era la intensa emoción de enojo que ocupaba cada rincón de mi ser por la situación. Mientras tanto, Aeris limpiaba la sangre del serafín con una confianza abrumadora, tocándolo como si fuera lo más natural del mundo. Escuché el gruñir de un trueno y Aeris dio un respingo. Cyrone me miró por encima de su hombro y yo tuve que relajar el entrecejo.
—Tendrán que pasar años luz antes de que yo sea capaz de clavar una lanza en el cuello de un dragonarto —le aseguró Rydel a su nueva amiga.
Por mi propio bien, desvié la atención hacia los niños que discutían a mi lado.
—No tienes que hacerlo si no quieres, Rydel —le dije con una sonrisa que pretendía esconder lo mal que me sentía.
—¡Claro que tiene que hacerlo! —me gritó su amiga, rebosando indignación—. ¡Los hombres de Dregonia tienen una sola obligación! ¡Y es proteger la hegemonía de los humanos de este fuerte! ¡Los tornados no pueden dañarnos aquí dentro! ¡La hambruna mucho menos! ¡Los dragonartos sí podrían!
Suspiré y le sonreí.
—A las chicas no nos incumbe lo que los chicos quieran hacer, y viceversa —le respondí, acomodando un mechón de su cabello detrás de su oreja redondeada.
Ella arrugó la frente, iracunda, como si le hubiera dicho algo terrible, y Rydel jaló de mi capucha manchada de tierra.
—¡Gyuri! ¡No digas eso! —me advirtió el querubín.
Rydel intentaba evitar que cometiera un error, pero el problema era que ya había metido la pata hasta el fondo. Me di cuenta de la gravedad de la situación cuando la ¿niña? tomó una rama del suelo y la abatió en mi dirección. Aunque la punta apenas rozó mi nariz, retrocedí con la piel erizada y me tensé como si me hubiera petrificado. Cyrone soltó un resoplido, y su mirada fija en nosotros me estremeció aún más.
—¿Una «niña» sabría atacar con una lanza de esta manera?
—Pues, ¿sí?, pero ¿acaso tratas de decirme que...? —Miré a Rydel sin moverme un ápice y el querubín asintió, asustado—. Oh, Catarbella, eres un niño.
—¡Soy Polett! ¡El futuro comandante de la Guardia de Dregonia! ¡Polett! ¡Un futuro hombre honorario! —repitió, volviendo a blandir «su arma» en mi contra, pero sin alcanzar a tocarme.
Solté la respiración al sentirme atacada otra vez. Atacada por una simple rama.
—Okey. Polett, muy linda determinación, y lamento haberme confundido —le respondí bajando la punta de la rama para alejarla de mi rostro.
—Por supuesto que lo lamentarás —contestó ceñudo, plantando el palo en la tierra como todo un guardián.
—Ya deja de fingir que eres un adulto, Polett. Me avergüenzas ante Gyuri —le susurró Ry.
—Y tú me avergüenzas ante la diosa Nylena cada segundo, Rydel —le recriminó Polett—. ¡¿Acaso no vas a blandir tu lanza?! ¡¿No vas a honrar a la humanidad?!
—¡Es una rama! ¡No es una lanza! ¡¿Tienes popó de torino metido en el cerebro?! —gritó Rydel.
Me encantaba ver a Rydel haciendo un nuevo amigo, pero en medio de la discusión amistosa que sostenían, mi atención se desvió cuando vi a Aeris colocar un poco de hielo en el rostro de Cyrone, quien se quejaba y se echaba hacia atrás. Probablemente la compresa estaba demasiado fría. Aun así, el serafín relajó sus hombros cuando ella volvió a posar el hielo en su mejilla.
Aflojé la tensión en mi cuerpo al observarlos, pero sentía que estaba al borde de perder la capacidad de respirar. Tragué para calmarme y me concentré nuevamente en Rydel y Polett.
—Una lanza nos dobla en altura. Tienes que usar la lógica, Rydel, lo único que nos queda son ramas para entrenar. ¿O quieres ser un hazmerreír como Evren en el futuro? ¡¿Eso quieres?!
—La lógica no se relaciona con las ramas. ¡Y no seré un hazmerreír porque nadie me obligará a tomar un paseo entre los colmillos de un dragonarto! ¡No! ¡No tomaré una lanza!
—Muy valiente, Rydel, me sorprendes. —Polett se cruzó de brazos—. Eso quiere decir que usarás tus puños para enfrentarte al dragonarto.
—¡¿Cómo es que entendiste eso?!
—Chicos... —murmuré, pero mis ojos volvieron a desviarse hacia mi costado.
Aeris salió corriendo y Cyrone, que ahora sostenía el hielo por sí mismo, alzó una ceja al verme. Le quité la mirada, sintiéndome un tanto boba por brindarle tanta atención.
—Ven aquí, Gyuri.
Dejé escapar un largo suspiro y me dispuse a caminar hacia él. Al llegar a su lado, Cyrone esbozó una sutil sonrisa, como si estuviera burlándose de mí.
—Oh, nono escurridizo, eres más obediente que antes, ¿será que mi poder de la palabra sirve contigo también?
—No vine porque me lo ordenaras. Vine porque quise —le respondí, sin mirarlo.
—Si querías venir aquí, podrías haberle puesto más empeño para demostrarlo. ¿Sucede algo?
—Estoy enojada con Evren, eso es todo.
—Uy, pobre Evren, sin decir una sola palabra ya se enojan con él.
Lo miré de reojo y noté que su herida empezaba a cerrarse de forma antinatural debajo del hielo.
—Tu herida —murmuré.
—Oh, sí, fui un estúpido por dejarme golpear. Pero, tranquila, Aeris fue a buscarme vendas.
—No... es que tu herida... —se está cerrando, terminé de decir en mi mente. Me había quedado colgada en lo que él me había dicho—. Pero ¿cuál es tu relación con Aeris?
La pregunta se me escapó de los labios como una traición inesperada. Cyrone parecía tan sorprendido como yo al escucharme, pues tardó en responder. De repente, los acelerados pasos de Aeris anunciaron su regreso, desviando mi atención hacia la herida de Cyrone, que ya había cicatrizado y se le desvanecía en la piel. Una profunda preocupación por ambos y nuestro secreto se apoderó de mí.
—¡Encontré unas vendas! —gritó Aeris a poca distancia de nosotros.
Sin ningún reparo abracé la cabeza de Cyrone para ocultarla de ella. Si Aeris notaba que la herida del serafín se cerraba a una velocidad sorprendente, incluso antes de ser vendada, sospecharía de nuestra verdadera naturaleza.
La sangre me subió a las mejillas mucho antes de que me diera cuenta de lo que acababa de hacer. A pesar de haberlo forzado a esconder su rostro en mi pecho, una vez que dejé de ejercer presión él se mantuvo suspendido y tranquilo, apoyando su rostro, tan vulnerable como jamás lo había visto. Tuve miedo, porque seguramente mi corazón le retumbaba en la frente.
—Gyuri, ¿está todo bien? —preguntó Aeris con una voz que parecía más curiosa que celosa. Miré a los niños, que se acoplaban detrás de ella, y asentí para calmarlos.
Como si hubiera captado el tono de la situación, la joven les dijo a los niños con una sonrisa despreocupada que se acercaran al bote para regresar a casa. Nos advirtió que estarían esperándonos antes de zarpar y dejó las vendas a un lado de nosotros al pasar, tomando a los pequeños de las manos.
—Cyrone —murmuré cuando nos encontramos a solas.
Tuve que contener con una horrible abstinencia las ganas de pasarle los dedos por el cabello, los impulsos delirantes por abrazarlo y perderme en su aroma. Respiré profundo mientras esperaba que el serafín reaccionara.
—Habrá sido el golpe en la cabeza, porque ni siquiera me di cuenta de lo rápido que mi herida se sanaba. Indecibles, Aeris casi se da cuenta —me dijo por fin, asfixiando el sonido con la tela de mi ropa—. ¿Te molesta que me quede así por un instante?
Una punzada en el lado izquierdo de mi pecho me hizo tragar saliva. Escucharlo y contenerme, una vez más, fue un suplicio.
—No hay problema —balbuceé con una emoción desbordante que incluso me resultaba humillante. Era la primera vez que tenía a Cyrone de manera tan íntima, pero de algún modo él parecía sentirse cómodo con nuestro contacto.
—¿Te sientes bien? Tu corazón me retumba en la cabeza —me preguntó tras unos segundos.
—Ni te atrevas a mencionarlo. —Cyrone soltó un resoplido al escucharme.
—Pero puedes quitarme de encima cuando quieras, si te incomoda —murmuró.
—Y tú puedes quitarte en cualquier momento, si no quieres estar aquí.
No se apartó. Nos sumergimos en un silencio agradable que, a pesar de la electricidad que me recorría de pies a cabeza, me calmaba de un modo paradójico y hermoso. El problema fueron mis manos; no sabía dónde ponerlas. Las ganas de despeinar el cabello de Cyrone por debajo de su capucha comenzaban a manifestarse con el movimiento de mis dedos. Creí que moriría en el instante en que Cyrone simplemente tomó mi muñeca e hizo que mi mano descansara entre su pelo.
El tacto de su cabello era cálido y húmedo por su reciente sudor, pero en lugar de repelerme encendía una llama vigorosa en mi interior, lo cual me preocupaba, pues temía perder el control. No podía permitir que esas emociones se desbordaran, puesto que aún no había logrado ponerles nombre y el simple hecho de hacerlo me aterraba.
Cyrone no me tocaba, solo seguía descansando con su rostro sobre mi pecho, oculto como un niño. A pesar de su tierna acción, me resultaba imposible no verlo como todo un hombre. Su respiración ardiente y sus manos apoyadas en el tronco en el que se sentaba. Su cabello sedoso y su espalda ancha.
—Oye, Gyuri —habló de pronto, arrancándome de mis pensamientos.
—¿Hm? —pregunté, desconociéndome por completo. ¿En qué se suponía que estaba pensando?
—Estás demasiado tensa.
—Lo siento —me adelanté a decir, sin saber por qué debía disculparme.
Él se apartó para ver mi rostro y ladeó la cabeza con una sonrisa, como si supiera algo que yo no. No había otra forma de explicar su expresión. Metió la mano bajo su capucha y buscó entre sus prendas hasta extraer un cigarrillo. Lo posó entre sus labios mientras seguía buscando los fósforos, sin apartar sus ojos de mí.
—Pareces asustada de mí —susurró con voz grave, con el cigarrillo entre los dientes—, pero ayer no me tenías tanto miedo, ¿recuerdas?
Me quedé pensativa, hasta que el momento en que irrumpí en su habitación, con la fiebre ardiendo en mi cuerpo, se repitió en mi mente como un eco del pasado. En ese instante, un torrente de nerviosismo y sorpresa me invadió.
—¡¿Qué?! Ay, Cyrone, ¿de verdad te rogué que me besaras? ¿Acaso no fue un sueño? —pregunté temblorosa, sintiendo cómo toda mi dignidad se desplomaba al verlo mirarme serio y arquear una ceja. Empalidecí—. ¡No, Cyrone! ¡Era una broma! ¡No he soñado eso! —reí nerviosa.
Él seguía buscando sus fósforos, hasta que suspiró derrotado. «Los perdí en la pelea», lo vi maldecir al leer sus labios.
—Di algo —le exigí, muerta de vergüenza.
Al escucharme, se puso de pie. Yo lo imité y retrocedí lentamente mientras él avanzaba como si fuera una presa acechada por un predador.
—Si hubiera sido un sueño, sería curioso que tú y yo compartiéramos el mismo. Sería demasiado romántico, madre mía —contestó. Sus palabras apenas eran moduladas debido al objeto que reposaba entre sus labios. No pude evitar mirar el cigarrillo; ¿acaso quería que lo observara? ¿O por qué me resultaba imposible apartar mis ojos de su boca?
—Tenía fiebre —le aclaré, como si fuera necesario.
—Pero he cuidado mucha gente con fiebre y jamás me pasó que me pidieran que...
—¡Cyrone! —espeté y retrocedí.
Él rio con fuerza, algo poco común en él. Entonces, atrapó mi mentón con sus dedos y lo apretó con determinación. Me quejé, pero su agarre no cedió. Giró mi rostro hacia el suyo y se acercó.
—Eres un nono muy atrevido —susurró con desenfado.
—¡Ya bahta! ¡No lo dehía en herio! —le acusé con una pronunciación graciosa, debido a la forma en la que me tenía.
—Tal vez no, pero te estoy dando una lección, Gyuri. No deberías decirle esas cosas a un hombre, nunca. No importa si estás ebria, con fiebre o cualquier cosa que aturda tu mente humana, debes cuidarte y mantener tu boquita cerrada.
Lo miré fijamente y fruncí el ceño.
—¿Por qué tendría que haherte caho?
—Porque no soportaría que alguien se aprovechara de ti.
Una calidez se apoderó de mi pecho y se intensificó en mis mejillas pálidas. El serafín me soltó los mofletes y dio un paso atrás.
—Pero lo que dije no se lo hubiera dicho a nadie más, ni a un hombre ni a una mujer.
Él se pasó una mano por el cabello, como si eso le ayudara a concentrarse.
—¿De qué estás hablando?
Busqué entre los millones de pensamientos y sensaciones que me invadían. Mi piel ardiendo, mi corazón desbocado, la inquietud de mis manos...
—Cyrone, creo que me gustas —dije espontáneamente.
Él sonrió y negó con la cabeza.
—Oh... Lo crees. ¿En serio? —Suspiró—. Creo que no he sido diligente contigo; te he dado un poco más de atención y ya te has enamorado de mí.
Fruncí los labios.
—No te emociones, serafín, no he dicho nada de enamorarse. Solo creo que me gustas, me atraes. Bueno, es que nunca me ha gustado nadie más que el escritor de mi libro. Pero esta vez es diferente, así que no lo entiendo del todo —expliqué—. ¿Qué es lo que siento, Cyrone?
—¿Quieres que sea yo quien adivine lo que sientes? Sí, eres una mujer después de todo.
—Tal vez hayas conocido y estado con muchas mujeres, pero yo nunca había experimentado algo así. Necesito ayuda —bufé.
—Y ¿cómo puedo ayudarte?
Bajé la vista al suelo, incapaz de soportar la vergüenza que me causaría pronunciar las siguientes palabras.
—Tal vez sepa lo que siento si... —murmuré, mirando sus zapatos—. Si me besas.
No puedo creer lo que estoy haciendo.
Me envolvió un insoportable silencio que pensé que terminaría con él abandonándome. Justo cuando perdía la esperanza de recibir una respuesta, me la dio con su exquisita voz:
—Si me lo pides lúcida, me será mil veces más difícil negártelo. Soy un serafín, pero tengo un cuerpo humano débil.
—Estoy sana y cuerda —le aseguré. O tal vez no.
No vi su expresión, pero cuando noté que sus botas avanzaban paso a paso, como si estuviera listo para acceder a mi petición, cerré los ojos con fuerza.
Se detuvo justo antes de chocar contra mi cuerpo. Acunó mi rostro entre sus manos vendadas. Mantuve los párpados cerrados con fuerza para evitar mirarlo. Las emociones revoloteaban en mi estómago, ascendían como un torbellino por mi garganta e invadían cada rincón de mi cuerpo, sincronizándose con mi pulso.
Sentí algo al entreabrir mis labios para recibir su beso, algo que no tenía textura, algo redondo y puntiagudo que se abría paso en mi boca. Cuando Cyrone retiró sus manos de mi rostro y abrí los ojos, encontré un cigarrillo entre mis labios.
Lo miré indignada.
—No me mires así. No estás lista para recibir un beso de verdad. Quédate con esto; y si no te parece suficiente para saciarte, quizá es que ya sabes la respuesta.
Él pasó por mi lado y se alejó hacia el bote varado en la ribera. No me volteé para verlo alejarse cuando decidió dejarme atrás.
El cigarrillo en mis labios estaba mordisqueado y la punta, que podía saborear, un poco húmeda.
Me agaché lentamente hacia el suelo hasta quedar en cuclillas y cubrí mi rostro, abrumada. Dejé caer el cigarrillo de mi boca al suelo. Me quedé viéndolo, pasmada y temblorosa.
Por supuesto que ya tenía una respuesta.