Capítulo 2 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
2
Era una tarde tranquila, así que decidí recoger unos frutos caídos de los árboles sin que nadie me lo pidiera. Con un paño limpio y nuestra reserva de agua, los fregué mientras tarareaba una melodía sin siquiera separar los labios. Las notas vibraban en mi cabeza, pero mi madre las escuchó desde el otro cuarto.
—¿Por qué cantas tan bajito, Gyu? ¿No ves que tengo que acercarme a ti para oírte bien? —me preguntó, asomándose por la puerta.
—¿Y desde cuándo quieres escucharme? —bromeé enjuagando un fruto que se resistía a desprenderse de su capa natural de luminosidad.
—Desde que te has inventado melodías así de bonitas. Te veo más feliz de lo normal.
Sonreí y mi madre me pellizcó la mejilla.
—No. No es nada —le respondí.
Agradecí en mi interior que mi madre no me hubiera preguntado si realmente me había deshecho del libro rojo. Por supuesto que sí, mamá, repasé en mi mente, lo he enterrado lejos y me sería imposible encontrarlo. Había planeado las palabras correctas para convencerla, pero no fue necesario, porque ya se había ido a conversar con mi padre, que tallaba madera en la entrada de casa. Traté de disfrutar mi momento de soledad para fantasear, pero mi hermano me interrumpió de súbito.
—Gyuri, ¿vamos a jugar? Vamos a desenterrar monos de nieve.
—Después. Te prometo que después iremos —le respondí, todavía ensimismada en mis escenarios ficticios.
—«Después» puede ser cualquier momento, no me gusta esa palabra —se quejó él, pero yo ya me había ido a otra parte.
El escritor del libro me hablaba con sus dulces palabras, que resonaban en mi consciencia con la voz del hombre de mis sueños. Solté una leve risilla y Nym me dedicó una mueca que dejaba claro que pensaba que estaba loca.
Más tarde me tumbé bajo uno de los árboles de hojas fluorescentes para leer, asegurándome de que mi madre se hubiese recostado a tomar la siesta. Antes de entrar en la casa, mi padre me descubrió con el libro en las manos. Le hice un gesto de silencio poniendo un dedo en mi boca y él asintió, imitando mi señal. Era el mejor, no le revelaría nada a mi madre.
De pronto, alertada, me senté sobre la nieve. Con total concentración volví a leer una frase, pues me era imposible creer lo que decía:
Mi divina princesa de cornamenta plateada. De ricitos blancos como la nieve.
¿A qué se refería con «cornamenta»? ¿Estaba insinuando unos cuernos metafóricos o realmente la persona a la que se dirigía tenía cuernos, como yo? De manera instintiva toqué mi «cornamenta plateada», sintiéndome un poco más nerviosa de lo que me hubiera gustado. ¿En el sitio de donde provenía el autor había más personas como yo?
—¡Gyuri, cariño, a rezar! —Oí el grito de mi madre a lo lejos. Apenas la vi acercarse me encogí sobre la nieve, aplastando el libro con mi cuerpo—. ¿Qué haces, mi niña?
—Ya voy, mamá, solo quería echarme una siesta —mentí en un tono convincente, e incluso bostecé. Dándole la espalda, escondí el libro en el tronco del árbol y bufé de la frustración. ¿Cómo se suponía que me quitaría esas ideas de la cabeza?
Cuando nos encontramos en el salón, escuchando a mi madre proclamar sus rezos hacia la diosa Nylena, sin querer abrí los ojos y contemplé la imagen de esa mujer divina. Me había acostumbrado a mirarla, desde luego, pero no a analizarla ni a preguntarme por qué lucía tal y como un ser humano. A diferencia de ella, los serafines, cuatro varones de alas plumíferas, tenían veintiún ojos que les surgían por delante y por detrás.
Miré a mi familia con disimulo y reparé en sus arruguillas, sus ojos claros y su cabello lacio. El de Nym era completamente rojo y su rostro estaba salpicado de pecas. Me volví a concentrar en el odioso espejo de mi casa y analicé una vez más nuestras diferencias.
—Cortex, Hilaris, Aestus, Caelum... —repitieron mi padre y mi hermano en voz alta.
Como yo no había recitado las palabras sagradas, mi madre abrió los ojos y me descubrió evadiendo la oración.
—¿Sucede algo, Gyuri?
Sin querer me fruncí de indignación y empecé a preguntarme, como tantas veces en el pasado, si mis padres me habían mentido acerca de mi origen, ocultándome el verdadero.
—¿Cómo esperas que los serafines de la naturaleza oigan nuestras súplicas y vengan a salvarnos? Debes rezar, debes repetir la oración en voz alta, con fe y convicción —me regañó.
Me cubrí la cara para que no viera que había rodado los ojos.
—Quizá ni siquiera vengan a salvarnos, y ya es hora de ir a la superficie a ver qué tan mal están las cosas después del Gran Diluvio.
—¡Ir a la superficie es una excelente idea! —opinó Nym, pero mamá gritó «silencio» en un arrebato.
Logró su cometido, porque cerramos la boca de inmediato.
—¿Cuántas veces se los hemos dicho, niños? Nosotros, con su padre, venimos de la superficie. Sabemos cómo son las cosas allá arriba, donde los seres humanos mantienen una guerra constante por la comida, por la supervivencia. Tras el Gran Diluvio, la vida es inviable en ese lugar. Aquí, por el contrario, estamos seguros. Aquí en las cavernas, donde no existen bestias, donde no hay humanos que quieran quitarnos de manera violenta lo que tenemos.
No tenemos nada, pensé y me mordí los labios para no decirlo en voz alta. Maldita sea.
Cuando los rezos terminaron, y se suponía que según las reglas implícitas de mi madre debíamos pernoctar, me quedé despierta en el salón, repasando en mi mente las palabras del libro: «Mi divina princesa de cornamenta plateada. De ricitos blancos como la nieve». Me volví hacia el espejo y me miré con menos reticencia; comprendí que no tenía sentido. ¿A quién estaban dirigidas esas palabras? Si hubiera alguien como yo en algún lugar, ¿podría explicarme cuál era mi origen?
—Gyuri, ¿no te irás a dormir? Tienes que cuidar esa carita redondita, no quieres que se te caiga antes de tiempo como a esta vieja —me dijo mi madre con su tono amoroso, apoyando su mentón en mi hombro. Ambas nos vimos en el espejo y nuestra apariencia contrastó de una manera antinatural, incluso burlona.
—Mamá. No soy tu verdadera hija. Quiero decir... no vengo de tu vientre. —Suspiré y ella se separó de mí con indignación. Su cara decía «otra vez con el mismo tema», «otra vez con el mismo puñal»—. A ver, sé que me intentas convencer de lo contrario, pero... tengo casi veinte años, ya no puedes engañarme.
Mi madre apretó los labios y acomodó uno de mis rizos detrás de mi oreja puntiaguda.
—Te lo he contado tantas veces que duele, Gyuri. Te encontramos entre las flores de la superficie, sola, hambrienta, cuando eras solo una bebita. Esos padres que buscas y que no somos nosotros, no existen. Eres obra y gracia de la diosa Nylena. ¿Por qué crees que tienes tanta resistencia y sobrevives todo el tiempo? Es una bendición de la diosa, y que nosotros te hayamos encontrado también lo es.
—Puede ser..., pero ¿qué hay de mi naturaleza? ¿Y si no soy una humana común y corriente? ¿Y si tengo padres biológicos y están ahí afuera, buscándome, para explicarme quién soy?
—No digas eso...
—Mamá, tengo que encontrarlos.
—Mi niña. Te he tenido en mis brazos desde que eras un bebé. ¿No es eso lo que basta? —Me sorprendí al ver unas lágrimas derramarse por sus mejillas.
Se las sequé con mis manos y la abracé. Verla sufrir me era insoportable. A pesar de cualquier altercado, control o diferencia física, ella me había cuidado toda la vida, me había amado tal y como era.
—Mami, claro que eso me basta, cuánto lo siento —le mentí. No podía seguir dañándola.
Quería saber de dónde venía, sin embargo, prefería fingir conformismo para que mi madre no sufriera.
Cuando mi madre se fue a acostar, me escabullí al árbol y extraje el libro rojo. De vuelta en la habitación, mientras leía tendida sobre mi cama con una vela encendida a un costado de la almohada, repasé las hojas escritas. Debía seguir encontrando pistas sobre mi naturaleza, sobre ese escritor y la posibilidad de que hubiera otros seres como yo.
La idea de salir a buscar al dueño de ese diario me seducía tanto que afectaba mi salud; me robaba el aliento y tenía miedo de que al convencerme de hacerlo no pudiera volver a respirar. ¿Así se sentía el amor romántico? Si la respuesta era un sí, lo detestaba por cómo dolía. ¿Se suponía que tenía que dolerme? ¿Y qué pasaba si salía, no lo encontraba y me dolía todavía más?
O peor aún, ¿y si me pasaba lo mismo que la última vez que intenté salir de Riveria?
—¿Sigues leyendo ese tonto libro? —me preguntó mi hermano desde la cama paralela. Estaba tan absorta en mis pensamientos que olvidé contestarle—. ¿Para qué tienes las orejas tan grandes si no escuchas nada? —espetó, y pronto una almohada me golpeó en el rostro.
Como si aquel golpe blando me hubiera despertado de la ignorancia, recordé lo que había ocurrido justo antes de encontrar el diario, cuando aluciné con alguien que había corrido a atenderme tras mi caída por el barranco.
—Furzacabrón —maldije y Nym se cubrió la boca.
—Oye. Le diré a mamá que me has dicho una grosería.
—No te lo he dicho a ti, tonto. Es que he recordado algo...
—¿Qué has recordado? —preguntó sentándose en la cama—. Dime, dime, dime, dime.
—El libro lo encontramos en los acantilados, cerca de la flor —susurré y Nym soltó un grito para exigirme que se lo repitiera, porque no me había escuchado. Finalmente, me dirigí hacia él—: Oye, cabeza roja, ¿quieres que mañana hagamos una carrera de trineos?
Nym había celebrado incluso antes de que pronunciara la primera letra de la palabra.
✦ ✦ ✦
Mi hermano jadeaba mientras caminábamos. Habíamos recorrido la ciudadela durante toda la tarde y ya había dejado de creer mi excusa de buscar el mejor cerro para la carrera de trineos. Lo que seguro no imaginaba era que yo buscaba rastros de la persona que dejó las huellas en la nieve el día de mi caída.
Para mi desgracia, pese a que estuvimos varias horas caminando, no logré encontrar huellas, señales ni otros objetos. Llevaba el libro abrazado como si fuera a congelarse, aferrándome a la ilusión. Pronto empecé a creer que, tal y como temía, el diario pertenecía a los humanos que perecieron en Riveria durante el Gran Diluvio. Si eso era cierto, estaba en busca de un fantasma.
Dejé salir el aire que contenía en mi pecho.
—Gyu, para ser una larga tarde de carrera de trineos, no nos hemos tirado de una sola colina —protestó Nym, bostezando a lo grande. Apenas se le veían los ojos y la nariz bajo todo el abrigo en el que lo había envuelto antes de salir.
—Ya vamos a casa, Nym —murmuré con pocas ganas.
—¿Cómo dices? ¡Vamos a la colina de Lobres antes de que se haga tarde! —exigió mi hermano señalando hacia el horizonte, donde se levantaba la colina más alta de Riveria.
—¿Para qué?, ¿para lastimarnos al caernos del trineo? Hace varios años que eso ya no me entretiene —le dije y jalé su mano.
—¡Lo prometiste! —me recriminó, manteniéndose firme en su lugar—. Dijiste que haríamos carreras de trineos, y ya me trajiste aquí. ¡Llévame! ¡O le diré a mamá que todavía guardas el libro rojo!
—No te atreverías —le respondí dando un paso hacia él, pero el niño no se encogió en lo más mínimo.
—Oh, ponme a prueba, orejona cornuda. ¡Auch!
Le había dado una colleja para callarlo y al hacerlo él se agachó. Pude apreciar la colina de Lobres detrás de él y, un poco más allá, la flor de tallo infinito. Un nudo se formó en mi estómago al recordar lo que me había ocurrido casi doce años atrás en aquel lugar.
La flor era una planta enorme; el único ser vivo de Riveria cuyo lomo superior alcanzaba la superficie. Dada su exuberante dimensión, iluminaba más que cualquier otro árbol. El color verde que fulguraba desde el corazón de su tallo hacía que Lobres fuera el sitio más luminoso de la ciudad subterránea.
—¿Qué miras? —me preguntó Nym. Se giró y luego volvió a echarme una ojeada astuta—. La colina de Lobres. Bueno, orejona, ¿te ha tentado la idea de una carrera de trine...?
Inicié mi camino hacia la colina antes de que él pudiera acabar su oración. Lo jalé del brazo, lo cual él interpretó como una afirmación a su propuesta, así que celebró con vítores. Cuando llegamos a la cima de Lobres, pude apreciar la flor. Luego pasé mi mirada sobre el resto del territorio; no había señales de vida en ninguna otra parte. Pensé en que si realmente alguien había estado en Riveria, lo más probable es que hubiera bajado y vuelto a subir por el tallo.
Pero ¿cómo? Yo ya lo había intentado una vez antes...
El corazón me tembló como si fuera a quebrarse en pedazos. Como si el dueño del diario existiera de verdad y me estuviera llamando.
—¡Quien llegue último es una ojoleta asada! —me gritó mi hermano y, olvidando que podría morir, bajó por el trineo colina abajo y a toda velocidad.
Me subí a mi trineo y lo seguí. La velocidad extenuante dominaba mis pensamientos y al final me coroné con un dolor en la cola. Probablemente Nym rebotó sobre sus abrigos, porque se estaba riendo a carcajadas. Al llegar al final del trayecto, casi chocamos contra la base de la flor en nuestro aterrizaje. Miré hacia arriba y la sola vista de la planta me sobrecogió; era tan alta que no podía ver con facilidad dónde terminaba el tallo.
—Tengo una idea mejor que la de hacer carreras de trineos —soltó mi hermanito acomodándose la bufanda y mirando la flor al igual que yo.
—¿Cuál? ¿Lanzarte desde el pico de la flor para aterrizar con estilo?
—No, no. Podríamos escalar la flor y salir a la superficie —sugirió con un semblante anhelante, insaciable.
Me inquietó saber que no lo decía de chiste. Fruncí el entrecejo, indignada, como si a mí no se me hubiera ocurrido lo mismo a su edad.
—Genial, Nym, aterrizaste de cabeza —le respondí, pero él no cambió de opinión—. Ya sabes lo que ha dicho mi madre: allá en la superficie el mundo es hostil. Es peligroso, por eso nos hemos recluido aquí.
—Pero ¿nunca has tenido ganas de echar un vistazo? ¿Es en serio? ¡Tú misma me dijiste que allá arriba hay una ciudad que flota en los aires!
Catarbella. La ciudad flotante de Melcior, el sitio más cálido que existía. «Es el lugar donde Nylena habita junto a los cuatro serafines de la naturaleza», mencionaban mis libros. En aquel instante, me arrepentí de haberle contado a Nym lo que sabía del exterior.
—No tienes idea de lo que estás diciendo. Deberías abandonar esos pensamientos, Nym —le advertí.
—¿Cómo lo sabes? Jamás has estado en la superficie, has estado encerrada aquí toda tu vida.
—Pues huelo el peligro —le dije pasando por su lado—, una habilidad que a ti te falta.
Me acerqué al libro, que se había enterrado en la nieve tras la caída en el trineo. Le sacudí la humedad y soplé el lomo para despejarlo.
—¡Tienes miedo! ¡Miedosa! —me dijo Nym—. Gyu... ¿acaso no te gustaría ver un dragonarto frente a frente? —Por supuesto que no, pensé—. ¿Qué hay de conocer otras personas? ¡Hacer nuevos amigos!
Arrugué la nariz y culpé al libro rojo por hacerme dudar sobre la respuesta que debía darle a Nym.
—Me basta con el pequeño mundo que tenemos aquí, tú, yo, mis padres. No hay nada más que quiera.
A veces me ardía la garganta cuando decía algo que sabía que no pensaba. Pero Nym no tenía ninguna duda de que el mundo subterráneo le quedaba pequeño. Le di la espalda y caminé en dirección opuesta, dejando que mi frustración se vertiera por completo en un pesado suspiro.
—Vamos a casa, Nym —le dije.
Me apenaba saber que no encontraría al escritor del diario, pero a la vez me calmaba. Los riscos nevados lucían imperturbables. Ni siquiera deseando con todas mis fuerzas que se marcharan hubiera logrado moverlos de ahí. Una brisa formó un sonido agudo que confundí con una carcajada; una burla que me dedicaba esa maldita ciudad. Mis padres me contaron sobre la superficie, las criaturas y los paisajes que solían existir. No querían que anhelara verlos —según ellos, ya se habían destruido—, sino que creyera en los serafines y les rezara para recuperarlos. Era una lástima que solo hubieran logrado lo primero.
Lo deseaba. Quería salir y conocer el mundo, aunque me aliviaba un poco no tener más opción que conformarme.
El simple hecho de haber deseado, por un segundo, algo más de lo que ya tenía en mis manos había sido aterrador. Al menos podía soltar esa añoranza y volver a casa junto con las reconfortantes fogatas, la sonrisa enorme de mi padre, la dulzura estricta de mi madre, el ruidoso de mi hermano...
—Nym. ¿Nym? —Noté que había demasiado silencio, y cuando me di vuelta ya no lo encontré a mi lado.
Mi corazón dio un vuelco. Evoqué los recuerdos de las veces que había descuidado a Nym y que había terminado herido. Grité su nombre de nuevo, pero no lo escuché responder. ¿Cómo podría haber desaparecido en segundos? Era imposible que se escondiera de mí si todo era blanco, celeste y cristalino y su pelo era...
Alcé lenta y temerosamente la cabeza, notando que en los esquejes de la flor de tallo infinito se veían los cabellos rojos de mi hermano y su bufanda naranja batallando con el viento. Nym estaba escalando.
Ahogué un grito con mis manos. Estuve a punto de gritar su nombre y exigirle desesperada que bajara de ahí, pero frené mi impulso cuando imaginé que podría distraerlo y hacer que se cayera. La altura a la que él estaba superaba la medida de tres árboles ancestrales.
Los vagos recuerdos de mi niñez afloraron con imágenes nítidas. Era una niña de seis años que se había escapado de casa. Estaba aburrida de no tener nadie con quien jugar, y al hallar la preciosa flor luminosa y gigante tuve la idea de escalarla hasta la superficie.
El ritmo de mi respiración se aceleró cuando recordé lo que me ocurrió. No toleraría que a mi hermano le pasara lo mismo.
Sin pensarlo demasiado, me arrimé a la base, agarré la textura de la planta y comencé a subir escalando por los pequeños esquejes. El tallo desprendía una enceguecedora luminosidad, por lo que debía subir con los ojos cerrados. La única vez que alcé la vista, después de unos minutos escalando, vislumbré que mi hermano había llegado a la superficie.
Salió, salió. La flor no lo había empujado al vacío... ¡podíamos salir!
Me emocioné tanto que me apresuré más de la cuenta y mi pie resbaló. Toqué vacío y me desesperé. Al encontrar un nuevo apoyo, inspiré con suavidad y me abracé con más fuerza al tallo. ¿Qué estoy haciendo?, pensé, y estuve cerca de reírme por el absurdo.
Continué, mas el cansancio me comprimió los pulmones y mis manos se quemaron. Me colmé de terror cuando el hielo me hizo resbalar. Luché con todas mis fuerzas para aferrarme al tallo y apreté los dientes. Mi grito resonó en todo el espacio, reverberando contra las paredes y las transparentes bóvedas. Encontré dentro de mí una fuerza sobrenatural que me impulsó a completar el trayecto, pero al alcanzar el tope mis cuernos chocaron contra una sólida barrera.
Al levantar la mirada, me encontré con la nada; sin embargo, al extender mi mano esta chocaba contra una superficie sólida, aunque invisible. Era la flor, mi madre me había dicho que la diosa Nylena nos había protegido con ella. Empecé a golpear la barrera invisible con mi puño, pero al ver que era inútil perdí los estribos.
—¡Déjame salir! —grité—. ¡Maldita sea! ¡Furzacabrón! —gimoteé—. ¡Nym! ¡No me dejes! ¡Maldición!
Un pie se resbaló por la impotencia, luego el otro. Solo mis brazos me sostenían, pero eran débiles. Pronto la gravedad me venció y me arrebató de la flor.
Pese a que la caída fue rápida, me pareció que los segundos se distendieron hasta volverse eternos a medida que me alejaba de la superficie.
Recordé el momento en que experimenté la muerte y la supervivencia por primera vez al caer de la misma flor a los seis años. Fue la primera oportunidad en que me encontré con esa pared densa e imaginaria. En el descubrimiento de mi más profundo temor, comprendí que Riveria era más que una simple ciudad hundida durante el Gran Diluvio; era un laberinto sin escape, un calabozo donde la libertad parecía un sueño lejano. A causa de la impresión, me solté de la flor. No recuerdo si fue intencional, pero llamé a mamá mientras caía; un eco de arrepentimiento. ¡No quería morir! Era demasiado pequeña. Al caer al suelo, me partí todos los huesos. Crac...
Pero Nym se ha ido, no puede ser... ¿cómo es que lo logró? ¿Cómo ha cruzado la barrera?
Ese fue mi último pensamiento mientras descendía.