Capítulo 22 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Había leído la abrumadora mayoría de las entradas disponibles del libro de los escribas; sin embargo, no había conseguido más información sobre Xylo. Parecía que lo leído esa misma tarde era prácticamente todo lo recopilado sobre él. Además, esos registros eran los últimos que se habían escrito en el tomo, lo que reforzaba mi teoría de que el mismo comandante había confiscado el libro al enterarse de que se escribía sobre él. Era frustrante pensarlo de esa manera, pero también confirmaba que ese hombre, intimidante y enorme, era más sospechoso de lo que podía haber imaginado.
Para calmarme, consideré la posibilidad de que estuviera alimentando mi ansiedad inventando problemas y enemigos inexistentes. ¿Qué podía tener que ver él con mi familia? Convenciéndome de que preocuparme por esas posibilidades era infructuoso, opté por abrir el enorme ejemplar de no ficción que traje conmigo.
Lo que había sucedido con Cyrone no había abandonado mi mente en ningún momento del día. Su indescriptible expresión al acomodarse sobre mi cuerpo y el insondable placer que experimenté después de que me dejó sola, necesitaban una explicación.
Así fue como me sumergí en el bendito libro de anatomía, donde se explicaba de manera gráfica lo que tanto me intrigaba. Al entender mejor las urgencias que mi instinto humano despertaba, pronto empecé a maldecir al Empíreo por habernos diseñado con esas necesidades que, al final, carecían de propósito. ¿Por qué anhelábamos ese tipo de intimidad si los serafines no podíamos tener hijos? Era absurdo.
Chuckles, el gato más oportuno, despertó justo después de que cerré el libro. Me encontró cabizbaja, con un calor extremo subiendo por mis mejillas. Exploté en un grito agudo y pataleé sobre mi cama.
—Y tú, cosa, ¿te averiaste?
Ignoré lo que me preguntaba el animal y volví a gritar.
—No puede ser, esto tiene que ser ficción. No puede ser que dos seres se unan de esta manera. Es... es demasiado...
—¿Y de qué diablos hablas?
—¡De hacer bebés! —exclamé—. ¿Por qué mis padres nunca me hablaron de esto? ¿Por qué no me advirtieron que esto sucede en el mundo de Melcior?
—Porque tendrían que admitir que tuvieron relaciones sexuales para tenerte a ti. Es un tabú para los humanos, porque son estúpidos. Prefieren ocultar algo tan vital como la preservación de la especie, que es la única razón por la que existen y viven.
—¡Por supuesto que lo esconden! ¿Sabes lo que tienen que hacer los humanos para lograr eso? —grité contra la almohada, sintiéndome tan avergonzada como si el tema se tratara de mí.
—Lo hacen también los gatos domésticos, incluso los insectos —respondió como si fuera lo más obvio.
—¿Tú también, Chuckles?
—¡Hay preguntas que no se supone que hagas, cosa estúpida!
—No soy una cosa —le espeté, intentando calmar mi respiración.
—Si no eres humana, ya ni sé cómo llamarte. Oh, no me mires así, si quieres que te llame «serafina», mejor empieza por llamarme «emperador». A ambos nos gustaría ser así de importantes, ¿no crees?
El suelo tembló bajo el toque en la puerta del ático. Cuando la compuerta se abrió lentamente y vi una cabeza encapuchada asomarse, quedé paralizada. Lancé el libro lejos de mí, en un gesto de pánico absoluto.
—¿Ese era el libro rojo? —preguntó Cyrone tras una pausa, mientras se quitaba la capucha y observaba cómo el tomo se había mezclado con los trastos del rincón del ático.
—Sí —mentí, deseando disuadir su curiosidad por ir a mirarlo.
—Justo hablábamos del apareamiento —escupió Chuckles, sin piedad alguna—. Tú, Cyrone, eres una cosa muy parecida a ella. Podrás explicarle mejor sobre el tema que un gato doméstico.
—¡Ay, cállate, bola estúpida! —le grité, mientras la risa atractiva del serafín resonaba en mi corazón.
—Ah, Chuck, la verdad es que vengo a buscar a Gyuri por otros motivos.
Miré a Cyrone con asombro. Recordé lo enfermo que había estado antes de partir hacia la Guardia y sentí angustia. Sin querer abrumarlo con las miles de preguntas que se me atascaban en la garganta, esperé a escuchar lo que diría a continuación. ¿Otros motivos? ¿Cuáles?
—Baja con ropa ligera. Vas a cumplir la orden que te di ayer —me dijo con determinación.
Acompañé al «capitán» por la puerta trasera hasta llegar a las orillas del islote, donde encendió un cigarrillo y permaneció en silencio por un rato. El nerviosismo me invadió al divisar un par de lanzas clavadas en la tierra, esperando por mí. Él parecía estar hablando en serio; me entrenaría. Me enseñaría a hacer algo que nunca hubiera deseado aprender.
Suspiré mirando al hondo río que serpenteaba a través de la ciudadela y me dirigí hacia él.
—Estaba muy preocupada por ti. Esta mañana te veías muy enfermo.
Cyrone tomó una fuerte aspirada del cigarrillo y sopló el humo.
—Sí, lo estaba, y ahora estoy bien, ¿ves?
—Dime, ¿qué te pasó? ¿Qué fue lo que te sentó mal? ¿Fue algo de lo que conversé con Aeris?
Desvió la mirada y se quedó en silencio. El corazón me latía con fuerza en el pecho.
Cuando pensé que por fin me respondería, apagó el cigarrillo con el pie, pasó por mi lado en un misterioso silencio y tomó las lanzas, desenterrándolas. Alargó la mano para ofrecerme una de las dos. Cruzando los brazos, observé el arma con incredulidad.
—¿Crees que estoy posando para ti? Toma la lanza, mujer.
—Cyrone. Es una manera absurda de evadir todos los temas que tenemos que hablar...
—Sabes lo que son las lanzas del Empíreo —se adelantó con una pregunta formulada como afirmación. Asentí con obviedad—. Si regresamos a Catarbella tendremos a nuestra disposición las lanzas para deshacernos de Nylena.
—Espera, ¿quieres que derrotemos a Nylena?
Derrocar al actual dios significaba también poner fin al mundo en el que vivíamos. A Melcior.
—Lo último que quiero es derrotar a Nylena y luego tener que intentar matarte a ti o a Faraine por el siguiente puesto de dios.
—¿Entonces?
Él avanzó hacia mí, ambas lanzas apuntándome, lo que me intimidó y me hizo retroceder.
—Hay hechos inevitables. Si llega el momento en que nos enfrentemos a Nylena, necesitarás saber defenderte.
—¿De qué?, ¿de quién?
—Catarbella está llena de ángeles: menores, de jerarquía inferior, arcángeles, ángeles, principados y virtudes. Ellos podrían hacernos daño a los cuatro si quisieran, pero no lo hacen debido a las reglas de la jerarquía. Somos más importantes que ellos y nos rinden respeto, no por el nombre de serafín. Ni siquiera porque creamos la naturaleza.
Me quedé pensativa por un momento, pero ninguna suposición logró convencerme.
—Somos superiores porque existimos incluso tras la muerte de la diosa Nylena —me explicó por fin.
—¿Ellos no existen sin la diosa Nylena? Mierda. Entonces si tratamos de atacarla... ellos la defenderán como un jodido ejército.
Cyrone ladeó la cabeza y volvió a entregarme la lanza.
—Centenares de seres celestiales tratarán de cortarte el cuello. No les importará si te mueres; tu trono tomará tu lugar.
Sostuve la vara de la lanza, pero cuando Cyrone retiró su mano el peso del arma venció mi cuerpo y dejé caer la punta al suelo.
Lo miré con desesperación.
—Entonces ya me morí.
—No. Aprenderás a usar las lanzas. Si hasta Faraine pudo aprender, tú también podrás.
—¿Sabe tu hermana que la tienes en tan baja estima?
Observé cómo Cyrone retiraba la punta de la lanza con facilidad y la lanzaba entre los arbustos. Ahora solo tenía un palo en las manos.
—No planeo cortarte, Gyuri. Tú puedes usar la lanza completa y yo te atacaré con la vara.
—Estoy segura de que todo el peso de la lanza no está en la punta. Si me golpeas con la vara, quedaré inconsciente.
—Entonces no te dejes golpear, serafina.
—Tengo asuntos de los que hablar contigo, Cyrone —insistí, viendo cómo se acercaba amenazante hacia mí.
—Hablaremos cuando me demuestres que no has atrofiado tu instinto poderoso del todo y puedes defenderte a ti misma. Es lo único que me importa ahora mismo.
La destreza con la que giró la vara la hizo desaparecer ante mis ojos. Cuando dio un paso hacia mí, tiré de mi lanza con fuerza, luchando por sacarla de la tierra. Al lograrlo, el peso del arma me hizo tambalear hacia un lado. Cyrone aprovechó mi desorientación para lanzarse hacia mí; como si alguien me hubiera jalado para apartarme, el hierro de su vara me rozó apenas al momento en que me agaché para evadirla. Sin darme tiempo para levantar mi lanza o recuperar el aliento, volvió a blandir la vara hacia mí, cortando el aire cerca de mi cabeza cuando volví a esquivarla. Su velocidad formidable aceleró mi pulso y me dejó temblando cuando al fin se detuvo, preparándose para otro ataque.
—No temes dañarme, ¿verdad? —le pregunté jadeante.
—Porque naciste con el instinto de una criatura inanimada, Gyuri. Eres una serafina, y esa parte de ti actúa sin que lo pienses. No tengo miedo de dañarte porque no es tan fácil. No eres tan frágil como tú crees.
Sin darme tiempo para procesar la información, evadí otra vez el furtivo golpe de la vara de Cyrone. La corriente de aire que dejó su movimiento me acarició la mejilla. Consciente de mi cuerpo, me movía con soltura y elasticidad. Sonreí cuando intentó golpearme con el revés del arma y lo recibí con la mano. El frío del hierro rozando mi piel causó fricción y, aunque el golpe en mi palma dolió, me sentí satisfecha de detenerlo.
Instinto de criatura inanimada. ¿Eh? En ese fugaz momento, luchando contra Cyrone, me había convertido en un ángel que no siente, no llora, no sufre, no ama. Levanté el arma, a pesar de su peso, sumergiéndome en ese estado de inconsciencia y adrenalina, y la alcé por encima de mi cabeza.
Mal. Eso está mal. Esa no soy yo. No podía evitarlo; tenía más fuerza y vigorosidad de la que mi cuerpo podía aparentar. Ya me había ocurrido antes. A los cinco años, le había ganado a mi padre en juegos físicos. También podía cargar a Nym en mis hombros, aunque pesaba casi tanto como yo. Incluso había empujado a mi madre al suelo una vez, aunque fue de manera accidental.
—Lo haces muy bien —susurró Cyrone mirándome a los ojos, cuando bloqueé su ataque con mi lanza.
Sostuve la vara en su contra con mis delgados brazos temblando a su límite, como si fueran a romperse si Cyrone decidía usar toda su fuerza. Pero no lo hacía. La forma en la que el serafín me miraba me hacía pensar que no podía hacerlo. Había algo en sus ojos, un resplandor casi imperceptible que revelaba una chispa de sentimiento. Quise decirle Tú tampoco eres una criatura inanimada, Cyrone, lo veo en tus ojos cuando me miras, pero el esfuerzo de mantener esa concentración me lo impedía.
Cuando un golpe audaz, rápido y despiadado del serafín se lanzó hacia mí, suprimí mi instinto y lo recibí de lleno en la mandíbula. El dolor tardó en llegar; no fue hasta que me desplomé en el suelo, sosteniéndome la barbilla, con la piel cálida y palpitante, que noté un sabor salado en mis dientes izquierdos.
Cyrone apartó la vara de inmediato al verme derrotada y se acercó a mí con cierta desesperación, visiblemente lleno de culpa.
—No. Oh, mierda. Lo si... lo siento tanto —tartamudeó susurrante mientras intentaba ver mi rostro, el cual le ocultaba deliberadamente—. ¿Estás bien?
Mis dedos buscaron la lanza en el suelo. Al encontrarla, retiré la punta de hierro con la misma soltura con la que él lo había hecho. Con determinación, me giré hacia el serafín y la clavé en la piel de su garganta, aunque sin llegar a cercenarlo. Él no reaccionó de inmediato; tenía toda su concentración puesta en mi labio sangrante. Solo unos segundos después se dio cuenta de que lo había derrotado.
—Fin del juego —susurré, y con mi otra mano removí el líquido rojo que me goteaba por el mentón.
Cyrone miró de reojo la daga improvisada.
Abrí la mano y solté el arma, que cayó al suelo con un ruido seco.
—No soy un ser inanimado, Cyrone. Yo soy... —Sacudí la cabeza para ordenar mis pensamientos—. Siento demasiado y me ahogo. En especial cuando estoy cerca de ti; pienso en ti y apenas puedo hacerlo con claridad. En esos momentos sé lo que soy. No puedo describirlo, pero sé quién soy cuando se trata de ti. Así que te equivocas, no soy inanimada, ni solo una serafina, ni la naturaleza sin más.
Me observó con dolor, sin rastro de felicidad en sus iris violetas, opacos y cansados.
—Merezco una respuesta —me las arreglé para romper el silencio.
—¿Responderte qué, Gyuri?
—¿No eres acaso lo mismo que yo? ¿Acaso un ser inanimado se habría preocupado por mí hasta el punto de arriesgar su vida? Porque si esto fuera real, estarías muerto, Cyrone.
Su mirada se suavizó por un instante, pero tan rápido como bajó la guardia, se blindó de nuevo con una frialdad impenetrable.
—No quiero que pierdas tu tiempo hablándome de amor ni de relaciones. Tus sentimientos son hermosos, puedo notarlo, los aceptaría aunque no los mereciera, porque no te equivocas, también te busco en cualquier lugar al que voy; pero has vivido muy poco para comprender lo peligroso que es para un serafín enamorarse como un ser humano.
Ay, Nylena.
Tragué saliva para aguantar la flecha imaginaria surcando mi corazón, haciéndolo sangrar de amor. Lo que decía parecía ser una confesión.
—¿Por qué? ¿Por qué sería peligroso algo tan lindo como eso que me dices? —intenté controlar mi voz lo que más pude.
—La iridia más débil proviene del amor romántico —me contestó el serafín—. Un día amas, y al siguiente has perdido toda la luz que te llenaba a tope.
Apreté los labios con fuerza.
—O sea que es cierto. Cuando perdiste tu iridia en el pasado, fue por una mujer. —Me quedé observando sus manos vendadas, visión que, en todo caso, ahora me provocaba un vacío enorme en el vientre. ¿Había perdido su iridia al perder a Lummina?
Cyrone se mantuvo en silencio, deslizando su mirada al suelo y luego hacia lo que había detrás de mí. Parecía indeciso, luchando con diferentes pensamientos, hasta que por fin habló.
—No lo entiendes. Yo tuve un hijo, Gyuri.
Pestañeé repetidas veces al mirarlo.
—¿Qué? —susurré, casi sin emitir sonido.
Él se puso de pie y volvió a sacar un cigarrillo más de su bolsillo, como si hubiera pronunciado una cosa irrelevante.
—Pero los serafines no... no pueden. —Me trabé en mis palabras y masajeé mi frente. Céntrate, Gyuri. Me recompuse como pude—. Los varones no pueden dar nacimiento a querubines.
—Un hijo, Gyuri, no un querubín. Un hijo engendrado. Tenemos cuerpos humanos, podemos aparearnos con humanos, ¿o lo dudas? Pues, tuve un hijo. Lo tuve y él murió.
Negué con la cabeza como una estúpida.
—Esa es la verdad, así que el asunto es este. Soy un serafín y mi misión es impersonal. Soy la tierra, el proveedor, la vida de Melcior; los pulmones, el corazón. Una vez perdí el rumbo y el mundo... la gente, los animales... ¿sabes lo que ocurrió con ellos? —Cyrone volvió a mostrarme su mano, la piel ennegrecida bajo las uñas—. El mundo casi se volvió negro, ¿o cómo crees que es el mundo sin mis plantas? ¿Crees que puedes ver algo sin ellas?
—Oye... —traté de decirle.
—Así que ríndete ante la idea.
—Me lo dijiste en mi habitación. Me dijiste que... —Sacudí la cabeza, tratando de calmar mi respiración agitada—. Me dijiste que el amor, la iridia y los impulsos carnales son una necesidad y un medio para que exista el mundo.
—Pero he encontrado el amor, Gyuri. En una familia, en seres que debo cuidar. No te necesito.
Fruncí el ceño y me puse de pie, adolorida aún por el golpe, aunque la herida ya había sanado.
—Genial. Yo tampoco te necesito a ti, yo también tengo una familia —le grité, aunque el pecho me dolía al hacerlo. ¿La tengo, todavía?
—Pues, bien.
La voz ronca que usó al aspirar el cigarrillo por quinta o sexta vez me hizo preguntarme si de verdad no le importaba ignorar lo que sentíamos, o si la hierba que quemaba y consumía le daba fuerzas para fingir que no.
No debía importarme. Tenía que adueñarme de ese instinto inanimado y dejar de sentir. Apreté el puño, experimentando el dolor al clavar las uñas en mi piel. Di media vuelta, tomé una profunda bocanada de aire y empecé a caminar. Cuando pensé que había logrado dominar mis emociones, uno de los niños del orfanato salió al patio trasero y señaló hacia arriba, apuntando al domo de madera.
—¡Se los dije! ¡Está lloviendo! ¡Miren el techo de Dregonia!
—No puede ser —manifestó Delfina, que salió después.
—¡¿Es una lluvia?! ¿Como la de las canciones?
—¡La diosa Nylena ha oído nuestras súplicas!
—Idiota, es Caelum quien hace llover, ¡el serafín del cielo! —Las voces de los niños se entremezclaban.
Aprecié cómo el agua se filtraba por los intersticios de los troncos. El sonido era la principal señal de su presencia; las gotas chapoteaban ruidosamente y se deslizaban hacia el interior de la ciudadela. Los niños salieron de la casa, temerosos de empaparse. Jamás habían visto la lluvia; solo les habían hablado de ella con palabras tan extraordinarias que les parecía una ficción. Verla, sentirla y comprobar su existencia los dejó boquiabiertos.
Me apreté el pecho, reconociendo mi fortuna al saber que nadie más podía discernir que eran mis emociones las que caían en forma de tormenta. Nadie, excepto él. Cuando volví a mirarlo, lo vi pisar su cigarrillo con indiferencia y marcharse como si nada. No dirigió ni una mirada hacia mí, pasó a mi lado con altanera frialdad y desapareció por la puerta de la casona.
A pesar de que era la hora de la pernoctación, varios pueblerinos salieron de sus casas para presenciar el evento. Algunos, incluso, sacaron recipientes para juntar el agua o bailar bajo ella.
No podía culpar a los dregonenses por celebrar mi tristeza, ya que no comprendían su verdadero significado.
Corrí de vuelta a la casa y, evadiendo las preguntas de los niños, me escabullí hasta el segundo piso para llegar al ático, mi habitación. Me acurruqué en mi lecho, sumida en mis pensamientos. Incluso cuando me dormí, la lluvia no cesó.