Capítulo 24 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
24
—¡Lo estás sosteniendo mal! ¡¿Nunca aprendiste a tomar
una lanza correctamente?!
—No seas injusto —respondí mientras el sudor corría por mi rostro—. ¡Estoy aprendiendo ahora!
Polett se me acercó con grandes zancadas y me miró con el ceño fruncido. Tomó mis manos y las posicionó de la forma más incómoda imaginable sobre la vara de madera.
—Así, Gyuri, así.
Me mantuve en esa postura un largo momento y no relajé los brazos hasta que el niño la aprobó con un asentimiento. Todo mi esfuerzo se liberó en un suspiro. «El corazón no puede doler si estás exhausto», decían las novelas que me encerraba a leer en la noche, y por eso decidí perfeccionar mi destreza con la lanza durante varios días seguidos, en las afueras de la casona del orfanato. Polett estaba dispuesto a ayudarme y yo necesitaba toda la preparación disponible para enfrentar el resto del recorrido sola.
Miré a Pol y me incliné ligeramente para masajearle el entrecejo.
—No te formes arrugas, eres tan solo un niño. —Le sonreí—. Tendrás toda la vida para tenerlas, si te parecen lindas.
—Lindas no, útiles —me corrigió—. El comandante Xylo las tiene bien marcadas, y no tienes idea de lo intimidante que lo hacen ver.
—Delfina también las tiene, y te aseguro que no le quitan ni un poco de ternura.
—Es distinto cuando eres un hombre. —El niño infló el pecho y retrocedió. Me dejé caer al suelo, reposando mis rodillas en el pasto—. Oye, ¿quién te dijo que podíamos descansar? Aún eres pésima con la lanza.
—Solo un descanso. Quiero conversar un momento. —La mirada indignada del pequeño me hizo reír, así que le hice un gesto con las manos para que se calmara—. ¿Te parece si hablamos sobre el comandante Xylo?
Polett se sentó a mi lado con las piernas abiertas y el rostro gacho. Sonreí satisfecha y ladeé la cabeza al verlo. Sabía que no se resistiría a hablar sobre ese tema.
—¿Sabes de dónde proviene ese hombre?
—Pues, dicen que viene del oeste de Melcior, de un lugar muy lejano, así que todo su pasado es un verdadero enigma —comenzó a hablar, pausado y en un tono serio. Le presté toda mi atención, apoyando el mentón en mi mano—. Tengo mis teorías. ¿Cómo consiguió atravesar las tempestades y la sequía desde tan lejos y sobrevivir?
—¿Cuál es tu teoría? —pregunté.
—Yo creo que Xylo voló hasta aquí montado en un dragonarto.
—¿Y por qué no habría sido devorado por el dragonarto?
—He ahí la otra parte de mi teoría. El comandante Xylo se crió con dragonartos —asintió el niño, bastante seguro de su conclusión.
—Ah, pues... ¿y por qué los combate en la Guardia? Tiene que matarlos, ¿no? ¿Cómo podría hacer eso si ellos son su familia?
—Mis teorías son limitadas, Gyuri. No tengo idea.
—Puedes descartar esa, pequeño genio —le dije, desordenándole el cabello.
—Mi segunda teoría es que el comandante Xylo es un indecible.
—¿Un indecible, dices? —Me convenía fingir ignorancia para que me explicara.
—Los indecibles son criaturas enviadas por el Empíreo para forzar a los humanos a hacer el mal. Dicen las leyendas que tienen cuernos en la cabeza y orejas puntiagudas. De hecho, se dice que el mundo anterior acabó por culpa de ellos. En fin, ¿te has dado cuenta de que el comandante jamás se quita la capucha?
—Mmh, yo tampoco me la quito. —Me escondí aún más en la capa que tenía puesta—. Yo también uso siempre la capucha y no escondo nada. No creo que el comandante Xylo esté ocultando algo como...
—El comandante Xylo llegó de las afueras a Dregonia y se hizo con el mando de la Guardia y de la ciudadela por completo —me interrumpió Polett—. ¿Cómo iba a lograr eso en tan poco tiempo? ¡Debe estar ocultándonos algo! Algo que a mí me hace falta para hacerme con el cargo de comandante.
Era un poco divertido saber que Polett aspiraba a ocupar ese mando con tan solo nueve años.
—¿Y se te ocurre alguna manera de descubrir lo que oculta? —pregunté temerosa. De pronto, sin contestar a mi pregunta, Polett se puso de pie en estado de alerta.
Me observó desde su posición y guardó silencio. Cuando traté de hablar para preguntarle qué sucedía, me calló con un siseo agresivo y me mostró la palma para indicar que me detuviera. Luego levantó la lanza como pudo y apuntó hacia un arbusto.
—¡Capitán! ¡¿Qué hace usted espiándonos?!
El grito súbito y potente del pequeño me sobresaltó, pero más aún cuando me giré hacia el arbusto y de él salió el serafín con las manos guardadas en los bolsillos. Al enfocar su rostro me volteé hacia el lado contrario, evitando que nuestras miradas se encontraran.
—Vaya, eres muy ágil y despierto, Polett —dijo Cyrone mientras se acercaba.
Escuchar su voz me era difícil, tal vez demasiado.
—De eso nada, usted mismo nos dijo que los guardianes no nos inmiscuimos en los asuntos de otros.
—¿Crees que los voy a dejar solos cuando están practicando con un arma tan peligrosa? Que, por cierto, no imagino de dónde me la robaron.
—N... no cambie el tema —balbuceó Polett, tirando la lanza directo al suelo—. Usted no sigue sus propias reglas. Siempre acecha a Gyuri. Siempre la está observando y está pendiente de lo que dice y hace. No crea que no me doy cuenta.
—Yo no... —trató de decir el serafín, perdiendo por un segundo la compostura antes de recuperarla.
—¡Claro que sí! Yo lo observo, capitán, y cada vez que esta chica dice algo, usted reacciona de algún modo.
Mi pecho se apretó al escucharlo. Los últimos días habían sido difíciles para mí, debido a la indiferencia con la que Cyrone me había tratado desde nuestra última conversación. Saber que realmente no era así, y que de manera constante me observaba, reconfortaba mi corazón. Me volteé apenas un poco para mirarlo, y pareció como si mi breve mirada lo atravesara, algo que Polett notó de inmediato. La expresión del serafín se ensombreció cuando el niño empezó a gritar:
—¡¿Lo ve?! Soy un futuro comandante y un guardián debe ser observador. A mí no se me escapa nada. También he intentado imitar sus pasatiempos para hacerme más fuerte, pero créame que he analizado a Gyuri y todavía no comprendo la fascinación que siente por ella.
—Oh, gracias, Pol —le susurré con una sonrisa avergonzada.
—Bueno, Polett, como tú digas. Ahora vuelve a la casona, Delfina ya está acostando a los niños.
Después de unas cuantas palabras más y la actitud renuente de Polett, el niño decidió cumplir con la orden y regresar al orfanato. Una vez solos, la compañía de Cyrone y su silencio comenzaron a volverse demasiado pesados para mí, así que me puse de pie, sacudí la tierra de mi capa y me dispuse a marcharme.
—Espera, Gyuri. —Me detuvo cuando di el primer paso—. Escuché lo que dijo Polett.
—Y yo también escuché lo que dijo Polett. —Lo miré con los ojos entrecerrados y él suspiró.
—No me refiero a eso. Es sobre lo que hablaron de Xylo. No quiero que te acerques a él, bajo ninguna circunstancia.
Me giré hacia Cyrone con las cejas alzadas.
—Entonces sí que es un hombre sospechoso —espeté.
—Él es agresivo —replicó—. Te haría sufrir si te atrapa.
—Ese hombre no tiene por qué hacerme daño.
—Lleva mucho tiempo vigilándome; si cree que eres importante para mí, pondrá los ojos en ti.
—Entonces dile que no te importo en lo más mínimo y estaré bien —respondí, dando un paso hacia él.
—Si le digo eso, mi mirada me delatará y sabrá que miento.
Cuando intenté responderle, la voz se me cortó y tuve que llevarme una mano al pecho. Cyrone dio un paso hacia mí, aparentando desinterés por mantenerse cerca y hacer chocar su respiración contra la mía. Tragué saliva al darme cuenta de que los latidos de mi corazón resonaban por todo mi cuerpo. La mera idea me enloquecía: él se preocupaba por mí y quería protegerme, tanto que podía ver la frustración y desesperación reflejadas en su mirada.
—Necesito que estés a salvo, por favor, aléjate de él.
Incluso con su hermosa expresión suplicante a centímetros de mí, no quería abandonar mi interés, especialmente cuando mi instinto indicaba que había algo oculto tras la enigmática figura del comandante de Dregonia.
—Cyrone, hace unos días encontré un libro en la librería de Crod. Estaba escrito a mano por un grupo de antiguos escribas de Dregonia. Algunos piensan que Xylo viene de Riveria, mi ciudad natal. Sé que suena tonto, pero creo que podría estar de alguna manera conectado con mi familia y con el hecho de que hayan estado encerrados en esa ciudad, y...
—Gyuri. —Su voz resonó entre dientes mientras sostenía mi rostro con ambas manos, como si quisiera hacerme entrar en razón—. Él no tiene nada que ver con tu familia.
—Pero...
—Confía en mí, por una vez en tu vida. Te lo pido.
Permanecí en silencio, sin querer apartar sus manos cálidas y ásperas de mi rostro. Lo observé, y estoy segura de que mis sentimientos llegaron a él, porque pronto los rechazó y me dejó ir. Carraspeé y me acomodé el cabello que me caía por la frente.
—Está bien, tienes razón, me alejaré de él —contesté mientras Cyrone se volteaba hacia otro lado, ocultando la expresión de su rostro. Solté una risa nerviosa—. Tal vez la sensación de no estar haciendo nada por buscarlos me esté volviendo un poco loca.
—No te preocupes. Partiremos hacia Riorense en tres días. Ya no tendrás que esperar más.
Al decir eso pasó por mi lado, tensando de nuevo mi cuerpo, deteniendo mi corazón que parecía latir solo cuando él lo decidía. ¿Estaba dispuesto a seguir a mi lado?
Me sentía mal por haberle mentido, pero no me arrepentía de haberlo hecho.
Hacía tiempo que Cyrone no me compartía de su iridia y, sin embargo, me sentía fuerte. Mis dedos tenían soltura y movilidad, y mis piernas daban pasos incluso más firmes que antes. Tal vez mis sospechas sobre el comandante mantenían viva la llama de esperanza de reencontrarme con mi familia. Después de un largo viaje, por fin tenía una pista, y a pesar de haberle prometido a Cyrone que no investigaría a ese hombre, no dejaría de hacerlo.
Cerca de la hora de la pernoctación me descubrí mirando el horizonte de Dregonia, tan acogedor bajo el cobijo del domo de árboles. La brisa chocó contra mi rostro y pensé en lo bien que me sentía en ese lugar. Volví a la casona y antes de entrar me detuve a mirar a través del ventanal que daba al salón, conocido también como el «cuarto del arte» por la cantidad de dibujos pegados en las paredes. Vi a Cyrone levantando a uno de los más pequeños, que gritó y rio al verse en las alturas. Bajo la caperuza negra, pude notar su sonrisa. No solo me llenaba jugar con los niños, oír sus ocurrencias y ayudarles a ampliar su mente al leer, sino que también me reconfortaba ver a Cyrone reír tan despreocupado entre todos ellos. Me sumí en esos pensamientos y comencé a dudar: ¿y si investigar a Xylo no tenía ningún fundamento? ¿Y si solo estaba buscando excusas para quedarme un poco más?
No iba a permitir que la ilusión de una vida junto a Cyrone me apartara de la realidad por la que debía luchar. Me aferraría con todas mis fuerzas a la esperanza de reencontrarme con mi familia, aunque eso implicara perder nuevamente mi iridia y la capacidad de caminar. Ellos son mi verdadera iridia, mi única razón para seguir, y ni un poco de placer o felicidad me hará renunciar a ellos, pensé mientras me sumergía una vez más en aquel océano de amor, en las voces pequeñas que me recibían con calidez. Fue más difícil de lo que imaginé aceptar que la felicidad podía estar en otro lugar, entender que el mundo era vasto y, por eso mismo, perfecto para mí.
✦ ✦ ✦
Al día siguiente, después de no encontrar libros nuevos y de lenguaje sencillo para continuar las lecciones de lectura, le sugerí a Aeris que me acompañara a recolectar los insumos de comida y, de paso, visitar la librería de Crod para devolver los ejemplares y obtener algunos con dibujos y relatos infantiles. Como era de esperarse, aceptó de inmediato.
El señor Crod había instalado una campanilla que tintineaba cada vez que la puerta se abría, y al llegar nos anunció. La pequeña Solar, al escuchar el tintineo, saltó al recibidor para saludarnos junto con Travis, su conejo de peluche.
—¡Pue’ mire! ¡Creí que no volvería a verla jamá’! ¡Gyuricilla! ¡Y ahí e’tá la versión mujer de don Evren Scratiria!
—Ugh, no puedo creer que me llame de esa forma —murmuró Aeris, ante lo que no pude evitar sonreír.
—No se preocupe’ honona, lerek hami. Le aseguro que no se parece en nada a su hermanote.
—Gracias —contestó Aeris, arrastrando una risita encantadora.
Yo me quedé un tanto curiosa al escuchar el idioma extraño que soltó de pronto el señor Crod.
—Por cierto, Gyuricilla, uste’ no me dio ningún apellío.
—Es que no tengo apellido —le expliqué, y él soltó una risotada, como si acabara de escuchar el chiste del siglo.
—¡Entonce’ problema’ familiare’! Corset de hama.
—Ese idioma ¿es Melciano? ¿O acaso...? —preguntó Aeris.
—Justamente lo segundo que iba a decir uste’, ¡dialecto del oe’te de Melcio’! ¡Todo lo que entonce’ se congeló tra’ el diluvio!
Maravillada, lo escuché hablar como si estuviera a punto de revelar un secreto.
—¿El oeste? ¿Se refiere a Riveria? —me atreví a preguntar.
—No, no. Mucho ma’ allá. Riveria e’ el centro de lo que llamamo’ Melcior, pero en el otro hemi’ferio había de to’. Yo vengo de un pueblo mucho má’ lejano, llamao’ Hamá.
Era evidente que había mucho más allá de Riveria, pero escucharlo me hizo sentir diminuta otra vez. Fue entonces cuando la pequeña Solar dejó su conejo de peluche en manos de su padre, buscó entre los estantes y encontró una enciclopedia gigante que, como pude imaginar, estaba escrita en el dialecto que hablaba Crod.
—Yo nunca aprendí e’te idioma raro. Mi’ padre’ siempre me decía’ que había que preservar nuestro idioma y nuestra raí’ —nos explicó el hombre abriendo el libro de par en par, desglosando un enorme mapa que estaba dibujado a mano, con largos mares que separaban dos enormes pedazos de tierra.
El continente era uno solo, pero la ciudad flotante de Catarbella, ubicada en el centro del océano Riorense, lo dividía visualmente en dos partes. Por esa razón el territorio aparecía separado en el mapa, con cada mitad mostrada en una página diferente.
En el momento en que encontré Dregonia, como un pequeño espacio delimitado en la cartografía, me horroricé al pensar en toda la gente que había muerto tras el Gran Diluvio. Melcior era enorme, ¡gigantesco! Y ahora no había nadie más allá de Entrita, una porción mínima en comparación con todo lo que quedaba más allá de esa área limítrofe.
Pese al horror de imaginar toda la vida terrestre que fue arruinada y extinguida por aquel suceso, también me invadió una gran curiosidad y emoción por la cantidad de posibilidades que se abrían ante nosotros. Si yo podía crear el cielo otra vez, eso significaría ampliar el horizonte a niveles impensables. Habría millones de paisajes por crear en un inmenso lienzo en blanco en el que los serafines seríamos los artistas. En ese momento, cuando creí que jamás apreciaría mi propia naturaleza, el gozo de la creación, que tal vez estaba inculcado en mí desde el nacimiento, me entusiasmó como pocas cosas lo habían hecho antes.
Aeris se percató de ello, y por alguna razón sospeché que las preguntas insistentes que le hacía al señor Crod acerca del antiguo mundo, se debían a mí.
—¡Cuéntenos más, señor Crod! ¿Usted recuerda cómo era el oeste de Melcior?
—No señorita Aeri’, le recuerdo que yo era un infante cuando mi familia migró aquí.
Di vuelta la página y, aunque no podía leer las letras, los dibujos despertaron mi curiosidad. Entre ellos encontré una pintura perfectamente detallada de una figura femenina tan hermosa que me dejó sin aliento. Su cabello largo y oscuro, rizado hasta la cintura, sus pupilas grises y su piel tan blanca como el paisaje riveriano me hipnotizaron; pronto me di cuenta de que era la diosa Nylena, recordándola de uno de los tantos libros ilustrados que tenía en casa.
Solar se subió sobre mi regazo para alcanzar la altura de la mesa y, con el libro a la vista, apuntó hacia la imagen de la diosa Nylena para luego dirigir su dedo hacia Aeris, quien detuvo su palabrería al sentirse aludida. Aunque la pequeña no pronunció palabra alguna, sus gestos hablaron por ella y, como si fuera un traductor, su padre interpretó el mensaje para nosotras.
—Sí, Solcita, la señorita Aeri’ se parece un montón a la diosa Nylena.
La joven negó avergonzada ante tal comparación.
—¡No! —Se rio con incomodidad—. No es normal que comparen a una simple humana con la diosa Nylena. Por favor.
—No está tan lejos de la realidad, Aeris, tienes facciones muy parecidas —secundé yo, tomándome el análisis muy en serio. Al menos con la imagen que había en el libro, los rostros de ambas calzaban casi a la perfección; solo distaban el color y estilo de cabello.
—Andas muy graciosilla, Gyuri —me respondió con un tono de broma—. Solcita, nunca había escuchado ese apodo tuyo. ¡Solcita! —le dijo a la niña, pellizcando su moflete—. Es hermoso.
—Solar viene de la palabra sol —le dijo el señor Crod—. Ante’ había un sol tan brillante como e’ta niña en el cielo.
—¿Un sol? —pregunté curiosa.
—¿Imagina e’te mi’mo cielo nublao pero, en su lugar, teñío de un profundo azul y con un enorme farol inagotable? E’e fue el cielo con el que nos bendijo el serafín Caelum. Con el sol no exi’tían pesadilla’, ni miedo’. No había oscuridá’.
El padre acarició la coronilla de su hija con tanta dulzura que una insoportable nostalgia me invadió. Aun así, no pude evitar sonreír. La niña, un tanto avergonzada por ser el centro de atención, pasó las páginas hasta llegar a una sección del libro donde había toda clase de criaturas que yo nunca había visto. Sin embargo, había una excepción.
Solar señaló un nono en la página y luego me apuntó a mí. Todos rieron, menos yo, aunque no pude ocultar la sonrisa que se me formaba.
—Ya me habían dicho que me parecía a ese animal —reconocí con pesar.
—Solcita, es verdad que ambas son tiernas, pero Gyuri es mucho más linda que esa bicha —trató de defenderme Aeris.
Lo cierto era que hacía varios meses que aquel apodo había dejado de ofenderme; más bien, me provocaba una sensación especial. Cuando alguien te nombraba de manera diferente a los demás, se llevaba consigo una parte de ti. Y esa parte de mí, llamada «nono», ya le pertenecía a alguien.
Suspiré profundamente para consolarme.
—Señor Crod, ¿sus padres tuvieron que aprender el idioma Melciano?
—Así e’ Aeri’ Scratiria. Y no se imaginará lo que le’ cohtó. Mavelik Hehn.
—Debe ser aterrador tener que huir a un sitio donde no puedes comunicarte con nadie —opiné, aunque rápidamente el señor Crod se me adelantó.
—¡No e’ tan difícil! Ante’ cuando exi’tían mucho’ idioma’, no’ comunicábamo’ de di’tinta manera’. Por ejemplo, con el sonido de la’ percusione’. Pero u’te’ e’ demasiao alvanika, demasiado joven para entenderlo.
—¡Mi madre me enseñó un poco de ese idioma! Es decir, solo me contó cómo decir algunas palabras —se corrigió Aeris.
—¿Sabe’ decir su nombre en percusione’ señorita Aeri’?
La joven meneó sus dos manos para aclarar que no.
—Solo sé decir cosas típicas como hola, gracias, ayuda... —Mientras Aeris se explicaba, la pequeña Solar dio tres golpecitos rápidos sobre la mesa, lo que llamó la atención de la joven—. ¡Sí, sí! ¡Eso es hola!
—Eso e’ «ayuda» —le corrigió el señor Crod.
Solar soltó una incontenible risita que nos llamó la atención. Era dulce y aguda, como de cualquier niña, pero que a la vez guardaba un toque especial. Me quedé pensativa y toqué tres veces la mesa. Solar me miró sonriente, y el señor Crod respondió por mí.
—¿Necesita ayuda, Gyuricilla?
Meneé la cabeza mientras reíamos todos.
—Entonces ayuda son tres golpecitos cortos. Entiendo, lo voy a anotar —susurró Aeris a mi lado.
—Oh, por to’ lo diose’. Chicuela’, hoy no no’ acompaña ni’uno. Maldito’ indecible’ —masculló el señor Crod, mientras se erguía en su posición para alcanzar una mejor vista hacia la ventana. Se puso de pie, el rostro pálido y la expresión alerta.
Las tres nos volteamos para ver lo que capturaba su atención, y lo que justificaba tantas maldiciones de su parte. En el momento exacto en que divisamos un bote cuya proa terminaba en punta, y cuando de él descendieron tres sujetos encapuchados, con la silueta oscura y estampados en todo el cuerpo con figuras de dragonartos, Aeris me agarró con fuerza de la muñeca.
Ella, con el aliento contenido, tiró de mí y me obligó a ponerme de pie. Antes de que pudiera siquiera cuestionar por qué me arrastraba con tanta agresividad, al llegar al mostrador me empujó en dirección al suelo para que me agachara.
Cuando intenté quejarme, Aeris puso su dedo índice en mis labios y siseó. Escuché la campanilla de la entrada mecerse y, como si la persona que había entrado tuviera la capacidad de propagar el caos con su mera presencia, de repente el ambiente de la tienda se volvió turbio.
Aeris quitó el dedo de mi boca, sabiendo que me callaría de todas maneras al escuchar aquellas pisadas firmes y aterradoras.
—Comandante, e’ una sorpresa verlo por e’te lar. Cuénteme para qué me encargo. —La voz del señor Crod, que tiritaba al hablar, era la única pista que yo necesitaba para confirmar que aquel era el comandante Xylo—. Treh anvari kase blovi... —susurró el comerciante.
Y ante la indescifrable orden que le murmuró su padre, la pequeña Solar trastabilló por la tienda hasta esfumarse por las cortinas verdes.
—Estoy en busca de una forastera, se dice que le enseña a leer a los niños del orfanato de la vieja Delfina. ¿Será que le suena de algo?
La voz más profunda que jamás había escuchado resonó por toda la sala sin aumentar su volumen. Al darme cuenta de que se refería a mí, sentí como se me erizaban los pelos bajo la capucha. La idea de saltar hacia él e interrogarlo para mi investigación se desvaneció debido a lo intimidada que me sentía. Las advertencias de Cyrone sobre alejarme de él calaron hondo en mi mente, y me di cuenta de cuánta razón tenía.
—No seño’ qué va. Aquí ya lo’ forastero’ no se ven. Na’ de na. Hace tiempo.
Un profuso silencio nos congeló a mí y a Aeris tras el mostrador. Tuve que cubrirme la boca para no soltar un suspiro. Me abstuve hasta de pestañear.
—Escúcheme, señor Boldery Crod. Las faltas graves de los forasteros las pagan mucho, mucho peor los encubridores de ellos. Porque yo no tolero ni trato con mentirosos. Piénselo bien antes de darme la misma respuesta, y es que no lo veo en condiciones de aceptar un pase libre al calabozo. Su hija necesita de comer, pero eso usted ya lo sabe. ¿Me doy a entender? ¿O a un muerto de hambre del oeste debe hablársele más lento? —Pude adivinar cómo se le formaba una sonrisa al hacerle la última pregunta.
Yo no había sido la amenazada, pero su tono me hizo tragar saliva.
Aeris, que no se atrevía a echar un vistazo, de pronto infló las mejillas y se puso de pie tras el mostrador, quedando al descubierto de todos. Pese a que jalé su falda para detenerla, ya era demasiado tarde.
—Deje a los niños fuera de esto, comandante —espetó con seguridad.
Al verla de pie, firme y sin titubear, decidí seguir su ejemplo y levantarme; dejarme ver. El problema es que temblaba, evidenciando mucho más miedo del que estaba dispuesta a mostrar.
Los ojos fieros de Xylo se posaron sobre mí. Aunque la capucha cubría la mitad de su rostro, otras características destacaban en su apariencia. Era corpulento, mucho más grande de lo que recordaba. Una barba dorada recorría su rostro desde el mentón hasta la patilla y la anchura de su espalda era monstruosa, tan amplia que dudaba que hubiera cabido por la puerta en primer lugar.
—La forastera. ¿No digo yo? Los oestianos tienen tendencia a la mentira —gruñó con una sonrisa, cuyo contraste dio más miedo que si lo hubiera dicho serio.
Aeris miró al señor Crod, y luego se volvió a Xylo.
—Él sabía de lo que era capaz de hacernos usted, señor, solo quería protegernos.
Abrí la boca de la impresión, pues no me creía que Aeris realmente le hubiera dicho eso en la cara. Como imaginé, el comandante avanzó hacia ella, amenazando con aplastarla a cada paso que daba. Un impulso me llevó a ponerme delante de Aeris para interponerme entre ambos.
—Ella so... solo está asustada —balbuceé cuando lo tuve tan cerca que me vi obligada a mirarlo hacia arriba—. Lamento esa falta de respeto y... ahora que me tiene aquí, ¿qué desea de mí?
Al ver su semblante salvaje tan de cerca, la teoría de que ese hombre despiadado se había criado con los dragonartos ya no me parecía tan descabellada como cuando la oí de Polett.
—Gyuri —murmuró Aeris, con una desesperación que estuvo a punto de convencerme de huir.
Los ojos licántropos de Xylo se entrecerraron al verme fingir valentía. Reparé en las marcas de su entrecejo, que evidenciaban su recurrente mal humor. Tuve que ser una tonta al pensar que se podía jugar con el comandante.
—¿Tú eres la genia que les enseña a leer a mis reclutas?
Tal y como debí habérmelo imaginado, su mote de «genia» no era más que un vil sarcasmo para tratarme de estúpida.
Miré de soslayo a Aeris, que negaba repetidas veces con la cabeza.
—Fui yo, sí —reconocí con un leve susurro. Algo me decía que sería peor si le mentía.
Pero cuando di crédito de que me había salvado, aquella bestia de hombre cogió mi cuello con una sola mano, casi rodeándola por completo. Aeris soltó un quejido agudo cuando lo hizo, expresando el terror que yo sentí al verlo rechinar sus dientes. Me sentía tan vulnerable y quebradiza como una hoja caída, y comencé a rogarle con la mirada que me soltara, ya que era incapaz de pronunciar una sola palabra.
—Te voy a decir algo que espero que se te quede grabado como mis dedos en tu cuello, maldita puta forastera. Los del oeste pueden traerse toda clase de libros sin sentido, pero mi gente no puede leer sobre el mundo anterior. No. Puede — deletreó con claridad, y tuve tanto miedo que asentí para hacerle creer que lo entendía—. Mi gente no va a contaminar su mente con mierdas del pasado, cosas de indecibles, esos asquerosos y viles animales que la dañan. No lo van a hacer, porque de lo contrario volveremos a la perdición.
Apretó con más fuerza mi cuello, hundiendo sus dedos en él. No pude evitar gemir del dolor.
—Oh, comandante, por favor, suéltela. Helmek —rogó el señor Crod con voz quebrada.
Pataleé con mis pies que quedaron suspendidos cuando Xylo me levantó un poco más.
Aun cuando hacer oír mi voz era imposible, dadas las circunstancias, modulé mi orden como pude. Era mi último recurso, el poder de mi palabra.
—Suélteme —le ordené, y él amplió las cuencas de los ojos.
Le mantuve la mirada, aunque él se esforzara por aplastar mi voluntad a como diera lugar. Xylo demoró un poco más de lo que deseé en acatar mi orden, pero finalmente sus dedos se separaron de mi cuello y una vez liberada caí sobre mis rodillas, tosiendo como si se me hubiera atorado algo en la garganta y quisiera expulsarlo. Aeris corrió a mi lado para sobarme la espalda.
Antes de que pudiera recuperar mi voz para dedicarle unas palabras, el comandante dio media vuelta y caminó en dirección a la salida. Se detuvo a un paso de salir, seguido por sus esbirros, y me declaró la peor amenaza de todas.
—Si me entero de que los niños siguen leyendo, tendré que tomarme la molestia de quemar hasta el último libro que quede en Dregonia. Puede que no te afecte, ¿no, Gyuri? Pues pregúntale las consecuencias de ello a Boldery Crod.
Acaricié la piel acribillada de mi garganta. Apreté los dientes por el dolor que me dejó, la humillación en la que me sumió y por el terror que me sembró con sus últimas palabras.