Capítulo 31 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
31
Cyrone acarició mi cabello e interrumpió el beso para alejarse. Lo observé con curiosidad, todavía arrodillada en el suelo, ansiosa por descubrir lo que haría. De pie a dos pasos de mí, movió la mano derecha como si buscara atrapar el aire, haciendo temblar la estructura de piedra que nos cubría. La tierra se desprendió de las fisuras y cayó sobre mí cuando la caverna colapsó. Me cubrí la cabeza aterrada, pero ninguna roca me golpeó. En su lugar, los fragmentos chocaron contra una barrera invisible que me rodeaba, haciendo que la tierra se deslizara fuera de mi alcance. Cuando la gruta se desmoronó a mi alrededor, volví a tocar el aire que se había vuelto sólido y que en ese instante había vuelto a ser lo que era.
Sorprendida, miré a Cyrone mientras él pasaba junto a mí para desencajar la lanza clavada en el cadáver del dragonarto. El recuerdo inequívoco del campo de fuerza invisible que me impedía salir de Riveria volvió a mi mente.
—¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo hiciste que el aire...? —le pregunté a Cyrone con voz temblorosa. Él tomó mi mano entre las suyas y llevó el dorso a sus labios, besándolo con delicadeza.
Bajó la mirada y exhaló contra mis nudillos, su aliento cálido envió un escalofrío por mi piel. Cuando volvió a mirarme, sus ojos violetas, profundos y enigmáticos, atraparon los míos.
—¿Cómo he hecho qué?
—Esa barrera invisible que me protegió de las rocas —susurré.
—Es una imitación de la barrera que protege a Catarbella. ¿Cómo crees que impedimos que los animales voladores nos invadan? —explicó, jugueteando con mi mano—. Los serafines experimentados podemos imitar los poderes de Nylena ahora que está dormida.
Abrí la boca para decir algo, pero no tuve tiempo de articular mi siguiente pregunta, ya que el dragonarto que creíamos muerto volvió a rugir. El serafín extendió su brazo frente a mí, apartándome y colocándose entre la bestia y yo.
—Tranquila —me dijo, aunque su postura protectora y preocupada contaba otra historia—. No puede atacarnos en ese estado.
Bajó el brazo y se acercó al depredador agonizante. Al tocar su cabeza escamosa, el cuerpo de la criatura se desintegró ante mis ojos, convirtiéndose en un pastizal amarillo adornado con flores de diente de león.
Miré a mi alrededor, atenta, alzando las orejas en espera de una próxima emboscada de dragonartos hambrientos.
—No hay más dragonartos aquí —le escuché decir. Lo miré mientras se acercaba a mí.
Fue entonces cuando me di cuenta de que el enorme domo de Dregonia ya no se veía detrás de él.
—Estamos lejos de Dregonia. ¿Dónde estamos? —le pregunté.
—Estamos en Nylem. Un reptil nos trajo volando hasta aquí. ¿No lo recuerdas?
Pestañeé pensativa hasta que sus palabras finalmente llegaron a mi entendimiento.
—¿Nylem? ¡¿Reptil?! —repetí para creérmelo. Pronto los recuerdos volvieron a mí, y me visualicé volando aferrada de la pequeña pata de un dragonarto.
—Dregonilio —me corrigió Cyrone en cuanto le pregunté sobre esas bestias y por qué aquella no nos había devorado. Cuando me aclaró la especie, lo comprendí.
—Los dregonilios solo comen fruta —reflexioné, recordando uno de los libros de criaturas de Melcior que había encontrado en la librería del señor Crod—. Pero ellos se extinguieron tras la desaparición del cielo.
Cyrone entrelazó sus dedos con los míos y me condujo hacia un lugar desconocido para mí.
—Todos, menos un par —dijo mientras caminábamos—. Conservé unos cuantos para formar una colonia y los escondí bajo tierra, porque a los dragonartos y otros predadores les gusta su carne.
Al llegar nos detuvimos al borde de un enorme cráter. En el fondo cóncavo, los dregonilios se apiñaban unos sobre otros, formando una masa de reptiles acurrucados. Todos lucían colores brillantes como rubíes, plateados, dorados y negros ónyx. Miré a Cyrone con fascinación.
—¿Los resguardaste aquí? —le pregunté, pero pronto fruncí el entrecejo—, esto no podría llamarse «subterráneo».
—En Dregonia viven bajo tierra, pero aquí, en Nylem, descansan en un cráter.
—Entonces son ellos quienes te transportan entre las aldeas. —Lo comprendí al reflexionar sobre lo fácil que le había resultado viajar desde el sur de Bronteria hasta Dregonia—. ¿Por qué no usamos uno para ir de Riveria a Dregonia?
—A los dregonilios no les gusta ir al norte, mucho menos al congelado oeste —me explicó Cyrone, y de pronto chasqueó el dedo sin mirar atrás. Como si el sonido hubiera resonado en todas partes, a lo lejos emergió un dregonilio dorado que aterrizó a nuestro lado.
Intimidada por su presencia, no pude evitar retroceder y esconderme detrás del serafín.
—Anthos —lo saludó él apenas se acercó a la criatura y le acarició el hocico. El animal soltó un gruñido ante el contacto.
—Oh, Nylena —me quejé al ver que el animal gruñía—. ¿Por qué no le temes? Tiene unos colmillos inmensos, estoy segura de que podría triturarnos con ellos. ¡Además acaba de gruñir!
—No está gruñendo. Está ronroneando.
Me reí nerviosa.
—En primer lugar, ronronear es lo que hace Chuckles y, en segundo, si él es como Chuckles, te aseguro que no le voy a caer bien.
Cyrone guió al dregonilio para que se acercara a mí, lo cual me puso los pelos de punta. La criatura comenzó a olfatear mi torso, subiendo por mi cuello y haciéndome cosquillas.
—Su nombre es Anthoperatus. Hazle cariño.
Miré al serafín con desconfianza.
—¿Crees que te pondría en una situación peligrosa? —me preguntó con una ceja alzada. Su mirada era suave pero también decidida, por lo que asentí determinada a confiar.
—Te haré cariño, Anthoperatus —le avisé a la criatura antes de colocar mi mano sobre su hocico. Las escamas eran rugosas, duras y heladas. Contrastaba con el inmenso calor que hacía en Nylem—. ¿Estás bien con esto, Anthoperatus?
Cyrone soltó un resoplido que rápido contuvo con la mano. Lo miré con reproche, acusándolo de reírse de mí.
—Los dregonilios no hablan idiomas humanos. Verás, Gyuri, los animales aprenden el lenguaje humano por convivir con ellos, oírlos o relacionarse los unos con los otros. Los dregonilios están aislados del resto.
Al escucharlo, una creciente compasión me llevó a acariciarlo con las dos manos.
—¿Por qué? —pregunté. Anthoperatus inclinó la cabeza y emitió un suave ronroneo.
—Por la misma razón por la que tú les tuviste miedo. La fama de los dragonartos se les contagió —dijo Cyrone acariciando el lomo de la criatura.
Suspiré mientras lo miraba a los ojos nublados. Eran similares a los de Flye, y no había nada que me doliera más que imaginarlo incapaz de comunicarse con los demás. Tragué saliva y abracé el hocico del dregonilio. Al pensar en Flye, todas las emociones vividas antes del rescate de Cyrone cobraron vida de nuevo: debía regresar a Dregonia, asegurarme por mí misma de que los niños estuvieran bien y exigirle respuestas a Xylo sobre mi hermano.
—Cyrone, ¿cuánto demoraremos en llegar a Riorense montados en Anthoperatus?
Noté que el serafín se estremeció levemente al escucharme. Parecía haber estado observándome en un trance que yo no podría explicar.
—Hasta donde está Faraine, por aire, tardaríamos un día y medio. ¿Por qué lo preguntas?
Levanté la mirada hacia él.
—Creo que Nym está en Dregonia o cerca. Creo que podríamos encontrarlo sin necesidad de esa reliquia.
Él frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—¿De qué estás hablando?
—Xylo sabe dónde está mi hermano. Puedo sentirlo. Hizo este dibujo de él y escribió esto —saqué el papel arrugado de mi capa y se lo pasé a Cyrone, quien lo recibió sin apartar la vista de mí—. Está en un idioma desconocido, parece del oeste de Melcior y, si es así, el señor Crod podrá traducirlo.
—¿El señor Crod? ¿Te refieres al librero? ¿Boldery Crod?
Asentí y lo miré con determinación mientras tomaba el papel de sus manos.
—Llegaremos a Dregonia mucho antes de lo que tardaríamos en llegar a Riorense. Por favor, llévame con él.
El serafín ladeó la cabeza, confundido y renuente a aceptar mi petición, pero pronto debí haber mostrado la expresión más suplicante e irresistible que jamás haya visto. Guardó el papel en uno de los bolsillos de su pantalón y, con las manos libres, me acarició el rostro con ternura.
Trató de contener la sonrisa nerviosa que se le insinuaba en los labios.
—Está bien, si estás tan convencida de que encontrarás algo útil allí, te llevaré a Dregonia. Pero debemos hacerlo rápido. Nadie puede verte.
Sonreí y me acerqué a besarle la mejilla.
—Te lo prometo, nadie me verá —susurré contra su piel.
No podía ocultarlo, estaba muerta de miedo, pero no había nada que deseara más que reencontrarme con Nym, o al menos saber qué le había ocurrido.
Me acerqué a Cyrone, quien me tomó de las caderas y me levantó con facilidad para luego depositarme en el lomo del dregonilio. Él se unió a mí de inmediato y me ordenó que lo abrazara. Al hacerlo, traté de ocultar mis nervios y miedos detrás del placer que me producía su aroma. Su embriagadora y atrayente fragancia como de tierra recién besada por la lluvia había sido irresistible para mí desde el día en que lo conocí.
El dregonilio desplegó sus alas y las batió con fuerza para elevarse del suelo. Mi vientre se retorció cuando subimos a las alturas. Con cada turbulencia o movimiento brusco, la sensación de vértigo me envolvía. Mientras tanto, el serafín mantenía una mano en la cresta del dregonilio y con la otra sostenía mi brazo que lo rodeaba.
Tras un largo trayecto, los chillidos atemorizantes de los dragonartos amenazaron desde el domo. Al detectarnos en las alturas, se desprendieron de la madera y se lanzaron al vuelo en nuestra dirección.
—¡Sube como la última vez! —le grité a Cyrone al ver que no hacía absolutamente nada mientras los predadores se nos aproximaban.
—¿Quieres que la ausencia del cielo nos vuelva a desmayar? Lo que queremos es entrar a Dregonia —me respondió alzando la voz dados los gritos ensordecedores de los dragonartos.
El serafín me obligó a soltarlo y posicionó mis manos en la cresta del dregonilio. No tuve tiempo para pedirle que no me dejara sola, antes de que él se pusiera de pie y pasara por detrás de mí. Grité con todas mis fuerzas cuando los dragonartos se abalanzaron contra nosotros.
El pequeño dregonilio tenía un plan; aprovechó su tamaño para escapar por un espacio diminuto apenas los dragonartos se agruparon para atacarlo. Me aferré con tanta fuerza que no abrí los ojos hasta que el domo de Dregonia estaba peligrosamente cerca. Nos dirigíamos directamente hacia él, destinados a una colisión inminente, pero pronto las vides se expandieron, abriéndose hacia los lados. No necesité mirar a Cyrone para darme cuenta de que estaba de pie, en su posición de poder, controlando los árboles que formaban el titánico domo. Me aferré al cuello del dregonilio, pero el serafín me tomó de la capa y me arrancó de él cuando atravesamos el domo. El estrecho hueco solo permitía nuestro paso, así que el dregonilio, al separarse de nosotros, siguió otro camino alejándose de Dregonia.
Vi a Anthoperatus planeando antes de volver a emprender vuelo en sentido contrario. Mientras tanto, yo caía a toda velocidad. Me cubrí la cabeza con las manos por impulso natural. Esperaba aterrizar en el suelo y romperme un par de huesos, pero en cambio fui recibida por el agua de la ciudadela.
Me sumergí en las profundidades del riachuelo que separaba un islote de otro. A pesar de que el agua mitigó el golpe y evitó que me rompiera algo, pronto recordé que no sabía nadar. Comencé a patalear, pero el susto hizo que aspirara agua y me hundiera más. Casi me ahogo y, cuando mi instinto de supervivencia me impulsó a nadar hacia la superficie, descubrí que un alga se había enredado en mi capa justo cuando había tocado el fondo.
La desesperación se apoderó de mí y ningún movimiento me ayudó en lo absoluto. Pataleaba tratando de salir a la superficie, mis manos se aferraban al cuello de mi capa en desesperados intentos de liberarme, pero era imposible. Cuando creí que no podría salir jamás, Cyrone sacó una daga que tenía amarrada a su muslo y cortó mi capa, tomó mi mano y me guió hacia la superficie.
Caí sobre la ribera como un saco inerte. Mis pulmones ardían ahogados. Tosí y escupí el líquido que había tragado.
—Lo siento. —Se acercó a mí y sobó mi espalda—. Lo siento tanto, nono. Creí que te quitarías la capa al saltar.
—Yo... —traté de decir, pero mi voz se cortó en el primer intento de hablar.
Me despejó el cabello mojado del rostro mientras yo luchaba por respirar con mis pulmones heridos, los cuales se restauraban poco a poco.
—Perdón —murmuré cuando me recuperé un poco. Él hizo una mueca de ternura. Me debía ver muy vulnerable.
—¿Te disculpas hasta por ahogarte? Pues, qué linda.
Solté una risita, pero la dicha se desvaneció rápidamente.
—Cómo pica esta agua turbia —me quejé.
Al mirar a un costado, observé la capa de Cyrone estirada en el pasto. No me di cuenta del momento exacto en que se la quitó, pero había sido antes de sumergirse en el río. Una decisión inteligente, digna de él. Nadar con una prenda tan pesada era imposible y peligroso; podía enredarse y llevar a un destino fatal, como casi me sucedió. Al menos la capa de Cyrone estaba seca. Podría pedírsela para cubrirme y cambiarme la ropa empapada, que ardía en mi piel. Sí, la capa...
—¡Mi capa! —me exalté de pronto, tocándome los cuernos—. Perdí mi capa. ¡Mi capa! ¡Tengo que recuperarla! —grité volviendo la vista al río.
Él negó con la misma decepción que la mía.
—Tu capa está perdida, era ella o tú —me dijo él, y se colocó de pie para mostrarme el lugar en el que estábamos—. De todas formas, podemos aprovechar la oscuridad de la víspera de Cornelius.
Picaba, el cuerpo me picaba con furia. Me rasqué los brazos frenéticamente hasta reparar en lo que el serafín me había dicho. Me sacudí el agua de los ojos y observé a mi alrededor. Todo lo que una vez había sido un bosque luminoso, ahora no era más que una masa infinita de sombras que se extendía a nuestro alrededor. No había ninguna luz, excepto la que provenía de las flores que estaban cerca de mí y que seguramente Cyrone había elegido encender para salvarme de la penumbra.
—¿Por qué apagaste todas las demás luces de las plantas? —le pregunté apenas él se volvió a poner de pie.
—Porque es la víspera de Cornelius, Gyuri —insistió—. Debo dejar a los humanos hacer sus ritos.
—¿Es la víspera de Cornelius? Eso no es cierto. —Me levanté para seguirle el paso.
Cyrone se giró hacia mí, irritado. Era evidente que también estaba sufriendo la picazón.
—¿De qué me sirve mentirte sobre eso?
—¡Pero eso es en una semana todavía! —reclamé.
—Cierto. Olvidé contarte que estuviste inconsciente por una semana. Gastaste tu iridia como una loca —me regañó, y a cada paso que el serafín daba, las plantas a su alrededor se encendían y apagaban.
No podía creer que había pasado una semana durmiendo en aquella cueva. Sentí un gran temor al considerar las posibles consecuencias de mis actos y las represalias que podrían haber tomado contra quienes me conocían ya que, sin duda, los acusaron de esconderme.
Pronto dejé de lado mis preocupaciones cuando avanzamos un poco más por el sendero y divisamos muy a lo lejos el islote principal de Dregonia, donde todos los habitantes se congregaban para celebrar la llegada de un nuevo siglo. Era el fin de Milersar y el comienzo de Cornelius. Cada persona llevaba consigo un farol, irradiando luz propia. En ese momento, eran los humanos quienes asumían el papel de las plantas y los animales, portando candelabros y velas que iluminaban el camino, mientras lucían ostentosos vestidos y túnicas brillantes que destellaban en la bruma.
Iban llegando al islote en botes cuyas velas también estaban hechas de tela luminosa. Las llamas de las candelas se reflejaban en el agua cristalina, disipando las tinieblas. Retrocedí para ocultarme entre los arbustos y evitar ser vista mientras espiaba desde el islote vecino, donde no había alma viva además de nosotros dos.
—Será mejor que esperemos hasta mañana para hablar con Crod. Él debe estar con los demás dregonenses en el rito —susurró Cyrone detrás de mí.
A pesar de que ardía en deseo de infiltrarme entre ellos, de buscar a los chicos del orfanato e interrogar al señor Crod sobre el dibujo, me contuve y respiré hondo para armarme de paciencia.
—Es bonito lo que haces por Dregonia. Me refiero a apagar las luces de las hojas para que puedan llevar a cabo su rito. ¿Qué es lo que simboliza? Aeris me contó un poco —pregunté sin girarme hacia él.
—Es una muestra de cómo la tierra ha extrañado la luz del sol todos estos años. Es un luto.
Permanecí en silencio por un momento, observando cómo los humanos se agrupaban en la oscuridad de Dregonia, agachados alrededor de una enorme hoguera que comenzaron a encender con sus pequeñas velas. Tal y como pude imaginar, la congregación buscaba que los humanos iluminaran la ciudadela en lugar de las plantas y los animales, en símbolo de gratitud.
Hubiera querido quedarme apreciando el paisaje luminoso montado en el gigantesco islote de al frente, pero la comezón en mi cuerpo no cedía. Me rascaba tanto que mis uñas comenzaban a marcar líneas rojas en mis brazos. Resoplé cuando Cyrone detuvo mis manos inquietas y se las llevó a los labios.
—No te lastimes, por favor —susurró contra ellas.
Entrecerré los ojos y reparé en que, al igual que yo, él también estaba empapado.
—¿Cómo aguantas este picor? —le pregunté espantada, intentando de reprimir el ardor de mis poros.
—Soy un serafín, Gyuri. Este picor es como cosquillas para mí. —Su sonrisa, brillante bajo su cabello húmedo y ligeramente iluminado, era encantadora. Lo miré durante unos segundos hasta que me soltó las manos y fue a recoger su capa del suelo.
—Y entonces ¿qué soy yo? —pregunté, indignada.
—Un nono escurridizo —bromeó, levantando la capa y ofreciéndomela—. Ponte esto y deja que tu ropa se seque. Te esperaré en la ribera.
Oculta entre los arbustos, envuelta en sombras, aún mantenía la esperanza de que Cyrone se girara para espiarme, pero no lo hizo. Se había sentado en la ribera y fumaba mientras contemplaba el islote iluminado. Me quité la ropa mojada y la brisa que recorrió mi piel me provocó un escalofrío.
Para secarme, Cyrone hizo germinar grandes flores de pétalos suaves a mi alrededor que también eran medicinales, porque al acariciarme con ellas la textura aliviaba la irritación en mis brazos. Justo después de que me sequé el pecho, el vientre y un poco más abajo, hasta las caderas, los muslos y las pantorrillas, me vino a la mente que Cyrone podría encarnar los pétalos si lo deseaba. A juzgar por su calma imperturbable, parecía que no lo estaba haciendo. Eso no evitó que me ruborizara.
Me acaricié la zona interna de las piernas para secarme y aún en ese momento el serafín no mostró señales de nerviosismo. Sabía que no lo haría, por supuesto que me respetaría y no lo haría.
Aun así, mi cuerpo reaccionaba al roce de los pétalos. Las llamas de imaginar su tacto en esos lugares íntimos encendían y abrumaban mis pensamientos. Me sentía acalorada, quizá excitada, aunque no podía definir con claridad qué era lo que experimentaba.
Al ponerme la capa de Cyrone y abrocharla, llevé la tela a mi nariz y me sumergí en su aroma. Observé la espalda ancha del serafín a la distancia y reparé en cómo la camisa negra se ceñía a sus músculos, delineándolos con una claridad que casi parecía desnudarlo. De nuevo, esa inquietud y esas reacciones incómodas que mi propio cuerpo desataba me atormentaron. Podía ir a besarlo, ¿verdad? Podía acercarme y acariciarlo si así lo deseaba. Esconderme en su cuello y morderlo si quería. Éramos una pareja, y él sentía lo mismo por mí, ¿no era eso lo que había entendido después de aquel beso? La idea me emocionaba tanto que tuve que contenerme para no dar un saltito de alegría y gritar.
Caminé hacia él, envuelta de pies a cabeza en un manto negro y espeso. Él se giró ligeramente, y solo cuando comprobó que llevaba su capa levantó la vista por completo para mirarme.
—Luces agitada, ¿te sientes bien?
Asentí y me senté a su lado. Había sido una ingenua si pensaba que tendría el valor para devorarlo a besos. Su mera presencia me ponía cada vez más nerviosa, como si me hubiera invadido una fiebre incapacitante. No, no era lo mismo; con fiebre me había vuelto más intrépida. Ahora solo tenía la valentía suficiente para rozar nuestros hombros.
Él notó mi conflicto y, al parecer, lo entendió. Con un gesto suave me rodeó con su brazo derecho y me atrajo hacia él.
—Es bueno que estemos llegando casi al final del rito —me comentó Cyrone—. Seremos testigos del evento principal.
El islote se extendía frente a nosotros con una claridad inmaculada. Apoyé la cabeza sobre su hombro y observé la ferviente hoguera a lo lejos, junto con un par de luces titilantes que danzaban a su alrededor. Eran las velas de los habitantes, que ahora parecían irradiar una luz más intensa. Entrecerré los ojos en un intento por distinguir los cambios, pero no fui capaz.
—Tenemos orejas gigantes para escuchar de forma excepcional —susurró Cyrone al verme entrecerrar mis ojos con afán—, pero no tenemos unos ojos gigantes como para ver a esta distancia.
—¿Qué pasará ahora? —Sonreí por la graciosa idea de imaginarnos con ojos gigantes.
—Eres muy impaciente, Gyuri. Debes dejar que te muestren las cosas, y no conformarte con que te las cuenten sin más. Eso es lo que merece una chica como tú. —Me sonrió y depositó un suave beso en mi mejilla, muy cerca del borde de mi labio.
Aquella breve muestra de intimidad me dejó sin aliento. Tuve que apartar la mirada para ocultar mi reacción. Estaba completamente cautivada por él, tanto que la intensidad de mi anhelo resultaba casi ridícula.
Permanecí a su lado en un silencio reconfortante, esperando pacientemente, hasta que la gran hoguera en el islote se extinguió de súbito, sumiendo a toda la ciudadela en una profunda oscuridad.
Me giré hacia Cyrone, pero no pude distinguir su rostro porque él también había apagado las luces de las hojas del roble bajo el que estábamos.
—¿Qué está pasando? —pregunté, sintiendo un ligero temor. Entonces sentí que sus dedos tomaban mi mentón y me giraban la cabeza. Quedé mirando hacia adelante una vez más, y, finalmente, pude verlo.
Diversas luces fueron enviadas a flotar por el río de Dregonia, avanzando como pequeños botes y derramando su resplandor sobre el agua. Se movían con rapidez y eran tantas que pronto llegaron algunas a la orilla en la que estábamos. Al analizarlas de cerca descubrí que eran velas de los dregonenses asentadas sobre soportes que parecían una mezcla de cera y corcho.
—Son estrellas —le dije y Cyrone se echó a reír—. ¿Qué pasa? ¡De verdad parecen estrellas reflejadas en el agua!
—Sí, podría decirse —me respondió, peinando uno de mis rizos—. Pero no son estrellas. Si tú vieras cómo lucen las estrellas en el cielo, te enamorarías de ellas.
Sentí como si mi interior se iluminara al presenciar semejante espectáculo. Aunque no podía ver a los humanos agrupados en el centro del islote, sí podía percibir la marca que habían dejado en el río que les había cobijado durante el siglo de Milersar.
—Esta parte del rito es la conmemoración de cuando el cielo dejó de existir. Los humanos hacen esto para recordar cómo lucían las estrellas —me explicó—. Pero como no pueden reproducirlas en el cielo, pues ya no existe, las recuerdan y las ofrecen al río que es todo lo que tienen.
Lo miré con nostalgia.
—Entonces jamás celebrarían las estrellas si ya las tuvieran. Increíble.
—Puede que tengas razón, Gyuri. La gran mayoría de personas ignoraría las estrellas si las tuvieran. Pero un par de ellas las admiraría todos los días.
—¿Tú serías una de ellas?
—Yo seré una de ellas —me corrigió.
Sonreí y no pude evitar abrazarlo. Él era cálido, siempre, por lo que cada vez que me cobijaba en su abrazo lograba disipar todo el frío que me rodeaba y contenía. Me sentía protegida a su lado. No solo por el calor, sino también por la dureza de sus brazos y de su torso que chocaba al unirse conmigo. De nuevo, aquella indómita emoción, que no podía ser más que el instinto humano —ese que al estar con alguien a quien quieres tanto, no hayas otra manera de saciarte que haciéndote uno con él— intentó movilizar mis manos. Lo deseaba con ansias: quería que él reclamara partes de mí que ya le pertenecían desde el principio, y que se esforzaba por ignorar.
—¿Sabes de qué tengo ganas? —me susurró, sacándome de mi ensimismamiento.
—¿Qué, qué? ¿De qué? —respondí asustada.
Vi como se formaba el hoyuelo en la comisura de su sonrisa. Mis nervios eran evidentes.
—La verdad es que me muero de ganas por contarle a Flye sobre nosotros. Quiero saber cómo luciría una rana en estado de sorpresa pura.
Suspiré aliviada.
—Oh, es cierto. —Sonreí al imaginar sus ojos nublados bien abiertos—. Ya quiero verlo otra vez. ¿Dónde está?
—Pues, en el banquete, ¿dónde más?
—¡¿Me estás diciendo que me perdí de un banquete?!
—Eso no es culpa mía —me regañó, sin dejar de sonreír—. Tú decidiste ir a quemar domos y estrangular comandantes.
—Vamos, pensé que ya no estabas enojado conmigo.
—Debería seguir enfadado contigo, y eso quisiera —contestó—. Te metes en tantos peligros que me desesperas.
—Por lo menos te hago sentir algo —dije con una mueca en los labios—. En venganza por todo lo que me haces sentir tú —murmuré a un volumen casi inaudible.
Una de las velas flotantes encalló a nuestros pies. Cyrone la recogió y la sostuvo entre nosotros, iluminando nuestros rostros con una luz suave. Pude ver sus pupilas lilas y su preciosa sonrisa con claridad.
—Veo que no tienes idea de todo lo que me haces sentir, nono —murmuró en un tono profundo y seductor.
Pude escucharlo.
Sonreí nerviosa, me adelanté y soplé el fuego de la vela que él acunaba para apagarlo. Recordé lo que me había dicho Aeris, lo importante que era el rito para formar parejas. El problema era que yo no tenía una vela para encender la que él tenía en las manos.
—Aeris dijo... pues, ya sabes, que para confesar amor debes apagar la vela de tu amado. Si él corresponde a tu amor, permitirá que encienda de nuevo su vela con la tuya, y entonces estarán comprometidos.
—No me digas todo eso, lo sé de sobra. Estoy esperando que enciendas mi vela, Gyuri.
—No tengo fuego, pero puedo ofrecerte lo que me queda de vida. ¿Quieres compartir tu eternidad conmigo? —propuse y él sonrió.
—¿Sabes lo larga que puede ser una eternidad?
Negué con la cabeza y le sonreí de vuelta.
—Quiero descubrirlo.
El beso que depositó en mi mano fue la confirmación que esperaba. Me acerqué para besarlo en la boca y su cálido aliento inundó hasta el último espacio congelado de mi corazón. Justo en ese momento la vela que sosteníamos entre nuestras manos se encendió con un resplandor exquisito. Una llama revitalizada, evidencia palpable de lo que sucedía cuando la tierra y el cielo se unían.