Capítulo 5 - Caelum
By Gabriela Angulo Vargas
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Me agradaba Entrita. Era un lugar rebosante de vida, donde las criaturas ni siquiera se asustaban cuando chocaba, sin querer, contra todos sus nidos. Probablemente porque sabían que no habría nadie cerca que pudiera hacerles daño. No existían otros depredadores —además de los ruroidos— en esas zonas, dado el frío. Eso me alegraba, saber que Cyrone había creado un ecosistema en el que las plantas alimentaban a los seres que habitaban allí afuera. Se notaba a simple vista al observar las alitas holográficas de los pájaros. Él me dijo que las pieles, escamas y plumas de los animales brillaban porque consumían la vegetación luminosa. No le admití que me parecía una idea asombrosa para alumbrar un lugar sin cielo.
La delicada brisa hacía que los árboles tocaran sus propias melodías. Las hojas marchitas del suelo crujían con cada uno de nuestros pasos, y los curiosos ojos de los marsupiales, colgados de las ramas, resplandecían en la oscuridad y a veces nos saludaban cordialmente.
Todavía no me acostumbraba a oír la voz de los animales, pero por como lo tomaba Cyrone, con tanta naturalidad, concluí que era una habilidad más de los serafines. En Riveria apenas había animales. Estaban los peces, como las ojoletas, mandriones y zurines, que iluminaban el mar de Nalini como faroles escondidos bajo el hielo. Dado que el agua nos separaba, probablemente nunca me hubiera sido posible comprobar si yo también podía hablar con ellos. Lo que estaba claro era que los humanos no podían oír la voz de los animales. Pruebas como esa, simples, pero contundentes, me convencían de que no era una humana, como siempre lo había creído. Mentiría si dijera que aquellos problemas de identidad no me tenían aturdida en el camino.
Cuando llegamos a un riachuelo de agua limpia —uno de los pocos pozos naturales que quedaban—, nos dispersamos en la naturaleza para descansar. Me acomodé en la orilla del arroyo, sumergiendo mis pies descalzos, adoloridos y ásperos tras la larga travesía. Una vez que Flye comprobó que su amo se alejaba, aterrizó sobre mi hombro.
—Usted parece triste. Puedo notarlo porque sus ojitos oscuros no brillan. ¿Qué le sucede, señorita? ¿No le agrada sir Cyrone?
—Él sí me agrada, Flye, al menos la mayoría del tiempo. Es solo que siento cómo mi iridia poco a poco se apaga y eso me aterra. —Me sinceré con él.
—¡Alce esas largas orejas, señorita Gyuri! ¡Hay una familia que espera por usted!
—Pero ¿y si no la hay? —le pregunté cuando se posó frente a mí—. ¿Entonces qué será lo siguiente? Tengo miedo. Nunca había estado en un sitio tan extraño.
Flye me observó encogerme mientras me abrazaba las rodillas y aterrizó en una de ellas para examinarme de cerca.
—¿Usted sabía que antes las ranas no teníamos alas? —me preguntó—. Antes solo nos desplazábamos saltando, de aquí a allá.
—¿Y de dónde surgieron tus alas, Flye?
—El cielo desapareció, señorita Gyuri, y con él se extinguieron las lluvias. No había ríos que me sirvieran de casa. Al igual que los otros animales de Melcior, tuve que adaptarme a las nuevas temperaturas y ecosistemas. Dado que las aguas dulces se habían casi esfumado por la desaparición de lo queconocíamos como lluvia, tuve que encontrar un nuevo hábitat sobre los árboles —me explicó el animal.
Me enderecé un poco y lo miré con atención.
—Digamos que fui obligado a migrar de casa, aunque no quería —continuó diciéndome—. Sus padres ¿cómo se llamaban? —me preguntó después.
Me dolió mucho no saber qué contestar.
—Ellos solo eran mamá y papá. Como éramos los únicos humanos en Riveria, no querían que los llamáramos de otro modo. Ahora quisiera saber cómo se llamaban... Debí haber insistido. —Me detuve y, luego de un silencio que fue respetado por parte del animal, continué—: Es ridículo, ¿no? No sé cuáles son sus nombres, pero sí recuerdo sus voces, sus risas y las razones por las que me regañaban. —Reí un poco. Luego, mi expresión se ensombreció una vez más—. Recuerdo que estaban viejos, por eso yo salía a pescar en su lugar y cuidaba de mi hermano.
—Señorita, entiendo lo que siente. ¿Usted sabe cuál fue el hito que hizo que el cielo de Melcior desapareciera?
—Mi madre nos lo contaba todos los días, sí, el Gran Diluvio.
—El Diluvio Final, el Castigo Definitivo. Así es como le llaman. Antes de que el cielo desapareciera, ocurrió. Mi familia, mi madre y mis ocho hermanos murieron ahogados por la incesante lluvia. O, bueno, no todos... Frank y Bolsier sobrevivieron por un par de años, pero con la sequía y la desaparición de los ríos, perecieron. Yo, gracias a sir Cyrone, pude sobrevivir y evolucionar. Evolucionar para sobrevivir. Y la evolución es dolorosa, señorita Gyuri, pues no es grato que le broten alas cuando su cuerpo no está hecho para ellas. Y yo no quería vivir. Aun así, lo hice.
—Oh... —Lo miré con compasión y tuve el impulso de poner un dedo sobre su pequeña cabeza—. Lo siento tanto —dije. Una sensación de desasosiego me invadió por completo.
Lummina me había ocultado por años bajo tierra, ella había muerto y el cielo había desaparecido. Cyrone sabía dónde estaba, siempre estuvo merodeando, pero no me lo dijo. No trajo el cielo de vuelta, yo no lo traje y ahora tampoco sabía cómo lograría hacerlo.
—No ponga esa cara, señorita Gyuri. Sé que es difícil escuchar este tipo de historias.
Divisé detrás de sus alas que, al otro lado del arroyo, Cyrone se encontraba lanzando piedras para que rebotaran sobre el agua. Esas piedritas podían recorrer antinaturalmente todo el río. De seguro, el mismo serafín manipulaba su gravedad. Me levanté con un poco de resentimiento.
—Cyrone no entiende lo que nosotros sentimos, por eso se irrita con tanta facilidad, no es justo. Él siempre ha sabido que es un serafín, nunca le ha tocado evolucionar, nunca ha tenido que sacrificar nada —mascullé.
—Se equivoca, señorita Gyuri. La verdad, desconozco el pasado de sir Cyrone, pero le aseguro que bajo el vendaje de sus brazos la piel que cubre está completamente negra. La pérdida de iridia en los serafines es una experiencia terrible: su piel se torna oscura y se endurece, dejándolos petrificados. ¿Qué hubiera sido de mí si sir Cyrone hubiese desaparecido? ¿Se lo imagina, señorita? Esta conversación no existiría, al igual que yo mismo. —Flye suspiró, dramático.
—Cyrone se ha jactado de tener una iridia fuerte y poderosa. ¿No? —Fijé mi atención en el vendaje del serafín. Otra vez mi mirada se deslizó hacia su anillo dorado, que reflejaba las luces de los árboles—. ¿Cómo fue entonces que la perdió?
—Ahora lo es, pero creo que alguna vez su iridia fue débil y se apagó. En lo personal, sospecho que él también perdió a alguien importante en su pasado, y por eso se esfuerza tanto en ayudarnos a nosotros. A gente como usted, a ranas como yo.
—Y ¿cómo recuperó su iridia? ¿Cómo volvió a brillar? —pregunté sin ocultar mi curiosidad.
—La naturaleza de los serafines es un enigma para mí. Yo solo me limito a admirarlos, a acompañar a sir Cyrone sin inmiscuirme en los asuntos que él quisiera reservarse —respondió Flye, inspirando un gran afecto en su tono de hablar—. Estoy seguro de que ese es un tema que él jamás querría tocar con nadie. Así que lo respeto.
Comprendí que por más teorías que Flye se hubiera inventado para explicar el renacer de Cyrone, no iba a ser capaz de decirlas en voz alta. El respeto con el que trataba a todos era una de las grandes virtudes que caracterizaban a la pequeña rana voladora. Admiraba su lealtad incondicional y, por ello, preferí no seguir preguntándole sobre el serafín.
—Flye, ¿qué te hizo querer recuperar tu vida? ¿Por qué quisiste evolucionar?
—Mi sueño de conocer Catarbella hizo que mis alitas brotaran. Digo, sir Cyrone me dijo que debía hacerlas crecer para vivir sobre los árboles, pero sé que había otro significado más profundo escondido: para llegar a la ciudad flotante de Catarbella necesitaba alas, por eso me crecieron.
—¿Catarbella? —Fruncí las cejas—. Vi que era un lugar hermoso, pero... ¿a qué se debe esa fascinación? ¿Por qué es tu sueño ir allí?
—¿No lo sabe, señorita Gyuri? Catarbella es el paraíso, el lugar al que todos los seres que fallecieron van para esperar renacer algún día. Allí está mi familia, esperando por mí.
La sorpresa me dejó sin habla, y aunque mis labios se separaron, no fui capaz de decirle nada. Hace unos días ni siquiera estaba segura de que ese lugar existiera.
—El problema es que los animales mortales no podemos llegar allí en vida —añadió Flye a su relato.
—Pero ¿no dijiste que eras un animal celestial?
—¿Animal celestial? Si es una simple rana —respondió Cyrone desde el otro lado del riachuelo, en un tono lo suficientemente alto como para espantarme.
Me volteé y me puse de pie, chapoteando de la indignación.
—¡¿Cómo escuchaste lo que dije, si estás al otro lado del arroyo?!
Cyrone me dedicó media sonrisa y se levantó para darnos la espalda. Se marchó sin dar una respuesta.
—¡¿Estaba espiando nuestra conversación?! —grité, esta vez dirigiéndome a Flye.
—Creo que sí. Los serafines de la naturaleza y la naturaleza son una sola cuestión. Lo que oyen las plantas, lo oye sir Cyrone, lo que percibe el aire, lo siente la señorita Neblina. Eso no quiere decir que puedan oírla con facilidad en cualquier momento o lugar, sino que deben localizar con exactitud qué corriente de aire o qué pequeña planta deben encarnar para escucharla. Probablemente sir Cyrone haya escogido alguna de las hidrófitas del riachuelo que tiene frente a usted.
El terror me recorrió el cuerpo cuando observé esas plantas acuáticas que yacían cerca de mi pie. Definitivamente iba a cerrar la boca para siempre, porque todo a mi alrededor estaba lleno de plantas y árboles. Solo quería un momento de privacidad.
—¿Y sabe por qué usted puede comunicarse con un simple animal como yo? —siguió diciendo Flye—. Es porque los serafines no discriminan. Protegen a todos los seres vivos, por tanto, pueden hablar con todos ellos. Perdóneme por mentirle; a veces me gusta fantasear con que soy un animal celestial, pero solo soy una rana.
Suspiré, abandonando la ira, y acomodé un mechón de cabello rizado detrás de mi oreja.
—Tan solo ignoraré lo que él dijo. Para mí sí eres un animal celestial, Flye.
La rana me sonrió en su peculiar forma.
—Gracias, señorita. Usted es muy bondadosa. Le aseguro que también tendrá una nueva oportunidad para que le crezcan alas como las mías.
✦ ✦ ✦
Caída la noche —entendiendo por «noche» aquel momento en que las luciérnagas se escondían y la oscuridad se hacía aún más evidente—, hicimos una fogata para pernoctar. Flye recopiló palitos y trozos de pastizal para construir un nido en lo alto de un árbol y descansar en él. Reposé mi libro rojo en el suelo, cómodo entre la hierba, y me senté a su lado. Cyrone me lo había entregado antes de continuar nuestro camino.
En aquel momento solo estábamos nosotros, los dos serafines, uno frente al otro. Mientras Cyrone centraba su atención en la fogata, esforzándose por intensificar las llamas, yo contemplaba la alborotada danza del fuego. Acerqué mis pies para calentarlos. Me quedé viendo el amarillo hasta que mis ojos comenzaron a fatigarse, preguntándome si acaso existía un serafín del fuego. Si no lo había, ¿quién de nosotros lo había creado? ¿Cómo pudo haber sido creado? A pesar de tener a Cyrone frente a mí, todavía no sentía la confianza para hacerle ese tipo de preguntas. Con toda probabilidad, me miraría como si fuera una tonta. ¿De verdad te haces una pregunta tan obvia?, me lo imaginé diciéndome. Por lo tanto, me callé.
Con eso en mente, no pude evitar observar al frívolo serafín, que cogió un palo hueco cuya punta encendió con la fogata. Luego, se lo llevó a la boca, lo aspiró y dejó salir un humo.
Arrugué mi nariz y disimuladamente me la cubrí. Cyrone me mantuvo la mirada, hasta que volvió a llevarse el palo a la boca para seguir quemando lo que había en su interior. ¿Lo estaba... aspirando?
Lo observé de vuelta, con una mirada directa y el entrecejo fruncido, desafiando su intento de intimidarme.
—¿Qué miras?, ¿acaso el ambiente es tan aburrido? —preguntó.
—No —suspiré—. Tú eres aburrido. Estoy esperando que me digas algo, lo que sea —respondí.
—Oh, estás esperándome. —Sonrió—. Entonces siéntate, cierra los ojos y la boca. Tal vez diga algo.
Abrí la boca, disgustada, y miré hacia el otro lado, orgullosa. Aunque lo intenté, no pude detener mi conflictiva lengua y dije:
—Veo que entre tus miles de habilidades no está la de tener sentido del humor.
—¿Quieres que te entretenga? —espetó, provocando que el humo se expandiera a su alrededor—. Se supone que soy el serafín de la tierra, ¿también quieres que sea tu bufón?
—Eres un antipático.
—Hm. Creo que me han llamado así alguna vez. ¿Me das un momento para recordarlo? —Volvió a inhalar para luego contaminar el ambiente con más humo.
—Oh... —Reí con desdén—. No necesitarás mucho tiempo; debe ser la única forma en la que te han llamado. Además de antipático, apestoso. Ese palo que quemas huele horrible.
Enseguida me aclaró que no se trataba de un palo, como yo creía. Me explicó que lo que llevaba en su interior era una hoja que se combustionaba al contacto con el fuego. Un cigarrillo, lo llamó.
—¿De dónde lo sacaste? —le pregunté.
—Los humanos lo crearon.
—¿Entonces tienes contacto con los humanos?
—Como serafín de la tierra no me queda otra que comunicarme con los humanos. Son una especie más de animal.
Antipático.
Se me quitaron todas las ganas de seguir socializando con él, así que callé y acerqué mis manos entumecidas a la fogata.
—Oye, Gyuri —volvió a hablar el serafín luego de aplastar el cigarrillo en la tierra y echar el resto al fuego—. Hay algo que no te he dicho sobre los humanos.
No respondí, pero le dirigí una mirada cansina para hacerle saber que lo estaba escuchando.
—No puedes hablar con ellos. Ni por el más mínimo motivo debes dirigirles la palabra.
—¿Por qué no?
—Porque eres una serafina y si no tienes cuidado serás peligrosa para ellos.
¿Peligrosa, yo? Lo miré incrédula. ¿Acaso me había visto siquiera aplastar una maripolilla?
—Escucha. Los humanos creen que los ángeles son seres preciosos, brillantes, con alas y aureola —continuó Cyrone—. Nosotros no brillamos, tenemos orejas largas sin pelo y cuernos de chivo. Si les dices que somos serafines, ellos no lo creerán y querrán matarte.
—¿Y qué peligro habría para ellos, si son ellos los que querrán matarme? —Le respondí con otra pregunta.
—Tú eres mucho más poderosa. Con una sola palabra puedes destruirlos, aunque no lo quieras. Está en tu naturaleza. Si ellos intentan matarte, tú siempre vas a ganar.
Me callé por un momento. Yo jamás había lastimado a mis padres o hermano, si es que eso quería decir, en cambio él...
—¿Sabes, Cyrone? El que debería alejarse de los humanos eres tú. Eres un verdadero peligro, destruyendo ciudades como si no fuera nada.
—Buen argumento, pero no te preocupes; Riveria ha sido la única ciudad que he destruido.
Lo miré con rencor, y él me observó de vuelta.
—Otra vez pones esos ojos de cachorro enfadado. —Entornó los suyos—. Tienes que comprender la razón por la cual lo hice. Neblina no es alguien fácil de contener, debía enterrarla en el subterráneo para dejarla atrás.
Lo miré con más odio.
—No soy un cachorro al que puedas tratar como quieras —le respondí—. Si lo fuera, ya te hubiera mordido esas horribles manos vendadas que traes.
¡Lamentablemente, resulté ser una serafina del cielo!, grité en mi mente, sin poder creerlo todavía.
Cuando un silencio incómodo nos hizo callar a ambos, solté un resoplido que fingía ser una risa. Él me miró con atención, inseguro por no entender qué me causaba gracia. Lo cierto es que no había razón para reírme, pero el pecho me dolía. Me levanté de mi lugar cuando empecé a hiperventilar.
—Iré a tomar un poco de aire. El humo me está agobiando.
Me puse de pie, avancé al lado de él y, cuando lo rebasé, mi expresión facial cambió; estaba abrumada, quería explotar, llorar como un humano. Pero no lo era, nunca lo había sido. Mi ciudad ya no existía. Contener todo eso dentro de mí me estaba pasando la cuenta.
—Malditos indecibles, oh... Maldición —susurré abrazándome a mí misma mientras caminaba.
La frustración viajaba a través de mi sangre, buscando salir. Tengo miedo, ya no puedo ocultarlo más, replicó mi mente. Extrañaba tanto la iluminación de Riveria, en especial los colores que solía ver en el techo. El celeste era aburrido, pero lo añoraba como si fuera una atracción maravillosa. No quería ver un inmenso sinfín de vapor y neblina por encima de mi cabeza. Quería ver el brillo de algo más.
Caminé a través de un pasadizo de árboles donde las hojas caídas, secas y coloridas se rompían bajo mis pisadas. Avancé con los brazos cruzados, andando sin saber hacia dónde me dirigía. Arrugué la frente cuando percibí otro par de pisadas tras de mí, siguiéndome el rastro. Me detuve sin voltear a mirarlo.
—¿Me vas a seguir?
Él se detuvo, y de pronto lo escuché moverse. No tenía idea de qué estaba haciendo Cyrone, ya que no podía verlo, pero a mi alrededor comenzaron a brotar flores de color blanco. El pastizal seco a mis pies empezó a brillar, humedeciéndose para luego parecer congelado. Las luces de los árboles eran un poco más radiantes, mutando de colores cálidos a colores fríos y pálidos, como el cian, el turquesa y el celeste.
Sorprendida, me volví hacia Cyrone. Tenía una expresión que no creí que él fuera capaz de mostrar.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
—Perdón —dijo—. No he sido bueno contigo, aunque quiero ayudarte. He sido mezquino. Te he tratado mal aun cuando lo has pasado peor. No soy bueno para esto. Ojalá pudiera explicarte por qué me es tan difícil relacionarme contigo.
Sonreí con melancolía y volví a darle la espalda, sumiéndome en el paisaje que él había creado para mí.
—Parece que sí tienes un corazón —le respondí.
—Pues sí, a veces —contestó él, en un tono que me hizo notar que estaba sonriendo.
—Estas flores se parecen a las que había afuera de mi casa... —dije rodeándome otra vez con mis brazos, como si el frío de Riveria me estuviera envolviendo—. Aunque me hace feliz verlas, me duele. Quisiera llorar. Recuerdo que Nym lo hacía cuando algo lo ponía triste. Qué envidia, ¿no? ¿Lo has sentido?
Cyrone avanzó hacia mí y se detuvo a dos pasos de distancia.
—La serafina del cielo puede hacer llover. Creo que eso es lo más parecido a un llanto. —Lo miré confundida—. Los serafines no pueden llorar, ¿verdad? Tampoco podemos expresar otras emociones, porque nuestros cuerpos son ficticios. ¿Sabes lo que somos? La naturaleza. El cielo, la tierra, el aire y el mar. Por eso puedo oír a través de las plantas. Cuando me enojo, desato terremotos de escala. Y hay otras emociones más, inexploradas por mí, quizá.
—Flye me dijo algo como eso, pero yo no sé usar mis poderes. No puedo hacer llover. Soy un chiste como serafina. ¿Por qué Lummina me abandonó a mi suerte? ¿Por qué no esperó a enseñarme para morir?
—No eres un chiste, pronto podrás utilizar tus poderes, ya verás.
Cyrone miró a su alrededor, intentando hacerme ver lo que había construido para mí.
—Mira todo esto. Riveria tenía estos colores y estas flores, lo recuerdo muy bien. Puedo recrearlo para ti cuando lo necesites, durante todo nuestro camino. Y cuando encontremos a tu familia será pan comido para mí restaurar Riveria hasta el último rincón.
—¿Por qué te esfuerzas tanto por ser amable conmigo?
—No estoy esforzándome por ser amable, al menos no a propósito —respondió, iniciando su camino de regreso—. Es solo que me gusta mantener mis promesas.
Se detuvo y me miró serio. Negué con la cabeza y esbocé una sonrisa. Seguro que a él le dolía sonreír por mucho tiempo.
—Ven conmigo de vuelta a la fogata, los animales salvajes se ven tentados cuando hay una presa fácil.
Suspiré, sin abandonar mi sonrisa.
—No le hables así a alguien de tu misma jerarquía —bufé.
Reí y lo seguí de vuelta, echando una última mirada a la pintura viviente de mi hermosa Riveria.