Capítulo 12 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Gala sostenía la mano de Adele, que dormía plácidamente en la cama de la habitación de hospital con el suero puesto y el peligro superado. Tenía los ojos enrojecidos de no haber dormido y el susto corriéndole por las venas; a cada respiración, se recomponía de haberse imaginado, aunque solo fuera por un segundo, perder a la pequeña. Aquella noche sintió por primera vez ese pavor desconocido que, de un soplido, elimina todas las arrugas de expresión del rostro y convierte tu vida en un aliento. Todo se reduce a un instante, a un chasquido de dedos para que el tsunami llegue a tu vida, anegando sin compasión. Observaba a la pequeña: la sonrisa dibujada en su rostro, la respiración profunda, de oleaje de sábanas y pierna suelta. Todo había quedado en una travesura, en un inconsciente juego de niños al que, ignorantes del peligro, se entregaron por sus deseos sin medir las consecuencias. Un desmayo en estado comatoso por sobredosis de hipogluceicos; es decir, por ingerir píldoras para diabéticos sin medida. Así de sencillo. Así de complejo al mismo tiempo es comprender las locuras de los demás sin pedir explicaciones. Una simple analítica dio con el diagnóstico junto con la confesión del pequeño cómplice, Marc, que mostró con un llanto de desesperación las pastillas a la doctora. Las había tomado prestadas del abuelo —un día la abuela se confundió con las suyas de la tensión y le dieron unos mareos—. ¡El plan perfecto! Adele y Marc no deseaban que se acabara el viaje y, para alargarlo, pensaron en enfermar a la pequeña. Cuando se es niño, el fin siempre justifica los medios y lo último en que se piensa es en las consecuencias, porque apenas se sabe de peligros.
¿Quién puede juzgar a quien lucha por sus deseos? En esa sala de espera, cada uno reaccionó como pudo a la gamberrada infantil. Gala sintió una punzada en el estómago; Julianne, retenida por Amat, reprimió a la fuerza un par de bofetones para el chaval, pues no había excusa para semejante memez imberbe. Marc se derrumbó por arrepentimiento, culpa y desesperación de imaginar que algo malo pudiera sucederle a Adele. Se refugió en los brazos de Amat, que consoló a su sobrino invadido por el miedo de la incertidumbre. Fueron pocos minutos, pero a todos los presentes aquella madrugada se les paró el corazón. Gracias al bendito o a quien fuera, todo quedó en suero azucarado y noche de hospital en observación. Nadie quería abandonar el lugar, nadie quería salir de la habitación; nadie quería dejar a Adele, pero la única que permaneció fue Gala, su madre, su amor verdadero que incluso desde la eternidad seguiría velando por ella.
Amat se llevó al resto a La Muga y comunicó a la llegada las buenas nuevas, velando así por la tranquilidad del sueño de todos. La fiesta había terminado y casi todos se estaban recogiendo. Marc estaba castigado, Kate y Joana sobrepasadas por el susto y los demás demasiado bebidos o agotados como para seguir con la fiesta. Todos deseaban la retirada y el silencio tras la tormenta y el susto.
Amat plegó velas y se refugió en casa, buscando su tiempo para recolocar lo ocurrido en esas horas. No pudo pegar ojo, no tuvo ni quiso más compañía ni ruido que las llamas del intermitente fuego de la chimenea. Apenas veinticuatro horas para que Gala saliera de La Muga rumbo a Nueva York y poco quedaba por hacer más que asumir que nuevamente se había perdido en el amor improbable o imposible que deja el alma en una orfandad de costoso consuelo. El crepitar de la madera con las llamas aliviaba su mente que, atormentada, había puesto en marcha la rueda de los infortunios sin poder remediarlo.
Nalda trataba de conciliar el sueño contando, como si fueran ovejas, los ronquidos de su Vicente que, con el poquito de exceso de alcohol, cayó inconsciente en apenas medio minuto. La Roja siempre había admirado esa capacidad de desconectar de su marido; ella intentó varias técnicas y, después de mucho probar, se quedó con la de contar ovejas, ronquidos o lo que fuera, pero contar. Esa noche no surtieron efecto sus cuentas, pues sabía que el sueño no la vencería ni aunque lograra alcanzar el número infinito. Ya era demasiado vieja como para no diferenciar las noches de vigilia y esa era una de ellas. Observó a su hijo escondido desde lo alto de las escaleras y comprobó sin sorpresa que, para Amat, también aquella noche era de las de severo insomnio. Dudó en acercarse y acompañarlo, pero se retuvo, porque sabía que no podría mantenerse en silencio. Ser madre es tocar el cielo y el infierno desde la eternidad; ninguno de los dos tiene fin ni medida y la existencia se convierte en un desdoblamiento indivisible: mujer, madre y, a modo de vagón equipaje, se queda la amante. Ella pertenecía a otra época, pues aunque había aprendido a pisar el mundo con sus modernidades, conocía muy bien la importancia de reconocer los propios límites y, entre sus nietos y ella, al igual que generaciones había distintas programaciones de creencias y valores.
Amat había nacido para amar, pero no con el aprendizaje de superar los zarpazos del supremo sentimiento. Su naturaleza física era de gigante, de fuerza bruta, pero su interior pertenecía a seres de cristal que con poco se estrían. Era un ser delicado en un armazón de salvaje amaestrado al que hay que saber leer más allá de las palabras. De sus hijos, Amat era el preferido de Nalda. Se permitía reconocerlo solo en privado y sin verbalizarlo, pero sus arterias compartían esa certeza de la imposibilidad de querer por igual; lo mismo le pasaba con sus nietos y Marc. Apenas veía al resto y su escasa necesidad de ser abuela le evitaba malos sentimientos de culpabilidad por esas ¿ingratas diferencias?
A Amat y Marc les separaban generaciones, pero tío y sobrino estaban cortados por el mismo patrón y, de distinta manera y experiencias dispares, se entregaban al amor sin red. La Roja sufría por ellos y aquella primera noche del año 2013 en especial, porque los dos habían recibido una estacada en el corazón. Al pequeño le venció el sueño entre lágrimas de impotencia por haberse despegado de Adele, por no permanecer en el hospital junto a su amiga. Lloró con los primeros rugidos de enamorado que azotan por alejarse o por miedo a perder a su amada.
—Em trobo malament, àvia… (—Me encuentro mal, abuela…)
Nalda no quiso consolarle con aprendizajes que da la experiencia. Ni le reprendió por la locura que habían armado los dos pequeños. No le gustaba teorizar, era partidaria de la escuela de la vida y de poco prevenir males venideros. Marc era suficientemente sensible como para captar las graves consecuencias de su travesura. Acarició a su nieto y le ofreció el único consuelo que supo: cariño, poco más a la espera de que Morfeo se lo llevara a sus mundos. Se alegró de que fuera compasivo y no tardara mucho en llevárselo a descansar.
Con Amat fue distinto, aunque también prefirió callar y contemplarlo desde la distancia. Presa de la impotencia, se decidió por entretener la cabeza a base de sudokus, un pasatiempo que un listillo japonés había inventado para detener las mentes cada vez más enfermas de estrés. A ella, los números le daban sueño. Al final, contar del uno al nueve fue la solución aquella noche para quedarse dormida en uno de los sillones orejeros del distribuidor.
A pocos metros de allí, en Can Xatart, y también en el viejo orejero, Julianne se había quedado en duermevela después de comprobar que Kate viajaba por otros mundos. Encendió varias velas y pasó lo que quedaba de noche en compañía de los recuerdos y los deseos de futuro. No le costó tejer sus deseos en una sábana invisible que la abrigó esa primera velada de 2013. Pensaba en su hija, en su nieta Adele, excedida de su propia travesura. Se refugiaba en aquellas paredes que antaño la acogieron con sumo respeto, pero con cierto temor por haberse llevado lejos algo querido por esa tierra: Román. En esos tiempos, ella era una joven engreída y enamorada que pensaba saberlo todo de la vida, pero no conocía otra cosa que caminar entre algodones. La Julianne de entonces no supo descifrar la tristeza de aquella gente, el anhelo de su amado por su tierra, por su familia, por los campos y los cielos de ese Ampurdán que se esconde de los extraños y llama a la tramontana para limpiar las desdichas.
Sentada en ese viejo orejero, Julianne tuvo uno de esos momentos de lucidez, esos fogonazos de la mente que, si decides negarte a ellos… estás perdida. Como cuando no evitó que Gala se fuera al internado y decidió vomitarlo todo… Julianne sintió la misma sensación de verdad, de destello certero al imaginarse en esa tierra, extrañamente feliz de estar en ¿La Muga? En ese atisbo de locura y lucidez supo que, quizá, ese podía ser su lugar, al fin y al cabo. Cuando renegamos con tanto empeño, solemos enterrar miedos profundos, y Julianne había cavado muy hondo para dejar aquel lugar soterrado en el olvido. Sin embargo, después de tantos años, por socorrer a su hija, por evitar el desastre, viajó de nuevo a La Muga y, aunque la evitó, el propio Román le enseñó de nuevo el camino para volver y ¿por qué abandonarla?
Se frotó los ojos, intentó recomponer la cordura y pensar con la claridad a la que se debía. ¿Dejar Miami e instalarse en La Muga? Eso no podía ser más que un pensamiento desbordante de una noche de vigilia, de una sobredosis de emociones. Necesitaba cerrar los ojos, descansar y dejarse de cavilaciones inconexas. Se recostó y, en un parpadeo furtivo antes de coger el sueño, le pareció percibir una silueta en penumbra sentada al pie de la escalera y apoyada en la pared. Se sobresaltó al pensar que su Román había decidido salir de la tumba de nuevo para visitarla otra vez. ¡Nada más lejos de la realidad! No era un fantasma, sino su nieta Kate en silencio, temblando de frío contemplando a su abuela, extrañada de que no durmiera a esas horas.
—Is everything all right, grandma? (—¿Va todo bien, abuela?)
Julianne se levantó con dificultad y fue hacia su nieta para cubrirla con un enorme chal de lana. Todo estaba en calma, pero la realidad de cada una se había transformado y era imposible volver a atrás. Ninguna de las cuatro eran las mismas; aquella tierra las había labrado de experiencias difíciles de olvidar y, aunque «everything is all right» («Todo va bien».), nada era lo mismo. A Kate le preocupaba su hermana Adele, se había despertado sobresaltada por una pesadilla y se asustó de no verla dormida en la cama de al lado. Recordaba que se había quedado con su madre en el hospital en observación; recordaba que el peligro había pasado, pero no ver a su abuela en la cama y encontrarla en el viejo orejero la dejó con la sospecha de que los mayores no contaban a los niños la verdadera realidad.
—Si algo malo estuviera pasando, me lo dirías, ¿verdad?
Julianne afirmó con la cabeza. Tan solo afirmó, porque no se vio con fuerzas para aseverar tal gesta de valientes: mostrar la realidad sin maquillaje, aunque fuese de una crueldad despiadada. Kate estaba con el cuerpo pesado del agotamiento y la piel todavía erizada de una pesadilla pasajera. No quería estar sola, ni dormirse para evitar un mal sueño de cuerpo frío. Julianne la invitó a acompañarla en esa noche de duermevela, de pensamientos locos y alucinaciones varias.
—I want to go home, grandma… (—Quiero ir a casa, abuela.)
Soltó el comentario mientras recolocaba el fuego para prender la llama. Le gustaba ese lugar, pero ella prefería volver a casa y a las comodidades. Necesitaba ver a sus amigas, a las Gotham Girls, ver a su padre y pasear por Central Park en patines los viernes por la tarde. No quería parecer una desagradecida, pero ella pertenecía al otro mundo: al de los coches, las luces de neón, los cafés llenos de gente, los edificios infinitos, la mezcla de razas, de colores, de música y el ritmo frenético. Le gustaba La Muga, pero su sangre hervía con otro paisaje. Necesitaba la urbe, sentir que la polución manchaba su rostro y el peligro asaltaba las libertades de jugar en las calles sin riesgos. Sabía que iba a echar de menos a sus amigos: a Joana y Aleix, pero ella era de Nueva York; le gustaba esa ciudad que nunca dormía, y no le apetecía perderse la ocasión de vivirla de adulta. Ella soñaba con las fiestas, la libertad de movimiento y la locura de la que muchas Gotham Girls mayores le habían contado en tantas tardes de cerveza escondida y cigarrillo. Esa tierra le había ofrecido muchas cosas, incluso sentir que la piel se eriza ante la sola presencia de alguien. Al igual que el deseo puede aflorar en forma de tristeza por la ausencia de alguien. Kate percibió tenuemente las mieles del poder de la atracción, de gustarse y gustar. Aleix, su primer enamorado, del que seguramente tardaría muchos años en reconocer que así fue, porque su esencia todavía era demasiado salvaje, demasiado libre para abrirse a las fauces del amor.
Julianne escuchó las confesiones de Kate, el alegato en defensa de su hogar, que no era otra cosa que un rechazo a la negativa de su hermana a volver. Kate no comprendía cómo Adele había sido capaz de haber puesto en riesgo su salud con tal de quedarse en La Muga. Nada de lo que podía pensar tenía suficiente peso como para comprender la locura de su hermana. Aquel lugar, aunque rodeado de misterio, belleza y encanto, no dejaba de ser un pueblucho de casas de piedra que, a distancia, parecen semiderruidas, poco modernas y muy vintage, pero del original. Kate se sentía mal por no haberse dado cuenta de lo que su hermana estaba tramando, y traicionada por Adele, por que no se lo hubiera contado. «¿Habría sido capaz de morirse sin decir nada?». La pequeña no había puesto la cabeza en medir los riesgos, solo en ver los objetivos, aunque para el resto fuera una locura. Julianne se había dado cuenta de que Marc y Adele se habían encontrado, se habían aliado para seguir un tiempo más juntos, disfrutando de su compañía y del mundo que ellos construían con su intimidad y recelo.
—Cuando encuentras el amor o este te encuentra a ti… La vida ya no es la misma.
Kate miró a su abuela tratando de entender, deseando hallar consuelo, pero su entendimiento carecía de ese cromosoma que se incrusta cuando el amor penetra más allá de la piel. No depende de la edad, sino de la intensidad y lo dispuesto que se esté a recibirlo. Adele, a diferencia de su hermana, se entregó a él sin dudarlo, feliz por haber encontrado el sentimiento supremo al lado de su primer cómplice. Kate llegó a sentirlo en el roce de su piel, pero sus poros permanecían demasiado cerrados como para traspasar más allá del placer de saberse deseada y desear. No le había perforado el alma, en cambio a su hermana sí, y Julianne se había dado cuenta de ello. Las generaciones heredan de sus antepasados, en forma de hilos invisibles, emociones retenidas entre una vida y otra. Adele estaba conectada a esa tierra como también lo estaba su hija Gala, aunque no fuera tan consciente de ello. Ella había sido toda la vida como Kate. Había vivido en la urbe, en las comodidades de los excesos, los campos de golf, los masajes y el mundo de un prefabricado Miami que, si tienes dinero, te ofrece el paisaje deseado. Se había pasado media vida construyendo decorados falsos para maquillar su desazón, su poco pulmón; su infinita tristeza por haber perdido y no haber sabido encontrar más allá de un amor.
Kate seguía enumerando las infinitas ventajas de vivir en Nueva York, había descubierto que era una patriota como su padre, que adoraba a Brad Pitt y que, al volver a casa, vería Born on the Fourth of July en honor a Tom Cruise y todos los americanos. Julianne sonreía con cada ejemplo de su nieta; se ratificaba al comprobar que, de la desesperación, brota siempre el sentimiento patrio. A ella le sucedía extrañamente lo contrario que a Kate y, con cada motivo para volver, ella encontraba uno para rebatirlo. Dejó de escuchar a su nieta y se perdió en los pensamientos locos de arreglar esa casa y hacer de esa tierra su hogar. Hacía falta algo de dinero para aclimatar con ciertas comodidades ese lugar, pero le divertía la idea de hacer por su hija esa locura y por ella misma un cierre de círculo. Nada la ataba a Miami, tan solo apartamentos, tierras y cuentas bancarias que, con buenos gestores a buenas comisiones, se solucionaban sin esfuerzo. ¿Acaso estaba perdiendo la cabeza? La idea de quedarse allí le parecía una sinrazón de las de antaño, como cuando se enamoró de Román y se enfrentó a su familia, como cuando se casó con él y pocos creyeron en ese amor. Julianne volvía a su esencia de hacer y sentir más allá de la norma, de lo dicho y esperado por el resto. Ella había nacido diferente en una familia, los Marlborough, que se prodigan en la corrección y las buenas maneras. Julianne estaba cansada de seguir con esa vida de postizos, vanidades y lujos más allá del apellido. Ella deseaba el lujo, pero necesitaba lo sencillo para sentirse en paz con ella y el universo. Era todavía joven y necesitaba un cambio de vida; aprender a vivir, a agarrarse a la tierra, a sus olores, a sus frutos y virtudes. Necesitaba salir del corsé y volverse… ¡una empresaria!
—¡Voy a encargarme de VellAntic!
Kate interrumpió su discurso pro Nueva York y enmudeció al repetir para sus adentros lo que parecía que su abuela acababa de decir. La miró con extrañeza, buscando razón en sus palabras. Julianne se tapó la boca con las manos y miró a su nieta, como cuando una adolescente acaba de confesar un secreto. Kate no le encontraba ni la gracia ni el sentido. ¿VellAntic?
—Estoy pensando en quedarme a vivir en La Muga.
La que se llevó las manos a la boca fue Kate, que no abrió más los ojos porque no pudo. Lo primero que pensó fue que su abuela estaba borracha y no atinaba con su discurso, pero se percató de que ni el pulso ni la barbilla le temblaban. ¿Estaba hablando en serio? Kate enmudeció, esperando continuidad, una explicación a la bomba que acababa de lanzar su abuela. No era nada creíble, conociéndola todo podía ser fruto de un pensamiento loco y pasajero.
—No creas que es una locura más de tu abuela. Lo digo en serio, pero no se lo cuentes a tu madre.
Kate tuvo la certeza de que su abuela hablaba con su verdad y que, fuera una locura o no, estaba planteándose dejar ¿Miami por La Muga? No pudo evitar sonreír y pensar que en dos días estaba abandonando esa tierra y regresando a su Miami, pero ni quiso ni supo responder a los planes confesados de Julianne. Al fin y al cabo, era suficientemente mayor como para decidir sus propios planes, y quedarse en La Muga podía tener sus ventajas para ella y su hermana Adele.
Dejaron que el fuego se quedara en brasas y que lo confesado tomara el poso de la vida. Kate se envolvió con el chal y, sin apenas remediarlo, cayó fundida en el sofá, mientras su abuela se extendía en detalles de cómo había visualizado su nueva vida.
Julianne, como Gala, Amat y Nalda, no pudo conciliar el sueño aquella noche de besos a escondidas, travesuras de enamorados y sueños confesados. El final, como el principio, volvía a estar cerca y poco más quedaba más que prepararse para la despedida.
No pudo evitar ir a visitar su tumba y derrumbarse ante ella por echarla de menos y arrepentirse del brote egoísta y caprichoso del día anterior. Julià se escondió y sonrió al ver cómo Gala recogía la llave de debajo de la piedra y, como una más del pueblo, abría el portón del cementerio para visitar a sus muertos. No quiso ser visto, ni interrumpir la visita: los Xatart parecían llamar a sus muertos con más esmero que el resto.
Gala se dejó llevar por la necesidad de despedirse, buscando la aprobación de su abuela para abandonar esa tierra y recoger la suficiente fuerza como para enraizar su vida más allá de los deseos de los otros. Sin juzgarse, comenzó a murmurar palabras que fueron sumando frases y se convirtieron en un monólogo sentido a su abuela, en un hasta siempre lleno de agradecimiento por su valentía, por sus escritos, logros… y lleno de orgullo por ser su nieta.
—Abuela… Como tú hace años, me siento igual de extraña hablándote. Me hubiera encantado tenerte en vida y sentir cómo tu fuerza me ayudaba a ser más yo, a sentirme más capaz de luchar por mis propios deseos. Si te soy sincera, necesitaría un tiempo de silencio; un tiempo sin hijas ni obligaciones para pensar en mi futuro. Estoy tan perdida… Nunca he tenido nada claro… Ahora solo sé que todo ha cambiado. Este viaje nos ha cambiado la vida a todas y ya nada es lo mismo. Seguro que me habrías animado a dejar a Frederick, a vivir… a sentirme viva… a dejar los miedos… Abuela… ¡estoy tan perdida!
Gala se encalló con las palabras por el propio miedo a volver, a retomar su vida, a hablar con Frederick, con sus hijas y de sus hijas, a construirse la vida a su gusto, a ganar cintura y recuperar espontaneidad. Se quedó un buen rato a pie de tumba, como esperando la respuesta de su abuela, ansiando que le señalara el camino, que la animara a construir al pie del precipicio; a sentir la vida con el respeto del buen vértigo. Se llenó las manos de tierra y, con los ojos enrojecidos por el llanto, cubrió la tumba de su abuela con varios puñados de tierra, murmurando un eterno agradecimiento, sintiendo cómo ese lugar también le pertenecía y la llenaba de orgullo. Agradeció a su madre la locura de desear quedarse, de arreglar la casa y ser la socia de Amat en VellAntic. No era capaz de ver si aquello tendría un buen final, pero su explicación le pareció convincente, y ella ganaba seguir conectada a sus raíces. Reconocía a pie de tumba que la locura transitoria solo provoca males, y sellar con Riudaneu la venta de todo había sido un golpe de enajenación repentina. Se alegró de tener a su madre cerca, de que quisiera construir una vida en la tierra de su amado; que quisiera quedarse de guardiana de aquella lejanía… Al principio le sorprendió su decisión, pero enseguida leyó en ese acto un golpe al destino, aquel que siempre se cree el dueño y nunca espera ser redirigido. Ella no estaba preparada para vivir en aquella tierra; no podía alejarse de Nueva York, no veía a sus hijas en aquel lugar, aunque con toda seguridad sabía que se adaptarían y encontrarían la felicidad. Pero primero debía desarmar, para armar con serenidad su nueva realidad y la de sus hijas. Frederick y ella debían hablar, debían llegar a acuerdos por el bien de las niñas… Todo debía recolocarse, el cubo de Rubik tenía que tener cada cara con su color.
Amat esperaba a Gala sentado en una gran piedra delante del cementerio; de poder, habría fumado para calmar sus nervios y sus pensamientos de salir corriendo de allí. Julianne le había contado que Gala había ido a despedirse de Amelia y, sin querer estorbarla, se quedó a las puertas deseando que saliera. Un acto de ceguera lo llevó hasta ese lugar; le temblaban las manos, el pulso le entrecortaba la respiración; no sabía qué decir, todo lo preparado se colaba en el olvido, pero se había prometido hacía muchos años no ser cobarde con el amor y, a pesar de las pocas posibilidades de éxito, confesarse a él. Julià lo vio y salió a saludarlo con dos copas de vino de viejo sabio que conoce las confesiones de amor en camposanto. Él tenía fama de borracho, pero se había encontrado muy pocos que rechazaran su copa de vino, y con razón. Amat se la bebió de un trago; sin brindis ni miradas de complicidad, ¡a lo bruto!
Antes de que saliera Gala, Julià se perdió por entre las tumbas para evitar interrumpir esa misma intimidad, pero con vivos, que a él tanto le gustaba observar desde la lejanía. Gala se dio cuenta de la presencia de Amat a menos de un metro de toparse con él. Salió del cementerio con la mirada gacha, enredada en pensamientos sobre su futuro, su vida y… ¿Amat? El pobre se levantó de un salto al verla llegar, se metió las manos en los bolsillos y levantó los hombros para esconder el cuello y sacar la sonrisa, aunque fuera llena de tensión. Gala se ruborizó al verle allí, esperándola como si fueran novios, como si quisiera confesarle al oído que era la mujer que amaba y no quería perderla. Gala miró a Amat con los ojos enrojecidos, como suplicándole que no le confesara su amor, que la dejara ir en su decisión de «desarmar para volver a armar». No era una mujer fuerte y menos con desconcierto y poca claridad: apenas sabía describir lo que sentía por él. Se miraron con la angustia de no atreverse, de cada uno desear huir del instante, de dejar correr el agua y que la corriente se llevara el deseo palpitante. Pero Amat se lo había prometido: ser fuerte ante el amor y luchar a pesar de tener la guerra perdida. Golpeó con el pie una piedrecilla y encontró el valor para sacarse las manos de los bolsillos y mirar a Gala y… antes de que pudiera pronunciar palabra, la americana se abalanzó sobre él y lo besó con la pasión contenida, acumulada desde el primer instante en que se conocieron. Con la sorpresa en el rostro, se dejó besar, sintiendo cómo varias punzadas le atravesaban el cuerpo y se le erizaban los sentidos. A riesgo de perder el equilibrio, se abrazó a Gala para no caer y, para retener el momento, se enzarzó él para besarla sin parar y, así, encadenaron un beso tras otro ante la complacencia de Julià, que brindó desde la lejanía por el amor que es capaz de despertar a los muertos.
Amat y Gala se dejaron llevar por la pasión irracional como dos adolescentes. Por las caricias, por lo invisible del amor que necesita tomar cuerpo en forma de besos y roces incontrolables. Se miraron con la complicidad de desear sin habla, de yacer, de sentir sus cuerpos desnudos, de recorrer cada poro con la libertad del no pensamiento. Amat miró a Gala y, antes de que pudiera huir de nuevo, ella le agarró la mano y se la colocó en su pecho con un arranque desmedido.
—Ni se te ocurra dejarme ahora…
Amat se vio atrapado por el deseo y las consecuencias de darle rienda suelta. Cerró los ojos y, sin poder evitarlo por tercera vez, aceptó perderse en los brazos de Gala, dejar que el mundo se fundiera en ellos. En un rápido y sagaz pensamiento, eligió el refugio para desatar pasiones.
—¡Vamos! ¡Sígueme!
Echó a correr, pillando a contrapié a Gala, que no dudó un segundo en ir tras él. Esta vez no se lo impedía el alcohol, ni el remordimiento, ni el ser una mujer casada. Esta vez tenía claro que su cuerpo era el que gobernaba su vida, más allá del pensamiento que, dijera lo que dijera, era silenciado por la explosión de deseo contenido, por el barullo de sentimientos que aquel hombre provocaba en ella sin evitarlo. Quizá debía ¡armarla! para luego «desarmar y volver a armar» su vida. Entre los nervios, el placer entrecortado y la alegría de dos adolescentes, llegaron al pie de la cabaña del árbol, casi sin aliento, pero con la excitación de culminar al fin su deseo de yacer juntos.
Llegaron a la cima y, sin pensar en el riesgo de que los niños decidieran visitar el escondite, se fundieron en besos calientes, de saliva, de soplos compartidos, de labios que formaban infinitos de placer escondido. Gala llevó la cabeza de Amat a sus pechos, que suplicaban ser atendidos con la pasión que los bordeaban, listos para el regodeo desbordante. Entre torpezas y risas, se quitaron la ropa; cada cual conservando el estilo que pudo; cada cual con la precipitación de volver a fundirse en el otro. Había llegado el momento que ambos llevaban evitando, el instante en que dos cuerpos se funden en un balanceo de péndulo para llevarlos al éxtasis. Amat viajó con todos sus sentidos por el mapa epidérmico de Gala; ella le correspondía ofertándole placer, dispuesta a alargar ese placer desmedido, ese juego erótico, ese mimo, esa locura de besos… Amat deseaba lo mismo y, por ello, hacerla suya tempranamente. Los dos amantes se entregaron al juego del amor sin poner límites ni frenos mentales, recorriendo juntos el viaje del deseo desmedido. Intimaron con la fuerza primitiva hasta llegar a las profundidades de sus almas, hasta rozar el cielo infinito para dibujar una estrella más, un destello de esperanza al amor en su bendita esencia. Los dos se fundieron en la llama, en el fuego de dos amantes compartiendo lecho por primera vez. Alargaron el esplendor lo máximo que sus entrañas soportaron, y al unísono se liberaron, perdiendo de vista por unos segundos el mundo y llegando a rozar galaxias lejanas.
El descenso llegó con la timidez y consciencia de lo ocurrido. Gala le dio la espalda a Amat y trató de recomponerse, de lomos y cuerpo encogido, a lo compartido. Amat acariciaba la espalda de Gala, buscando coraje para sellar con palabras ese momento.
—No puedo pedirte que no te vayas… No puedo ni debo… No sé…
Gala no se atrevía a girarse y Amat apenas balbuceaba torpemente. Los dos achinaban los ojos, cada uno por motivos distintos. Gala no quería escuchar, Amat necesitaba soltar. Hacía de sus dedos pinceles, labrando dibujos invisibles en la piel de su amada, mientras buscaba las palabras aladas, repletas de magia.
—Te… Quiero… Y no hay más… Ni sé más.
Al mismo tiempo que lo pronunciaba, lo dibujaba en su piel, provocando la sonrisa de Gala que, aunque quiso evitarlo, percibió la espiral invisible recorriendo su cuerpo. Ella no respondió, no hizo falta… ni Amat se lo pidió. Permanecieron desnudos, abrazados en silencio, sintiendo el latido de sus cuerpos, midiéndose al destino de, al menos, haber vivido el placer de lecho, éxtasis y pasión.
—¿Cómo te encuentras?
Marc estaba avergonzado todavía por la locura que casi pone en peligro la vida de Adele. La pequeña estaba sentada en el patio de Can Xatart, con el susto y la pena en el cuerpo. Se abrazó a Marc y se echó a llorar sin razón. Le apetecía descargar todo lo sentido en aquellas horas en los brazos de alguien que no le iba a pedir explicaciones a sus lágrimas. No sabía por qué, pero necesitaba descargar lo vivido, dejar que la rabia corriera en el río de lamentos para llenarse de la alegría que siempre había tenido para vivir. Marc se quedó tieso como un palo, sosteniendo a su amiga y manteniendo en silencio la tristeza impotente de verla sufrir. Julianne retrocedió como un cangrejo, se escondió de nuevo en la casa para no interrumpir la intimidad de los pequeños y, en el caminar precipitado y silencioso hacia atrás, casi se da de bruces con Nalda, que había acompañado a su nieto a tomar el té a Can Xatart por invitación de Julianne.
Decidieron quedarse dentro y trasladar la charla pendiente después de tantos años al interior. Las dos tenían cierto corte y resquemor escondido que, más tarde o más temprano, debían sacar a la luz.
—Me quedo en La Muga, ¿sabes?
—¿Tú?
No pudo evitar La Roja mirar con cierta sorpresa y desdén a Julianne. No salía de su estupefacción ante semejante afirmación de la americana. Ya era demasiado vieja para creer que la gente cambia, y la idea de tener a Julianne en La Muga, y viviendo en casa de su amiga, le había provocado ciertas náuseas más que alegría. Sintió que le apetecía poco la conversación, así que trató de terminarse el té de un solo trago, consiguiendo en el frustrado intento abrasarse los labios y maldecir al aire que llevaba un tiempo soportando la incomodidad en el ambiente. Las dos mujeres permanecieron en silencio, con la mirada gacha, como esperando lo justo para que se enfriara el té y dar por concluido el encuentro. A La Roja no solo le abrasaba la lengua, sino que también le emergía un calor del bajo vientre que, como un relámpago invertido, subía hasta el esófago pidiendo paso para los gritos, insultos o reproches. Sin embargo y a riesgo de infarto, Nalda aguantaba en silencio, tan solo moviendo los dedos sobre la taza. Julianne la observaba de reojo, podía comprender su furia, su rechazo, su necesidad de salir corriendo y cerrar la puerta para siempre. Ella también estaba desconcertada con la necesidad de quedarse en esa tierra, de pasear por esos prados, de sentir el viento huracanado, de escuchar las campanas, de tocar las paredes de tierra, de caminar por la llanura envuelta de montañas. No tenía una explicación coherente a la decisión; a veces las menos cuerdas son las acertadas y no se pueden expresar. Julianne sentía el peso de tener el estómago en un puño, sabía que podía tener el pueblo en contra, pero necesitaba echar tiempo en esa tierra. Era cierto que sus decisiones provocaron el sufrimiento en esa casa, en Amelia y ahora en su hija, tras haber descubierto que su abuela estaba viva y que, por ella, jamás la pudo conocer. Era cierto que, para encerrar el dolor, selló su corazón y vivió décadas combatiendo el olvido. Julianne deseaba olvidar lo ocurrido, que un día conoció al amor de su vida y que otro se lo llevó de un plumazo. Se equivocó en la batalla; no era con el olvido con quien debía luchar sino consigo misma y la culpa que sentía por la temprana muerte de Román. Fue ella la que lo arrancó de su tierra, fue ella la que lo llevó a un mundo de frivolidad, donde las apariencias y las buenas maneras pesan más que la belleza del alma. Ella lo quiso a su lado, con su vida, con su familia… Román no lo dudó, pero el corazón le estalló más allá de lo medido. ¿Acaso le pidió demasiado al amor?
Nalda descubrió a su compañera de té llorando en silencio con la mirada gacha y perdida en sus pensamientos. Recibió esas lágrimas mudas como de sal; amargas y antiguas, envueltas de culpabilidad. La Roja observó a Julianne, descubriendo por primera vez la belleza de aquella mujer, en su fragilidad, en la descomposición de su rictus, en el dolor de una vida elegida, soñada y segada sin previo aviso. Se dio cuenta de que pocos son los que se atreven a no juzgar al prójimo y comprender sus decisiones, aunque erróneas o no compartidas. Ninguno nace con la virtud de conocer el mapa de sus propias vidas y aprende a dibujarlo sobre la marcha; con trazos gruesos, finos e intermitentes. Julianne había hecho lo que estaba en sus manos, decidió echarle un pulso al olvido, y si no decides pagar con tu cordura, nadie puede decidir lo que olvida. Ella deseó por un tiempo la locura; por unos años estuvo más allá que acá, pero siguió cuerda, con el dolor silente y el olvido recordándole que Román siempre sería recuerdo.
—Necesito estar aquí, Nalda… Solo sé que necesito estar aquí…
La Roja comprendió la verdad de sus palabras. Se dio cuenta nuevamente del misterio de la vida, del peso de nuestros muertos, de la necesidad de escuchar nuestros miedos. Se acercó a Julianne y se sentó a su lado sosteniendo una de sus manos entre las suyas. Sellando el pasado y dispuesta a vivir el presente para acompañarla en esa nueva travesía. La miró con admiración de sentirla al fin valiente con sus circunstancias y sus necesidades. Las dos mujeres mantuvieron con lágrimas, risas y silencios su primera conversación en años; las dos dejaron enfriar el té al tiempo que los reproches. Nalda había comprendido que, con los años, todo pasa más deprisa, incluso las rencillas pasadas. Cuando la muerte te acompaña, de poco sirve vivir con el lamento a cuestas.
—No quiero irme…
Adele le confesaba a Marc con pucheros la tristeza de irse de allí. Marc no sabía qué decir, solo movía las dos piernas y se cruzaba de brazos. A él tampoco le gustaba que Adele se fuera de La Muga, pero estaba convencido de que se volverían a ver.
—¡Toma!
—¿Qué es?
—Un regalo…
A Adele se le abrieron de golpe los ojos por la sorpresa de recibir un regalo. ¿Qué podía ser? Le encantaba recibir sorpresas, cosas envueltas en papeles de colores. Se tomó su tiempo para desnudar el cordón del paquete. No era muy grande y pesaba poquito… Adele estaba emocionada y apenas se acordaba de la tristeza anterior. Los niños tienen esa facilidad de sobrevolar y sobreponer unos sentimientos con otros sin apenas pestañear. Le costó toda su paciencia desanudar la cuerda, así que al llegar al papel, lo despedazó sin culpa hasta dejar al descubierto el regalo: una piedra en forma de corazón.
La sostuvo sobre sus manos en silencio y sin poder levantar la cabeza ni cerrar la boca. Marc se había ruborizado en el mismo instante que se desveló el regalo, y la vergüenza se había tornado en colores.
—Para que te acuerdes de mí y de La Muga…
Adele no podía contener la alegría de ese regalo, que Marc se hubiera acordado de ella, que le diera un corazón de piedra, que la quisiera como ella le quería. Sin pronunciar palabra, se levantó de la silla y salió corriendo del jardín, entró en la casa y subió las escaleras precipitadamente hasta llegar a su habitación. Llevaba en un puño la piedra preciosa, buscó un lugar seguro para dejarla y que quedara protegida para que no se rompiera. Decidió meterla entre la ropa, dentro de la maleta. Rebuscó en ella hasta encontrar Las crónicas de Narnia. Cogió los tomos con decisión y bajó las escaleras como si quisiera volar.
Marc se había quedado algo descompuesto en la silla, pero esperaba que Adele volviera pronto. Por su mirada sabía que había ido a buscar algo y enseguida volvería a su lado. Entró en el jardín, caminando con los brazos extendidos con los libros sobre ellos; como si portara un tesoro o una corona de piedras preciosas. Su andar era lento y majestuoso, Marc sonreía al mirarla; ella levantaba barbilla y mantenía chisposa la compostura. No la perdió hasta que llegó frente al él, y con voz anunciadora de la Corte Real se pronunció.
—Yo te doy mi mayor tesoro para que no te olvides de mí.
The Chronicles of Narnia! Sabía lo importantes que eran esos tomos para Adele, y también que su poco inglés le impediría poder leerlos, pero no le importó nada de eso, sino que su amiga le dejaba a él lo que más quería. Tomó los libros con la delicadeza de sostener cristal.
—¡Gracias, Adele!
La pequeña aplaudió varias veces mientras giraba sobre sí misma, dando brincos sin parar. Los dos celebraron sus regalos, sellaron su amistad con la confianza de que el amor es eterno y el recuerdo no muere. Boston apareció de la nada, dispuesto a brincar con ellos y a bañarlos a lametazos.
—Y… ¿Boston?
Marc miró a Adele esperando impaciente la respuesta.
—Se queda con la abuela. Alguien tiene que cuidar de ella…
Lo dijo con la mirada perdida y un hilo entrecortado de voz. Había tomado la decisión al saber que la abuela se quedaba en La Muga sola y… Boston seguro que sería más feliz corriendo por esa tierra que en Nueva York.
—¡¡¡Adeeeleee!!! ¡La yegua se ha puesto de parto! ¡Corred!
Kate llamaba a la puerta con Joana, presas de la excitación de dar la noticia. Al fin la yegua estaba de parto y la fiesta comenzaba en la casa de Jow y Cecilia. Era como todos los nacimientos, un acontecimiento para el pueblo. Ellos hacían siempre de la nueva vida, un festejo. Nalda y Julianne salieron al patio por los timbrazos de Kate y Adele, se precipitaron a enfundarse los abrigos y a salir todos para no perderse la buena nueva. En el camino se encontraron a La Hechicera subida a la camioneta con su Jacinto y cargada de dulces para el pícnic.
—La Teresa està arribant amb el vi. (—Teresa está llegando con el vino.)
Los Forgas iban de camino. Todo el pueblo se había comunicado en cuestión de segundos, incluso se escuchaban las campanas en señal de nacimiento. En La Muga era tradición celebrar por todo lo alto las nuevas vidas, fueran animales o humanas eran dignas de igual festejo. Gala y Amat escucharon las campanas. Gala apenas se sobresaltó, pero Amat identificó el repicar y supo que la hora del nuevo potrillo había llegado.
—¡Corre! La yegua se ha puesto de parto…
Los dos tuvieron tiempo para besarse de nuevo, para engarzarse con la pasión infinita, para rozar sus cuerpos que apenas habían comenzado el asalto. Gala se perdió entre los brazos de Amat, no queriendo abandonar esa nube de placer infinito. Alargaron un poco más el presente, posponiendo el adiós en un nuevo descenso a lo animal, a los instintos primarios y salvajes.
Francisca estaba con las botas puestas en la cuadra, junto a Jow y Cecilia, dispuesta a echar una mano con los paños calientes, o lo que sugiriera Alfonso, el veterinario. Pau descargaba de la camioneta mesa y sillas plegables junto a su novio y su madre La Guapa, que ordenaba más que cargaba con el rostro agriado de aguantar al amigo de su hijo. Los dos se habían decidido por no hablar y mostrarse tal cual eran: uno en compañía de su chico y la otra, con la desaprobación de que fuera homosexual y lo paseara por el pueblo. Kate y Joana ayudaban a Pau; Julianne y Nalda a Agnès con la comida. Al rato, llegaron La Segunda y su Alfonso. El potrillo ya asomaba, apenas quedaban unos minutos para el nacimiento. Tomasa aparcó el tractor en medio del terreno; la noticia la había pillado en el campo. La Roja buscaba a su hijo, pero no se atrevía a preguntar para evitar evidenciar las ausencias de Gala y Amat. Todos se hacían presentes, ella le había llamado al móvil unas cuantas veces sin obtener respuesta; lo mismo que Julianne con su hija. Decidieron no compartir siquiera entre ellas mismas la evidencia, y disimular las faltas disfrutando de la celebración y el buen vino.
Adele, Marc, Joana y Kate se habían acercado a la cuadra para no perderse el momento. A Marc le apasionaba verlo; a Kate le dio un mareo y tuvo que salir antes de caerse al suelo redonda. Adele arrugaba el rostro mientras observaba el momento. Joana abría los ojos y la boca, embobada por el milagro de la vida. La yegua se mantenía estirada y, con pequeñas convulsiones, echaba la placenta, la cabeza del potrillo primero y, con esfuerzo y mucho cariño, el resto del cuerpo. Joana estaba con las manos unidas y aguantando el aliento de la impresión del último esfuerzo. Todos se habían agolpado en el establo para no perderse cómo el potrillo salía de la bolsa y estiraba por primera vez sus patillas. Un aplauso conjunto celebró la nueva vida, alzaron sus copas frente al recién nacido y brindaron por él y por la madre valiente, agotada por el esfuerzo. La Santa limpiaba al potrillo, que recibía su bendición con un bautizo de agua bendita y bien merecida. Jow y Cecilia daban con las copas en alto las gracias a todos por hacer de la gesta una celebración a la vida y al amor sin faltas. Gala y Amat se unieron con el aliento entrecortado y sin copas al festejo, con los ojos y el pensamiento en otro lugar.
La fiesta se alargó hasta la noche, pasando de una celebración a una despedida. Todos quisieron estar para dar el adiós a las americanas. Tomasa se pasó la noche con los ojos acuosos. La Santa le regaló a Gala unos frasquitos de esencia de orquídeas, lilas y romero. Las niñas saltaron el fuego, pidiendo deseos y gritándole a la noche estrellada. Gala y Amat se pasaron la velada buscando escondites para besarse apartados de la gente, la fiesta y el vino. No pudieron parar, no quisieron parar la locura de seguir alimentando el deseo. Gala estaba desconcertada, como una colegiala, brindando con todos, con los ojos brillantes y la mirada perdida, buscando a Amat. Nunca se había sentido flotar, ligera de pensamiento y tan frágil como para desear ser abrazada sin pausa. Julianne le dejó su espacio, pero sin perderla de vista; ni a ella ni a Amat. Los dos danzaban esa noche dispuestos a ver amanecer…
Todo estaba bendecido, apenas quedaba un suspiro para abandonar aquella tierra… Gala no quería mirar el reloj, no le apetecía ser cauta ni razonable; no estaba ni para sus hijas, que la miraban como si se la hubieran cambiado. Kate sabía lo que ocurría y necesitó de su abuela para frenar el ímpetu de gritarle a su madre. No entendía su comportamiento, ni por qué se había besado con Amat, ni qué pretendía con aquel espectáculo de niña chica.
—El amor no dispone de formas, querida…
Kate miró a su abuela sin entender. No quería respetar a su madre ni la decisión de besarse con Amat en presencia de todos, pues aunque lo hiciera a escondidas, los besos dejan estela y señalan a sus dueños.
—Where’s your respect, grandma? (—¿Dónde está tu respeto, abuela?)
Julianne acarició a Kate sintiendo su incomprensión, pero la vida supera las normas, creencias y valores del grupo, porque el individuo sobrevive más allá de lo impuesto, necesario o conveniente.
—Someday you will understand your mother. Now let her live without judging her. (—Algún día entenderás a tu madre. Ahora déjala vivir sin juzgarla.)
Kate no quiso contestar, pero no pudo entender la respuesta de su abuela. Ella siempre había juzgado y vetado la falta de decoro y mucho más en público. ¿Qué les había pasado a todas? Aquel lugar asilvestraba e indicaba los caminos conducidos por lo primario, por lo salvaje, por lo ¿real? No sabía qué ocurría, pero todo se movía a su paso, ni siquiera reconocía a su hermana, que más que una little princess se había convertido en una little wild. Joana fue en busca de su amiga antes de que saboteara la fiesta con un discurso aguafiestas. Kate estaba recostada en la valla, liándose un cigarrillo con las manos temblorosas de la rabia por su incapacidad de entender. Joana la ayudó con el cigarrillo, mientras le contaba que sus padres le habían dado permiso para visitarla en Semana Santa.
—Al fin conoceré Nueva York, ¿sabes?
Kate se puso feliz por la noticia, aunque le costó un poco más de tiempo sonreír. Joana siguió con sus planes de prepararse un monólogo e interpretarlo en Central Park, para ser vista, reconocida como una futura estrella.
—Yo voy a por todas, ¿sabes? Que se prepare Nueva York…
Kate no pudo reprimir la risa de ver a su amiga dando giros sobre sí misma con los brazos extendidos y cantando New York, New York a todo pulmón.
I’ll make a brand new start of it
Start spreading the news
I’m leaving today
I want to be a part of it
New York, New York
Kate no podía parar de reír, Joana estaba poseída por la emoción y por la magia de la canción que tantas veces había cantado en su habitación soñando con el momento de conocer Nueva York. Adele y Marc se acercaron divertidos a ver el baile de Joana que no cesaba de cantar, sintiendo cada palabra de esa canción. Kate se unió a su amiga, cogiéndola por los brazos y alzando las piernas al compás de la música imaginada.
I’ll make a brand new start of it
I wanna wake up in that city
That doesn’t sleep
And find I’m king of the hill
Top of the heap.
These little town blues
Are melting away
I’ll make a brand new start of it
In old New York
I’ll make a brand new start of it
If I can make it there
I’ll make it anywhere
It’s up to you
New York, New York
Marc y Adele se unieron al baile divertidos, repitiendo en alto «New York, New York», provocando la atención del resto, que se giró divertido ante el espectáculo. Gala miró a Amat con la nostalgia de saber el futuro de ausencias; Amat bajó la cabeza para olvidar la desdicha de no tenerla cerca ni poder soñar con volverla a rozar. Todos siguieron la música invisible del poder de aquella canción que, con la melodía, conectaba en un hilo de plata La Muga y Nueva York en un solo destello de anhelos, deseos y pensamientos alados que quedaron suspendidos aquella noche… dibujados en las estrellas… A la espera tan solo de las fugaces o eternas despedidas…
Joana se despidió de Kate con la promesa de verla «in the top of the hill» («en lo más alto».) fundiéndose en un gran abrazo de amigas, de seres hermanos que se han encontrado aunque provengan de polos opuestos. Marc y Adele se daban su segundo beso con la vergüenza de despertarse con la presencia de varios. Ella le apretó la mano, descubriendo en la mano de Marc otra piedra de corazón, casi igual a la suya. Adele lo miró creyendo en la magia. «¿Cómo era posible? ¡Una piedra igual a la suya!». Los dos se abrazaron sintiendo los corazones latir al mismo compás. Era una despedida, un te quiero inocente que no necesita palabras. Todos alzaron ese adiós en procesión, apagando las velas, recogiendo el cortijo para que el día despuntara y prosiguiera el círculo de la vida, muy a pesar de muchos que pedían la eternidad del instante.
Nalda abrazó a Gala. Con fuerza y brazos temblorosos. Era ya una vieja y poco le quedaba en este mundo más que suspiros de alegría y tristeza. No quería sentirla como una despedida, sino como una bienvenida a esa tierra que la adora, que velará por ella a pesar de la distancia. Sacó de su bolso un bote de cristal lleno de tierra y se lo entregó dándole un golpe seco en el estómago.
—Para que no te olvides de esto, de nosotros, de La Muga, de los tuyos… Eres parte de todo esto, eres también nuestra, como nosotros tuyos. Para lo bueno y para lo malo, mi querida Gala, esta tierra enloquecida por su viento ahuyentará tus miedos cuando más lo necesites. No renuncies a ella, siente su fuerza, su fertilidad, su capacidad eterna de, a pesar de las inclemencias, dar vida…
La Roja apenas podía pronunciar las palabras, pero se mantenía en la guerra de contener el llanto con el tesón de la experiencia.
—Tu abuela habría estado orgullosa de ti. Eres una gran mujer, deja que el lado salvaje te guíe. Sigue tus instintos y te verás recompensada. Esta vieja luchadora te lo dice por experiencia…
Gala se abrazó de nuevo a La Roja, prometiendo no olvidar y llevar esa tierra allá donde fuera como un bien preciado, como su vida, como su sangre: parte de ella y del misterio de la vida. Las dos mujeres se miraron con la complicidad de saber que la hora había llegado. Miró de reojo a Amat, que aguardaba en la distancia.
—Querida Gala, no sé si me voy a arrepentir lo que me queda de vida, pero para amar hay que ser valiente. ¡La cobardía carece de sentimientos!
Gala se giró a mirar a Amat y bajó la cabeza en silencio, despidiéndose de La Roja con un apretón de manos.
Julianne se llevó a las niñas a casa, con la mirada inquisitiva de Kate, mirando a su madre alejarse con Amat. Era demasiado pequeña para querer enterarse de todo, pero parecía que la vida se empeñaba en situarla en primera fila para que no perdiera detalle. Adele arrastraba los pies y se encogía de hombros. No sabía cómo abordar esa pena tan grande que se le había metido tan adentro que le entrecortaba la respiración. Kate abrazó a Adele, la miró a los ojos y le dio el coraje para ser fuerte. Ese que una hermana mayor ofrece a la pequeña, cuando la ve desvalida, perdida por las circunstancias.
Las tres se fundieron en un sueño necesario. El viaje era largo y debían descansar, aunque fuera a trompicones, para sobrellevar el trance de volver a casa con el alma partida. Julianne simuló descansar, porque apenas pudo conciliar una hora de sueño. Necesitaba procesar su decisión, enraizarla para no echarse atrás y volver a casa con ellas.
Aquella noche se dedicó a organizar su estancia en La Muga, mentalmente hizo listas de sus necesidades, de las decenas de llamadas que debía hacer para finiquitar su vida en Miami, sus cuentas y comenzarla allí. Sabía que tendría que viajar, que volver a Miami, pero la certeza le decía que debía esperar… primero establecerse en La Muga, sanar, encontrarse, enraizarse y volar para cerrar otras vidas. Julianne se pasó la noche entre temblores y sudores; nuevas sensaciones recorrían su interior, sentía que germinaba otro despertar que, lejos de acobardarla, la envalentonaba a seguir adelante en su decisión, en su deseo de permanecer un tiempo más en La Muga, la tierra de su amor, de su Román…
Gala y Amat gastaron la noche a besos, apenas pusieron palabras a lo que ocurría. Decidieron fundirse en la piel, en el deseo, en el placer desmedido que hablar más allá del bajo vientre. Se despidieron al alba, con la prisa de no pronunciar juramentos y la precipitación de no encontrar lamentos o arrepentimiento a lo sucedido. Se fundieron en un último beso, antes de caminar en sentidos opuestos. Cada uno contando los pasos para evitar girarse; contando las piedras para evitar volver a por otro beso; contando lo que fuera que hubiera en el camino para volver a encontrar sus miradas… Gala fue la que echó a andar, porque Amat se quedó inmóvil, como esperando a recibir el disparo mortal. No pudo evitar girarse y contemplar cómo Gala se alejaba, cómo se desdibujaba ante él hasta perderla de vista y contemplar ese paisaje todavía impreso por su estela; por su olor, por su destello. Contempló la salida del nuevo día, sintió el calor del sol, despuntando con fuerza. Respiró profundamente, buscando llenarse de su energía para reemprender la vuelta a casa, el regreso a su hogar, a su mundo, a su realidad.
La luz del sol desvelaba cautelosamente la paleta de colores de las llanuras de los prados, de las piedras, de esa tierra que se recogía en su misterio. Reposada y guardiana con severo mimo de las semillas de lo vivido. El gallo estaba perezoso para el canto. Se resistía a desvelar el día, la partida, el retorno a casa. Gala y Julianne esperaron un tiempo a despertar a las niñas. Necesitaban respirarse, como madre e hija, con la complicidad de lo vivido, de lo expresado. Se tomaron en la intimidad de la mañana un té, como a Gala le gustaba, con una nube de leche, como Julianne sabía que su hija lo tomaba, aunque jamás se lo hubiera preparado antes.
—Are you sure? (—¿Estás segura?)
Esa pregunta podía ser para cualquiera de ellas, las dos debían decidirse, pero fue Gala quien respondió:
—No, I’m not… (—No, no lo estoy…)
Las dos comprendieron en una tierna mirada de complicidad que ese era parte del misterio de la vida. Gala volvía a casa, su madre se quedaba en La Muga. Los muertos habían hablado, los vivos seguían empujando la rueda de la vida con la fuerza y el coraje que se merecía. El círculo se había cerrado, la tierra volvía a estar lista para la siembra.
Kate, Adele y Gala se subieron al coche de Gustavo, listas para dejar La Muga. Cada una perdida en una telaraña de pensamientos, de sensaciones invisibles que las conectaban para siempre con aquel lugar, perdido en el mundo; de seres sencillos, llenos de rarezas, de pendientes y valles. Era todo demasiado reciente, apenas eran conscientes de que después de pisar esa tierra su destino había cambiado para siempre. Para Gala, Kate y Adele aquellas Navidades en La Muga fueron el principio de muchos sueños por construir porque aquella tierra las abrió al amor más allá de la razón, al poder de los sentidos, a dar saltos sin pensar en los acantilados. Gala comenzaba una nueva vida con el vértigo de apenas saber, pero la certeza de desear romper con lo establecido. Adele jamás dejaría esa tierra, ni siquiera en la distancia, porque seguiría unida a ella con el hilo de plata invisible que nos une a lo que amamos. Y Kate…, la pequeña rebelde, jamás podría imaginar que sería ella la heredera de pertenecer al Círculo de mujeres junto a su gran amiga Joana. Pero mucha vida debían derrochar hasta llegar a sabias ancianas y guardianas de la tradición. Ese viaje, ese despertar en La Muga había girado la rueda de la fortuna de esas tres mujeres que abandonaban esa tierra bendiciendo a su manera el misterio de la vida.
Las tres giraron la cabeza para ver a Julianne con la mano alzada, junto a Boston, y cómo en apenas medio minuto se habían convertido en un pequeño punto más del paisaje. Comenzaba el recuerdo y, al tiempo, la nueva vida, todo era posible en una realidad que, aunque nos resistamos en vestirla de plana, se nos presenta siempre poliédrica.