Capítulo 3 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Insomnio: Vigilia, falta de sueño a la hora de dormir.
Todavía recordaba la definición exacta de esa palabra. Seis meses después de la muerte de su padre, Gala sufrió una crisis insomne por incapacidad de digerir y expresar la pérdida. Aunque era tan solo una niña, su cuerpo se magulló como el de un adulto. Estuvo a punto de desarrollar una cronicidad preocupante de ese tal «insomnio» que ni siquiera sabía que existía. Al mismo tiempo que descubrió que las personas morían, también descubrió que podían estar días sin dormir o que, aunque quisiesen dormir, no lo conseguían.
Muerte: Término de la vida… o algo similar.
Sin embargo, nunca ha podido recordar con exactitud la definición de «muerte». En el fondo, sigue sin entender lo de que no hay vida sin muerte ni muerte sin vida. Frederick piensa que debe asumir que la muerte temprana de su padre le provocó una leve atrofia en el desarrollo del pensamiento maduro. En algunas cosas, su mente natural de mujer de cuarenta años no avanza ¡más allá de los quince! Lo ha comprobado en algunas ocasiones, sobre todo en aquellas en las que no acierta con la salida.
Hacía menos de seis horas lo había vuelto a comprobar con el pinchazo de una rueda en un camino de carros en medio de la nada, sin cobertura ni ánimo de abandonar el coche y echarse a andar a ciegas. En ese tiempo, pocas cosas habían cambiado; Kate y ella seguían en el interior del viejo Rover, con una manta pulgosa protegiéndolas del frío y echándose la culpa mutuamente de estar pasando la noche allí dentro, a expensas de ser rescatadas. Kate era partidaria de arriesgarse y salir en busca de la civilización. Seguro que a menos de cinco kilómetros encontraban una casa que les ofreciera refugio, comida y cama… ¡o teléfono! Gala, al contrario que su hija, prefería seguir la máxima de, en caso de duda, mejor no moverse. Cuando llegaba el frío a la punta de los dedos, encendía el motor y activaba la calefacción. Con ese sistema podían aguantar toda la noche y, al alba, si ningún coche había pasado por allí, emprender la marcha hacia la civilización.
—¡No antes! ¿Me has oído? Así que intenta dormir un poco.
Lejos de rendir obediencia a su progenitora, Kate intentó ir por su cuenta saliendo del coche y echando a correr. Pero solo el miedo es capaz de poner a prueba a las almas valientes y Kate, desde pequeña, dormía con una luz encendida por temor a la oscuridad. Aunque ella lo ocultara y su madre lo silenciara, era una realidad que hizo que Gala ni siquiera saliera del coche y comenzó la cuenta atrás, convencida de que en menos de sesenta segundos su hija volvería a entrar en el Rover. Lo hizo en cuarenta y cinco, dando un portazo y rociando de insultos el ambiente. Las dos, madre e hija, lo calentaron discutiendo y lanzándose mutuamente sus frustraciones.
—No me vuelvas a desobedecer. ¿Me has oído?
—A mí me da igual lo que tú pienses, me da igual tu vida y ¡tus muertos!
Kate sabía perfectamente que había cruzado la línea, pero estaba rabiosa porque no soportaba estar ahí encerrada con la persona a la que más detestaba en el mundo: ¡su madre! Desde hacía un tiempo, no podía evitar sentir rechazo hacia ella y solo pensaba en la mayoría de edad para irse a estudiar fuera y perderla de vista. Por eso, siempre que pasaban más de una hora juntas y muy cerca la una de la otra, terminaban a gritos. Gala estuvo a un tris de perder los estribos y, para no abofetear a su hija, fue ella la que salió del coche y echó a andar. Sintió cómo descargaba la frustración en forma de lágrimas, cómo sus piernas se tensaban a cada paso y su corazón padecía la arritmia de la impotencia. En aquellos momentos era cuando pensaba en la frase de Frederick —mente de cuarenta años que no avanza más allá de los quince—, porque aquella situación la superaba y era incapaz de resolverla como él hubiera hecho; sin dramas, ni estado alterado. «¡La niña es tu hija, no tú!». Don Pluscuamperfecto era arrollador, no solo en sus actos, sino también con sus frases, al contrario que ella, que era toda falta de empuje y de autoestima. Sin apenas darse cuenta, llevaba un buen rato andando en medio de la oscuridad sin sentir miedo porque los pensamientos, aunque torturan, acompañan a quien teme a la soledad. Kate no soportaba la oscuridad y su madre no podía estar sola, sentirse abandonada sin saber ni poder agarrarse a nada. Presa del pánico y a ciegas, dio media vuelta con pasos temblorosos.
—¿Kaaateee?
Nadie respondía a su llamada. «¡Seguro que se ha puesto la música a tope!». Lo intentó de nuevo pero no obtuvo respuesta. Sospechó incluso que su hija había decidido devolverle la huida, el abandono, con la tortura de la no respuesta.
—Mom? Mooom! (—¿Maamáa? ¡Maaamáa!)
Al torcer el camino, vio lo que parecían las luces de emergencia y a su hija a dos pasos del coche, alzando los brazos. Sin pensar en los pedruscos y socavones del camino, echó a correr con la desesperación de una liebre para no ser cazada. Hija y madre se fundieron en un abrazo empañado en lágrimas silenciosas. Permanecieron a la intemperie un buen rato hasta que se redescubrieron de nuevo como lo que eran: dos almas perdidas, llenas de frustraciones y lamentos, pero con un sólido lazo llamado amor.
Entraron en el Rover. Gala encendió el motor para activar la calefacción y cubrió a su hija con la manta pulgosa. Hacía más de un año que no apoyaba la cabeza en su hombro; le acarició suavemente el pelo, la acarició en silencio hasta que sintió que el sollozo entrecortado daba paso a una respiración amplia y profunda. Kate se quedó dormida apoyada en su madre, sintiéndose protegida por ella; una mente y alma insomne que, lejos de conciliar el sueño, cerró los ojos para disfrutar de la escena. La vida la empujó hasta llevarla a ese límite; un pueblo perdido, conducir con su hija una chatarra de todoterreno, la noche, perderse por un camino, pinchazo en una rueda, atascar el coche y que durante más de siete horas no pasase ni un solo vehículo al rescate. La vida la había llevado a ese extremo para volverlas a unir; para recordarles quiénes son la una para la otra. Porque todo lo demás… apenas importa…
La vida se ve distinta cuando se vuelve a casa después de una larga noche sin dormir, montada en un tractor verde. Kate y Gala se sujetaban al asiento del conductor de su recién estrenada heroína: Tomasa La Rica. Las había encontrado a medio camino de sus campos y el pajar donde resguarda su tractor verde de las inclemencias. Tomasa es mujer de rutinas e ideas fijas: a las cinco y media de la mañana, los martes y los jueves, sale con el tractor. El resto de los días se ocupa de la empresa desde el despacho con su hija Consol, la pequeña. Los dos varones se ocupan del campo —son los que se ensucian las manos porque ¡para eso son hombres!—. Ella lo hizo por accidente: es hija única y no tuvo elección. Trabajar en el campo y ocuparse de la empresa familiar. Su carácter se endureció, aguantar burlas o comentarios jocosos durante años, incluso de su propio padre, no fue fácil. Eran otros tiempos y una mujer debía ¡llevar faldas y dar hijos! Tomasa cumplió con todas las labores, aunque escasamente lo de llevar falda. Se casó con Jaime que, mientras vivió, fue el consuelo emocional de todos. Ella era una roca, un hueso duro de roer en el mundo de los negocios y tan solo un pellejo en el laberinto emocional. Su poca empatía por el dolor ajeno, su falta de compasión, le labraron una fama de corazón de corcho que, aunque lo llenes de chinchetas, apenas se perciben los agujeros. Solo su prima Francisca La Santa creía en la bondad de Tomasa y la defendía a la mínima crítica. No le gustaban los extraños, no se manejaba bien en las distancias cortas y, de no ser porque a la niña ya la conocía, no habría detenido el tractor ni estaría con ellas camino de La Muga otra vez. Pero un Brugat siempre se dobla ante el qué dirán y no auxiliar da mala fama y poco decoro. Tomasa no tuvo más remedio que bajarse del tractor y, ante la imposibilidad de mover el antiguo Rover, llevarlas a casa.
Kate solo pensaba en su hermana Adele. No temía por ella, porque sabía que Nalda y su amigo Marc la estaban cuidando. Seguro que le habría encantado estar en su lugar; como buena exploradora y con una imaginación infinita, habría visto a Tomasa como un caballero que las socorre montado en el dragón de hierro que, después de una peligrosa batalla, ha conseguido domar. Pensando en su hermana, no podía evitar sonreír, su madre la miraba con reposo. La tormenta había pasado y entre ellas reinaba la calma; se miraban desde un lugar olvidado pero que las reconfortaba. Gala observaba desde esa altura que siempre da mayor perspectiva cómo las primeras puntas de sol desvelaban el paisaje todavía dormido, cubierto por la corteza de hielo, vestigios de una noche fría. Apenas pasaban coches, el ruido del tractor ensordecía la calma de ese paisaje de contrastes, de llanos y montañas, de verdes y grises, de blancos nevados. Gala observaba el camino y comenzaba a transpirar la complejidad de esa tierra de habitantes tan sigilosos como los guardianes de un secreto ancestral.
Kate miró al cielo y vio un globo sobrevolando el terreno. «¿Cómo será este lugar desde el cielo?». Le excitaba sobremanera no perderse detalles de los minutos previos a aterrizar, el momento en el que el gran pájaro desciende, perdiendo altura y descubriendo nuestra tierra que, tras las nebulosas, emerge como un gran puzle de tramas, colores y texturas. Las vidas, las personas carecemos de importancia a esa altura; solo la tierra, sus colores y sus heridas; los accidentes geográficos destacan y pueden percibirse. Es como si, desde el aire, fuera más fácil establecer el orden lógico de prioridades: la tierra, el mar, las montañas… Desde que lo descubrió, tiene claro que, si algún día tiene que tomar una decisión muy importante, se montará en un avión y, con libreta y lápiz en mano, reflexionará hasta dar con la respuesta.
—¿Te gustan los globos, niña?
Tomasa, virtuosa de la mirada periférica, se dio cuenta del momento de fascinación de Kate con el aerostático. Kate confesó no haberse subido nunca, y Gala, tener un vértigo enfermizo, a lo que Tomasa reaccionó con una rotunda carcajada. Ella no era una mujer de miedos y, si alguna vez los había tenido, se los había quitado, porque si no te rodeaban y, como las garrapatas a los perros, te dejaban sin sangre, sin vida.
—¿No tienes miedo a la muerte? —preguntó desafiante Kate.
Hacía mucho tiempo que aquella mujer se había enfrentado a la muerte y la había aceptado como una compañera más de viaje. Hacía tres años que se había quedado viuda de Jaime y apenas había llorado. No le gustaba llorar a los muertos, era de las que despide sin lágrimas honrando la vida que llevaron, llenándola de recuerdos.
—Yo ya soy muy vieja para andar jugando al escondite con la muerte, ¿sabes, niña?
A Gala le habría gustado preguntarle si era una cuestión del paso de los años o algo propio de esa tierra lo de no temer a la Bella Dama. Nunca pudo hablar con su madre de ello, ni pronunciar siquiera la palabra «muerte» y, sin darse cuenta, labró en su interior un pavor hacia ella por haber sido obligada a jugar al tabú. «¿Kate y Adele tendrán miedo a la muerte?». No supo responder porque, subida en aquel tractor, se dio cuenta de que en contadas ocasiones habían hablado de ese tema y, si lo habían hecho, se había comportado como Houdini, el maestro en escapismo. Kate ya tenía edad suficiente como para plantearse cuestiones existenciales sobre la vida y el sentido de la misma. Le sorprendió que su hija le preguntara a una Juana sin Miedo por la muerte y que no se lo hubiera preguntado jamás a ella. Seguramente no había sido necesario, porque los miedos transpiran, llegando a tener rostro propio.
Tomasa detuvo el tractor justo delante de la verja de la Casa Xatart. Gala y Kate le agradecieron la molestia y ella apenas consiguió ladear el labio para mostrar satisfacción.
—Todavía es temprano, lo mejor es que descanséis. Yo avisaré a la Nalda o a Amat para que os atiendan.
Las protestas de Gala se fundieron con el ruido del motor. Tomasa se despidió de ellas, alzando una de sus enormes manos sin atender a lamentos; ella, como capataz, estaba acostumbrada a mandar y el resto a obedecer. A Kate no le parecía una mala idea dormir, estaba molida y necesitaba agarrarse a una almohada. Al meter la llave en el candado para abrir la cadena enrollada en los barrotes de la verja, descubrieron que alguien había dejado en el suelo un saco atado con cuerda y doble nudo. Las dos se miraron extrañadas y, en cuanto encontraron un cuchillo, lo abrieron para acabar con el enigma.
En el interior había un mundo de exquisitos manjares: compotas varias, lo que parecía caldo casero en un enorme bote de cristal, magdalenas, galletas maría, media docena de huevos y un par de botellas de leche.
—¿Quién lo habrá dejado? —preguntó Kate.
Colgando de la cuerda había un pequeño haz de ramitas con bolas blancas atadas con un lazo rojo con una tarjeta que contenía un extraño mensaje: «Acepta este saquito de poder y sé ¡bienvenida!». Kate y Gala no supieron descifrar más allá de lo que significaban las propias palabras. Se trataba de ¿un regalo de bienvenida? ¿De todo el pueblo o de alguien en particular? ¿Qué significaba lo del «saquito de poder»?
Kate dio la media vuelta necesaria para besar en la mejilla a su madre y subir las escaleras como un fantasma para caer rendida en la primera cama que encontró. Gala prefirió reposar la experiencia en el sillón orejero. Habían pasado ya tres días desde la primera vez que había colocado sus posaderas en él y tenía la extraña sensación de haberse hecho mujer en presencia de aquel viejo sillón. Apenas había conseguido averiguar nada, estaba bordeando el punto de partida y no parecía que la cosa fuera a cambiar demasiado en los próximos días, pero percibía su vida en estado de la vertical: del revés. Aquellas paredes parecía que le susurraban historias en vigilia, aprovechando para colarse justo entre la consciencia y el sueño. Desde que llegó, tenía una voz, que no era de fuera ni pertenecía a su yo interior, que la zarandeaba por dentro y la hacía pensar en su padre. Lanzó un suspiro al techo; siguiendo con la moda, la casa también presumía de tener fotografías de gente muerta decorando las paredes. Hasta entonces se había negado a mirarlas por una mezcla de respeto y temor a reconocerse, pues en el fondo ella también era una Xatart, aunque su madre despreciara ese apellido y decidiera que Marlborough no podía ser relegado por un simple linaje de campesinos. ¡Xatart! Gala tenía muy claro lo que significaba ser y comportarse como una Marlborough, pero ¿Xatart? Era como tener delante de ella un enorme lienzo en blanco y ser incapaz de plasmar color o textura. Apenas sabía nada de su padre; solo que era un hombre que por amor abandonó lo que más quería: La Muga. De cuerpo robusto, mirada penetrante y amplia sonrisa, Román Xatart se fue demasiado pronto como para dejar huella en la vida de su hija. Pero por razones ajenas a su voluntad, más económicas que emocionales, había llegado al lugar más amado de su padre que, si no hubiera fallecido cuando ella tan solo tenía cinco años, seguro que ella también adoraría e incluso habría disfrutado muchos veranos. Se resistía a investigar, a aprovechar esa estancia para conocer un poco más a su padre. No quería remover una ausencia tan dolorosa y compartida con su propia soledad hasta que logró enterrarla. Si es cierto que los muertos vuelven a la vida, no necesariamente lo hacen de cuerpo presente, también pueden hacerlo en forma de bruma espesa. Gala nunca había creído en los fantasmas, pero entendía de dónde podía venir lo de la sábana blanca; cuando los muertos que uno lleva en la mochila deciden llamar a tu puerta, hasta que no les respondes, te acompañan velando y tejiendo un tul que tiñe y confunde la realidad. Era cierto que persistían los síntomas del desfase horario, el maldito jet lag, pero sobre todo tenía el alma revuelta porque el espíritu de su padre había despertado del letargo.
Se frotó los ojos y respiró profundamente. Su mente estaba traviesa, poniendo a prueba su cordura y sus ganas de descender a los infiernos, como cuando uno reconoce que sus cimientos no son tan sólidos como había creído.
Para evitar escuchar o contestar a la voz, sentir presencias o esencias, se levantó apesadumbrada y decidió que había llegado el momento de explorar con mayor minuciosidad su futura herencia. Comenzó por la cocina, anexa al salón de sillones y chimenea de piedra, por un gigante arco de piedra y hormigón. Su tía abuela, como con los muebles, acumulaba cacerolas y menaje centenarios que más que buen uso al fuego llenaban cajones y se llenaban de polvo al gusto. Estaba demasiado cansada para empezar con la selección natural: basura o cajón. El abrir y cerrar armarios había despertado al bicho de la curiosidad, que la supo guiar hasta la tercera planta; un impresionante desván; por sus techos de viga y teja de más de cuatro metros de altura y la cantidad de cajas y trastos que había, daba la impresión de ser un cajón de sastre y un lugar de nunca acabar. Intuía que ahí dentro se hallaba el cáliz de su tía abuela; la vida en cajas de los Xatart. Se sentó en una mecedora de madera noble portando la primera caja que encontró por el camino. Había montañas de ellas, libros y revistas antiguos, álbumes de fotos, maletas de tela y cierre de hebillas metálicas. Ese desván era como el Williamsburg Flea Market de Brooklyn, pero en vez de ocupar East River Park, estaba en un espacioso y rústico loft, encima de una vieja casa de un pueblo perdido. «¡Seguro que Kate se lleva una maleta de cosas y accesorios vintage!». Su hija mayor no era portentosa para arreglarse, pero sí para los negocios, y aquel arsenal era un camino fácil para sacar unos cuantos cientos o miles de dólares.
Encendió la lamparilla de aplique dorado y pantalla de tela amarilla medio rajada para gozar de un ambiente suficientemente íntimo como para revolver en las tripas de una difunta y no sentir que exhumas su cadáver. Desprecintó una caja con el mismo cuidado que cuando se abre un sobre para leer una carta que va dirigida a otro. Sus dedos, manchados por el polvo acumulado, se deslizaron como enredaderas por el interior, buscando el primer tesoro. Libretas antiguas de contabilidad, un par de carpetas con facturas del siglo pasado, un marco de plata sin foto, hojas sueltas con más números y poco interés. Así estuvo un buen rato, en vez de cavando agujeros en la tierra en busca de un tesoro, dejando decenas de cajas abiertas y semivacías, al acecho de algo que despertara su interés. Al tiempo, comenzó a revolver los cajones de un viejo secreter: lapiceros, bolígrafos, gomas, hojas amarillentas a medio escribir, folios en blanco, cientos de sobres, sellos… Gala acertó deduciendo que aquel lugar había sido durante muchos años el estudio privado de su tía abuela. El lugar donde había escrito correspondencia y ordenado la cabeza y el negocio. Apenas sabía por qué estaba metiendo mano desesperadamente en cualquier cajón, pero sentía que su cuerpo no dejaría de bailar hasta encontrar un tesoro y… ¡bingo! Al fin había dado con algo interesante, pero imposible de abrir. Una gruesa libreta cerrada con candado. Podía ser el libro abierto que buscaba y debía ser cuidadosa en el forcejeo. Después de varios intentos frustrados por encontrar la llave o romper el candado, desistió por miedo a estropear su contenido. Estaba segura de que en VellAntic daría con la herramienta adecuada para librarse del maldito cierre. Solo era cuestión de esperar unas horas y despistar a Amat para desvelar el misterioso contenido.
Descalzándose y tocando el suelo de puntillas descendió a la planta intermedia, llegando a un pequeño recibidor central con cinco puertas; cuatro habitaciones y el baño. Las cuatro puertas estaban cerradas y, como si se tratara de un juego de dar con la puerta adecuada, abrió con sigilo cada una de ellas hasta dar con su hija Kate, que dormía con las botas puestas. Dudó si descalzarla y meterla en la cama para su mayor comodidad, pero no quiso arriesgarse a perturbar su descanso. Gala eligió la habitación contigua, la única que extrañamente no gozaba de ventanas, para tumbarse y recuperar energías. Le gustó la extrañeza y sintió una gustosa calma. Desconocía que ese tipo de cámaras ciegas, sin ventanas, eran ciertamente místicas, pues eran las elegidas para los partos, ya que existía la creencia de que, sin el contacto con el exterior, eran más seguras para un nacimiento limpio y sin bacterias que perjudicaran al neonato.
El descanso apenas duró unas horas. El timbre ensordeció los sueños de Kate, que esa noche gozó de un sueño más liviano que su madre. Descendió medio ladeada por las escaleras, buscando encontrar a su hermana pequeña al otro lado de la verja. Para su sorpresa, se encontró con una mujer mayor desconocida —¡otra abuela!— de larga trenza blanca y vestida como una novicia, acompañada de una chica de apenas 17 años que portaban el famoso cuadro La mar. Las dos saludaron a Kate sonrientes, algo poco usual en aquel pueblo que, de primeras, te regalaba pocos dientes.
—¡Hola! Soy la Francisca y esta es mi sobrina nieta Joana. Os hemos traído el cuadro que se quedó dentro del Rover.
Tras pelearse un buen rato con el candado de la verja, las dejó entrar al jardín olvidado, lleno de plantas agonizantes que pedían a gritos ser rescatadas. Kate se llevó el cuadro al interior y lo dejó reposando en el primer rincón libre que encontró. Volvió a la carrera a atender a las mujeres, que permanecían en el mismo lugar con los brazos cruzados. Francisca preguntó por Gala, que seguía inerte en la habitación de los partos. Kate lanzó varios gritos para avisar a su madre de que tenían visita. Al poco, sacó la cabeza con la cabellera despeinada y los ojos achinados por la ventanita del baño. Apenas saludó con la mano, se metió espantada en el interior para realizar un aseo exprés y recuperar el glamour perdido. En aquella casa y con aquella vida silvestre, le era muy difícil mantener una imagen correcta. Kate entretuvo a las mujeres hablando del frío y del dichoso aire huracanado.
—Tramontana, se llama tra-mon-ta-na y es uno de los tesoros de esta tierra.
Joana le explicó al detalle las propiedades curativas de ese viento que muchos consideran endiablado. Solo los de aquella tierra valoran su poder, pues necesitan que emerja con fuerza para limpiar y sanar las mentes. Kate miró a aquella chica de pelo corto y grandes ojos azules con extrañeza. Parecía la versión en joven de Nalda La Roja. Vestía con colores vivos, una combinación de colores y tejidos tan difícil como cuestionable, y hablaba más desde la pasión que desde el conocimiento. Mientras las chicas intercambiaban sensaciones, Francisca La Santa se dio una vuelta por el jardín y se compadeció del estado de las plantas. La gran Amelia Xatart era famosa por su cuidado y mimo, y se echó las manos a la cabeza solo de pensar cómo La Xatart estaría gritando desde el cielo por semejante descuido.
—Amelia, això t’ho arreglo jo de seguida. No et preocupis! (—Amelia, esto te lo arreglo yo enseguida. ¡No te preocupes!)
Francisca esperó a que llegara Gala para presentarse como la prima de Tomasa y pedirle un cubo y las herramientas de jardín. Apenas eran las once de la mañana y aquella mujer se disponía a limpiar el patio de hojas muertas. Gala era una negada para las plantas; aunque adoraba las orquídeas jamás conseguía que brotaran por segunda vez. Todos los años, Frederick le regalaba en su aniversario de bodas una orquídea; cada año una distinta y cada vez Gala intentaba un nuevo ritual para que, una vez se quedara en palo, hacerla brotar. Hasta el momento solo se había frustrado con cada intento, pero estaba segura de que un día lo lograría. No le pareció mala idea observar a Francisca en sus labores de jardinera y quién sabe si acabaría por descubrir el truco que diera paso al ansiado milagro. Pero antes necesitaba un café bien cargado y engullir cualquier cosa si deseaba llegar al final del día sin desfallecer.
—¿Sabes patinar? Yo soy una Gotham Girl y estoy en la Roller Derby League.
—¿Qué es eso?
Kate parecía haber hecho buenas migas con Joana, que, aunque era unos años mayor, sentía curiosidad por la recién llegada de Nueva York. Le encantaba esa ciudad y, cuando cumpliera los dieciocho, su padre le había prometido regalarle el viaje. Ella quería ser actriz y su sueño era ir a estudiar al Actors Studio, la escuela de las estrellas, de donde salieron Brando, Marilyn, Newman. Aunque su físico era más bien limitado, no había nada como creer que nada es imposible. Kate la miraba divertida, ella nunca se había planteado lo de ser actriz; Adele, en cambio, estaba fascinada con las clases de teatro en la escuela. Pero ella prefería perfeccionar la técnica de los patines y despreocuparse por el momento del futuro.
—Mis padres son muy ricos, no tengo prisa por trabajar y ganarme la vida, ¿sabes?
Kate podía llegar a ser una adolescente muy engreída, pero a Joana, lejos de provocarle rechazo, le gustó su fanfarronería. Joana la miró con ganas de descubrir qué clase de vida llevaba aquella adolescente en Nueva York. Si conocía a alguien famoso, cuántos musicales había visto, cómo era su escuela, qué estudiaba y qué significaba ser una Gotham Girl. Aunque ella había nacido en ese pueblo y era una Brugat, no quería pasarse la vida allí metida. Ella estaba hecha para triunfar y ver mundo.
—Yo canto, ¿sabes? Y bailo claqué, porque todos los grandes aprendieron a bailar claqué.
Sin esperar a ver la reacción de Kate, Joana se marcó una pequeña demostración de sus dotes dándole a los pies. La tierra y las deportivas impidieron que se escucharan sus pasos, pero ella ni se percató ni le importaba. Kate la miró con cierta distancia, apenas tenían nada en común, pero prefería aquella compañía que estar con su madre y ciento y una abuelas. Incluso llegó a pensar que, por su dificultad al expresarse, podía tener cierto retraso, pues no hablaba con demasiada fluidez.
—¿Por qué te cuesta hablar?
—Apenas me expreso en castellano. Yo siempre hablo en catalán. Es mi idioma materno, ¿sabes? Como el tuyo el inglés, ¿sabes?
¿Idioma materno? No entendía muy bien a qué se refería con aquella expresión. ¿Acaso contaba más el idioma que hablara la madre que el padre? ¿No todos hablaban la misma lengua? No tenía claro cuál era el suyo: su madre hablaba perfectamente inglés, pero se había empeñado en que aprendieran castellano como el abuelo Román. Pero comenzaba a tener sus dudas de que el abuelo hablara en castellano y no en ese otro idioma.
—Catalán, se llama catalán. ¿Te apetece ir a dar una vuelta? Conozco un sitio donde podrás patinar.
Kate no estaba demasiado convencida, pero fue oír la palabra «patinar» y se le despejaron todas las dudas. Se tomó de un trago el vaso de zumo de naranja que le había preparado su madre y, sin apenas asearse, desapareció con el bocadillo en una mano y los patines en la otra.
—A las dos y media en el restaurante, ¿me oyes? No llegues tarde y ¡ten cuidado!
Kate se giró hacia su madre y, cerrando la verja, se despidió con una mueca y el saludo de los scouts de Adele. No entendía cómo su hija había salido tan salvaje, tan poco pizpireta. Ya se había desarrollado y seguía actuando como una chiquilla y no como una mujercita que se preocupa por el aspecto físico y desea agradar a los chicos. Kate no perdía el tiempo eligiendo qué ponerse ni soñaba con pintarse las uñas, solo con ser libre y tener la independencia necesaria para hacer lo que le plazca con su vida. Todavía era una niña, pero comenzaba a ser hora de que se comportara como la señorita que era. Era una Marlborough. ¿Acaso no le importaba el qué dirán?
Gala entró en la casa y en apenas un minuto salió con el misterioso cuadro y lo reclinó sobre una silla. Francisca se había arrodillado y puesto manos a la obra con la poda del jardín, tenía el tiempo justo para terminar la faena y acudir a la comida. Agnès las había invitado a comer en La Muga, y a La Hechicera nadie podía negarse y menos cuando se trataba de comida. Había montado un pequeño festín gastronómico en homenaje a las recién llegadas para que probaran los sabores del lugar.
Gala observó los delicados trabajos de Francisca con las plantas mientras disfrutaba de su segundo café y ese sol de invierno que siempre sabe a gloria. Entre sorbo y sorbo, observaba La mar y percibía la mirada de reojo de Francisca. ¿Acaso sabía algo que la pudiera ayudar? Amat le había contado que era una mala copia de Mujer en la ventana y, además, sin firma ni señal que pudiera servir para identificar al autor. Intuía que, si preguntaba directamente por el cuadro, obtendría una respuesta esquiva, así que probó a hacerlo de forma indirecta.
—¿Mi tía abuela era coleccionista de arte?
Francisca, que se encontraba en plena faena de remover la tierra para el abono, se detuvo en seco y, sacudiéndose las manos, miró con dulzura a Gala, que esperaba con ansiedad la respuesta.
—Amelia fue una extraordinaria mujer que te quiso sin apenas conocerte, ¿lo sabías?
La respuesta la pilló por sorpresa y, aunque las preguntas sobre sus antepasados se le amontonaban, prefería evitar la invitación y centrarse en lo que de verdad le importaba: la herencia. No es tan fácil avanzar en una dirección cuando tu contrario usa la fuerza opuesta, y a Francisca parecía importarle poco la herencia de Amelia Xatart y mucho el jardín y recobrar su memoria. Gala no quería oír nada sobre su tía abuela ni su padre, así que mantuvieron una conversación de besugos, cada cual con su tema y siempre encontrándose en el mismo punto de partida. «¿Por qué será tan difícil averiguar algo sobre el dichoso cuadro?». Comenzaba a atisbar la terquedad y cerrazón de aquella gente y sabía que, cuando no deseaban hablar de un tema, eran rudos o esquivos y no había manera de sacarles una coma.
—¿Has visto alguna fotografía de tu tía abuela?
Gala se entregó por agotamiento a la conversación que deseaba Francisca, al fin y al cabo era lo menos que podía hacer pues, siendo su invitada, la tenía trabajando en el jardín. Negó con la cabeza para indicar que no había visto una fotografía de la gran Xatart, aunque hacía unas horas había estado a punto de hacerlo, pero le pudo el cansancio. ¿Qué importaba? ¿Era tan especial su físico? Francisca le insistió en que debería hacerlo para comprender muchas cosas.
—Las fotografías muestran más de lo que son. ¿Lo sabías?
Le contó que, al llegar por la mañana, había rebuscado entre las cajas del desván, pero que apenas había encontrado documentos de contabilidad; evitó comentarle el gran hallazgo: lo que parecía un diario sellado con candado. No creyó conveniente confesárselo a riesgo de ser juzgada o criticada por osar leer un documento tan íntimo de una difunta. La verdad es que Gala se moría de curiosidad por saber qué contenía, pero debía esperar a encontrarse con Amat. Entre las cajas había alguna fotografía en blanco y negro pero le habían pasado desapercibidas por ser antiguas, llenas de seres de otro tiempo, seguramente ya muertos, que más que despertar su interés le provocaban rechazo. Hacía años leyó que algunas tribus perdidas por el mundo creen que en cada fotografía que te hacen se queda impregnada una parte del alma. Gala no es que fuera mujer de cultivar su espiritualidad, pero era otra de las supersticiones que acumulaba. No eran demasiadas; las justas, y por eso mismo las respetaba como si le fuera la vida en ello. Lo de las fotografías, y más de los muertos, era partidaria de quemarlas, de deshacerse de ellas para que el alma, como decían esas tribus, retornara al difunto y pudiera descansar en paz. Por eso no entendía la costumbre de esa tierra de colgar imágenes de muertos, como si fueran santos. Y por eso no tenía fotografías de su padre; aunque debía confesar que había podido deshacerse de todas, menos de una que guardaba como un tesoro: su padre sonriente en Central Park con ella en brazos. La lleva siempre consigo, metida en el billetero; estropeada por el trajín y las veces que, a escondidas, la ha mirado, buscando el pedacito de alma de su padre que se quedó en aquella fotografía. Nadie lo sabe, ni su madre, ni Frederick ni sus hijas. Es su pequeño secreto, su intimidad más profunda, su soledad más concreta: sacar la fotografía de su padre y ella de pequeña y buscar la emoción contenida, ese momento captado que es incapaz de rescatar.
—Aquí respetamos a los muertos, ¿sabes? Forman parte de nuestra cultura y de nosotros mismos. Si no conoces a tus muertos, no te conoces a ti misma.
Francisca, que había terminado con la primera fase del jardín, prefirió tomar aire y reposar las lumbares. Con el paso de los años, si no era precavida, los achaques podían dejarla postrada en la cama más de una semana. Limpiándose con el pequeño delantal que siempre solía llevar puesto sobre la falda, se sentó a disfrutar del sol junto a Gala. Las dos mujeres estuvieron unos minutos en silencio rociándose de sol. A Francisca le encantaba hacerlo; lejos de todos los miedos cancerígenos de tomar el sol, ella desde que era una niña solía sentarse media hora para llenarse de vitamina D como le había dicho su abuela. Apenas sabía leer ni escribir, no le había hecho falta porque La Roja le leía todo lo que necesitaba y su prima Tomasa se encargaba de la escritura. Ella prefirió dedicarse a escuchar a la naturaleza y aprender de ella y de las flores. Al suicidarse su marido, Josep El Impotente, no se hizo monja, pero descubrió la religión de las flores.
Gala no se atrevió a preguntar la razón ni la forma en la que el marido de Francisca se había quitado la vida, pero La Santa estaba muy acostumbrada a saber cuándo se hablaba de ello con la mirada.
—No importa, hace mucho tiempo que pasó y ya no duele. Mis muertos los llevo en paz conmigo y tú deberías hacer lo mismo.
Gala y Francisca se miraron con los ojos achinados y las manos haciendo de visera comunicándose con el pensamiento. A veces no es necesario verbalizar para entenderse y esas dos mujeres sabían muy bien que estaban hablando de algo que era demasiado doloroso y sutil como para convertirlo en palabras. Gala comenzaba a sentir la necesidad de compartir a su padre y llenar su ausencia con conocimiento. Pero no sabía cómo comenzar, qué hacer o decir para romper aquella pared invisible que con los años construyó tan a conciencia y a prueba de autosabotajes. Francisca se confesó y le contó con detalle su historia y cómo desde el amor más profundo pudo comprender tanto dolor. Su marido Josep, el hermano de Úrsula La Guapa… Gala se perdía con tanto nombre y tanto apodo.
—La de la tienda del pueblo, ¿sabes? Que tiene un hijo llamado Pau…
Enseguida visualizó a la mujer de mirada penetrante, cara de pocos amigos y virtuosa del ganchillo. Cuando supo que Gala había localizado a Úrsula, prosiguió con la historia. Aprovechó esa intimidad con Gala para contárselo de viva voz antes de que lo hiciera cualquiera y con exceso de maquillaje. Ella adoraba La Muga, pero como todo pueblo, a la misma velocidad que corrían las aguas del río Muga también lo hacían las habladurías. Todos sabían de la vida de todos, pero muy pocos se atrevían a contrastar las informaciones por cobardía o por necesidad de construir historias, leyendas y escándalos varios. La historia de un pueblo sin todo eso carecería de pedigrí. Si no fuera así, ella sería una de las de mejor linaje, pero bien al contrario, era tan solo la prima pobre de los Brugat, manchada por el escándalo.
—Verás… Apenas era una chiquilla cuando me casaron con Josep porque… Antes eran pocos los matrimonios que se casaban por amor.
Apenas había cumplido la mayoría de edad y poco sabía de la vida, mucho mayor era él: diez años y sin ganas de pasar por la vicaría. Pero los hombres, al igual que las mujeres, en los pueblos tenían muy repartida la función y, por aquel entonces, pocos eran los que se atrevían a salirse del guion. Josep siempre fue muy cariñoso con La Santa, la llegó a querer a su manera, pero necesitaba de otras cosas para ser feliz. Bajo la excusa de ser el comerciante del pueblo, el encargado de la única tienda, necesitaba bajar a Barcelona para hablar con proveedores. Los Brugat y la familia callaban por el qué dirán, pero sabían que Josep aprovechaba para ¡desahogar sus demonios!
—Él no era feliz, ¿sabes? Jamás me contó nada, pero yo lo sabía.
Gala podía imaginar de qué se trataba, pero prefirió guardar silencio y seguir escuchándola para evitar meter la pata con comentarios poco acertados. Francisca se levantó de la silla y caminó varios pasos antes de proseguir. Miró al cielo y murmuró en su idioma algo que Gala no supo descifrar, parecía una oración, una plegaria, un mantra dirigido a ella y a su difunto marido. Observó cómo a aquella mujer de carácter templado se le había transformado el rostro, arrugado por esos recuerdos incrustados como pequeños puñales que, de vez en cuando, sueltan sangre y destilan pena. «¿Debo evitar que siga? ¿Por qué le cuenta a una desconocida semejante intimidad?». Gala entendía mucho de decoro y de guardar ante todo las apariencias. Se había criado en una familia donde lo más importante era construir chubasqueros contra las lluvias del qué dirán. Había sido educada para mantenerse firme aun cuando, como en el Titanic, el barco se estuviera hundiendo. Los Marlborough eran como la orquestra del famoso transatlántico: capaces de seguir tocando como si nada de lo que ocurre fuese con ellos. Por eso entendía la historia de Francisca, pero no podía evitar sentir cierta incomodidad por su confesión, al fin y al cabo a una desconocida.
—¿Te apetece un té, un café o un zumo de naranja? Tengo magdalenas de… este pueblo.
Francisca aceptó el té y una magdalena. Seguro que había sido cosa de Agnès La Hechicera, que le había enviado el primer saquito de poder. «¿Estará al tanto de lo de los saquitos de poder?». A Gala se le acumulaban las preguntas, pero estaba demasiado intrigada por la historia de Josep y Francisca y optó por dejar a un lado los saquitos y centrarse en lo que La Santa estaba decidida a confesarle. Las dos mujeres entraron en las antiguas caballerizas de la casa, sitio donde, desde hacía un par de décadas, Amelia Xatart había ubicado la cocina comedor y el salón con chimenea. Francisca se detuvo en señal de respeto en la puerta y murmuró una nueva oración antes de entrar. Gala prefirió no preguntar y obviar el ritual manifiesto. No quería arriesgarse a desviar la conversación y Francisca, aunque parecía estar en plenas facultades, no dejaba de ser una anciana septuagenaria.
Cuando el té estuvo listo y servido en tazas, La Santa se sentó en el sillón orejero, dio un pequeño sorbo y, con la mirada en los posos, retomó la historia.
—Han pasado más de cuarenta años y yo ya soy una vieja, pero cuando sucedió estaba en la flor de la vida, ¿sabes?
A Francisca se le humedecieron los ojos y Gala, que estaba sentada a su lado, le tomó la mano y le transmitió, apretándola fuerte, compasión y consuelo. La dulzura de aquella abuela, la ternura en su rostro y su voz aterciopelada le estaban provocando un nudo en el estómago. Francisca se secó una lágrima y miró al cielo, afirmando con la cabeza. Con los años, había conseguido entender por qué su marido se había colgado de una viga con una cuerda de atar a los caballos. Con los años, había logrado comprender el sufrimiento por el que estaba pasando y la dificultad para vivir bajo el rechazo permanente. Él apenas había cumplido los 35 años, tenía toda la vida por delante y una mujer que lo cuidaba y lo quería a pesar de casi no haber cumplido con ella en la cama. Pero a Josep se le atragantó la felicidad, víctima del amor imposible al igual que, como le contó Nalda, lo fueron Romeo y Julieta.
—En el caso de ellos, dos familias que se odiaban a muerte. En el caso de Josep, amar a otro hombre, un pecado y un delito perseguido. Ojalá me lo hubiera contado, ¿sabes? Quizá ahora estaría vivo…
Francisca lloró su muerte y, con los años, honró su vida, defendiéndolo ante cualquiera, pero sobre todo de su hermana Úrsula que, lejos de conservar su buena memoria, se encargó de difundir historias inventadas sobre su hermano El Impotente o El Pervertido. El escándalo fue la comidilla y, durante muchos años, siempre que Francisca cruzaba un corrillo se hacía el silencio. Después de perder la casa y la tienda, su prima La Rica la acogió en la masía de los Brugat. Nadie se atrevió jamás a preguntarle, todos habían escrito una novela de ello y se habían compadecido de ella, conocida desde entonces como La Santa.
—No me hice monja porque el cura del pueblo fue el que obligó a Josep a casarse, a pesar de que sabía que sus inclinaciones eran otras…
Gala sintió la rabia de Francisca por cómo apretó su mano hasta hacerle daño. No volvió a casarse, ni tuvo hijos, solo sobrinos; los de su prima, a los que adora. Desde entonces se volcó en el jardín y el poder de las flores. Ella, gran devota de la espiritualidad en el reino vegetal, es maestra en el arte de las esencias florales y, desde hace muchos años, las prepara para sanar. A Gala le habría encantado hablar de sus orquídeas y de su dificultad para mantenerlas vivas, pero ya había abusado en exceso del tiempo y la confianza de aquella mujer y debía prepararse para la comida. Antes de despedirse, Francisca le rodeó la cara con sus manos y la besó en ambas mejillas con una ternura que viajó por todo su cuerpo. La miró sin soltarle la cara con un amor poco entendido y, acariciándole el pelo, le soltó una bomba.
—Esta tierra elige a sus mujeres, ¿sabes? ¡Ten fe y todo se arreglará!
Nada más despedirse de Francisca, escuchó el timbre de lo que parecía un teléfono. «¿Hay línea en esta casa?». Siguió escuchando el sonido y, como quien sigue una estela o rastro, hizo lo mismo hasta divisar un antiguo teléfono verde hospital oculto tras unas revistas antiguas.
—¿Hola?
Sin pensárselo dos veces se abalanzó sobre él y contestó con celeridad para evitar que se cortara la llamada. Era Nalda La Roja, que la avisaba de que su hija estaba en perfecto estado, sana y divertida con su compañero de juegos, su nieto Marc, que esa mañana le había hecho de cicerone por la vaquería. Allí parecía que las paredes hablasen o tuvieran incrustadas unas minicámaras, porque se sabía todo de todos. Nalda le recordó la comida con Agnès y preguntó si ya se había marchado La Santa.
—Es un poco lenta, ¿sabes? Tiene muchas virtudes pero entre ellas no está la puntualidad y la Agnès detesta que lleguemos tarde a la mesa.
Ella, Amat, Marc y Adele llegarían juntos y, por el camino, recogerían a Kate y a Joana. La insistencia de Gala en que sus hijas pasaran a asearse antes de acudir a La Muga cayó en saco roto. Apenas fue escuchada y sí tildada de exceso de decoro y postín.
—Aquí lo importante no es la ropa que lleves, ¿sabes?
¿Sabes? Por qué terminaban todas las frases con pregunta si nunca esperaban una respuesta y siempre terminaban haciendo lo que les daba la gana… Gala protestó y trató de imponerse como progenitora y la principal responsable de esas dos menores, pero resultó estéril. Allí la ley que imperaba era otra y una de dos: o te adaptabas o te arrollaba sin más como una apisonadora.
—Las leyes del campo son muy distintas de las de la ciudad, ¿sabes?
¡No! No sabía y prefería seguir sin saber. Tuvo un agrión de rebeldía y emitió un semialarido sin sentido antes de colgar a Nalda y dar dos saltos de impotencia. ¿Acaso estaba obligada a acudir a aquella comida? Nadie controlaba su vida y menos unas abuelas que lejos de ser cándidas e inofensivas le parecían manipuladoras e invasivas. Antes de bloquearse del todo, prefirió hacer correr el agua y darse una buena ducha reparadora, sin prisa ni niñas alrededor incordiando.
Kate se había puesto los patines y llevaba bajo el sol unos cuantos sprints y derrapadas ante Joana. Con las prisas y la emoción se había olvidado las protecciones: rodilleras, coderas y casco. Se lo había traído todo de Nueva York. «¡Una Gotham Girl jamás se olvida el traje!». Joana observaba las carreras de Kate apoyada en una barandilla y con unas gafas de sol dos tallas más grandes para evitar cegar la vista. No le gustaba correr, pero disfrutaba con el riesgo; cualquier hazaña que implicara tomar velocidad, fuese del tipo que fuese, contaba con su admiración. Aunque no entendía demasiado la gracia de esprintar de punta a punta de la pista de baloncesto, observaba a Kate con curiosidad, esperando que en algún momento le llegara la asfixia y le contara cosas sobre Manhattan. No fue cuestión de minutos que Kate se quitara los patines, llevaba varios días sin sentir la adrenalina y, durante un buen rato, entró en el bucle energético de las rollers; correr y sentirse ligera hasta creer que los patines han dejado de tocar el asfalto, frenar en seco y volver a buscar la misma sensación una y otra vez. Debía entrenarse duro si quería estar en forma para las eliminatorias y ganar por primera vez en la historia de las Gotham Girls la liga nacional. Joana no entendía demasiado ese deporte; según le había contado Kate, era algo como el rugby pero en patines. No era demasiado femenino, pero si se trataba de tendencia, desde ese preciso momento era ya una fiel seguidora de la Roller Derby. Estaba segura de que saber más cosas de esa ciudad le daría más puntos para cuando, en un futuro, viviera allí, para poder integrarse mucho más rápido. Un verano conoció a unos americanos que le contaron que Nueva York era una de las ciudades más duras para vivir, porque es muy cara y en ella conviven los extremos con la ambición de ver los sueños hechos realidad. Para Joana no fue un impedimento, sino una advertencia de cómo debía prepararse antes de irse a vivir a Nueva York. Llevaba años estudiando sus calles, los bares de moda y vistiéndose al estilo streetstyle de la ciudad. Kate era todavía una niña y no podía valorar eso, pero estaba segura de que su falda y sus leotardos le resultaban como mínimo familiares. De una frenada brusca y con el sudor cayéndole a chorretones, Kate dio por terminada la sesión de entrenamiento con público incluido, aplaudiendo su último regate simulado. No le importaba que la miraran, todo lo contrario, ella era de las que se crecía con el aplauso ajeno. ¿Qué hora debía de ser? ¿Cuánto llevaban allí? No quería llegar tarde a la comida; con el esfuerzo, las tripas le arañaban por dentro y, para callar al león, hay que darle alimento. Joana estaba feliz con las visitantes, incluso pensó en practicar inglés con Kate, pero dado su escaso nivel Kate decidió que lo mejor para entenderse era hablar en castellano.
—No problem, as you like it! (—No hay problema, ¡como quieras!)
De camino al restaurante, Joana la ametralló a preguntas.
—¿Cuántos musicales has visto? ¿Te gusta Woody Allen? ¿Conoces Cadaqués? Si Allen conociera esta tierra, estoy segura de que rodaría una película aquí.
Le llenó la cabeza de nombres y detalles de la gente del pueblo. Hablaba demasiado rápido y apenas le daba tiempo a responder ni a retener todo lo que le explicaba a cada paso.
—En casa de Cecilia una yegua está a punto de dar a luz. ¿Vendrás a la fiesta?
—¿Qué fiesta?
—La fiesta del potrillo, siempre que nace uno Cecilia organiza una gran fiesta y vamos todos. ¡Es genial!
Hablaba atropelladamente y siempre con una amplia sonrisa y muchos aspavientos con las manos. No entendía la mayoría de cosas que le contaba, pero a Kate comenzaba a parecerle muy divertida. Tenía pinta de atreverse con todo y, como ella, de saltarse las reglas e ir más allá. Era de las afortunadas del pueblo que tenía permiso para subirse a la cabaña del árbol, fumaba a escondidas como ella y escuchaba los mismos grupos que ella. ¡Conocía Spotify! Le parecía increíble que en aquel pueblo tan alejado de la modernidad hubiera una persona que supiera de la existencia de uno de los inventos más alucinantes de los últimos tiempos: Spotify, un infinito almacén de música en la red para escuchar a tus artistas preferidos a precio de tarifa plana. Kate se lo pidió al cumplir 11 años y, desde entonces, no podía vivir sin su iPhone y sus auriculares.
—¿Tienes iPhone? Uaaaaaala.
Joana estaba alucinada con la cantidad de gadgets de última generación que tenía Kate. Ella apenas contaba con un smartphone de los básicos y su joya de la corona: un MacBook Air que le regalaron cuando cumplió los 17. Esas Navidades había pedido el iPad, pero no sabía si se lo regalarían porque había suspendido tres. Kate, en cambio, era una alumna ejemplar en cuanto a calificaciones; otra cosa era su actitud en clase. Ella y su hermana estudiaban en una de las escuelas más prestigiosas de Nueva York, la Brearley School.
—¿La conoces?
Joana negó con la cabeza, pero ávida de conocimiento. Su instituto estaba en la ciudad de Figueres y poco tenía que contar sobre él. Kate, en cambio, podía estar toda la tarde contándole lo que significaba ser una Brearley Girl y todo lo que ella odiaba de su lema By Truth and Toil y tener que cantar cada semana The Linden Tree.
—¿Tocas el piano?
Había olvidado el interés por lo artístico de su nueva amiga y fue nombrar a Franz Schubert y llevarla de la mano corriendo a su casa para que le tocara el piano. Kate no era un prodigio, pero habiendo aprendido desde pequeña, era fácil impresionar a cualquier ignorante en esas artes. Frenó en seco al reconocer qué propiedad estaba a punto de pisar de nuevo: Can Brugat. No estaba del todo segura de si podía traspasar esa línea, aunque Joana la invitara, su abuela, Tomasa La Rica, le había prohibido el paso. Si se tratase de militares, estaba claro, pero al tratarse de un pueblo, Kate dudaba si aceptar o declinar la invitación. Joana no entendía la negativa de su amiga a cruzar la puerta de entrada, su abuela tenía muy mala fama, pero jamás le negaría la entrada a una amiga suya, y Kate era su nueva amiga. Alargó el brazo para que Kate tomara su mano y cruzara la verja. No tenían demasiado tiempo para dudas ni pianos, pero Joana se empecinaba en que Kate le tocara algo antes de la comida. Le parecía de lo más glamuroso tener de invitada en su casa a una oriunda de Nueva York que vivía en el Upper Side, ¡en Manhattan! Se acercaba la hora de comer y seguro que su padre estaba en casa. Quería presentarle a Kate y recordarle con su nueva amiga el pacto que hacía años habían hecho los dos. Ayudaba en la empresa a cambio de poder estudiar en Nueva York. Joana sabía que su familia no creía en su talento, pero las vidas de las grandes estrellas están llenas de gente que jamás creyó en ellos. Ella era una estrella en potencia y solo necesitaba seguir su propia estela, daba igual lo que los demás pensaran. Kate estiró el brazo y señaló más allá de Joana, que sonrió divertida.
—No quisiera herir tu ego, pero esta no es la primera vez que alguien me apunta con una pistola.
Kate la miró sin entender qué decía. Joana volvió a repetir la frase, pero esta vez en inglés y forzando un poco más la voz, como si quisiera imitar a alguien.
—¿Te suena?
Kate negó con la cabeza y Joana se llevó las manos a la cabeza. ¡¿Cómo no era capaz de reconocer una de las frases míticas de la obra de arte de Tarantino Pulp Fiction?! Kate había descubierto una de las aficiones de su amiga: meter en las conversaciones, sin venir a cuento, frases famosas del cine para que la gente las adivinara. A ella también le gustaba hacer eso, aunque quizá no tan asiduamente. Pero divertida con el reto, cambió la dirección de su dedo y apuntó con él al cielo, esperando que Joana lo siguiera con la mirada para lanzar su frase.
—Cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira el dedo.
—¡Amélie!
Joana lo supo al instante y aplaudió la rapidez de Kate, intuía que tenía una contrincante de nivel, nada fácil de vencer. Antes de que siguiera con una nueva frase, su padre la llamó desde lejos. No entendía qué hacían allí quietas en la entrada de la casa, una dentro y la otra fuera. Joana corrió a saludarle y Kate apenas se movió. En True Blood, una serie que veía a escondidas de sus padres, los vampiros no pueden entrar en la casa hasta ser invitados. Y aunque su amiga la invitara, debía hacerlo la propietaria del lugar: doña Tomasa, la heroína del tractor. Joana la dejó por imposible y subió a la casa para cambiarse. Kate la esperó sentada en un inmenso pivote de cemento, aprovechó para revisar el móvil y liarse un cigarrillo. No sabía si en ese pueblo, como en Nueva York, todos eran antitabaco, pero por si acaso prefería echar unas caladas en soledad que aguantar sermones. «¿Dónde estará Adele?», pensó.
Adele estaba con Marc en la vaquería, con mierda de vaca hasta las rodillas y botas tres tallas más grandes, intentando enchufar en una de las tetillas de una vaca su pezonera correspondiente y proceder al ordeñado mecánico. Marc le había enseñado, junto con su abuelo, cuál era la mejor manera de proceder, pero estar debajo de una vaca impresionaba demasiado como para acertar a la primera con la pezonera. Vicente la ayudó con un movimiento seco y, como si absorbiera la tetilla de la vaca, desapareció en el interior transparente de esa pezonera tubular. Marc, bajo las órdenes de su abuelo, le dio al botón verde para comenzar el ordeño. Tan solo había una docena de vacas conectadas, pues su hora era sobre las seis de la mañana, pero Marc se había empeñado en enseñarle a su amiga cómo se ordeñan las vacas. Los dos siguieron divertidos los tubos de plástico que se llenaban de leche hasta llegar a la gran cuba metálica que mantenía la leche sin riesgo de bacterias.
—¿Quieres ver cómo ordeño yo una sin máquina?
Adele movió la cabeza afirmativamente con una amplia sonrisa. Ojalá que su hermana Kate hubiera estado allí para inmortalizar la escena con una foto. Estaba segura de que sus Brearley Girls no se creerían que ha estado debajo de una vaca y le ha tocado las tetillas. Marc le pidió a su abuelo mostrarle a Adele cómo se hacía antes de las máquinas. Vicente fue a buscar dos taburetes de madera, más parecidos a antiguos reposapiés, y los colocó justo debajo de las tetillas de una vaca. Invitó a Adele a sentarse en uno de ellos y, junto a él, vio de primera mano cómo el abuelo Vicente acariciaba las tetillas rosas de la vaca Aurelia (todas las vacas tenían nombre) y, estirándolas primero, procedió a miccionarlas en una coreografía perfectamente ensayada. Como si las tetillas fueran las cuerdas de un arpa, el abuelo Vicente llegó a hacer música con la leche que caía en el cubo de plástico. Adele estaba impresionada y, aunque probó a estirar la tetilla con su propia mano, necesitaba un poco más de práctica y técnica para hacer caer la leche.
—¿Te gusta?
Marc estaba encantado con enseñarle a su amiga los rincones del pueblo y todo lo que en aquella tierra se hacía. El abuelo Vicente dio por finalizado el espectáculo y volcó la leche ordeñada del cubo en la cuba metálica; si no querían ganarse un sermón de Nalda, debían emprender el camino hacia la casa.
—Ya no me molesta tanto el olor de este pueblo.
—¿Cuál? ¿El olor a mierda?
Adele soltó una carcajada al oír la palabra. Estaba en una edad en la que había ciertas palabras que, al ser pronunciadas, le provocaban la risa inmediata. Marc se dio cuenta de lo que ocurría y no paró de repetirla: «¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!», para que Adele no dejara de reír. Los dos niños iban por delante del abuelo Vicente, dando brincos como dos potrillos. A Vicente le gustaba ver a su nieto con aquella alegría risueña; era un niño con una sensibilidad fuera de lo común y la diferencia suele ir acompañada de sufrimiento. Él era un hombre de la norma, pero convivía desde hacía más de cincuenta años con La Roja, la mujer que trataba de vivir fuera de las convenciones. Él la adoraba, le gustaba su empuje, su valentía, su inconformismo, su sabiduría de devorar libros, pero también había visto muy de cerca cómo a la diferencia siempre se la trata de aplastar. Mientras el cuerpo aguantó, Vicente tiraba de la fuerza bruta para pelearse con cualquiera a quien viera asomársele una mota de burla hacia su mujer. Nalda era única para él y para todos; la diferencia es que Vicente seguía enamorado como el primer día y el mal carácter de La Roja, lejos de molestarle, le hacía soltar carcajadas, mientras que al resto le provocaba sarpullidos.
Antes de meterse en la casa, Marc le hizo señales a su abuelo, que se había quedado atrás. En la vejez, uno tiene que asumir que se terminaron las carreras y que siempre te acaban esperando. A Vicente le había costado reducir la velocidad, ser el último en llegar en vez del primero y, sobre todo, dejar de ir a cortar la leña. Era una de sus actividades preferidas, le mantenía en forma y, aunque no lo pareciera, siempre había sido muy presumido. Nalda estaba en su rincón preferido, el de lectura y recorte. Adoraba leer la prensa y recortar los artículos que le parecían interesantes. Los clasificaba según el tema o incluso por autor, nadie sabía qué hacía con ellos, pero nadie se atrevía tampoco a decirle que era absurdo que los coleccionara. Era su hobby, todos tenemos hobbies y nadie debería juzgar nuestras pasiones. Vicente la respetaba, la dejaba en su momento de mayor placer junto con la hora de los informativos y su tiempo en internet. Nadie podía interrumpir esos momentos…
—Àaaviaaa… Telèeefooon! (—¡Abueeelaaa! ¡Teléeefono!)
Nalda gruñó arrugando de malas formas La Vanguardia y maldijo esa llamada impertinente. Todo el pueblo sabía que una hora antes de comer ella leía y recortaba y no podía ser interrumpida. ¿Quién estaba al otro lado del teléfono?
—Sí? Què vols ara? (—¿Sí? ¿Qué quieres ahora?)
Era Teresa La Segunda. Llamaba indignada por no haber sido invitada a la comida de Agnès. Tampoco Úrsula ni Cecilia habían sido invitadas y eso le parecía un desprecio por parte de La Hechicera, y con la nueva. Nalda estaba segura de que La Guapa, con su necesidad imperiosa de dar rienda suelta al chisme, la había liado más de la cuenta.
—No és una reunió oficial! L’Agnès ha convidat a unes cuantes a dinar, saps? (—¡No es una reunión oficial! Agnès ha invitado a unas cuantas a comer, ¿sabes?)
Teresa fácilmente se ofendía y cualquier cosa lo veía como un desplante. Había sido la última en llegar al pueblo, se había casado con Alfonso en segundas nupcias, venía de Barcelona y no fue nada fácil adaptarse. Con los años no se le había quitado el complejo de ser la última; aunque todos la conocían como La Segunda, la respetaban pero no soportaban cuando se ponía pesada con lo de ser excluida. Nalda trató de explicarle que no era una reunión oficial, que quedaban unos días para la luna llena, que simplemente se trataba de una comida y que, si lo deseaba, podía asistir, pues Agnès no le cerraba la puerta a nadie. Teresa tardó en convencerse, porque su amiga Úrsula, especialista en sacar lo peor de las personas, la había llenado de mentiras y sospechas infundadas.
—No, no, si a mi no em va bé apropar-m’hi. Tinc a les quatre una neteja de cutis a Figueres. (—No, no, si a mí no me va bien acercarme. Tengo a las cuatro una limpieza de cutis en Figueres.)
La cuestión era provocar la llamada de Teresa para que La Hechicera terminara invitando a la fuerza a La Guapa. Nalda conocía muy bien sus argucias, pero también era conocedora de la terquedad de Agnès. Teresa se quedó más tranquila con la llamada y decidió no acudir a la comida, como tampoco lo haría Cecilia, que prefería comer con Jow. En los pueblos siempre hay que dar explicaciones, incluso cuando no las hay, y Nalda tuvo que inventárselas para tranquilizar a Teresa y no tener que llamar a Agnès, porque Úrsula estaba haciendo de las suyas.
Al colgar el teléfono se dio cuenta de que era la hora de irse. Llamó a los niños que estaban investigando el desván de la casa y besó a Vicente, que prefería comer en casa y echarse la siesta. El abuelo Vicente era un hombre de costumbres y el día de salir a comer fuera era los domingos, cuando nietos e hijos acudían al pueblo. El resto, si no era por un entierro, boda o nacimiento, él se quedaba guardando la casa, comiendo lo preparado por Nalda y dormitando en el sofá con la chimenea encendida.
Estaba en el proceso de colocar los troncos cuando Marc le plantó un beso con una energía que casi lo tumba, y Adele imitó a su amigo. A la pequeña le encantaba besar y en ese pueblo todo el mundo prefería el beso a la mano; muy al contrario que en su familia.
—¿Sabes encender la chimenea?
Adele negó con la cabeza y puso cara de querer aprender en cuanto fuera posible. Le encantaban las hogueras y una buena scout debía estar lista para hacer fuego en cualquier momento. Marc le prometió enseñarle, su abuelo Vicente era de los mejores en encender chimeneas y lo sabía todo del fuego.
—En la Casa Xatart hay chimenea, ¿no?
Adele afirmó nuevamente con la cabeza, pero ni la habían encendido nunca ni creían que hubiese leña para hacerlo. Marc no vio problema en eso, porque su tío Amat podía acompañarles para comprar y cargar leña. Un invierno sin leña en ese pueblo era como el Ampurdán sin tramontana. Nalda y los dos niños salieron de la casa y se montaron en el coche de la abuela; un Jeep gigante de color rojo. A La Roja le apasionaban los coches y el abuelo Vicente, que la quería mucho, le había regalado el último capricho para su cumpleaños: un Jeep Wrangler Unlimited 2.8 Crd Polar Auto. A Marc le encantaban los coches, mientras él no podía conducirlos los coleccionaba en forma de maquetas que montaba con su padre y su tío Amat. La abuela Nalda conducía poco por carretera y mucho por el pueblo y, aunque no necesitaba ese coche tan grande, el abuelo Vicente quiso comprárselo y hacerla feliz. A Marc le gustaba cómo en su familia se hacían felices los unos a los otros; le encantaba ver cómo su padre cada mañana le dejaba encima de la mesa del desayuno una flor a su madre y cómo su madre, al despertarse y verla, sonreía y la ponía en agua. Su tío Amat abrazaba mucho a sus abuelos y, siempre que podía, ayudaba en la vaquería a su padre y al abuelo Vicente. Un día le sorprendió regalándole una bicicleta única en el mundo; había solo esa porque su tío la había montado con piezas de otras bicicletas y la había convertido en una joya sobre ruedas. Adele estaba impaciente por verla, seguro que era vintage, como llamaba su hermana a las cosas antiguas bonitas.
En menos de cinco minutos llegaron al restaurante La Muga, aparcaron en los jardines de la masía y entraron siguiendo el olor a exquisita comida. La mesa estaba preparada en uno de los salones que La Muga tiene para celebraciones especiales. Jacinto, el marido de Agnès, los recibió con sus brazos de gigante: era el hombre más alto del pueblo. Medía más de dos metros y todos le conocían como El Gigante. A Adele le dio un poco de miedo, pero enseguida se relajó al ver a su amigo tan cariñoso con ese señor pino. Su madre y su hermana no habían llegado todavía; tenía muchas ganas de verlas y contarles todo lo que había hecho con Nalda, Marc y el abuelo Vicente. Ese pueblo, aunque fuera muy pequeñito en apariencia, era un pozo sin fondo de cosas por hacer y descubrir. Desde que llegó apenas había tenido tiempo de leer The Chronicles of Narnia. Para Marc, ese libro era de los gordos y, si no estaba obligado por la escuela, prefería leer tebeos.
—A mí me gustan los superhéroes, ¿sabes?
—Lucy Pevensie es una superheroína. ¡La mejor!
—¿Quién es esa? No la conozco.
Adele no podía creer que su amigo, su compañero de aventuras no supiera nada de Narnia ni de Lucy La Valiente, la pequeña de los hermanos, la guía y salvadora que, con su botellita mágica de jugo de flor, sana cualquier herida. Marc escuchó atentamente la descripción apasionada de Narnia, las aventuras de Lucy y todos los personajes: la Bruja Blanca, Aslan… A Marc le parecía chino todo lo que le contaba Adele, pero comenzaba a sentir curiosidad por aquello. Su amiga era una devoradora de libros, gordos y finos, no le importaba el grosor sino la aventura que llevaba dentro. Marc era fan de Superman, como lo eran su abuelo Vicente, su padre y su tío Amat. Superman era el mejor y más poderoso de todos los superhéroes y él tenía la suerte, gracias a su abuelo, de tener una colección infinita de tebeos antiguos. ¡Los originales! Ninguno de sus amigos de la escuela tenía algo así, incluso acudían a su casa para pasar la tarde, lectura con merienda incluida: leche con Nesquik y magdalenas hechas por él mismo con la ayuda de Agnès. Él era de Nesquik, como todos los de su familia…
—Cola Cao no es lo mismo, ¿sabes?
Adele no entendía una palabra de todo lo que le estaba contando, pero parecía lo mismo que ocurría en su casa con la Coca-Cola y la Pepsi. Su hermana Kate era de Coca-Cola, rompiendo toda la tradición familiar de Pepsi. A ella le daba igual por el momento, solo le dejaron probar una vez y le pareció vomitiva.
—¿Sabes que si pones un trozo de carne dentro desaparece?
Adele había oído eso también a un compañero de clase, pero siempre pensó que era una invención, una leyenda que poco o nada tiene que ver con la realidad.
—Eso es totalmente verdad. ¡Yo lo probé una vez!
Kate se unió a la conversación abruptamente, con un Chupa Chups en la boca y olor a tabaco de liar. Su hermana se tiró a sus brazos y, por el impulso, ella se sentó de culo. Adele y Kate se querían a rabiar, pero no siempre la hermana mayor dejaba que su amor transpirara. Kate estaba feliz de ver a su hermana disfrutar como una enana, sabía muy bien reconocer la cara de mejillas rosadas y ojos de naranja. Era la cara del disfrute máximo, como cuando los lunes toca pizza o cine en casa. Marc saludó a Joana, y esta les regaló un Chupa Chups a él y a Adele.
—Lo bueno de hacerte mayor es que puedes comprarte las cosas que quieres.
—Mom? (—¿Mamá?)
Adele subió los hombros más interesada por quitarle el envoltorio al Chupa Chups que por la pregunta de su hermana.
Gala llegaba tarde por haberse excedido con la ropa. A veces perdía un poco el norte con engalanarse en exceso y, olvidando que se encontraba en un pueblo, salió de la casa como si fuera a comer a la Casa Blanca. Al asomar la cabeza en La Muga, se dio cuenta por el tipo de clientela de que, si no corría a cambiarse de ropa, iba a parecer el árbol de Navidad. Salió despavorida; Amat la vio correr a lo lejos, vestida como la dama de honor de cualquier boda. «¡Qué demonios…!». Al ver la clase de vestuario elegido por Gala, decidió ir a cambiarse de ropa. Llevaba toda la mañana trabajando y soltaba el clásico hedor de las mofetas.
Tomasa y Francisca llegaron juntas y se metieron en la cocina para saludar a Agnès y a Nalda, que estaban con una copita de vino en la mano. Tomasa frunció el ceño al verla, pues esperaba que con la edad fuese controlándose con los vicios como la bebida. La Roja alzó la copa sonriendo; siempre que tenían reunión le gustaba probar un vino nuevo. Agnès se giró para saludarlas, pero apenas se entretuvo, estaba en un momento delicado y el fuego reclamaba toda su atención. Normalmente no le gustaba que nadie anduviera por la cocina, pero aquellas mujeres eran amigas de toda la vida y las ocasiones para reunirse delante de los fogones eran contadas. Fue Tomasa quien preguntó por Gala; todas habían coincidido con la recién llegada y, menos ella, todas le daban el aprobado.
—No ho tinc clar jo… No sembla pas com l’Amelia. (—Yo no lo tengo claro… No se parece nada a Amelia.)
Agnès apenas había coincidido con ella el primer día, cuando Amat la trajo con las niñas a comer. ¡Gala era Xatart! No le cabía la menor duda, y de las cuatro era la que tenía más ojo para ver más allá de las apariencias. Se había ganado a pulso lo de La Hechicera por eso y por ser una maga de los fogones. Nalda perdía toda la perspectiva cuando tenía cerca un buen manjar, ella de cocinar andaba justa y, como era de morro fino, se cegaba ante tanta exquisitez. Su prioridad no era la recién llegada, sino las delicias que Agnès les había preparado. Francisca apenas añadió que todo era cuestión de tiempo…
—No en tenim pas gaire de temps… No marxaven d’aquí a una setmana? (—No tenemos mucho tiempo. ¿No se marchaban dentro de una semana?)
¿A qué se refería con lo de que no tenían demasiado tiempo? Hablaban entre ellas como si se trajeran algo entre manos. ¿Tenía algo que ver la presencia de Gala?
Agnès las echó a todas de la cocina, los niños llevaban solos un buen rato en la mesa y lo más seguro es que Gala y Amat hubieran llegado. Como por arte magia, Gala y Amat se encontraron en la puerta del restaurante. Parecía que se hubieran intercambiado los papeles: Amat el de ciudad y Gala la de pueblo. Desde la boda de su hermano, Amat no llevaba nunca corbata y ese día decidió ponérsela torpemente; Gala en cambio sacó los tejanos, una camisa de cuadros y las botas camperas; perfectamente combinada como una vaquera de Texas. Los dos se miraron en silencio sin poder evitar sonreír; Amat le abrió la puerta y Gala entró sin mediar palabra, aunque con la tentación de colocarle correctamente el nudo de la corbata.
Todos se dispusieron alrededor de la mesa divertidos y expectantes para recibir con ganas el manjar que Agnès había preparado para las recién llegadas. Los camareros comenzaron a traer platos y colocarlos en la mesa; parecía una demostración de buena gastronomía, de la riqueza de esa tierra: anchoas, embutidos varios, tomates con cebolla de Figueres, verduras asadas, caracoles… pan con tomate… Eso apenas fueron los entrantes… Aquella tarde Agnès ofreció una auténtica exhibición de la rica gastronomía del lugar; todos comieron hasta reventar, bebieron y disfrutaron de la variedad de colores, sabores y sensaciones en una misma comida. Aquella tarde Gala sintió cierto pánico a una sensación hasta el momento desconocida: sentirse parte de algo, de un lugar… ¿de una tierra? Consiguió entre risas colocarle la corbata a Amat con un nudo Windsor que le duró poco menos de una hora, hasta que Joana se la apropió porque era un accesorio muy trendy. Nalda se quedó a media comida sin vino porque Tomasa se lo requisó con la complicidad de Agnès. Francisca se comprometió con las niñas para enseñarles las propiedades curativas del campo: saber oler la lavanda, reconocer el tomillo, el romero, el laurel, la manzanilla y todas las plantas silvestres comestibles. Amat invitó tímidamente a Gala a conocer Cadaqués y visitar la casa de Portlligat. No era nuevo el ofrecimiento, pero con el vino todo parece como si fuera la primera vez. Gala, hechizada por la comida y el buen vino, no supo decir que no. Aquella comida transcurrió como cuando la vida se llena de pequeños instantes que la hacen rica. Nada importante parecía pasar, todo ocurría desde lo sutil, desde donde se tejen esas telas invisibles que conectan unas almas con otras en un lugar más allá de la razón. Kate, Adele y Gala habían comenzado, sin darse cuenta, su propio telar…