Capítulo 5 - La tierra de las mujeres
By Sandra Barneda
Rendirse a la primera señal de fracaso no era su estilo, pero dada la poca gente que, por el momento, había asomado la nariz por la subasta de muebles, entraban ganas de salir corriendo y quemar los cachivaches en una gigantesca hoguera. Kate y Adele estaban detrás del mostrador esperando a cobrar muertas de aburrimiento. Menos mal que Adele, precavida y siempre con un plan B debajo del brazo, había llevado consigo The Chronicles of Narnia y, como si la cosa no fuera con ella, estaba distraída. En el fondo, se alegraba de que nadie quisiera comprar esos muebles; su amigo Marc le había contado que su tío estaba en contra de esa puja, porque era una ofensa a muchos años de duro trabajo. Kate llevaba toda la mañana queriendo hablar con su madre, la encontraba algo esquiva y llevaba desde ayer con la mosca detrás de la oreja. Intuía que algo le pasaba, y que fuese lo que fuese podía afectarla a ella en algo. «¿Se estará pensando retrasar la vuelta?». La llevaban los demonios de tan solo imaginar esa posibilidad, aunque fuera remota. Su madre le había hecho una promesa, ella a las Gotham Girls y… ¡una promesa es una promesa!
Había quedado con su amiga Joana en un par de horas, pues quería presentarle a parte de su cuadrilla. En el pueblo de al lado, Castelló d’Empúries, se jugaba un partido de fútbol; muchos de ellos eran del equipo local y era el día perfecto para conocerlos. No le apetecía demasiado relacionarse, pero cualquier cosa con tal de salir de ese lugar insulso… Además, a escondidas de su madre, pensaba montar en el ciclomotor de Joana con la invitación de poder conducirlo ella también.
Amat todavía no había llegado. Apenas eran las once y media de la mañana. Demasiado pronto para el paseo. «En los pueblos, primero se hacen las labores y, si hay cosecha, se pasea». Gala hizo caso omiso a la recomendación de Amat de no desgastarse y abrir al mediodía. Pensó que era un consejo envenenado, una artimaña para vender menos, así que decidió abrir a las nueve en punto de la mañana y comerse las uñas hasta pasadas las doce.
Agnès fue la primera en llegar; siempre generosa en sus quehaceres, decidió pasarse para dejar unos termos con leche, café, zumo de naranja natural y un par de pasteles para amenizar la mañana. El azúcar ahuyenta las penas, aunque su efecto sea efímero y poco saludable. «Un dulce ¡no amarga a nadie!». Agnès era, de todas las abuelas, la más reservada, pequeñita de cuerpo después de que el doctor la obligara a una estricta dieta para perder más de treinta kilos y buena parte de su personalidad. Por su bien y el de su salud, le había cambiado toda la dieta y prohibido varios alimentos; entre ellos, la repostería. Por eso, siempre que había visitas o eventos, aprovechaba para llevar sus nuevas creaciones. Había aprendido a comer con los ojos, a disfrutar de sus recetas viendo el placer de los otros al llevárselas a la boca. Agnès se comunicaba a través de la comida y sabía, según cómo te veía, lo que debías llevarte a la boca. Era una maga de la gastronomía y su restaurante era famoso por sus increíbles manos. De allí no salía nadie sin sentir la dicha dentro del estómago. De todas, era la que menos se metía en problemas y la que había llevado la vida más tradicional; heredó el negocio de sus padres y, junto con su Jacinto, hizo del pequeño restaurante uno de los más reconocidos de la zona. Formaban una extraña pareja: él tan alto y espigado, y ella tan rechonchita hasta que adelgazó. Eran el vivo ejemplo de que los polos opuestos se atraen, porque ellos lo eran, en todos los sentidos. Eran la envidia del pueblo, junto con Nalda y Vicente, por mantenerse igual o más enamorados que el primer día. Ella confesaba que el secreto había sido saber conservar el estómago caliente. «Todo lo que se enfría termina por romperse». Se la conocía como La Hechicera, porque aparte de hacer grandes pócimas con la comida sabía de amores y de cómo custodiar viva ¡la brasa! Hablaba poco y observaba mucho. Apenas había tenido roces con nadie, excepto con Úrsula La Guapa. Nunca le perdonó que hablara mal de su propio hermano, Josep El Impotente, como artimaña para quitarle la tienda de ultramarinos a su viuda, la pobre Francisca. Para ella, la familia es sagrada y, suceda lo que suceda, siempre debe quedar en familia. Desde la terrible desgracia, Agnès y Úrsula solo se ven cuando es imprescindible, el resto de días evitan coincidir; al menos Agnès, porque Úrsula siempre que puede intenta hacer acto de presencia y provocar. Provocar es lo suyo, cuando era jovencita lo hacía por guapa y, cuando su belleza dejó de quitar el hipo, lo sustituyó por malas artes. Se convirtió en la lianta del pueblo; vive por y para los rumores, y la tienda de ultramarinos es su campamento base. Allí acude todo el pueblo, pasa revista y se entera de todo lo que sucede sin apenas moverse; en La Muga no hay un semanario con las noticias del pueblo, es mejor acudir a la tienda y hablar con Úrsula. Agnès era de las pocas que decidió, desde que La Guapa se quedó con la tienda, no volver a pisarla. Lo cumple a rajatabla y, aunque se quede sin leche, prefiere no desayunar a romper la promesa.
Agnès no dudó en acercarse a Gala y darle algo de conversación simulando interés por algún mueble. A cada pregunta que hacía, Gala se sentía más incapaz de responder; de antigüedades sabía poco o nada, y el maestro (Amat) no había llegado. Agnès se detuvo a observar una chimenea de madera de nogal estilo alfonsino; acarició su brillo para sentir el tacto de lo bien reparado y para recordar en cada centímetro recorrido a su buena amiga Amelia Xatart reparándola.
—¿Sabes que esta chimenea fue el último mueble que reparó tu tía abuela?
«Abuela». No se atrevió a pronunciarlo pero lo dijo para sí misma. «Abuela, no tía abuela». Ese sutil matiz había cambiado tan significativamente las cosas que, al confesarle Agnès que aquella pieza había sido la última que había reparado su abuela, sintió curiosidad por saber cómo lo hizo. Agnès le contó las horas que podía quedarse sentada en un taburete bajo, lijando, desempolvando, o simplemente observando «las heridas de los muebles». Amelia tenía poca paciencia y mucho carácter para el resto de cosas, pero para sus muebles parecía otra persona. Adoraba mimarlos, acariciarlos y devolverlos a la vida. Siempre contaba que la magia existía en cada persona y que lo importante era darle su espacio.
—Yo lo intento con la comida y Amelia lo hacía con los muebles…
Utensilios, accesorios… cualquier cosa era digna de ser reparada. Era partidaria de tirar muebles sin historia, fabricados en cadena, pero otros, esos que un artesano construyó con sus propias manos y muchas horas de dedicación, esos para Amelia eran los que debían ser rescatados porque escondían mucha alma.
—¿Tú crees en el alma?
Gala no sabía qué responder. Antes de aterrizar en ese pueblo, aunque no gozaba de demasiada autoridad en el seno de su familia, parecía tener la mayor parte de su vida colocada, y en esos momentos no se atrevía a ser rotunda en nada. «¿Alma?». Eso le sonaba a espiritualidad, a persona ávida y maestra en las ciencias no empíricas y, aunque ella era del dogma de la practicidad y lo demostrable, no sabía qué responder. La noche anterior, sin creer, sin lógica ni razón, se tomó la infusión de orquídeas que le había preparado Francisca. Apenas se había clarificado en nada y su alma seguía ausente, sin dar señales lo suficientemente evidentes como para percatarse. Sin embargo, todo lo relacionado con su recién estrenada abuela le afectaba de manera distinta. Miró aquella chimenea y, sin apenas procesarlo, colocó la etiqueta de ¡vendido! Ante la sorpresa de Agnès, que no pudo evitar una sonrisa disimulada. Extrañamente, no quería deshacerse de lo último en lo que Amelia había trabajado en vida. ¿Qué sentido tenía lo que acababa de hacer? Le entró un temblor de piernas, un miedo a no controlar sus reacciones… Se recostó para recuperar el ritmo de su respiración sobre una vieja escalera de bibliotecario de pino melis. Observó aquel pajar, dando un repaso a todo lo que había allí, a punto de ser vendido, sintió un leve mareo, una sensación amarga en el paladar; Agnès le ofreció un vaso de agua y un trocito de pastel.
—Querida, un poquito de azúcar es lo que necesitas y volverás a sentirte como nueva.
Apenas le dio tiempo a recuperarse cuando su móvil comenzó a sonar impertinentemente. De nuevo la maldita melodía del baile del caballo. A Adele le provocó la risa y a Kate, sorpresa. Ignoraba que su madre fuera tan moderna, musicalmente hablando, e ignoraba que su hermana fuera la causante de que en vez del deprimente Stay de Lisa Loeb, que lo único que había hecho era un éxito en los noventa, estuviera el fenómeno del año, ¡la canción del caballo! Mientras Gala salía de su estado de aturdimiento, Kate y Adele imitaban divertidas la coreografía que había dado la vuelta al mundo. Después de varios tonos, logró localizar el móvil en uno de los bolsillos interiores de su abrigo. Con una mirada que habría podido desintegrar a alguien, miró a sus dos hijas jocosas con esa intención pero, por suerte, sin lograrlo.
¡Su madre! Se tomó un par de segundos para decidir si descolgaba o dejaba que sonara la dichosa melodía hasta morir en el silencio. Habría necesitado algo de preparación para hablar con ella, recolocar un poco la historia de su abuela; haberla digerido algo más o, incluso, terminado el diario. ¿Cómo le iba a contar que aquella familiar era en realidad la madre de su padre? No estaba lista para mantener esa conversación, así que optó por dejar sonar el móvil; pero cuando Julianne desea algo puede llegar a ser terriblemente insistente. Terminó con la paciencia de su hija, que no pudo más que apretar el botón verde, prometiéndose que mantendría una conversación vacua y trivial con su madre. «A las madres, tampoco hay que contarles todo…».
—Hi! Mommm… Ohhh… Yes, yes! I’m fine… Frederick?… What the hell…? (—¡Hola! Mamáaa… Ohhh… ¡Sí, sí! Estoy bien… ¿Frederick?… ¿Qué demonios…?)
No era tan fácil mantener la compostura con Julianne. Tenía la virtud de sacar de sus casillas a su hija en tiempo récord y sonsacarle todo lo que estaba ocurriendo. Comenzó con los ataques: ¿Qué demonios hacía en ese pueblo olvidado del mundo? ¿Con sus nietas? ¿Qué se le había perdido allí? Había hablado con Frederick y le había contado la última bronca con su mujer; Julianne conocía a su hija, y podía intuir que estaba a punto de hacer una barbaridad: ¿quedarse a pasar las Navidades allí?
—Are you crazy? And what about us? Are you losing your mind? Do you know what you missed in this town? (—¿Estás loca? ¿Y nosotros? ¿Estás perdiendo la cabeza? ¿Sabes lo que te has perdido en esta ciudad?)
Gala intentaba interrumpir a su madre, colar una frase, una palabra suelta, pero solo conseguía pronunciar onomatopeyas sin fuerza ni importancia en medio del discurso de decoro, solemnidad y decencia que estaba dando medio a gritos su madre. Pocas veces la había visto tan alterada; Julianne era una mujer experta en recubrirse de vaselina para que los problemas, desgracias o sucesos incómodos desaparezcan de su vida a toda velocidad. Jamás se enojaba, todo lo resolvía con pequeñas dosis de ironía y… ¡ya! ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Qué podía importarle que Gala decidiera quedarse a pasar las Navidades? No era mujer de liturgia y mucho menos de celebraciones en familia, pero ese año parecía que se había reconciliado con la tradición del Roasted Turkey and Mashed Potatoes. Gala esperó a que su madre cargara contra todo y todos hasta templar sus nervios para revelarle lo que había leído en el diario de Amelia Xatart.
—Who? (—¿Quién?)
Al pronunciar el nombre de Amelia Xatart, Julianne frenó en seco y sacó su entonación más cercana a la indiferencia para preguntar por esa mujer. Gala no se tragó la fingida pregunta, supo que algo pasaba con su madre y aquella mujer. No soportaba cuando su madre utilizaba el tono de nariz levantada y barbilla en la galaxia como si la conversación no fuera con ella.
—You know exactly who she is, because when dad died she went to Boston, and it seems that she talked to you. Is it true, mom? (—Sabes perfectamente quién es, porque cuando papá murió fue a Boston y, al parecer, habló contigo. ¿Es cierto, mamá?)
Julianne siguió con aires de indiferencia, balbuceando para intentar salir de un pasado que hacía años que había aniquilado. Gala iba de un lado a otro del pajar, bajo la atenta mirada de sus dos hijas que apenas entendían de lo que hablaba su madre. ¿Por qué tanta insistencia en una lejana difunta? Gala se había prometido no contarle la verdad, no hablar del reciente descubrimiento, pero el corazón le dio un pálpito que esperaba que no fuera cierto. No podía dejar esa conversación sin preguntarle a su madre, sin asegurarse de que ese pellizco de intuición andaba errado. Con un seco «Mom! Mom! Listen to me!» («¡Mamá! ¡Mamá! ¡Escúchame!».) consiguió que Julianne dejara el falsete y despejara la línea. Después de unos segundos de vacío, Gala se arrancó, esperando una negativa…
—Did you know Amelia was my grandmother? (—¿Sabías que Amelia era mi abuela?)
Por la falta de respuesta, por el silencio, parecía que aquella pregunta debía recorrer los miles de kilómetros que las separaban para ser escuchada. Gala repitió la duda que rebotó en eco, como si cada letra golpeara en los costados de la memoria de su madre, que parecía haber sellado su boca. Gala sentía las palpitaciones hasta en la punta de los dedos, un sudor frío le recorría la frente; necesitaba una respuesta, ¡una negativa! que salvaguardara su statu quo, que ya estaba ciertamente magullado. Insistió, pero Julianne se resistía a responder; se aseguró de que el móvil no hubiera perdido la cobertura, podía ser lo más probable en ese pueblo. Amat y Nalda habían llegado y aguardaban en silencio lo que suponían era una conversación algo subida de tono. Adele había visto el relámpago, pero faltaba el trueno para que la tormenta descargara sobre todas ellas. Intuía que algo malo estaba sucediendo entre la abuela y su madre; Kate se acercó a su madre, poniéndose en lo peor. ¿Había oído bien? ¿La muerta resultaba ser la abuela de su madre? Gala no vio a su hija acercarse, no era capaz de ver a nadie, solo necesitaba esa respuesta que parecía no llegar nunca.
—Mooommm, please… Are you listening to me? You knew that…
—Yes! So what? (—Maaamá, por favor… ¿Me estás escuchando? Sabías que…)
Su respuesta fue corta, seca, contundente, fría y desafiante con ese «So what?» que resonó en el interior de Gala como si alguien hubiera golpeado en su estómago un tambor. «So what?». ¿Cómo podía atreverse a responder con semejante soberbia, cómo podía reconocer sin apenas pestañear que había ocultado a Gala la existencia de su abuela e impedido que ella la conociera en vida? No salía de su asombro, no podía creer que su propia madre le hubiera mentido para su propio beneficio; ella creció convencida de que la madre de su padre había muerto, y que en ese pueblo, en La Muga, no había ningún familiar vivo de su padre. Sintió como una pequeña traición al enterarse de que existía una tía abuela, pero… al fin y al cabo era un familiar lejano, y su madre no tenía por qué saberlo. Pero ¿su abuela? ¿La madre de su padre? ¿Cómo se había atrevido a condicionar su vida, a perturbar su destino porque ella, en su cansino egoísmo, decidió enterrar con la muerte de su padre todo lo demás? Estaba aturdida, era incapaz de procesar una respuesta a la altura de la de su madre.
—Darling, please, cut the sentimentality and return home. Your real family is waiting. (—Cariño, por favor, olvídate de sentimentalismos y vuelve a casa. Tu verdadera familia te está esperando.)
«My real family?» («¿Mi verdadera familia?».). La rabia inundó los pocos pensamientos coherentes que le quedaban. No podía creer que su madre se pretendiera con la potestad de controlar su vida por el hecho de haberle dado la misma. ¡Lo mismo que su marido! Todos decidían por ella, y así estaba su vida; del revés, descubriendo a cada segundo mentiras o verdades ocultas. Estaba a punto de explotar por acumulación, pero no acertaba con la respuesta; deseaba darle en todos los morros y dejarla supurando de orgullo roto. Necesitaba rebelarse contra lo establecido, así que, en un impulso de autorreafirmación, decidió quedarse las Navidades en La Muga, pasar Navidad, Nochevieja, todas las fiestas en ese pueblo que también era el suyo, y deseaba celebrar con sus tradiciones la entrada de un año que esperaba que fuera mejor que el final de ese. Ni siquiera dejó que su madre protestara o lanzara alguna pulla hiriente; le repitió varias veces y en un volumen considerable, para que quedara claro, que no la esperaran por Navidad; ni a ella ni a sus hijas. ¡Era dueña de su vida y decidía lo que quería! Colgó el teléfono con el pulso en la garganta, temblor en las manos y la mirada desorbitada de Kate. Su hija mayor estaba furiosa por lo que acababa de escuchar; su madre, en un ataque de independencia, las había arrastrado a un agujero sin fondo. Kate no podía ni estaba dispuesta a digerir aquella nueva realidad. Ella había estado rezando, contando cada segundo de aquella maldita semana para volver a casa y reanudar su vida. Le daban igual los orígenes de su madre, la difunta y recién descubierta abuela y ese pueblucho lleno de viejos. Ella había hecho una promesa a las Gotham Girls y ni su madre ni nadie podría impedir que no estuviera en las eliminatorias.
—Mamá, una promesa es una promesa… ¡Mañana volvemos a casa!
Gala escuchó a su hija y, con un grito seco, la mandó callar; ella haría lo que su madre decidiera, porque como menor debía acatar sus decisiones. Las Gotham Girls y la maldita Roller Derby League no eran tan importantes como para volver a Nueva York en plenas Navidades.
—¿Y los billetes? ¿Qué vas a hacer con los billetes?
—Pues se cambian o se compran otros, pero de aquí no nos vamos hasta pasado Fin de Año. ¿Me has oído? ¿Te ha quedado suficientemente claro?
Con el rubor de la rabia y los ojos rebosantes de agua, Kate cogió su abrigo y desapareció del pajar empujando todos los muebles que encontró a su paso. Necesitaba salir de allí y llorar a escondidas como una niña; necesitaba contarle a Joana, su única cómplice, lo sucedido y pensar cómo desaparecer.
Adele se tragó la alegría de la noticia. Tras la escena de su hermana, prefirió no expresarse y mostrar sumisión a la decisión de su progenitora. Bajó la cabeza y simuló leer para esconder la emoción, el golpe de júbilo que sintió al saber que se iban a quedar en La Muga por Navidades. Buscó a Marc, intentando ver más allá de la página, pero no alcanzaba apenas a otear. Sabía que su amigo se iba a poner muy contento, todavía les quedaba mucha tierra por explorar juntos.
Nalda y Amat esperaron a que Gala bajara pulsaciones y descendiera al planeta Tierra de nuevo para hacer acto de presencia. En el fondo, cada uno por su lado, se alegraban de esa decisión, aunque Amat sintió una mezcla de angustia y gusto por tener a esas niñas y a Gala más días en el pueblo. Miró al cielo y pensó en Amelia, seguro que rebosante de júbilo en su planeta; su nieta comenzaba a despertar y sacar plumaje, la fuerza de ese linaje de campo llamado ¡XATART!
Ojalá un balonazo fuera directo a ella y la dejara inconsciente para salir de ese infierno. Kate no se recuperaba de la noticia de tener que pasar las Navidades en ese pueblo y no volver a casa. Sentada en las gradas de metal, rodeada de chicas más mayores y gritonas, observaba con la mirada perdida cómo unos cuantos jugaban al soccer, soñando con ser algún día la nueva estrella del balompié y salir de ese agujero de tierra. Joana miraba a su amiga con preocupación, le costaba entender tal desazón, porque ella era de las que intentaba ver el lado positivo a cualquier esquinazo de la vida. Sabía que, para su recién estrenada amiga, quedarse más días en La Muga era un derrape brusco, pero debía encontrar el modo de salir de la ofuscación. En el fondo, ella estaba encantada, porque podría investigar más cosas sobre Nueva York antes de irse a vivir allí.
—Are you talking to me, eh? Eh? (—¿Estás hablando conmigo, eh? ¿Eh?)
Con un guiño de ojos y ladeando la boca, Joana miraba a su amiga con la esperanza de que le siguiera el juego y se fijara al fin en las Ray Ban verde fosforito que se había comprado en su honor. Estaba segura de que era lo más supertrendy, porque lo había dicho una bloguera superinformada de las últimas tendencias. Kate la miraba sin reaccionar, suspirando por su mala suerte y clamando por que un rayo se la llevara de ese mundo. Se sentía la persona más infeliz de la tierra y, aunque Joana lo intentaba, no había nadie ni nada que la sacara del lado oscuro. Lo había compartido al teléfono con Jersey y habían llorado juntas a miles de kilómetros de distancia. Solo ella y sus Gotham eran capaces de entender su tormento, su mala fortuna, sus repentinas pocas ganas de vivir. Kate estaba en plena adolescencia, y cualquier suceso inusitado la llevaba a viajar por una gigantesca montaña rusa de emociones: rabia, ira, tristeza, impotencia, desconsuelo, sed de venganza… Joana la observaba y, aunque hacía todos los esfuerzos por alcanzarla, reconocía que a veces le resultaba imposible. Ella creía que todas las americanas eran como en Sex and the City, y estaba más que preparada para conectar en esa frecuencia de potingues, lacas de uñas, zapatos… Marni, Louis Vuitton, Armani, Ermenegildo Zegna… Pero Kate no respondía a ese código. Apenas apreciaba emoción descontrolada en sus ojos al pronunciar las palabras mágicas: «¡Gucci! ¿G-U-C-C-I?». Joana estaba desconcertada, repasando mentalmente su manual Sobreviviendo en Nueva York y no acertaba a dar con la clase de tribu urbana para Kate: poco femenina, nada presumida, jugadora de rugby con patines y sin novios confesados ni carpetas forradas de sus ídolos. Podía sospechar que le podían gustar las chicas, pero su prima María de Barcelona le había contado que las lesbianas también son muy femeninas y que hay que empezar a dejar atrás el mito de lesbiana igual a masculina. Así que, por su prima, decidió dejar aparte la sexualidad de Kate. «¿A quién le importa? ¿En qué define?». Aunque no poseía la llave que abría el mundo de Kate, sabía que con un poco más de tiempo lo lograría. Estaba segura de que la vida le había dado esa oportunidad: conocer a través de Kate a una parte importante de los jóvenes de Nueva York. Al fin y al cabo, Sex and the City era una serie de finales de los noventa y quedaba algo desfasada en cuanto a lo trendy y fancy del momento.
Miró al cielo para dar gracias al ángel (Joana era más de ángeles que de dioses y diosas) al que se le ocurrió retener a su amiga unos días más… En plena plegaria, Kate la miró fijamente con los ojos llorosos, pues necesitaba a su amiga para ejecutar con éxito el plan que acababa de maquinar para escaparse y volver a Nueva York.
—Joana, necesito tu ayuda: quiero escaparme, irme de aquí.
Al oír eso, una cáscara de pipa casi le perfora la laringe a Joana. Por suerte todo quedó en un pequeño susto ya que, con esfuerzo y carraspeo, consiguió escupirla. Recuperada del percance, estaba dispuesta a escuchar el plan-locura de su amiga.
—Quiero irme al aeropuerto y utilizar el billete de avión para volver a casa. Pero necesito dinero y que me digas cómo llego hasta allí. El vuelo sale mañana por la tarde, pero no me importa pasar la noche en el aeropuerto.
—Tom Hanks en La terminal ¡incluso vivía allí!
A Kate le parecía el plan perfecto, en cambio para Joana significaba quedarse en La Muga para siempre si se decidía por ayudar a su amiga. Si sus padres se enteraban de que había colaborado a que Kate se escapara, se quedaría sin ir a vivir a Nueva York, ni estudiar en el Actors Studio y su carrera como actriz se iría al garete por haberla ayudado. Aunque la apreciaba, no sentía suficiente afecto como para poner en riesgo de ese modo sus sueños. Kate lograría volver a casa, pero ella lo habría perdido todo. Se lo explicó como pudo, tratando de no herirla demasiado; aunque deseaba echarle un capote, no podía arriesgarse. Joana necesitaba ser actriz y triunfar en Broadway y no podía aventurarse a perder la oportunidad de su vida por la que llevaba años luchando.
Kate se echó las manos a la cabeza por haber dado con la única loca del pueblo que sueña con conquistar las Américas. Era cierto que su ayuda y complicidad tarde o temprano se descubriría y la reprimenda a semejante hecho estaba asegurada. Sabía que Joana tenía razón, pero su imperiosa necesidad de volver a casa pasaba por encima de cualquier sueño de triunfar. Necesitaba convencer a Joana para que la orientara y le prestara dinero, pero no se le ocurría cómo podía convencerla hasta que… ¡bingo!
—¿Y si te digo que mi padre es amigo del director del Actors Studio y de Robert de Niro? Si me ayudas te prometo que mi padre te ayudará a ti. ¿Sabes que él quiere que vuelva a casa por Navidad?
Kate había conseguido captar toda la atención de su amiga que, de la impresión, incluso se había quitado sus Ray Ban verde fosforito para no perderse detalle de lo que le acababa de confesar. La cara se le iluminó al escuchar Actors Studio y Robert de Niro, y casi se le sale el corazón por la boca de la emoción de imaginarse comiendo o cenando con uno de sus actores favoritos. Sus ojos se llenaron de lágrimas de la alteración de sentirse tan afortunada, de que la vida le hubiera regalado algo así. Kate, al ver la desmesurada reacción de Joana, estuvo a punto de confesar su mentira, se sentía muy mal por prometerle cosas que sabía que no se cumplirían jamás. No le gustaba, ni le parecía bien, pero se imaginó a su querido Yoda aseverando: «Vive el momento, no pienses, siente, utiliza tu instinto, siente la fuerza». Su instinto le decía que debía seguir con la farsa hasta sus últimas consecuencias, porque solo así podría conseguir estar junto a sus Gotham Girls.
Joana se quedó pensativa, la tentación era de pata de elefante, y tuvo el pálpito de que la decisión que tomara en ese preciso instante podía cambiar su vida para siempre. Kate la respetó; no tenía más remedio que respetar el tiempo de su amiga para acordar si colaboraba o no en su fuga. Joana debía sopesar, y debía hacerlo con su ritual de «¡Encrucijadas de la vida!». Buscó rápidamente en su bolso bolígrafo y papel, trazó una línea vertical y otra horizontal en la parte superior y encabezó una columna con el signo + y la otra con el signo –. Sin alzar la cabeza apenas y con la lengua medio fuera, comenzó a anotar lo positivo y lo negativo de ayudar a Kate, que estaba de los nervios evitando mirar el papel y saber qué columna iba ganando. Estuvo unos diez minutos escribiendo. «¿Por qué escribirá tanto?». Cada minuto que pasaba, Kate estaba más intrigada por leer esa interminable lista de pros y contras; el tema no daba para demasiado análisis, pero Joana seguía rellenando el papel. Para evitar hacer añicos la absurda lista y gritarle a su amiga, comenzó a liarse un cigarrillo; la dejó por imposible y decidió interesarse por el partido. Le costó concentrarse hasta que cayó en la cuenta de que uno de los chicos que le había presentado no paraba de mirarla desde el campo. No estaba del todo segura de si era a ella a quien miraba, pero le divirtió el juego y se dejó llevar. No era demasiado hábil, mejor corredor que dándole al balón; algo desgarbado, torpe, pero gracioso. No acertaba a recordar su nombre, pero le apetecía saberlo. A Kate le gustaba gustar, pero sin que la evidencia rompiera el encanto. No soportaba los comentarios groseros, ni los piropos a pie de obra ni los mensajes románticos de confesión amorosa. Le gustaba la ambigüedad, lo de intuir pero no saber con certeza. Lo de tener novio para ir cogidos de la mano por Central Park le parecía un aburrimiento supino.
—¡Ya está!
Kate la miró esperando una respuesta un poco más clasificatoria que enterarse de que al fin había terminado de escribir la absurda lista. Necesitaba saber si Joana estaba dispuesta a ayudarla sin más.
—Lo haré, pero tenemos que darnos prisa. Debes partir esta misma tarde, para que nadie sospeche antes de que ya estés lejos, ¿sabes? Te haré un plano para que sepas dónde estás en todo momento, y te escribiré algunos teléfonos útiles por si te pasa algo. No te olvides el pasaporte ni el billete de avión, y tendrás que irte con lo puesto para que nadie sospeche. Yo te prepararé una bolsa con víveres para el camino, bebida y chucherías.
—¿Y dinero?
Joana tenía guardados unos doscientos euros en efectivo, la mitad de ese dinero era más que suficiente para que su amiga llegara sana y salva al aeropuerto de El Prat para tomar el avión directo a Nueva York. ¡Ojalá pudiera acompañarla! Joana se sabía el camino de La Muga a Nueva York hasta con los ojos cerrados. Lo había planeado cientos de veces, llevaba años recreando el momento en el que tomaba el tren camino al aeropuerto, llegaba a El Prat y tomaba el avión directo al estrellato. Sentía envidia sana, pero no había llegado su momento todavía, ella lo haría sin clandestinidad y con una despedida por todo lo alto. Ella quería hacerlo como Dalí y Gala. ¡Lo mismo! Y volver a su pueblo en un Cadillac descapotable, pero en vez de negro, lo compraría rosa chicle y sería recibida como lo que era: ¡una estrella!
—¡Joaaanaaa!
Sin quererlo, se había quedado colgada de sus propios sueños, dejando de atender a las necesidades de Kate. Debían simular normalidad ante todos y, en cuanto terminara el partido, despedirse y largarse a La Muga. Había demasiadas cosas que preparar antes de la marcha. Apenas resolvieron los pequeños detalles, el árbitro pitó el final del partido. Joana y Kate fueron las únicas de la hinchada local en aplaudir; habían perdido por goleada y todos se habían enterado menos ellas, que desplegaban euforia por la excitación de la operación «Retorno a NY».
El chico que parecía mirar a Kate se acercó tímido a las chicas, junto con cuatro más, para invitarlas a tomar algo en el pueblo. Joana lo descartó al instante y, sin que le diera tiempo a Kate a pronunciar palabra, ya estaban camino de la motocicleta. Preguntó por su nombre.
—Aleix.
—¿Aleix?
—Es como Alec en inglés, ¿sabes? Alec Baldwin, pero Aleix Camprodon.
Las dos sonrieron y se fundieron por el camino de tierra que divide en dos los campos hasta llegar a La Muga. Se despidieron con las coordenadas hechas e insistiendo en la importancia de simular normalidad. Kate pasó por la casa para coger el pasaporte, el billete y, sin poder remediarlo, también el cepillo de dientes. Una de las pocas cosas que había heredado de su padre era ser escrupulosa con la boca. Necesitaba lavarse los dientes después de cada comida, y como no sabía si podría comprarse uno, prefirió ir sobre seguro.
Gala estaba cabizbaja, la mañana había resultado un fracaso absoluto. La única persona que se había interesado por un antiguo secreter quiso regatear el precio y, ante la sorpresa de Amat, fue ella misma la que se indignó con el intento de rebaja. ¿Es que nadie quería comprar? Sospechó que todo el pueblo estaba compinchado con Amat. Aunque Nalda intentó convencerla de lo contrario, Gala no entendía cómo era posible que unos muebles a esos precios no se vendieran.
Marc y Adele habían sido nombrados los responsables de preparar la gran mesa desplegable para el pícnic de la comida. Colocaron ocho sillas alrededor y fueron a buscar un gran mantel que les prestaba Agnès del restaurante. Amat había encargado un pequeño catering a Agnès, sabía que el día iba a ser largo y prefería disfrutarlo con una pequeña fiesta en familia.
A las dos en punto, Jacinto y Agnès llegaron con la furgoneta y desplegaron un sinfín de platos calientes y fríos; botellas de vino, cervezas, refrescos. A las dos en punto comenzaron a llegar curiosos al lugar, más tentados por probar una copita de vino que por comprar antigüedades. Gala fue la primera en devorar; la toma de decisiones y el aburrimiento le habían despertado el apetito. Adele y Marc engulleron las delicias de Agnès al instante; después de pasar parte de la mañana en la cabaña del árbol compartiendo intimidades, como la colección de cromos de dinosaurios y animales prehistóricos de Marc, necesitaban repostar energías. Adele estaba sobreexcitada por quedarse en Navidades, y deseaba volver a cocinar con Marc y Agnès las cosas ricas de aquella tierra; sobre todo ¡los dulces! A Marc le apetecía cualquier cosa con tal de estar al lado de Adele. En la familia sospechaban que al pequeño le había picado al fin el bicho del amor. Desde que llegó la americana, no había querido ver a ninguno de sus amigos, ni siquiera que fueran a La Muga a conocer a su nueva amiga; la quería solo para él, y desde que se levantaba hasta que se acostaba, se pasaba las horas con ella o hablando de ella. Los demás observaban divertidos cómo Marc andaba con la adrenalina alterada, experimentando, desde la inconsciencia más inocente, las mieles del primer amor. Estaban convencidos de que a la pequeña le ocurría lo mismo, porque cuando se les observaba desde una distancia prudencial se podía apreciar un halo de luz sobre ellos; una sutil burbuja de energía que los envolvía, protegiendo la pureza de su amor.
Gala era una de las pocas personas, si no la única, que no se había dado cuenta de lo que le estaba sucediendo a su hija pequeña. Ella misma estaba experimentando una metamorfosis y era muy complicado atinar con el superfiltro de madre que lo capta todo a la velocidad de la luz cuando lo tienes lleno de suciedad. Hacía unos meses que tenía el radar estropeado, no solo para sus hijas, sino en general para su vida. Cuando a alguien inseguro le llenan de sospechas difíciles de comprobar, no solo la autoestima sino también los cimientos sufren un severo desgaste. Los años no habían cumplido con Gala como con el resto; siempre había creído que daban experiencia y seguridad, pero en ella surtían el efecto contrario. Cuantos más cumplía, menos seguridad tenía y podía permanecer menos tiempo mirándose en el espejo. Como cuando uno se deja el pelo largo y en el proceso parece que nunca llega, y de repente… ¡la gran melena! Gala tuvo la misma abrupta sensación consigo misma y con cómo había cambiado.
Un día cualquiera, en apariencia nada distinto al resto, se miró al espejo y se dio cuenta de que apenas podía sostenerse la mirada. Era como si no soportara lo que estaba viendo reflejado, que no era otra cosa que ella misma. ¿Cómo era posible? Salió del baño tratando de no darle importancia, pero no pudo evitar volver a mirarse con la taza de café en la mano. Sostuvo la mirada los suficientes minutos como para percatarse de su propia fragilidad; se dio cuenta por primera vez del agujero, del pequeño vacío que hacía tiempo compartía existencia con ella. No se trataba de ser o no feliz sino de un sentimiento más profundo llamado ¿plenitud? Jamás se lo había planteado, pero cuando el agujero aparece, lo cambia todo y, si la metamorfosis no se realiza desde las entrañas de uno mismo, algo tan sutil como perverso llamado melancolía te inunda hasta devorar tu propio ADN.
Gala no era consciente de todo ese peligro, pero comenzaba a serlo de su estado similar al de un gusano de seda en proceso de mutar, de convertirse en otra cosa distinta de lo que es. La transmutación no es algo que se elija sino que nos viene de serie por existir, lo mismo que de la vida y la muerte, no podemos escaparnos de las transmutaciones. Algunas las engulles como si fueran papilla, mientras que otras pueden agujerearte el estómago.
Dolor no era exactamente lo que sentía, pero sí un tremendo ardor en el estómago desde hacía meses. No digería igual, pero aunque sufría las consecuencias, seguía empeñada en comer lo mismo. Agnès se percató de ese hecho el primer día que la vio, pero quiso estar segura antes de confirmar el diagnóstico y la certeza había llegado viéndola engullir en soledad, sin apenas sentarse. No eran los alimentos la causa de su malestar, no era la velocidad en el masticar ni la cantidad ingerida. Todo estaba relacionado con el disfrute; Gala no sabía, no entendía ni era capaz de practicarlo y, aunque durante muchos años su cuerpo tolerara su ausencia, comenzaba a mostrar síntomas de la carencia. Lo mismo que con las vitaminas, Gala necesitaba dosis de disfrute, practicarlo cada minuto del día; desde que se levantaba hasta que se acostaba, pero ¿sabía lo que era?
Nalda se acercó a La Hechicera con su plato de mongetes i botifarra; los días que su amiga se encargaba de los alimentos, ella se saltaba las verduritas y la comida sin sal. Aunque intentaba masticar, era incapaz de no devorar con avidez las exquisiteces, la ansiedad del propio disfrute se apoderaba de ella. Con la boca llena y tragando al mismo tiempo, sabía que su amiga había establecido un diagnóstico; tenía esa certeza porque, cuando sucedía, Agnès se permitía un premio: un pedacito de azúcar. La Hechicera se había cortado un diminuto triángulo de pastel de zanahoria y a punto estaba de hincarle el diente. Las dos abuelas se retiraron con sendos platos y la boca llena a una de las esquinas para proceder a la confesión.
—No en té ni idea de gaudir, saps?
—N’estàs segura? (—No tiene ni idea de disfrutar.)
Agnès afirmó con rotundidad, llevándose una doble cucharada de pastel de zanahoria a la boca. Nalda abrió los ojos y aseveró haber entendido la gravedad del asunto. Gala necesitaba aprender la importancia del disfrute para dejar la lucha, el sufrimiento, el estado de confusión tan letal para su persona y su propio entorno. No hay peor arma de destrucción que el propio rechazo vital. Gala no estaba en ese punto, no era su diagnóstico, lo suyo era un problema de filtro, de escucha, de permeabilidad con el entorno y transmutación de sus emociones.
—Jo la veig molt fràgil, saps? (—Yo la veo muy frágil.)
La Roja estaba preocupada, no terminaba de confiar en Gala. A veces simplemente se pierde la partida y hay que aprender la lección y no rebelarse. No podía permitirse gastar energía, no iba sobrada… Después de un tiempo se ponía en marcha otra vez el CÍRCULO y, más que por una cuestión o por alguien que lo marcara, el destino había lanzado solicitud y petición. Nalda se resistía, pues ser la nieta de una fundadora no era suficiente razón para ella, necesitaba ver algo más, necesitaba creer. Sabía que estaba traicionando con esas palabras a su gran amiga Amelia, pero el Círculo era algo muy sagrado y no debía mostrarse a cualquiera. Agnès sabía que no sería fácil reunirlas a todas, y mucho menos convencerlas. Pero estaba segura de que Gala era motivo suficiente para convocarlo; esa tierra también le pertenecía a ella, y La Roja en el fondo lo sabía, pero su miedo de madre estaba confundiendo su claridad mental. La Hechicera había sentido, como Nalda, latir de nuevo el corazón de Amat, saliendo de su estado de congelación. Mientras que su amiga intentaba ahuyentar la tormenta, Agnès estaba convencida de que la flor terminaría germinando. «¡El diente de león nunca falla!». Quien a cuyo paso se abre y se evapora transmutándose en angelitos dispuestos a conceder deseos es un ser bendecido por el amor, sea cual sea su estado. Amat era uno de los afortunados, al fin se había roto el maleficio y comenzaba a surtir efecto el buen hechizo del amor. Nalda soportó tan poco el tema de conversación como sostener un plato vacío de comida en pleno festín. Perdiendo todas las formas, por sus propias ansias de engullir y la incomodidad de la conversación, desapareció a media frase de Agnès.
Al levantar la vista, se dio cuenta de que la convocatoria comenzaba a ser el éxito que Gala había deseado. Más de cincuenta personas curioseaban por el pajar, vaso de vino o cerveza en mano, deseando hacerse con algún mueble. Gala y Amat no daban abasto en atender, Kate les ayudaba a desgana pero lo hacía por disimular, tal y como le había ordenado Joana. Marc y Adele se habían colocado en el mostrador de cobro, sentados en dos taburetes, esperando con ansia la primera venta.
Gala no le quitaba ojo a Amat porque estaba convencida de que era capaz de encarecer los muebles con tal de que nadie comprara. No se fiaba de él y, a la que podía, se pegaba como una lapa para escuchar si cambiaba los precios marcados por otros más elevados. Pero el pajar se llenó de posibles clientes deseosos de ser atendidos que le impidieron hacer de sombra todo el rato. A pesar de la lejanía y la imposibilidad de escuchar, Gala seguía sin perderlo de vista, no disimulaba, lo hacía con descaro porque quería dejarle claro que no confiaba en él. Amat se cruzó divertido varias veces la mirada con ella, sabía lo que estaba pensando y acertaba en sus sospechas. A cada cliente que acudía interesado por un mueble, le cuadruplicaba el precio; Kate, sin saberlo, hacía lo mismo, puesto que con tal de no cruzar palabra con su madre se los preguntaba a Amat. Era un juego peligroso, porque Gala podía enterarse fácilmente, pero merecía la pena arriesgarse.
Úrsula y su hijo Pau no quisieron perderse uno de los eventos del año en el pueblo. En pocas ocasiones había colgado el cartel de cerrado en la tienda, y esa bien lo merecía. Pau no estaba interesado en las artimañas de su madre, la acompañaba porque le gustaban las fiestas y había quedado con un par de amigos de la ciudad. Era el soltero del pueblo, y todos sabían que era de los mismos gustos que su tío Josep El Impotente. Sabía lo que su madre pensaba del tema, sabía lo mucho que había dicho sobre su propio tío y, por eso, siempre terminaba por inventarse novias falsas, amigas suyas que iban con otras mujeres, pero que le hacían el favor de cenar con él y su madre una noche simulando algo más que amistad. Al cabo de unos meses anunciaba la ruptura y volvía a estar soltero hasta que, para no levantar sospechas, pedía otro favor. Con el tiempo y sin más amigas a las que recurrir, decidió contratar a prostitutas a las que, en vez de sexo, les pedía una cena con él y su madre. La Guapa estaba recibiendo de su propia medicina: todo el pueblo hablaba a sus espaldas y, más que criticar, se reían de ella, pues nadie podía salir de su asombro cuando, lejos de percatarse, presumía de que su hijo era un donjuán.
Agnès la divisó de lejos, con su bastón de cabeza de león y sus calcetines negros más arriba de la rodilla. Se alegró de ver a Pau, ese chico le caía bien, pero sufría por los teatrillos que cada dos meses montaba con la complicidad de medio pueblo y la ceguera de su madre. A pesar de haber encontrado la vía para vivir y sentir según su corazón, no le parecía justo que un alma tan pura como Pau no pudiera ser compartida en su totalidad. La Hechicera cruzó una mirada de complicidad con él desde la lejanía; acababa de saludar a uno de sus amigos de la ciudad. Agnès y Pau se miraron con mensaje; él también era de esos a cuyo paso los dientes de león se descubrían en decenas de angelitos. Era fácil distinguir, simplemente se necesita tomar distancia y achinar los ojos para ver las burbujas de luz blanca protegiendo la pureza del amor. Pau y su amigo estaban protegidos, como Adele y Marc y como algunos otros afortunados en el pajar. Úrsula no tenía la sensibilidad para captar en esa frecuencia, hacía demasiado tiempo que había decidido darle la espalda y vibrar en otra onda; por suerte para su hijo, porque había perdido el don de diferenciar un teatrillo de un amor de verdad.
—¿Doscientos cincuenta euros solamente? Me la quedo. Y la mesa redonda de roble… ¿Trescientos? También me la quedo… ¿Me podría decir el precio de la librería del fondo?
Al fin había dado con los clientes acertados. En menos de media hora y a cada precio que preguntaban se lo adjudicaban sin tan siquiera dudarlo. Era una pareja de mediana edad que cuchicheaba sin parar al oído, riéndose divertida con las compras de la tarde. Lo que comenzó como euforia por las ventas, terminó en sospecha: ¿de qué se reía aquella pareja? ¿Quiénes eran? ¿Qué iban a hacer con todos esos muebles? Al tiempo que proseguían con la visita al pajar, Gala intentó saber de ellos, descubriendo que eran unos anticuarios de Barcelona que se habían enterado de que VellAntic hacía subasta. Creyéndola una extrajera que había contratado Amat para que le ayudara con la subasta, se abrieron en canal. No daban crédito a los precios de los muebles, estaban convencidos de que Amat había decidido cerrar VellAntic para irse de La Muga, como cuando era joven. Si no era por una razón similar, la muerte de La Xatart lo había trastornado.
—Esa mujer era muy extraña, ¿sabes? Apenas saludaba a nadie, él siempre era el que atendía. Ella solo observaba y señalaba con sus largos dedos.
En un exceso de confianza y falta de consideración hacia la difunta, la pareja se sobrepasó en los detalles sobre Amelia Xatart, VellAntic y Amat. El vino se les había subido a la cabeza y les había soltado en exceso la lengua; aunque lo intentó, le fue imposible sostener la situación sin que la rabia le llenara el estómago. Después de media hora de agravios y burlas hacia su abuela, haciendo tremendos esfuerzos de contención para ejecutar la venta, no pudo evitar dinamitar la operación en su fase final. Cuando estaba a punto de cobrar todo el importe de la compra con la tarjeta de crédito, ante la atenta mirada de Amat, Adele y Marc, Gala explotó.
—Amat, please, corrígeme si no lo digo bien, ¿vale?
Amat afirmó con la cabeza sin saber a qué se refería Gala.
—¿Está bien dicho por qué no te metes tu tarjeta de crédito en el culo y te largas de aquí?
No solo Amat se quedó petrificado sino que, por unos instantes, el pajar se convirtió en iglesia. Todo el mundo dejó casi de respirar ante el repentino grito y el contenido del mismo que Gala había lanzado con todo el poderío de sus pulmones. Conseguida toda la atención de la mayoría de los presentes, y ante la falta de reacción de la pareja, repitió la frase con la misma entonación y exactamente el mismo volumen.
—He dicho que por qué no te metes la tarjeta de crédito en el culo y te largas de aquí.
Amat fue el primero en reaccionar, devolviéndole la tarjeta de crédito con una media sonrisa e invitándoles a abandonar el pajar bajo la atenta mirada del resto. Uno de ellos hizo un amago de protesta, pero prefirió salir de allí cuanto antes para evitar mayor humillación.
—No sé cómo permites a una empleada semejante humillación. Debe de follarte mu…
No pudo ni terminar la frase, porque el puño izquierdo de Amat bateó con fuerza su boca hasta casi partirle un diente por semejante atrevimiento. De inmediato se hizo un corrillo y unos cuantos consiguieron separar a la pareja para evitar una desagradable pelea… Medio magullado, escupiendo sangre y sostenido por su amiga, salieron del pajar dando voces bajo la atenta mirada del resto.
Nada más cruzar el portón, Amat fue a buscar un vaso de plástico, se lo llenó con un buen Forgas y, levantando el brazo, invitó al resto a brindar con él. El primero en levantar la copa tardó, pero provocó una reacción en cadena. La mayoría alzaba su vaso, esperando saber el motivo del brindis. Desde el suceso, Gala se había quedado sin habla ni cabeza, pues como si de una avestruz se tratara la había escondido, intentando paliar la tremenda vergüenza que sentía por la escenita que acaba de protagonizar. Todo el mundo permanecía en silencio, esperando el brindis. Adele quiso levantar su vaso de limonada, pero Kate se lo impidió con mirada de fuego.
—Sé que ella no querrá unir mi copa a la suya, pero quiero brindar por ella, por lo que todavía es. ¡Mi socia! Gala Xatart.
Todos la miraron mientras ejecutaban el brindis sin entender un ápice de lo que estaba sucediendo. Gala no se atrevió a mirar, mucho menos a brindar, pero tenía claro que la subasta de muebles, por el momento, se daba por concluida.
Kate, a diferencia de su hermana, no terminaba de procesar el comportamiento de su madre. Había dejado escapar una venta de más de seis mil euros y lo había hecho perdiendo todas las formas. Ni la entendía ni compartía su decisión; estaban en ese pueblo por dinero y ese momento había sido lo más cerca que habían estado de conseguirlo. Le habría encantado protestar, montarle una escena, pero se contuvo para pasar desapercibida e impedir que nada ni nadie estropeara su plan. En menos de dos horas estaría fuera de ese maldito pueblo, lejos de su madre y su recién estrenada faceta de montar numeritos al estilo de los italianos de Nueva Jersey. Miró a su hermana, que brindaba con Marc, y por un momento tuvo la tentación de confesarle su plan para evitar que se preocupara, pero se contuvo al recordar las severas palabras de Joana: «¡Ni a tu hermana! ¡A nadie!». Adele le devolvió la mirada y, a contrapelo, se abalanzó sobre ella para abrazarla con fuerza y decirle lo mucho que la quería. Adele solía hacerlo, solía achucharla y decirle a todas horas que la quería, pero ese abrazo fue especial. Aunque supiera que se encontrarían a la vuelta, Kate sintió por primera vez miedo a aventurarse sola. «¿Y si le ocurría algo malo?». Dejó pasar ese maldito pensamiento, abrazando con fuerza a su hermana pequeña y creando, sin que lo supiera, una nueva burbuja de protección.
Al cuarto pitido agudo del tren, para informar de la próxima parada, Kate tenía el oído izquierdo perforado. Por si las moscas, había decidido sentarse en el asiento más cercano a una de las puertas; sobre él había uno de los altavoces de los que salía ese terrible pitido minutos antes de llegar a la siguiente estación. Hacía casi una hora que el tren se había puesto en marcha, saliendo de Figueres destino a la estación de Sants en Barcelona. Joana se lo había anotado todo en un plano perfectamente ejecutado, a prueba de incompetentes. Hasta el más tonto, con su mapa, sería capaz de llegar al aeropuerto de El Prat sin dudarlo. Estaba todo explicado, paso a paso, y con una claridad meridiana. Kate solo tenía que seguirlo al dedillo y, en menos de tres horas, llegaría a destino.
Se habían despedido como si Kate se fuera a la guerra, Joana la había abrazado con lágrimas en los ojos y promesas de ser una tumba.
—Ni aunque me torturen, contaré nada. ¡No te preocupes!
Se abrazaron varias veces, más que por Kate, por la necesidad de Joana de infundirle valor a su amiga. Mientras esperaban a que llegara el tren, escondidas en una esquina y ocultas con unos sombreros para evitar ser reconocidas, Joana le repitió hasta memorizarlas todas las etapas hasta llegar a El Prat. Kate deseaba estar ya metida dentro del tren y acabar con las escenas con elevadas dosis de drama de su amiga, pues más que pasar desapercibidas eran el centro de atención de los pasajeros que esperaban en el andén por los arrumacos y los aspavientos de Joana. Kate reconocía estar nerviosa, era la primera vez que se alejaba de su madre sin su consentimiento y en un país desconocido. Aunque no era miedo lo que sentía, sí tenía cierto respeto mudo por el atrevimiento. Al fin y al cabo era una adolescente recién estrenada que lo máximo que había hecho era pasar una semana de colonias en Kay West, llevada entre algodones por la escuela.
Viajar sola, sin que lo supiera nadie, excepto una persona que había prometido no confesar ni bajo tortura, comenzó a provocarle cierta impresión. Los pasajeros, más allá de ser simples ciudadanos, comenzaron a parecerle seres amenazantes. El miedo aprovecha cualquier rendija de debilidad para colarse dentro y, cuando lo consigue, es capaz de convertir cualquier situación anodina en la escena de un crimen. Kate reconoció el miedo en sus entrañas, porque sus pulsaciones se habían acelerado y estaba a punto de llorar; no podía montar una escena, pero el hombre de enfrente, que por aburrimiento había decidido no dejar de mirarla, la estaba transportando a una película de miedo en la que ella podía ser la siguiente víctima. Llevaba una parka, las manos metidas en los bolsillos y auriculares en las orejas. Mascaba chicle al ritmo de su música, lo mismo que su pierna izquierda. Kate necesitaba pensar en un plan por si aquel hombre decidía sacar una navaja de uno de sus bolsillos y apuñalarla allí mismo. Lo que para la mayoría sería absurdo, cuando el miedo te posee, las hipótesis más infundadas, como la de Kate, se vuelven verosímiles. Después de media hora rezando y evitando llorar, pensó incluso en moverse de sitio, pero lo descartó para evitar cualquier reacción de su potencial asesino; casi se orina encima cuando, a la altura de Sant Celoni, el susodicho se levantó con brusquedad y pasó rozándola para darle al botón verde y bajarse del tren. ¡Fin de la historia!
Kate respiró, sudando del susto; aquel hombre, inmerso en su música y su chicle, se había despistado y por poco se pasa de estación. ¡Fin de la historia! Kate se pasó el resto del trayecto hasta llegar a Sants recuperándose del sobresalto.
Según plano y plan, debía comprar un billete que la llevara directa al aeropuerto. Apenas había gente en la estación; algunos mochileros sentados en el suelo esperando su destino y algunas familias listas para pasar las Navidades fuera de casa. La compra en taquilla fue fácil y sin preguntas. Miró la hora y el enorme panel con las horas de salida y llegada de los trenes. Fue fácil localizar el suyo, el primero con destino final al aeropuerto de El Prat; andén 4, salida a las ocho en punto. Prefirió esperar sentada en un banco del mismo andén que pasear por esa estación de aspecto gris, sin apenas tiendas y carente de atractivo. Nada que ver con la Grand Central Terminal de Nueva York, uno de los lugares preferidos de Kate; le apasionaba su majestuosidad, disfrutaba contemplando el esqueleto, las tripas de ese espectacular edificio. Joana le había contado que era la estación de tren más grande de la ciudad y, sin embargo, le parecía una de segunda o tercera categoría. No podía creer que no dispusiera de wifi gratuito o de cargadores para móviles universales en cada esquina; apenas dos tiendas de ropa, cuatro restaurantes y una pequeña librería, tienda de souvenirs y snacks varios. ¿Cómo podía ser la estación principal? Observando el lugar, comenzaba a entender por qué Nueva York era considerada una de las mayores y mejores ciudades del mundo. Sentada en un banco, comiéndose una bolsa de patatas fritas con sabor a jamón que le había metido Joana como parte del avituallamiento, se sintió extrañamente orgullosa de ser americana, bueno, ciudadana de los Estados Unidos de América, para ser exactos. Fue la primera vez que apreció el patriotismo, y se asustó de sí misma. Si hubiera nacido en los sesenta, habría participado en las manifestaciones contra la guerra, se habría encadenado medio desnuda a un árbol y suplicado el fin de Vietnam. ¡Adoraba los sesenta! Libertad sexual y de pensamiento. Una de las cosas que no soportaba de su padre era su superioridad, esa ceguera que le hacía sentirse por encima de todos. Ser patriota siempre había sido para ella un recurso de los mediocres que necesitan reafirmarse, sentirse de un grupo para creerse alguien. Si ella tenía que ser patriota, lo era de sus Gotham; sabía que ellas nunca la obligarían a participar en una guerra o morir por ellas. Sin embargo, pudo comprender lo que la soledad y la distancia con el hogar pueden provocar en alguien; ella jamás había pensado que llegaría a sentirse ¡americana! Se sonrió de sus propios pensamientos y siguió engullendo patatas mientras observaba la llegada de pasajeros que, como ella, esperaban el tren.
Llegar al aeropuerto fue mucho más sencillo de lo que había imaginado, ahora tan solo restaba esperar a que saliera su avión, nada menos que cerca de quince horas de espera y unos cuantos euros para entretenerse. No era mucho, pero suficiente para tomarse una buena hamburguesa con Diet Coke y patatas fritas.
Ubicada en la terminal A, la de vuelos internacionales, decidió rastrear primero la zona antes de llenar el estómago. Tenía muchas horas por delante, poco que hacer y mucho que esperar. Caminaba como si anduviera de tiendas, arrastrando los pies, con las manos en los bolsillos, deteniéndose a observar cada escaparate. Era cierto que lo interesante estaba dentro, pero debía esperar unas cuantas horas a pasar por la aduana. No quería despertar sospechas y nadie o casi nadie acude al aeropuerto quince horas antes de que salga su avión. Ella era una menor y debía ser más cautelosa; Joana le había aconsejado que se maquillara en uno de los baños para simular ser un poco mayor y no dar tanto el cante; le había dejado una bolsita con maquillaje del barato; colorete y pintalabios por si decidía seguir al pie de la letra con su plan. Joana había hecho de su huida el guion perfecto para una película, y estaba convencida de que, si se saltaba algún paso, no lograría salir de España.
Siguiendo el plan de su amiga, entró en el primer baño y se dispuso a convertirse en una chica mayor de edad. Se miró en el espejo y, frunciendo un poco el ceño, se autorreafirmó con una pequeña sonrisa. Estaba despeinada y desprendía estilo propio: pantalones anchos, camiseta dos tallas más grande, chaqueta con capucha y cremallera de color naranja y sus Converse en rosa y piel marrón. ¡Se gustaba! Pero no estaba demasiado convencida de que el plan de su amiga de maquillarse fuera con ella; jamás lo había hecho, algunas de sus amigas sí, pero no confiaba demasiado en su habilidad como para bordarlo a la primera. Observó cómo, al otro lado del espejo, una chica de unos veinticinco años se disponía a retocarse. Kate miró la bolsita de plástico con maquillaje de crema con esponjita y espejo incorporado, pintalabios y colorete. Estaba claro el orden, pero no la técnica. Tomó la esponjita y recordó que podía ser tan fácil como cuando pintó en acuarela. Debía concentrarse en su cara y dar maquillaje de forma homogénea; así lo hacía su compañera de baño y lo había visto en cientos de películas. ¡No podía ser tan difícil! El paso siguiente era el colorete, dos o tres brochazos cerca de los pómulos y sobre las mejillas y… ¡los labios! Se acercó un poco más al espejo para atinar y no pasarse de la línea, lo mismo que en pinta y colorea, pero más difícil. ¡Se salió! ¿Cómo se limpiaba sin parecer una yonqui? Al intentarlo tres o cuatro veces, solo consiguió empeorarlo; parecía un mapache con la pintura corrida. ¡Estaba espantosa! ¿Cómo podía solucionarlo? La chica de enfrente atendía divertida a la escena de Kate y sus pinturas. Al verla en un apuro con los labios, no pudo evitar sonreír. Kate estaba muy graciosa sin pretenderlo y muy apurada, porque no sabía cómo corregir y no empeorar. Se cruzaron la mirada y Kate aprovechó para suplicar clemencia a la chica que, sin pensárselo dos veces, decidió darse la vuelta y colocarse a su lado.
—¿Quieres que te ayude?
Kate bajó los brazos, puso una mirada compasiva y se dejó hacer, confiada en que peor que estaba no la iba a dejar. A todos los «¿quieres un poco de…?» decidió dar el consentimiento; prefirió decir que sí a todo lo que le sugería que preguntar «¿qué es?». Estaba un poco avergonzada, nunca antes se había pintado y se sentía extrañamente vulnerable. Aquella chica la trató con dulzura y apenas le preguntó más que su nombre y, en menos de cinco minutos, con un simple ¡lista!, la dejó como una buena puerta. ¿Lista para mirarse al espejo? No sabía si quería hacerlo o prefería salir corriendo sin verse y seguir con el siguiente paso del plan: ¡comer! Estaba segura de que le iba a horrorizar; a su amiga Jersey le encantaba pintarse las uñas y los labios de rosa, y siempre se había negado a todas sus proposiciones de hacer lo mismo con ella. Le gustaba la gente al natural; las pinturas, lejos de sofisticar, vulgarizaban a las personas. A ella no le gustaba cuando su madre se maquillaba, sino cuando salía de la ducha; le insistía siempre que estaba mucho más guapa sin tanto potingue, y la conversación siempre terminaba con un «Cuando seas mayor… ¡no pensarás lo mismo!». ¿Por qué las mujeres se maquillan y los hombres no? Su madre se lo había explicado cientos de veces, pero no terminaba de convencerse. «Cuando seas mayor… ¡no pensarás lo mismo!».
Allí estaba ella, frente al espejo de un baño público de un aeropuerto, experimentando por primera vez ser una mujer maquillada. Después de agradecer a su salvadora su mano benedictina, se acarició la piel para sentir su tacto con esa capa de crema que lo cubre todo. ¡Sus espinillas! ¡Habían desaparecido milagrosamente! Sus ojos parecían mucho más redondos… Se acercó al espejo algo desconcertada, buscando su anterior yo y no la capa de disfraz que llevaba puesta. Después de observarse un buen rato, llegó a la conclusión de que el maquillaje no encajaba con su manera de vestir. ¡Si nunca había visto una Barbie grunge o rapera era precisamente por algo! No estaba segura de que con esa pinta llamara menos la atención que antes, era como haber perdido la armonía, como si de repente llevara un foco encendido sobre ella. No se gustaba, no era ella, y estaba muy insegura con su nuevo yo. ¿Debía moverse, mirar, comportarse de manera diferente? Miró de reojo para comprobar si las mujeres que entraban en el baño fijaban su mirada en ella, apenas un par la observaron como quien observa a un niño sacándose los mocos. Que el resto la ignorara completamente le recompuso la seguridad lo bastante como para abandonar el baño y seguir con el plan.
Nada más salir, le sorprendió que el móvil le sonara sin parar. ¿Zona wifi gratuita al fin? Lo sacó de la mochila y comprobó que tenía más de veinte mensajes de WhatsApp. No sabía si debía leerlos, estar conectada podía complicar las cosas. Joana no le había dicho nada al respecto, y era precisamente ella la que le atiborraba a mensajes. ¿Por qué le escribía sin parar?
¡Eh! ¿Cómo vas? ¿Llegaste a Sants?
¿Estás en el aeropuerto?
¿Todo bien?
¿Te gustaron las patatas al jamón?
¿Te has maquillado? Manda foto, please!!!
Joana estaba rompiendo las reglas, no debía escribirle ni establecer ningún tipo de contacto con ella. Al menos eso es lo que siempre decían en las películas cuando alguien quiere desaparecer sin dejar rastro. En cambio, su amiga no había podido evitar querer saber su paradero en todo momento. Se pensó si contestarla hasta que vio el último mensaje que la descompuso por completo.
Kate, no vas a poder salir del aeropuerto!!!!!
No tienes autorización para volar sola… No caí, ¿sabes?
Aquí ya están preguntando por ti…
¡Vente!
¿Estás bien?
Cerró el WhatsApp sin haber asimilado el error de cálculo; la metedura de pata, el no haber sido capaces de pensar en el detalle más importante: ella era menor de edad y los menores no viajan ni salen de un país sin autorización. Se dispuso a llamar a su padre, pero de inmediato canceló la llamada sin tiempo a dar tono; estaba segura de que su padre, aunque la apoyaba en casi todo, en ese caso la obligaría a volver con su madre.
Se negó a abortar el plan al primer obstáculo, necesitaba una Diet Coke y sentarse a pensar. Estaba segura de que había un modo de tomar el avión y ella sería capaz de encontrarlo. «¿Por qué en las cafeterías de los aeropuertos hay tan pocas mesas?». No había mesa disponible, pero sí sillas vacías y, como buena ciudadana de Nueva York, lejos de importarle, le parecía habitual compartir mesa con extraños. Prefirió a ser posible una mujer, y se decantó por una de la edad de su madre con cara mustia y pocas ganas de hablar. «¡La compañera perfecta!».
—¿Puedo?
La mujer despegó la mirada de la pantalla del móvil y, con un leve repaso, afirmó con la cabeza sin pronunciar palabra. A Kate no le importó la escasa simpatía que desplegó la mujer, ni le incomodó estar más de un cuarto de hora en silencio. ¡Lo normal! Compartir mesa no significaba compartir conversación, al menos para ella, pero no todos entienden el mismo código, y estaba claro que esa mujer no era de las suyas. Al rato de terminar con el móvil, se dedicó a examinarla al dedillo y sorber con esmero lo que parecía que era… ¿un gin-tonic? Kate no era experta en bebidas, pero sí en películas y, por lo del limón y el líquido blanco, podía tratarse de un gin-tonic. La mujer se pasó un buen rato mirándola y esperando a que Kate levantara la cabeza o la mirara directamente a los ojos; pero no pensaba hacerlo porque NO tenía la mínima intención de hablar con ella. Siguió evitando su mirada, aunque de poco le sirvió.
—¿Viajas sola?
—Sí.
Intentó ser lo más desagradable que pudo para cortar en seco la conversación, pero el primer intento fue fallido.
—Igual que yo… Mmm… ¿Vas muy lejos?
—A Nueva York.
Había cruzado los brazos en señal de «no me interesa hablar contigo» y desviado la mirada en plan «¡eres muy pesada!», pero la mujer de ojos tristes la había tomado con ella. Kate se había arriesgado y, lo mismo que cuando tomas un taxi, puede salirte rana lo de compartir mesa; cada cierto tiempo das con el pesado que no atiende a señales y, en contra de tu voluntad, te sumerge en una conversación.
—¿No tienes miedo a viajar sola? ¡Qué valiente! Yo voy a hacerlo por primera vez, ¿sabes?
No le apetecía someterse al interrogatorio de una extraña, pero tampoco tenía un mejor plan alternativo hasta que se le ocurriera cómo tomar el avión. Tenía muchas horas por delante, no estaba dispuesta a volver a La Muga y, en casos como esos, pensó que mejor acompañada por una medio loca con tanta pinta de haber huido de su casa como ella.
La examinó por primera vez, intentando dar con la clase de vida que llevaba. Le gustaba observar y las Gotham solían decirle que tenía el don para adivinar a las personas. Aquella mujer triste que nunca había viajado sola y que bebía para olvidar era para Kate de las de manual fácil. «O la han dejado o se le ha muerto alguien o ha cometido un delito. ¡Fin de su historia!». Realizado el análisis mental, procedió a preguntar para comprobar la certeza de su veredicto.
—Yo vuelvo a casa, ¿y tú?
—Yo… me voy lo más lejos que se me ha ocurrido o lo primero que se me ocurrió. ¡Da igual! Bueno, en realidad no sé por qué me voy, ¿sabes? Si te digo la verdad, creo que me estoy escapando.
¿Escapando? Aquella mujer parecía haberle leído la mente. ¡A ella! No era posible tanta coincidencia; ella también viajaba sola y, como ella, se había escapado, pero ¿de qué? Lo suyo estaba claro: de su aborrecible madre, pero…
—Un adulto ¿de qué se escapa?
Fue la primera vez que la vio sonreír, por unos segundos se le iluminó el rostro y parecía otra mujer. Le había hecho suficiente gracia su pregunta como para abandonar su desdicha y brindar a su costa, o a la de su pregunta. Le respondió, sin dejar de mirar su copa, que los adultos tenían muchos más motivos que los niños para huir, pero no siempre se permitían hacerlo.
—Cuando te haces mayor, un día te das cuenta de que… ¡simplemente te han engañado! O lo que es peor… ¡te has engañado! ¿Me sigues?
Apenas entendía de lo que hablaban, pero permanecía atenta, porque era la primera vez que una mujer, de la edad de su madre, no la hablaba como a una niña, sino como a una adulta. De lo que no se daba cuenta Kate era de que aquella mujer, más que hablar con ella, lo estaba haciendo consigo misma, en un soliloquio sin sentido de lo que hemos venido a hacer en la vida y de si merece la pena. Lo que no sabía Kate es que, al principio de sentarse, esa mujer le habría gritado que se largara, pero que antes le pidiera otro gin-tonic al camarero de su parte; lo que no sabía Kate es que esa mujer apenas sabía cómo se llamaba. Kate no sabía nada de aquella mujer, pero la estuvo escuchando, mientras sentía cómo su móvil no dejaba de vibrar. Aprovechando una pausa que hizo para beber, se sacó el móvil del bolsillo y descubrió decenas de mensajes de Joana y de… ¡su madre! Aquella mujer seguía hablando sola, había perdido el hilo de lo que le estaba contando, se había quedado petrificada al ver los mensajes de su madre. Antes de abrirlos, rezó para que Joana no hubiera confesado y roto el pacto.
—Kate, where are you? Where the hell are you? (—Kate, ¿dónde estás? ¿Dónde demonios estás?)
Finalmente había conseguido que su madre le volviera a hablar en inglés, pero por todo lo demás aquel mensaje eran muy malas noticias. Su búsqueda había empezado y no confiaba demasiado en que su amiga mantuviese la boca cerrada por mucho tiempo. Aquella mujer seguía hablando, ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba un rato sin escucharla; odiaba cuando los adultos hacían eso de ponerse a hablar y olvidarse del otro. Sabía que cuando ocurría era mejor dejar que terminara más que interrumpir; decidió concentrarse en ella y buscar una salida a su fuga frustrada. Lo más inteligente era comenzar a pensar en cómo salir ilesa de su deserción, concentrarse en cómo evitar un castigo de los que ella llamaba interminables.
—Bueno… Será mejor que cruce el control ya, no vaya a arrepentirme… ¿Te vienes?
A Kate le hubiera encantado, pero ese seguía siendo su problema: ¡pasar el control sin autorización! Estaba rabiosa por saber que debía darse por vencida, que debía abandonar la fuga.
—¿Estás bien?
—Yo también me he fugado.
Se le escapó, no quería decirlo, pero la frase se le coló entre los labios sin poder evitarlo. La mujer volvió a sentarse en la silla, extrañada por la confesión de última hora: y trató de comportarse como lo que era también: una madre.
—¿Qué edad tienes?
—Trece.
—¿Te has fugado de casa?
—No exactamente.
Kate decidió contarle la verdad a aquella desconocida. Todo estaba perdido y necesitaba desahogarse con alguien antes de llamar a su madre y soportar la interminable bronca. Su teléfono seguía vibrando sin parar, pero necesitaba tomarse su tiempo antes de dar señales otra vez.
—¿Cómo te llamas?
—Kate.
Las dos se quedaron en silencio. Kate, al mismo tiempo que furiosa, se sentía avergonzada por lo que había hecho. Sabía que su madre, su padre, su hermana, estarían muy preocupados por ella, pero en el fondo le daba igual la preocupación si no les importaba su felicidad. Ella necesitaba volver a Nueva York y jugar las eliminatorias y olvidarse de esa maldita herencia de su madre. Ella quería decidir su vida y no que otros lo hicieran. Ella, como el hijo de esa mujer, eran dos adolescentes, enfadados con el mundo, porque nadie les había explicado que las cosas no duran para siempre y que no siempre se es dueño del propio destino. Nadie les ha contado que la vida gira sin que uno pueda controlar la dirección, y que más que rebelarse, hay que aceptar el nuevo rumbo y disfrutar de lo que llegue. Aquella mujer comprendía muy bien lo que le sucedía a Kate, y por ello respetaba su silencio, su tiempo para coger el móvil y llamar a su madre para contarle la verdad. Aquella mujer, con todo el amor que encontró, le explicó a Kate que los adultos lo hacen lo mejor que pueden, porque ser adulto es igual de complicado que ser niño. Kate la escuchó sin levantar la mirada del vaso vacío de Diet Coke; le contó que ella también era madre de un chico adolescente, Yago, y que hacía unos meses que él había decidido dejar de hablarle.
—No puedes llegar a entender lo que se sufre cuando un hijo deja de hablarte…
Kate la miró y descubrió que estaba llorando, descubrió parte de su secreto; la razón por la que se iba tan lejos; por la que viajaba sola por primera vez. Las dos se miraron nuevamente en silencio, pero con la ternura de dos desconocidas que han compartido confesiones. Aquella mujer miró el reloj, sabía que debía marcharse, se acercaba la hora de embarque. Kate miró el móvil, treinta y siete mensajes de WhatsApp; decidió no abrirlos y llamar directamente a su madre. Hacía tiempo que no sentía la terrible necesidad de escuchar su voz; ella era tan solo una niña y le asustaba pensar que, como aquella mujer, algún día su madre se fuera lejos de ella y despareciera para siempre. El teléfono comenzó a marcar al mismo ritmo que el corazón de Kate, apenas dio tiempo a dos latidos…
—Mooom…?
—Kate… I’m coming, please, don’t move, ok? Don’t move! (—¿Maamáa?)
Aquella mujer se giró para contemplar a Kate una vez más; para observar desde la distancia la reconciliación entre una madre y una hija; para soñar, para imaginar que a su vuelta podría sucederle lo mismo. La vio secarse las lágrimas y sonreír al tiempo, el amor de madre e hija y viceversa es capaz de provocar eso y mucho más. Todavía le quedaba aterrizar en Barajas antes de tomar el avión con destino a Bali. Aún estaba a tiempo de olvidar toda aquella locura. Al pie de las escaleras mecánicas, contempló a la chica por última vez y, agradeciéndole el encuentro, le dedicó la mejor sonrisa que, dado su estado, pudo encontrar. Al pasar el control se dio cuenta de que, después de casi dos horas hablando con ella, ni siquiera le había dicho su nombre. Se detuvo en seco y, entre susurros, lo pronunció para después perderse entre la gente.
—Álex, me llamo Álex.